lunes, 3 de junio de 2024

El decreto de la medida de prisión preventiva contra el imputado Daniel Jadue ocurrió en el mismo día del centenario de la muerte de Franz Kafka. Hay sincronías sarcásticas. Ciertamente, Jadue, el otrora alcalde de Recoleta, está viviendo su propio proceso kafkiano. Recordar que la medida de prisión preventiva no implica culpabilidad, aunque sí, tengo entendido, una formalización en base a ciertos antecedentes acreditados.

domingo, 2 de junio de 2024

Palabras de Mario César Ingénito

La verdadera revolución está en lo analógico y lo anacrónico, considerándolo todo simultáneamente y colocándose en el no tiempo.

Analogizar es ir más arriba de lo lógico, el sentido, la palabra, mover de atrás hacia adelante.

Anacronizar es ir más arriba de lo cronológico, más arriba del tiempo mismo.

Considerar es estar en las estrellas.

sábado, 1 de junio de 2024

Encuentro con Lucy Oporto en el puerto "donde debemos armarnos de fortaleza"

Pregunté por el libro “He aquí el lugar en que debes armarte de fortaleza” de Lucy Oporto en el Siclón del libro. Revisaron en el sistema y dijeron que estaba agotado, que solo figuraba “Los perros andan sueltos. Imágenes del postfascismo”. Salí y de ahí y fui a la librería Mar de libros. Pregunté nuevamente por el libro de Lucy, y el dueño dijo conocer a la autora, así que la llamó y le preguntó si es que le quedaba algún ejemplar. Tras la llamada, el dueño señaló que el libro ya no se vende en ninguna parte, que Lucy iba a tratar de buscar en su casa si quedaba uno por ahí “dando vueltas”. Una vez que se hizo mediática, -había señalado el librero-, su edición se volvió limitada. Paradójico y digno del tópico del mundo al revés.

Hace meses, recuerdo haberme topado con Lucy Oporto en las afueras del Teatro Municipal de Valparaíso. La saludé y, de paso, la felicité por su “coraje” (tal cual), su forma de pensar la política y su forma de escribir. Le mencioné que tenía su libro “He aquí el lugar en que debes armarte de fortaleza”. Me dijo expresamente que lo leyera. Dijo sentirse conforme con el buen recibimiento de sus lectores, sus pocos lectores fieles, pese al ataque de sus opositores, tanto en la academia como fuera de ella, un conglomerado radical que adhiere de manera acrítica a los relatos refundacionales y destructivos de los feligreses de la “revuelta”.

Aquella vez Lucy iba al teatro en el marco del Festival de Cine Recobrado. Ese solo gesto de estrecharle la mano y sostener un par de palabras con ella lo consideré un hito disidente. En otras circunstancias, hablar abiertamente en contra de ciertos ídolos de barro y ciertas narrativas obsecuentes habría significado la excomunión definitiva de determinados círculos. Ya no hay nada que temer al respecto, ya no restan círculos alrededor, ya no resta filiación alguna, porque, como dijo la autora, «sólo veo oscuridad. Luchas intestinas por el poder y la descomposición»
“¡Nada va a cambiar!” decía un caballero en plena calle Morris, entre medio de la gente que bajaba hacia el plan, debido al corte de tránsito por la cuenta pública. “No, el sistema sí puede cambiar, pero es la gente la que no cambia. Esos huevones de ahí nunca harán nada. Dense cuenta ¡Dense cuenta!”, volvía a decir el caballero, a viva voz, mientras daba vueltas, sin dirección aparente. Ninguno de los allí presentes le hacía caso, demasiados ocupados en tratar de buscar un desvío a las calles cortadas.

Lo cierto es que, durante la ceremonia del presidente y los honorables, muchos porteños se debatieron contra las esquinas enrejadas para llegar a sus destinos. De pronto, las inmediaciones del Congreso se volvieron un auténtico laberinto, “el laberinto del sistema”. Los más desorientados eran los viejos que por allí pasaban, algunos rabiando por no poder circular libremente; otros, por no ser escuchados en sus imprecaciones, a vista y paciencia del resto de transeúntes, anónimos en su itinerancia.

viernes, 31 de mayo de 2024

Hace diez años me propuse investigar sobre las distintas rivalidades y odiosidades en el mundo del arte. La investigación iba a concluir con una ambiciosa enciclopedia. Pretendo retomar ese proyecto, aunque enfocado en la poesía y la literatura, ámbitos de mi pasión. Tenemos ejemplos de sobra de rivalidades y odiosidades en el mundo literario, así que el proyecto promete. Porque no todo es camaradería y buena onda. Detrás del telón declamatorio, se esconden también rencillas míticas, líos amorosos, ataques de lado a lado, cancelaciones e incluso tramas policiales y judiciales. El odio y la enemistad, fenómenos no por odiosos, menos poéticos, por humanos.

martes, 28 de mayo de 2024

Penumbra de provincia II: La barbarie y el corazón

La tensión se apoderó de la sala de interrogatorios. Ángel y Miranda se encontraban frente a frente, pero el abismo entre ellos era más profundo que nunca. La sala estaba iluminada por la fría luz de un único foco.

Ángel miró a Miranda fijamente. Cuando se sumergió en su inmensa mirada y en su sonrisa irónica, supo que había llegado al punto de no retorno, a ese punto que siempre temió en sus evocaciones poéticas.

El detective los observaba desde la esquina de la sala, con una expresión impasible. El silencio pesaba como un lastre, interrumpido solo por el sonido metálico de unas cadenas afuera, en el pasillo.

—Miranda, Miranda, no puedes seguir negándolo. Habla ya—dijo Ángel. Su voz resonó con una mezcla de dolor y determinación.

Miranda desvió la mirada. Sus ojos evitaron encontrarse con los de Ángel. ¿Cómo volverlo a mirar a la cara, después de todo lo ocurrido? De un momento a otro, ante la presencia inquisidora del detective, Miranda lo enfrentó.

—Tú deberías saber perfectamente todo—dijo Miranda, desafiante.

El detective interrumpió la conversación, llevando consigo la frialdad de la ley.

—Ángel, tenemos pruebas que sugieren que tú y Miranda han estado involucrados en un asesinato y todo indica que ustedes se encuentran en el epicentro de todo-.

Ángel apretó los puños, luchando contra las emociones que rugían en su interior. No quería delatarlo, pero no podía evitarlo. Era demasiado el odio, la rabia contenida. Miranda adivinó el gesto de Ángel, y su expresión se volvió hermética.

Un par de noches atrás, en un rincón de la ciudad, próximo al bar donde solían juntarse para asistir a las viejas lecturas de poesía, un carabinero de civil descubrió el cuerpo de un hombre desconocido. Se apersonó el inspector Galindo a la escena del crimen y dio con un papel arrugado con un mensaje críptico, en el bolsillo derecho del pantalón del occiso.

El mensaje era una frase de Louis Ferdinand Celine. Decía: "Mi corazón, ese conejo tras su pequeña reja de costillas, agitado, encogido, estúpido". Pertenecía a Viaje al fin de la noche.

Galindo no había leído nunca a Celine, pero esa frase lo dejó intrigado. Ya tenía a dos sospechosos. Esa pista literaria podía decirles algo. Podía, incluso, conmover sus corazones y, de paso, sus consciencias.

Ángel y Miranda, luego del interrogatorio, continuaron en su búsqueda personal, ajenos al descubrimiento del inspector.

Días después, Ángel seguía debatiéndose en su habitación, en un ejercicio autocomplaciente, tratando de analizar los pasos que lo llevaron a enredarse en este fatal evento. Mientras eso sucedía, Miranda buscaba la forma más sutil y serena de salir bien librada.

Una noche, el inspector Galindo volvió a llamar a la puerta de Ángel. La expresión seria del inspector y su tono grave sugerían que había avanzado en su investigación, lo suficiente como para decidirse a llamarlo de regreso.

—Ángel, necesito que vengas a la comisaría. Hay algo que debemos discutir —dijo el inspector. Ángel lo acompañó, angustiado, con premura.

En la comisaría, se encontraba Miranda. También había sido llamada. Estaba sentada a una mesa rodeada de fotografías y papeles.

- ¿Reconoce a este hombre? -, preguntó el inspector. Se refería al hombre asesinado. Miranda miró directamente a Galindo, y con un tono tranquilo se dirigió a él.

-Sí, claro. Era Salvador, mi amante-, dijo.

Ángel quedó impactado. Recordó aquella visión en que quedó medio muerto de un golpe en la cabeza y veía cómo Valparaíso se derrumbaba a pedazos. Visiones de aquella pareja misteriosa del pasado, aquella pareja enfrentada hasta la muerte.

—Miranda, ¿Es cierto? ¿Por qué lo ocultaste? ¿Qué es lo que tramas? — le preguntó Ángel, desesperado.

- ¿Recuerdas aquellos versos que me leíste? ¿Aquel libro? ¿Tiene que ver con nosotros? -, volvió a preguntar.

Miranda finalmente alzó la mirada, y en sus ojos se reflejaba la noche de un secreto.

—Ángel, hay cosas que nunca sabrás entender. Por eso dejé que lo descubrieras. No quería contártelo-.

Miró al inspector, cigarrillo en mano, y luego volvió la mirada hacia Ángel.

-Entiende que hubo algo real entre nosotros. Pero el amor es impredecible. A veces, el precio del amor es enfrentar la verdad, incluso si esa verdad significa hundirnos para siempre.

La sala de interrogatorios quedó sumida en un silencio denso. La sombra de una ruptura se volvió una conspiración. La visión onírica de aquellos poetas deseándose la muerte luego de haberse amado con locura se volvía el reflejo fatal de la traición.

¿Quiénes eran? ¿Por qué afectaban sus vidas? La narrativa invencible de aquel crimen se volvió una elegía nocturna para los interrogados, superando el velo detrás de sus pretenciosas palabras. Nada podían hacer ante la ominosa barbarie del corazón, volviendo un mito su propia historia.


A propósito de los cien años de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, una lectura que comparto: "Cualquier devaluación que no tome en cuenta la dimensión material y artística de la obra nerudiana cae en un error imperdonable: juzgar una obra literaria, a espaldas de su naturaleza, como si fuera un texto referencial cuyos presupuestos morales o éticos lo vuelven vulnerable a la censura, la funa y la cancelación". Rafael Rubio.
A cien años del libro "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" de Neruda, los versos "Me gusta cuando callas porque estás como ausente" y "Puedo escribir los versos más tristes esta noche", del poema 15 y el 20, respectivamente, siguen siendo los versos más resonantes, reescritos y, sobre todo, mal leídos del poeta. Del primero se ha hecho hasta un alegato de machismo (pésima lectura); y del segundo, se han hecho incontables versiones hasta la náusea, versiones del todo intrascendentes.

lunes, 27 de mayo de 2024

Los hijos de Parra se han puesto de acuerdo, luego de una batalla legal sobre la herencia del antipoeta. Desde el 2018 que "los cabros estaban peleados". Lo más loco es que ninguno de los "parritas", los herederos legítimos del lenguaje "a lo Parra" obtuvo ni un peso. Sin duda, un legado imaginario. Parra, triunfante bajo la tierra o sobre el cielo, les diría, jocoso, paradójico:
 
"No se peleen, muchachos,
que al final,
nadie gana en la guerra del olvido.
Que el dinero se lo lleve el diablo
y ustedes quédense con la risa".
Christian Bok, profesor canadiense de lengua inglesa, consiguió algo inaudito en el mundo de la ciencia y la literatura: enseñarle a escribir a una bacteria. Al parecer, el profesor habría llevado a la realidad la idea de que “el lenguaje es un virus” pensada por el viejo William Burroughs. Diseñó una forma de vida capaz de almacenar un poema y también capaz de escribirlo, algo así como un organismo-poeta que pueda persistir en el planeta “hasta que el sol explote”. La bacteria tendría por nombre Deinococcus radiodurans, sería resistente al calor y la radiación, y llevaría consigo un Xenotext, un mecanismo que le otorga la habilidad de escribir de manera autónoma.

Bok compuso un soneto llamado Orpheus, lo incorporó al ADN de la bacteria para que esta pudiera procesar la información y “componer” así nuevos textos poéticos, literalmente, hasta el fin de los tiempos. En el interior de la bacteria reposaría una voz masculina (Orpheus) y una voz femenina (Eurydice). La primera versaría sobre las bondades de la vida; y la segunda, sobre las cuestiones trágicas. Hay quienes dicen que este experimento único en su género podría ser el puntapié inicial para una revolución sin precedentes, inaugurando el término "biteratura" bajo un verdadero "Antropoceno literario".

El hecho de que Bok haya escogido a Orfeo y a Eurídice para su experimento científico y poético tiene un significado. Orfeo es el héroe mitológico que quiso transgredir el umbral entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos para rescatar a su amada Eurídice. Entonces, hay una apuesta órfica en el Xenotext de Bok, una conciliación poética entre el lenguaje de los humanos y el lenguaje de las bacterias, haciendo posible el milagro de la vida a través de la palabra orgánica. Sin embargo, detrás de esa tentativa existe, de suyo, una profanación.

Así como Orfeo desafió los límites entre mundos, Bok, cual moderno Orfeo, se propuso profanar la “escritura de la Naturaleza”, subvertir el orden de la creación a través de un palimpsesto, un texto que se lee y se escribe a sí mismo en un devenir continuo de humano a bacteria, y de bacteria a humano, de texto a xenotexto, «persistiendo como un mensaje secreto en una botella lanzado al azar en un océano gigante», como diría la profesora Virginia Mendoza en su artículo “Poesía viviente en bacterias indestructibles”.

Fascinante, a la vez que espeluznante. Aún no se alcanza a asimilar el poderoso alcance de este fenómeno. ¿Cabrá la posibilidad de que, en un futuro, tras un acabóse cósmico, aquellas bacterias poéticas sean lo único que sobreviva, el único legado de la humanidad al universo? ¿Un legado tan poético, tan bello, tan sublime como inútil? Ciertamente, dichas bacterias, con sus xenopoemas, con su música proteica, microscópica, microlírica, no necesitarían ya de sus creadores los poetas humanos, y no necesitarían de sus cofradías imaginarias. Solo les bastaría un código inscrito en su genética y un lenguaje, una palabra que pueda confundirse con el vacío y con el infinito.