lunes, 13 de abril de 2026

Día del beso

En el Día del beso, comparto con ustedes algunas narraciones sobre algunos besos dados a diferentes damas en diferentes contextos. Cada uno habla de una historia de mi vida. Se trata de besos muy significativos, salivando su propio lenguaje secreto, besos que vuelven, de tanto en tanto, con todo su sabor penetrante en la memoria. Ocurrieron, aunque se dejan leer bajo un manto ficcional:
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Tarareamos casi al mismo tiempo con Judith esos dos versos del estribillo del clásico Enjoy the silence. Con ese canto ebrio y esas contorsiones, sin quererlo, Judith exudaba sensualidad. No podía evitar sentirme atraído. Me fui acercando lentamente hacia ella, moviéndome al son de sus vaivenes lentos. Ella solía hacer unas cosas en las manos, como en una suerte de ritual introspectivo, al momento de bailar la música. Eso le otorgaba a su danza un aire de rito, una cuestión un poco mística. Caía bajo el influjo de ese encanto, y de pronto, Judith me rodeaba con sus brazos, tanteando el ritmo del siguiente tema, procurando que no la perdiera de vista. Se aproximaba a mí atrapándome con esos ojos grandes y penetrantes, conservando el suspenso de la situación. Cuando estaba dispuesta, le agarré la cara y le di un beso, un beso largo que ella correspondió de manera fluida. Luego, me apartó con las manos por unos breves instantes, sonrió y volvió a acercarse para decirme algo al oído. Me dijo: Nunca te olvides de mi nombre, de nuevo. Ambos sabíamos por qué ella decía eso. La miré fijamente, y ella luego siguió bailando y bajando lo poco de cerveza que quedaba para rematar el especial de la noche.
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Eva se incorporó para invitarnos al otro lado del local, puesto que ya se habían desocupado puestos. H se levantó, totalmente duro. Al acompañar a Eva, en pleno pasillo, la agarré de la cintura y ella estiró los brazos alrededor de mi cuello. Fue así que volvimos a comernos furiosamente, esta vez, enfrente de todos los sujetos que por allí pasaban. El tiempo se detuvo y la música se saturaba mucho más, a medida que nos perdíamos en los besos. H se volvió a nosotros para mirarnos, y abruptamente se despidió de nosotros con una expresión de molestia evidente. Con Eva estábamos tan en nuestra volada que apenas nos dimos cuenta. Ahí fue cuando todo comenzó a distorsionarse.
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Rocío me lanzó una mirada profunda. Sin palabras, nos besamos largamente. El beso fue inesperado, pero intenso.
-¿Sabes? Aquella vez me dijiste que querías llevarme a la tumba de Vicente Huidobro, ¿recuerdas?-.
No logré acordarme de aquel episodio, pero, sin chistar, movido por la emoción del momento, la invité.
-Vamos entonces-.
-¿En serio? Vamos-.
La tumba de Huidobro no quedaba muy lejos de ahí. Corrimos entonces, agarrados de la mano, hasta ese lugar. A través de un bosque oscuro, acortamos la ruta. Cuando ya estábamos allí, ella caminó lentamente hacia la tumba. Se agachó y puso la mano encima de ella.
-Siempre soñé con esto, ¿entiendes, Salvador?-, dijo Rocío.
Me acerqué a ella, mientras se levantaba. Ella volvió a mostrarme su libro. Me pidió que le mostrara el ejemplar que tenía en mis manos.
-Pásame el libro-, me dijo.
-¿Qué harás?-, le pregunté, extrañado por su pedido.
-Solo hazlo-, repitió, muy segura.
Le entregué el ejemplar de su libro. Lo unió al que tenía ella. De pronto, sacó un encendedor que guardaba en uno de los bolsillos de su abrigo, y comenzó a quemar los ejemplares.
-¿Pero qué haces, Rocío?-, pregunté, sorprendido.
-Tranquilo. Recuerda lo que hablamos aquella vez sobre el fuego. En el fondo, esto era lo que siempre estuviste buscando-.
Rocío arrojó sus libros quemados cerca de la tumba, y luego se acercó hacia mí, para rodearme con sus brazos.
-Y yo te lo estoy dando-.
Sin darme tiempo siquiera para ninguna palabra, me besó de manera fogosa. Sencillamente, me dejé llevar y la abracé fuerte.
Tras unos intensos segundos, ella se apartó de mí. Miró nuevamente a la tumba, repleta de cenizas.
-Salvador, me tengo que ir-, me dijo, sin más.
-¿Ya te vas?-.
-Así es. Me esperan.
No sabía qué hacer. Si retenerla a mi lado o dejarla partir. Miré por unos segundos a las cenizas dejadas sobre la tumba y tomé una decisión.
-Está bien, Rocío. Anda. Supongo que ya es la hora.
-Lo sé, mi amor.
Volvió a abrazarme, más fuerte que antes. Yo hice lo mismo con ella.
-Gracias por todo-, dijo Rocío, por última vez. Sonrió, con los ojos llorosos y caminó lentamente, rumbo a los árboles que había alrededor.
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En el medio del solo, bajando el humo, ella me pidió que la besara. Su solicitud excedía mi cuota de necesidad. De pronto, nos hallábamos amarrados. Nuestro sexo como el saxo, recorriendo la partitura de los sentidos. Seguimos entonces, en ese ritual de notas y de lenguas. En un momento de tregua, con la luz apagada, ella se asomó a la ventana para fumar un poco. Entonces contemplé su culo, blanco, curvo como la propia luna, la única luna que quizá se dejaba asomar al exterior en ese escenario opaco, lo único luminoso en medio de la desolada avenida. Lo movía al vaivén de la música y del humo que entraba. De ese modo, poseído, decidí viajar a la luna. Una vez dentro, recorrí su relieve. Indagué poco a poco en su cráter, consciente de la incertidumbre sobre lo que hacía y lo que sentía.
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Cuando ya el vino nos inundó la pasión, recuerdo que comenzamos a hablar sobre nosotros, sobre lo que buscábamos. Ella salía a la calle a fumar un pucho para relajarse. La cuestión se volvió intensa en el momento en que ella repetía que quería una cosa, y yo otra. Entonces armamos una verdadera escena dramática. Ella parecía enojada todo el rato y yo, imbuido por el vino, suplicante, demandante. La escena me acuerdo que alternó besos apasionados contra un vidrio repleto de antigüedades, detrás de la mesa, y miradas contrapuestas, descolocadas, producto del desencuentro. Nunca supe qué pensaron los demás comensales que nos veían. Seguramente habrán pensado que éramos una pareja jugosa, como tantas. La mesera, en más de una ocasión, nos preguntó si queríamos algo más, a lo que hicimos caso omiso. Luego, se nos acercó un simpático travesti a servirnos el vino que teníamos, y deseándonos una buena noche. Fue tal la cercanía que mi chica sonrío y se calmó un poco, tras otro sorbo por cortesía de la casa.