Al ejercicio libre y gratuito del pensamiento vuelvo con decisión. Nada me impide pensar lo que pienso.
sábado, 11 de abril de 2026
Final solution: algunos apuntes del estudiante asesino
"La vida no tiene valor, pues nadie vive para ver su impacto o legado, de tener uno, lo mejor que puedes hacer es asegurarte de que dejas algo en el mundo antes de irte, y yo tomé mi decisión”. Ese fue uno de los tantos mensajes encontrados en el cuaderno del estudiante asesino de Calama. Se declara abiertamente misántropo. Los apuntes de ese cuaderno reflejan emociones y pensamientos propios de una visión nihilista y pesimista de la vida, algo no tan extraño en ciertos especímenes de su edad, si no fuera por la exposición pública de los motivos que lo llevaron a ese punto, y por el plan minucioso y detallado que llevaría a cabo para cometer el cruento crimen en su escuela. Más allá de la teoría del caso, que es materia de investigación policial, me hizo mucho ruido la “filosofía” del estudiante asesino, si es que se le puede llamar así. Nada original, claro está. Ecos del pesimismo más radical unido a cierto imaginario “terrorista” inspirado en algunos personajes extranjeros, perpetradores de otros ataques escolares.
Cuando el estudiante asesino refiere, en su cuaderno, que “la vida no tiene valor”, se puede observar en ese enunciado alguna resonancia a pensadores de la talla de Philipp Mainlander. De hecho, en su libro “Filosofía de la redención”, Mainlander dice literalmente que: “de un modo indirecto habríamos demostrado además, de sobra, que la vida en el mejor estado de nuestro tiempo carece de valor. La vida es, en verdad, una "miserable cosa desolada": siempre fue y será miserable y desoladora, y no ser es mejor que ser”. Por supuesto que una cosa es la elegancia brutal de Mainlander en su pesimismo abismal, y otra, la afirmación temeraria del estudiante que descree de la propia vida, pero está dispuesto a tomar la de otros, porque así lo decidió su narciso interior. Pienso que, en el fondo, este cabro siempre buscó hiperbolizar su dolor al punto de absorber el de los demás, cual agujero negro de vacío. Otras líneas en su “cuaderno de muerte” (en referencia al animé), lo demuestran: “si hay dos edits feos de mi después de mi muerte, entonces valió la pena, mi impacto y reconocimiento naturalmente me importa más que cualquier vida ajena“.
Lo más impactante de todo es que, en efecto, consiguió lo que quería, aun estando vivo, todavía. “Su legado” consiguió que más de cincuenta colegios (a la fecha) vieran suspendidas sus clases y tomaran medidas de resguardo ante amenazas de tiroteos realizadas, en su mayoría, por cabros sin demasiada masa crítica e impulsados por el fenómeno de la viralización más que por un móvil profundo. Había en las palabras del estudiante asesino, sin embargo, cierto dejo de perturbación de la conciencia: “el peso y realidad de lo que haré comienza a hundirme el pecho a medida que dejo más cosas listas y se siente que no hay vuelta atrás”. Ese peso y esa realidad a la que alude, ¿será realmente la de su culpa o solo la de la desesperación ante lo que viene?
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Algo perturbador del cuaderno resultó ser además su esbozo de ideas antinatalistas, cuyo antecedente se remonta incluso a Schopenhauer, y que puede tener un alcance más contemporáneo en el pensador David Benatar. ¿Habrá leído este mocoso a los grandes del pesimismo universal? ¿Habrá tenido en su bagaje una nutrida lectura de filósofos nihilistas, o solo se trató de la rabieta antisocial de un hipócrita “como todos” (según sus propias palabras)? Que no crea que con su pensamiento antivida y antitodo estaba siendo auténtico. Un recurso demasiado fácil para el que no abraza la vida de manera trágica, tal cual pregonaba Nietzsche, autor que dudo que este mequetrefe haya leído, menos comprendido.
En otro pasaje del cuaderno, se deja leer lo siguiente, sobre el ataque que tenía planeado: “esto será tratado como una tragedia mayor y no puedo negar que lo sea, pero espero que aquellos capaces de ver más allá, puedan ver que uno de los mensajes tras esto es que no hay tal cosa como un “ciclo de la vida”. Más adelante, se revelan otras líneas decidoras y explícitas: "matar a todos los niños, para que así no sufran en la adultez una vida terrible". Queda de manifiesto que su objetivo eran los niños, porque, desde su perspectiva, son “puros”, muy distintos, seguramente, a los que él considera como escoria. Entonces, bajo su lógica, arrebatarles la vida puede interpretarse casi como salvarlos de un mundo que, tarde o temprano, los mataría en vida, como a él mismo. La miseria ama la compañía, reza un viejo adagio. La cuestión era proyectar su miseria propia en el mundo, mundo que le era completamente ajeno y carente de comprensión. Pura proyección de la sombra, sombra que el cabro, a todas luces, se negó a reconocer y a integrar, llevando a otros a su propio abismo y arrastrándolo a él mismo al encierro y a la exclusión perpetua.
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