martes, 4 de agosto de 2026

Todos los días de la semana, cuando salgo temprano en la mañana rumbo a la pega, y vuelvo tarde noche de regreso, me pregunto por qué estudié lo que estudié, por qué había decidido que esa sería mi opción para ejercer durante el resto de mi vida. Es algo que nunca pude comprender del todo. Pero resulta que un título y una carrera no te definen, se puede volver a empezar, dicen, aun con deudas a cuestas. Quiero creer que se puede, pese al tiempo y su demolición, que se puede si así me lo propongo, aunque el orgullo quede lastimado, aunque la voluntad, a ratos, decaiga y conspire contra uno mismo. 

domingo, 2 de agosto de 2026

La Odisea de Christopher Nolan: una metáfora épica para el colofón de los tiempos.

“Ten siempre en tu mente a Ítaca.

La llegada allí es tu destino.

Pero no apresures tu viaje en absoluto.

(…) Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.

Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,

comprenderás ya qué significan las Ítacas.”

Constantino Cavafis, Ítaca.

Después de la función de La Odisea de Nolan, comenzó a llover. Esto sería una simple anécdota del clima si no fuera por su poderosa resonancia mitológica. Odiseo (interpretado por Matt Damon), tal como en el canto homérico, debe enfrentar un destino aciago. Literalmente, contra viento y marea, debe conducir a su tripulación de regreso a su tierra natal, Ítaca, tras la guerra de Troya, donde lo esperan Penélope (Anne Hathaway) y su hijo Telémaco (Tom Holland). Para eso, surca los mares y los océanos del mundo antiguo que eran el dominio de Poseidón. Se revela, casi al principio, en forma de retrospectiva, la suerte de muchos de sus guerreros, entre ellos, Sinón (Elliot Page), quien quedó a merced de los enemigos solo para resguardar a los soldados que iban dentro del caballo de Troya. Esta decisión en el montaje narrativo permitirá situar la historia in media res, acentuando el extravío del héroe y la incertidumbre sobre su viaje.

Odiseo va recordando poco a poco las memorias de sus antiguas batallas y el sentido de su misión, olvidado por acción del loto que le ofrecía Calipso (Charlize Theron), en una evidente relación con el ejercicio mnemotécnico de Memento, la primera película del director. De esa manera, van transcurriendo los míticos desafíos que acechan a la tripulación del héroe. Primero, caen en la cueva del cíclope Polifemo. Este ataca y devora a algunos de los soldados, para luego ser cegado por Odiseo. En venganza, Polifemo le ruega a su padre, el dios del mar, que los envuelva con furia dentro una tormenta. Luego, derivan hasta la isla de los Lestrigones, representados en la película como unos gigantes con armaduras, unos auténticos “berserkers”, que los superan en tamaño y fuerza, y que están dispuestos a masacrarlos. Terminan huyendo, a duras penas.

Después, caen en la isla de Circe (Samantha Morton), una bruja con poderes oscuros, desconfiada de los extranjeros. Los engaña con alimentos y los convierte en cerdos, en algunas escenas que recuerdan mucho al horror corporal de cine b. Odiseo se da cuenta del hechizo de la bruja y consigue que ella los vuelva a sus “disfraces”, a su envoltura de humanos. Ahí, ella suelta una diatriba contra los hombres por sus “apetitos animales”. Circe, vencida, le indica a Odiseo el próximo paradero y le advierte sobre la pérdida de sus soldados. Él tendrá que ir al inframundo y regresará completamente solo a sus tierras, algo que el propio Odiseo no estaba dispuesto a aceptar, desafiando (con hibris) el designio divino.

En el descenso del inframundo, el Hades, la película ofrece un escenario muy distinto al reino de los muertos ya avizorado en otras adaptaciones más antiguas. Acá no se retrata un escenario infernal, sino que un páramo frío, inhóspito y desolado, frente al cual deben sacrificar sangre de cordero para despertar a los muertos y consultar al adivino Tiresias. Quizá este se trate de uno de los pasajes más auténticamente espeluznantes y mejor logrados de la película, por su creatividad y su potencia evocadora. Aparece la sombra de Agamenón (Benjamin Safdie) y le advierte a Odiseo que vuelva a Ítaca sigiloso, escondido, para resguardarse de la traición de los pretendientes que conspiran para casarse con Penélope y quedarse con su reino. También aparece Sinón y le reprocha a Odiseo el haberlo engañado por no avisarle sobre el plan para invadir Troya. Odiseo le replica que su sacrificio era necesario para completar la misión en medio de la guerra. Tras estos intercambios, Tiresias advierte al héroe y a sus hombres sobre los espíritus de los soldados caídos en batallas, que no recibieron un entierro digno. La tripulación arranca de ellos y retoma su rumbo.

Se aproxima la recta final del viaje. Quienes no leyeron La Odisea de Homero podrán intuir el temor que sucede a la inevitabilidad de la tragedia épica. El héroe debe asumir el hecho de que volverá solo, pero para eso debe primero sortear los últimos desafíos. Hace frente al canto de las sirenas atándose a un mástil. Mientras tanto, los soldados se untan cera en sus oídos. En la película, se dice que el seductor canto de las sirenas “es todo lo que quieres que sea. Después, todo lo que quisieras nunca haber deseado”. Aunque no se muestren a las sirenas originales, criaturas mitad mujer, mitad ave y, en cambio, se muestran a unas mujeres esbeltas, pálidas, recostadas, a lo lejos, en los roqueríos, creo que acá la desesperación de Odiseo se desarrolla de manera más simbólica y menos explícita, sin perder la idea del deseo y su trampa vital.

Odiseo logra sobreponerse al mortal llamado del deseo y continúa con el viaje, esta vez, enfrentándose a una situación dilemática: atravesar el torbellino marino de Caribdis o enfrentar la bestia Scylla, semejante a la Hidra de múltiples cabezas. Odiseo opta por seguir el camino de la Scylla, aunque le cueste la vida de algunos de sus soldados, porque pasar por el torbellino habría sido una cuestión suicida. Uno de sus hombres le recrimina, nuevamente, el costo de sus decisiones. Aparece, de nuevo, la interpelación constante a la culpa y la responsabilidad de Odiseo, motivo constante en la psicología del personaje, mismo motivo que, de hecho, gatilla el conflicto de su conciencia. Por eso mismo, la aparición de Atenea (Zendaya) en momentos cruciales de la trama podría interpretarse como una representación alegórica de su propia conciencia atormentada por el curso inevitable de los acontecimientos.

En el clímax de la aventura de regreso, Odiseo y sus hombres, exhaustos, llegan a la Isla de Helios, el dios Sol. Pese a ser advertido sobre el ganado sagrado, los soldados se devoran a las vacas, a escondidas de nuestro héroe, lo que provoca la ira de Zeus. Odiseo pretende alivianar su culpa, diciendo que prefería ver morir a sus hombres en una cruenta lucha antes de verlos desfallecer de hambre. Entonces, zarpan de nuevo, confiados en el buen clima y el favorable viento. Sin embargo, se trataba de un engaño divino. La furia de los dioses cae sobre la tripulación de Odiseo, y los ataca sin piedad, ahogando a todos los soldados y dejando al héroe a merced de la intemperie. De esa forma, deriva hasta la isla de Calipso y allí se explica que, en realidad, Odiseo se había mantenido durante siete largos años. Nadie sabe qué tipo de relación mantuvieron, aunque, fiel a sus principios, se podría decir que Odiseo fue engatusado por Calipso para seguir allí, y ella estaba genuinamente enamorada del héroe. Al final se daría cuenta de que su corazón siempre estuvo en otra parte. En su patria, con su mujer y su hijo Telémaco. Recuerda. Vuelve a pasar por el corazón.

Se ha dicho de la película de Nolan que no se apega estrictamente a la obra homérica. Y esto, en parte, es cierto. Por ejemplo, no predomina la astucia de Odiseo al momento de llamarse “Nadie” para confundir a Polifemo. No aparece Aquiles en el Inframundo. Tampoco se habla del país de los lotófagos, lugar donde los hombres comían loto y perdían su deseo de volver a sus tierras. Esa situación se extrapola a la isla de Calipso. Recordemos que eran los propios dioses los que ordenaron la liberación del héroe para culminar su retorno. Y algo que se pasó por alto completamente fue la Isla de los Feacios, en donde se supone Odiseo llega, siendo acogido por Nausícaa y el rey Alcínoo, para relatar todas sus aventuras antes de volver a casa. En cambio, se nos muestra de manera íntegra el viaje de Telémaco en busca de su padre, y su encuentro con Menelao y Helena de Troya, de quienes recibe algunas noticias de Odiseo.

Todas estas imprecisiones y faltas de rigor histórico, durante el visionado, si bien pueden parecer imperdonables para los puristas de las anteriores adaptaciones cinematográficas o para quienes buscan un “calco” de la obra homérica, pienso que no se sintieron para nada arbitrarias y se presentaron de manera tan orgánica que lograron articular una trama coherente en su estructura, virtuosa en su ejecución y completamente moderna en su trasfondo, porque la idea de Nolan, dicho sea de paso, nunca fue ser fiel al espíritu homérico. No pequemos de ignorantes. El solo hecho de adaptar (desde una mirada de cineasta de autor) un canto épico del antiguo mundo griego a un lenguaje artístico que no tiene más de doscientos años de existencia, constituye, de por sí, una operación creativa, un artificio estético, que no un documento histórico ni arqueológico. Conviene, por esto mismo, no hacer caso de las críticas de aquellos que acusan "wokismo", porque todo se reduciría a una lectura simplona en clave “batalla cultural”, sacrificando, de esta manera, una oportuna y mesurada visión cinematográfica. Si es que hay un par de actores o actrices en esa línea (Elliot Page como Sinón, Zendaya como Atenea y Lupita Nyong'o como Helena), la trama es tan sólida que estos elementos no afectan su desarrollo. Apenas aparecen algunos minutos y no cobran un mayor protagonismo en la historia. Ante todo, la Odisea de Nolan ensalzó la épica clásica en clave moderna con un espectáculo de alto calibre. Hay, incluso, un continuo en su filmografía, una mirada cinemática y narrativa que subyace a sus obras y que acá, en la Odisea, se plasma de una manera radicalmente distinta, frente al habitual realismo al que nos tiene acostumbrados. La Odisea desafió al director a expandir la mirada, volverla mitológica y divinizante sin sacrificar el elemento humano, y lo logró con creces. Los dioses no aparecen de manera gráfica ni intervienen directamente en el curso de los acontecimientos, pero subyacen al imaginario recreado en la obra, en sus constantes alusiones y expresiones vicarias.

Las escenas finales, debo decir, el enfrentamiento con los pretendientes, el terreno íntimo de Penélope, siendo asediada por los “peores hombres”, su conflicto con Telémaco por la ausencia del rey legítimo, todo me recordó a ciertos momentos de la trilogía de Batman, sobre todo en el tema del drama psicológico y en las escenas de acción. Eso sí, el villano Antínoo, interpretado por Robert Pattinson, está preciso en su rol de cobarde, aunque, de ninguna manera, alcanzaba la magnitud de los villanos del universo de Gótica en Nolan. Puede que, en este punto, el mayor aporte del director haya sido incluir una visión modernizante sobre el viaje épico y sobre la propia guerra de Troya, una visión ajena a la idiosincrasia de los hombres griegos, pero consecuente con una relectura contemporánea del mito. Odiseo, vestido de mendigo, conversa con Penélope, antes de desafiar a los pretendientes. Allí le confiesa haber participado del ataque a Troya junto a muchos otros hombres. Se muestran escenas de asesinato y aniquilación, en donde el pueblo completo es asediado, arrastrando con todos, no solo con los guerreros, sino que hasta con los inocentes. En una de las secuencias que generaría el trauma en Odiseo, unos soldados destruyen la figura de un ídolo y, de manera velada, someten a una sacerdotisa, mostrando cómo la cabeza de la figura cae rodando. Esa cabeza rodante se puede interpretar como el costo de la hibris y, por extensión, un atentado al orden de los dioses.

Definitivamente, “los Pueblos del Mar han roto la Ley de Zeus”, se dice. Ellos mismos eran esos Pueblos del Mar que acecharon el Mediterráneo y precipitaron el ocaso de la Edad de Bronce. Odiseo internaliza esa ruptura de lo sagrado al ver violada la Ley de Zeus, la cual consistía en un principio de hospitalidad para con los extranjeros. La invasión y la quema de Troya se interpreta como un atentado contra una ley divina, y Odiseo, lejos de la hibris propia que caracterizaba a los héroes de la Antigua Grecia, acarrea una culpa que constituye una carga en su conciencia, una culpa, por cierto, muy cristiana, motivada por una concepción modernizante del comercio como posibilidad del diálogo y la comunicación entre los pueblos. Hay críticos que ven en esta visión del personaje una falta, ya que los antiguos héroes griegos, lejos de actuar con culpa moralizante, actuaban con orgullo, desmesura y volcaban toda su épica en el honor y en la posteridad. De hecho, la propia Emily Wilson, académica y traductora del poema homérico, y en quien Nolan se inspiró para el guion de su adaptación, criticó la película por motivos similares. Subrayó, según ella, la falta de profundidad psicológica, emocional, política y ética, cuestiones con las que no estoy para nada de acuerdo. Tal vez puede que haya faltado un mayor desarrollo de perfil de personajes, pero en cuanto a lo político y lo ético, creo que se equivoca rotundamente, y ese es precisamente el punto que Nolan se permite articular para ofrecer una visión renovada del mito del héroe homérico.

Existen quienes citan a Nietzsche para hablar sobre los impulsos apolíneos y dionisiacos en el mundo griego. En La Odisea de Nolan, afirman, habría mucho de apolíneo y poco de dionisiaco, no un equilibrio armónico. Mucha arquitectura, imponente campo visual, escenarios bien logrados, fotografía soberbia, perfecta caracterización de personajes, pero nada de exceso, escasa brutalidad en las batallas, nada demasiado explícito, poca hibris en el héroe principal, nulo erotismo y sexualidad tanto en Circe como en Calipso, las que, bajo esta mirada, aparecerían retratadas solo como una sombra de lo realmente fueron en la obra de Homero: auténticas amantes del héroe, fogosas en sus encuentros, astutas, sexualmente osadas, muy cercanas al arquetipo de la mujer fatal. Claramente, si Nolan hubiera representado estos encuentros con el suficiente apego a las descripciones literarias, la moral victoriana de la corrección política no le habría permitido su categoría de “blockbuster” en Hollywood, ni tampoco tendría sentido el relato sobre la conciencia atormentada de un Odiseo culposo. Ante todo, debía presentarse como un héroe leal a su esposa y a su familia, obviando el influjo dionisiaco. En definitiva, todo demasiado sobrio y lejos de la bacanal de sangre, sexo y destrucción que habría significado si honrara al Dionisos nietzscheano en una probable adaptación rocambolesca.

Aunque cada uno de estos puntos críticos considero que constituyen una crítica fundada sobre el planteamiento de la película, me temo que aún no comprenden el meollo de la visión de autor que Nolan plasma en su recreación del mito heroico. Volvamos sobre el tema de la conciencia. Odiseo arrastra una culpa que se manifiesta tanto en sus acciones como en su forma de actuar. Actúa de manera precavida, y hasta, en ciertos momentos, excesivamente preocupado, incluso dubitativo. Tiene flashbacks recurrentes que lo regresan al punto en que Troya ardió. La cabeza rodante de la sacerdotisa continúa en su psiquis, y la figura de Atenea lo acompaña en sus momentos más introspectivos, o es que acaso esa figura solo sea una proyección simbólica de una sabiduría empañada, de una justicia ensangrentada por la hibris de los hombres. Odiseo no encontrará, por ende, su redención hasta ver cumplido su propósito, su retorno al reino que le pertenece para dejar un legado en su hijo y exiliarse luego en búsqueda de un horizonte más próspero junto a su esposa Penélope.

Tenemos entonces que La Odisea de Nolan funciona perfectamente como una parábola de la redención de un hombre atormentado por la conciencia de haber quebrado la Ley de Zeus. Así, podrá ser leída como una metáfora fantástica de nuestros tiempos convulsos, en el ocaso de una civilización, la nuestra, la occidental. Nolan nos parece decir, con este mensaje: tal como pereció la Edad de Bronce con la irrupción de los Pueblos del Mar y la crisis de las primeras globalizaciones, también nuestra época corre el riesgo de perecer ante el quebrantamiento sistemático de lo sagrado y la secularización de todos los planos de la vida. En el universo cinematográfico de Nolan, así queda visualizado: el físico Oppenheimer creó la bomba atómica, el arma prometeica robada a los “dioses” que provocaría el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de una cruenta era nuclear, cuya sombra nos irradia hasta ahora. Por su parte, Odiseo en la película fue testigo y cómplice de la destrucción de Troya. Todo puede arder, sobre todo en la conciencia. No hay diferencia entre la bomba de Oppenheimer, destructora de mundos, y el caballo de Troya, quebrantador de la ley de los dioses. La profecía se cumple más allá del visionado, y la realidad geopolítica mundial resuena con ella, y ese creo yo es el acierto más grande de la película: servir de espejo teatral para el colofón de nuestros tiempos cada vez más desencantados y carentes del sentido de trascendencia. Ya se ha dicho que en su Odisea, Nolan cristaliza de manera magistral algunos de sus motivos recurrentes. El homo homini lupus en clave de suspenso, el tratamiento del tiempo no lineal, que, de hecho, entronca muy bien con la idea del tiempo cíclico y mítico. Cada uno de estos motivos, que son la seña del director, constituyen la arquitectura profunda de La Odisea de Nolan.

sábado, 1 de agosto de 2026

El clima post lluvia está como mi círculo social: congelado.
Titánico escritor. J’en ai marre se traduce del francés como "Estoy harto". En buen chileno, "Estoy chato". De Juan Emar me fascinó la novela Ayer, de cuya obra hice hasta un ensayo para la U en el ramo optativo de Literatura Fantástica con Marcelo Novoa. Queda pendiente la lectura de su ambicioso Umbral, una gigantesca obra en tomos de más de cinco mil páginas:

“Es natural que preexista la idea de que Emar es un autor difícil, pues basta comprender el marco histórico en el que se desarrolló su propuesta literaria. Fue contemporáneo de Neruda, Rojas, Brunet, de Huidobro, aunque con éste tiene más cercanía en tanto agentes clave para el cambio de paradigma literario en Chile. Un lector de hoy debería acercarse a Diez con la disposición de hacer a un lado las expectativas de una narración lineal o realista, y más bien aceptar el juego que propone Emar, donde la imaginación, la paradoja y la experimentación son parte esencial de la experiencia total de lectura.
(...)
Emar se dio el lujo de ir a la suya. En su literatura hay una mirada extraña, desconcertante que le regresa a su vez un papel activo a las y los lectores: nos despereza, nos recuerda el lugar conductual que tiene el lenguaje; es decir, que nos traslada, ya sabrá cada quién a dónde. Juan Emar hizo una obra tan singular, incluidas sus novelas, que releerlo nos haría muy bien en estos tiempos automatizados”

jueves, 30 de julio de 2026

Para las bases de postulación al Fondo del libro de este año, se estableció la exclusión de aquellos proyectos comprendidos en las letras d y e del artículo 2 de la Ley 19.846. En buen chileno, quedarán fuera las obras con “contenido pornográfico” y “excesivamente violento sin suficiente fundamento contextual". Inmediatamente pensé en proyectos como la Revista Chile del Terror, de la cual me siento orgulloso de haber participado. Bajo esta óptica estrecha, no tendrían ninguna cabida. Todo indica que los nuevos fondos serán terriblemente fomes, sin visceralidad, polvos, sangre ni gore, delicias literarias, algo que me deja absolutamente consternado y decepcionado, por partes iguales.
Al Fondo del Libro he postulado ya en dos ocasiones. En ninguna, claro está, fui seleccionado. La primera consistía en una postulación al Fomento a la Industria a través del libro "Rinconada. Crónicas del adentro y del afuera". Saqué 83 puntos. La mayor debilidad del proyecto radicaba en lo "génerico" de su fundamentación, según ellos, los evaluadores. Luego, me la jugué por el Fomento a la Creación, por medio de un libro inédito llamado Puerto en abismo, que reúne distintas crónicas nuevas en torno a Valparaíso. Con esa postulación, llegué a sacar 93 puntos, y mi proyecto hasta fue considerado elegible. Lo único que falló, según el jurado, fue la "ausencia de un esqueleto que le dé estructura a la narrativa". Pensaba intentar una tercera vez, más que nada para probarme a mí mismo que puedo, sin ninguna garantía real de ser elegido. Sin embargo, las nuevas exigencias en torno a los documentos mínimos de postulación, uno de los cuales consiste en una especie de portafolio que acredite "trayectoria en el medio literario", han echado por tierra cualquier posibilidad de resultar siquiera admisible. Si antes veía lejano el panorama, ahora lo veo francamente improbable. Bajo estas condiciones y circunstancias, me resto del concurso, sigo escribiendo y rebuscándomelas por las mías, como lo he venido haciendo todo este tiempo.

lunes, 27 de julio de 2026

Una vida crítica de Héctor Soto

En la sala de profesores hay un estante lleno de libros, una especie de biblioteca. Allí encontré un libro grande del tamaño de una guía telefónica o de aquella edición Anagrama de 2666 de Bolaño. Se trataba de Una vida crítica (2013) de Héctor Soto, un abogado de profesión, oriundo del puerto, que se volvió periodista por oficio. Fue crítico de cine en su ciudad natal, publicando reseñas en los diarios La Unión y El Mercurio. Soto además fue director de Primer Plano, revista de cine de la Universidad Católica de Valparaíso creada a comienzos de los setenta, en pleno proceso de transformaciones sociopolíticas en el país. Su libro Una vida crítica contiene justamente aquellos textos que cristalizan más de cuarenta años de “cinefilia”. Cuando lo revisé y leí algunos de sus comentarios sobre películas clásicas y modernas, a lo largo de más de setecientas páginas, recordé el libro que tengo reposando en el tintero, un libro larguísimo que también versa sobre mi obsesión con el cine, pero que, aparte de críticas, incluye crónicas sobre distintas experiencias, visionados y reflexiones. Tiene por nombre “Celuloide Celulosa”, en referencia a las materias primas del cine y la literatura, respectivamente, un nombre que se nos ocurrió a mí y a un amigo de la u, con el que compartimos la pasión por el séptimo arte. De hecho, hasta hicimos un cortometraje con ese mismo nombre, el que fue financiado con fondos Confía y fue estrenado en la cineteca de Sausalito, en un evento de lo más bizarro. Hay acá tres cuestiones que me emparentan con Héctor Soto, pese a no haberlo leído antes, en mis tiempos de experimentación cinematográfica universitaria: la voluntad de la crítica cinéfila, el propio ejercicio de la escritura y la cualidad de porteño nacido y criado. A Soto le costaba pensar en la crítica como literatura, y decía que el poder era “un plato que siempre ha mirado desde lejos y, que como los chunchules, no le apetecía”. Habrá que leer al caballero. En su libro tiene la costumbre de fechar cada crítica con detalle en el año y el día, cuestión que tomaré prestado para mi propia obra sobre cine. Decía Soto que “el cine tiene un pacto genético con la realidad”. Y yo comienzo mi libro Celuloide Celulosa citando a Enrique Lihn, quien decía que “la realidad es la única película que nos quita el sueño".

domingo, 26 de julio de 2026

Fui a ver La Odisea de Nolan al Insomnia, por segunda vez, con mi familia. A la salida del cine, en la fila, un caballero sostenía un libro: Un dique contra el pacífico, de Marguerite Duras. ¿Por qué ese libro y no otro? Preguntarle al caballero en ese momento habría sido demasiado raro. Investigué por mi cuenta sobre la obra. Todo ocurre en el contexto colonial de la Indochina francesa. El derrumbe de los diques por las olas del océano tiene una repercusión en la dinámica familiar entre la madre y la protagonista Suzanne. La madre lucha inútilmente por conservar sus tierras en la llanura frente a la acción inclemente de las aguas. Si uno lee más allá, hay aquí una resonancia con lo que sucede en La Odisea. El mar también cobra un rol fundamental. Se percibe también como amenaza. Poseidón, el dios del mar, se venga de la tripulación de Odiseo, atacándolos con tormentas y fuerte oleaje. El único dique que tenía Odiseo, en ese momento, era su astucia, su determinación y la lealtad de sus hombres. Son esta clase de lecturas y de coincidencias las que me llevan a pensar que, de repente, en la realidad, se cuelan ciertos elementos que damos por arbitrarios y que, con un poco de atención, revelan su propia orgánica, o será únicamente la obsesión por encontrar un significado allí donde solo había una azarosa contigüidad humana. De todas maneras, la función parecía, en esos instantes, que fuera a anegarse y que el agua saldría despedida fuera de la pantalla para desafiar nuestra incredulidad.

Szantó y Pontius

Le pregunté a mi madre, hace mucho tiempo, sobre el origen de nuestro apellido. Aquella vez mencionó uno muy extraño proveniente de Hungría: Szantó. “Es secreto de la familia. No lo publiques, por favor”, comentó ella. No quise volver sobre ese apellido, para respetar ese secreto, pero me fue imposible olvidarlo. El hecho de que fuera un secreto aumentó mis ganas de querer investigar todavía más. En una búsqueda rápida, pude definir la palabra szántó, como “aquel que ara la tierra” y se remonta a la época medieval. ¿Qué relación podría tener ese apellido antiquísimo con el apellido correspondiente a mi familia materna? Para intentar comprenderlo, busqué también el significado original de nuestro apellido más cercano: Ponce. Se remonta a la cultura latina y quiere decir “Pontius”, es decir, “El quinto”. Incluso hay quienes establecen una semejanza etimológica con la palabra pons, que significa “puente”. Entonces, si uno sigue indagando, puede confirmar que ambos apellidos provienen de patrias lejanas, unidas tal vez por un lazo genealógico inconfesable, oculto a sus propios sucesores. ¿Para qué mantener oculta esa herencia? Había, en esta búsqueda obsesiva por patrones dentro del árbol familiar, un par de símbolos sobre los que no había tenido constancia, sino hasta ahora: el arado y el puente, inscritos en esos dos apellidos, uno conocido, otro por conocer. El símbolo del puente es el más próximo, al estar ligado directamente a mi linaje materno, pero el símbolo del arado permanece aún indescifrable. Puede que, por esto mismo, interpele poderosamente a mi conciencia. ¿Quién araba la tierra sobre la cual caminarían mis ancestros? ¿Qué tierra me tocaría volver a arar, sin herramientas suficientes ni arraigo del todo definido? ¿Qué puentes se supone que debo seguir transitando? ¿Qué es lo que queda aún por arar, en terrenos insospechados?

domingo, 19 de julio de 2026

Pillé el libro "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar" de Luis Sepúlveda, en la feria de Plaza O Higgins y lo compré de inmediato. Recordé haberlo leído hace casi tres décadas, cuando era escolar e iba al mismo colegio frente a la plaza. Año 96. Cada tanto se me aparecía en librerías y entre vendedores de la calle. Volví sobre aquella portada icónica de Miles Hyman, y sobre las enseñanzas del gato Zorbas a la gaviota Afortunada, entonces me propuse volver a leer la novela. ¿El gato se llamaba así por Zorba, el griego? ¿El puerto de Hamburgo no tendría algo de Valpo? La novela estaba pensada para jóvenes de 8 a 88 años. En el momento en que la leí por primera vez tenía ocho. ¿Volverá a mí de nuevo, cuando llegue a esa edad, si es que llego? Puede que este libro se trate de mis primeras aproximaciones serias a la lectura y a la literatura. "Solo vuela, el que se atreve a hacerlo", repetía el gato Zorbas, en esta fábula, pero hay quienes remontan el vuelo tarde y vuelven a tierra, olvidando algo. Hay también quienes nunca vuelven. No hay un único cielo.

viernes, 17 de julio de 2026

La fuerza portentosa de El Niño (crónica)

Anoche, un rayo seguido de una fugaz y estruendosa luz verde se vio en el cielo. Se vino “el Niño” con fuerza en toda la Quinta Región, Santiago y gran parte del centro sur de Chile. No para de llover en el plan y en los cerros de Valparaíso, y se han viralizado registros de distintas inundaciones y anegamientos. El viento arrecia el temporal. Hay un registro de la Avenida Altamirano inundada casi por completo, en donde las olas llegaron a las inmediaciones de la Armada. Playa San Mateo cubierta por la última marea. Otro registro muestra una pasarela de Avenida España a punto de ceder y caer. El metro de Valpo se detuvo a la altura de Chorrillos. Las olas coparon las vías férreas en casi toda la costa. Un poste cayó a la altura de San Roque, dejando sin luz a los vecinos. Verdaderos ríos caían por distintas calles de subida en los cerros. Me acordé que hace un par de años había escrito una crónica sobre la histórica inundación de Valparaíso en el año 1914, y la comparaba con los tiempos actuales, en donde apenas asomaban garúas, lloviznas, chaparrones y chubascos. Todo indica que este nuevo frente de “mal tiempo”, pronosticado para durar hasta la próxima semana, nos cerrará la boca y, de paso, nos dejará con el agua hasta el cogote (aunque suene a hipérbole).

A dos años de aquel invierno, persiste la preocupación por aquellos que no tienen donde capear la lluvia. Así, los perros callejeros, arrojados a su suerte, se volvieron víctimas del abandono municipal. Algunos vecinos fueron rápidamente en su ayuda para resguardarlos de la intemperie. En Quilpué, un vecino llamó pidiendo auxilio por riesgo del derrumbe de su casa, y le contestaron que “llamara cuando se cayera la casa, no antes”. Un sarcasmo burocrático. Las críticas a la falta de gestión y de planificación de las autoridades se viralizaron con rapidez. Llueve sobremojado sobre las cabezas expuestas. En otro punto de la región, se podía observar a un hombre solitario practicando boxeo en las dunas de Con Con, acompañado de sus mascotas: dos perros blancos que aguantaban el vendaval. Una especie de “boxeo en las sombras”, contra todo pronóstico, próximo a los edificios que están a punto de ceder terreno a los socavones. Una imagen que nos habla de la resiliencia y, al mismo tiempo, de una indolencia absurda.

La lluvia milenaria, cual Dios imparcial, habla fuerte, y el Estado, sus operadores, parecen no escuchar, o practicar una sordera deliberada. Increíble que el agua purifica y también arrastra consigo las miserias y las fallas de un sistema agrietado por dentro. Más allá del desastre y del “diluvio”, el Niño, con toda su potencia fenoménica, nos va dejando algunas escenas memorables. Arriba en Placilla, a la altura del Salto del Agua, se alcanzaba a ver una cascada imponente: “Despertó el demonio. Te extrañamos. Miren quién despertó. Es libre y está dejando la z… allá abajo. Qué maravilla. Como tiene que ser. Libre. Agua libre”, exclamaba un hombre que grabó el momento en que la cascada se precipitaba, fluyendo poderosa a través del bosque. “Ha despertado. Ha despertado”, repetía, como si fuera el testigo de un titán antiguo, cobrando lo que le pertenece.

Siempre me he preguntado por qué se le llama así a esa fuerza de la naturaleza. Según cuentan, algunos pescadores peruanos, durante el siglo XIX, relacionaron esta seguidilla de lluvias, fuertes vientos y tormentas con la cercanía de la Navidad, fecha en la que nacería el niño Jesús. De ahí surgiría la asociación entre la gente. Desde los albores de las repúblicas, este fenómeno tendría un nombre santo. Una voluntad crística arrastra las aguas. Y, mientras continúa el temporal, me acuerdo del poeta Pablo de Rokha, en su Canto del Macho Anciano, cuando declamaba, con su voz portentosa: “Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo, ¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo siempre y el vendaval desenfrenado que yo soy íntegro, se asocie a la personalidad popular del huracán!”.

miércoles, 15 de julio de 2026

Gragko es el eterno humorista negro detrás del guion sarcástico de lo absoluto... Y esta definición no pasa de ser un artilugio más dentro de su ardid inabarcable. 

¿La final será entonces entre Soda Stereo y Héroes del silencio? ¿Entre Charly García y Joaquín Sabina? ¿Entre Borges y Unamuno? ¿Entre César Aira y Enrique Vila-Matas? Si me dan a elegir entre estas opciones, me decanto por los argentinos.
Decía Bolaño: "Esto es lo que aprendí de la literatura chilena. Nada pidas que nada se te dará. No te enfermes que nadie te ayudará. No pidas entrar en ninguna antología que tu nombre siempre se ocultará. No luches que siempre serás vencido. No le des espalda al poder porque el poder lo es todo. No escatimes halagos a los imbéciles, a los dogmáticos, a los mediocres, si no quieres vivir una temporada en el infierno. La vida sigue, aquí, más o menos igual". Bolaño la tenía clara. Cuando las cosas se ponen feas, nadie te respaldará. Cada quien se las arregla como puede. Si no tienes lobby y nadie te auspicia, te salvas solo, con los medios que tengas.

lunes, 13 de julio de 2026

Sam Neill, el doble oscuro en Possession, Event Horizon y En la boca de la locura

La mayoría de los cinéfilos recordará el rol de Sam Neill como el paleontólogo Alan Grant en Jurassic Park (1993) de Steven Spielberg, pero creo que pocos recordarán sus actuaciones más bizarras en películas de culto. La que más me impactó en su momento, y lo sigue haciendo, fue su papel de Mark en la película Possession (1981) de Andrzej Zulawski. Puro terror psicológico y corporal. Una verdadera locura bizarra, inclasificable. La química desplegada con Isabelle Adjani, en el rol de Anna, su esposa, es tan descomunal que llega al punto de la náusea y la destrucción. Obsesión con esteroides. En una escena del clímax, cerca del final, Mark se encuentra cara a cara con su doble idéntico, su doppelganger, una versión fría de sí mismo, y Anna le dice que “ya está terminado”. Luego, él y Anna mueren acribillados por la policía y el doble de Mark sobrevive y huye, con una presencia misteriosa.

Otra película en la que Neill se lució de manera magistral fue en la película “En la boca del miedo” (1994) de John Carpenter, inspirada libremente en la novela de Lovecraft, “En las montañas de la locura”. Con esta obra quiso rendir un homenaje al genio del terror cósmico. En la película, Neill interpreta a John Trent, un investigador de seguros que es contratado para encontrar a un escritor de novelas de terror, un tal Sutter Cane, desaparecido en extrañas circunstancias. Conforme avanza, Trent se adentra en un mundo cada vez más alterado, donde el límite entre la realidad estable, lo fantástico y el caos absoluto se difumina. Al final, asistimos a un ejercicio de locura metaliteraria y metacinematográfica. Trent, en medio del desastre, entra a un cine para ver precisamente la adaptación de “En la boca del miedo”, y se da cuenta que la película que está viendo es la misma que vimos nosotros como espectadores, cuestión que lo vuelve loco y termina riendo de una forma maniática.

Una tercera película, esta vez con Neill como villano, se trata de “Event Horizon” (1997) de Paul Anderson, película de horror y ciencia ficción, en la que Neill interpreta al Dr William Weir, el diseñador de una nave en la que todos los personajes viajan a través del espacio. El motor provoca un agujero negro que acaba llevando a todos a una dimensión desconocida, en donde reina el caos y la confusión. Weir se expone al núcleo de la nave y queda expuesto al ataque psicológico de una especie de entidad o emanación maligna que explota los miedos y traumas de los seres humanos. Al estar vulnerable por la muerte de su esposa, Weir es poseído y transformado en una perversión de sí mismo, atacando al resto de los tripulantes sin piedad. En una escena tétrica, el otro Weir, completamente enajenado, suelta la legendaria frase:"A donde vamos, no necesitamos ojos para ver".

Si se aprecia con detenimiento, hay una continuidad en estas tres películas, las tres igualmente espeluznantes, a su manera. Hay una secreta narrativa del doble oscuro, que Neill supo interpretar de manera formidable. En Possession, el doble podría interpretarse como una proyección idéntica de él mismo, que funciona como una sombra encarnada. En la película “En la boca del miedo”, se trata más bien de un descenso a la locura del protagonista y a una versión apócrifa de su personaje. En la última, Event Horizon, el doble es el propio Dr. Weir fuera de sí, convertido en otro distinto de sí mismo, una versión de puro caos y maldad. A lo largo de estas tres películas, Neill nos transmitió esa sensación recóndita, esa “insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad”, como escribió Lovecraft en el relato “A través de las puertas de la llave de plata”. Me atrevería a decir que Neill era el actor propicio para representar a ese personaje corrompido por fuerzas que lo rebasan y que carecen de toda comprensión racional.

sábado, 11 de julio de 2026

Esta lectura de Junger pareciera hablar sobre Valparaíso: "A él le interesaban menos los monumentos y palacios, testigos de un pasado histórico, que la vida anónima que, poco a poco, como se forma una rama de coral, había ido construyendo la morada -su substancia anímica. Por ello, prefería los barrios que habían crecido ajenos a las reglas de la arquitectura, aglomerándose en el curso de los años. Innumerables seres desconocidos habían vivido, sufrido y gozado allí. Innumerables vivían aún. Los muros se habían impregnado de su esencia. Era una fuerza poderosa, sí, como un hechizo". Ernst Jünger, "Un encuentro peligroso".
Me permito reproducir los siguientes comentarios sobre mi proyecto de escritura, hechos por la profesora del Seminario de Graduación del Magister y mezclados con apreciaciones de algunos compañeros: "Buena pluma, se siente muy fluida y dinámica, pero aún no sabemos bien qué es lo que quieres contar y hacia dónde va el proyecto. ¿Se trata sobre la memoria? ¿Sobre el fuego? ¿Sobre el diario y/o Valparaíso? Está la carcasa, pero falta la carne. Al final, te acompañamos como lectores en una búsqueda infructuosa. Una especie de laberinto sin salida. Si deseas saber qué pasó ahí, quiénes lo hicieron, puede que te demores años. Lo mismo de quiénes quemaron el metro, dónde están. Este país echa al olvido y tiende a levantar el simbolismo de esa duda. Los mitos crecen. Vivir en el fin del mundo es llenarnos de mitología. Te planteo preguntas ¿Qué hay adentro? ¿Qué había adentro? Tal vez, habría que agregar un anclaje en tu vida, un motivo más emocional, además de saber sobre la historia de El Mercurio. Tiene el potencial para ser una gran crónica, sobre todo y considerando la incertidumbre y hermetismo que mencionas. El diario El Mercurio de Valparaíso debe ser el símbolo de lo que realmente quieres contar."

viernes, 10 de julio de 2026

Las mujeres de negro sobre las ruinas de una iglesia porteña

Se cumplen 120 años del terremoto más devastador que impactó a Valparaíso. Existen cientos de registros fotográficos de aquella época: edificios caídos, fachadas destrozadas, calles agrietadas, gente en las afueras, a la intemperie, con gestos de pesadumbre y consternación. Pero hay una fotografía que siempre me ha perturbado más que las otras, una en la que aparecen unas mujeres vestidas de riguroso negro posando en primer plano sobre una iglesia en ruinas. Según las fuentes, el fotógrafo firmaba como Manuel Domínguez Cerda. Se trata de una foto que fue publicada en redes y de la cual no se tienen muchos antecedentes, excepto los créditos al autor. Dicen algunos que la iglesia derrumbada era la de la Merced de calle Victoria. Otros agregan que la vestimenta negra era el vestuario habitual de las matronas chilenas de comienzos del siglo XX.

Hay cuestiones de la foto que constituyen un verdadero misterio: el propósito de posar con esas vestimentas encima de los restos de la iglesia, y el hecho de que el símbolo del Cristo crucificado haya permanecido incólume, pese al desastre. Se entiende que las mujeres están guardando luto por lo sucedido, aunque algunos insisten en interpretar la persistencia de la cruz como un verdadero milagro. Cuentan que durante el terremoto de 1647, le pasó algo similar al “Cristo de Mayo”, y lo asociaron incluso a algo “más oscuro”, desafiando el correlato religioso. ¿Qué será eso tan oscuro que sigue rondando las calamidades históricas de la ciudad? ¿Los desastres naturales? ¿O alguna especie de maldición? La fotografía de 1906 sugiere aquella atmósfera opaca, esa cuestión oculta, más allá de lo evidente, tanto así que hasta podría connotar un simbolismo o un imaginario profético más allá de sí misma.

Las mujeres, con todo el respeto a su imagen, se parecen demasiado a una especie de hechiceras, o quizá sencillamente guarden para sí el color de la muerte como fieles devotas temerosas de Dios. No deja de ser potente, por cierto, la figura del Cristo crucificado de fondo, prácticamente sin ninguna rotura visible, rodeado por la destrucción descomunal del puerto. ¿Una anticipación a lo que sería, mucho tiempo después, su propia procesión interna? ¿Una visión sobre una futura desacralización sostenida?

Luego de haber visto la foto, fue inevitable pensar en aquella estética gótica propia de los decadentistas, o incluso en el arte de ciertos álbumes de doom metal o de black metal. El disco debut de la banda brasilera Sarcófago: INRI, tiene una portada muy parecida a la fotografía de las mujeres de negro sobre las ruinas de la iglesia en Valpo, después del terremoto. Por lo bajo, se trata de una idea similar. Si uno las compara, hasta pareciera que Sarcófago se hubiera inspirado en esa foto para crear el concepto de la portada. ¿Podría decirse que la citada fotografía evoca algo “proto black”? Esto, por supuesto, es solo una especulación mía. Se podría volver sobre esta inquietante imagen, para escribir alguna crónica de más largo aliento o alguna evocación poética. Mientras tanto, esas mujeres oscuras nos siguen mirando a los ojos, espectrales, más de un siglo después, sumiéndonos en su mirada desconcertante, como en una visión premonitoria de lo que podría volver a pasar.

miércoles, 8 de julio de 2026

En el Café del Poeta en Valpo, sabrán los porteños asiduos del local, hay un pasillo largo con un muestrario de libros de poesía. Me detuve en algunos. Había uno llamado “Crónicas cínicas”. Debajo de este, un libro titulado “Materia Prima. Poemas sin dueño” de un tal Patricio Portales Coya. De portada tenía la imagen de una galaxia. Justo a su lado, el libro “Confesiones de un suicidio” de Marcelo Beltrand Opazo. Un poco más hacia la salida, la misma operación. Me fije en el libro “Pasaje al Nuevo Mundo” de Leonidas Emilfork. A un costado de este, otro ejemplar de “Materia Prima”, y a su costado derecho, un libro titulado “Huidas”, cuya portada consiste en la fotografía de una puerta abierta, apuntando hacia el umbral en el piso. En la siguiente vitrina, el libro “Sinfonía…” de Carlos Castro…, se escondía entre un par de libros, trasluciendo solo su mitad y ocultando su nombre completo. Bajo esa fila, el primer libro a la izquierda era “Arquitectura invisible” de Alonso Lillo. Tenía por subtítulo “Invocación” y lucía la imagen de un ojo. En esa misma fila, tres ejemplares hacia la derecha, estaba “Relatos ingenuos" de Luz Luderitz y, a su lado, “Caminando con la Historia. Destrucción, amor e intriga” del Dr. Carlos Fariña. El último libro en el que me fijé era uno llamado “El esplendor de la ceniza” de Juan Serrano. Saqué un par de fotos y salí por el pasillo hasta volver a la mesa. Solo en la contigüidad y en la disposición de cada uno de esos ejemplares ocurría una resonancia extraña, una rima secreta, palpitando misteriosamente detrás de los vidrios.
Durante la clase del sábado, la profesora de Edición y Publicaciones pidió que comentáramos brevemente nuestros proyectos de escritura de no ficción. Le conté el mío sobre el incendio de El Mercurio de Valparaíso. A grandes rasgos, recalqué el silencio y el hermetismo institucional en torno al caso y la incertidumbre respecto del destino del edificio. Luego de escuchar mi explicación, la profesora insistió en que mi crónica consistía justamente en mostrar ese silencio. Sobre eso trataría mi texto. Debía, para eso, atreverme a “mostrar los vértices del hermetismo”, dicho tal cual por ella. La pregunta que debía responder o en la cual debía aventurarme, sin ánimo de conclusión, mejor dicho, consistía en aquel silencio, en aquel hermetismo, asumiendo, de plano, que no podría llegar a la verdad sobre los hechos, porque ese no era mi norte, mi norte era dicha interrogante. En esa investigación inconclusa, en esa inquietud no resuelta recaería la fuerza de mi proyecto. E incluso lo podría extrapolar a mi propia “poética de la crónica”: ahondar en los vértices del hermetismo, alumbrar un poco un panorama ensombrecido, sin garantía ni certezas definitivas. “Listo, ya tengo mi libro”, le dije, entusiasta, a la profe, al escuchar sus comentarios. “De hecho, ya lo tenemos”, alcanzó a decir un compañero, en tono broma. Risas en la clase. “Hay un capítulo completo de puro vacío”, me dije a mí mismo, tratando de seguir la onda. Un capítulo dedicado al silencio por parte del propio Mercurio sobre su histórica instalación en Valpo. Dentro de la talla, los compañeros ya tenían en su poder mi libro, sin haberlo escrito todavía.

martes, 7 de julio de 2026

En el ramo de Edición y Publicaciones, la profesora repartió unos libros como ejemplos en la variedad de diseños y de portadas. Había uno llamado "Incierto y sinuoso", que consistía en una autobiografía de Daniel Melero. Su epígrafe era una cita de Thomas Bernard en Trastorno y decía: "la realidad se me aparece siempre en la horrible representación de todos los conceptos".
Un usuario en la página Peliplat comenta un relato de mi autoría: "Vaya, estaba tan metido en el romance y la música que el final me dejó confundido. ¡Yo quería que las cosas funcionaran entre ellos dos!". El efecto narrativo, la capacidad para narrativizar va surtiendo sus efectos en los lectores, aunque estos efectos no sean los esperados, y precisamente por eso es que se crea una brecha, una disonancia.

lunes, 6 de julio de 2026

Tras la caravana que llevaba al Sabino por calle Condell, se juntaron varias personas para despedirlo, sus conocidos y más fervientes seguidores, amistades de toda la vida. No solo despedían su figura, sino que una forma de habitar la ciudad, ese paso ligero, abnegado y liviano de sangre, carente de la lógica del interés, con generosidad auténtica. Y lo terrible es que ninguno de nosotros está libre de caer por descuido ante la violencia del primer energúmeno que se te cruce en el camino. Conviene tener ojo. Lo que le fue arrebatado con su cruel partida, las esquinas y vericuetos del puerto ya lo resienten. Un vacío que sucede al luto, al recogimiento por el abandono. Luego, la ciudad lo recordará y buscará justicia, pero seguirá andando, a pesar suyo, como tantos otros. Valparaíso está lleno de esos pesares, de esas búsquedas injustas y de esos olvidos que se recuerdan cada tanto. Pareciera ser la tónica de sus días. De esa forma, se cumple el ciclo y otro rostro más quedará impreso en el código de la pérdida, código que ya hemos internalizado lo suficiente por estos rincones.
Una regla de oro para narrar, aprendida en un taller de narrativa Artes Libres, y ahora, repasada en los ramos del Magister en Escritura Narrativa de No Ficción: no lo digas, muéstralo.

domingo, 5 de julio de 2026

Hasta siempre, Sabino

Cuando lo supe, tampoco lo podía creer. La noticia me partió el alma, como a muchos porteños. Mal y tarde nos enteramos de que el Sabino, el querido Sabino, había muerto atropellado por una micro, a la altura de Condell con Pudeto. El micrero lo dejó tirado y arrancó cobardemente. Me negaba a ver a Sabino en esas condiciones. No era algo digno de su historia. Prefería recordarlo en uno de los tantos rincones del plan, siempre amable, con unas pocas pero sencillas palabras de aliento. Sabino reunía en sí mismo un crisol de relatos. Él mismo era una leyenda viviente. Mi madre se acordaba de él cuando era todavía una liceana y salía a tomar la micro. Tempranos años ochenta. El Sabino estaba ahí y les decía a las jóvenes que se apuraran, antes de que la micro partiera sin ellas. “Apúrense chiquillas, apúrense”, repetía, con entusiasmo. A algunas chicas les decía: “cabra malula” o “cabra bandía”, apelativo señalado con ternura por muchas porteñas que alcanzaron a conocerlo.

Se dice del Sabino que su presencia era infaltable en los carretes porteños. Yo me acuerdo que una vez nos acompañó en todo el camino, cuando iba a dejar a una chica al paradero, luego de haber tomado en algún local de Subida Ecuador. Era tarde y el Sabino estaba dispuesto a “prestar una manito”, aunque fuese su sola compañía en el trayecto nocturno, porque su sola presencia bastaba. Tenía un carisma que connotaba humildad, ese "ángel” con el que muchos se sintieron a gusto. Lo vi otras tantas veces en los alrededores de Pedro Montt, junto a la Galería Tres Palacios y en la entrada de Ripley, tomando café o leyendo el diario. Muchos otros porteños también confesaron haberlo visto rondar esos lugares, dispuesto a hacer algún favor o sencillamente estar ahí presente, para ofrecer un saludo o tirar la talla y pasar un rato agradable, en medio del ajetreo de la ciudad. 

Del Sabino se ha dicho que participaba activamente del Rincón Juvenil de los noventa, que se hacía en la legendaria “Calle de los niños” de Pedro Montt. Incluso animaba el show sobre el escenario en el Parque Italia. Un compadre que lo conocía contó que Sabino lo llamaba “el Niuki” o el “Newki”, porque siempre bailaba al ritmo de los New Kids On The Block. Plena transición entre los ochenta y los noventa en Valpo. Oro puro. Es más. Dicen que Sabino frecuentaba el extinto local La Facultad, a un costado del Cine Hoyts, y ayudaba a la gente de por ahí, colaborando en lo que fuera. Era muy recordado en el bar Lo Devi, donde solía participar del ambiente festivo, cantando, bailando y sacándose fotos con los comensales que allí llegaban a recibirlo con los brazos abiertos. Su memoria está ligada a esos instantes de alegría y de catarsis, volviéndolo una figura que marcó generaciones. Una vez parece que, a la salida de una fiesta, lo asaltaron y unos cobardes osaron golpearlo, pero Sabino volvió a ponerse de pie. Pese a su abandono, nunca recayó en vicio ni adicciones. Siempre se le vio íntegro, deambulando solo, pequeño ante la intemperie y el rigor de la calle, aunque grande en su imagen, la imagen alimentada por el inmenso cariño que le profesaban sus conocidos. 

Hoy fue la velatón del Sabino en la Plaza Victoria. Se hizo a un costado del vacunatorio, porque el escenario y la pileta están siendo remodelados. A la convocatoria llegaron fácilmente más de cien personas, entre amigos, familiares y otros tantos porteños que habían hablado con él o que apreciaban su figura sencilla y su simpatía. Me colé entre la gente para poder ver, por última vez, el rostro del Sabino enmarcado en una foto colocado en un asiento que servía de animita, rodeado de velas. Su tenue calor servía de regocijo a los presentes, en medio de la fría noche de invierno. Un caballero cantó algunas baladas . Se alcanzó a escuchar El día más hermoso de Ramón Aguilera. Algunas señoras, emocionadas, corearon cada estribillo. Otro hombre, de pronto, comenzó a hablar y a solicitar atención. Dijo que recordáramos a Sabino como lo que fue, que esa era la mejor manera de honrarlo, y que iban a presionar para que sus restos fueran velados no solo en el Belloto, su nicho de origen, sino que en Valparaíso, la casa de su segunda familia, la familia que él solo consiguió congregar con su paso por estos lares. Ante esto, otra señora, muy apenada, llorosa, alzó la voz con un tono enérgico y exigió justicia, frente a los presentes. “¡Justicia! ¡Justicia!”, replicaron algunos, porque la muerte de Sabino no debía quedar impune. En un ejercicio de catarsis, volvieron a gritar justicia y a exclamar su nombre, fuerte y claro. Mientras tanto, llegó paz ciudadana y un par de carabineros a resguardar el lugar. Sabino los hubiera saludado sin problemas, porque su mirada no distinguía entre santos ni herejes. Demasiado bondadoso en una tierra herida por las traiciones, las tristezas y los desengaños. Tal vez por eso mismo el dolor de su partida resintió los corazones de muchos que vieron reflejados en él la versión más cándida de sí mismos, opacada ante la desazón y la ruina.

Hace casi ocho años alcancé a dedicarle unas pocas palabras al Sabino, en la época en la que aún tenía el entusiasmo de la crónica urbana. Eran unas líneas escuetas en las que veía al Sabino apoyado contra un poste de Condell y mirando fijamente hacia la pileta de la Plaza Victoria, la misma en la que lo velarían de manera masiva, años más tarde. Aquella vez, estuvo fácil más de cinco minutos en esa misma posición, ensimismado con su visión imperturbable. Durante el tiempo que lo había estado observando, recorriendo las calles de Valpo y hablando amistosamente con cuanto transeúnte se cruzara en el camino, nunca lo había visto en esa parada tan contemplativa, tan introspectiva. Nunca habría podido intuir su final. Puede que, en eso, se parezca demasiado a todos nosotros. 

Será hasta siempre, Sabino.

sábado, 4 de julio de 2026

Me tomo el tiempo de revisar las réplicas de un intercambio virtual que tuve con una chica española, aquella de la cual hablo tanto en algunos textos. Se daba el espacio para discutir cuestiones de vuelo intelectual, a raíz de algunas citas literarias, como la de Ernesto Sábato en Abbadón el exterminador. La cita sobre la que se discutió hace ya doce años fue la siguiente: "Hace un tiempo, un crítico alemán me preguntó por qué los escritores latinoamericanos teníamos grandes novelistas pero no grandes filósofos. Porque somos bárbaros, le respondí, porque nos salvamos, por suerte, de la gran escisión racionalista. Como se salvaron los rusos, los escandinavos, los españoles, los periféricos. Si quiere nuestra Weltanschauung, le dije, búsquela en nuestras novelas, no en nuestro pensamiento puro." A la chica, estudiante de filosofía, seguidora de Heidegger, no le convencía el fragmento de Sábato, y yo, en su momento, le rebatí, defendiendo la idea de fondo planteada por el escritor en su novela. Fue tan intensa la discusión que hasta nos molestamos, intransigentes en nuestras perspectivas. Por interno, eso sí, lo pensamos mejor y quedamos en la buena. Vuelvo sobre aquel intercambio en un ejercicio nostálgico, sopesando también la fricción de las ideas y la pasión de su despliegue en nuestra brevísima complicidad. Lo único de lo cual quedó testimonio, sin embargo, fueron mis propios argumentos, ya que los de ella se eliminaron al borrarse de las redes, de forma imprevista, enigmática hasta el último minuto, cual verdad detrás del muro o allende el calabozo. Los reproduzco por aquí como si se tratara de un diálogo mutilado, un monólogo sin otro sentido que la autorreferencia, después de una comunicación extinta.

(…)

-Por conciencia "pura", ¿te refieres al logos occidental, a la razón pura kantiana o a otro concepto? Si pudieras explicarte un poco más.

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-La expresión Weltanschauung es el centro del párrafo, gira en torno a esa palabra germana que significa: concepto del mundo, sentido de la vida, filosofía, ideología, más adelante el personaje sostiene que "en realidad sería necesario inventar un arte que mezclara las ideas puras con el baile, los alaridos con la geometría". Recuerdo una obra de teatro presentada por la Compañía del Silencio, sobre la vida de Artaud, que mezclaba música, danza, pantomima, todo gestual. Y prosigue el personaje de Abaddon El Exterminador: "Algo que se realizase en un recinto hermético y sagrado un ritual en que los gestos estuvieran unidos al más puro pensamiento y un discurso filosófico a danzas de guerreros zulúes". Se me viene a la memoria un breve pero denso ensayo filosófico de E, Trias: "Filosofía y Carnaval".

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-Tenía entendido que la Weltanschauung significaba "cosmovisión" aunque no fuese ese su sentido filosófico estricto, y creo precisamente que la falta de normatividad en los conceptos es lo que valida la tesis de Sábato. No aspira a definirlo en términos ontológicos ni metafísicos sino que de acuerdo al poder de la evocación, a la fábula, por así decirlo, a la capacidad poiética.

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-No dije que cosmos fuera lo mismo que mundo, es una forma de aproximarse al concepto. Creo que hay que volver a la obra aludida, y no interpretar tanto el concepto aislado (tu interés es estricto, legítimo, pero no es lo principal en lo referente a la novela). Además, si te fijas bien en la cita el personaje del Abbadón habla de su "interpretación" sobre el término alemán cuando dialoga con el crítico al respecto, no precisa definir el concepto en su rigurosidad, lo usa como analogía para explicar forma que tienen los latinoamericanos de concebir el mundo a partir de la ficción.

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-Insisto en que es preciso concentrarse en lo que plantea el personaje del Abbadón en la cita a través de la novela. la tesis de Sábato en ese sentido es justamente afirmar la herencia de la cultura latina, pero además plantear un punto de inflexión, es decir, que nuestro "racionalismo" viene de esa fuente, pero no es por supuesto originaria en ningún aspecto, sino que mestiza, híbrida, y en esa condición reside el aspecto poético, mítico, hasta cierto punto, irracional, que se devela en las obras de ficción que funcionan por eso como dispositivos de una visión del mundo o una forma de entender el mundo a la manera latinoamericana... no se erigen como visiones "puras" sino como evocaciones, aproximaciones, incluso digresiones a una concepción lógica y racional. Hay pasajes de la novela, que desarrollan la cita e ilustran con mayor vehemencia lo anterior:

"Desde Europa, por supuesto, nos vienen a decir que en las novelas no tiene que haber ideas. Los objetivistas. Mi Dios! Siendo el hombre el centro de toda ficción (no hay novelas de mesas o gasterópodos) esa objeción es idiota. Ezra Pound dijo que no podemos permitirnos el lujo de ignorar las ideas filosóficas y teológicas de Dante, ni pasar de largo los pasajes de su novela o poema metafísico que las expresan con mayor claridad. Y no sólo son legítimas las ideas encarnadas sino las purísimas ideas platónicas. No son hombres los que llegaron hasta allí? No se podría entonces hacer una novela con Platón de personaje a menos que liquidáramos buena parte de su espíritu. La novela de hoy, al menos en sus más ambiciosas expresiones, debe intentar la descripción total del hombre, desde sus delirios hasta su lógica (...) Una combinación de Kant con Jerónimo Bosch, de Picasso con Einstein, de Rilke con Gengis Khan. Mientras no seamos capaces de una expresión tan integradora, defendamos al menos el derecho de hacer novelas monstruosas (...) Sólo en el arte se revela la realidad, quiero decir toda la realidad. Y nos vienen a decir que esta mitificación del arte es reaccionaria, anticuada, que es del siglo XVIII, de los románticos. Por supuesto. El genio protorromántico de Vico ya vio claro lo que todavía mucho tiempo después otros pensadores no alcanzaron a comprender. Él empieza lo que después harán Jung y, de modo paradójico, porque venían del cientificismo, Lévy-Bruhl y Freud. Las ideas del romanticismo alemán fueron olvidadas o despreciadas por esta cultura pretenciosa. Entonces hay que sacarlas a relucir".

(…)

-El conflicto está en que lees la cita a partir del rigor filosófico, y hasta cierto punto sostengo que la "identidad" es más que una cuestión netamente cultural sino que inclusive ontológica, y por lo demás un tema un tanto manido desde la subjetividad latinoamericana. De hecho planteaste el existencialismo emparentado con el pensamiento de Sábato. Sin embargo, no creo sea tan relevante el alcance universal de esa postura, y del rollo identitario, como la implicancia que tiene leer el texto-novela desde su significación literaria, esto es, desde la capacidad de reinterpretar la realidad a partir del aparato de la ficción. El propio Sábato como personaje en la novela no está dando verdades por sentadas, la novela se devela como un proceso de auto reflexión, de denuncia, de revelación histórica, y también de simbolismo, de una época convulsa de la argentina (años 70). Inclusive tiene una lectura esotérica, en la figura del ángel exterminador. Por eso la crítica que le haces a Sábato no creo sea una objeción contra el potencial creativo de su obra. Recuerda que se trata de una obra de ficción no de un tratado filosófico. El asunto no pasa por el mayor grado de comprensión de lo Real (con mayúscula como señalas), sino que por la posibilidad remota de la ficción para develar las problemáticas humanas:

"Escribir al menos para eternizar algo: un amor, un acto de heroísmo como el de Marcelo, un éxtasis. Acceder a lo absoluto. O quizá (pensó con su característica duda, con aquel exceso de honradez que lo hacía vacilante y en definitiva ineficaz), quizá necesario para gente como él, incapaz de esos actos absolutos de la pasión y el heroísmo. Porque ni aquel chico que un día se prendió fuego en una plaza de Praga, ni Ernesto Guevara, ni Marcelo Carranza había necesitado escribir. Por un momento pensó que acaso era el recurso de los impotentes. ¿No tendrían razón los jóvenes que ahora repudiaban la Literatura? No lo sabía, todo era muy complejo, porque si no habría que repudiar, como decía Sábato, la música y casi toda la poesía, ya que tampoco ayudaban a la revolución que esos jóvenes ansiaban. Además, ningún personaje verdadero era un simulacro levantado con palabras: estaban construidos con sangre, con ilusiones y esperanzas y ansiedades verdaderas, y de una oscura manera parecían servir para que todos, en medio de esta vida confusa, pudiésemos encontrar un sentido a la existencia, o por lo menos su remota vislumbre"

(…)

-El que sostengas que sus perspectivas sean cerradas no deja de parecerme algo valorativo y no deslegitima para nada lo que ya se ha planteado de su obra. Decir que se parece a Sartre es no comprender la particularidad de su visión literaria. En fin, discrepamos en el fondo, y mejor que así sea. OJO que respecto a la identidad también me presenté escéptico, y en relación a la novela de Sábato, también resulta un concepto demasiado complejo para profundizar acá, y contemplando una sola obra.

(…)

Un frío visto y un silencio se respiran tras releerte, y nuestras ausencias no dejan de reírse de nosotros.

miércoles, 1 de julio de 2026

El incendio de Valparaíso, reeditado

Volví a comprar el libro poemario El incendio de Valparaíso de Eduardo Correa, reeditado por Ediciones Altazor. Estaba en la librería que queda al lado de sala Insomnia. El ejemplar que ya tenía lo vendí, como tantos otros libros (cosa de la cual me arrepiento). Se trataba de la edición realizada por Ediciones La Cáfila. En esa versión, la portada tenía una especie de código de barras tachado con una línea roja, en un ejercicio muy martiniano. En esta otra, más actualizada, aparece una escalera ascendente en el interior de algún inmueble porteño. Desconozco cuál, pero podría ser cualquiera.
El libro de Correa tiene, a estas alturas, un carácter de culto. Para mí, al menos, tiene un significado muy particular. Creo que se lo compré a C. Faúndez o me lo regaló. No lo sé, a ciencia cierta. Lo único que sé es que lo adquirí en el contexto de aquellas lecturas de poesía en la Universidad Santa María del año 2008. En ese mismo año, dicho sea de paso, sufrí el incendio de mi antigua casa en el Cerro La Cruz. Un presagio sarcástico podía leerse en esos versos, una meditación crítica sobre ese presente, aquel presente calamitoso que rodeaba mi barrio y que caló hondo en la memoria de la familia. Dos muertes trágicas le sucedieron, un terreno devastado y una zona cero en la conciencia. De pronto, en las páginas de Correa se proyectaba esa "porción de infinito", ese infinito invertido, chamuscado en aquel cerro de mi infancia. C. Faúndez recuerdo que notó mi obsesión por las lámparas, a través de un ejercicio poético. La fijación en esa luz saturada de una revista de Mecánica popular abrigaba una incertidumbre a la vez que una angustia. En la mirada quizá podía advertir una luz que no fuera opaca, que no fuera impura, que, al menos, iluminara lo que restaba en el camino, aunque fuese una luz de utilería, meramente funcional.
Años después, ocurrió el incendio del 2014 y una segunda casa en la que solía vivir también se quemó. Otro barrio distinto al de mi infancia. Un barrio de mi temprana juventud. Hice una crónica sobre lo que le pasó a ese vecindario y a ese cerro, a partir de la conversación entre un voluntario y un vecino de la cuadra, trabajando sobre su terreno perdido. Las palabras urgían cuando se necesitaban manos, y entonces, me pregunté si acaso la escritura surgiría inflamada en su propia combustión interna o producto de una necesidad vicaria de reconocimiento en medio del desastre. Después del incendio, ¿qué escribir? Había que hacerse las preguntas correctas, sin miedo a arder en sus respuestas o en su improbabilidad.
Tiempo al tiempo, y los incendios continuaron en distintos puntos de la ciudad, en diferentes magnitudes. Alcancé a sacar las respectivas crónicas de algunos siniestros que me marcaron, como el del sector de Bellavista el 2018, el de un sector cercano al Vergel un 18 de noviembre del 2019 (señal fatídica de lo que ocurriría en unos cuantos días), el de la fábrica de cecinas Sethmacher, el del antiguo Teatro Pacífico en calle Errázuriz con San Martín, y el de la mítica Librería Crisis, cambiada desde su ubicación clásica frente al Congreso, hasta la calle Prat, cerca del Restorán Capri, junto al Espacio Prat, mismo espacio en el que alcancé a bailar un par de temas con mi polola, en una noche memorable que no alcanzaría siquiera a intuir las futuras y nefastas llamas.
Vuelvo sobre El incendio de Valparaíso de Eduardo Correa. Vuelvo como se vuelve sobre un sitio que alguna vez se habitó y que ahora perdura como vestigio de lo irrecuperable. ¿Quién debía contar los incendios vividos? ¿Quién debía quemarse al momento de confesar lo inconfesable, al margen del fuego? Decía el hablante lírico -que no necesariamente Correa- en el libro: "Las mismas visiones del incendio. Las mismas visiones del incendio. No había nadie para contarlo. No había nadie". Y luego: "Queríamos creerle al infierno para tener alguna fe. (...) Pero sabíamos también que Valparaíso era una metáfora y que toda metáfora era una suprema traición".


martes, 30 de junio de 2026

En la fiesta de San Pedro en Valparaíso, se da un sincretismo único: el símbolo del pez, tan caro a Simón Pedro, apóstol de Jesús, resuena con el de las distintas especies de pescado que cazan los pescadores porteños de Caleta El Membrillo y Caleta Portales. La comunidad realiza una procesión y honra al Santo Pescador por la abundancia en las costas. Esa ha sido la tónica durante más de ciento veinte años en la ciudad. Hay una imagen en el Antiguo Testamento en la que la figura del pez está anclada a la incertidumbre. Dice, en el Eclesiastés: “el hombre ignora su momento: como peces apresados en la red, como pájaros presos en el cepo, así son tratados los humanos por el infortunio cuando les cae encima de improviso”. En esos versículos hay una zozobra y una vacilación, la misma del porteño que no sabe todavía qué esperar del mar que le circunda. Por unos cuantos días, los mismos en que Simón Pedro fue crucificado por Nerón, acusándole de haber quemado Roma, los porteños olvidan aquel infortunio bíblico y lo subliman por medio de un rito, mientras avanzan con el santo a cuestas a través de la Avenida Altamirano. Entonces, el pez adquiere una connotación crística. Se vuelve la criatura que permanece viva en las profundidades de las aguas. Se vuelve aquel que nada contracorriente y se sacrifica. No se puede separar el elemento santo del oficio del pescador en los mares del puerto. Sería desconocer su propia tradición y su historia recóndita. Por eso, si va a algún restorán de Valpo y se sirve una pescá o una merluza frita por estas fechas, recuerde y tenga en cuenta que su carne y hasta sus escamas están benditas con la plegaria sagrada del trabajador del mar.

viernes, 26 de junio de 2026

"La suprema excelencia consiste en quebrar la resistencia del enemigo sin luchar". Esta es precisamente la estrategia del gigante asiático, la técnica del dragón chino. Pura estrategia, psicología, cálculo y anticipación. Xi Jinping aplica los principios milenarios de El arte de la guerra de Sun Tzu. Vencer sin luchar.
Frédéric Beigbeder: "Visto de negro porque llevo luto por mí mismo. Llevo luto por el hombre que podría haber sido".

miércoles, 24 de junio de 2026

La noche se cierne. Otra oportunidad para mirar más allá de lo observable.
Una señora oriunda de San Félix, Norte Chico, en el programa Miedo a la chilena, dijo algo muy significativo respecto a la Noche de San Juan y la aparición de seres legendario-mitológicos, manifestaciones mágicas o fuerzas oscuras: que conforman costumbres locales muy antiguas que se están perdiendo, sobre todo, en sus relatos orales, en su creencia ligada a la historia de los pueblos, porque existen en la medida que se intenciona su existencia. Pasa, decía la señora, que con el tiempo hay gente que ha dejado de "encantarse" con estos relatos, y por eso para ellos ya no existen o dejan de tener un significado trascendente. He ahí que, con su sabiduría "del interior", sin tanta lectura enciclopédica, la señora intuyó, dejó entrever algo que ya fue pensado por autores en la línea tradicionalista de la Sofía perenne o por el propio Morris Berman en El reencantamiento del mundo: una crisis vital, el hecho de que la secularización de la vida moderna, en prácticamente todas sus dimensiones, ha sacrificado la visión de lo sagrado, lo mítico, lo mágico, tan caro al arraigo simbólico de nuestros lares, de nuestra propia memoria recóndita. Pese a esta debacle, aún persisten resabios de esos antiguos cultos que rezuman una mezcla poderosa de paganismo y misticismo cristiano, como cuando se quema una hoja con deseos frente a una hoguera o fogata, a las doce de la noche, y se encomiendan a San Juan Bautista, o como cuando se deja un recipiente con agua y sal para que, al día siguiente, el sol de la mañana renueve las energías y disipe las malas vibraciones. Justo a medianoche se temía que aparecería, por ejemplo, el Tué Tué, el pájaro con cabeza de brujo alado, o el Mandinga, el diablo del campo, porque era el escenario propicio para su manifestación en la oscuridad, pero el sentido del rito con fuego y agua consistía justamente en la seña de disolución y purificación necesaria para transmutarse, reinaugurar un nuevo ciclo. Se intenciona con propósito, visión y voluntad, en un marco distinto al cotidiano. Desautomatizar la mirada: solo allí radica la magia de estos rituales y la riqueza de sus leyendas.

martes, 23 de junio de 2026

Digresión de mi viejo sobre el Mundial

Editada y reescrita por este servidor

Imagina, por un momento, a Albert Camus, Bolaño, Borges, Lihn, etc. -agregue al escritor que más le gusta o disgusta, da lo mismo, ya que todos pertenecen al mismo club- vestidos todos con pantaloncitos cortos, zapatos negros, polerón Adidas, con cualquier número atrás en la espalda, sudando la gota gorda, jugando con una díscola pelotita, una de cuero, de las de antes, pesada, tosca, inatajable, por el riesgo de recibir un pelotazo en el hocico. Y se enfrentan contra los del otro equipo para invadir su área y meter el gol -agregue quiénes son los adversarios, ¿Filósofos neoplatónicos? ¿Tecnócratas positivistas? ¿Críticos implacables de la palabra?-, todos disfrutando un gran partido de fútbol y siendo famosos, conocidos, comentados, fotografiados y, por supuesto, ganando buena plata, divulgando sus grandes jugadas, pases, habilitaciones, siendo verdaderamente reconocidos por sus logros, en la cancha, y que todos los admiren, porque en la cancha se ven los gallos, en buen chileno, pero son solo ocurrencias, solo ocurrencias, porque la literatura es más bien un estadio sin suficientes hinchas, un deporte extremo en el que se compite sin un equipo fijo, un arco sin malla, una patada hacia cualquier dirección.

lunes, 22 de junio de 2026

Hacia un iceberg de la poesía

El lector estepario realizó un "iceberg de la literatura argentina". Los conocedores sabrán que los icebergs revelan los secretos profundos de diferentes personajes, franquicias o fenómenos de la vida pública. Así, mientras más profundo se escudriña, se descubren cuestiones cada vez más turbias, llegando incluso a desentenderse del iceberg en sí mismo, para ahondar derechamente en la zona abisal. Le comenté al lector estepario que, a propósito de su creación, estaba pensando en la posibilidad de un iceberg de la literatura chilena. Busqué si hay algo y nada. Solo hay de literatura en general. Nada específico a nuestras latitudes, habiendo tanto material disponible. Al decirle esto, el lector me animó a investigar y realizarlo por mi cuenta. Es más: pensó en un iceberg de la poesía chilena. Sería algo tan fascinante como espeluznante. La idea era tan buena que me llevó a imaginar, inclusive, un iceberg de la poesía santiaguina, y por qué no, uno de la porteña. Para cada poética, en definitiva, habría su respectivo iceberg. ¿Qué habrá en los territorios abisales? ¿Qué obras, qué personajes, qué anécdotas, qué historias enterradas permanecerán al fondo, esperando su minuto, el minuto de su develación o el silencio perpetuo?

domingo, 21 de junio de 2026

El solsticio de invierno coincidió este año con el día del padre. Solstitium quiere decir, en latín, "Sol quieto". Subráyese la asociación y el símbolo.
Al nochero del condominio le pagan por resguardar el acceso a la residencia durante toda la madrugada, generalmente sin compañía, instalado en una caseta con amplia vista, pero abierta a la intemperie. Mientras todos en la cuadra duermen, él resiste el sueño y vigila. Cuando ya no pasa nadie, a veces le acechan sombras. Para espantar el cansancio, merodea el interior del condominio a paso lento, con una linterna de luz muy debilitada, apenas un destello en medio de la oscuridad de los alrededores. Le envuelve la helada y para eso se cubre con el chaquetón de la empresa. Confía en la tranquilidad del entorno y en sus pasos seguros. Se toma el tiempo de rondar todo el perímetro, iluminando los espacios vacíos y las zonas oscuras. El nochero está cansado, pero procura hacer su trabajo contra todo pronóstico. Le sirve para quitarse de encima el peso del sueño y el de su conciencia impacientada. De vuelta de la ronda, oye rumores de un zorro en las inmediaciones. No lo encuentra y apenas escucha el crujido de un columpio abandonado en la plaza de juegos, escarchada por el frío. Se devuelve y recorre todo el perímetro hasta llegar de regreso a la caseta. Guarda las llaves, las sagradas llaves del acceso principal, prende el calefactor, prepara un café a la vena para aguardar la pronta mañana, continúa vigilando, se mantiene atento a los vehículos que salen a rumbo desconocido y anota en la bitácora "sin novedades", como si se tratara de un registro personal, más allá del protocolo. Al nochero del condominio le pagan por resguardar la residencia y mantenerse vigilante, a la intemperie. Procura mantener los ojos abiertos, pese a la irritación. Se dice a sí mismo, la seguridad es lo primero, el sueño puede esperar. No sabe si lo volverán a llamar mañana. Nada le asegura quedarse. Por lo pronto, le queda tiempo antes de que amanezca. Continúa observando, demasiado paciente, el guardián callado, un domingo a primera hora. Lo sé, porque también estuve ahí.

sábado, 20 de junio de 2026

Valpo encabeza la crisis de natalidad en Chile, y yo me pregunto: ¿quién todavía pretende traer almas inocentes a este valle de lágrimas?
Siempre he pensado que hay ciertos proyectos -ya sea en narrativa, poesía, teatro, música, cine o pintura, entre otros- que por su naturaleza y radicalidad, están condenados a permanecer en lo subterráneo, o como se dice comúnmente, en el "under". Hay algo en ellos que no comulga -o que choca- con los códigos mayoritarios y eso constituye su móvil, su propia constitución interna. Si hicieran concesiones o ediciones en su forma y fondo perderían precisamente su cualidad desviada. Son justamente esa clase de proyectos los que me han obsesionado desde la adolescencia, y se han vuelto una tónica, de un tiempo a esta parte. Hay quizá en ellos una proyección inconfesable del propio carácter. Fueron concebidos a la sombra y a la sombra pertenecen.

viernes, 19 de junio de 2026

Descenso liminal

Evolución del horror liminal en el imaginario gragkiano (2006-2026)





Pieza novena



Atento,

mira por donde pisas.

No te extrañes,

tablas viejas afiladas como dagas.

4 paredes te insultan.

Ésta es una pieza absurda,

como ésta no hay ninguna.



Las pestañas pican como avispas,

el corredor resulta infinito,

el techo con púas pisa,

el fondo a la derecha una boca,

los muebles una calamidad,

los cuadros lanzallamas,

los inodoros coprófagos,

los sofás son criaturas,

las puertas son mandíbulas,

las llaves proyectiles,

el televisor una caja hipnótica,

las lámparas son tarántulas,

los floreros plantas carnívoras,

las baldosas trampas profundas,

el sótano es una morgue,

tu mente un pantano de incógnitas.



Atento,

mira por donde pisas.

No te extrañes

si el mundo entero boca abajo se dobla.

Ésta es una pieza absurda,

como ésta no hay ninguna.

Quizás no has concebido al pánico tal como acostumbras,

o quizás la pureza de los egos ya se ha vuelto nula.



2006































































Experimentos en serie (bio-lencia)



Hoy es día de la tormenta,

la tormenta de las carnes rojas,

acaecida al margen de las disidencias.



Inmunodependiente de sí mismo,

de su inherencia cuadrada y salvaje

el sujeto se hace uno con el frío.



Y todo va adquiriendo escotillas,

al desquitarse con las brasas inminentes

de este estado químico.



Elige entre reflexión o regresión,

regula tu tensión nerviosa,

mientras se realizan los cortes afilados

sucediendo en aparato hegemónico.



La mujer sanguínea se escabulle,

el blanco infante sube la espiral

y encorvado accede al cuarto de los cortes.



Divisiones mortales de aquella mujer

a través de las transparencias:

Cráneo, pecho, vientre, vértebras,

todo en tétricos vidrios.



Y el infante grita, grita,

ante la luna de la maquinación,

tratará de volverse nulo.



Continúa la ascensión del espiral,

en centrífuga de cortes,

mientras el infante, dominado por la babosa

que yace en el sodio de su lagrimal…



¡BIO-LENCIA!



Aumenta la proliferación de aurículas.

Explora, y verás, en este grato juego,

plásticas, experimentales perras plásticas.



Exponencial, la carne roja, calámbrica,

te obligas a la clausura del gran cubo, un maldito tiempo,

y luego, sobreexplotas el paraje, segundo por segundo,

y la cosa aún jodiendo, atorada en masoquismo levitativo.



Corazón púdico, ¡mal necesario!



Así, vuelve a sopesar tu pecho inflamado,

vuelve a quebrarte

a forma de niño blanco,

a forma tuya.

¡Tormenta de las carnes!





Los emisarios del club del gore



El sonido del metal y el cuchillo turba como uña por la piel. Lo siento dentro y el umbral del dolor ya desaparece, a medida que la sangre fluye seca y cristalina. Estoy jugando indirectamente el juego del cual soy parte hace mucho tiempo. Al entrar allá, más allá, ¿Qué era lo que veía? Puro peldaño digitatorio. Trepo y trepo, por enredaderas me enredo, y tan pronto como avanzo, ya soy la materia ecuánime de una galería que implosiona en mi organismo, en su febril intemperie.



Al caminar se me hace cruel pisar sobre aquellas formas, aquel piso aún vivo, suspirando bajo su orgánica corporeidad. Prosigo hasta el fin del pasaje y un gran monolito de cuero se instala de súbito. En la próxima estancia, mi temor se vuelve radicalmente real. Mis poros comienzan a expeler un mortal etílico, sin saber que ya era parte de su faena, su letal palanca: LA JERINGA INYECTA EN MÍ.





2007





















Un minuto en el ascensor



Eventual,

riesgo,

empírico,

es lo que serás a continuación.

Siempre en hipersuelo,

accede al siguiente nivel.



Ojos

cerrados

esporas

escalofríos.

Las alturas no son

más que maquetas,

cuando el ságoma

te hace ver

que no estás sola.

Siempre

en dirección

la negativa temperatura,

siempre mientras busques

un maldito motivo de calor,

te siento,

cuando en realidad estás en la mitad,

la mitad de la rutina.



Accede al siguiente nivel.

Siempre en hipersuelo,

lo que serás a continuación.

Empírico,

riesgo,

eventual.





2007



































































Catábasis/reacción en cadena



¿Quiénes conspiraban detrás de aquella puerta?

El fin del milenio cobró su vida

Mientras los idiotas

Bailaban al ritmo de la insania

Su ojo vio lo que no se debía ver

Preso del extravío

Bajó hacia la zona secreta

A medida que sus pasos

Se perdían entre voces cómplices

Fueron enfermos de cobardía

Quienes callaron ante el ocaso del tiempo

Y la desaparición del símbolo

Se produjo una reacción en cadena

En el momento en que trituraron sus recuerdos

El globo completo sucumbió a las develaciones

El país precipitó su propia eyección futura

Porque la anábasis nunca ocurrió

Porque no hubo purificación

Tras el gran enfrentamiento

Porque la mordaza coartó las últimas palabras

Y otras cabezas siguieron rodando

Alrededor de sus cruces y olvidos

No hubo salvación, porque

en esa bajada no hubo búsqueda

solo una fatal coincidencia

solo el testigo involuntario

de una realidad abyecta

hasta el punto de la náusea

nunca hubo anábasis, únicamente

la sombra y su impudicia

únicamente la sangre y su imperio

la vergüenza legendaria en lo develado

en lo terriblemente desnudo

su ojo vio allí donde no se debía ver

y esa fue su roca de Sisifo

y esa fue su ave rapaz

devorándole las entrañas

sobre el cadalso de las conciencias

allí donde abrió lo que no debía abrir

se fraguaba un misterio

un misterio con rostro de sátiro

el giro en la tómbola

le llevó al círculo prohibido

y la anagnórisis cobró su vista

su visión prematura

no hubo verdad sin sacrificio

porque otros seguirán tramando

el tráfico, la ruptura, el reseteo

porque la conspiración es el motor oculto de la historia

¿Quiénes conspiraban detrás de aquella puerta?

Los hipócritas, los megalómanos del futuro

Seguirán parados en la misma línea

Al límite perverso de la realidad

Pero pronto estarán listos

Para hacer el jaque y jugar

Con sus vidas miserables

Porque la noche regresará

Con su llamarada suicida

Porque el dedo mayor

Volverá a encender la fiesta

Al extremo del milenio

Y sus mentes y cuerpos harán combustión

Antes que se enciendan las luces

y la verdad detrás del símbolo

vuelva con su potencia arrolladora

entonces será el momento de decir

¡Hasta nunca!



2026





































Liminal

Varas entre muros

Fulgor y temblor

Esquinas sin contraste

Techo sin cielo

¿Dónde estás?

¿Hacia dónde vas?

No sabes cómo llegaste

El tiempo se curva

Oficinas te asechan

Sientes su vacío

Tu eco te delata

No hay respuesta

Porque no quedan nombres

Caminas y crepitas

Confluye un ojo

Un ojo escondido

En los bordes

Alguien te observa

¿Dentro o fuera?

Un ente aguarda

No tiene otra forma

Que la tuya en fiebre

Caminas y crepitas

Bajo el resabio productivo

Tránsito que no habita

Zona del despojo

Carne andante al asedio

Desarraigo de un sitio

En negativo, que engendra

En sí el esperpento

Ropa azumagada, revuelta

En un nivel más abajo

Desnudez que no avisa

Reverso oscuro de fachada

Te deslizas y penetras

En la estructura

Un hueco gris en su extravío

Allí donde tocas y pisas

Cuero aún húmedo

Viscosa la carencia

Geométrico el miedo

E imposible la visión

Una fantasmagoría resuena

En tu angustia

En su influencia sorda

Camino apócrifo

Donde excreta lo imaginario

¿tiene frontera el vacío?

¿tiene borde la vergüenza?

Solo camina y agárrate

Palpita en ti el limbo

En ti la historia se fractaliza

Creta golpea en tu interior

Un minotauro implora

Su porción de acero

Ronda la caza en tu mente

La presa vacía

En su reflejo quebrado

El daimón la alimenta

Y el laberinto crece

A medida que te arrastras

No hay hilo, solo

Un reguero de tripas

Y de muebles viejos

Chucherías sin dueño

En tu desazón

Como huésped nuevo

Pagarás el piso

Pagarás el precio

De haber ingresado

Sin peaje, porque

La entropía

Pasa factura

Y el avance en los pasillos

Te deforma entero

Imbunchaje

Voz, rostro y figura

Que ya no son las tuyas

Auténtico golem

Amasijo de datos

Desechables

Arrojados a la zona prohibida

Para su eliminación

Y lo humano, lo humano

Arrojado al abismo de lo real

Cansino y obsoleto

Luego, El Complejo

Descubre otra cara

Otra cara de la incógnita

Y escapa a toda ingeniería

Y comprensión meridiana

Cual visitante incierto

Engulle y fagocita

A sus merodeadores

Aberración proteica

Para quien explote la intriga

Para quien cruce los límites

Y en la boca de su vórtice

Se abre y somatiza

Rizoma demoniaco

Que fagocita tu cansancio

Que bebe de tu sueño

Y deviene conciencia

Conciencia entropía

Todo muy oscuro aún

Te sugestionas

En la potencia de lo insólito

El purgatorio

Es el cuarto de atrás

Callejón salvaje

Pura intemperie

Más acá del ser ahí

Para tu pronto final

Más adentro

Honra El Complejo

piérdete en él

ninguna entrada

garantiza la salida

fulgor y temblor

techo sin cielo

¿dónde estás?

¿Dentro o fuera?

La curva se hace mundo

El acecho oficina

Se vacía el sentir

Tu traición un eco

Ya no hay escape

Porque nunca hubo espacio

Corre y crepitas

Ya no hay tiempo

Porque nunca

Tuviste lugar.



2026