martes, 3 de abril de 2018

Hay instantes en que uno se impulsa a querer lo que hace, pero solo instantes, dentro de una cadena general de tedio y de rutina. Quizá solo el efecto de la endorfina después de la ducha y el almuerzo. Instantes como estos, en que el depa permanece vacío, la pieza se inunda de frío, de humedad, echo un montón de pruebas y trabajos sobre la mesa del living, y lo único que se escucha es el sonido del agua hirviéndose en el hervidor eléctrico.
Nueva tesis en un caso digno de True detective: Matute Johns en realidad habría sido drogado con una "Hoja de Parra" por supuestos agentes de poder que habrían abusado sexualmente de jóvenes no solo en La Cucaracha sino que en otros lugares. Se vuelve a abrir la caja de pandora de este policial negro. Caen presuntos sospechosos. Otros tantos reclaman inocencia querellándose. Nuevos demonios reaparecen. Reacción en cadena, como el propio nombre de aquella extinta banda que integrara el involucrado.

domingo, 1 de abril de 2018

Al no poder elegir entre una empanada de pino y una de marisco en la panadería de Las Heras, la que atendía notó la indecisión y preguntó: -¿Traicionar o no traicionar la fe?-. Un dilema devoto hamletiano. Sonrío levemente captando la referencia. La panadera, aun notando el gesto, parecía preguntarlo en serio. Entonces repliqué: -¿Ir al infierno o ir al cielo? Por ahora, prefiero el cielo-. Sabia elección, decía ella, satisfecha. No sospechaba, o tal vez sí, que la elección estaba mediada por una intertextualidad que ella misma había propiciado, y no por un acto de fe necesariamente. Así le seguía la corriente para ver hasta dónde llegaba. "Recién el Lunes podré volver al infierno". No con menos gracia que antes, pero, esta vez, con estricta lógica, comentó que desde el Lunes ya no corría el dilema. "Pero si mañana ya no es semana santa. Podrá comer lo que sea, sin culpa". Ante sus dichos, agregué que iría de todas formas al cielo, comiese lo que comiese, a lo que ella respondió señalando que no le consta. De ese modo, agarré la empanada de marisco recién precalentada que me vendió, y se la mostré en una seña irónica, antes de salir de ahí. La panadera sabía que podía haber escogido cualquier cosa, pero eso, dadas las circunstancias, ya no significaba nada, ni una prueba teológica, ni una disputa existencial, sino que un mero capricho culinario de nuestra conciencia.

sábado, 31 de marzo de 2018

En toda la escalera que da a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, en Edwards, una pareja fumando. Eran gringos. No podían ser mormones, pero tenían toda la pinta y la onda. Lo que conversaban no se podía adivinar al paso. Tal vez algo sobre las fechas, sobre Dios o sobre la misión. Un poco más atrás, en pleno centro, un grupo que lucía como testigos de Jehová, comprando un paquete de huevitos de pascua en la calle, a un vendedor medio urgido. Se le veía un poco distraído al pasarle una bolsa de manera subrepticia a otro ambulante. Una del grupo, una blanca de falda larga, le entregó un folleto de la Atalaya al locatario, a cambio de los huevitos. "No hace falta caserita", se le oía decir al primer vendedor, pegándole con el codo al otro, en señal de chacota, cuando el grupo de los supuestos testigos seguía su camino, con rumbo misterioso, no se sabe hacia qué puertas.

viernes, 30 de marzo de 2018

Sintonizo la programación religiosa. Un zapping providencial. En el 13 dan La Biblia, de John Huston. En Tvn, por su parte, dan Los diez mandamientos, la del 2006. En La Red transmiten Moisés. En cambio, los únicos canales que no proyectan contenido acorde son Mega y Tvn, con Verdades ocultas y la película Sensatez y sentimientos, respectivamente. ¿Por qué ocurre esto? ¿A qué se deberá que esos canales, en pleno Viernes Santo, se inclinen a mostrar un culebrón y una novela de Jane Austen? ¿Acaso una estrategia televisiva equivalente a comer carne o solo una decisión profana sin otro correlato que lo editorial? Me preguntaba eso cuando seguía avanzando hacia la parrilla programática del cable. Nada allí que reflejara una devoción ferviente, hasta que aparecía en dos sintonías de History Channel un documental sobre Jesús de Nazareth, seguido de un reportaje sobre el contacto extraterrestre.
[Mientras los colegas conversaban sobre sus panoramas de semana santa] -¿y usted, qué hará este finde?- preguntaba uno. -reflexionar- le dije, que vendría siendo lo equivalente a blasfemar pa callao.

Mendigo

Cuando hablé con este compadre y le pregunté sobre sus poemas, él dijo: "nada de eso, solo reflexiones". A veces solo basta eso. Le dije que hacía clases. Confesó que también estudió pa profe, pero desistió. "No es lo mío. Lo mío es la calle". Nuestro Diógenes porteño.

jueves, 29 de marzo de 2018

Mañana voy a buscar recién el cheque de Marzo. El embrollo, para contextualizar, fue el siguiente: en un principio lo iban a tener listo hoy y en la sede de Carrera, según lo que la propia secretaria en la sede de Básica me había confirmado. Durante la tarde llamaba a la sede de Carrera para corroborar, pero me habían dicho que el pago no sería ahí, sino que en la sede donde cada quien trabaja. Llamé nuevamente a la secretaria de la sede de Básica para explicarle lo que me dijeron desde la sede de Carrera. Esta me aseguró literalmente que no les hiciera caso, que allí no sabían, que el pago con toda seguridad sería en dicha sede. El caso es que fui allá tipo siete y en la oficina, luego de pasar por la secretaria de Carrera, me encontré con la administradora financiera al fondo del patio del kinder. Esta me dio la mala noticia de que los cheques estaban listos, solo que sin firma. Notando la preocupación, el urgimiento inminente, explicó que el pago se hacía en cheque, debido a que el año pasado, cuando se hacía con depósito electrónico, muchos profesores nunca firmaban las liquidaciones, por lo que la administración fue multada. "Por culpa de unos pocos, perdimos todos", subrayaba la administradora. Hacía un gesto de negación con la cabeza. Al rato llegaba la secretaria de la sede de Básica. Se sorprendió al verme. Me explicó que efectivamente el cheque se entregaría donde había dicho, solo que no contaba con la falta de una firma. La persona que tendría que haber firmado los cheques debía estar en ese momento ahí, pero, según la administradora, recién viajaba en Villa Alemana. "Venía en camino". Al notar la impaciencia, la propia secretaria me invitaba a dar una vuelta hasta que llegara el sujeto firmante. Pero era imposible. Tenía otro compromiso a las ocho en Viña, y resultaba uno inevitable. "Uuuuuy" decía la secretaria, en tono distendido, sugiriendo que el compromiso se trataba de una cita. Pero no, se trataba solo de otra clase vespertina. Tanto la secretaria como la administradora asintieron y siguieron conversando. Las opciones eran pocas. Solo restaba viajar mañana al colegio, a la sede de Básica, únicamente para retirar ese cheque pendiente que, finalmente, iba a ser entregado con total seguridad en la dirección que la secretaria de la sede de Carrera me había señalado. Me retiraba entonces con premura, y las mujeres en la oficina, mientras seguían su conversación de protocolo, no atinaron a otra cosa que a un gesto aleatorio de despedida. Volvía al acceso de la sede de Carrera. Antes de salir, la secretaria volteó, y sin nada que agregar, notando que regresaba sin nada en la mano y en los bolsillos, soltó un breve, lacónico y directo "se lo dije".

miércoles, 28 de marzo de 2018

Una colega de informática me preguntaba dónde quedaba la sala de computación en el Instituto. Le respondía que no tenía idea. Dijo que a pesar de haber hecho un tour por el lugar aún no cachaba dónde quedaba tal o cual lado. Tenía que hacer la hora. La invité un rato a conversar a la biblioteca. Allí había recordado la ubicación de la sala. Comenzamos a hablar. Se explayó respecto al programa de introducción a la computación. Dijo: -Oye, mírame, ¿cómo definirías un computador?, tú demás que lo sabes, si eres profe de lenguaje-. Le respondí que si quería una respuesta honesta, es un aparato que la mayoría usa para fingir trabajar, pero que en realidad usa para perder el tiempo. Sonrió, aunque, pese a esa salida, ella insistía en una definición precisa. No quedó otra que explicarle que es algo así como un dispositivo para realizar operaciones computacionales. Volvió a sonreír, notando la redundancia. Luego agregó que estaba cerca. Que el computador puede definirse como un dispositivo electrónico que tiene por función el procesamiento de datos. Al rato ella seguía con el juego de las definiciones. Preguntaba qué era para mí un sistema operativo. Notando la aparente obviedad de la pregunta, le repliqué que algo como Windows o Linux. –Ya, ¿pero sabes cuántos operativos usas ¿Tienes celular?-, dijo ella. Saqué el viejo Own. -¿No ves? Entonces usas dos sistemas operativos. El que tienes ahí, Android, es parte de Linux. Una cosa que la mayoría no sabe-, volvió a explicar. Insistía en el hecho de que la mayoría usa Android sin saber que forma parte de un sistema operativo mayor. Ponía luego el ejemplo de una palta que ocupó en una clase. La palta simbolizaba el sistema. La semilla sería el núcleo o kernel. La carne sería el software. Su cáscara, por supuesto, el hardware. Cuando ejemplificaba, no podía evitar el inminente gesto de hambre. –Sorry, es que a esta hora me viene el bajón y todo lo explicó así-. Risas. 

Mientras sacaba de la mochila las pruebas diagnósticas del curso, me entregó una copia de su material de introducción a la computación. Me fijé que se trataba de cuestiones conceptuales. En el apartado de historia, salía algo que llamó mi atención: la Pascalina, la primera sumadora mecánica que habría sido nombrada así por Blaise Pascal. Una maquinaria en base a engranes y ruedas cuya función era la de procesar datos de manera manual. –Eso que señalaste, la Pascalina, podría considerarse como el antecedente más importante de la computadora actual, después del Ábaco-. Atendía su gesto concentrado, justo cuando se dio cuenta que miraba hacia los computadores desocupados a un costado de la sala de lectura. Sabía que sus explicaciones procuraban mantenernos distraídos, en proceso, y también, de cierta manera, adivinando la intención comunicativa del otro. Al notar una vez más que atendía con suficiente interés sus dichos, la colega me entregó luego un ejemplar de la prueba diagnóstica: -Mira fíjate, esas serán las cosas que tendrán que resolver los cabros-. Señaló hacia un cuadro dibujado con varios cuadrados internos. -¿Sabes dónde están las filas y dónde las columnas?-. Pues, era demasiado fácil. Las filas eran las horizontales y las columnas, las verticales. La miré nuevamente. Silencio momentáneo. Al minuto contestó que se trataba de algo demasiado lógico, pero que no todos, al momento de ocupar Excel o Autocad, tenían precisamente claro. 

Cuando faltaban solo un par de minutos para entrar a clase, siguió de pronto con los lenguajes de programación, desde los de bajo nivel, como los códigos binarios, hasta los de alto nivel, que pueden ser entendidos con lenguaje verbal. –Son cuestiones que sabemos los programadores. Y mira qué curioso, justo en los de alto nivel se toca el tema de las palabras, que me imagino que a ti tanto te gustan-. Alusión directa. No quedó otra que asentir, entendiendo a qué se refería, pero todavía sin comprender del todo el vasto mundo informático que sirvió de excusa para aprovechar el entretiempo y lograr una conexión, aunque fuese de lo más curricular. En eso ya era hora de volver. Miró el reloj, guardó todo y se disponía a ir a secretaría a buscar la llave para la sala de computación. –Te dejaré una tarea. Defíneme ¿qué es la internet? Cuando nos veamos, ya sabes-, decía, cruzando la salida de la biblio. Antes de que se fuera, le dije de vuelta que también le tenía tarea. Que debía definirme qué era el lenguaje. Miró como diciendo que se la dejé difícil. Levantó la mano ligeramente. Así nos prometíamos, entretanto, realizar las respectivas tareas y tenerlas listas para la próxima vez que nos viéramos, en un juego de complicidad medio sutil. Cuando salíamos, ninguno de los computadores estaba ya operativo. El encargado había cortado la conexión. La sala se vació de inmediato. Solo quedaba ella, subiendo rápido a clase con un grupo de alumnos, y una continua señal de red en el celular, cada vez más intermitente.

sábado, 24 de marzo de 2018

Cada vez que hago aseo profundo en la pieza me encuentro con una que otra novedad, sobre todo luego de revolver por enésima vez la estantería. Entre el ensayo Sobre el amor y el olvido de Román Reyes, por ejemplo, quedaban restos de una vieja telaraña tejida entre algunas ediciones de libros papel roneo. (Una linda metáfora de mi historia sentimental). Entre La vida del Buscón pude dar con la única termita que todavía pugnaba por abrirse paso a través de las páginas para desatar su conspiración intraliteraria, dándose un banquete de antología. (Un símbolo de mis aspiraciones frustradas). Bajo un lote de pequeños libros de Plaza y Janes podían apreciarse, mientras pasaba la aspiradora, cadáveres de termitas y también restos de arañas. El más notorio desperdicio era el del libro de El planeta de las posibilidades imposibles de Pauwels y Bergier. Abría su interior a ver si alguna otra maldita termita comía su contenido a escondidas. Nada. Solo el polvo acumulado por la dejación y el latente escabullir de los arácnidos. Había suficiente para leer y devorar allí, pero también, en ese inusual trabajo de limpieza, estaba de alguna manera leyendo el pequeño imperio de desintegración que, sin éxito, tramaban aquellas criaturas, muertas y agonizantes tras el asfixiante peso de los libros desordenados. Y estas, a su vez, habían intentado devorar lo que su huésped incómodo aún no se había dignado a leer y que, solo por una tincada caprichosa, había preferido reorganizar, como si con ese trajín estuviese compensando la supuesta falta de tiempo, la falta de voluntad. Cabe decir que el orden de estos libros una vez reordenados jamás será el mismo. Nunca podrá serlo. Tampoco su deseo voraz, su reinterpretación.