domingo, 26 de julio de 2026

Szantó y Pontius

Le pregunté a mi madre, hace mucho tiempo, sobre el origen de nuestro apellido. Aquella vez mencionó uno muy extraño proveniente de Hungría: Szantó. “Es secreto de la familia. No lo publiques, por favor”, comentó ella. No quise volver sobre ese apellido, para respetar ese secreto, pero me fue imposible olvidarlo. El hecho de que fuera un secreto aumentó mis ganas de querer investigar todavía más. En una búsqueda rápida, pude definir la palabra szántó, como “aquel que ara la tierra” y se remonta a la época medieval. ¿Qué relación podría tener ese apellido antiquísimo con el apellido correspondiente a mi familia materna? Para intentar comprenderlo, busqué también el significado original de nuestro apellido más cercano: Ponce. Se remonta a la cultura latina y quiere decir “Pontius”, es decir, “El quinto”. Incluso hay quienes establecen una semejanza etimológica con la palabra pons, que significa “puente”. Entonces, si uno sigue indagando, puede confirmar que ambos apellidos provienen de patrias lejanas, unidas tal vez por un lazo genealógico inconfesable, oculto a sus propios sucesores. ¿Para qué mantener oculta esa herencia? Había, en esta búsqueda obsesiva por patrones dentro del árbol familiar, un par de símbolos sobre los que no había tenido constancia, sino hasta ahora: el arado y el puente, inscritos en esos dos apellidos, uno conocido, otro por conocer. El símbolo del puente es el más próximo, al estar ligado directamente a mi linaje materno, pero el símbolo del arado permanece aún indescifrable. Puede que, por esto mismo, interpele poderosamente a mi conciencia. ¿Quién araba la tierra sobre la cual caminarían mis ancestros? ¿Qué tierra me tocaría volver a arar, sin herramientas suficientes ni arraigo del todo definido? ¿Qué puentes se supone que debo seguir transitando? ¿Qué es lo que queda aún por arar, en terrenos insospechados?

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