Entre los textos que he trabajado con mayor desarrollo están la crónica, el cuento, el relato, la frase, el prólogo, la reseña crítica, el artículo de opinión, la columna, la anécdota, la reflexión y el poema. He escrito ensayos pero no los suficientes, ni con la soltura precisa. En cuanto al género dramático, nunca lo he abordado. Tal vez podría. Alguien recuerdo que también me recomendó escribir guiones de cine. Otra veta pendiente. La novela, por su parte, me parece un terreno aún por explorar. Me propongo trabajar en una, que temo que algún día vea la luz.
lunes, 18 de marzo de 2024
domingo, 17 de marzo de 2024
Reseña de poesía: "La república ardiente" (2021) de Rodrigo Suárez Pemjean
La palabra arde, chamuscada la boca que la pronuncia. Mucho arder, mucho fuego enciende el decir. Arde el significado así como arde el país entero. Escribir sobre La república ardiente (2021) de Rodrigo Suárez Pemjean se vuelve un desafío precisamente por todo lo que implica, en un contexto donde el fuego se ha vuelto herramienta política, señal de oscuros atentados y símbolo de tiempos convulsos.
El hablante en el poemario habla de una historia distante -exilio mediante- pero que se sabe íntima en la medida que quema en la memoria. Los paisajes descritos son llamas que evocan recuerdos. Los parajes y sus vivencias pueden leerse como chispas que pueden hacer brotar una intuición o una impresión instantánea.
Quien experimenta un habitar trágico no puede menos que oler la densidad del aire de su patria. Así se atestigua en las páginas chamuscadas de La república ardiente. "Los olvidados permanecen en un lugar que no es la memoria" reza el hablante en uno de los primeros poemas, porque el olvido de aquellos que no están implica un desarraigo, y el sujeto desarraigado deja de estar sujeto, se vuelve disperso, aunque consciente de su dispersión, al volver sobre un decir probable.
"La oscuridad determina el cauce de los hechos", y ese parece ser, en realidad, el cauce de las vivencias y experiencias que cobran cuerpo en los versos alusivos al Golpe y también al presente mismo, un presente marcado por las consecuencias de un conflicto geopolítico y de una crisis institucional sin precedentes.
Bajo La república ardiente, la poiesis implica una fuga que luego vuelve sobre la zona cero para renombrar el desastre. Así, entonces, el hablante insiste en la espera que no se resuelve, en el olvido y en la decepción como temples de ánimo. Se referencia la traición, (¿la traición política?) marcada de manera simbólica en un contexto neroniano, donde continúan los conflictos al sur de Chile y también al centro, como esquirlas de un reciente "estallido".
El fuego vuelve a retrotraer al lector a una realidad incendiaria e incendiada por su exceso de antítesis y carencia absoluta de síntesis. Antagonismos, radicalismos y maximalismos. La república ardiente arde porque arden sus conciudadanos en pugna y sus historias irresolutas.
"Somos el cadáver adánico. La última provincia sostenida para el olvido", reza un verso, y aquí es donde cobra relevancia la provincia en cuanto estado espiritual, más allá del mero territorio geográfico. La provincia se vuelve el escenario en donde se lleva a cabo el ritual del incendio como manifestación de la muerte y como telón de fondo de un orden vacilante. Las fronteras se vuelven las fronteras de un país de mentira, en donde el fuego bota las caretas. Mapas muertos, porque el mapa nunca fue el territorio.
El tiempo detenido, que expresa el hablante, expresa la situación de calle de aquellos que perdieron el habitat y que solo moran en el tránsito. La periferia se vuelve el espacio del desarraigo absoluto -allí donde el Estado no alcanzó a llegar y no atrapó sus escombros- y el espacio donde se puede observar cómo todo arde, con una vista panorámica.
La república arde, porque, como en el antiguo refrán, "el hombre es el lobo del hombre". El humo gris del orden que zozobra es también el humo que desprenden las armas de fuego. Los resabios de una guerra civil y de una revolución frustrada constituyen la hoguera de nuestro pasado. Su incandescencia todavía se acumula en la retina de nuestra masa crítica.
Pero hay pasajes en los que el hablante parece detenerse, sencillamente para observarlo todo desde la distancia. "Lejano Chile. Cartagena te mira, un Imperio derrotado. Guerra florida entre el mar y la costra". La alusión al litoral en cuanto paraje de la contemplación y el recogimiento, un habitat posible donde huir del acabóse o al menos ganar tiempo para la reflexión y la mirada lúcida.
Pese a que el país se cae, y su esencia republicana se hace cenizas, el hablante se da el espacio de recrear sus puntos neurálgicos y sus zonas clave, aunque sea para expresar en ellos una mirada crítica. Las alturas del cobre rememora uno de los recursos que son "piedra viva" y que pueden ser la materia prima para un orden nuevo y una reconfiguración de la patria.
Sin embargo, falta la voluntad, falta el arrojo, la visión...
Chile, ante la mirada trashumante, ígnea y fúnebre del hablante, se vuelve un mausoleo, o tal vez solo sea la lectura sobre una frontera como punto falaz del horizonte. Allí donde se pierde el equilibrio y se vive a contraluz. "Ya no respira/el sol neutraliza su impulso de llorar/El país se hunde a sus pies".
Está claro que el país evocado en los poemas ya no es el mismo al que solía ser. Se percibe ese dejo de nostalgia y de decepción. "Alguna vez Santiago fue hermosa/Alguna vez la ciudad fue". Pero ya no es, ni siquiera es su país. Hay una pérdida del arraigo que destila extravío.
Pese a todo, el hablante se empeña en nombrar y recordar como una manera de representar el hambre, como forma de hacer justicia póstuma o siquiera sublimar aquello que perdió o que no logró reconocer del todo, tal como el pan chileno, que estaba entre los mejores del mundo.
La visión del país va en picada, y así sus cenizas parecen caer del cielo para poblar los suelos. De esa forma, en este viaje funerario e inflamable, se hace recurrente la alusión al tiempo pasado, el fin de la infancia en Craneografía, el espectáculo de la matanza. También recurre el simbolismo del ocaso en el atardecer, en Estación terminal, donde "escrito en las paredes está el tiempo humano".
El hablante se pasea entre las imágenes de un espacio que se tambalea por la saturación de su propia energía. Ante esto, se presenta el abandono, la itinerancia, el destierro en carne viva, y también se hace el esfuerzo por configurar escondites, atajos y lugares secretos, con tal de concretar una tregua temporal. "Cómo inscribir a un país en el camino", reza el hablante en Madriguera, una madriguera humana.
La misma tónica se aprecia en Yugo distante. "No hay tierra que no quiera perder de vista" reza un verso y, en una cita a Borges, "los senderos no se bifurcan al menos que se demuestre coraje". Porque hay que tener coraje para transitar senderos perdidos o para abandonar las zonas seguras, en vías de un escape inexorable. El fuego ahuyenta y también aviva a quien lo rehuye. Podría decirse que las cenizas ofrecen un camino alternativo. "Otro mar, costa desconocida, donde los puertos no duerman".
Hacia el fin, los poemas en inglés y transcritos al español conectan el sentido de la lengua con su arraigo originario. El idioma del testimonio evidencia el lazo íntimo con los lugares del hablante, porque la poesía misma enuncia un habitar posible en medio de lo indecible. "Una ciudad a merced de los cerros veleidosos" como reza en Espectro.
En Veranda, por último, se hace patente la voluntad del ejercicio de la memoria para resignificar el tiempo desde donde se escribe, la época que envuelve el espectáculo mismo del sacrificio nacional. "Recuerdo cómo ardió el parlamento, dejó un resplandor que perdura hasta hoy como paisaje". Porque, en efecto, el fuego se avizora como motor fundador de la civilización, pero también como indicio de su destrucción completa.
Aun así, el fuego puede tener un efecto vivificador. "Por el fuego se renueva la Naturaleza", era la interpretación esotérica para INRI, inscripción colocada sobre la cruz de Cristo. La posibilidad de que el fuego también purifique, renueve, habla de una poiesis creadora en la palabra.
Puede entonces que La república ardiente siga ardiendo en la memoria de sus desterrados y de sus muertos, pero puede también configurar un fuego prometeico en las manos indicadas, un fuego que ilumine el trayecto y que, con su luz, vuelva consciente la oscuridad de los hechos y su recuerdo.
sábado, 16 de marzo de 2024
"Disfruta el silencio" sobre las Torres Gemelas
No hace mucho descubrí un video alternativo de Enjoy the silence grabado sobre las extintas Torres Gemelas de Nueva York. Su significado se vuelve aún más potente y sombrío si se considera el trágico atentado del 2001. El video original, -el del rey coronado en medio de la soledad y la inmensidad de la naturaleza- tenía un sentido más poético y existencialista, pero este tiene un alcance profético y hasta apocalíptico, diría yo. Se puede leer como una premonición. Solo vean el video, escuchen la letra y luego repasen el atentado. Disfruten el silencio después del desastre, como si se tratara de una secuencia improvisada a base de fuego e historia, porque. "Las palabras, como la violencia, rompen el silencio, llegan chocándose, contra mi pequeño mundo".
Una amiga de mi polola preguntó ayer cuál autor era mi favorito. Tenía que ser literario. Le dije que había muchos, que dependía del género. Aclaró que fuera uno solo. -No elijas a Rimbaud, es mío-, comentó la polola, desafiante. -Tampoco a Kafka-, agregó. Qué loco que justo haya elegidos a dos de los mejores en poesía y narrativa, respectivamente. Había muchos otros autores, pero su elección era tal vez la más reñida ¿Será que Rimbaud y Kafka compartía un canon secreto del que no estuve enterado?
viernes, 15 de marzo de 2024
Muchas veces cuando escribo una crónica lo hago movido por las circunstancias puntuales. En esos casos, nunca sabré bien de qué va a tratar el próximo escrito. Y en eso radica la fuerza. Otras veces, en cambio, hay un tópico o un hecho que ronda mi mente, y me propongo darle una forma en el texto. No hago distinción alguna entre esas dos posibilidades. Ambas conforman mi metodología de trabajo, todavía no sometida al profesionalismo, siempre de acuerdo a la pulsión del interés y no a un motivo extrínseco, ajeno a mi voluntad.
jueves, 14 de marzo de 2024
Antes de comenzar la clase de la mañana, un cabro se me acercó. "Profe, necesito hablar con usted", me dijo. Se le veía adormilado. -¿De qué se trata?-, le pregunté. -Era para avisarle que no me retara si me quedo dormido en su clase-, respondió. -Lo que pasa es que perdí todo anoche en el incendio de Cordillera, y madrugué ayudando a mis tíos a levantar escombros. Dormí solo un par de horas-. Quedé conmovido al enterarme que había perdido todo, y que, aún así, había venido a clases. -Cuánto lo siento, estimado ¿Y por qué no se quedó a descansar?-, le volví a preguntar, preocupado por su situación. -Es que acá en la escuela me evado-, contestó.- En lo que duro la clase, el cabro no durmió sobre la mesa, como hubiera creído. Solo permaneció quieto, bien callado, frente a la pizarra, con su cuaderno abierto y en blanco, en posición reflexiva. Casi no hablo con nadie más. Apenas anotó un par de cosas y luego se fue. Aquella hoja en blanco sin materia parecía su oración silenciosa, el secreto de sus recuerdos chamuscados.
martes, 12 de marzo de 2024
Con algunos cabros de Cuarto alcanzamos a discutir sobre el concepto de tesis y base, y la diferencia entre la crítica de la realidad y la mera opinión. Planteé como tema el incendio de Viña ocurrido en Febrero. La cosa era argumentar si fue o no intencional. La gran mayoría coincidió en que los incendios fueron provocados, a la luz de la evidencia abrumadora y la más pura lógica. El gran desafío sería, sin embargo, argumentar por qué. En eso consistiría la base de su argumento, y en ese ejercicio radicaría la diferencia con la sarta de opiniones que podían encontrar en redes sociales. Porque les tocaría a los estudiantes esforzarse un poquito más para justificar su punto de vista, y siempre resulta incómodo darse cuenta que se sabe menos de lo que se creía sobre la contingencia y sobre los asuntos más cotidianos que pasan frente a nuestros ojos, ocultando su verdadera trama de significaciones tras una cortina de humo. Demás está decir que el calor a la hora que fue la clase era inmenso, pero aún así, en el resto de hora que quedaba, los cabros se mostraron entusiastas, incluso algunos lanzaban sus propias teorías rocambolescas y más de uno estuvo a punto de perderlo todo. A todos en esa sala, incluyéndome, muertos de calor, les había afectado el siniestro, de una u otra forma. Por lo tanto, la clase se había convertido en un hervidero de experiencias límite y de interpretaciones sobre los terribles hechos consumados. Volvía el Oficial de guardia y algunos cabros, los de las teorías, se aprontaron a mostrarme sus argumentos en el cuaderno para su revisión. Nos debatimos dialécticamente en torno al incendio como si con eso hubiésemos podido evitarlo. Hace mucho tiempo que no me sentía tan a gusto en clases.
lunes, 11 de marzo de 2024
Otra crónica rápida, para quienes seguían mi estilo. Se trata sobre los rieles de los antiguos tranvías de Valparaíso. Lea y opine, caro lector:
Al cruzar por la Avenida Francia esquina Victoria, había excavaciones para remodelar las calles. Nada fuera de lo común: rejas impedían el paso y uno que otro pinganilla las atravesaba para cruzar. Sin embargo, había algo distinto. Se trataba de unos viejos rieles de tranvía, oxidados pero aún bien firmes. Iban en dirección hacia el Peatonal, puesto que antes ese sector era una extensión de la calle Victoria que conectaba con el Parque Italia y Pedro Montt. Aquellos rieles son tal vez los únicos vestigios de aquellos míticos tranvías que inauguraron el transporte público del puerto y que fueron concesionados por allá por el siglo XIX, prácticamente desde los inicios de la República.
Según se cuenta, primero circularon "carros de sangre", tranvías a tracción de a caballo; luego, fueron inaugurados los tranvías eléctricos que surcaron las calles del puerto hasta muy avanzado el siglo XX. Los rieles que sobresalían por debajo del cemento deteriorado eran la evidencia de su circulación a lo largo de casi todo el plan de la ciudad. Cuando los trabajadores seguían excavando por ahí cerca parecía que hubieran desenterrado el armazón de una criatura ya fosilizada en el tiempo. Los rieles aún persistían y se negaban a desaparecer, pero todo tiene su hora.
Al otro día, pasé por donde mismo estaban aquellos rieles cercanos a la calle Victoria, y los habían tapado con una estructura hecha de concreto y ladrillos, seguramente para volver a pavimentar encima. Lo que en su momento fue la vanguardia de la modernización urbana en Valparaíso, ahora yacía oculto, esta vez para siempre, en sus últimos estertores ante el avance furibundo de las máquinas a pulso.
La ciudad puerto se volvió a modernizar, a costa de su historia, y en esa fuerza arrolladora que empuja hacia adelante, sin misericordia alguna, se dejan atrás, en forma de remanente secreto, algunas joyas de una arquitectura perdida. Primero, fueron esos tranvías de un Valparaíso extinto. Luego, los vehículos que aún conservan su vigencia pese a las curvas y las subidas "paradas". Y a futuro, puede que ya ni siquiera resten las mismas arterias y la ciudad vuelva a enterrar sus restos, vuelva a reciclarse para dar forma a algo que ni siquiera los propios porteños, con su trashumancia furiosa, alcancen a imaginar ni a transitar.
Crítica de la razón literaria, Jesús G. Maestro (fragmentos)
"Porque la literatura no es objeto de verdad, sino de realidad: no se trata de saber si lo que la literatura dice es verdadero o falso ―o posible, como pretendía Aristóteles―, sino de si es y está o no, es decir, de si tiene o no presencia ―y realidad― óntica. Dicho de otro modo: la literatura no es objeto de una gnoseología, sino de una ontología. La literatura no verifica nada gnoseológicamente, sino que lo construye ontológicamente. La literatura no confirma ni contiene ninguna «verdad». Ni trascendente, ni inmanente, ni categorial, ni filosófica, ni de ningún tipo. Ninguna obra literaria es un libro sagrado. Sólo las ciencias categoriales construyen verdades o errores, y sólo ellas resultan ser en consecuencia objeto de una gnoseología materialista, pero la literatura no, porque no es una ciencia, y porque se concibe y autoconcibe como una figura poética (mythos o fábula), no como una figura gnoseológica (verdad o falsedad). La literatura es una construcción ontológica, no un discurso gnoseológico.
(...)
Siempre es un error pretender un análisis gnoseológico de la literatura en términos de verdad o falsedad, porque la literatura es una construcción literaria que no instituye criterios de veridicción, sino que expone fenomenológicamente hechos, acciones, personajes, descripciones, etc., que pueden ser analógicos o sinalógicos, dialécticos o idénticos, afines o distantes respecto a referentes contenidos en otras obras literarias o artísticas, pero que serán siempre inmanentes, estructurales, formales, es decir, carentes de existencia operatoria en el mundo trascendental a la obra literaria, mundo en el que los seres humanos desarrollamos nuestra propia existencia operatoria, y en el cual la verdad de la literatura es una ficción. Esta es la razón por la que los moralistas de todos los tiempos, desde Platón hasta los progresistas posmodernos, pasando por los santos padres de la Iglesia, se han caracterizado por identificar la ficción de la literatura y de los personajes literarios con la verdad de la realidad extraliteraria y la existencia operatoria de los seres humanos. No hay moralista que no se tome en serio el juego de la literatura, es decir, que no haga trampa a la hora de interpretarla. Pretender que la literatura sea una verificación del mundo, y que, cual ciencia categorial o libro sagrado, sea posible exigir o extraer de ella el contenido o la revelación de una verdad, moral, ideológica, teológica o de cualquier otro tipo, es una falacia gnoseológica que sólo puede conducir al dogmatismo más irracional o a la ilusión más trascendente y absoluta."
Jesús G Maestro, Crítica de la razón literaria
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