Investigando sobre la exposición "Más allá de la música" de Kurt Cobain que se realizará en el Museo de la Moda, doy con otra noticia de este mismo año, sobre un incendio que destruye casi por completo otra exposición en el Museo de Historia de Aberdeen. Las causas del accidente aún se desconocen ¿fatal negligencia o complot en contra de Cobain en su propia tierra? Lo abigarrado del asunto da para especular lo peor. Se me vinieron a la mente las palabras del propio líder de Nirvana, tomadas a su vez de un tema de Neil Young: "Mejor consumirse que apagarse lentamente". Además, tengo entendido que en uno de sus accesos de locura endógena, y según alimenta la leyenda (falsa o no), Cobain habría desatado un incendio luego de quemar un autobús escolar en Seattle. ¿El fuego aquí presente habrá sido una suerte de homenaje? ¿Quemarse -como bien hablaba en relación a su interpretación de la filosofía budista- habrá sido una forma subrepticia de purificarse? El incendio del museo de Cobain gráfica, de forma simbólica, aunque no de la manera más digna, la propia figura del rockero, su propio ánimo nihilista y autodestructivo, su candente belleza, hecha, de una vez y para siempre, llama, ceniza, promesa rota.
viernes, 5 de octubre de 2018
De ucronías, hombres en el castillo y plebiscitos
Ucronía: Reconstrucción histórica que se basa en hechos posibles pero que no ha sucedido realmente. Hay una serie, The man in the high castle, que lleva a la pantalla la ucronía de Philip Dick sobre la Alemania Nazi. Hoy se lanzó la tercera temporada, en el mismo día que conmemora los 30 años del plebiscito en Chile. Leí por ahí que la ucronía podría aplicarse perfectamente al caso chileno, lo cual lleva a preguntarse ¿y si hubiese ganado el Sí en lugar del No? ¿Qué hubiese pasado? Un ejercicio ficticio pero uno que vale la pena hacerse.
jueves, 4 de octubre de 2018
Me quedé raja viendo una película en Onda Media. Fue tanto el cansancio, sumado a la condición alérgica y asmática, que fue inevitable irme a negro. No alcancé siquiera a vislumbrar los créditos iniciales. Pero volviendo a despegar el ojo, y regresando al imperturbable negro de la reproducción, doy con la sinopsis de la peli: Crisis, un escritor fantasma, una pianista insegura y un oficinista fanático de un viejo director de orquesta, enfrentan sus miedos, represiones y malos recuerdos en un mundo de fantasías y misterios. Al principio, el compadre oficinista se veía frente al espejo y soñaba que dirigía una orquesta filarmónica; el escritor se hallaba sentado en un sofá con un libro en mano mientras fumaba, observando fijamente la foto de un niño; y la pianista recibía una llamada telefónica incógnita. Quien faltaba para completar el visionado, quien faltaba en esa tríada de pérdida era uno mismo, desfalleciendo en el momento en que las tres realidades conjugaban el cuadro completo de la gran Crisis. Si se mira de otra manera, el apagón de tele y su recuerdo aún fresco fue, en cierta medida, una continuación inconsciente de la película en la mente, otra nota crítica que servía de contrapunto y que resumía individualmente el panorama de la frustración.
Un bicho similar a un mosco se desplazó repentinamente a través de la pantalla. En la esquina inferior derecha no dejaba de mover sus alas justo sobre el ícono de agregar amigos. Cuando cambié el cursor para ocultar el ícono, el bicho siguió su camino hacia el espacio en blanco en el cual debería figurar la barra del chat. Mientras cambiaba de ventana, el bicho permanecía inerte. No alcanzó a advertir que en ese instante el espacio en blanco había desaparecido, o sencillamente ese hecho le tenía sin cuidado. En cuanto volvía a la ventana con el chat, el bicho se desplazó lentamente hacia abajo, hacia el renombrado ícono, pero en lugar de llegar hasta ahí, voló sin otro motivo que el brusco movimiento del borde del ordenador. No volvió a sobrevolar la pantalla ni su simulación en todo este rato. Se dirigió, en cambio, hacia los parlantes resonando, perdiéndose definitivamente bajo la sombra del estante.
miércoles, 3 de octubre de 2018
Estuve cachando el último programa de La Vega, sobre un personaje autodenominado "El faraón", un sujeto que vive mantenido por su mamá y su hermana a los cuarenta y que dice ser todo un "descansador". Un personaje como sacado de alguna novela de John Kennedy Toole. Un obeso quijote de la flojera. Más allá de lo hilarante y, por supuesto, lo caricaturesco del asunto, se aprecia de inmediato el carácter de reformatorio de la pereza que adquiere La Vega. Una especie de purgatorio donde los ociosos son llevados cual enfermos psiquiátricos o criminales antisociales para reintegrarse a la rueda general de la esfuerzocracia. Quizá no lo intuyo en ningún momento el "faraón descansador" con su actuación patética y con su delirio de grandeza rayano en lo infantil, pero con su participación televisiva consiguió desvelar, al menos solapadamente, el discurso hegemónico del espectáculo en contra del ocio como pecado capital, y a favor del trabajo por el trabajo como valor sagrado, por supuesto, todo bajo la lupa del empleado promedio henchido de orgullo con su efímero puestito y sus años de circo. La tv los quiere trabajando. La tv los quiere sacándose la conchesumadre. Los quiere ganándose la vida. Tu trabajo, paradójicamente, será su rating, será su sueldo.
Mandy
Mandy, más que una experiencia cinematográfica, es una experiencia multisensorial al rojo vivo, un viaje lisérgico lleno de celuloide a través de un imaginario digno de magia negra y thrash metal. Nicolas Cage, pese al estigma de sus papeles, es llevado al límite en el desparpajo de la violencia y la venganza contra los pseudo hippies motorizados de una secta comandada por un gurú loco de remate. El argumento es totalmente básico: año 1983, la historia de un tal Red Miller, un hombre que va tras la caza de los miembros de una secta que asesinó al amor de su vida, Mandy. Pese a esa limitación, el desarrollo atmosférico de la trama, sus planos secuencias que siguen de cerca el descenso a los infiernos del protagonista, la fotografía dantesca, unida a una soberbia producción y una banda sonora de grueso calibre, compensan todo el mal rollo. Cabe destacar la escenografía en la parte neta de la venganza sanguinaria, donde claramente está presente el guiño al cine b, al slasher ochentero, y a los paisajes fantásticos de las historietas de Heavy metal, llenas de ese pulp genuino y nostálgico, y de personajes legendarios y seres demoníacos conviviendo, confrontándose en una dimensión saturada de una épica hardcore. Personalmente, el enganche inicial fue, sin duda, lo más memorable del visionado, con el arranque de Starless de King Crimson, a modo de mantra iniciático que avizora, en cierta forma, la visceral psicodelia que tendrá lugar más adelante proyectada en la mente del espectador, de modo que aquí la música, su efecto desolador y tanático, cobra una relación orgánica con el filme. No espere en Mandy grandes diálogos, reflexiones existencialistas, ni tampoco actuaciones demasiado brillantes. Se precisa verla en calidad de amante de la violencia gráfica, el gore, la estridencia y la cualidad abrumadora de ciertas sustancias. Vaya y véala, si es que desea darle un festín grotesco a sus sentidos, a la vez que un efecto desasosegante que emula a ratos el propio efecto alucinógeno del ácido expuesto en la película con tanta crudeza.
martes, 2 de octubre de 2018
Desplome de grúa pórtico en Valparaíso. Vea el video, medite sobre el colapso, y piense en la grúa como su metáfora perfecta.
"La vida es un proceso de demolición". Scott Fitzgerald
lunes, 1 de octubre de 2018
Etimología de Occidente. De la raíz kad, que forma el vocablo cadere, caer. Occidens sería algo así como el participio del presente de occidere, sucumbir, perecer. Hay una locución latina expresada por Cicerón que dice "occidente sole" y significa "a la puesta del sol": Así, Occidente proviene de la misma matriz linguística que caída, caducidad, cadáver. El occidental sería entonces, de alguna forma, el que cae, el caduco, el occiso.
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