En clases en la mañana, me tocó explicarle al curso el concepto de argumentación dialéctica. Para eso, esbocé en la pizarra dos figuras señaladas por flechas recíprocas. Como a mí me gusta usar el lenguaje no verbal para enseñarles, no me limité a exponer los contenidos por escrito, también les hice algunos gestos con las manos. Levanté la mano izquierda, seguida de la derecha, en un movimiento que imitó, sin quererlo, la performance que muchos de los chiquillos han estado repitiendo últimamente. “¿Está farmeando aura, profe?”, preguntó un cabro de adelante. “¿Por qué?”, le contesté. “por cómo hace”, dijo el mismo cabro, entonces hizo ese típico movimiento de manos con las palmas hacia arriba. Algunos de sus amigos rieron al unísono, y comenzaron a imitarlo. Pronto, lo que era una sencilla representación quinésica del ejercicio dialéctico de un debate, se transformó en un masivo “farmeo de aura” en plena clase de lenguaje. No hacían faltan las palabras ni los silogismos, solo bastó ese juego en que se disputan, de manera desenfadada, ciertos gestos y apariencias, con tal de proyectar confianza o estilo. Lo asocié de inmediato a la famosa aura benjaminiana, al referirse a la presencia única y auténtica de una obra de arte, en la época de su reproductibilidad técnica. Lo que tiene de irrepetible: eso sería el aura de la obra. Incluso hay una cita de un tal Alois M. Haas, filósofo alemán, que habla de lo “áurico” para señalar esa presencia inefable relacionada con la experiencia mística en el arte y en la cultura. No sé hasta qué punto este “farmeo de aura” tenga que ver con el concepto de aura de Walter Benjamin o con el aura contemplativa de Haas. De hecho, pienso que no tienen nada que ver, en estricto rigor, pero ha sido este desafío absurdo el que, al menos, le ha permitido a los cabros abrirse a la posibilidad de la existencia de ese no sé qué, ese algo intangible, muy similar a la idea de “tener ángel” para reflejar carisma y encanto natural, aunque sea esta, en el fondo, una metáfora de la acumulación y del prestigio exógeno. “Buen farmeo de aura, profe”, repitió, al final de la clase, el alumno que comenzó la talla, pese a no entender nada de lo que lo le enseñé con respecto a la capacidad argumentativa. Desde ese momento, supe que el aura podría determinar incluso el éxito de una clase y hasta la acogida con el grupo curso. Quien aprendió a “farmear el aura” podría proyectarla con soltura, porque el aura se manifiesta en el estilo, y el estilo mismo puede volverse un destino.