jueves, 4 de diciembre de 2025

Sobre Parménides de Aira y la PAES: ya nada es como era

La PAES de Competencia lectora causó revuelo al viralizarse un fragmento de la novela “Parménides” de César Aira. Dicho fragmento fue, según cuentan, un auténtico “dolor de cabeza” para muchos estudiantes que no pudieron comprenderlo y, además, tuvieron dificultades para responder correctamente las preguntas. Un titular decía que “filósofo de hace dos mil quinientos años se les apareció a los chicos de la PAES”, como si Parménides y su filosofía esencialista realmente hubiera sido invocada para sabotear sus propósitos y darles un baño de realidad. La cuestión es que, de hecho, el fragmento leído no resultó para nada tan complejo como se pensaba. Algunos podrán decir, con cierta razón, que no puede competir un profesor de lenguaje con un alumno recién egresado de Cuarto Medio, pero de verdad que el texto escogido, por más literario que sea, no resulta, ni por asomo, el más complicado de leer, frente al resto de secciones con estructuras más científicas y argumentativas.

Hubo un comentario en una página de Reddit que creo que sí dio en un punto clave: la escasez de literatura en la prueba de Competencia lectora (cuyo nombre ya indica, de por sí, una mayor inclinación hacia la habilidad y no tanto hacia el conocimiento). El comentario decía que “antes un cuento de Borges, un fragmento de Kafka, un relato a medio contar o un relato de un escritor chileno medio olvidado siempre salvaba. Ahora poco y nada”. Y tiene razón. La llamada Prueba de Acceso a la Educación Superior se ha vuelto el fiel reflejo de una visión cada vez más pragmatista y menos enfocada en los saberes, muchísimo menos en las reflexiones, atributos necesarios para una lectura profunda y significativa.

¿Pero de qué se trataba, al final, el tan comentado fragmento de Parménides de Aira? Pues, de un escritor joven, un tal Perinola, quien fue recomendado para escribir la poesía del filósofo (su clásico poema) en lo que sería el “primer escritor fantasma de la historia”. Perinola no había escrito mucho, aunque había sido recomendado prácticamente por adivinación. Se sabía bueno entre muchos escritores malos, por lo que lo aceptaron a ciegas, decisión que a Perinola le cambió la vida. Luego, no tenía tiempo para reflexionar demasiado. Llegó a la Judicatura, donde había cruzado el umbral de las moradas del Poder. Perinola compitió con Zenón, discípulo de Parménides, a quien consideraba un farsante, un “pseudopoeta” carente de conocimiento literario. Parménides tampoco sabía de Zenón, ya que era solo uno de los nombres con los que contaba para escribir su obra. En el círculo del filósofo, se consideraba a la literatura como algo inútil. A Parménides, en el fondo, le resultaba ajena la literatura, por lo que se comprobó que nadie, al final, entendía nada de nada.

Había que concebir el fragmento de Aira como un ejercicio metaliterario, lo que implica, de partida, una capa extra de abstracción o de figuración metafórica. Para alguien no acostumbrado a estas faenas, era evidente que le complicara tanta referencia indirecta, tanto subtexto sin el necesario conocimiento previo. Incluso un usuario comentó que “el Perinola quedó entero sentido porque Parménides lo escogió de segunda opción”, lo que revela una comprensión localizada y más en la línea de la opinología típica de red social, donde prima la anécdota caliente, el entuerto, la cuestión polemizante, sin suficiente vuelo ni profundidad, acaso con mucha ironía barata. Y he aquí que me quiero detener, en el ánimo irónico, en la doble lectura literaria del texto. Resulta que, si se lee con esa lente, el filósofo Parménides, nada menos que el filósofo precursor de la ontología, siempre fue un farsante. O sea, no fue. Algo contrario a ser. El mismo pensador que versaba sobre el ser, que decía que “solo es lo que es, y lo que no es, no existe”, tuvo que recurrir precisamente a alguien que no era él y a una pluma que no era la suya para poder construirse un nombre en la historia de la filosofía clásica. “Lo que puede decirse y pensarse debe ser, pues es ser, pero la nada no es. Esto es lo que te ordeno que consideres”, decía Parménides, digamos, el verdadero, no el literario. ¿Y qué tan verdadero es lo literario, o qué tan literario lo verdadero, hasta este punto? En ello radicaba la denuncia velada de Aira: en el falso ser de los escritores, en el ego hipertrófico, en el parecer, en la presunción excesiva, en la vanidad del velo, en la frivolidad de la pertenencia a un gremio. A punta de perder nombre, Perinola escribió y fue, en el acto, un escritor. Según Blanchot, la escritura obliga al autor a su desaparición, para, en su lugar, inaugurar el espacio de la literatura, libre de referencias directas y de horizontes inmediatos.

Al devenir fantasma, Perinola cede su texto al otro absoluto, sus lectores, sus otros autores. Parménides, al renunciar a su propia obra, deviene, en cambio, autor de algo que nunca escribió. Entre desapariciones y encubrimientos ocurre la literatura. Se podría decir entonces que el propio fragmento de Aira proyectó su operación subrepticia en la prueba PAES, haciendo de Parménides un autor apócrifo, estático; y de Perinola, un alter ego tan despreciado como dinámico en su tarea secreta y silenciosa. La PAES ya no es lo que era. De hecho, siempre cambia. Tampoco el texto de Aira fue lo que se esperaba de él, y así nada fue realmente como decía ser. Los estudiantes que rindieron la PAES cayeron ante ese movimiento, se les escurrió el significado, se les escapó la referencia y, por eso mismo, el texto removió, al menos por unos instantes de ajetreada lectura, la intransigente linealidad de la prueba, siempre en vilo por un futuro abstracto, tan abstracto como la idea de ser y tan real como el propio parecer desfigurado en la hoja.

Había en Chile una revista llamada Revista Rosita, muy conocida durante los años cincuenta, que publicaba cuestiones relacionadas con la moda, la confección y el estilo de vida de las mujeres de la época. Se compartió en redes sociales una sección de esa revista, la del ejemplar número 390, denominada como el “Tinder vintage”, porque mostraba una gran cantidad de solicitudes de pareja romántica por parte de hombres, en su mayoría, encerrados en prisión. Una de esas solicitudes capturó mi interés, por su pulcro lenguaje y su tono particular: “Alfonso Campos L., Casilla 3120, Santiago. “Poeta o loco, desilusionado de la vida. Recluido en la Cárcel de Santiago. Lleno de inquietudes espirituales. Desea correspondencia con alma sensitiva y pura que sea capaz de vibrar ante la belleza del dolor y la miseria”. En ningún momento aludió a algún tributo externo o a algún rasgo de personalidad. Sencillamente, habló de alma, espíritu y belleza en un mismo párrafo, dejando en claro, quizá, que no buscaba algo pasajero, sino que una conexión auténtica propicia para el amor. En comentarios decían que antes los presos eran sentimentales y ahora devinieron en viles estafadores de Banco Estado. ¿Poeta o loco era el recluso? Se trata de una sección impensable en estos días. ¿Quién podría, hoy por hoy, presentarse de esa manera desde la cárcel, con tal de pedir la correspondencia de alguna dama y todavía apelando a lo etéreo? ¿Cuánto de impostura y cuánto de gesto genuino habrá detrás de esos mensajes surrealistas por absurdos? ¿Quién podría seguir expresándose de esa forma, en la era de lo inmediato y lo material, donde el vuelo poético escasea en el lenguaje ordinario y se castiga con acusaciones de inutilidad o con la más gélida indiferencia? Lo cierto es que el tenor de los mensajes ha ido dejando su elegancia y sensibilidad, pero no ha cambiado mucho el resultado en materia de opciones reales, las que se han hecho cada vez efímeras, bajo un mercado sexoafectivo que sobreexplota la exposición y el derroche de alternativas, que no garantiza ya otra cosa que el descarte sistemático y la asimetría brutal.