miércoles, 18 de marzo de 2026

La misma chica que leía Crimen y Castigo en clases, y que me regaló un dibujo de Rodión Raskólnikov, hoy estaba dibujando a otro personaje, pero uno real, uno legendario. Se trataba de Ian Curtis. Retrataba aquella foto en que aparece el rostro de Ian en penumbras, sosteniendo un micrófono. –Joy división es de mis bandas favoritas-, aclaró la alumna. –E Ian, uno de mis poetas preferidos-. ¿Qué misterioso lazo une a Rodión con el cantante, según nuestra joven lectora? Ambos experimentan el dolor. Uno se redime; el otro sucumbe. Uno trascendió su dimensión literaria y su reputación; otro trascendió su propia vida atormentada. ¿Qué canon es el que establece ella en secreto, mediante un vínculo velado entre el personaje novelesco y el poeta maldito del postpunk?

martes, 17 de marzo de 2026

Una alumna en clase parecía absorta en la lectura de un libro. No anotaba ni escribía nada, únicamente leía y leía ese libro con mucha atención. Para ella, era más importante que la materia que estaba dictando. Me acerqué, no con ánimo de reclamarle, sino que con ánimo curioso, y me mostró la obra en cuestión: se trataba de Crimen y Castigo de Dostoievski. Me miró con un rostro algo tímido, porque pensaba que no sería comprendida. Pero nada de eso. Al contrario, la animé a seguir con la lectura hasta el final. -De hecho, me falta poco-, señaló, más abierta, confiada en que existía un interés común. Ciertamente, una chica de Segundo Ciclo que tenga entre su plan lector a Dostoievski no es algo que se ve todos los días. Había que aprovechar esa motivación y esa posibilidad. Le propuse que siguiera leyendo y que luego escribiera, con sus palabras, los puntos más importantes de la obra, de acuerdo a su propia interpretación. Fue, de hecho, una tarea para la casa, cosa que no suelo dar, excepto para los casos excepcionales. A la clase siguiente, la alumna llegó con la propuesta realizada. -Profe, se va a llevar una sorpresa-, indicó ella, sumándole misterio al asunto. Pidió que me acercara al puesto. Sacó entre medio del ejemplar del libro una gran hoja. La abrió y se trataba de un dibujo hecho a mano de la figura de Rodión Romanóvich Raskólnikov. –Tome, se la regalo-, señaló la alumna. –Esta es mi respuesta-. No había escrito absolutamente nada. Solo el nombre del protagonista y sus formas sobre el papel. Quedé sorprendido con la habilidad del trazo. Guardé el dibujo y le pregunté si acaso tenía textos suyos escritos. –Tengo, pero creo no estar a la altura-, indicó, sincera, honestidad y humildad que ya se la quisieran muchos escritores. Rodión, el “cismático”, tenía esa voluntad propia del que se deja seducir por ciertas ideas, más allá de sus consecuencias. Esa disputa el personaje la vive en su interior y lo lleva a matar, para luego montar una remota visión respecto al superhombre como aquel que puede permitirse actuar en el mundo, más allá de las limitaciones morales. Si la alumna logró ver en Rodión una figura digna de representación, es porque está comenzando a intuir el sentido de lo literario, aunque muchas veces sea sombrío, sobre todo cuando se vuelve sombrío, porque es en ese momento en que se revela la verdad humana, la libertad, la expiación o la culpa. Dostoievski nos quería decir: hay ideas que matan y, de hecho, ideas para las cuales no hacen falta palabras, a lo sumo, una imagen, un rostro mortal, Dios expresado en el hombre, y la inocencia de un trazo que se abre a la conciencia.
-Los therians pasaron de moda parece-, dijo un alumno. –Pero los animales no-, repitió un compañero. –Tampoco los humanos-, agregó -aunque tengo mis dudas-. ¿Ser o percibirse humano será acaso motivo de irrisión, cuando solo existan modelos híbridos? ¿Ser o percibirse? En esa pura pregunta y en esa pura duda cabe el conflicto del mañana, el conflicto antropológico.

lunes, 16 de marzo de 2026

20 años del Keops. Recuerdos de mis primeras andanzas bohemias y metaleras del puerto, junto al Anemia y el brutal y mítico 2120. Haría crónicas de esa época, pero solo tengo recuerdos difusos.

domingo, 15 de marzo de 2026

De las películas nominadas al Oscar de este año solo vi Bugonia, Hamnet, Sinners, Frankenstein y Una batalla tras otra. En deuda con Sentimental Value y Marty Supreme, otras favoritas de la crítica. Pese a no ver todas las nominadas, pienso que Hamnet debería ganar a mejor película, por méritos propios, y Jessie Buckley debería ganar a mejor actriz, por su actuación como la madre del niño Hamnet. Hubo momentos en esa película sumamente dramáticos y shakesperianos en su justa regla. Lo fui a ver con mi polola al Insomnia, y ambos sacamos sus lagrimones. Ella lloró con la muerte (no mencionaré de quién, pero se intuye), y yo me emocioné con la escena solitaria del propio Shakespeare frente a su sentimiento de culpa. Por otro lado, Bugonia me pareció una verdadera locura, muy en el sello Lanthimos aunque en clave conspirativa. La actuación de Emma Stone sobresalió y sirvió de contrapunto perfecto a las elucubraciones de los protagonistas, elucubraciones que resultaron ser ciertas. El trasfondo de la película creo que resuena con la coyuntura política vigente, donde el poder corporativo sigue intacto y deja entrever influencias que desafían nuestro esquema de comprensión de la realidad. Veremos si gana algún premio. Sería un hito extrañísimo. Por último, Sinners. La vi ayer a la noche con mi madre, mi hermana y su pareja. Una auténtica obra bizarra que recuerda al western y al cine de acción de vampiros, y que trabaja de manera inteligente el tema del racismo en Mississipi, Estados Unidos, durante la época Jim Crow, además del choque cultural entre el gospel y el naciente blues, considerado "diabólico". Cobra suma relevancia la música en Sinners, y eso me pareció magistral. Casi podría afirmar que la música es la verdadera protagonista, la música blues como un portal hacia otros planos y otros tiempos, como médium del espíritu, como agente de libertad. Si no gana a mejor película, yo digo que debería ganar alguna estatuilla en categoría a mejor banda sonora o alguna otra por el estilo.

sábado, 14 de marzo de 2026

Frase de Jürgen Habermas (1929-2026) que envejeció demasiado mal, y que parece un comentario sarcástico sobre la contingencia geopolítica, a raíz de su partida: “Tras la caída del Imperio Soviético y el fin de una polarización del mundo concebida en términos sociopolíticos, los conflictos se definen cada vez más en términos culturales, es decir: como el choque frontal entre pueblos y culturas, marcados en su identidad por la oposición tradicional de las religiones universales. En esta situación, los europeos nos encontramos ante la tarea de lograr un entendimiento intercultural entre el mundo del Islam y el Occidente marcado por la tradición judeocristiana”. (Habermas, J. “Sobre la lucha de las creencias” en De la impresión sensible a la expresión simbólica. Ensayos filosóficos).
"¿Cómo sería una guerra entre todos los personajes de la ficción?", se preguntaba un alumno, mientras inventaba un relato de un superhéroe. Se trata de una pregunta que yo mismo me hice hace años, en mis periodos más ñoños. Y con todos los personajes, se refería absolutamente a todos, en todos los universos imaginables de la fantasía, comics, novelas gráficas, libros, música, plástica, pinturas, series, películas, videojuegos... ¿Cuál sería el nombre de ese conflicto: la guerra definitiva de la ficción? ¿Bajo qué argumento o trama cabría semejante exceso? ¿Sería una guerra infinita? ¿Las dimensiones de su devastación alcanzarían el tejido de la propia realidad? ¿Sería capaz de rivalizar con una nueva inminente guerra de proporciones nucleares? Visualizo todo eso, a una escala imaginaria, luego vuelvo a los análisis geopolíticos sobre Estados Unidos, Israel e Irán, con las otras potencias en órbita.

viernes, 13 de marzo de 2026

En el nuevo colegio, encontré a otra alumna que escribe. La de mi anterior pega, aquella chica de gran talento, ya egresó, pero me recordó a ella, inevitablemente. Cuando me acerqué a ayudarla con una actividad, estaba leyendo “Alas de sangre” de Rebecca Yarros, una saga de fantasía juvenil de la cual no tenía idea. La alumna leía de manera atenta, profunda, incluso manifestó sentirse enojada, por la sencilla razón de que moría uno de los personajes más queridos. En ese momento, me importaba más la afición literaria de la alumna que el libro que leía en medio de la clase. Le pregunté si acaso, aparte de leer novelas de fantasía, le gustaba escribir. Dijo que sí, que de hecho había traído consigo unos cuantos textos. Me los mostró casi de inmediato. Los había escrito en una libreta de Banco Estado, convertida en diario de vida. En la portada, aparece en grande la palabra Poeta, pegada con scotch sobre un pequeño pedazo de cartulina y de hoja de bloc. Abajo, la palabra diary y la siguiente leyenda, recortada y sacada de otra parte: “¡Escriban! No queremos ser un monólogo, sino que un diálogo”. Más abajo, escrita con lápiz pasta, la frase: “welcome to my lyteraturi world”. Y en la parte superior, un extracto de versículos bíblicos que francamente me sorprendieron: “Dios Le Ama, Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16. Unos versículos que reflejan una temprana devoción, comparable a la literaria, o quizá un simple experimento de collage dadaísta. Antes de terminar la clase, la alumna escritora me prestó el diario con la condición de que lo leyera y pudiera darle mi opinión. “Su opinión de verdad, no como profe, sino que como lector”, repitió ella, muy incisiva en ese sentido. Parecía tomárselo en serio. Y yo así también lo hice. Me puse a leer algunos pasajes de su diario, obra en borrador en la que predomina el sentimentalismo y la añoranza del amor en clave romántica, algo muy propio de su edad, aunque también incluye algunos pasajes con mayor capacidad de reflexión, como cuando señala que: “el secreto está en crear historias hasta que el mundo se llene de color (…) pero no sé si eso pueda pasar todavía porque hay mucha gente con mucha maldad y perversidad”. Esas puras líneas me hablan de una lucidez precoz, la lucidez de quien intuye que algo está pasando, la sensibilidad de una chica que tantea unas cuantas palabras sobre el papel y se da cuenta que, frente al caos vigente, sus deseos más íntimos y sus anhelos de un mundo “sin crueldad ni anti-valores” siguen siendo demasiado frágiles. Procuraré conservar la belleza espontánea y orgánica de sus confesiones, porque la conciencia es una presencia inexorable, y la candidez de esta alumna escritora, su tesoro único, solo puede permanecer sellado en ese diario hecho a mano, antes que la vida haga lo suyo y comience su faena de crecimiento y desilusión.

jueves, 12 de marzo de 2026

Mandé mi manuscrito de libro de poesía, “En la mazmorra interior”, a una tal Editorial ITA. De acuerdo a su informe, y tras una revisión exhaustiva, señalaron que la obra se ubicó, entre más de 900 obras evaluadas, en el top 25. Enviaron además un desglose con las calificaciones en diferentes criterios. Un 10 en originalidad y propuesta temática: la novedad del tema, el enfoque narrativo y el valor diferencial de la obra dentro de su género; un 8 en coherencia estructural: la organización del manuscrito, la lógica interna de los capítulos y la consistencia narrativa o argumentativa; un 7 en ritmo y fluidez narrativa: la capacidad del texto para mantener el interés del lector, la claridad en la progresión narrativa y la dinámica de lectura; un 9 en credibilidad del argumento o testimonio: la solidez del contenido, la coherencia de la experiencia narrada o de los argumentos expuestos; un 10 en la voz, estilo y adecuación al público: el tono, la identidad literaria del autor y la conexión potencial con el público lector; un 10 en calidad del lenguaje y redacción: aspectos como ortografía, claridad sintáctica, consistencia lingüística y necesidad de corrección editorial; y un 7 en potencial editorial y comercial: la posibilidad de posicionamiento del libro dentro del mercado editorial y su afinidad con lectores del género. Ciertamente, se trata de una evaluación previa. El siguiente paso sería pagar una suma importante y confiarle la obra al equipo editorial. ¿Suena esto a cuento repetido? ¿Negocios son negocios? Me quedo, mientras tanto, con el máximo en voz, estilo, originalidad y propuesta. El ámbito comercial y sus vericuetos nunca han sido lo mío. Francamente, no sé hacerme propaganda.

martes, 10 de marzo de 2026

Cita y escrito de hace un poco más de diez años, sobre Alfredo Bryce Echeñique, fallecido recientemente.

"Es cierto: “Hay que escribir como si uno fuera amado, como si uno fuera comprendido, y como si uno estuviera muerto” (Montherlant)."

Alfredo Bryce Echeñique, A trancas y barrancas.

...

Alfredo Bryce Echeñique decía que escribía "para que me quieran"; otro que hacía lo que hacía porque estaba herido; otro porque simplemente "tenía deseos". Se lee mucha poética, mucha palabra rimbombante, mucho auto engaño ante el simple hecho de manifestar alguna inquietud, alguna perturbación. La náusea ante la pregunta sobre a qué te dedicas. El escozor ante la pregunta familiar sobre cuándo sentarás cabeza. La tensión entre dedicarse a algo a fondo o que sencillamente cualquier cosa pueda llegar a ser la próxima tentativa. Y no es que se carezca de ambiciones... Es solo que definirse por algo no sería demasiado estimulante. "No hago nada, sin embargo, me creo capaz de todo".