miércoles, 27 de mayo de 2026

El papa León XIV soltó en su primera encíclica, Magnifica Humanitas, una severa crítica a la IA. Y, de paso, se dio el lujo de citar un pasaje de El señor de los anillos de Tolkien, en donde Gandalf el Mago señala que "no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos". Para quien está atento a este juego de referencias intertextuales, sabrá que la cita a Tolkien no es un mero capricho, sino que se trata de una alusión directa al Manifiesto Palantir formulado por Alex Karp y lanzado hace poco por los tecnócratas defensores de la IA. Si uno indaga en la cita de El retorno del rey, se dará cuenta que, unos párrafos antes, en la misma página del libro, el mago Gandalf advierte sobre las piedras Palantir y el influjo del señor oscuro. Dice de este que “podría decidir sobre lo que verán las mentes más débiles, o hacer que interpreten mal el significado de lo que ven”. El fragmento fue tan bien elegido que puede referir tanto a las propias piedras en el universo de Tolkien o a los dispositivos de inteligencia artificial que ya están siendo empujados por la megaempresa. Entonces, ¿el papa se ha puesto abiertamente en contra del avance inusitado del transhumanismo? ¿Abogará la Iglesia, de esa forma, por la causa del hombre como hijo de Dios frente a la causa del Homo Deus? ¿Está en una línea similar al John Connor de Terminator, una especie de papa en la Resistencia? Algunos hasta han hablado del papado de León XIV como una especie de Yihad butleriana, en relación con el universo Duna de Frank Herbert, aquel evento fundacional en el que la humanidad se rebela contra el ascenso de las máquinas y jura "no hacer una máquina a semejanza de la mente humana". 

Eso es, al menos, lo que se puede interpretar desde la literatura de ciencia ficción, y esa es la impresión que queda tras la espectacularización del asunto. Ese es el relato que se ha estado instalando. La vieja táctica de la tesis, la antítesis y la síntesis, crear una disidencia aparente encarnada en la Iglesia (institución de poder) para mantener todo bajo control. Pero no nos quedemos en la simple especulación. Ahondemos en los detalles, porque, como dice el viejo adagio: "en los detalles está el diablo". Resulta que durante la exposición de la encíclica, estaba presente un señor llamado Christopher Olah, fundador de Anthropic, quien apoyó al Papa en su encíclica. ¿Qué es Anthropic? Pues, otra empresa de investigación y desarrollo de inteligencia artificial conformada por exingenieros de la Open AI. Durante la ceremonia, Olah dio un discurso en el que, básicamente, hace las veces del "tecnócrata democrático", en oposición a los ya conocidos "tecnofascistas" inspirados malamente por Nick Land. Olah subrayó la problemática en torno al mecanismo elitista de la IA y el urgente "deber hacia los pobres", deber moral que le competería tanto a la Iglesia Católica como a los adalides de la nueva religión del futuro, la religión del hombre que sabe hacer de la tecnología un aliado de la fe, pero claro ¿cómo no lo vimos venir? ¿Cómo no lo habíamos pensado antes? 

De nuevo, tesis, antítesis y síntesis. El gran pero que surge después de esto es el de las buenas intenciones, el de la cosa testimonial, el de la palabra moral que queda solo en su dimensión abstracta. El papa llamaba a "desarmar la IA" cuando, en efecto, uno de sus desarmadores potenciales allí presentes forma parte de los principales arquitectos de esta tecnología en disputa. Todo se trató, más que de una denuncia, de una invitación. Era de esperarse. El Vaticano, sin duda, no condena; convoca. Una acción moralmente correcta, pero operativamente débil, ya que depende, precisamente, del consentimiento de aquellos "que la llevan", de los actores con capacidad operativa, y ya todos sabemos de sobra, usuarios activos de la red, que la historia de la regulación de las nuevas tecnologías no ha sido para nada transparente y, de hecho, ha sido abiertamente invasiva y nociva en muchos aspectos, sobre todo, espirituales. Vaya qué palabra: espíritu, superchería arcaica, santo y seña de una etapa ya superada, ¿tendrá lugar en este Rerum Novarum del nuevo siglo, con miras a la Cuarta Revolución Industrial en curso? La palabra de la Iglesia no impedirá el trato impío entre los hombres de la técnica. No están los tiempos. No están las facultades. El problema sigue siendo quiénes deciden sobre los sistemas, y dudo que una doctrina social decimonónica, readaptada a nuestros tiempos convulsos, pueda influir en dichas decisiones, cada vez más automatizadas, con pura buena voluntad, ya ni digamos divina. Quedémonos, por lo pronto, con el tan manoseado universo de ficción de Tolkien, escritor católico que, sin desearlo, configuró el mapa simbólico de los próximos líderes del mundo.