Tras una revisión de mis antiguos trabajos de Universidad, recupero un fragmento de un ensayo hecho para el ramo Literatura Chilena e Hispanoamericana I, llamado “La historia de América: una construcción occidental desde la perspectiva española e inglesa”. Lo hice a dos manos con una compañera gringa. Sí, así es. Se llamaba Catie Johnston. Demás está decir que hicimos un trabajo estupendo. Nos sacamos un 7. Vaya química de trabajo que hubo, pese a las dificultades en el idioma y la comunicación. Yo hablé desde la visión española en Hispanoamérica. Ella, por cierto, desde la inglesa y norteamericana.
Se trata de un ensayo de hace casi diecisiete años atrás. Ya en ese tiempo me estaba anticipando a mi posterior tesis sobre la “América como pandemonio”, como territorio que encarna el caos y la indeterminación histórica, pero que, a la vez se pliega hacia lo abierto, siguiendo la terminología de Beatriz Aracil Varón. Concebir la condición “pandemónica” de Latinoamérica consistía, para mí en aquel entonces, la integración de lo caótico y lo “abierto” como formas de estructurarla proteicamente. Y lo abierto era, a mi modo ver, más una apertura hacia el mundo, su paradójica incompletitud existencial, que una reintegración a un estado primigenio. Estas afirmaciones hechas con temprano esmero resuenan poderosamente, hoy por hoy, con el contexto geopolítico actual, sobre todo y considerando las posibles repercusiones que una eventual guerra entre potencias acarrearía para nuestro continente hispanoamericano.
¿Hora de repensar la situación de los países de nuestras latitudes y su frágil soberanía en el contexto de un mundo enfrentado a escala multipolar? ¿Seguirá el vasallaje y la balcanización? ¿Se acentuará la disolución o algún día podrá resurgir la conciencia sobre un posible bloque unitario, con la suficiente entereza para resistir la amenaza de los distintos proyectos mundialistas? El fragmento que comparto se deja leer casi como un diagnóstico que persiste, seguido de una reflexión posible para la posteridad:
“No es oportuno negar de ninguna forma el tremendo condicionamiento social, cultural e histórico que hemos sufrido como sujetos americanos. La verdadera escisión del ser americano en anglosajones y latinos, supone también una gran diferenciación que determina el curso de nuestra historia. Es dicha escisión la que denota aún más el resentimiento de la “hibridez” americana. Por eso, ante los discursos hegemónicos, la Historia de América no es sólo la Historia de una nueva Europa, sino que es la Historia de una tierra estigmatizada por el choque y fusión de dos mundos, aparentemente opuestos y antagónicos.
El escenario de Norteamérica representa, hasta nuestros días, el espacio y el tiempo en el cual el discurso oficial de la historia americana ha encontrado un eje donde poder establecerse. Esto último porque es desde ese escenario que se ha levantado una “potencia mundial” con capacidad de asumir el control y protagonismo de la Historia y con la capacidad de plasmar nuevamente sobre sus realidades periféricas la influencia y el poder del mundo occidental. Mas, esto no constituye un argumento para confirmar el hecho de la escisión americana. Solo cabe señalar dicha situación con el fin de desarrollar una conciencia sobre la compleja red de factores condicionantes de los fenómenos históricos humanos. En suma, desarrollar una especie de “Meta-Conciencia” con tal de revelar aquellos criterios de “verdad histórica” que ficcionalizan constantemente la condición ontológica y dinámica humana del suceder americano.
Ante esto, sólo queda resolver el destino del continente americano, mediante una afirmación decisiva de su “infra-historia”: sus pulsiones, condiciones, sueños, pesadillas, pasados, presentes y futuros subterráneos, y levantarlos por sobre la superficie de la contingencia universal, para de este modo justificarla como espacio-tiempo humano pleno de “historicidad”. Es posible de esta forma, quizá, empezar a considerar la “unidad y diversidad histórica” característica de nuestro continente, como una forma de experimentar el sentido de nuestra “ruptura” e “integración” ontológicas respecto a Occidente y, en base a ese sentido, consumar un “principio de individuación histórica” con el cual: “(…) podamos algún día afirmar un “nosotros” legítimo” (Roig, 1981).