miércoles, 7 de febrero de 2018

El arbolito de pascua aún permanece puesto en el living del departamento. Nadie en todo el lugar se ha dignado a sacarlo de ahí. ¿No será acaso un espíritu navideño de tiempo completo, una costumbre arraigada por osmosis, lo que lo ha llevado a permanecer ahí todo este tiempo? ¿O simplemente la indolencia y la desidia de quienes en un principio lo instalaron solo por continuar con la belleza de una tradición ajena? La belleza del árbol de pascua que ya está a punto de pasar todo el verano ahí, a un costado del router de la casa, y que es muy probable que llegue a Marzo, invicto, festivo, mientras todos se preparan para volver a la rutina, como un símbolo irónico de su anacronía, puede perfectamente persistir y persistir si nadie se da por aludido. Teóricamente, un año completo. Y si nadie se identifica como el responsable de haberlo dejado tirado. Su permanencia, a pesar de ser admirable como hecho, revela una procrastinación insufrible. Visto de esa forma, el arbolito podría con todo derecho echar raíces de la nada, y salir de ahí solo a punta de desgarrarse.
La hora en que la conexión anda más rápida. La hora en que todos se van a dormir o se van a carretear. La hora en que la conexión al mundo, aparte de insomne, se vuelve vampírica.

lunes, 5 de febrero de 2018

Ley Sophia, Ley de Talión: Apuntes sobre la pena de muerte


Ley de Talión: Ojo por ojo, diente por diente, de acuerdo a la lectura del Éxodo. Era la ley que sacaba a colación mi abuelo el martes pasado, a raíz de nada. Hoy en día cobra más sentido que nunca. Según el latín: lex talionis se refiere a un principio jurídico de justicia retributiva en el que la norma imponía un castigo que se identificaba con el crimen cometido. Es decir, a determinado crimen le correspondería no solo una pena equivalente, sino que una pena idéntica. 

La pena de muerte que hoy se discute en Chile (sobre el caso Sophia) sería en cierto modo una modernización de la ley de Talión. Pero he aquí el gran dilema moral: ¿Es esta ley justa o desproporcionada en relación a la naturaleza del hecho de sangre? Las redes se hallan divididas entre los que aprueban a rajatabla la reincorporación de la pena de muerte en Chile, y los que la desaprueban a favor de otra clase de castigos o de motivos razonables. 

A pesar de esta polaridad, las razones de cada bando son casi todas diferentes. Hay una tendencia mayor hacia la desaprobación, la cual se ha estado expresando de dos formas: una que argumenta la invalidez de la pena de muerte desde el punto de vista legal, aduciendo que no procede luego de su eliminación el año 2001, y que entraría en conflicto con una serie de tratados internacionales de derechos humanos; y otra forma, más visceral, casi siempre expresada en masa, que sostiene que matar al violador sería casi como “redimirlo”, que lo mejor sería aplicarle sufrimiento y endurecer la mano punitiva en su contra. 

Quienes apoyan la primera forma suelen concluir que en lugar de enfocarse en la pena es preciso mirar hacia la profilaxis criminal y desarrollar un método preventivo que procure estudiar el por qué sujetos como estos hacen esta clase de atrocidades, para luego, en un futuro, poder evitarlas de manera progresiva hasta su ideal erradicación. Conciben, en definitiva, la pena de muerte como una perpetuación de la cultura de la violencia, un círculo vicioso que solo agravaría el problema de fondo: la cruenta naturaleza humana al límite de la (in)moralidad. 

En cambio, aquellos que apoyan la segunda forma, curiosamente, siempre impulsados por un ánimo de indignación, son totalmente partidarios de la violencia, imaginando todo un itinerario sádico en contra del asesino, con tal de saciar la sed de sangre que ha provocado en el corazón de la familia. La muerte contra el asesino, darle la ley de talión, sería para ellos limitar el dolor inimaginable que ha causado en el mundo de la víctima. De esta forma, para estos, la violencia, en conjunto con la imaginación y la virtual capacidad infinita de sufrimiento, serían su principal mecanismo de venganza. 

¿Qué tienen que decir, por su parte, los que han estado a favor de la pena de muerte? La mayoría aboga por integrarla acaso como condena ejemplificadora, pero desde una sensibilidad que riñe con cualquier principio. Incluso el motivo se amplía, con toda apertura, hacia la inoperancia burocrática del aparato judicial, que cae en maniobras y determinaciones a ratos impersonales que se alejan cada vez más de los factores humanos que se supone contemplan. Así, de hecho, la pena de muerte sería para ellos una solución eficaz contra el despilfarro económico que significa mantener a condenados encerrados –y muchas veces, con evidentes comodidades- durante años y años gracias a dineros fiscales. 

El asunto parece, hasta el momento engorroso, pero es preciso darle, tal vez, una óptica cinematográfica. Dos películas icónicas abordan el tema. La primera, No matarás del Decálogo de Kieslowski, se inclinaba por problematizar el concepto de la pena de muerte como ley de talión revisitada. Indagaba en la psicología del abogado en conflicto con la del victimario. Hincaba el diente en la herida abierta del espíritu, cuestionando la naturaleza misma de la ley, abriéndose paso entre sus vacíos y preguntándose ¿la muerte de parte del poder del Estado ejercida sobre el individuo culpable, se corresponde realmente con aquella muerte irracional, sin aparente explicación, contra un otro inocente? Hay en esa imposible equivalencia un vacío de ley, un vacío de conciencia que solo logra conciliar a las partes involucradas desde una convención jurídica, mas no desde una satisfacción personal. 

La pregunta que nos hace Kieslowski con su mandamiento cristiano visto desde el celuloide es legítima, profundamente ética, personal, pero más allá de esa concepción tenemos el planteamiento de otra película, un poco más reciente. Se trata de 7 days de Daniel Grou. En la cinta un padre secuestra y tortura al violador y al asesino de su pequeña hija de siete años durante siete días. El parecido con el caso Sophia en este punto no es casualidad. El padre, completamente decidido, va en busca de su enemigo como si fuera una presa, lo captura y luego le aplica la ley de talión con sus propias manos, pero esa misma cacería implica el desgaste psicológico del padre, está consciente de que su búsqueda desesperada por la venganza supone descender al infierno del horror y el absurdo humano. Grou le plantea al espectador el reto de tomar una decisión: sufrir por siempre con la víctima o aplaudir el accionar del verdugo. 

El padre en la película, al torturar al asesino y al violador de su hija reconoce que ve reflejado en él su mismo rostro de abyección, pero es el precio de aventurarse con coraje en el viaje de la sangre, bajo el tabú de lo que la ley, siempre abstracta, nunca logrará dimensionar, para salvaguardar su honra y la de su pequeña. Pero sabe que de ese dantesco viaje moral no hay regreso posible ni mucho menos redención. No habrá nada, ni guillotina ni castración, nada que consiga llenar el vacío ni aplacar el dolor íntimo de la pérdida. Sin embargo, a eso precisamente apuesta, a sacrificarse a si mismo en ese proceso de deshumanización con total de recobrar un virtual sentido de humanidad en la venganza, que ni la ley ni el aparato punitivo del Estado nunca conseguirán devolverle, con toda su maquinaria impúdica.

En fin, vemos en el celuloide de estas dos propuestas arriesgadas, quizá no un cauce definitivo, sino que una aproximación a una postura. ¿Adoptar ante la pena de muerte, la reflexión ética penitente del abogado del Decálogo? ¿O el ojo por ojo, diente por diente del padre de 7 days que en su desesperación solo busca darle al culpable de su propia medicina, sabiendo que en ese proceso no puede salir redimido, pero al menos con una honra personalísima, envuelta en la sangre de su propio horror? La respuesta llevará a la polémica. La respuesta solo la tiene cada uno, en su fuero interno, confrontado de noche con el rostro de la complicidad, de la calamidad.
Una película de madrugada en la que el protagonista se cuestiona sobre la voz en off femenina que relata su historia. Le señala, de antemano, que se va a morir. Al consultar con un especialista, lo toman por loco, pero aclara que esa voz no es indicio de esquizofrenia. La voz no le habla. No le interpela. Se limita a cumplir una función de narrador indirecto de la cual él es objeto. Lo consulta luego con un teórico (Dustin Hoffman). Este le pregunta una serie de cosas respecto a aquella impersonal voz femenina. Concluye que solo puede simbolizar la ruta de un destino que acabe en tragedia o en comedia, como en Pascal, señalando que o sucede algo inevitable (la muerte) o todo continúa tal cual a pesar de su condición efímera. Esa voz que cuenta a veces nuestra historia, ese pedazo de rollo que nos pasamos pa callao, sin que nadie nos pesque, a solas y a espaldas del resto, puede llegar a ser nuestro propio cine secreto, nuestro apócrifo material confesonario o, en su defecto, psiquiátrico.

viernes, 2 de febrero de 2018

Ghosting

Han bautizado recientemente como "Ghosting" una práctica y una táctica más vieja que el hilo negro, a saber, el acto de desaparecer de la vida del otro de forma abrupta y sin vuelta atrás. También el concepto se ha estado aplicando para la conducta de los que se fugan de algún evento sin tener que despedirse, o derechamente, sin tener que dar ninguna clase de explicación. El uso actual que se le está dando al llamado ghosting parece sugerir que nuestros vínculos no solo son cada vez más líquidos, sino que, por si fuera poco, son más fantasmales. El tejido social integra dentro de si mismo la desaparición como un axioma. La metáfora del fantasma podría ser perfectamente la metáfora del exilio, la metáfora de la sociedad.

miércoles, 31 de enero de 2018

Hoy fue el día definitivo: ella, la inquilina, la única del departamento, se había ido para siempre. El arrendador me lo había confirmado, pero lo supe de inmediato porque el candado de la pieza se encontraba abierto hacía días. Lo que más lamento de todo fue no haber pasado del saludo protocolar ni del favor anecdótico, que ya se había vuelto, en todos estos años, nuestra única forma de interacción posible, puertas adentro. Éramos testigos indiferentes del paso del tiempo y del ajetreo cotidiano del otro. Nunca cómplices. Solo huéspedes por contiguidad. Como mucho, nuestros intercambios de palabras se limitaban a señalar cosas como la compra del gas restante, el solucionar problemas con la cocina, y a veces, el buscar a la gata que se le escabullía de la pieza rumbo a algún rincón oculto del depa, con ánimo lúdico, febrilmente curioso. Una de aquellas veces la gata, al notar de manera accidental que la puerta de mi pieza estaba abierta, se metía rápidamente, escondiéndose debajo de la cama, huyendo de su querida ama, o a lo mejor solo por un caprichoso instinto de merodeo que todavía la costumbre no había conseguido domesticar. Las únicas veces en que ella entraba a la pieza era precisamente para ayudarla a sacar a su gata debajo de la cama. Entonces esta huía de vuelta a la pieza de la ama de forma tan fugaz que no se alcanzaba ni a percibir. Solo asomaba, de repente, el gesto corto de la inquilina, agradeciendo de manera solapada o excusándose por la molestia provocada. Vuelvo a mirar en el borde del suelo y todavía permanece uno que otro vello blanco de la felina. El único recuerdo vicario que aún se guarda por osmosis entre el polvillo y el sedimento de la habitación. De vuelta al living, sin pensarlo, me embarga de súbito una compulsión animal. Entro sin más a la antigua pieza de la inquilina, ahora vacía, desocupada. Camino por entre la fila que da a la ventana. A un costado de la almohada, un oso de peluche abandonado que decía "te amo". Justo al ladito del velador, un pequeño pote con agua donde seguramente bebía su famosa mascota. En completa soledad, habitando su ausencia, estábamos finalmente a mano. Cada quien había entrado en territorio ajeno, a su manera, por su cuenta. El espacio, su vaciamento, su ocupar furtivo, insolente, había hecho lo que el lenguaje, la comunicación, en todo este tiempo, no había podido. Habitar al menos de manera fantasmal, ilusoria, el lugar del otro.
Llamo al instituto preguntando por el pago de enero. Dice la secre que aún no sabe nada. Le respondo que ya es tarde y me contesta que están dentro del tiempo. Que todavía no acaba el día. Que tuviera paciencia. PACIENCIA. El tiempo es dinero, dicen. Cuidado con Dorian Gray.

martes, 30 de enero de 2018

Un zancudo no paraba de estrellarse contra la ventana anoche, en evidente señal de querer entrar. Unos minutos después, dejando la ventana entreabierta por el calor acumulado, el insecto emprendía rumbo hacia algún rincón de la habitación. No salía de ahí ni por asomo. De repente pensé: Si el zancudo no amenazaba en ese preciso instante con picar ¿para qué buscarlo y matarlo? ¿Solo por una acción refleja de paranoia? ¿Solo por un ocio implacable? Preso de esta cavilación, eché a dormir.

Al despertar había ocurrido lo inevitable: una comezón en el brazo, y el zancudo a un costado, patas arriba, yaciendo sobre el velador. La razón de su deceso era misteriosa. ¿Habría muerto por mi mano -involuntariamente- o producto de algún agente externo, hasta el momento, incomprensible? El punto es que surgía el micro dilema moral. La pregunta sobre la muerte del artrópodo, que interpela por igual a animalistas y omnívoros. ¿Cuántos insectos no habremos matado ya, con deliberación o por mera casualidad, en el transcurso de la vida? ¿La muerte de esos insectos que convivían con nosotros, accidentalmente, haría o no alguna diferencia con respecto a nuestra consecuencia ética? La muerte del insecto parecía no entrar en la discusión. Resultaba la excepción absurda pero al mismo tiempo el punto ciego del debate. Y era tal vez porque el rollo en torno a la implicación homicida de otra criatura no era precisamente una cuestión, digamos, inmanente, esencialista, sino que una cuestión de perspectiva, de dimensiones. Los insectos eran demasiado pequeños o insignificantes para empatizar con ellos. O quizá solo no podíamos sentir compasión de una criatura que no nos interpelaba emocionalmente con su muerte.

Una cita de Fernando Vallejo señalaba, por otro lado, el gran umbral que separaba a las criaturas: el umbral del dolor. Según Vallejo, habría una jerarquía entre las criaturas que se establecería según cuánto sea el dolor que puedan sentir. Así, en sus propias palabras, "mientras más arriba esté un animal en esta jerarquía de dolor, más obligación tenemos de respetarlo", y luego concluía oportunamente agregando que, "entre un zancudo y un perro o una ballena hay un abismo: el de sus sistemas nerviosos". Dicho esto, aún quedaba la duda, la duda respecto al problema de la perspectiva. El cadáver del zancudo seguía ahí. El comezón sobre el brazo se había vuelto la evidencia de su crimen o la señal de su condición de víctima. Entonces ¿Solo en virtud de su naturaleza ínfima y de su (teórica) incapacidad para sentir dolor, el zancudo, su muerte, se volvía menos digna? Pues si aplicásemos ese mismo caso particular y lo llevásemos a universal, -según una forzada lectura kantiana-, la muerte del zancudo podría también implicar la muerte misma, el mero acto de matar en si mismo crearía baches en la ética general de la vida. Pero, en vista de que prácticamente nadie, a estas alturas del partido, puede afirmar con toda fe y seguridad que nunca ha matado -voluntaria o involuntariamente- a un insecto, aquel alcance universal queda suspendido de manera indefinida, y nuestra postura respecto a la existencia de las otras criaturas continúa más ceñida que nunca a nuestra propia y parcial óptica moral.

Con todo, en el momento de la interrogante, el cadáver del zancudo comenzaba a agitarse producto de la brisa. En ningún momento había hecho el ademán de quitarlo de ahí. Al rato, ya no estaba. Se lo había llevado la intemperie o la propia vida, en su proceso de demolición. Sin embargo, era su cadáver, su imagen, lo que aún permanecía, entre sueños, y en alguna otra parte del imaginario. Su picadura real había sido en la conciencia. Este texto, la hinchazón.