Hay cuestiones sobre Valparaíso, ciudad de mis entrañas, terruño de nacimiento, que solo las sé gracias a Don Eduardo Serey, el "Viejo Pancho". En su libro "Valparaíso. Una historia sin olvido" sostenía que el puerto fue "el segundo Valparaíso del mundo de los diecisiete que hay en total, y tiene como particularidad el no haber sido fundado jamás", desarraigado por el reino español (de hecho, bombardeado por él durante el siglo XIX), lo que le daría a nuestro Valpo esa cosa de "orfandad simbólica" tan propia de su historia, sumada luego a ese carácter de patrimonio que le vino siglos después, de manera tardía. También supe, gracias a Don Serey, que el primer poblado de Valparaíso (del año 1578) se asentó en la zona en donde hoy se encuentra la Iglesia de la Matriz, y en donde antes solía haber una capilla hecha de puro barro y paja, levantada por el obispo Marmolejo. Alrededor de esa iglesia se habría formado con el tiempo, de manera orgánica, la ciudad entera. Otra cosa de la cual tomé conocimiento por cortesía del Viejo Pancho, era el antiguo acceso al viejo Almendral. La gente que transitaba por ahí, cuando subía la marea, se adentraba nada más y nada menos que por la legendaria Cueva del Chivato, a la cual se ingresaba por un costado del Ascensor Concepción, muy cerca del reciente edificio del diario El Mercurio. Decía Don Serey que "la cueva era larga como la eternidad". La gente entraba en ella y luego salía a la altura de lo que hoy se conoce como calle Cumming, hasta llegar a la antigua Plaza del Orden, conocida actualmente como Aníbal Pinto. Es en ese punto neurálgico donde comenzaría el barrio Almendral. Para llegar al centro de la ciudad, muchos porteños debían aventurarse a través de la mítica cueva, porque el mar aún tenía presencia en esas orillas.
Gracias, don Serey. Seguiremos caminando por estas calles sin fundación, atravesando otras cuevas, esquivando otros ardides, tanteando otros límites dentro de la geografía de la desaparición.
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