Uno podría desentrañar el misterio de la noche únicamente a raíz de la mirada obsesa del cine. A ratos las noches en vela parecen una escena sacada de una película de Hitchcock, al mantenerte en un suspenso indefinido pero con una causa y un efecto planeados de antemano, y reservados solo al público (en este caso, la alucinación nocturna o derechamente el insomnio)... Por ejemplo, la típica chica que uno observa llegar de juerga a altas horas de la madrugada, sola, aparentemente sin prisa pero siempre cauta, para no despertar sospecha de nadie y menos de su familia a pesar de su estado... el conserje como único testigo, mudo en su labor de voyerista y guardián, un saludo de protocolo y la chica entra prolongando un crimen silencioso, como la noche entre sus piernas, ella simplemente abre y cierra la puerta del departamento para llegar al fondo del asunto, entonces todo permanece quieto con el dulce aroma del suceso... la materia etílica de su encanto en la entrada, mientras el guarda actúa como un cinépata más, armando un rollo a partir de cierta impresión, cierta mirada, gesto o balbuceo en la escena. Una chica que entró sin preguntar a nadie, una noche, observada únicamente por el guardián, sin derecho a tocar y solo mirar, y también imposibilitado de comunicar el por qué de su destino y de su aparición tan a destiempo a causa de su alegría extraviada... Son las interrogantes que plantea una noche en vela en la que su soledad asemeja una idea robada del padre del suspenso. Quizá la noche sea otra forma de enfocar el suspenso de la realidad. Quizá haya más misterio en la belleza fugaz de una chica que llega tarde sin mediar razones que en todos los crímenes cometidos a plena luz del día. Quizá simplemente la realidad sea otra forma de cine que mirado de noche desenrolla sus secretos más ocultos. En cambio, la mañana sigue pareciendo incomprensible, siempre alguna clase de cinta absurda, en que se abren los ojos sin mediar palabra, no se sabe cómo, cuándo ni por qué, algo parecido a Kubrick, o con mayor justicia a Tarkovski, en que el hecho de despertar acaba siendo una prolongada cita existencial que dura más de lo que en realidad debería durar, para luego comenzar otra jornada y aguardar nuevamente (durante la noche) la mirada deseante del cine.
domingo, 7 de junio de 2015
miércoles, 3 de junio de 2015
Felicidad
Felicidad, ese término que solo le incumbe a la especie humana ¿Para qué querría un animal o un dios ser feliz? Al parecer, tiene más que un alcance existencial, un alcance pedagógico. En una reunión salió a la palestra ¿Somos felices haciendo clases? ¿Son felices los alumnos tanto fuera como dentro de la rueda educativa? ¿Es necesario definir que se es feliz? Uno de los profes dijo que no importa, al fin y al cabo, si se es feliz, al menos si se quiere definir uno así, por lo que un test o prueba de felicidad no tendría que ser calificada buena ni mala. La felicidad carece de categorías, como todo lo que no se puede definir, como todo lo absolutamente esencial y contingente a la vez. El director del colegio habló de Coca Cola como la nueva institución moderna de la felicidad. Quizá el problema pase por eso: en que hemos vendido un concepto de felicidad, en que nos hemos comprado un concepto de lo que debe ser la felicidad. Si no se puede ser feliz mediante el conocimiento, cuestión que plantea la vieja disputa del sabio infeliz y el ignorante feliz, al menos que lo hagan unas cuantas dosis refrescantes y baratas de calorías. Científicos hablan incluso de las endorfinas para justificar toda esa enredadera de cuestiones subjetivas. Entonces ¿qué diablos es la felicidad? ¿Una simple descarga positiva de las hormonas o una construcción vital, subjetiva, humana demasiado humana? Si, en definitiva, el pedagogo ya no pudo ser feliz, puede que ayude a conducir al otro a que sí lo sea. Ese conducir, indeterminado, inclasificable, libre de recetas, de fórmulas, de calorías, de paraísos, únicamente personal, infinitamente irreductible, quizá sea la única felicidad posible, la única legible.
martes, 2 de junio de 2015
Muchas cosas todavía por hacer, parece la constatación histérica de los que se escudan en una agenda para en el fondo no pensar en el por qué hacerlas. Esos libros en el estante comprados por diversos motivos, cada uno con su historia propia, mucho antes de llegar a las manos y acumular el polvo de su no lectura; esos papeles de cuentas pasadas que de cuando en cuando te recuerdan que al otro día es preciso desplegar una responsabilidad de contrabando; esas llamadas y mensajes de texto simplemente vistos e ignorados o todavía pendientes como promesa de un futuro debut o de una ignota despedida; incluso, los deseos aprendidos que se acumulan en el interior, y cuyo nombre, como cuando se era niño, ni siquiera se sabía, pero se querían ya; todas estas cuestiones conformando una fila bancaria imaginaria en la mente, conformando la gran camada existencial que luego desfila por las calles e interrumpe por un momento este instante de tensión en que se debe proseguir con el presente y con la obligación de mañana, esa camada de preocupaciones que, mediante el poder de su procrastinación, busca nada menos que destronar el ahora para asegurarse un lugar gratuito y de calidad en el pandemonio de las expectativas. En eso consistirá entonces su revolución: en dilatar el futuro o el mañana (palabra esta más poética y menos política) hasta nuevo aviso.
Al parecer existe cierta tendencia a acoplarse a tal o cual bando, una cierta intención de formar parte del grupo más lúcido o, en su defecto, el más fuerte, a partir de hechos puntuales que dividen las aguas. La falacia de dividir en buenos y malos, poco efectiva en el análisis de la realidad pero práctica para asuntos de vida o muerte. El punto es que el bien y el mal son usados casi siempre como un arquetipo que se sigue de manera implícita. Pareciera que existe una frontera entre nosotros, los "buenos" y los otros, los "malos", cuando esas categorías vienen de intereses ajenos. En uno mismo dialogan de tanto en tanto, en la vida cotidiana, en nuestros roces más íntimos. La realidad supera a la moral. Los móviles que mueven a los hombres, al fin y al cabo, no muy distintos entre sí: la fama, la reivindicación, el orgullo, la libertad, etc... solo que en el campo de batalla de la realidad únicamente unos pocos pueden contar la historia al resto de los mortales, y establecer allí los valores que luego los lectores impertérritos del futuro leerán como verdad o como ficción.
viernes, 29 de mayo de 2015
El problema con la autenticidad es que está sobrevalorada: no se puede ser demasiado severo con nadie en términos de honestidad, a menos que se busque ser ridiculizado en la búsqueda de cierta pureza, de cierta verdad o transparencia de intenciones. Lidiar con alguien de acuerdo a algún grado de compromiso implica ceder algo de tu fuerza interior con tal de movilizar el milagro de la comunicación. Hay, sin embargo, todo un mundo en no comunicar. Es más determinante lo que se deja en el tintero que lo que se quiere realmente decir al otro. La comunicación es solo otro proyecto. Tocamos, percibimos e intuimos al otro en base a supuestos, en base a lo que creemos del otro. Nuestra realidad: el romance adúltero y a oscuras entre nuestras ausencias. Nos conocemos, pero no dejamos de desconocernos el uno al otro. Entonces seguimos inmersos en el juego hasta conseguir alguna tregua. Y se presenta entonces el síntoma, la misma lógica mercantil que mina incluso las relaciones personales: que si no tienes tiempo, que si no tienes dinero, que si no haces esto, que si no eres así, y así sigue y suma. Irse, volver, partir. Dar, recibir, devolver. Es el mito de la comunicación delante del intercambio de apariencias. Por eso a ratos la soledad se vuelve una especie de ética personal frente a esa batahola de exigencias sociales que vuelven la confianza en el otro el verdadero ardid y desafío. En ese sentido Nietzsche, Hesse, Pessoa, entre otros, fueron una vanguardia posible.
miércoles, 27 de mayo de 2015
Casarse con un rol o con una profesión ¿cuál es el motivo real? ¿Simplemente la realización? ¿la aceptación? ¿la supervivencia? Ya pocos quieren semejante compromiso y cada vez se hace más evidente cierta desconfianza. El título profesional ya se ha vuelto otra clase de anillo. El matrimonio, otra forma de hipotecar el sentimentalismo. La carrera, otra forma de hipotecar el capital imaginativo. Para qué casarse, cuando se podría simplemente tantear, explorar todas las posibilidades. Hacerlo es reconocer de antemano que existe un futuro indefinido capaz de construirse de a poco, y el mundo se ha encargado de enseñarnos que nada parece durar para siempre; que estamos en las postrimerías de no se sabe qué; que ya hay suficiente con lo que tenemos; que no cabe ningún otro camello en el ojo de la aguja; que con solo pensar en el mañana aflora cierto dolor de cabeza, cierto escepticismo temprano o, en su defecto, cierto escenario apocalíptico aprendido a la mala. Por mucho que se ame aquello que se ama, resulta un compromiso en que parece se subastara la existencia misma, un cierto intento de mantener a raya alguna fuerza oculta, cierta batalla interna y, a pesar de eso, se sigue confiando en esa palabra: compromiso. Pareciera que todas esas cosas, el título, el anillo, fueran lazos para contener a alguna clase de animal interior que solamente quiere entrenarse en la gran selva imaginaria de la sociedad. Pese a todo, se sigue confiando en que hay otra cosa, en que hay un sentido. A ciencia cierta, no se sabe qué, pero el punto es que se sigue confiando y más que nunca.
martes, 26 de mayo de 2015
Lizano, el anarquista poético
Me informan algunos amigos españoles que ha muerto el poeta Jesús Lizano. Realmente bueno. Era una especie de Walt Whitman de nuestros tiempos en clave latina. El mejor homenaje que podemos hacer es leerlo. Así rezaba Lizano en sus días mortales: "La salvación de la mente es el fin del mundo real político. El camino de la comprensión es el comienzo del mundo real poético".
Comenzó porque me limitaban los años,
doce años, quince años, veinte años...
Eran limites, eran fronteras soportables:
el año que viene, cuando cumpla treinta años,
el año pasado, el nuevo año...
Eran limites amplios,
era posible la lejanía, el horizonte,
¡Por muchos años!
Los espacios dominaban el tiempo
recibías la aurora, despedías la tarde ampliamente
y amabas dulcemente los sueños.
Los años eran los carceleros
pero rondaban muy distanciados.
¡Había quien vivía cien años!
Más tarde comenzaron los meses a limitarme,
aparecían súbitamente, todo era muy distinto,
el tiempo dominaba a los espacios,
era un limite mas agobiante
estaban mas próximos los carceleros
¡eran carceleros!:
el mes que viene, dentro de unos meses,
me oprimían mis propios limites,
¡originaba limites!
¿que había sido de aquellas apacibles distancias?
hay tiempo por delante decía,
cuando me limitaban los años.
Ahora miraba con recelo todas la cosas
nueve meses, tres meses, un mes de plazo,
meses, meses volando sobre los sueños
¿Y las semanas?
dejaron los meses de ceñirme,
y un nuevo limite me controlaba, una nueva medida
extendida por todo el mundo
cubriendo de espejismos todas sus galerías.
Contaba la vida por semanas,
semana tras semana.
Los carceleros eran los oficiales de semana,
me distraían, me envolvían en verdades falsas,
la próxima semana, dura muy poco una semana,
la semana santa,
mi mundo era la semana, la realidad era la semana,
la semana, solo existía la semana.
Que era un mes sino cuatro semanas,
que era un año sino cincuenta y dos semanas...
Y contaba las semanas
y veía a la humanidad ansiosa,
forzada a las semana, viviendo para el fin de semana,
vivos y libres, solo el fin de semana.
Después fueron los días,
empece a contar los días, me sobresaltaron los días,
era cuestión de días
pesaban enormemente los días
y deseaba a la vez que pasaran los días
y que no pasaran...
Me aferraba a los días
¡buenos días!
el día estaba allí,
era un carcelero inamovible, omnipresente
todo lo median los días
¡no era libre! ¡no podía ser libre!
el día de mi boda, el día de mi licenciatura en filosofía,
apenas encontraba un hueco para mi aventura,
apenas quedaba espacio y yo necesito espacio, mucho espacio,
no podía salirme de los días
un día y otro día
el día de las fuerzas armadas, mañana sera otro día
¡otro día!
Crecía la muralla de los días,
el circo de los días, un día se comía a otro día,
los límites eran insostenibles,
días de ayuno, días de alegría
pero todo medido, era preciso obedecer al día,
despertarse al despertarse el día,
dormirse al dormirse el día,
¡la orden del día!,
un día es un día, en los próximos días...
Ahora, mientras escribo este poema,
ya no cuento los días sino las horas,
faltan tres horas, dura cuatro horas,
qué horas es, a qué hora...
Los carceleros se han convertido en mi sombra,
apenas hablo, las horas se confunden y me confunden,
límites, límites, la tarde, la mañana, el mediodía,
una hora cae sobre otra hora, aplasta a la otra,
una hora es como otra hora,
hora adelantada, horas extraordinarias,
¡hace horas extraordinarias!,
la danza de las horas, horas perdidas, el récord de la hora,
no somos seres, somos horas, cuerda de horas,
una cada dos horas, cada seis horas,
y suenan las horas y ya sólo puedes oír las horas,
y todo ha de moverse en un horario,
todo ha de estar a su hora,
todo tiene su hora,
cuántas de mis horas son mis horas,
media hora, un cuarto de hora, ¡la hora!
Me destruye pensar que he nacido para las horas,
abro las manos y las tengo llenas de horas.
¡Ah, carceleros, horas terribles que nubláis mis ojos!:
dentro, os llevo dentro, estoy lleno de carceleros, de sombras.
No quiero ni pensar cómo será mi vida
cuando dependa de los minutos, cuando
sean ellos mis carceleros y no existan
los espacios, los sueños, las dudas,
cuando mi cuerpo sea un garaje de minutos,
minutos, minutos, no tengo ni un minuto, sólo cinco minutos,
todo sucederá en minutos, qué hará de mí la furia de los minutos,
cuando no pueda perder ni un minuto,
qué humillación me aguarda cuando en mi vida
sólo se muevan las agujas de los minutos,
qué espacio puede haber entre minuto y minuto.
¡Qué oscura noche había en vosotros, meses, años,
y qué traición vuestros espacios!
¡Erais minutos, minutos, sólo minutos!
¡Que se hunda el mundo será cuestión de minutos!
Finalmente, finalmente, ah, finalmente,
cuando apenas aliente un soplo en mi sentidos
y sólo existan los segundos, sean los segundos
los que ciñan mi cuerpo, mi vida
todo mi ser un carcelero monstruoso, un áspid, una víbora
destruyendo los últimos reflejos,
todo el mundo un carcelero horrible,
y cuando todo sean fantasmas y las ideas se conviertan en nubes
y los sentidos en cavernas
y en los últimos segundos
pasen los años, los meses, los días y las horas
convertidas en aire
y se cierren mis ojos y los rostros sin vida
rían como nunca por todos los abismos del mundo,
cómo desearé seguir prisionero del tiempo,
cómo amaré al tiempo -¡yo era tiempo, dolorsísimo tiempo!-,
cómo amaré los límites -sólo ellos no estaban muertos-
los años y los meses,
los días y las horas y los minutos,
todos los límites del mundo.
¡Cómo me arrancará la eternidad del tiempo!
lunes, 25 de mayo de 2015
Apócrifos
Nuestra formación cultural, siempre un reciclaje, siempre el eco de un rumor, únicamente el eslabón de una larga cadena de favores. Nadie puede negar sin llegar a ser cínico que la música que ha escuchado, que lo ha acompañado en esas horas muertas, que lo ha ayudado a sortear algún bache emocional, siempre fue gracias a esas grabaciones de antaño: oído sobre oído. Que su relativamente mediana cultura casi siempre fue en mayor medida gracias a reediciones y fotocopias. Que incluso aquello que se cree experimentar en un momento dado, por ejemplo, la participación en un luto colectivo, algún gesto de correspondencia de aquella, por mínimo que sea, o lo que se propone hacer para mañana en el trabajo, es el remedo de algo que otros en su tiempo ya sintieron y podrían llegar a hacer igualmente a pesar de uno mismo. Acaso siempre nos volvemos aquello que aprendemos, la reproducción de una copia que ya perdió su original. "El infierno son los otros" dijo alguien.... yo diría que es allí donde encontramos nuestro purgatorio constante. El original, mejor aún, nuestro origen nunca importó para nada, nuestra labor de roedor en busca de verdades no es distinta de la de un fabulador. Por eso hacemos magia con lo que otros hacen, lo hacemos parte de nuestro deseo y de nuestro sueño, hacemos que hable por nosotros como si solo su reproducción bastara, para inaugurar allí nuestra gran y brillante falacia: que la vida que vivimos nos pertenece por entero.
domingo, 24 de mayo de 2015
Gloria
Ayer se escuchó reiteradamente la palabra gloria en la tv, tiempo que no lo hacía, tampoco en la vida real. Una viendo la película Troya, cuando Aquiles lucha con Héctor para vengarse de la muerte de Patroclo. Héctor se tropieza y Aquiles le vocifera: "Ninguna piedra me quitará la gloria ¡levántate!". Otra recuerdo que el día Jueves cuando dieron parte de la película sobre Arturo Prat de la serie Héroes, precisamente en la fecha de las llamadas "Glorias Navales". Esa misteriosa y poética palabra: Gloria. Asociada en demasía a lo bélico o a lo religioso. Su nombre femenino pide que se la posea o se la desee, como un valor en sí mismo. Y raro que en la actualidad, donde casi todo vale algo distinto a sí mismo, se haya repetido bastante poco. Será que nos hemos vuelto demasiado plebeyos, o solo creemos digno ocuparla cuando se trata del éxito o de la revolución.
En la planificación uno encuentra una salida aunque elegante algo falsa. Se da cuenta que el texto no tiene nada que ver con la realidad. O mejor, que el texto se escribe como un guión dramático que al ser representado se traiciona a si mismo, se muerde la propia cola. Algo más o menos así es el profesor: un planificador de realidades apócrifas. Imagina un escenario en el cual sus alumnos atienden a conciencia sus objetivos y desarrollan todas las actividades satisfactoriamente... cuando la realidad casi siempre desdice sus expectativas. Y en eso consiste precisamente la clase (y su escritura de ficción): en una resistencia de los estudiantes a ese molde, independiente de sus intenciones. Los estudiantes, sin conocimiento pero siempre intuitivos, lo saben solapadamente. Inconcientemente se aprovechan de la debilidad del molde, no tanto por su beneficio como para poner a prueba la paciencia (y la valía) de su maestro. La jefa de UTP, cancerbero de la utilidad, exige en cambio modelos de planificación cada vez más prácticos. El texto del profesor acaba siendo más bien un recetario. No queda tiempo para la belleza, o para una salida profética, en ese curriculum estrecho. Toda la monserga universitaria no le servirá para sortear los tres meses de contrato. El profesor, humillado, renace. Su tarea no consiste en cambiar el mundo. El profesor, como un funcionario más, se encuentra en la disyuntiva entre la elegancia de su planificación, tan bella como artificial, y la eficiencia de su producto: una clase ideal. Quizá eso sea aprender: burlar a propósito una realidad de fábrica, derrotar alguna clase de molde interior.
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