jueves, 30 de enero de 2025

¿Por qué Chile?

Hay quienes dicen que su nombre proviene de la onomatopeya del pájaro, el trile o el queltehue. La voz aymara lo llamaba “el lugar donde se acaba la tierra”. Según la lengua quechua, Chile sería frío, por los vientos del sur en el Valle de Aconcagua. La teoría incaica declaraba que nuestro país era “donde se acaba el imperio”, sencillamente por su ubicación geográfica en el globo, una ubicación privilegiada y misteriosa. Su fisonomía es la de la serpiente, el báculo sagrado o la espada encendida. Chile como el país más austral del planeta, por lo que su denominación escatológica cobra cuerpo, más allá del espacio. Canto de pájaro, valle del viento, frío austral, fin del mundo.

martes, 28 de enero de 2025

Siento que la vida, después de tantos brutales remezones, me ha dado la posibilidad de seguir en la búsqueda (de ese algo más) o, sencillamente, he sido tan estoico y perseverante como para continuar en el juego, pese a todo. Lo que viene es grande, por eso, no volveré a abandonarme. No volveré a perderme en la fosa. Me lo debo a mí mismo.

viernes, 24 de enero de 2025

El escritor Victor Rojas Farías dictará una charla llamada "momentos estelares de la poesía porteña". Así como en la vida y en la historia hay momentos estelares, también hay momentos espectrales, por lo que, perfectamente, podrían existir "momentos espectrales de la poesía porteña".

jueves, 23 de enero de 2025

Arde Hollywood, fábrica de sueños y pesadillas. ¿Qué hay detrás del velo sagrado?

Born and raised by those who praise control of population

Well, everybody's been there and I don't mean on vacation

First born unicorn

Hardcore soft porn

Dream of Californication

Destruction leads to a very rough road, but it also breeds creation

Red Hot Chili Peppers, Californication



Here in this hopeless fucking hole we call L.A.

The only way to fix it is to flush it all away

Any fucking time, any fucking day

Learn to swim

Tool, Aenima.



La otra noche vi la película Maxxxine (2024) de Ti West. En ella, una aspirante a actriz de cine (Mia Goth) lucha por conseguir un papel en una película de terror, bajo el contexto de Hollywood en los años 80, con referencias al heavy metal y al porno amateur, mientras un cruento asesino en serie acecha a las estrellas del mundo del espectáculo (clara alusión a Richard Ramírez, de quien Netflix hasta hizo un documental). La historia de Maxine Minx podría ser la propia historia, en versión cruda y slasher, de cualquier joven, hermosa y talentosa actriz que busca hacer realidad sus sueños de grandeza, y que “no estará dispuesta a aceptar una vida que no merece”.

Al día siguiente, me enteré del gran incendio en California que está lejos de ser controlado y que arrasó con los barrios de muchos actores reconocidos de la industria, entre ellos, Mel Gibson, quien ha sido señalado por los medios como un “conspiranoico”, precisamente por sus declaraciones en el programa de Joe Rogan, que apuntaban en contra de la corrupción de la industria hollywoodense, corrupción que involucra explotación de menores (véase la película Sonido de Libertad, dirigida por Alejandro Monteverde y citada por el propio Mel Gibson), extorsiones mafiosas, abusos, malos tratos, discriminaciones y una suma impresionante de excesos y delitos.

Algunos acérrimos creyentes han salido a la palestra, viendo en el gran incendio un castigo divino, la furia de Dios contra la herejía constante que desplegaron, un par de días antes, algunos actores y actrices de la industria durante la ceremonia de los Globos de Oro. O si vamos un poco más allá, un castigo celestial contra la Sodoma y Gomorra en que se ha convertido, tras destaparse, como en una olla a presión, sus vínculos con la mafia y los sonados casos de Harvey Weinstein, Jeffrey Epstein y “Diddy Combs”, entre tantos otros, desatando un verdadero pandemonio en el corazón del cine norteamericano. “El sueño de Californicación”, como cantaba Anthony Kiedis de los Red Hot Chili Peppers.

Poco tiempo después, el mundo del cine quedó consternado por la abrupta muerte de un creador, un verdadero cineasta, maestro del absurdo, el misterio y el sueño: David Lynch. Su cine, recordemos, sobre todo su “trilogía no oficial” de Los Angeles, conformada por Carretera perdida (1997), Mulholland Drive (2001) e Inland Empire (2006), exploraba una visión oscura de la célebre ciudad. Indagaba en sus sombras, develaba la dimensión pesadillesca de la “fábrica de sueños” que es, en el fondo, el séptimo arte. Se le ha llamado a su trilogía la “trilogía de la Metamorfosis”, un claro guiño a Kafka, toda vez que lo kafkiano también está presente en Lynch, y lo lyncheano propiamente tal, le hace justicia.

En medio de elegías y homenajes póstumos, el cine, aquella fábrica de ilusiones, perdía a uno de sus mejores artífices y a uno de sus magos blancos.

En el mismo día del cumpleaños de Lynch, un 20 enero de 2025, Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos. Un escenario digno de pesadilla, dirán algunos, los más críticos de la figura del magnate. Otros, sus feligreses, dirán que se trata de un sueño encarnado, un mesías enviado. Mientras tanto, en medio de esta batahola, Hollywood sigue ardiendo.

“¿Qué relación podrán tener entre sí cada uno de estos hechos?”, se preguntará el neófito todavía no iniciado en estas cuestiones, limitado a una visión literal de la historia y de la contingencia. Si aguzara un poco más su visión, y se abriera a una interpretación simbólica, un poquito más allá de lo evidente, aquel neófito se daría cuenta que cada uno de estos acontecimientos encierra una verdad profunda, y sabrá leer los signos y la trama oculta que se teje entre ellos, la que resuena en consonancia con el espíritu del siglo y con la fuerza de los tiempos venideros.

Son tiempos de cambios violentos. Algunos ídolos caen. Dejan un legado en las estrellas. Otros ven caer sus ilusiones como árboles ardientes. También hay quienes sobreviven y se erigen en un podio para reclamar su porción de mundo y poner orden en el caos. Pero hablemos del fuego, aquel elemento que amenaza con destruirlo todo.

No es la primera vez que Hollywood se quema. De hecho, podemos decir que ha sido azotada por el fuego desde sus primeros años de gloria. Es cosa de remontarse al año 1933 y el incendio de Griffith Park. Los lugares y espacios afectados albergaban acuerdos millonarios y momentos icónicos, pero también misterios dignos de thriller y de cine negro. No solo se destruyeron inmuebles y cuestiones materiales, también fue destruido parte del legado de la llamada “meca” del cine. Experiencias, emociones, ideales, así como fantasías, pecados y secretos inconfesables, quedaron enterrados para siempre bajo los escombros. Conveniente para algunos, implicados hasta el tuétano. Desastroso, para otros, más ingenuos.

El fuego ha sacado a la luz rumores que se creían perdidos en el tiempo. Hay quienes señalan que algunas construcciones fueron levantadas sobre antiguos cementerios no registrados. La ciudad del celuloide sería, de esta forma, un pueblo encantado, una ciudad fantasma, repleta de muertos. Hay quienes, además, creen que Hollywood tuvo vínculos con sectas y grupos satánicos. De hecho, las prácticas paganas existen en California desde la época del Lejano Oeste.

Lo más espeluznante de todo es que las sectas ocultistas existen. Algunas de ellas han sido destapadas. La más reciente fue la de NXIVM, pero hay muchas otras. Es cosa de pensar en Stanley Kubrick y su película Ojos bien cerrados (1999). El misterio sobre su presunto asesinato por parte de los oscuros sigue siendo un asunto sin resolver, y alimenta la especulación sobre sociedades secretas de carácter hermético incidiendo, de forma conspirativa, en los avatares de la historia.

Sin duda, el fuego no perdona. No reconoce ni a ricos ni a pobres, ni a aspirantes ni a estrellas. Todo, bajo su manto abrasador, aparece como material susceptible de ignición, materia corruptible, por ende, materia incendiable. Por primera vez, en mucho tiempo, los que se creían intocables, los que hicieron el pacto mefistofélico con el poder para obtener belleza, fama y éxito, vuelven a sentir, en carne propia, su mortalidad, su fragilidad ante las fuerzas de la naturaleza, ¿o ante la ley del karma?

Pensemos, por un momento, en Lynch. Hagámoslo vivir, en medio de tanta penumbra. Su visión nos permitirá ver en Hollywood el “Bosque Sagrado”, un espacio ambivalente, que puede representar tanto el “Reino de la Luz” como la “Logia Negra”. En la legendaria serie Twin Peaks, este concepto quedaba expresado con maestría. El fuego, la esencia del fuego es dual, se asocia con el deseo y la destrucción, y también con la luz y la transformación. En alquimia, el fuego convierte lo fijo en volátil y descompone la materia en sus elementos constitutivos. Es decir, destruye para construir algo nuevo.

“El fuego camina conmigo”. El iniciado, el aspirante, pacta con fuerzas oscuras. Esotéricamente, se enfrenta a la prueba destructiva del fuego. Es un llamado a enfrentar el fuego, enfrentar el mal en su forma más cruda. A un nivel más abstracto, el fuego representa un símbolo de las pruebas espirituales y psicológicas, tanto el descenso al infierno como una oportunidad para la redención. El fuego consume, pero también purifica. Por lo mismo, el fuego abriga lo dual, el propio velo de la realidad.

Twin Peaks es el espacio en el que el antiguo arte y la filosofía oculta convergen para catalizar un proceso de transformación. Como en las grandes tradiciones esotéricas, Twin Peaks sugiere que el camino a la iluminación no está en la búsqueda de respuestas, sino que en la formulación de mejores preguntas. Se trata de una experiencia iniciática.

Entonces, el incendio del "Bosque sagrado", ¿fue solo un trágico desastre o fue intencional? ¿Fue todo una sumatoria de coincidencias, o estamos siendo testigos de un gran acto simbólico, un sacrificio, un rito purificador? En un lugar donde los mitos se entrelazan con la verdad enterrada, quizá nunca tengamos una respuesta concluyente.

El fuego, en definitiva, nos recuerda que todos, sin excepción, tenemos un doble oscuro al que hay que purgar para poder evolucionar. Y que si no somos lo suficientemente conscientes, podemos perecer, en un abrir y cerrar de ojos, sin alcanzar a ver los créditos finales de la película que nos han montado. ¿Quiénes? ¿Los directores en las sombras, responsables directos, los agentes que aún no se revelan y que se esconden tras bambalinas, proyectando su escenario perverso? Eso quedará a criterio de cada uno de nosotros, espectadores impertérritos, tratando de afinar el ojo para ver la salida del laberinto y no permanecer hipnotizados.

miércoles, 22 de enero de 2025

Propuesta de proyecto de escritura narrativa

Mi propuesta de proyecto de escritura narrativa consistirá en la redacción de un libro llamado “La resaca del tiempo. Efemérides, historias y otros olvidos”. Se trata de un compendio de crónicas escritas en un lapso de tiempo que transcurre desde el año 2013 hasta el 2019. Es la tercera entrega de una serie de textos en la misma línea, que ya han sido compilados y publicados en dos libros anteriores: “Rinconada. Crónicas del adentro y del afuera” (2019) y “A destiempo. Reminiscencias e instantáneas” (2022).

El libro “La resaca del tiempo. Efemérides, historias y otros olvidos” ya está avanzado, y consta de cuatro partes temáticas: La historia es una forma del olvido; La música, la palabra y el mañana; Ni memoria, ni rostro: relato; y La historia es un monumento ardiente.

La idea de la subdivisión ya había sido trabajada en mis otros libros, pero en el presente proyecto se trata de articular, bajo una misma cronología, distintos hechos, efemérides, anécdotas pasadas y contingentes de todo tipo, sobre las cuales se reflexiona o sobre las cuales se desarrolla un relato personal o una mirada alternativa, desmarcándose de la rigurosidad histórica y apostando por una narrativa que resignifica la realidad descrita, de acuerdo a algunas de las temáticas ya señaladas. Se profundizará, de esa manera, en el límite entre memoria y olvido, en el diálogo del pasado con el presente y en la posibilidad remota del futuro.

Cada parte temática comprende el lapso de tiempo de escritura de estas crónicas, siendo su fecha límite a finales del año 2019. Durante el programa, entonces, me propongo ampliar el corpus de crónicas, para abarcar el periodo restante, desde el año 2020 hasta el presente año 2025. Por medio de este ejercicio, el proyecto buscará, fundamentalmente, completar el “vacío temporal” entre una época y otra, tratando de rearticular un hilo conductor perdido o descubriendo nexos ocultos a la luz de los nuevos acontecimientos. Se tratará de establecer un posible vaso comunicante entre un tiempo y otro, o bien una narrativa que abra otra brecha en su interpretación.

Gran parte del corpus tiene por contexto inmediato el espacio del narrador situado en la comuna y la Región de Valparaíso. Esa también fue la tónica en los dos anteriores trabajos. Sin embargo, en este proyecto, el contexto estará integrado, además, por algunos sucesos de carácter nacional e internacional. La idea es ampliar el horizonte en el que se desarrollará la escritura y las resonancias que dichos sucesos, directa o indirectamente, puedan tener en las circunstancias vitales de su creación.

martes, 21 de enero de 2025

Y yo me pregunto: ¿Qué tiene que ver el fascismo y el nazismo (movimientos políticos del siglo XX y circunscritos a esa época) con el ascenso de un nuevo gobierno norteamericano, de corte proteccionista, en el marco de una geopolítica global? Pregunta seria. Es como querer asociar, de manera arbitraria en el tiempo, a los integrantes del Eje con los Aliados. Yo diría que los epítetos nazi y fascista se tratan más bien de epítetos sin sentido, usados por la prensa hegemónica para manipular la opinión y los mass media. Por supuesto, apelativos, “hombres de paja”, sin rigor semántico alguno. Sin prenderle velitas a los aludidos, pero es común leer en los medios de comunicación algún calificativo peyorativo para atacar a una figura incómoda. Ya ocurrió con Putin, durante el comienzo del conflicto con Ucrania, año 2022. La ideología fanatiza. Como dijo Jesús G. Maestro, “la ideología es la gestión de la ignorancia”.

sábado, 18 de enero de 2025

David Lynch: el sueño, la vida, la caverna (reflexión insomne)

Decía David Lynch: “Aprendí que justo debajo de la superficie hay otro mundo y que, cuanto más se cava, aparecen más y más mundos distintos. Lo sabía de chico, pero no había podido encontrar las pruebas. Era solo una sensación. Hay algo bueno en el cielo azul y en las flores, pero otra fuerza -un dolor salvaje, un deterioro- también lo acompaña”. El poeta Paul Eluard también había dicho: "Hay otros mundos, pero están en este. Hay otras vidas, pero están en ti".

El enigma es la esencia que subyace a lo real. El misterio es el propósito mismo, la última frontera. Más allá de lo evidente, radica lo infinito, aunque no cualquiera está dispuesto a excavar en su propio interior, por miedo a lo que allí pueda encontrar. Un doble. Un reflejo trizado.

En el fondo, la Logia Negra habita en nuestro propio cuarto, y la salida está más cerca de lo que creemos. Solo hace falta ver, agudizar la mente, visualizar. Los sueños son terreno fértil para ideales y pesadillas, pero importa más la consciencia despierta, decía Lynch.

El cine es una representación de la caverna platónica que, a su vez, representa la realidad misma, con sus telones, butacas y pasillos laberínticos. El director solo muestra una parte del show. Te invita a su sueño. Al espectador le queda vivir ese sueño o soñar su propia vida.

¿Será su vida, acaso, una latente proyección cinematográfica? ¿Serán sus recónditos sueños la materia oscura de un mundo posible, todavía infranqueable?

jueves, 16 de enero de 2025

David Lynch, psiconauta de otros mundos

"Aprendí que debajo de la superficie hay otro mundo y aún más mundos a medida que profundizas más. Ya lo sabía de chaval, pero no podía encontrar pruebas. Sólo era una sensación”.

«Siempre me han gustado las dos partes de mi mente y creo que para apreciar una tienes que conocer bien la otra… cuanto más oscuridad seas capaz de descubrir, mayor será la luz que puedas ver».

“Existe la luz y varios niveles de oscuridad, […] y yo estoy por supuesto ahí: perdido en la oscuridad y la confusión”. 

“No estamos experimentando la realidad definitiva: lo “real” está latente durante toda la vida, pero no lo vemos. Lo confundimos con un montón de cosas distintas. El miedo consiste en no ver todo el conjunto; si pudiéramos llegar a verlo todo, el miedo desaparecería”.

Elegía a David Lynch, maestro de lo onírico y lo absurdo

Para el maestro David Lynch, “el absurdo era lo que más le gustaba en la vida”. El propio director señalaba que “la muerte no era una finalidad. Había un continuo: es como por la noche irse a dormir y durante el día despertar”. Había un ciclo en ese continuo que no era lógico y que respondía más bien a una cuestión simbólica. Y es que Lynch veía en el cine su propia mirada sobre el ensueño y sobre lo absurdo como los articuladores de la realidad.

Siempre pensé en las películas de Lynch como proyecciones oníricas de su propia mente, o bien como proyecciones de un inconsciente atrapado en la mirada del propio espectador. De pronto, la narrativa se fundía en la multitud de planos, una pura escena impactante generaba una discordia o alumbraba una aterradora revelación en medio de la penumbra.

El Lynch del cine era el Lynch detective, que era, a su vez, un psiconauta, un explorador espiritual. A él le interesaba, con su arte, explorar los recovecos tortuosos de la existencia, porque este mundo de hoy “no es un lugar tan maravilloso ni es el sueño más brillante”.

En efecto, “es un mundo extraño” como hubiera dicho Jeffrey Beaumont en Terciopelo azul. Este mundo en el que Hollywood se incendia, en el que se intuye el preámbulo a una nueva guerra geopolítica (alusión inmediata al hongo atómico de Twin Peaks, tercera temporada), en el que se destapan los monstruos de la industria, en el que el absurdo reina campante bajo el nihilismo de los valores, es, en definitiva, un mundo lynchiano.

“Hay que estar dispuesto a dejarse llevar por lo abstracto. Hay que querer perderse en él. Si no, se tendrá la sensación de frustración”, repetía el maestro Lynch, al referirse a la abstracción onírica de muchas de sus películas. Y esa es la clave: no era simplemente una abstracción etérea, sin conexión con lo terrenal, era justo era el remanente, la sombra que preside esa vida, en apariencia, tan cotidiana como familiar y rutinaria.

Lynch supo develar, como ninguno, la pesadilla que vela el american way of life. Profundizó, con su mirada clínica, en la psicología profunda del hombre postmoderno, con sus contradicciones, disonancias e instintos brutales y enérgicos. Indagó en los entrecejos del sueño hollywoodense, en la búsqueda desesperada del éxito, por parte de jóvenes idealistas, repletos de buenas intenciones, todavía demasiado ingenuos para la crueldad y la abyección que se esconde tras el telón de fondo, cuestión que queda patente en su penúltima película, Mulholland Drive.

Por eso es que el cine lynchiano entra en consonancia con nuestro zeitgeist y con el espíritu mismo de la industria cinematográfica: un siniestro teatro del absurdo.

Cómo olvidar aquella oreja enigmática. Cómo olvidar la humanidad del hombre zaherido por su deformidad. Cómo olvidar el destino de un pueblo marcado por la desaparición de una chica con una vida secreta. Cómo olvidar la carretera perdida de los sueños, allí donde solo cabía un hombre oscuro con una cámara bajo la noche, en medio del desierto.

Todas y cada una de esas escenas eran representaciones de lo total y de lo abismal, transfiguraciones del alma humana envuelta del sueño que fue su propia vida y que fue su propio universo demiúrgico, improvisando una cortina de jazz en medio del pánico.

Recuerdo haber quedado traumado la primera vez que vi Cabeza Borradora en el Insomnia. La vi pasada la madrugada, en un cine que hasta hace poco era cine porno: el mítico Cine Grill. Y quedar traumado con una película de Lynch era rendirle un homenaje en calidad de sacrificio. La otra que también me traumó fue Carretera perdida. Esa mezcla descarnada entre sensualidad y brutalidad hicieron cortocircuito en mis sentidos, acorde a otro visionado nocturno, ambiente ideal para la filmografía lynchiana.

Con Twin Peaks hubo un verdadero remezón. Ya no era un mero trauma. Se trataba de un cambio total de paradigma, respecto a lo que yo entendía por serie de televisión. En ese periodo estaba en la Universidad y no había tanta variedad de streamings. Había que descargar las series por torrent para disfrutar de algunas joyitas. Tuve que descargar la temporada uno y dos, episodio por episodio, en formato mp4, para luego quemarlas en Nero y verlas sin apuro. El resultado fue espeluznante.

Pensé en el Agente Cooper como un agente racional que se internaba, poco a poco, en un abismo delirante, hasta el punto de perder la cabeza e hipotecar hasta su ser. Era el precio por conocer la verdad. Pensé en Bob como el espíritu del caos, como el agente maligno por antonomasia, aunque una malignidad sin origen ni razón aparente, una pura fuerza destructora que tenía cautivo al pueblo entero.

Por último, pensé en Laura Palmer como el misterio que encarna la propia mujer, un misterio que colinda con la frontera entre la vida y la muerte. ¿Vive o muere Laura Palmer? Para el que vio las tres temporadas, la respuesta se vuelve todavía más difusa. Y esa era la gracia de la mirada de Lynch: que propiciaba el desconcierto y la desazón como formas propias de la lucidez. Sin un grado de incertidumbre no era posible el conocimiento completo de lo real, ni la contemplación estética de su belleza, terrible por sublime. “La oscuridad es la comprensión del mundo”.

Ahora, el Lynch pintor y el Lynch maestro de la meditación rememoran la serenidad zen de sus últimos días, la serenidad de quien ya conoció el infierno y supo transfigurarlo en forma de un dulce cosmos inquietante. Esperemos que, al final de la jornada, sea todo una broma de mal gusto y que Lynch aparezca, detrás de la función de cine, bebiendo un café. O mejor aún, que despertemos de la pesadilla y que, de pronto, suene el teléfono y una voz grave y misteriosa nos diga que somos nosotros los muertos, y es Lynch quien proyecta nuestra vida en su propio club llamado “Club Silencio”.

Es un mundo extraño, sin duda.

miércoles, 15 de enero de 2025

Volví a la Feria del libro de Viña, a darme una vuelta. Siempre que regreso a dicha feria lo hago en calidad de morador incógnito, no vaya a ser que alguien me reconozca. Pasé por ahí como una sombra humana, solo advertido por gente desconocida. Fui con la intención de vitrinear uno que otro libro en los puestos de las editoriales, aunque también pasé de soslayo frente al escenario de las presentaciones, donde uno que otro autor lanza su libro y habla sobre él mismo, fingiendo que el resto lo escucha, que los espectadores le prestan la debida atención.

Volvía sobre mis pasos cada vez que la oferta literaria de algún puesto no me convencía. Trataba de darme otra vuelta más, a ver si en esa vuelta me arrepentía de no comprar tal o cual libro, o si, por el contrario, acaba pegado en otros puestos, movido por la fuerza centrífuga de su producción, el inevitable magnetismo de su mercado. Así, deambulé por la Editorial Universitaria de Valparaíso, con descuentos para “Alumni”; luego, por la Editorial Alire, la Áurea Ediciones, la Editorial Chema, hasta llegar al puesto de la Sociedad de Escritores de Valparaíso. Allí me detuve.

Ningún rostro conocido, por fortuna. Me acerqué sin problemas. Un caballero me recomendó un libro en el estante. Clavé mi mirada en la portada. Era de un tal Omar Cid y tenía por nombre “Todo por nada o el halago de los instintos”. Le pregunté al caballero de qué se trataba. Dijo que sobre las pugnas de poder dentro de la propia sociedad de escritores. Un secreto a voces, le comenté. El caballero asintió, como si lo supiera de primera fuente. En un momento, comparó la temática con la del caso Spiniak. Esto me intrigó aún más, y fue un gancho clave para la posterior compra del libro.

Cuando lo tenía entre mis manos, decidido a llevármelo, leí la contratapa. Hablaba algo sobre una orden secreta. Intuiciones que ya había trabajado anteriormente, y que formaban parte de mi imaginario y, en cierta forma, de mis sospechas, fundadas o no, en torno al círculo de escritores. Una lectura en clave conspirativa siempre resulta estimulante y fascinante. Una trama cruzada por el vaivén amoroso, las perversiones inconfesables y las redes de influencia, era algo que cuajaba muy bien en la ficción, pero que, además, sintonizaba muy bien con mis propias obsesiones.

En ese instante, recordé al grande de grandes, Kafka, y su máxima: “sigue sin piedad tus obsesiones más intensas”. En resumidas cuentas, no vendas tu alma a la normalidad, aunque el precio por indagar en las cuestiones ocultas sea el de sumirse demasiado en lo subterráneo, y acabar por mezclarse con la materia de su realidad.

No lo pensé dos veces. Compré el libro. El caballero sonrió, satisfecho por la nueva venta. Dijo que lo encontraba polémico, y que, por lo mismo, me gustaría. Una vez más, lo afirmó como si lo supiera de primera fuente. Me despedí agradecido, salí de ahí y continué deambulando por la feria, repleta de gente anónima con la que los escritores se ocultan, camuflados en la masa lectora, como si formaran parte de ella, y no fueran realmente una especie aparte, extraña.

Volví a recorrer la feria entera, agitado por el calor. En el fondo, buscaba lo imprevisto para poder seguir escribiendo, algún rostro fugitivo, algún otro libro intrigante, alguna situación azarosa o escandalosa. Nada de nada. Solo la multitud ávida de páginas y mis elucubraciones sin un orden sintáctico. Leí el epígrafe del libro de Omar Cid, una cita de Bruno Vidal, a modo de revelación: “Amé la imagen feliz y perdida de toda una vida. De fugado cuerpo y de fugada alma. Yo la grieta de mis espejos. Yo un Narciso de la furia visionaria”.