Muchas veces cuando escribo una crónica lo hago movido por las circunstancias puntuales. En esos casos, nunca sabré bien de qué va a tratar el próximo escrito. Y en eso radica la fuerza. Otras veces, en cambio, hay un tópico o un hecho que ronda mi mente, y me propongo darle una forma en el texto. No hago distinción alguna entre esas dos posibilidades. Ambas conforman mi metodología de trabajo, todavía no sometida al profesionalismo, siempre de acuerdo a la pulsión del interés y no a un motivo extrínseco, ajeno a mi voluntad.
viernes, 15 de marzo de 2024
jueves, 14 de marzo de 2024
Antes de comenzar la clase de la mañana, un cabro se me acercó. "Profe, necesito hablar con usted", me dijo. Se le veía adormilado. -¿De qué se trata?-, le pregunté. -Era para avisarle que no me retara si me quedo dormido en su clase-, respondió. -Lo que pasa es que perdí todo anoche en el incendio de Cordillera, y madrugué ayudando a mis tíos a levantar escombros. Dormí solo un par de horas-. Quedé conmovido al enterarme que había perdido todo, y que, aún así, había venido a clases. -Cuánto lo siento, estimado ¿Y por qué no se quedó a descansar?-, le volví a preguntar, preocupado por su situación. -Es que acá en la escuela me evado-, contestó.- En lo que duro la clase, el cabro no durmió sobre la mesa, como hubiera creído. Solo permaneció quieto, bien callado, frente a la pizarra, con su cuaderno abierto y en blanco, en posición reflexiva. Casi no hablo con nadie más. Apenas anotó un par de cosas y luego se fue. Aquella hoja en blanco sin materia parecía su oración silenciosa, el secreto de sus recuerdos chamuscados.
martes, 12 de marzo de 2024
Con algunos cabros de Cuarto alcanzamos a discutir sobre el concepto de tesis y base, y la diferencia entre la crítica de la realidad y la mera opinión. Planteé como tema el incendio de Viña ocurrido en Febrero. La cosa era argumentar si fue o no intencional. La gran mayoría coincidió en que los incendios fueron provocados, a la luz de la evidencia abrumadora y la más pura lógica. El gran desafío sería, sin embargo, argumentar por qué. En eso consistiría la base de su argumento, y en ese ejercicio radicaría la diferencia con la sarta de opiniones que podían encontrar en redes sociales. Porque les tocaría a los estudiantes esforzarse un poquito más para justificar su punto de vista, y siempre resulta incómodo darse cuenta que se sabe menos de lo que se creía sobre la contingencia y sobre los asuntos más cotidianos que pasan frente a nuestros ojos, ocultando su verdadera trama de significaciones tras una cortina de humo. Demás está decir que el calor a la hora que fue la clase era inmenso, pero aún así, en el resto de hora que quedaba, los cabros se mostraron entusiastas, incluso algunos lanzaban sus propias teorías rocambolescas y más de uno estuvo a punto de perderlo todo. A todos en esa sala, incluyéndome, muertos de calor, les había afectado el siniestro, de una u otra forma. Por lo tanto, la clase se había convertido en un hervidero de experiencias límite y de interpretaciones sobre los terribles hechos consumados. Volvía el Oficial de guardia y algunos cabros, los de las teorías, se aprontaron a mostrarme sus argumentos en el cuaderno para su revisión. Nos debatimos dialécticamente en torno al incendio como si con eso hubiésemos podido evitarlo. Hace mucho tiempo que no me sentía tan a gusto en clases.
lunes, 11 de marzo de 2024
Otra crónica rápida, para quienes seguían mi estilo. Se trata sobre los rieles de los antiguos tranvías de Valparaíso. Lea y opine, caro lector:
Al cruzar por la Avenida Francia esquina Victoria, había excavaciones para remodelar las calles. Nada fuera de lo común: rejas impedían el paso y uno que otro pinganilla las atravesaba para cruzar. Sin embargo, había algo distinto. Se trataba de unos viejos rieles de tranvía, oxidados pero aún bien firmes. Iban en dirección hacia el Peatonal, puesto que antes ese sector era una extensión de la calle Victoria que conectaba con el Parque Italia y Pedro Montt. Aquellos rieles son tal vez los únicos vestigios de aquellos míticos tranvías que inauguraron el transporte público del puerto y que fueron concesionados por allá por el siglo XIX, prácticamente desde los inicios de la República.
Según se cuenta, primero circularon "carros de sangre", tranvías a tracción de a caballo; luego, fueron inaugurados los tranvías eléctricos que surcaron las calles del puerto hasta muy avanzado el siglo XX. Los rieles que sobresalían por debajo del cemento deteriorado eran la evidencia de su circulación a lo largo de casi todo el plan de la ciudad. Cuando los trabajadores seguían excavando por ahí cerca parecía que hubieran desenterrado el armazón de una criatura ya fosilizada en el tiempo. Los rieles aún persistían y se negaban a desaparecer, pero todo tiene su hora.
Al otro día, pasé por donde mismo estaban aquellos rieles cercanos a la calle Victoria, y los habían tapado con una estructura hecha de concreto y ladrillos, seguramente para volver a pavimentar encima. Lo que en su momento fue la vanguardia de la modernización urbana en Valparaíso, ahora yacía oculto, esta vez para siempre, en sus últimos estertores ante el avance furibundo de las máquinas a pulso.
La ciudad puerto se volvió a modernizar, a costa de su historia, y en esa fuerza arrolladora que empuja hacia adelante, sin misericordia alguna, se dejan atrás, en forma de remanente secreto, algunas joyas de una arquitectura perdida. Primero, fueron esos tranvías de un Valparaíso extinto. Luego, los vehículos que aún conservan su vigencia pese a las curvas y las subidas "paradas". Y a futuro, puede que ya ni siquiera resten las mismas arterias y la ciudad vuelva a enterrar sus restos, vuelva a reciclarse para dar forma a algo que ni siquiera los propios porteños, con su trashumancia furiosa, alcancen a imaginar ni a transitar.
Crítica de la razón literaria, Jesús G. Maestro (fragmentos)
"Porque la literatura no es objeto de verdad, sino de realidad: no se trata de saber si lo que la literatura dice es verdadero o falso ―o posible, como pretendía Aristóteles―, sino de si es y está o no, es decir, de si tiene o no presencia ―y realidad― óntica. Dicho de otro modo: la literatura no es objeto de una gnoseología, sino de una ontología. La literatura no verifica nada gnoseológicamente, sino que lo construye ontológicamente. La literatura no confirma ni contiene ninguna «verdad». Ni trascendente, ni inmanente, ni categorial, ni filosófica, ni de ningún tipo. Ninguna obra literaria es un libro sagrado. Sólo las ciencias categoriales construyen verdades o errores, y sólo ellas resultan ser en consecuencia objeto de una gnoseología materialista, pero la literatura no, porque no es una ciencia, y porque se concibe y autoconcibe como una figura poética (mythos o fábula), no como una figura gnoseológica (verdad o falsedad). La literatura es una construcción ontológica, no un discurso gnoseológico.
(...)
Siempre es un error pretender un análisis gnoseológico de la literatura en términos de verdad o falsedad, porque la literatura es una construcción literaria que no instituye criterios de veridicción, sino que expone fenomenológicamente hechos, acciones, personajes, descripciones, etc., que pueden ser analógicos o sinalógicos, dialécticos o idénticos, afines o distantes respecto a referentes contenidos en otras obras literarias o artísticas, pero que serán siempre inmanentes, estructurales, formales, es decir, carentes de existencia operatoria en el mundo trascendental a la obra literaria, mundo en el que los seres humanos desarrollamos nuestra propia existencia operatoria, y en el cual la verdad de la literatura es una ficción. Esta es la razón por la que los moralistas de todos los tiempos, desde Platón hasta los progresistas posmodernos, pasando por los santos padres de la Iglesia, se han caracterizado por identificar la ficción de la literatura y de los personajes literarios con la verdad de la realidad extraliteraria y la existencia operatoria de los seres humanos. No hay moralista que no se tome en serio el juego de la literatura, es decir, que no haga trampa a la hora de interpretarla. Pretender que la literatura sea una verificación del mundo, y que, cual ciencia categorial o libro sagrado, sea posible exigir o extraer de ella el contenido o la revelación de una verdad, moral, ideológica, teológica o de cualquier otro tipo, es una falacia gnoseológica que sólo puede conducir al dogmatismo más irracional o a la ilusión más trascendente y absoluta."
Jesús G Maestro, Crítica de la razón literaria
Premios Oscar 2024: Oppenheimer aplastó a El Conde en nominación a Mejor fotografía. Y Pobres Criaturas de Lanthimos superó a Barbie. Ganó Emma Stone en el papel de Bella Baxter. Premios más que merecidos. Perdió la parodia política caricaturesca ante el drama científico y bélico de proporciones épicas. Perdió el feminismo rosa ante un mucho más inteligente y problemático feminismo "ambiguo" en que la liberada reivindica su locura y, a la vez, se reconcilia con sus patriarcas.
domingo, 10 de marzo de 2024
Me van a disculpar, pero, continuando con el tópico del momento: Tras su muerte, fue convocado un homenaje a Akira Toriyama en la Plaza Baquedano. Durante el transcurso de la tarde, se podía apreciar a una multitud de fanáticos de Dragon Ball alzando los brazos con las manos bien abiertas. En el lugar que pertenecía al General Baquedano, un sujeto levantó un cuadro gigante de Gokú haciendo una Genkidama. Debajo del pilar, otro hombre, vestido de Vegeta, flameaba de manera enérgica la bandera chilena. No se veían banderas negras. Dato no menor. Entre los asistentes, uno propuso, de forma inaudita, que la Plaza fuera renombrada "Plaza Toriyama". El vacío que dejó el centro neurálgico de las movilizaciones ahora se había repletado de un ki abrumador, una performance en sintonía con el tenor de los tiempos, unos tiempos saturados de caos e historia, desencantados por su propia fuerza centrífuga, necesitados de liderazgos fuertes. ¿Será que un personaje de ficción hiper popular y transversal se volvió, finalmente, un símbolo de la unión? ¿Será que ese personaje ficcional consiguió lo que no consiguió ni la izquierda ni la derecha unidas: una improvisada pero tentativa unidad nacional?
Siguiendo el tópico del momento: Al ver Dragon Ball Z, mi padre recuerdo que dijo que Gokú le parecía "la respuesta oriental" a Superman. Según su lectura con tintes políticos, Gokú sería la contraparte del superhéroe norteamericano. Esta interpretación podría tener sentido si nos centramos en algunas cosas puntuales: tanto Gokú como Superman son extraterrestres, ambos llegaron a la Tierra luego de la destrucción de su planeta y de su raza, ambos acaban siendo salvadores de la humanidad. Sin embargo, la comparación llega hasta aquí, únicamente aludiendo, tal vez, a la saga Saiyajin (¿el equivalente a los kriptonianos?). La verdad es que Akira Toriyama nunca se refirió de manera explícita a Superman como inspiración, es más, lo niega diciendo que "Gokú no tiene un estilo de vida similar a Superman. Literalmente ni siquiera cercano.". Si nos remontamos a la verdadera inspiración, que sí es oficial, hay que aludir a la leyenda china del Rey Mono, en la que su personaje principal era Sun Wukong. La historia primera de Dragon Ball, aquella en que Gokú es un niño y vive aventuras en busca de las siete esferas, guarda una reminiscencia con la leyenda, más en la línea de la fantasía épica (en concreto, la novela épica y de carácter mitológico Viaje al Oeste) que en la posterior historia shonen centrada casi exclusivamente en la batalla contra enemigos cada vez más poderosos. Podría afirmarse, sin lugar a dudas, que la primera entrega de Dragon Ball sí dio una importancia gravitante al guion y la trama por esta misma razón, por ser eminentemente una historia épica de aventuras.
sábado, 9 de marzo de 2024
Dragon Ball y el legado de un mangaka legendario.
Me enteré tarde de la partida de Akira Toriyama, una semana después, el 8 de marzo, en ocasión de que había muerto el 1. A todos les pasó lo mismo: nadie se había dado por enterado hasta ese fatídico día. Había partido la mente creadora detrás de la serie que configuró gran parte del imaginario de nuestra infancia: Dragon Ball. Me trasladé de inmediato a 1998, una época en la que la animación japonesa estaba en su pleno apogeo en territorio latino. Nosotros, la generación de treinteañeros, fuimos los privilegiados que, durante aquellos entonces, tuvimos la fortuna de ver la serie doblada al español mexicano en televisión abierta, por eso es inevitable asociar la voz y el carácter de los personajes principales al dotado por aquellos míticos traductores, tales como Mario Castañeda o René García.
Durante aquellas tardes infinitas de los noventa, recuerdo haber corrido del colegio a la casa para no perderme, por ejemplo, la lucha de los “cinco minutos” en Namekusei. En ese momento, daban Dragon Ball en el Mega. Con un amigo ex compañero de la Universidad también recordamos que la serie se transmitía después de Zoolo Tv, animado por el “Kiwi”. El amigo dijo que aparecían unos cabros chicos vestidos de Gokú en Super Saiyajin cantando la clásico intro de Dragon Ball Z en japonés. En cierta manera, afirmó, Dragon Ball nos “televisó”, y, a su vez, la televisión abierta había sido “revolucionada” por un mangaka. Incluso más allá: Dragon Ball inició en el anime a cierta audiencia latina a un nivel de fenómeno de masas, y de paso, nos inició a nosotros, hijos de la Generación X.
Si bien hubo otras series que lograron cierto éxito en nuestras tierras, tales como Mazinger Z, el Vengador, Robotech, etc. fue Dragon Ball la que sentó un precedente en el shonen (género de combate) con un guion sencillo, siguiendo la estructura del viaje de héroe a lo Campbell, aunque con un destacado diseño y desarrollo de luchas y un despliegue de personajes carismáticos y memorables. La influencia fue tal que la cultura del arte marcial se volvió el nuevo pop en la mente de los niños de ese entonces. Yo mismo me vi en un momento tratando de lanzarle un Kame Hame Ha al cabro matón del curso, o tratando de hacer un Kaio Ken cada vez que me sentía triste. El aporte al psiquismo de nuestra tierna generación fue inconmensurable, a tal punto que nos tiene, ya muy entrados los treinta, disfrutando como a los trece los nuevos arcos argumentales de la serie, a cargo de la Toei Animation.
La serie la veíamos en los canales nacionales, después salieron otros productos al mercado. Si bien nunca me motivé jugando algún videojuego de la franquicia, comencé a coleccionar los álbumes de Salo. Más tarde salieron revistas de animé en donde se hablaba de algunas novedades, tales como la nueva temporada posterior a la saga Z (se refería a Dragon Ball GT), así como otras cosas relacionadas con el diseño creativo de Toriyama, quien además era responsable de la creación de personajes de Dragon Quest y Chrono Trigger, clásicos juegos de RPG. El primero, de hecho, tuvo luego una adaptación al animé llamada “Las aventuras de Fly”, transmitida por CHV allá por el año 2000, la cual no tuvo popularidad pero sí logró enganchar a los amantes de la animación japonesa de ese entonces, con sus reminiscencias a la propia obra de Toriyama, en clave de espadas y caballeros.
Algunos de los primeros VHS de animación que vi fueron justamente los de algunas películas de Dragon Ball y Dragon Ball Z. En ese tiempo mi padre era socio en el Videoclub Magia de Valparaíso y le pedía que arrendara algunas películas de la serie. Puedo decir que gracias a eso, pude ver algunas películas antes de su aparición en la televisión. Estas eran El poder invencible y El hombre más fuerte del mundo. Más tarde, arrendé incluso algunos capítulos de la nueva saga mientras seguía viendo las repeticiones de la serie que ya había terminado.
Efectivamente, como lo había dicho el amigo, Toriyama nos había “televisado” y había “animado” nuestro nicho de imaginación, repleto, a su vez, de los universos de Nintendo y de Sega. Sin exagerar, concordamos con el amigo en que Toriyama es fundacional, ya que había logrado lo que ni siquiera Miyazaki en el cine: que cientos o miles de jóvenes amáramos ver la televisión, a tal punto que, ya caído el imperio de Dragon Ball en las pantallas y, por extensión, el del anime por nuestras latitudes, nunca la sección animada volvió a ser la misma, porque ninguna otra animación occidental consiguió ocupar el lugar que Dragon Ball ocupaba en nuestra mente y nuestros corazones.
Los nacidos en los ochenta tuvimos la oportunidad de disfrutar de una infancia todavía analógica, en donde los estrenos animados en la televisión eran concebidos como una gran primicia. Una era sin internet y sin redes sociales. Esta es una de las causas que explica el por qué de nuestro fanatismo por la serie: hay un componente generacional, unido a un espíritu análogico, previa transición al mundo de lo digital, en donde ya no existe esa mística de la espera por el episodio nuevo, es cosa de googlearlo o piratearlo. Dragon Ball nos hablaba de un tiempo que estaba a punto de morir y transformarse. Por eso las series sucesoras del género shonen, excluyendo a algunas como Naruto o One Piece, (muy posteriores a los años 2000) son hijas del reino digital, porque sus estrenos no alcanzaron a ser televisados, ganando en alcance e inmediatez, pero perdiendo en misticismo y emoción.
Hay veces en que todavía veo cosas relacionadas con Dragon Ball, sobre todo los nuevos arcos solo disponibles en manga, la ampliación de los poderes hasta el infinito, que llega a ser redundante si no fuera porque la serie nos marcó de manera categórica. Incluso al día de hoy vuelvo sobre la serie Dragon Quest, luego de su remake del año 2020. Toriyama fue a presentarse con Enma Daiosama para conocer su destino, pero su amplio legado a la cultura del manga y el animé continúa aquí en la Tierra.
No podemos reconocernos como luchadores extraterrestres venidos de un planeta lejano, aunque sentimos, a ratos, en nuestras venas, algo de sangre guerrera. Hemos dejado de creer en nuestros líderes políticos, pero le confiamos a Gokú el destino de la humanidad. Nos cuesta levantarnos por la mañana para hacer rodar la rueda burocrática del trabajo, pero aún guardamos en nuestro interior la esperanza de una transformación rimbombante, que nos aumente de golpe la fuerza, la resistencia y el coraje.
No fuimos ángeles, como decía aquel clásico ending, pero sí nos sentimos heroicos al momento de gritar de rabia o de desesperación. Queríamos romper barrera porque el enemigo siempre era peor que el anterior, siempre era invencible y exigía de nosotros un cambio de esquema. No pudimos entender la serie en su sentido más profundo hasta muy viejos, cuando comprendimos que el campo de batalla no era otro que el de nuestra mente, tratando de conjugar los instintos con nuestra necesidad de lo divino. Como dijo el amigo Pablo Rumel en su texto sobre Akira Toriyama, “el Cervantes japonés”: Dragon Ball es un mundo sagrado.
Dragon Ball sobrevivió a los censores, cual saiyajin defendiendo su orgullo. Nunca se dejó amedrentar por las absurdas acusaciones de satanismo y de machismo en su contra. Sus enemigos, el fundamentalismo religioso y el progresismo posmoderno, no pudieron derribar en su combate ideológico a una obra hecha de pura magia creativa y ki elevado. Las grandes obras de la imaginación trascienden los dogmatismos de la sociedad.
El dragón que surcó el universo 7 también se llevó al sensei Akira Toriyama en busca de un plano más sutil, y lo hizo justamente durante “el año del dragón”, un final simbólico equivalente a aquel recordado final de GT, que no era canon pero que, de todas formas, quedó impreso en nuestra retina. Miremos todos volar al maestro montado arriba de un dragón, con una promesa mesiánica. Ya no podremos sentir su ki, pero sí podremos verlo atravesar el cielo, “que resplandece a su alrededor”.
viernes, 8 de marzo de 2024
Hasta siempre, Akira Toriyama
El impacto de la obra de Akira Toriyama es tal que he pillado a mis propios alumnos con tapas de Dragon Ball en sus cuadernos, tanto en el anterior colegio como en el que trabajo ahora. Y así es posible que uno de esos cabros estudie para profesor y a futuro tenga también alumnos que lleven a Gokú o a Vegeta en sus recuerdos. Dragon Ball no se limita a la generación millenial. Nosotros, los treintañeros, tuvimos la fortuna de ver la serie en televisión abierta, recién doblada al latino, pero las nuevas generaciones parecen disfrutarla por igual. Muchos, de hecho, se la saben al dedillo. Esa es la magia de una franquicia que sentó un precedente insuperable en la historia de la animación.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)