domingo, 18 de enero de 2026

Tras una revisión de mis antiguos trabajos de Universidad, recupero un fragmento de un ensayo hecho para el ramo Literatura Chilena e Hispanoamericana I, llamado “La historia de América: una construcción occidental desde la perspectiva española e inglesa”. Lo hice a dos manos con una compañera gringa. Sí, así es. Se llamaba Catie Johnston. Demás está decir que hicimos un trabajo estupendo. Nos sacamos un 7. Vaya química de trabajo que hubo, pese a las dificultades en el idioma y la comunicación. Yo hablé desde la visión española en Hispanoamérica. Ella, por cierto, desde la inglesa y norteamericana.

Se trata de un ensayo de hace casi diecisiete años atrás. Ya en ese tiempo me estaba anticipando a mi posterior tesis sobre la “América como pandemonio”, como territorio que encarna el caos y la indeterminación histórica, pero que, a la vez se pliega hacia lo abierto, siguiendo la terminología de Beatriz Aracil Varón. Concebir la condición “pandemónica” de Latinoamérica consistía, para mí en aquel entonces, la integración de lo caótico y lo “abierto” como formas de estructurarla proteicamente. Y lo abierto era, a mi modo ver, más una apertura hacia el mundo, su paradójica incompletitud existencial, que una reintegración a un estado primigenio. Estas afirmaciones hechas con temprano esmero resuenan poderosamente, hoy por hoy, con el contexto geopolítico actual, sobre todo y considerando las posibles repercusiones que una eventual guerra entre potencias acarrearía para nuestro continente hispanoamericano.

¿Hora de repensar la situación de los países de nuestras latitudes y su frágil soberanía en el contexto de un mundo enfrentado a escala multipolar? ¿Seguirá el vasallaje y la balcanización? ¿Se acentuará la disolución o algún día podrá resurgir la conciencia sobre un posible bloque unitario, con la suficiente entereza para resistir la amenaza de los distintos proyectos mundialistas? El fragmento que comparto se deja leer casi como un diagnóstico que persiste, seguido de una reflexión posible para la posteridad:

“No es oportuno negar de ninguna forma el tremendo condicionamiento social, cultural e histórico que hemos sufrido como sujetos americanos. La verdadera escisión del ser americano en anglosajones y latinos, supone también una gran diferenciación que determina el curso de nuestra historia. Es dicha escisión la que denota aún más el resentimiento de la “hibridez” americana. Por eso, ante los discursos hegemónicos, la Historia de América no es sólo la Historia de una nueva Europa, sino que es la Historia de una tierra estigmatizada por el choque y fusión de dos mundos, aparentemente opuestos y antagónicos.

El escenario de Norteamérica representa, hasta nuestros días, el espacio y el tiempo en el cual el discurso oficial de la historia americana ha encontrado un eje donde poder establecerse. Esto último porque es desde ese escenario que se ha levantado una “potencia mundial” con capacidad de asumir el control y protagonismo de la Historia y con la capacidad de plasmar nuevamente sobre sus realidades periféricas la influencia y el poder del mundo occidental. Mas, esto no constituye un argumento para confirmar el hecho de la escisión americana. Solo cabe señalar dicha situación con el fin de desarrollar una conciencia sobre la compleja red de factores condicionantes de los fenómenos históricos humanos. En suma, desarrollar una especie de “Meta-Conciencia” con tal de revelar aquellos criterios de “verdad histórica” que ficcionalizan constantemente la condición ontológica y dinámica humana del suceder americano.

Ante esto, sólo queda resolver el destino del continente americano, mediante una afirmación decisiva de su “infra-historia”: sus pulsiones, condiciones, sueños, pesadillas, pasados, presentes y futuros subterráneos, y levantarlos por sobre la superficie de la contingencia universal, para de este modo justificarla como espacio-tiempo humano pleno de “historicidad”. Es posible de esta forma, quizá, empezar a considerar la “unidad y diversidad histórica” característica de nuestro continente, como una forma de experimentar el sentido de nuestra “ruptura” e “integración” ontológicas respecto a Occidente y, en base a ese sentido, consumar un “principio de individuación histórica” con el cual: “(…) podamos algún día afirmar un “nosotros” legítimo” (Roig, 1981).
Mención a Valpo en la mítica Amereida, volumen primero: “Valparaíso al igual que seguramente otras ciudades americanas en el periodo que siguió a la independencia vivió una época heroica en que destino y progreso parecían identificarse y los trabajos urbanos eran entregados a comisiones estas venían instauraban esto o aquello y enseguida se iban después de algún tiempo volvían esas u otras comisiones y ejecutaban otro paso de este modo se construía lo permanente de la ciudad así mediante una acción intermitente una acción que se iba y volvía volver hay un llegar que es volver aún más todo llegar es un volver así como el alba es un perpetuo volver nosotros vivimos orientados por la palabra volver en la resurrección volvemos a nuestra carne resucitar ella es palabra real palabra de rey aquel que nunca se queda sin palabra”.
Ayer en el Encuentro de artes oscuras de Bar Poseidón, me encontré con Sergio Fritz Roa y le compré uno de sus libros, en específico, "Brujería Chilena Tomo II". Allí realiza un bestiario de algunas criaturas monstruosas de Chile que han cobrado fuerza en el imaginario mágico y legendario, y que, de hecho, han sido parte también de algunos pasajes de mis obras, por lo que me han tocado con su poderoso simbolismo.

El Chivato porteño, morador de la Cueva que se encontraba a los pies del Cerro Concepción, justo detrás de El Mercurio de Valparaíso, era, como señala Fritz en su libro: "famoso por matar a los transeúntes que por descuido caminaban en el sector de noche". En la novela Don Guillermo de José Victorino Lastarria, la renombrada "primera novela moderna de Chile", el Chivato capturó al propio protagonista, Guillermo Livingstone, y lo introdujo a la República infernal de Espelunco, al interior de la cueva. Así lo relató Lastarria: "La población entera de Valparaíso sabe que, en la época a que nos referimos, había dado a la cueva su nombre y mucha celebridad cierto chivato monstruoso que por la noche salía de ella para atrapar a cuantos por allí pasaban. Es fama que nadie podía resistir a las fuerzas hercúleas de aquel feroz animal, y que todos los que caían en sus cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvía imbunches, si no querían correr ciertos riesgos para llegar a desencantar a una dama que el chivo tenía encantada en lo más apartado de su vivienda".

En un capítulo de una mini novela, llamado "Umbral en la Cueva del Chivato, me propuse reescribir esta historia legendaria, y el chivato se vuelve un guardián amenazador dentro del descenso iniciático y misterioso de dos personajes alegóricos:

"Tan pronto como pisaron unos charcos de agua estancada, escucharon el sonido de un chapoteo escandaloso. Asustados, siguieron la ruta del sonido hasta encontrarse con un chivo. Tanto Ángel como Miranda, quedaron estupefactos ante la presencia del animal. Pero este apenas se dio por advertido. Ante su extraña serenidad, caminaron cerca de él.
- ¿Será este el chivo de la leyenda, Ángel? -, se preguntó Miranda.
-No lo sabremos hasta seguirlo-, afirmó Ángel, rotundo.
Cuando ya se estaban acercando demasiado al animal, el chivo se asustó, lanzó un alarido estruendoso y arrancó rumbo al fondo de la cueva.
Ángel sabía que debía seguirlo, así que le avisó a Miranda. Ambos corrieron detrás del chivo a través de un recorrido laberíntico. El animal les estaba ayudando a encontrar la ruta adecuada, o eso era, al menos, lo que Ángel intuía.
Al llegar a una mazmorra más abierta e iluminada, el chivo corrió a toda velocidad y se difuminó junto con las sombras hasta desaparecer. Así, Ángel y Miranda lograron encontrar un lugar que no era muy parecido al de la leyenda, pero en el que seguramente podrían encontrar lo que habían estado buscando."

Sobre el imbunche, se trata de una criatura manipulada por los brujos del Sur chilote, y a la cual se le ha borrado cualquier huella de humanidad, mediante deformaciones y mutilaciones en sus miembros. Como señala Fritz: "El Invunche también ha de incluirse dentro de la categoría de seres oraculares". Al igual que el Chivato, pertenece a las cuevas y "los brujos crían en sus cuevas desde pequeño para consultarlo en sus hechicerías". En Don Guillermo, al protagonista estaban a punto de hacerle un imbunchaje, que consiste en el proceso de volver imbunche a una persona, con tal de someterla a la influencia de la magia oscura. Luego, el concepto del imbunchaje o del imbunchismo pasó a proyectarse de manera simbólica y metaforica hacia toda deformación monstruosa, "espíritu de destrucción" y "desprecio por la belleza y la virtud humanas".

El cronista Edwards Bello señaló incluso que: «El invunche sobrevive en forma de deformaciones morales, en tergiversaciones de hechos referentes a personas y en el acto de degenerar o de viciar las leyes y las costumbres europeas al poco tiempo de haberlas adaptado a nuestro modo de vivir». Concluyó pronto que el imbunchismo pudo llegar a ser una parte incómoda de nuestra identidad nacional. Así lo remarcó también Carlos Franz cuando decía que Chile se debate entre «la muralla y el imbunche. Entre la inútil defensa de nuestras debilidades y la mutilación de nuestras posibilidades»

Sobre el Trauco, creo que ya se ha hablado bastante, y representa quizá a una de las figuras más notorias de las leyendas chilotas. A mi juicio, un ser enigmático e influyente en cierto imaginario oscuro por el misterio que le rodea. Fritz ha dicho que: "provoca pesadillas sexuales, especialmente a los jóvenes; por lo que se puede comparar en ello a los íncubos. Escogida una persona, le envía sueños perturbadores y después la visita". Hay algunas tesis de las cuales no tenía idea, y que sostiene que "su origen deriva de haber sido un rebelde, castigado por Dios y que vaga por la eternidad". Algo así como un "ángel caído", en versión chilote. Puede llegar a ser manipulado, según dicen, por los brujos, para ser su servidor y realizarles ciertos trabajos, tales como el castigo o la venganza. Un poema antiguo sobre el Trauco, desde el imaginario gragkiano, versa más o menos así:

"Un mito que progresa, desde la mirada viril
alumbrada durante los años de conquista
y muchos siglos y feudos hacia el futuro
mientras la criatura permanezca errante
ni las coplas venusianas saciarán su despecho.
El protector del concúbito imperfecto
con poder de Hércules, el oasis de las castas
a imagen y semejanza del Trauco saldrán los primogénitos."

Finalmente, el Ruende. Extrañísimo elemental. Fritz señala que: "sus poderes son inmensos y conoce el Arte de Brujería, en especial del "enlesar" o "embolinar", extraviar a los paseantes de los bosques". Podría decirse que es un gran "enlesador", una criatura que se encarga de desviarles el camino a los que moran por sus tierras. Aunque el Ruende tiene también otra historia, de suyo oscura, y sobre la cual escribí hace casi diez años atrás, en un artículo sobre el monstruoso ser:

"A través de un amigo me entero de la existencia del Ruende, ser legendario de Chiloé con apariencia canina que proporciona exclusivamente ayuda a los hombres desafortunados en cuestiones sentimentales, hombres en general feos, sin actitud ni cualidades suficientes, otorgándoles la pareja femenina que deseen mediante un extraño rito. Ellos deberán acudir a un árbol llamado "Tique” durante cuatro días específicamente en medianoche invocando su nombre. El hombre que ha acudido al Ruende tendrá que señalarle a la mujer que desea conquistar y la criatura supuestamente irá a su casa, para hipnotizarla e infundirle una sustancia con el nombre de "Llapuy" que tiene cualidades afrodisíacas. Una vez que la chica se haya tragado esa sustancia quedaría embrujada y cautivada por el Ruende, y este la llevaría con el hombre que la desea, para así entregarse ciegamente a él, enamorada, creyendo que se trata de la criatura que una noche la poseyó en la oscuridad".

El Ruende representaría, desde la mitología chilota, el deseo salvaje, una manifestación animalesca del "ello" freudiano o una especie de sombra animalizada. No hay un equivalente al Ruende en ninguna otra cultura, que se sepa. Así mismo, en aquel texto escribí que la brujería chilota tiene en el Ruende un culto secreto, una muestra de que con la voluntad mágica de torcer la realidad todo es posible.