lunes, 23 de mayo de 2022

Frente al "superhombre" nietzscheano y al "hombre nuevo" del socialismo, yo propongo reivindicar, en cambio, al Hombre, sin más.
¿Y si deconstruimos la idea de deconstrucción, querida? ¿Y tratamos, en cambio, de releer las tradiciones y reconstruir el porvenir?

domingo, 22 de mayo de 2022

Química corporal 4 (fragmento de guion)

Él: Yo no voy a juzgar la ley, soy su abogado, enmienda 14 de la Constitución.

Ella: ¿No decías tú que ningún poeta interpreta la naturaleza como un abogado interpreta la verdad?
"Lo más probable es que si en lugar de Depp hubiera habido otro hombre cuestionado por una mujer por violencia, las cosas habrían sido muy diferentes. Depp no ​​es cualquiera y ciertamente no es en él en quien pensamos para encontrar un ejemplo en el que reconocernos. No es ajeno al abuso de alcohol y drogas, se mueve en el pensamiento único y, pertenece al mundo políticamente correcto y decadente que es Hollywood made in USA. Pero este proceso también puede mostrar un cambio a nivel mediático en la reacción ante la violencia entre ambos sexos, excluyendo un alineamiento a priori en función del género de los implicados en el caso. Y la inconsistencia de Heard, en el mejor de los casos, ha creado una primera grieta en la narrativa feminista que otras voces disconformes, con el tiempo, pueden ayudar a derribar por completo."


"Era el año 2081 y, finalmente, todos eran iguales. No sólo eran iguales ante Dios y la ley. Eran iguales de todas las formas. Nadie era más inteligente que los demás. Nadie era más apuesto que los demás. Nadie era más rápido o más fuerte que los demás. Toda esta igualdad era resultado de las enmiendas 211, 213 y 213 de la Constitución y la incesante vigilancia del General Compensador de Desventajas de los Estados Unidos." Kurt Vonnegut en 2081, la distopía de Harrison Bergeron. El paralelismo con la Nueva Constitución chilena es inevitable.

sábado, 21 de mayo de 2022

Cine en su casa: "Body chemistry. Point of seduction 4" (1994) de Jim Wynorski

Cine en su casa. Hoy, la película Body chemistry. Point of seduction 4 (1994) de Jim Wynorski, un thriller erótico noventero en la línea de Atracción fatal.
Sinopsis: Un abogado (Larry Poindexter) cae bajo el hechizo de la psicóloga Claire Archer (Shannon Tweed) a la que tiene que defender por el asesinato de su ex amante, un productor de cine.
Sexo, intriga y crimen.


Tormenta perfecta (cuento)

Y caí contra el pavimento el mismo día en que escribí sobre la tormenta perfecta. Había dicho que las personas que, en su momento, creímos de confianza, mudaron de pronto sus intenciones o dejaron entrever sus auténticos móviles sin mediar aviso, impulsados por el avasallante devenir de los acontecimientos del mundo. Mientras pensé en esa confluencia trágica, mi cabeza retumbó, las sienes se hincharon, se manifestaron gritos y sollozos que no advertí, bajo una especie de ritual callejero en el cual el único sacrificado bautizaba la acera de la calle y transcribía luego su experiencia con el corazón roto y el trauma bien aceitado en la memoria.

Venía de andar unos pasos sin dirección, solo atinando al sentir de la masa nocturna. Nunca hubiera creído que los bocinazos del enrevesado tráfico ni la algarabía bohemia se volverían la orquesta de la desilusión y la disolución. A veces, solo hace falta desandar los pasos que uno creyó dar en determinado momento y luego unir una a una las huellas que te llevaron por tal o cual camino, con tal de hallar algún rastro recóndito, algo que te avizore el panorama, o que te advierta sobre lo que podría llegar a suceder, o sobre el próximo agente de la esquina, porque es muy probable que, después de una serie de resignificaciones, los hechos puedan llegar a encadenarse secretamente, tal como los pájaros se cuelgan al tendido eléctrico desconociendo el rumor de la muerte que conspira a cada instante antes de salir al vuelo.

Algo en el ambiente, una luz roja cruzada, una mirada venenosa, una moneda caída al alcantarillado, podría ser el indicio secreto en clave que te anticipe un desastre inminente, si se lee detenidamente en su dimensión global; entonces, la conspiración adquiere cuerpo, a medida que se aprecia el trasfondo oscuro de las cosas tras cada desconocida o cada malentendido. Resulta enervante esa idea. No se puede olvidar de buenas a primeras, sobre todo si la exposición es brutal y caminas tranquilamente a cierta hora de la noche, en la avenida de un puerto cada vez más roído, devenido el abandono de los sueños, las tradiciones y los pesares que, para efectos de la historia, vendrían a ser lo mismo.

Aquel día había conversado largamente con una joven misteriosa de la Cuarta Región. Nunca estuvo enterada de aquel violento incidente. Simplemente discutimos la posibilidad del encuentro. Mientras tanto, el horizonte de la calle se iba dilatando. Iba adquiriendo la forma sangrienta de un golpe. Y no, nunca se trató de un asalto, pero esa era la verdad que convenía, porque hablarle de la verdad de aquella noche iba a sonar demasiado estridente para sus oídos enamorados. Había que procurar la ilusión, resguardar el sueño, protegerlo de la suciedad, de la abrupta intemperie que nos cobijaba, de repente, en cierto punto neurálgico y nos enfrentaba el uno contra el otro. Convencido de este velo, lo tendí una y otra vez, con tal de despejar el suficiente polvo y eliminar el posible desperdicio. No podía enterarse. No podía saber siquiera, de modo que me aboqué al diletante merodeo para un sanador extravío.

Caminé horas por aquellas añoradas y decadentes calles del puerto, en un ejercicio del todo masoquista. Los recuerdos sobre esas madrugadas orgiásticas volvían cual navaja a la piel. Era doloroso y, a la vez, constituía una delicia culpable. Uno se regodeaba en el pasado hipotético, en la idealización del romance trasnochado, únicamente para no resentir la conciencia, pero, tras cada paso, el peso del cuerpo lo hacía todo difícil, pasaba la cuenta andar tras esa bruma tan opaca y esa bulla tan grave. Lo que hubiera parecido, en su época, el encantador frenesí de la vida nocturna, no resultaba, bajo ese panorama pandémico, otra cosa que la antesala del acabóse. Se dejaba intuir, así, tras las miradas perdidas de los transeúntes apurados, la poca convocatoria a los sitios de antaño, la baja vibración festiva, la soledad cada vez más concurrida de las calles aledañas. No cabía la posibilidad, ahí, de aventurarse, temiendo que el impulso tanático se impusiera al espíritu dionisiaco, inspirado por la jovialidad del plan. Volvía sobre mis pasos y, en ese volver, también algo me llevaba a ir. Algo me empujaba hacia adelante: un recuerdo atroz, una duda, una deuda.

Trataba de contener esa creciente marea de malas intuiciones, acaso no fueran otra cosa que sugestiones inducidas por la decadencia de la vida del puerto, en constante sinergia con el bicho de la sopa china. A medida que las contenía, se iba acrecentando la sensación funesta experimentada en la calle anterior. Avisaba una latente persecución. Temía remotamente que en la próxima esquina regresara de golpe a un plano distinto, solo por el miedo a no enfrentar lo advenedizo del espacio que se iba abriendo ante mis huellas. Pero ¿a quién debía temer? Pese a mi soledad, tenía pendiente el encuentro con aquella joven virtual. Su imagen en la memoria hacía que cada brisa nocturna, pese a congelarme, acariciara el corazón, lo cubriera de pronto de ambrosía, pese a estar deshecho, por ya no quiero recordar qué.

Seguí porfiadamente el camino por el que estaba transitando. Allí se hacía más señero el cruce hacia la próxima calle. Los ambulantes que solían ponerse a vender sus chucherías se habían ido, y solo cubrían el desolado lugar los cachureos donde solían colocarse los estantes de libros. La lectura parecía que hubiera regresado en el tiempo y adquiría en el ambiente un carácter metafísico, colindante con la bruma cada vez más espesa y fría. Caminé hasta dar con la sombra de un perro, al cual seguí como si se tratase de un guía improvisado, de un cancerbero del exilio, solo por el ánimo de perseverar en el merodeo a lo largo de estas calles tan íntimas pero, a la vez, dolorosamente hostiles. No había nada a mí alrededor que avisara una persecución, todavía. Los transeúntes, cada vez menos, seguían su rumbo. Conforme el perro tomaba desvíos erráticos, crecía el abandono del espacio y avisaba el sentimiento de persecución tal cual una marea negra a punto de chocar contra mis orillas.

Al perder de vista al perro, este me llevó a una plaza frente a un edificio que era el de la municipalidad. No creí reconocerlo, porque en donde estaba aquella plaza había antes uno de arquitectura alemana, soberbio y elegante, ensombrecido por la brutal hinchazón del tiempo roto. Cavilé sobre la desaparición de las cosas imaginadas y vividas, a medida que el camino de la ciudad se hacía cada vez más denso. Sin embargo, había algo en aquella densidad que me mantenía en un estado de tranquilo estupor. ¿Era tanta la perplejidad que estaba perdiendo la capacidad de conmoverme? No importaba. Solo seguí avanzando, en busca del cruce que me llevaría hacia mi destino. Quería volver desde donde había venido, pero el propio paso del tiempo parecía conspirar para empujarte hacia adelante, aunque no supiera exactamente con qué me encontraría.

El tiempo seguía hinchándose, a medida que mis pasos cobraban espacio. La ciudad que había estado visitando, aquella ciudad de una época enterrada, repleta de locura jovial, difuminaba poco a poco sus contornos, aunque permanecía ahí, abriéndome camino para poder continuar el merodeo. Seguí entonces, porfiado, por esa ruta incierta y divisé la próxima esquina. Mi corazón comenzó a agitarse. ¿Era señal de que estaba llegando a mi destino, al final del merodeo? No pude saberlo en ese preciso instante, solo continué y crucé la calle. Misteriosamente, me encontraba de vuelta en aquel sector repleto de ausencia, donde solían colocarse los libreros.

Tras cruzar aquel recóndito sitio de lectura a la intemperie, me invadió una horrible corazonada. La sensación de que alguien me encontraría. Alguien devenido del tiempo, perdido en los anaqueles de mi memoria. Algo en el ambiente comenzaba a avisarlo. Recordé, de inmediato, la luz roja cruzada en la calle anterior, al no existir vehículo que cruzara a esas altas horas de la noche, la moneda que a un transeúnte seguramente se le había caído encima de la acera repleta de rastros humanos, y esa mirada venenosa, esa mirada que una mujer al paso me atisbó, en una fracción de segundos, cuando pasé por su lado. Desde el instante de ese cruce, comprendí que la conspiración era real y adquiría cuerpo no solo en mi corazón, sino que también en la completa narrativa del tiempo.

Aun con aquella mirada penetrando dentro de mí preferí seguir andando, forzando al olvido a enterrar los recuerdos de aquella mujer que, como esfinge, no paraba de aparecer. Llegué hasta una tienda cercana al paradero donde pasaba la locomoción colectiva, para comprar algo caliente y espantar el frío satánico que empezaba a surgir, pero, en ese mismo momento, me di vuelta y la vi a ella, acercarse. Vino a mi mente una batería de recuerdos fugaces, agridulces, corriendo y entrelazándose unos con otros, recuerdos que cubrían el mismo espacio, los mismos rincones, las mismas orillas de aquella ciudad que, alguna vez, fue testigo de nuestra extinta complicidad. Y caí de golpe contra el pavimento. Mi rostro se estrelló, sin palabras, porque la acera, la calle, la ciudad se había vuelto la zona muda del sacrificio. Había escrito sobre la tormenta perfecta y finalmente se produjo. Había dicho que las intenciones y móviles serían revelados, impulsados por el avasallante devenir de los acontecimientos del mundo, y ahí me tenían, mudo, paralizado, en el ojo de un huracán emocional. Mi cabeza retumbó como nunca. Apenas escuché los gritos y los sollozos, sin antes advertir el fuego del ritual muy bien inflamado en la memoria. Mirada. Azote. Ruido. Siempre lo supe: aquel golpe, aquel golpe en aquel tiempo y en dicha calle estaba destinado. Su violencia era el destino mismo, manifiesto.

Arturo Prat y el Código del Bushido, en tiempos de globalismo

"La forma en que se retrata a Prat, nos plasma las siete virtudes del Bushido en un hombre real y contemporáneo. De esta manera, no me cabe duda de que para los marinos japoneses, el acto de combate en condiciones de adversidad y el no arriar la bandera ante el enemigo, llegando incluso a un acto valor evidente como el abordaje, hacen que el Capitán Prat sea la imagen de un samurái icónico, moderno y occidental que debe ser homenajeado. Más aun, cuando los valores que nos muestra son los mismo que necesitamos en estos momentos difíciles para el mundo."


viernes, 20 de mayo de 2022

Y usted, hágase la siguiente pregunta, antes de seguir en su búsqueda: ¿Está dispuesto a ir hasta el fondo de la fosa, romper las carcasas de su vieja identidad y desconocer todo lo que alguna vez amó con tal de dar con la verdad; o, como Edipo, no lo soportará y se sacará los ojos, horrorizado ante la desnudez de su Yocasta?

Esquizofrenia. Laura Sam

Acostumbrarse a la pequeña muerte del paso de cebra

pararse en verde habituado al rojo

la realidad no se reduce a líneas blancas sobre asfalto

sino al ojo

que sabe distinguirlas de lo oscuro.

Cruzo hago fila de farmacia

consumo cápsulas que demuestran su eficacia

lo dice la publicidad

SACIE SU ANSIEDAD SOCIAL

comprar ánimo es legal

si usted tiene el alma sucia ¿verdad?

Nada que no arreglen diez miligramos de diazepan

el psiquiatra prepara mis dosis extiende recetas

la dieta de pastilla con pastilla domestica mi neurosis

reduce mis crisis nerviosas aumenta mis náuseas

me dicen ya eres normal

y con un mililitro de Risperdal aplaco la psicosis

pierdo materia gris

pero aún sé

distinguir el arcoiris.

Diagnosticado a los veinte

muerto a los dieciséis

esquizofrénico paranoide

así es como vosotros me llamaréis

un nombre para todos los trastornos emocionales

y multinacionales avalando investigaciones

que crean medicación para tales enfermedades

y después

usted tiene una discapacidad del sesenta y cinco por ciento

eso

eso es sinónimo de límites que acotan cárceles

rejas que visten de traje oficial

el destino de este pobre animal

conejillo de indias de los putos psiquiatras

sus máscaras

industria farmacéutica

toda esa mierda

convirtiéndome en carne de psiquiátrico.

 

Pero hay algo que no puede doler

hay algo más allá de este cielo ámbar que no debe doler

y es la vida temblar de verme amar la vida hasta el desangre

palpitar sincronizada con el tiempo de mi cuenta atrás

sin saber si a alguien le importará

qué hueco dejo cuando me arrastre

su silueta de luz perdida en ruinas de bancal de nadie

hay algo

que hace mías sus cadenas

pero no puedo

hacer eslabón del reloj

ni sucumbir a la condena del tiempo

que ser aire que levanta fuego y amontona marea

es lo que quiero

y tú

entiérrame en tu vuelo si has de hacerlo

pero no hagas míos los insomnios

para soñarte en vilo y esperarte con el filo del ojo abierto

que yo quiero ser viento.

Hay algo que no debe doler.

Y es la vida acojonándose

de verme correr hacia su entraña

arrastrando en la memoria

el perfil de todas las montañas que corono

arrastrando su mentira de asegurarme el mañana para robarme el hoy

ser un animal domesticable vivir encogiéndome

hasta dejar de ser quien soy

hay algo

más allá de lo bello

y no se puede etiquetar con un sello

no se llama esquizofrenia

la enfermedad se llama miedo

los locos son los cuerdos

y quiénes los cuerdos

quiénes

si no ellos.