viernes, 20 de mayo de 2022

Bajo el yugo de la mentira: quienes se atreven a desenmascarar sus artes son censurados. Juan Manuel de Prada

Nos advertía Pemán en una de sus deliciosas terceritas que «el mundo se ha vuelto tan falso, tan artificioso y falto de lógica que todo él viene a ser como una decoración de teatro que, por delante, representa un panorama decidido mentalmente y, por detrás, es un andamiaje de maderas». Pero a Pemán le tocó vivir en una época en la que la mentira era todavía un trampantojo reconocible que quedaba desvelado con tan sólo rodearlo y asomarse al andamiaje que lo sostenía. En esta época tenebrosa y desquiciada, la mentira es un ‘metaverso’ que a todos nos abraza. Hay épocas entregadas al culto monomaníaco del dinero, de la carne, del odio contra Dios o contra el hombre; pero la nuestra ha instaurado el culto totalitario de la mentira, que comprende todos esos cultos protervos y ampara bajo su yugo todos los crímenes. Y así, bajo el yugo de la mentira, se subvierte el orden de las cosas, quedando el mundo convertido en un penoso manicomio.

La mentira se ha constituido diabólicamente en régimen de vida, en fuerza cósmica o poder universal. Se miente por oficio, por sistema, con un satisfecho orgullo que sólo admite una explicación preternatural. Siempre los medios de comunicación habían sido partidistas, sectarios y arrimadizos de tal o cual bando. Pero nunca como en nuestra época se habían convertido en recipientes de las propagandas más burdas, de los infundios más clamorosos, de las incitaciones mendaces más abusivas y grotescas. Nunca como en nuestra época se habían dedicado con tan entusiástico frenesí a sembrar la confusión babélica en el mundo. Y nunca como en nuestra época quienes cultivan la mentira con tesón científico habían obtenido tanto rédito.

Las intoxicaciones más burdas, los montajes más maniqueos, los bulos más rocambolescos, fabricados y puestos en circulación por los gabinetes de guerra psicológica son divulgados con unánime fervor y aplaudidos con entusiasmo por las masas cretinizadas, que así exorcizan sus miedos, que así olvidan que las están saqueando materialmente y corrompiendo espiritualmente. Y, para imponer su yugo, la mentira se sirve lo mismo del embuste despepitado que de la sensiblería buenista, según le convenga. Ya no se trata de divulgar mentiras como recurso defensivo o como subterfugio; ahora la mentira se pavonea presumida, teoriza, sienta cátedra, sabedora de que ha logrado imponer ese ofuscamiento de las conciencias al que se refería Isaías: «¡Ay de quienes llaman bien al mal y mal al bien, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!».

Es la mentira hegemónica instaurada por doquier, maciza e inexpugnable, convertida en salvoconducto para cruzar las aduanas de la aceptación social. Y quienes se atreven a desenmascarar sus artes o no se resignan a ser víctimas de sus industrias son de inmediato censurados y señalados como réprobos. ¡Ay de la época que se abraza a la mentira y silencia a sus profetas! Acabará encadenada sin remisión a las tinieblas.
¿Y qué pasaría si te dijera, querida, que hace falta más que una mirada aguda para ver a través de nuestros más enraizados relatos? ¿Que todo aquello que una vez observamos con la más nítida promesa de futuro, ahora nos acorrala y nos vigila sin siquiera advertirlo, velando por mantenernos a la vista, más acá del velo?
En clase de Tercero diferenciado, hay un cabro que se sienta en la primera fila frente al puesto del profesor, siempre completamente solo. Cada vez que voy a revisar lo que hace, únicamente escribe algo en el cuaderno que no tiene nada que ver con la materia. A veces, llena una página entera escribiendo cosas. Le pregunté al cabro qué era lo que escribía y por qué lo hacía. Dijo que eran simplemente pensamientos. Lo hacía, según él, porque le nacía hacerlo. Iba a decirle que mejor avanzara en la materia, pero, como escritor, lo dejé ser. No quise preguntarle si podía leer algo suyo. Sabía que le daría vergüenza. Había que dejar ser al cabro qué únicamente esgrimía su pluma contra la página en blanco como en un ejercicio de suma concentración o meditación. A veces, era tanta que parecía un poseso y un obseso, totalmente abstraído de la realidad curso, tanto que ni siquiera sus compañeros le dirigían la palabra. Solo seguía escribiendo, línea tras línea, con total impunidad y con la venía del profesor, cómplice de su escritura introvertida. Nadie podía llegar a saber la verdadera razón por la cual dejaba ser a este cabro, al escribir en total silencio aquellas misteriosas palabras aún no legibles. Reinaba en el curso, sin embargo, la incógnita respecto a esta situación. Todos sabían de la existencia de su compañero, pero nadie advirtió que él podía escribir encerrado en sí mismo, desatendiendo el aula, porque su profesor fue también, cuando alumno, ese cabro, ese ser retraído, dándole la espalda al mundo y empujándolo a continuar con la faena incansable, hasta que de aquellas páginas escritas en clases pudiera alzarse algo que venciera la infamia o bien algo destino a brillar por un segundo para luego acabar condenado al olvido.

miércoles, 18 de mayo de 2022

Antes de ser incluido en un colectivo, pregúntate antes si comparten tus valores y si el día de mañana, a la primera desconocida, no traicionarán tu confianza ni vendrán por tu cabeza. De lo contrario, amigo, amiga, da la media vuelta, deja cerrado y sigue tu camino.
Durante la clase de Lenguaje, realizamos una actividad relacionada con el tema de la Libertad. Consistía en un ejercicio de escritura: imaginar que estaban en la cárcel y le escribían una carta al juez para que los sacara de ahí. Tenían que pensar en el delito por el cual fueron condenados y si se consideraban culpables o inocentes. Uno de los cabros, ante la propuesta, se levantó y afirmó que él ya había estado en la cárcel. Era el mismo que decía vender pasta y me ofreció Tusi. "¿Y qué hiciste?" le preguntó un compañero. "Nada pos, pagarle a la guardias", respondió el cabro, exactamente la misma respuesta que me dio aquella vez. Al mencionar esas palabras, parecía gustarle la idea de haber pasado una temporada en la cárcel, seguramente, impulsado por el goce adrenalínico que evoca la delincuencia y por el estilo de vida proyectado por sus artistas favoritos. Había, sin embargo, algo digno de ser recreado y transformado en esa perniciosa idea. La sola imaginación de aquel mundo prohibido pero ilusamente deseado impulsaba en el cabro la imperiosa necesidad de escribirlo. "Profe ¿es necesario escribirle una carta al juez, o puedo escribir otra cosa a mi pinta?", preguntó esta vez, invadido por un deseo de expresión a toda prueba. Le expliqué que podía ser, mientras no se tratara de drogas. El cabro asintió, irónico, sabiendo que ese era su leitmotiv, y que todo este tiempo su obsesión consistía en darse una vuelta por el infierno terrenal e imaginar que tiene una vida peligrosa y libertina, siempre al borde de la muerte, y no necesariamente la realidad acomodaticia de la escuela y del aula, en la cual pudo, al menos, sublimar su ensoñación delictiva mediante el ejercicio de la escritura de ficción, tal vez, único reducto de auténtica libertad que al cabro le restaba, encerrado tras los barrotes del abstracto curriculum con los educadores como sus verdugos.
En el borrador de la Nueva Constitución, la palabra Estado se repite alrededor de cuatrocientas veces a lo largo de cuatrocientos noventa y nueve artículos.

martes, 17 de mayo de 2022

Otra locura narrativa, un cuento sobre un sueño, que irá a "Onirómano":

Se habían perdido en el Máscara con un amigo. Fue cuando vio a una chica al fondo de la pista, con la cual intercambiaron un par de palabras y bailaron un par de temas, para luego ir a beber algo. La chica decía ser abogada. Siguieron conversando durante el especial de Morrisey. Al rato, sin embargo, la perdió de vista, entre la masa de gente. Le había alcanzado a pagar su parte de la cerveza. De repente, llamada perdida del amigo. Ya iba de regreso a casa. Así que salió del local, caminó aún con la euforia de la noche y la pista sonando en un loop eterno. En eso, recordó algo relativo a un robo en un establecimiento. El robo se le adjudicaba a alguien, pero, azarosamente, la culpa psicológica recaía sobre él. Al caminar, avisaba una latente persecución. Nadie le perseguía, pero corría solo. Lo que le perseguía, en verdad, era una sombra, o tal vez, la tiniebla de una conciencia culposa.
A medida que andaba, el camino iba tomando la forma de un callejón escasamente pavimentado, casi de arena, como el de ciertos cerros de Valparaíso. En particular, tenía la forma de una explanada de Playa Ancha. Mientras avanzaba, el aire se iba haciendo más asfixiante y el ambiente se iba tornando más denso, adquiriendo el cielo un tono rojo. La sensación en la trayectoria era la de estar cruzando túneles de tiempo. Un pasaje tomaba la forma de una bajada de la infancia, entre Francia cerca del Trafón, y la salida de ese mismo callejón adquiría, en cambio, la forma de la subida Carampangue.
Avanzando un poco más hacia el mar, inconscientemente, aún sin tener la noción de la costa, el terreno colindante fue tomando luego el relieve del Batán, aquel pasaje eriazo del barrio de sus abuelos, hoy por hoy, vuelto uno de los tantos antros improvisados a merced del espíritu de la calle. No iba hacia ningún lado en particular, pero solo precisaba correr, arrancar. La geografía de los espacios que se iban abriendo no guardaba ninguna relación con sus dimensiones reales, pero tenían, para efectos del viaje, un sentido subjetivo, uno del todo emocional, al punto que la culpa por aquel robo ficticio iba distorsionando todo a su paso, cada vereda, cada esquina, cada recuerdo de cada esquina transitada.
Solo una vez que volvía hacia lo que parecía una pequeña plazoleta perdida en una calle central, totalmente deshabitada, el espacio dejaba de adquirir esa mutación amenazante. Era algo parecido a Aníbal pinto, pero solo con unos cuantos sujetos anónimos pululando alrededor de una niebla espesa. El local en donde debía estar el Máscara permanecía cerrado. Tenía la forma de una antigua botica. Solo alcanzaba a salir por ahí una anciana con un bolso. Algo lo llamó a acercarse a ella. Entonces, la detuvo, sin más. Al voltear el rostro, la anciana lo miró fijamente, al punto que se vio inmerso en aquella mirada surcando una profundidad de dimensiones cósmicas. Tanto se hundió en ella que volvió a su memoria, y abrió una billetera roída guardada en el bolsillo del pantalón, con la cual le pagó a la anciana, por fin, la parte de aquella cerveza legendaria que le debía, luego de haber salido de aquella pista de baile todavía sonando en un loop infinito sin espacio ni tiempo.

lunes, 16 de mayo de 2022

Estado posteado el 15 de noviembre del 2019, el día del Acuerdo por la Paz y Nueva Constitución. Hágase un paralelo con la publicación del primer borrador de la Nueva Carta Magna:

15/11/19

Anoche, durante la jornada histórica, la oposición propuso una "hoja en blanco", es decir, partir desde lo que acuerde el cuerpo constituyente sin tomar como referencia inmediata la actual carta fundamental. Al día siguiente, la llamada Plaza de la dignidad apareció cubierta de sábanas blancas y con un lienzo con la palabra "Paz" desde la estatua del general Baquedano. El blanco, según Enrique Lihn, era el "no color". Desde la cultura oriental, el vacío, la nada, el color de luto. Entonces ¿Cuál es el mensaje? ¿Qué tiene que ver el blanco aquí? Pues que para algunos significa tabula rasa, vuelta de página. Para otros, muerte, pacificación o, derechamente, silenciamiento. Regresar a la nada.

Cómo me duele esa época.
Poema de una alumna, escrito hoy:

Alba y ocaso

Todos le tienen miedo a la supuesta luz al final del túnel. Si tan solo supieran lo que se ve a plena luz del día.
En el borrador de la Nueva Constitución, la palabra hombre se repite una sola vez.