sábado, 19 de julio de 2025

Veritas Omnia Vincit

"¿Quién te trajo? ¿Qué impulso misterioso


Te arrojó a mi camino? ¿Qué potencia


Infernal te mostró mi obscura vida


Y te dijo: Ahí está, tómala y hiérela?"


Implacable, Amado Nervo.


I


El set televisivo se sumió en un silencio incómodo. Nerviosa, miré a las cámaras, mientras continuaban grabando. Todo el mundo estaba atento a lo que iba a de decirles. El entrevistador miró a la cámara y luego se dirigió a mí.

-A veces, hay verdades que nos sobrepasan, que nos duelen en el alma, pero que es necesario soltar. Hablemos de ti, Judith, ¿Cómo fue tu historia con Salvador? ¿Qué se siente ser parte de una historia que no controlas?

-Siempre será difícil lidiar con la verdad-, dije, en ese momento. -Supongo que para eso está la poesía: para purgar lo que nos mata por dentro-.

Nunca antes había estado en ese lugar, y mucho menos abriéndome de esa manera ante tanto desconocido. Me sentí vulnerable. En un principio, no quería. Prefería mil veces esconderme y guardarme esto, pero algo en mí me empujaba a la catarsis. Y pensar que todas esas veces que salíamos a leer, él parecía tan virtuoso, tan distinto a como resultó ser.

Sé que estoy metida en algo que excede mis fuerzas, pero el sueño de algo bello era lo que me mantenía en el medio literario. En fin, no tengo por qué seguir escondiéndome. Sé que hice lo que hice para salvarme a mí misma y salvar a los míos. Y sé que estaré a salvo, porque, pase lo que pase, me seguirán creyendo.

De pronto, se puso oscuro. Al volver a casa, sentí que unos sujetos me perseguían. Me di la vuelta, y solo eran unas personas que cruzaron la calle. Sentía que sus sombras murmuraban a mis espaldas. La ciudad entera se estaba volviendo una cámara de ecos indeseables. No quería seguir escuchando. Apuré el paso y me dirigí hasta una plaza iluminada. En su soledad y su luz pálida, encontré algo de reposo.


II

El sonido de las teclas no dejaba de retumbar en mis oídos. La novela que me propuse escribir me estaba agobiando. Aún recuerdo aquella noche, la noche en que todo acabó. Es inútil reprocharle a la memoria lo inevitable. Lo supe de golpe, sin remedio. Aun las palabras que no alcanzaron a ser dichas en ese momento o que, por cobardía, fueron destrozadas, jamás podrán articular una respuesta legible. Supongo que nunca estuvimos destinados, pese a la poesía, oscura traicionera. Supongo que no había manera de transitar el bosque sin antes salir heridos de muerte, que nuestra historia debía terminar así, con una promesa frustrada y un débil destello amoroso. Me engañaba a mí mismo al pensar que un libro podría encerrar bajo llave todas las maldiciones. Sin embargo, era lo único con lo que contaba. ¿Qué otra opción cabía, ante la resaca del tiempo? Callarlo todo, permanecer en la sombra para siempre o prepararse para la carnicería.

No podía más. Tenía que terminar esa novela a como diera lugar. La sentía como una confesión patibularia o un mensaje de socorro tardío. Agitado, me detuve un momento para poder meditar sobre las páginas escritas a puro pulso. De repente, alguien llamó al teléfono. La voz al otro lado, áspera y urgente, era la del inspector Galindo, un viejo conocido de aquellos días en que realizaba periodismo de investigación.

—Salvador, necesito que vengas a la comisaría. Hay algo que necesitas ver —dijo, con tono grave.

Intrigado, me apresuré a vestirme y salí al plan de la ciudad. Al llegar a la comisaría, el inspector me condujo a una sala donde había un tablero repleto de fotografías y documentos. No lo podía creer. Entre las imágenes, alcancé a reconocerla a ella. Era Judith.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué tiene fotos de ella aquí? —le pregunté, exaltado.

Me explicó que Judith que estaba siendo investigada por un asesinato ocurrido en misteriosas circunstancias. Quedé pasmado. No podía procesar lo que estaba pasando. ¿La mujer que tanto me atormentaba, ahora volvía a aparecer en mi vida, con motivo de una muerte violenta?

Mi obsesión, en ese momento, fue tal, que me metí de lleno en la investigación. Hubiera preferido olvidarla para siempre, pero sabía que esa era la señal que necesitaba, el motivo para seguir en mi obra, pese a mi propio dolor.

Recorrí calles, golpeé puertas escondidas, consulté con redes ajenas a mis influencias, todo con tal de descubrir los posibles nexos que vinculaban a Judith con el crimen sobre el cual se estaba investigando.

Cada letra que imprimía sobre esa obra era como una ofrenda de sangre. El misterio del crimen se entrelazaba con la trama de mi propia novela. Ahí comprendí que nuestra verdad podía ser más retorcida de lo que habríamos imaginado.

Esa misma noche, el inspector Galindo, tras seguir una pista relacionada con la vida de Judith, descubrió el cuerpo de un hombre desconocido. El rostro estaba machacado y un papel arrugado con un mensaje críptico yacía cerca de la escena del crimen.

El mensaje decía: "Veritas Omnia Vincit".


III

Salvador y Judith, los dos sospechosos del asesinato que investigué aquella vez, se mostraron dispuestos a dar la cara en este turbio asunto, aunque se mantuvieron erráticos. No podía bajar la guardia. Esos dos tramaban algo. Continuaron en su búsqueda personal, pero no debía perderlos de vista.

Días después, decidido a todo, fui donde Salvador y llamé a su puerta, una vez más. Era el momento de enfrentar los hechos. Lo conozco de hace mucho, y sé perfectamente cuando tiene algo que ocultar. Por su bien, por el bien de todos, por el bien de la justicia, debía responder por los hechos.

Lo conduje camino a la comisaría. Nunca lo había visto tan nervioso. En la sala de interrogatorio, le ofrecí un vaso de agua. Tenía que enfrentar lo que estaba a punto de revelarle. Judith vendría en cualquier momento. La cité a la misma hora que a Salvador, pero ninguno sabía del otro.

Al rato, llegó Judith. Caminó lentamente hacia la sala, estupefacta. Con los sospechosos reunidos, entonces les revelé la identidad de la víctima.

-El hombre asesinado era un antiguo editor de ustedes dos. Un conocido editor del puerto de nombre Ángel-, dije serio, a la altura de las circunstancias. Por dentro, no podía evitar sentirme conmovido.

Judith bajó la mirada de manera leve. Salvador prefería mantener oculta su antigua relación con ella, pero ya era demasiado tarde. Ambos estaban metidos hasta las masas.


IV

—Tú tienes que saber qué fue lo que pasó. ¡Habla!-, le dije a Salvador. Él, que nunca se mostró transparente, que resultó ser un mentiroso, tenía que hacerse cargo ahora de su versión de lo ocurrido. Pero claro, no dijo nada en ese momento, absolutamente nada, como todo un cobarde.

Ante el silencio del maldito, el detective me interpeló.

—Judith, ¿qué quiere decir? ¿Cree que él fue testigo directo, o algo así? Explíquese.

Enojada, miré directamente a Salvador.

—Él tiene mucho que decir, estoy segura. Podría ser un poco más colaborativo, considerando lo que ya me hizo. ¿No cree, inspector, que el silencio otorga?-.

Con aquello que me hizo, el inspector ya sabía a qué me refería. Sin embargo, Salvador había salido absuelto por falta de pruebas. Por dentro, me quemaba la rabia. Pero debía ser cautelosa, si no quería que volviera a salirse con la suya.

De un momento a otro, él se levantó, desconcertado.

-No, no puede ser, es imposible. Muéstrame que no es verdad. Que todo lo que has dicho en todo este tiempo no es más que una invención de tu alma enferma. ¡Dilo!-, exclamó.

Sus palabras volvieron a remecerme, justo como aquella vez. Tenía que ser aguerrida, una vez más. Quería llorar, pero me contuve. En honor a la verdad, me contuve.


V

La tensión se apoderó de la sala de interrogatorios. Salvador y Judith se encontraban frente a frente. La sala estaba iluminada por la fría luz de un foco suelto.

Salvador miró a Judith fijamente. Parecían sumergidos en una mirada cómplice. Los observé, intrigado, en la esquina de la sala. El silencio pesaba como un lastre, interrumpido solo por el sonido metálico de unas cadenas afuera, en el pasillo de la comisaría.

—Judith, Judith ¡por la cresta! no puedes seguir negándolo. Habla ya—dijo Salvador. Su voz resonó con dolor y determinación.

Judith, irritada, desvió la mirada. Sus ojos evitaron encontrarse con los de Salvador, pese a su actitud desafiante. ¿Cómo volverlo a mirar a la cara, después de todo lo ocurrido entre ambos? De un momento a otro, sin embargo, ella se armó de fuerzas y lo enfrentó.

—Tú deberías saber perfectamente todo lo que pasó—dijo Judith, desafiante.

La interrumpí, en ese preciso instante, antes que la cosa escalara. No quería otro escándalo más. Debía conducir este asunto con frialdad, aunque ya se estaba haciendo una cosa cuesta arriba.

—Salvador, tenemos pruebas que sugieren que tú y Judith han estado involucrados en el asesinato. No quiero tener que perseguirlos, pero les pido que hagan, por favor, lo humanamente posible por colaborar-.

Salvador apretó los puños, seguramente, para contener sus emociones. No quería delatarlo, pero no podía evitarlo. Era demasiado el odio, la rabia contenida que transmitía. Me di cuenta que Judith adivinó el gesto de Salvador, y su expresión se volvió hermética.

Recordé que, en un rincón del puerto, próximo a un antiguo bar donde solían juntarse para asistir a unas tertulias de poesía, un carabinero de civil descubrió el cuerpo. Me apersoné en la escena del crimen y encontré un papel arrugado con un mensaje críptico, en el bolsillo derecho del pantalón del occiso. El mensaje era una frase del escritor francés Louis Ferdinand Céline. Decía: “Mi corazón, ese conejo tras su pequeña reja de costillas, agitado, encogido, estúpido”. Pertenecía a la novela Viaje al fin de la noche.

Nunca antes había leído a Céline, pero esa frase me dejó pensando. Ya tenía a dos sospechosos. Esa pista literaria podía decirles algo. Podía, incluso, conmover sus corazones y, de paso, sus conciencias. Estaba seguro, porque, en el fondo, los conocía. El mundo literario no era algo ajeno a mi realidad. Por lo mismo, sabía lo que estaban enfrentando ese par de condenados.


VI

Judith me mostró su maqueta. Por su reacción y la expresión en su rostro, se veía bastante ilusionada.

-¿Sabes que este libro lo vengo escribiendo desde chica? En estas páginas hay mucha historia-

Yo trataba de aguantar el trasnoche. La miré a los ojos para no caer rendido.

-Pero quiero que leas algo y dime qué onda- le dije.

-Ok, Ángel –me respondió, lacónica. –Leeré algo. Quiero que me escuches atentamente.

Leyó algunos versos, con voz fuerte y clara, mientras me tomaba a tientas una Heineken:

“Todas las tragedias de mi vida se resumen en una noche, la más oscura

Ahora que mi rostro de niña me abandona

Siento que nadie me comprende, lloro y me consuelo

Porque sé que en el fondo nadie encuentra su suelo.”

-Oye ¿y realmente sientes que nadie encuentra su suelo? - le pregunté, tratando de entender sus versos.

-Nadie, nadie encuentra su suelo. Cuando crees estar en un sitio, en un instante, estás en otro.

-Pero yo lo único que sé ahora… es que nuestro sitio es aquí, los dos juntos.

Al decir estas palabras, le acaricié la mejilla suavemente. Sonreí. Ella también. Nos volvimos a mirar fijo, prolongando nuevamente nuestro silencio, en la bulla del local.

-Ya oh, vamos a bailar será mejor -dijo Judith. Se levantó, decidida. Me tomó la mano y fuimos directo a la pista de baile del fondo.

-Hace rato que quería venir a bailar ¿sabí? - comentó Judith en el camino. -He tenido una semana de miedo, que ni te cuento. Además está sonando el especial de Depeche.

Llegamos a la pista del fondo. Colocamos las chelas a un costado para poder vacilar tranquilos.

-Ay ¡Me muero! -exclamó Judith, al escuchar el tema que el dj había colocado.

Judith, ebria, alegre, alzó su vaso y tarareó Enjoy the silence: All i wanted, all i needed, is here in my arms/Words are very unnecessary, they can only do harm.

Tarareamos con Judith esos dos versos del estribillo del clásico Enjoy the silence. Con ese canto ebrio y esas contorsiones, me acerqué lentamente hacia ella, moviéndome al son de sus vaivenes, tratando de no desentonar y mantener el ritmo. De pronto, Judith me rodeó con sus brazos, tanteó el ritmo del siguiente tema y yo procuré no perderla de vista. Se aproximó y me atrapó con esos ojos penetrantes. Cuando estaba dispuesta, le agarré la cara y le di un beso, un beso largo que ella resolvió con la cadencia del sonido electrónico. Luego, me sonrió y seguimos bailando pegados. Bajamos lo poco que quedaba de chela, para acabar el especial de la noche.

Al rato, Judith fue al baño. Estaba realmente lleno. La acompañé para no perderla de vista. La esperé por largos minutos. Sin embargo, no la vi más. Pudo ser porque estaba desorientado. Quería creer eso, pero no. Comenzó a dolerme la cabeza. Busqué a Judith por todo el local. Ningún rastro de ella, había desaparecido. La llamé varias veces. Buzón de voz. Era inútil, no contestaba.

Caminé tambaleante al baño. A medida que me abría paso entre el mar de gente, sonaba de fondo el tema Policy of Truth.

Salí de la disco, cansado. Di otra vuelta por la Plazuela. Nada. Ningún rastro. No quise pensar lo peor, así que me detuve un rato en una esquina. Un perro negro se acercó rápidamente a mí. Me quedó mirando unos segundos, cual guardián de la noche, y siguió su camino.


VII

Fueron días arduos. El rostro de Judith venía a mi memoria envuelto de karma. Me debatí en la habitación oscura, tratando de escribir el próximo capítulo de mi novela, que incluiría cada detalle de este tortuoso proceso. De seguro, Judith debía estar en algo. La conozco. Debía estar pensando en la forma más sutil y serena de salir bien librada. Sabía que tenía el respaldo del medio literario, malditos a los cuales nunca perdonaré.

Una noche, el inspector Galindo volvió a llamar a mi puerta. Su expresión circunspecta y su tono grave me indicaban que había avanzado en su investigación, lo suficiente como para decidirse a llamarme de regreso.

—Salvador, necesito que vengas a la comisaría. Hay algo más que debemos discutir —dijo. Lo acompañé.

En la comisaría, se encontraba Judith. Estaba sentada a una mesa, rodeada de fotografías y papeles. Fumaba un cigarrillo tras otro. El humo espeso inundó la sala.

- ¿Reconoce a este hombre?-, preguntó el inspector. Se refería al hombre asesinado. Judith miró directamente a Galindo, y con un tono tranquilo se dirigió a él.

-Sí, claro. Era Ángel, mi amante-, dijo.

Quedé impactado. Recordé aquella visión en que quedé medio muerto de un golpe en la cabeza y veía cómo Valparaíso se derrumbaba a pedazos.


VIII

—Judith, ¿Es cierto? ¿Por qué lo ocultaste? ¿Qué es lo que tramas?— me preguntó Salvador, desesperado. Y todavía tenía cara para acusarme de esa forma. Él, que debería estar pidiendo perdón y suplicando por todo el daño que ya ha hecho. Pero no se iba a quedar así. Valor ante todo. Debía respirar profundo y esperar a que el idiota perdiera los estribos y su palabra se le fuera en contra. Veía su soledad y era la condena anticipada por haberme hecho tanto mal en el pasado. Él solo tenía a los suyos; yo, en cambio, tenía algo más grande, algo con lo que siempre había soñado: la confianza de mis poetas amigos. Nunca antes me había sentido más segura de mi misma.


IX

-¿Recuerdas aquellos versos que me leíste? ¿Tienen algo que ver con nosotros? -, le pregunté a Judith, extasiado.

Judith alzó la mirada, levantó su cabeza de mi pecho y en sus ojos se reflejaba un secreto inconfesable.

—Hay cosas, querido mío, que nunca sabrás entender. Por eso dejé que lo descubrieras. No quería contártelo-.

La escuché atento. Sonreí, pese al misterio de sus palabras. Tomé un cigarrillo que había encima del velador y luego se lo pasé a ella para que fumara un poco.

-Entiende que hay algo real entre nosotros-, volvió a decirme ella. -Pero el amor es impredecible, Ángel. A veces, el precio del amor es enfrentar la verdad, incluso si esa verdad significa hundirnos para siempre-.

Esas fueron las cosas que me confesó, en ese momento de tanta intimidad. Fumó otro poco y se arrimó de nuevo a mi pecho. Rumié cada una de sus palabras, mientras acariciaba su cabello negro azabache.

Ella estaba segura que, con ayuda de mi trabajo, iba a ganarse el espacio que merecía. Le prometí que su libro iba a ser un éxito, y así fue. Su libro se había vuelto el contrato simbólico que nos unió con devoción, durante mucho tiempo, hasta esa noche insospechada, en que, por primera vez, dejé de ver en ella a la poeta y descubrí, por fin, a la mujer.


X

Aun con aquella mirada penetrando dentro de mí, preferí seguir andando, forzando al olvido a enterrar los recuerdos de Judith que, como esfinge, no paraba de aparecer. Llegué hasta una tienda cercana al paradero donde pasaba la locomoción colectiva, para comprar algo caliente y espantar el frío satánico que empezaba a surgir, pero, en ese mismo momento, me di vuelta y la vi a ella, acercarse.

Vino a mi mente una batería de recuerdos fugaces, agridulces, corriendo y entrelazándose unos con otros, recuerdos que cubrían el mismo espacio, los mismos rincones, las mismas orillas de aquella ciudad que, alguna vez, fue testigo de nuestra extinta complicidad. Y caí de golpe contra el pavimento.

Mi rostro se estrelló, sin palabras, porque la acera, la calle, la ciudad se había vuelto la zona muda del sacrificio. Había escrito sobre la tormenta perfecta en mi novela y finalmente se produjo. Había dicho que las intenciones y móviles serían revelados, impulsados por el avasallante devenir de los acontecimientos, y ahí me tenían, mudo, paralizado, en el ojo de un huracán emocional.

Mi cabeza retumbó como nunca. Apenas escuché sus gritos y sus sollozos, sin antes advertir el fuego del ritual muy bien inflamado en la memoria. Mirada. Azote. Ruido. Siempre lo supe: aquel golpe que me dio, aquel golpe en aquel tiempo y en dicha calle nos estaba destinado. Nuestra violencia era el destino mismo, manifiesto.

Caminé de regreso, indeciso entre volver a la casa a masticar el dolor o dirigirme a la comisaría. Conforme pensaba, el dolor inflamaba el corazón, agitado. La noche me abría paso y me indicaba el camino que debía seguir, tal vez el único que siempre urdimos, a la sombra, el único que nos condujo de forma inexorable a esa tormenta, a ese silencio y luego a estas palabras, necias palabras que nunca hicieron justicia.

miércoles, 16 de julio de 2025

En la filautía, el ocaso (poema)

"En nuestra soledad... a veces se oyen grandes profundidades.

La verdad oculta en compañía." Austin Osman Spare


¿Quiénes han dicho que me rijo
bajo el principio del egoísmo?
Yo solo quiero usar mi megáfono solista
y vociferar mi rumbo fuera de la caverna
Me regocijo sobre la tierra y miro
aquello que proyecta una lejana filmografía
Te he visto entre tales imágenes y sombras
pero no reconozco más que a mi sustancia
¿Es el ocaso mi motivo último?
El ocaso es un constante opuesto a los opuestos
es una fuerza que me obliga a recibir y desechar
es la tinta derramada sobre relatos que no existen.

¿Debo hacer de mi solitario heroísmo poesía?

Mientras me inmiscuyo en lo más profundo de la caverna
encuentro el principio de equivalencia
principio simulado, como médula sin su cáscara.
Aquello que equivale supone amo
¿Existen amos más allá de nuestras fuerzas?
Quizás la caverna sea solo una curvatura
y yo uno de sus pliegues
¿Habrá de tener este juego protagonistas?
las redes del amo pasarán a ser solo una posibilidad
entre la multitud de pliegues
luego el amo no existe
y la caverna se conquista a sí misma.

Aquella es la espada de mis disidencias
mas no tengo el pulso suficiente
para volverme amo, puesto que desaparezco
¿Entonces por qué jugar este juego?
Es solo el principio del ocaso
que reafirma la nada liberada
Y creo que no soy tan digno
como para sentirme héroe de mi mismo
tal como el gallo que grita cada mañana
su fastidio frente al sol.

¿Es el gallo una posibilidad del amo?
Un rotundo No deja vociferarse
él no existe sino como energía
cuando muere la noche
y comienza el día, al igual que yo
siendo el héroe de la impermanencia
¿Condición de estar dentro del juego?
Es solo la espada la que me ha llevado
a ser una de las tantas versiones de mí mismo.
¡Tal es mi hazaña!
Ser megáfono de la soledad o, mejor dicho,
héroe sin estribillo.

Desde la periferia del otro, asalta la duda,
así el amo se hace presente
como hijo del error o la vergüenza
¿Es la vergüenza quien parte la caverna?
¿Es la vergüenza quien manda
entre espacios de infinito?
¿Es la vergüenza misma un infinito?
el infinito se envuelve a sí mismo
y envuelve a la vergüenza
que pasa a ser pliegue
y envuelve a su vez como caverna.

La espada que haya dividido mi interior
¿No supone una batalla inicial?
es solo un juego de niños cósmicos
dentro de una fiesta de caos
Entonces ¿Para qué el ocaso?
La efervescencia podría ser la respuesta
La efervescencia del peso de las palabras
que se masturban en caverna
ante su propia ausencia y presencia

Así, en esta jornada de sentidos y contra sentidos
caigo ante el ocaso y puedo decir
que resucito de entre los pliegues
como el gran gallo, el héroe de mi mismo
y puedo terminar de derramar la tinta
sobre relatos que aún no existen
Luego me vuelvo frenético
el signo interrogativo para amigos y enemigos
En especial para todo y todos
no saben separar entre figura y genio
y no puedo ser uno sin el mundo
escribo, muero y el misterio subyace.

martes, 15 de julio de 2025

Se cuenta sobre la novela "Nocturno de Chile" de Roberto Bolaño, que su título anterior era "Tormenta de mierda" y que fue cambiado a petición de Jorge Herralde, fundador de Anagrama, y Juan Villoro, escritor mexicano, por razones editoriales. A decir verdad, Nocturno de Chile suena más a una imagen lírica que evoca la atmósfera oscura de lo allí narrado. En cambio, Tormenta de mierda tenía una fuerza cruda, visceral y escatológica, menos digerible, más contundente. A veces, los editores, por un afán comercial y acomodaticio, castran el potencial transgresor de una obra. De todas maneras, el propio autor la consideró incluso "mejor que Los detectives salvajes", por el solo hecho de ser la novela "el arte literario más imperfecto". Decía Bolaño, en una entrevista con Melanie Jösch, que la tormenta de mierda: "es una metáfora a aquello que decía un poeta, "toda una vida perdida", a la constatación de que se ha perdido toda una vida. Cuando eso ocurre y se sigue viviendo, lo que viene a continuación es la tormenta de mierda, el apocalipsis individual". ¿Será acaso el Chile póstumo el que, verdaderamente, merezca dicha apelación metafórica, sin restricciones, con todas sus consecuencias?

lunes, 14 de julio de 2025

“Historias que no transcurren por miedo a tener sentido…” era una frase leída en tiempos de universidad, sobre un muro a la altura de Avenida Brasil con calle Simón Bolívar. Hoy ese muro ha caído y, en su lugar, hay un edificio moderno. En mi mente, sin embargo, ese muro y esa frase aún están en su lugar. Su caída se niega a ser registrada, precisamente porque se niega a transcurrir. En la negación radica su sentido. Hay, dentro de mí, un edificio que todavía no se construye, y un muro que se niega a ser derribado para siempre. 
“La memoria es este momento” se deja leer en un afiche pegado en varios muros del plan de Valparaíso. Había uno próximo al edificio del diario El Mercurio, quemado y abandonado desde la asonada social. Otro puede encontrarse frente al sector de Bellavista, entre calle Errázuriz y el lugar donde se colocan los libreros ambulantes. Ahí me detuve. Recordé, de pronto, una noche dolorosa. Se hizo carne y visión en ese mismo momento. La ciudad nocturna, sus pavimentos sucios y sanguíneos, la afrenta, la huida, se encarnaron en ese mismo momento. ¿Se tratará acaso la memoria de una reconstrucción instantánea, gatillada por un recuerdo que carga con todo el peso de su historia? ¿Será acaso el momento del afiche el mismo momento de su lectura y el mismo momento de lo evocado de manera extemporánea? ¿O podría tratarse de una invitación cínica a reivindicar el presente, sin otra pretensión que su intensidad? Puede ser todo y nada a la vez, o cada cosa por sí sola. Seguí mi camino, tratando de pensar en el momento mismo de mi caminata, en su pura pulsión motriz, enterrando, muy al fondo, las resonancias de un tiempo que aún no acaba de terminar.

viernes, 11 de julio de 2025

¿Trazo oblicuo o apuesta final? hacia una conciencia “metanarrativa” en Sobre la muerte del autor de Álvaro Enrigue

Al leer el cuento Sobre la muerte del autor del escritor mexicano Álvaro Enrigue, lo primero que resalta es el cuestionamiento del narrador sobre el acto mismo de contar. Parte con una locución adverbial que expresa incertidumbre respecto a su posibilidad de contar determinados cuentos. Eso que podría denotar, en principio, un signo de impotencia, resulta, en cambio, un elemento crucial para comprender no solo la obra en sí misma, sino que la propia producción de Enrigue y su diálogo con los discursos críticos contemporáneos de fines del siglo XX que invitan a problematizar el límite entre lo real y lo ficticio en los textos literarios, el horizonte que separa a un género de otro y el propio lugar del autor en el despliegue de la escritura narrativa.

El cuento, publicado el 31 de julio del 2005, en la revista mexicana Letras Libres, constituye una muestra del estilo que el autor ha ido afinando con el tiempo, sobre todo en su novela El cementerio de sillas (2002), en donde propone una narrativa que desmitifica el relato histórico unívoco y homogéneo, y en el que experimenta constantemente con los modos de contar, al punto de desafiar la propia mirada de quien relata. Sobre la muerte del autor articula un ejercicio similar dentro de una narración que se interroga sobre sí misma, sobre su sentido y su propósito. Así, el cuento configura un narrador autocrítico y consciente de sus propias limitaciones al momento de contar lo que pretende contar, de tal o cual forma, de acuerdo a determinadas intuiciones y reflexiones que enriquecen su construcción. En su edición original, el cuento parte con el siguiente epígrafe de Garcilaso de la Vega: “escrito está en mi alma vuestro gesto, y cuanto yo escribir de vos deseo, vos sola lo escribisteis, yo lo creo”. El epígrafe nos ofrece una luz de sentido para comenzar con la lectura, una pista, una resonancia que reverbera en el camino, sobre todo cuando se trata de contar la historia de otro personaje distinto al narrador: Ishi, un indio yahi que fue encontrado en estado salvaje, en la villa de Oroville, California, en el año 1910.

El narrador protagonista se propuso viajar con su ex mujer hasta Oroville, en una especie de recorrido aventurero que no se desarrolló de la forma que él tenía contemplado en un principio. A partir de ahí, se plantea contar la historia de Ishi, último sobreviviente de su pueblo, desde su hallazgo al borde de la muerte hasta su estancia en el Museo Antropológico de San Francisco. Sin embargo, el narrador no está del todo seguro de la forma de contar lo que quiere contar. Le urge perseverar en la historia de Ishi, pero su inquietud radica en el modo, en la eficacia de los medios y estrategias para lograrlo. Teme incluso que reformular la historia pueda tergiversarla y restarle la significación que tiene. Ha intentado con variados formatos de escritura, pero, en todos, la historia “se le escurre por los dedos”. El narrador, de todas formas, continúa con su tentativa y repasa de manera general algunos episodios relevantes de la vida de Ishi en el museo y su renuencia a abandonarlo. Es en ese punto que vuelve sobre sí mismo y se plantea respecto a la literalidad de la historia del indio. El problema sería entonces de literalidad, y este concepto se vuelve una constante a lo largo del cuento. En la literalidad de la historia encuentra el narrador un desafío clave, un obstáculo a soslayar, un concepto sobre el cual trabaja por oposición, como excusa para cimentar su propio discurso.

La literalidad es cuestionada en puntos claves. En el café donde estuvo el narrador, hace tres años, con su mujer e hijos, fueron atendidos por una joven pelirroja que llevaba una camiseta con la leyenda “pelirroja”, lo que para el narrador podía ser nocivo y provocar un “desequilibrio metafísico”. Luego, asistió a unas lecturas que se realizaron en un café llamado Einstein, con el calificativo “Bajo los tilos”, precisamente, por el nombre de la calle en que se encontraba el lugar, que estaba debajo de unos tilos. Esto al narrador le provocó extrañeza. Estos dos episodios influyen en su toma de postura respecto a la manera de abordar la historia del indio yahi y luego su concepción sobre la narrativa en general. El narrador vuelve sobre Ishi y retoma el relato de su sobrevivencia al exterminio de su tribu. Recurre a la crónica de uno de los miembros de la partida de blancos, de la cual se enteró más tarde en un libro de crónicas que había encontrado en la biblioteca donde impartía clases. Al leerla, ya había tratado, sin éxito, de escribir algo que, a la larga, resultaba ser demasiado político, por ende, demasiado literal. De nuevo, la literalidad como eje conflictivo y crítico.

La historia que sigue, la de Bernardo Atxaga sobre el viejo y el niño que se convirtió en perro, es contada por el narrador para señalar su predilección por los cuentos a los que les “falta un pedazo” y sobre los cuales puede crear una mitología. Destaca el hecho de que, en esta ocasión, la historia escapa a la literalidad. Poco a poco, se va configurando una postura crítica en torno al planteamiento narrativo que más adelante quedará patente. Una vez más, el narrador prosigue su historia sobre Ishi y cuenta su último desencuentro con los blancos hasta sus días como trabajador en el museo. El problema que le surge es, una vez más, narrativo. Contar la historia de Ishi como la de un sobreviviente que se entregó con tal de tener comida lo precipitaría al “abismo de la literalidad”. Tenía que contar su historia desde otro ángulo. Es así que, finalmente, el narrador opta por imaginar a Ishi resignado a ser “lo último de algo”, es decir, contar su historia como si fuera la última, porque lo último lo volvería único. De esa forma, el narrador se manifiesta abiertamente contra la literalidad y equipara la propia historia de Ishi con la del niño convertido en perro, con la del bosque que se llama desierto (el bosque “Desierto de los leones” en la ciudad natal del narrador) y con la de la pelirroja que no lleva en su camiseta algo que denote su color de pelo.

El cuento culmina con una especie de tesis sobre lo que para el propio narrador es la escritura. Dice que escribir es, a veces, un trabajo; y otras, una concesión y una apuesta. Recurre a sus reflexiones en torno al destino de Ishi para fundamentar su punto de vista, como si todo lo contado hasta ese punto hubiera sido el ejercicio argumentativo necesario para exponer dicha conclusión de manera inductiva. Es posible sostener, entonces, que en el cuento se configura un narrador que desarrolla, por medio de la historia de otro personaje, una conciencia de una “metanarrativa”, cuyo tratamiento no solo plantea inquietudes respecto a la posibilidad de contar o no ciertos relatos, sino que desafía la uniformidad de los propios procedimientos inherentes al ejercicio de la escritura, tales como la elección de un punto de vista determinado y la definición de un género establecido. Ahora bien, ¿cómo se manifiesta esa metanarrativa y en qué se traduce? primeramente, en el propio oficio de la escritura, como ha quedado de manifiesto. Hacia el final, el narrador realiza un ejercicio crítico sobre su concepción de la escritura y sobre su propio rol y lugar como narrador, cuestiones que, a lo largo del cuento, se van desarrollando de manera acumulativa, conforme el narrador discurría en su historia y la de Ishi. Vale decir que Ishi, en cuanto motor de la búsqueda, es un personaje-espejo, en tanto refleja al propio narrador en su condición solitaria, huérfana de origen y en su búsqueda vital de una escritura posible. El conflicto se gestó en cómo contar la historia. El conflicto era necesario para llegar a esa reelaboración consciente del sentido narrativo. El narrador combatió la literalidad, entendida como linealidad temporal y prosaica, la literalidad de un mundo vacío de connotación, que no abriga la posibilidad de narrar(se).

Cabe recordar, en este punto, la “conciencia narrativa” de Juan Villoro. Él planteó que dicha conciencia se alcanza solo una vez que el narrador ha resuelto sus propios conflictos internos. El cambio en la mirada narrativa pasa por dentro, en las emociones y en los pensamientos del narrador, en la forma de gestionar sus encrucijadas y sus desafíos de escritura. De ahí su conciencia, de ahí lo meta narrativo. Es ahí, en esa resolución, que encuentra un posible significado, no del todo acabado, pero genuino. Para Villoro, “escribir literatura es no estar seguro” (Villoro, 2018). El narrador del cuento tampoco lo estaba, y dudaba en todo momento sobre la valía y la propia condición literaria de lo que se proponía contar. Pese a todo, insistió en la materia de su escritura e hizo de su propio ejercicio metanarrativo una obra que se sostiene por sí misma.

Toca volver sobre el título de la obra que contiene en sí “la muerte del autor”, en referencia al pensamiento de Roland Barthes. Si se acaba de leer el cuento y luego se relee el título, resuena con la premisa barthesiana. Especialmente, en el párrafo final, esta resonancia es significativa. Allí el narrador se sustrae de su contenido narrativo para formular su planteamiento sobre el acto de escribir. Es más, la alusión a la “espera de la muerte” se refería, en un principio, a Ishi, pero perfectamente puede ser leída como la espera de la muerte del autor. Señaló Roland Barthes en su ensayo que: “siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura.” (Barthes, 1968, p.1). Aquel símbolo, aquella ruptura a la que se refirió Barthes podría ser comparada con la metáfora del trazo oblicuo respecto del acto de escribir: una línea que se desvía a propósito, que busca otras direcciones. El narrador del cuento usó la muerte en sentido metafórico respecto al hecho de escribir, asumiendo que esa muerte es también la suya propia. Asume su mortalidad como narrador en la medida que asume la propia mortalidad como materia de la narrativa y de la escritura.

Respecto al género literario, el narrador manifiesta su indecisión al momento de elegir aquel con el que pretende relatar la historia de Ishi. Habla del pastiche, de la narración directa, del flujo de conciencia, de las entradas de diario, de la narración epistolar, pero todo acaba siendo inútil. Deja en evidencia la inseguridad del autor que está a punto de comenzar su obra y debe decidirse por su forma, y esa forma, dentro de la tradición literaria, necesariamente está inscrita dentro de ciertos géneros establecidos como tales. Tzvetan Todorov, en El origen de los géneros, señaló que “los autores escriben en función del (lo que no quiere decir de acuerdo con el) sistema genérico existente, de lo que pueden manifestar tanto en el texto como fuera de él o, incluso, en cierto modo, ni una cosa ni otra”. (Todorov, 1987, p.38). En repetidas ocasiones, el narrador duda de la autenticidad del formato cuento y, en otras, reivindica la crónica escrita por otros, aunque no tenga, de acuerdo a su visión, un carácter lo suficientemente literario. El propio texto, de hecho, está escrito como si se tratara de una narración en clave ensayística y argumentativa. Nunca se decide por cual género es el más adecuado para la consecución de la historia y, sin embargo, es gracias a esa indeterminación que lleva a cabo el ejercicio reflexivo necesario para sostener, al final, su idea metáfora sobre el acto de escribir. Vacila de manera constante sobre la forma de contar, pero el narrador se niega rotundamente a su imposibilidad.

Queda en suspenso el autor. Aunque el propio título denota su muerte, es posible afirmar que lo que muere, en realidad, es el autor como figura absoluta, monolítica y esquemática. En cambio, en el cuento, su función vuelve a ser incorporada en tanto conciencia vacilante. Hay una proyección de esa función del autor en el narrador de la obra. Pese a que la historia de Ishi sea incontable, luego de varios esfuerzos, permanece ahí la posibilidad de decir, de nombrar la experiencia de dichos esfuerzos, reivindicando, de nuevo, su desvío, su digresión de la norma lineal, literal, su trazo oblicuo. A propósito de la función autor, Julio Premat señaló que: “hay una búsqueda de sentido, una intencionalidad y un lugar de resistencia al flujo discursivo”. (Premat, 2006, p.314). También indicó que el sentido del discurso del autor, está “supuestamente cargado de revelaciones”, lo que se puede comprobar, nuevamente, en el párrafo final del cuento. En efecto, el planteamiento inductivo del narrador sobre el acto de escribir se deja leer como una revelación de su propia verdad narrativa, en un proceso que emula, de forma literaria, una comprensión de carácter gnoseológico.

Con todo, Sobre la muerte del autor se constituye como una obra literaria en la que el juicio inicial del narrador es puesto a prueba con su derrotero vital y con sus disquisiciones en torno a la historia sobre la cual profundiza, hasta llegar a un conocimiento intransferible sobre su oficio de escritura. Se despliega, de esa manera, una conciencia de una metanarrativa, una conciencia que expone, sin concesiones, las contradicciones internas de forma y de fondo que se le presentan al narrador a la hora de emprender su proyecto. Puede leerse incluso como invitación a los futuros narradores a desarrollar esta conciencia en sus trabajos, con tal de lograr un mayor grado de lucidez sobre sus motivaciones y propósitos. ¿La escritura es un trazo oblicuo o una apuesta final? El cuento remata con una disyuntiva en la que queda de manifiesto el espíritu inconformista, “anti literal” que debería impulsar toda narrativa literaria. El motor y el horizonte de toda narración debería ser ese: una interrogación abierta (o velada) al lector.



Referencias bibliográficas



Indirecta



· Enrigue, A. (2005). Sobre la muerte del autor. Revista Letras Libres. Año 4. Número 46.



Directa



· Barthes, R. (1968). La muerte del autor. Traducción: C. Fernández Medrano. Fuente: http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/n51/articulo-4.html



· Premat, J. (2006). El autor: orientación teórica y bibliográfica. Cuadernos LÍRICO, Figuras de autor 1, 310-322.



· Todorov, T. (1987). El origen de los géneros. Publicado en “Teoría de los géneros literarios” por Miguel Ángel Garrido. Arco Libros, S.A. Madrid. 30-48



· Villoro, J. (2018). Conferencia “La conciencia narrativa”. Museo Malba. Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=jaAPNN2KD9c&t=4332s

Back to the beggining (breve relato)

En el colectivo de regreso, el chofer escuchaba reggaeton. Me encontraba sentado atrás, en medio de dos pasajeros. No podía moverme libremente. Al costado derecho, un caballero estaba absorto en la pantalla de su celular. Tenía puestos unos audífonos. Hice lo mismo y saqué los míos, guardados en el bolsillo de la chaqueta. Para eso, tuve que levantarme hacia delante, y colocar el brazo entre medio, tratando de no pasar a llevar a la señora de al lado. Lo hice e inmediatamente conecté el cable para escuchar mi propia lista de música. Sonaba Tiamat. Un doom noventero, lento y oscuro. En un acto reflejo, miré hacia afuera de la ventana, no sin antes fijarme en la pantalla del celular del caballero. Alcancé a distinguir a Black Sabbath en su reciente despedida y a Ozzy en su trono de murciélago, tomando el micrófono de manera vacilante, como si en eso se le fuera a ir la vida.

De fondo, el público emocionado. Quería creer que en ese preciso instante, Ozzy cantaba Mama i’m coming home. Ninguno de los dos despegaba la mirada del concierto, así que llamé la atención del caballero con un movimiento de hombro. Cuando me miró sorprendido, solo atiné a decir la palabra mágica: Ozzy. El nombre del príncipe. Ese era el mantra que nos ayudó a romper la barrera del sonido. “Así es. Lo más grande”, respondió. Mientras tanto, en el colectivo sonaba un insufrible trap. El vehículo se adentraba cada vez más en la carretera, a medida que caía la noche. De pronto, el caballero recordó que aún guardaba un vinilo del año 85 de Ozzy, el Bark at the moon. “Discazo. Qué tiempos”, repitió, “qué tiempos”. Yo en esa época aún no nacía, pero me transporté de inmediato a aquella pieza análoga de adolescente y a aquel equipo de música stereo de los tempranos años dos mil, sonando cañón contra las paredes eternas. Centro de la eternidad, se llamaba un tema de ese disco. El más rápido. Estábamos en el centro de la eternidad.

Seguíamos en la carretera. El colectivo dobló rumbo a la ciudad al interior y fue a dejar a la señora que estaba a mi costado izquierdo. Nos bajamos rápidamente para darle el paso y volvimos a subirnos. Adentro, el caballero seguía viendo el concierto. Ninguno de los dos asimilaba el final, aunque ya fuera algo categórico. “Qué bueno que alguien también escuche estos tarros”, repitió. Tarro era otra palabra que me transportó a aquellas tocatas añejas de Valpo, al Anemia, al Keops, al 2120. El metal seguía ahí, vibrando en la memoria, bombeando el corazón eléctrico. “De toda la vida, pues. De chico, de siempre”, respondí escueto, convencido, dada la urgencia. No hacía falta nada más. El conductor siguió su rumbo hasta llegar a una avenida y dobló una esquina, misma en la que el caballero llegó a su destino. En el momento en que se bajó y se despidió, se veía a Tony Iommi tocando su solo de guitarra y a la banda entera extasiada sobre el escenario. Ozzy seguía en su trono de murciélago. No pensaba dejarlo hasta acabarse la última nota, hasta rematar la última endiablada percusión, hasta detonarse el último condenado riff y envolverlo todo de tinieblas.

El chofer siguió el recorrido de siempre. Su radio continúo sonando, machacante, hasta que, por fin, el vehículo llegó a donde tenía que llegar. Me bajé rápido y seguí mi camino. Ya era tarde. En ese momento, lo supe. Era el silencio, el inmenso silencio antes del arranque sonoro. Transité por la calle más iluminada. Volví a colocarme los audífonos y reproduje en Spotify la versión original de Planet Caravan del álbum Paranoid. “We sail through endless skies/Stars shine like eyes/The black night sighs”. Un último acorde me condujo de regreso al origen. La realidad, nuestra maestra, se hizo presente.

jueves, 10 de julio de 2025

Libros recibidos para mi cumpleaños de parte de un amigo "Los paraísos artificiales" de Charles Baudelaire, ediciones Valdemar; "Meditaciones" de Marco Aurelio, Alianza editorial; y el último: "Obras completas de Baldomero Lillo" de Ediciones Universidad Alberto Hurtado. Libro que yo le regalé al amigo: "Cartas de un estoico" de Séneca, editorial Penguin Random House. Ahora hace poco, recibí, de parte del compañero de mi hermana, una edición Alfaguara de "Ensayo sobre la ceguera" de José Saramago; y , por mi parte, le regalé el libro "Carta a Meneceo. Máximas capitales y sentencias vaticanas" de Epicuro, ediciones Tácitas. Hace no mucho tenía también en mi poder varios libros regalados con motivo de mi cumpleaños, entre ellos, una edición Mestas de "El ocaso de los ídolos" de Nietzsche, regalada por un antiguo compañero. Ese libro ya no está. Lo vendí, entre tantos otros, luego de cambiarme de casa. Craso error del cual me arrepiento. 

Lo que he logrado advertir con este listado improvisado de libros prestados y regalados es que en cada gesto y en cada contenido hay una "indirecta", se aprecia un subtexto, un significado implícito, un mensaje interno que puede cobrar resonancia con el tiempo y que puede reforzar o, por el contrario, diluir las confianzas. A la larga, el acto de regalar libros tiene su componente emocional, aunque eso no garantiza su lectura acuciosa ni mucho menos la permanencia del lazo entre los implicados. A lo mucho, atestigua la fragilidad de los vínculos y la porosidad de la propia materia humana, comparable con la propia materia del libro, apolillada si se guarda en un rincón oscuro, fresca si se cuida y se procura su revisión. El libro en cuanto presente, en cuanto materia de contrabando, perdura más allá de las intrigas. En la medida que su edición específica se vuelve singular, adquiere la misma cualidad de aquellos que la han manipulado, resiente en sí mismo el tacto y la energía de sus contrabandistas, despierta imágenes que se creían enterradas, relatos que se creían superados, conecta cuestiones que se creían inconexas en una amalgama insuperable, desata miedos, pero también alegrías, invoca las sombras y las dichas, se hace lugar en el cielo y el infierno de nuestra conciencia, e incluso en sus zonas grises, sobre todo en sus zonas grises. 

lunes, 7 de julio de 2025

Sabbath y Ozzy lograron seis millones de streaming, siendo fieles a su estilo y comunidad. Y todo lo recaudado (más de 190 millones de dólares) va en beneficio de los más desvalidos. Sin duda, el legado de Sabbath trasciende la música: es el espíritu eléctrico del siglo, marca a fuego de una libertad indómita, integración total de nuestra sombra creativa, imaginario vibrante de la noche.
El pasatiempo favorito de los energúmenos con vocación totalitaria.