Cuéntame cualquier anécdota cotidiana, por insignificante que parezca, y te la transformo en una crónica única, sin necesidad de inteligencia artificial. Ese es el poder de la mirada y de la palabra.
domingo, 25 de enero de 2026
Salimos del Portal Álamos con mi madre, mi hermana y su pololo, luego de haber ido a la Feria del libro. Cuando esperábamos un uber de regreso a casa, bajo la entrada a la galería, se nos acercó un hombre de la calle, a mal traer, con el pelo medio rubio y un rostro extraño. Empezó a hablarnos de la nada, sin motivo aparente. Según él, trabajaba en la avenida Valparaíso, estacionando autos. No quería dinero. “Me dicen el Donald Trump”, afirmó, muy seguro. En eso, habían empezado a sonar los rayos y a caer una lluvia muy leve. “¿Escucharon esos truenos?”, preguntó el Trump callejero, “ese sonido es el mismo que se siente en el Domo de Hierro de Israel. Ese mismo sonido es un sonido de guerra”, sostuvo. Acto seguido, empezó a transmitir sobre la posible conexión entre los relámpagos y la situación geopolítica en el mundo. Además, decía tener muchos conocimientos sobre inteligencia artificial, más de lo que cualquiera podría imaginar. Se sentía un genio, un genio incomprendido. En ese mismo momento, me pregunté: ¿qué hacía un genio en la calle? ¿Cómo tanto potencial desperdiciado? ¿Por qué este Trump sudaca oriundo de las calles viñamarinas no había sido descubierto por la NASA? Un delirio, sin duda, increíble, aunque inoportuno el del hombre, dada la urgencia por marcharse de ahí, antes de que lloviera más fuerte. Mi madre ya no aguantaba al tipo. Tampoco mi hermana. Yo, por mi parte, seguí escuchándolo, confiado en que terminaría pronto su discurso. El pololo de mi hermana le dijo luego que en la otra cuadra había gente dispuesta a seguir escuchándolo. De esa manera, el hombre comprendió y se despidió, afirmando que nos iríamos al cielo y que Dios estaba de nuestra parte. “Son buenas personas. Vayan con Dios”, remató, mientras caminaba rumbo a la otra cuadra, seguramente a seguir revelando su crucial diagnóstico sobre el mundo y sus cualidades inauditas. Llegó el uber. A lo lejos, se veía al Trump de la calle, desposeído, sin ninguna otra presidencia que su imaginación, hablando con unas personas que pasaban por ahí, todavía ignorantes respecto a su curiosa genialidad. ¿Se tratará de un oráculo del presente? El cielo seguía nublado y los truenos no paraban de sonar, cada vez más bulliciosos. Era lo más cercano al sonido de la guerra para este personaje. A mi mente, vino de inmediato el tema Por quién doblan las campanas de Metallica, de su clásico álbum Ride the lightning. Dejó de relampaguear afuera, pero algo siguió cayendo cual relámpago dentro de nosotros. Era la inminencia del tiempo, del tiempo por venir, su pronóstico improbable.
Cornelius Castoriadis definía a la imaginación radical como la facultad que no reproduce lo real, sino que lo instituye sin fundamento previo. Dicho de otro modo, en la imaginación radical no habría mito fundador, no habría origen narrable ni causa primera. No habría historia porque la historia presupone un orden, el orden presupone una ley y la ley propone una clausura del sentido. La imaginación radical sería, de esta manera, lo instituyente sin institución alguna.
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