“El comunismo “se jacta de la infalibilidad”. Todos los que se oponen al “credo” (esta expresión es utilizada por Engels) comunista son excomulgados. Marx escribió: “Bakunin debe tener cuidado. De otro modo le excomulgaremos”. Lo que Marx le escribió a Bakunin, eso mismo sentí cuando el año pasado uno de mis ex amigos de la Universidad me eliminó. Este compadre era un marxista devoto, parte del MUD. Fue tanta su decepción que hasta dijo que “ya no era su compadre”, únicamente por una diferencia de posturas ideológicas y mi renuencia a votar por su candidato presidencial. La cuestión resulta desilusionante pero también ridícula, por la sencilla razón de que nunca fui alguien muy movilizado ni convencido políticamente. Para él, en cambio, mi “nueva deriva política” significó casi una traición a su causa, en circunstancias de que nunca llegamos a debatir seriamente y con altura de miras. Veo con tristeza que así es como se comportan los abanderados por determinada idea o partido: excomulgan a sus viejos amigos que ya no comparten su forma de ver el mundo o de vivir la política. Se vuelven para ellos “enemigos objetivos”, perdieron, según su dogma, “consciencia de clase”.
domingo, 7 de agosto de 2022
Un adelanto de lo que será mi próximo hipotético libro: "Onirómano", libro que intenta explorar la tenue frontera entre sueño y realidad a través de una serie de relatos con temática onírica. Un poco de ficción, otro tanto de autobiografía. Este tendría que publicarse a futuro, pero por lo pronto viene otro libro de crónicas:
“Yo existo porque hay un hombre que me sueña; un hombre que duerme y sueña y me ve obrar y vivir y moverme, y que sueña en este momento que les hablo como lo hago. Cuando comenzó a soñarme, comenzó mi existencia: cuando despierte, dejaré de ser.” La última visita del caballero enfermo, Giovanni Papini.
Hay una teoría que sostiene que los sueños pueden tener directa relación con la sustancia psicoactiva DMT que sería producida naturalmente por la glándula pineal. De ahí la naturaleza caótica de la imaginería onírica. Eso recordó cuando la noche anterior subió las escaleras de algún gran recinto educativo. Este iba cobrando una forma inusualmente parecida al laberinto de Escher, pero solo en el relieve de los espacios, porque las escaleras se hacían empinadas y no tenían otra curva ni otra geometría que la de su inclinación. El timbre para entrar había sonado hace rato. No había eso sí ningún alumno merodeando los alrededores. Al llegar, dio con una sala imaginaria. Era una sala de educación media. Los cabros permanecían allí sentados, casi impávidos. Una angustia comenzaba a aflorar. Era una angustia producto de su silencio, hasta cierto punto, insoportable. Una tranquilidad sepulcral lo invadía todo. La sala asemejaba, por su pintura blanca y por la cualidad de sus moradores, una condición de monasterio. Solo una mesa vacía indicaba el lugar que le pertenecía por descarte al profesor. En el momento que abrió el libro de clases para pasar la lista, luego de haber saludado con la mirada a todo ese grupo de jóvenes almas silentes, el curso entero desapareció. La puerta de la sala se abría de manera misteriosa. En un abrir y cerrar de ojos, todo se fue a negro sin mayor explicación...
Los enemigos del hombre en La Primera Revolución global y Matrix
Alexander King, el co-fundador del Club de Roma, junto a Bertrand Schneider, escribieron en 1991 el libro «La Primera Revolución Global», donde afirmaban: «El enemigo común de la humanidad es el hombre. Al buscar un nuevo enemigo que nos uniera, se nos ocurrió la idea de que la contaminación, la amenaza del calentamiento global, la escasez de agua, la hambruna y similares podrían servir. Todos estos peligros son causados por la intervención humana, y sólo pueden ser superados a través del cambio de actitudes y comportamientos. Por lo tanto, el verdadero enemigo es la humanidad misma».
Por otro lado, en la película Matrix (1999), el señor Smith le dijo a Morfeo, luego de capturarlo:
«Me gustaría compartir una revelación que he tenido durante mi estancia aquí. Se produjo cuando intenté clasificar su especie. Me di cuenta de que en realidad ustedes no son mamíferos. Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un equilibrio natural con el entorno que lo rodea, pero ustedes, los humanos, no lo hacen. Se establecen en un área, y se multiplican y multiplican hasta consumir todos los recursos naturales. La única manera que tienen de sobrevivir es extendiéndose a otra área. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón: el virus. Los seres humanos son una enfermedad, un cáncer de este planeta. Ustedes son una plaga, y nosotros somos el tratamiento».
¿No les parece que ambas declaraciones, en la realidad y en la ficción, guardan una impactante coincidencia? ¿No se avizoran elementos neomalthusianos en esta consideración del hombre, de la humanidad, primero, como “enemiga de sí misma”, y luego, como “un virus, una enfermedad, un cáncer”? ¿No subyace acaso, tras esta preocupación ecológica y esta consciencia medioambiental un solapado desprecio al ser humano en cuanto tal?
Se pueden sacar muchas conclusiones, relacionadas directamente con las conspiraciones, con el poder detrás de las sombras y los telones de la historia, pero cabe precisar algo mucho más práctico de entender: todo gran villano, tanto real como ficticio, siempre tendrá por enemigo principal al hombre. El villano, por excelencia, es misántropo.
sábado, 6 de agosto de 2022
Reciclando viejos estados. Ahora, uno sobre The Sandman, a propósito de la serie:
En la segunda parte de Preludios y Nocturnos, cuando Sandman le gana a Choronzon en el duelo del infierno, en el fondo, se trata del poder del mito, aquella verdad recóndita, no la palabra mutable, propia de sofistas (el mito era "lo verdadero", no ciertamente el logos) "¿Qué sería del infierno si no se pudiese soñar con el cielo?", se dejaba leer en una de las viñetas. La esperanza como lo infranqueable y, a la vez, como lo incierto porque abriga posibilidad, apertura a la experiencia de la vida y el sueño.
viernes, 5 de agosto de 2022
Durante la clase de tópicos literarios, un cabro tenía una duda con respecto al tópico del amor cortés: "Profe, ¿Es como la droga?", preguntó. "¿Cómo así?, le pregunté de vuelta, no captando muy bien la asociación. "Es que para mí el amor es como la droga", dijo, sin más. "Te vuelve adicto", repitió, no sin antes guiñarle el ojo y mirar fijamente a la chica de enfrente. Esta le sonrió. El amor cortés de los caballeros andantes tenía antecedentes en la poesía árabe, e implicaba una auténtica "intoxicación emocional". Pérdida de sí mismo. Renuncia en pos del sentimiento. Así que, en cierta manera, el cabro no estaba tan equivocado. Amar para él era drogarse, volverse adicto. La chica a la cual le guiñó el ojo, le correspondió, siendo cómplice de su rito de drogadicción. Pero aquí, sin embargo, la poeta era ella, y la persona a la cual le dedicaba tantas líneas y tantos versos en los poemas que me pedía corregir, era justamente aquel cabro. En el amor y en su proceso de intoxicación a través de la poesía, las palabras rebasaban su propia historia. En ese rebasamiento consistía el sentido de lo poético.
jueves, 4 de agosto de 2022
Por Avenida Valparaíso, un caballero caminaba, biblia en mano, vociferando unas palabras religiosas, críticas del mundo actual. “El amor se ha enfriado frente a la maldad del mundo”, fue una de las frases que más me resonó. Mientras el caballero seguía con su quijotesca prédica, la gente pasaba a su lado, impertérrita. Uno que otro se detenía a observarlo y escucharlo, cautivos de su discurso o simplemente curiosos por lo desvergonzado del acto.
Me apronté a seguir al caballero, a ver qué otra joya se soltaba. En cambio, di la media vuelta para poder divisarlo de lejos, admirado por su libertad. Podía parecer otro loco creyente soltando, contra viento y marea, sus pasajes ortodoxos, pero el solo hecho de arrojarse a la calle, frente a la marea citadina y persignarse al cielo, lo hacía poseedor de una pasión mucho más real que el hábito del trajín rutinario y la vitrina materialista.
“El Señor es la esperanza”, remataba el caballero, alzando su biblia al aire, justo al cruzar frente a un puestito del Apruebo, en la esquina con la Plaza Sucre. Los volantes apenas lo notaron, demasiado ocupados en su proselitismo callejero. Uno de ellos repetía que “la esperanza le ganará al miedo”, dejando entrever que esta consigna aún podía tener un efecto político, más allá de la campaña presidencial.
Un poco más abajo, por la misma avenida y la misma acera, estaba instalado otro puestito, ocupado este por un sujeto que vendía ejemplares de la Nueva Constitución. “Lleve la Nueva Constitución de la República”, gritaba frente al gentío, cual comerciante de feria, en toda la boca de la calle, a ver si algún ciudadano se animaba a contribuir con la causa del momento.
De pronto, entre tanto bullicio al paso, las únicas palabras que aún rondaban, simbólicas, imaginarias, sobre la atmósfera del centro de la ciudad, eran las de aquel caballero de la Biblia, las del volante del Apruebo y las del vendedor de ejemplares de la Nueva Constitución. Ciertamente, cada uno había hecho de sus esperanzas, un verdadero mercado, un dinámico intercambio de promesas, a cambio de la adhesión inmediata a su credo. Lo único que los unía, después de todo, era su tránsito por un espacio que sucumbe ante el imperativo del comercio ambulante y que sobrevive a su loca época, a punta de viva voz y verdad revelada.
“Divido toda la literatura mundial entre obras autorizadas y no autorizadas. Las primeras son todas basura; las segundas, aire robado. Quiero escupirle en la cara a cualquier escritor que primero obtiene permiso y luego escribe”. Osip Mandelstam en La cuarta prosa, citado por J.M. Coetzee en Contra la censura.
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