jueves, 20 de mayo de 2021

Proyecto Marte

Según el libro “Proyecto Marte” (1952) del científico alemán Wernher von Braun, el padre de la cohetería, en el futuro la humanidad colonizaría Marte bajo las órdenes de un tal Elon. Sí, como el nombre del magnate sudafricano y rockstar de la ciencia. Un pasaje del libro reza lo siguiente:

Una vez instalados, se creó un gobierno marciano dirigido por diez hombres, cuyo líder fue elegido por sufragio universal durante cinco años bajo el nombre o título de Elon. Dos casas del Parlamento promulgaron las leyes que administrarían tanto el Elon como su gabinete.

La Cámara Alta fue denominada como el Consejo de los Ancianos y se limitó a nombrar a unas 60 personas, cada una de las cuales fue nombrada de por vida por el Elon como vacantes en caso de muerte.

Uno de las propuestas más ambiciosas de Elon Musk consiste precisamente en enviar una primera tripulación a Marte para el año 2024, a través de su Starship, cortesía de Space X. Musk, a propósito, se enteró de la referencia al libro de Von Braun a través de un usuario en twitter que posteó sobre él. Luego, el propio Musk publicó en su cuenta un estado escribiendo: Destiny, destiny/No escaping that for me.

Es posible que todo esto se trate de una mera coincidencia textual, un simple alcance de nombres y referentes, fruto de la ciencia ficción. O bien puede que sea interpretado como una profecía cosmonáutica de corte literario. Si fuéramos más lejos en la especulación, se podría incluso suponer que se trata de un plan ideado desde el siglo pasado, en plena carrera espacial durante la Guerra Fría. Pero eso ya sería mucho decir. Por lo pronto, se trata de una coincidencia más, una, entre muchas otras que se van sumando al gran cúmulo de misterios relacionados con ciertas figuras de la elite mundial, sus proyectos rimbombantes y sus tramas ocultas.

¿Llegará Musk a Marte antes que los marcianos lleguen a Musk?

Que la galaxia nos pille confesados.

Vivir la pandemia, pensar la pandemia, leer la pandemia, escribir la pandemia... En ese estricto orden (pandemia y crisis son intercambiables). 

miércoles, 19 de mayo de 2021

Elecciones constituyentes: el fracaso de la democracia y la sociedad de los "idiotas"

Lo que ocurrió el fin de semana fue sin duda una bomba atómica para la derecha, con una amplia mayoría de constituyentes independientes y del ala izquierda de la política. Pero hay un antecedente mucho más estridente que los medios progres no han querido visibilizar, y es el hecho de que casi un 56,7% del padrón electoral se haya ausentado, restándose voluntariamente del circo del sufragio. Esto puede interpretarse bien como una desidia o como una repulsa. De todos modos, hay una realidad en esa ciudadanía, digamos, “idiota” (bajo su acepción clásica) que hace ruido y que no termina de cuajar en relación a ese falso optimismo de los constituyentes y también, en parte, al alarmismo catastrófico de los oficialistas.

Podría concluirse, a simple vista, que con esa dinámica de “desobediencia cívica” quedaron aún más patentes las grietas de la democracia liberal. Con el exiguo porcentaje de votantes y el escandaloso triunfo de la izquierda más progre en diferentes frentes, se demostró que la gente, en general, ya no cree en el verso del sistema y, por lo tanto, quienes lo siguen replicando, amén del oportunismo, están básicamente siguiendo un camino que ya no conduce a ninguna otra parte que a un despeñadero, porque su bastión ha sido, hace rato, deslegitimado ante el desencanto y el escepticismo, y si vamos un poquito más allá, ante el adoctrinamiento partidario.

Pese a todo ese diagnóstico de catástrofe, tampoco es menos cierto que aquella gran masa “idiota” no votante constituye, a fin de cuentas, la verdadera mayoría de Chile. Y si nos remitimos nuevamente a las cifras, se puede aseverar que el tan mentado proceso constituyente (cuestionado, en un principio, como una “cocina” en pleno auge del estallido) no es tan representativo de la ciudadanía, como se pensaría, por la sencilla razón de que los números no lo acompañan.

Vuelve entonces a penar una interrogante tan política como existencial ¿Quiénes son aquellos que no votaron? ¿Cuál será su trasfondo ideológico? ¿Su inercia tendrá un fundamento apolítico, apartidista, nihilista? ¿Habrán sido los mismos que se ausentaron del plebiscito de octubre, intuyendo la farsa que se avecinaba? ¿O solo habrán sido votantes desencantados o arrepentidos a última hora con el show? Aquella gran masa ciudadana descontenta, mal llamada invisible solo por no jugar a este juego bienintencionado, adalid de cambios estructurales, se ha transformado en una realidad silenciosa para la opinión pública, una realidad que existe y que observa de soslayo el carro alegórico de la victoria de la democracia, a la cual se subieron oportunamente los “iluminados”, los portadores de la luz de la nueva política, de la nueva Convención constituyente (que no asamblea), tan independientes del propio sistema que los ampara como lo son de su vientre materno y de la tutela de sus padres.

Por ahora, el panorama aún se muestra incierto, expectante, pero incierto. De aquella Convención aún no se comienza a gestar ninguna idea medianamente plausible, a lo sumo, embriones en potencia, envueltos de proclamas y promesas. Y ya vemos la efectividad que tienen estas proclamas y promesas en el inconsciente colectivo, y el desmadre póstumo que provocan. Por otro lado, el ala del gobierno se encuentra demasiado preocupada de su marchita reputación y su poco asertiva política del diálogo y las concesiones, que le valieron una humillación in situ ante medio mundo. Los más frustrados con la radiación nuclear del 16 de mayo siguen siendo, sin duda, los sectores más conservadores de la derecha, aquellos que interpretan ese día como una masacre política, una derrota absoluta que solo puede llevar a Chile al apocalipsis (“el fantasma comunista”), instalando, de esa manera, la táctica del pánico para sublimar un sentimiento de cambio que ya se venía gestando a raíz de una corrosión institucional inminente.

Crónica de la muerte anunciada de la democracia o, mejor dicho, del sistema electoral, para los progresistas y la izquierda. De cualquier manera, la masa de los “idiotas” es un factor clave que continuará indeterminado, diverso en su desorganización y podría transformarse en un latente actor a futuro o en una fuerza en ausencia por oposición, porque en el fondo, ante el escenario que sea, sabemos de sobra que los políticos, su indeseable casta, siempre se las arreglará para salirse con la suya, y el poder, a la larga, solo se entiende con el poder, sea el idiota que sea (salvo muy contadas excepciones). Así lo manifiesta la memoria. Así lo manifiesta la historia. Solo esperemos que la idiotez no sea exagerada.

martes, 18 de mayo de 2021

Paños fríos: El fin de semana votó menos de la mitad de todo el padrón electoral (el 43,35%), muchos menos que para la elección de Octubre. Lo que significa varias cosas. Que hay una gran masa de gente que lisa y llanamente no quiso participar por abc motivo o bien que desconfía o no se sintió del todo representada en el proceso. Por ende, cualquier pronóstico político prematuro que se haga a raíz de esos datos duros es, a lo sumo, un aproximativo. Ahora, todos aquellos que se restaron de las votaciones, estando bajo su libre albedrío, pueden ser considerados "idiotas", pero en su sentido clásico, "aquel que se resta de la vida pública", aunque no necesariamente "idiotas" en su sentido moderno.
¿Quién no ha optado por un prudente silencio antes que por la cháchara, la monserga y la confidencia vana de sofistas y fariseos? ¿Quién no ha sufrido secretamente, en cambio, ante la indolencia callada de aquello que se desea? Porque también existen silencios entre los silencios, pero es muy diferente el silencio del que escucha al del que no escucha. Para quienes no se respetan, al dejarse de escuchar, el silencio siempre será el lenguaje de la confabulación.

domingo, 16 de mayo de 2021

Raúl Zurita: “¡Cada voto es un piedrazo al corazón del sistema!”. Eso, suponiendo que cada voto vaya dirigido, no de forma simbólica, sino directamente al pecho de cada candidato elegido.
Al ir a votar, Piñera pegó la estampilla en la papeleta con su propia saliva. Muchos tomaron esto a la chacota, pero no alcanzaron a leer la connotación que hay detrás de ese gesto. Se trata del simple y categórico hecho de que el poder puede desafiar el sentido común y hasta el sentido del ridículo, realizando un acto tan inútil como pasarle la lengua a un adhesivo, sin que eso le reporte ninguna clase de vergüenza, o directamente, sacándose la mascarilla, sin que eso constituya peligro alguno para los vocales, volviéndose, una vez más, el hazmerreír de una ciudadanía obediente, contagiada de impulso cívico, durante un fin de semana en que convenientemente se relajaron todas las medidas restrictivas a las libertades. Solo Piñera puede darse el gusto de ser estúpido en toda regla, ser odiado por la mayoría y aun así formar parte del proceso que él mismo contribuyó a estimular, posterior al estallido y al cuestionado Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución.

jueves, 13 de mayo de 2021

Manifiesto. Peligros y oportunidades de la megacrisis. Gastón Soublette (extracto)

En mis diálogos con marxistas chilenos he captado que les cuesta entender que el marxismo y el capitalismo, a pesar de sus diferencias y desde cierto punto de vista, es posible afirmar que ambos pertenecen a la misma matriz originaria de pensamiento, es decir, por sus últimas causas ambos son expresiones de una misma cosmovisión. Comparten una misma concepción materialista del hombre y su destino, así también una misma concepción de la función consciente humana y del conocimiento que en ella se genera, vale decir, que el hombre es el sujeto y el mundo es el objeto. El sujeto habita el mundo y lo conoce mediante un saber que ejerce un dominio sobre las cosas conocidas para sacar provecho de ellas. Todo ser vivo usufructúa de su entorno natural, pero vive en la seguridad vital de que él pertenece al mismo orden en que está inserto; en tanto el hombre, guiado por un pensamiento disruptivo, expulsa de su mente la sabiduría integradora original para singularizarse en una existencia autocreada que interfiere el orden dado y termina causando grandes males a la organización de la vida planetaria.

Tanto para el marxismo como para el capitalismo, el fundamento de la cultura humana es económico, esto es, que el pacto social resulta de cómo los hombres se organizan para producir, por eso los conceptos de recursos naturales y recursos humanos pertenecen a la civilización global que homologa a ambos regímenes, y el materialismo que subyace en esas denominaciones es el mismo, formulado filosóficamente en uno, e implícito como actitud en el otro. Que en un régimen haya propiedad privada, lucro y acumulación de capital y en el otro no; que en uno el explotador sea el Estado y en el otro una empresa privada, nada de eso cambia la matriz común, cuyo sello conclusivo ineludible que la caracteriza es la desmesura, el gigantismo, producto del saber de dominio que los iguala en la base, y que ha resultado ser el distintivo más característico de la cultura occidental moderna y de toda civilización que haga suyos aquellos patrones de pensamiento y de conducta.

Llegar hasta el punto de vista en que cosas que en apariencia son muy diferentes puedan ser homologables en sus fundamentos por ser un mismo tipo humano el que las concibe y realiza, producto de la cultura tradicional en que todos hemos sido formados, sumado al estallido social de octubre de 2019 en Chile, podría dejar en evidencia que esas manifestaciones, sus movilizaciones masivas, su abultada lista de demandas y su ola anárquica de destrucción, por muy audaces que parezcan, siguen sustentadas por la misma matriz de esta civilización con su inevitable estructura de sociedad dominadora, pues conocer el mundo mediante un saber de dominio, limitar la psique humana a su sola facultad pensante orientada únicamente hacia lo útil y provechoso, dondequiera que se halle ese tipo humano y cualquiera sea el régimen en que actúe, el resultado de sus actos será siempre el mismo.

En el caso de los partidos políticos cuyos adherentes todavía creen en la posibilidad de implantar el marxismo, parece que aún no caen en cuenta de que el ejercicio del poder, cualesquiera sean los criterios con que se haga, implica hacerse cargo del muerto, el mismo que desde la Segunda Guerra Mundial empezó a entrar en agonía. Y ese muerto, con un régimen u otro, a estas alturas de la historia es igual en todas partes, y cada vez son más los que se dan cuenta de que ya no queda vida en él.

miércoles, 12 de mayo de 2021

George Orwell: «Si quiere una imagen del futuro, imagine una bota pisando un rostro humano»

martes, 11 de mayo de 2021

Revolución molecular

El concepto de la Revolución molecular ha salido a la palestra luego de que Álvaro Uribe lo mencionara para describir el “estallido social” ocurrido en Colombia. Inmediatamente, gracias a la prensa y las redes, aquel concepto fue asociado al espectro de la ultra derecha, ya que Uribe lo tomó prestado de Alexis López Tapia, un intelectual chileno considerado “neonazi”.

Lo que no se advirtió, en primer término, fue que lo de la Revolución molecular tiene su verdadero origen en los planteamientos teóricos de Felix Guattari, quien, de hecho, tenía un libro con ese mismo nombre. En este libro, Guattari explicaba específicamente que “los cambios sociales en el futuro serán absolutamente inseparables de una multitud de revoluciones moleculares”.

En definitiva, estaba previendo que la forma de la lucha política ya no iba a ser “molar”, a la manera de la revolución comunista clásica, con una masa unificada y un proyecto centralizado a gran escala, sino que iba a ser “molecular”, es decir, con una gama de distintas causas accionando desde diversos frentes, sin un aparente orden y relación, pero que acaban articulándose en medio del caos, para constituirse en un cúmulo de fuerzas revolucionarias ("No hay tiempo para la espera o para el temor, hay que buscar nuevas armas"). Si hubiese que establecer un parangón, la Revolución molar sería algo así como la llamarada de una hoguera, con una dirección ascendente, y la molecular, un cortocircuito con múltiples chispas que no paran de estallar hacia todas partes.

Como queda en evidencia, lo que Guattari describió en su libro fue usado sagazmente por el oficialismo colombiano, para poder comprender y digerir el fenómeno de los “estallidos” ocurridos en diferentes latitudes. Así, por ejemplo, se equipara lo de Colombia con la rebelión de Ecuador, con el movimiento Black Lives Matter en USA y, sin ir más lejos, con el 18/10 chileno. Todas estas luchas progresistas formarían parte de una Revolución molecular surgida de manera programática, para “desestabilizar las instituciones y tomar el poder, con la excusa de un nuevo orden de cosas”, a decir del propio Uribe, interpretación que, en todo caso, contradice los propios términos de Guattari, al dotar de un propósito unitario a algo que parece no tenerlo y cuya espontaneidad conformaría su carácter. Sin duda, podemos decir que Guattari fue realmente profético en su visión sobre las luchas del presente, a tal punto que hasta la propia derecha tuvo que hurgar en su marco teórico para no sentirse sobrepasada, totalmente inerme, en el marco de la batalla cultural.