domingo, 13 de diciembre de 2020

El código del Asesino del Zodiaco, descifrado.

51 años después fue descifrado un mensaje criptográfico del famoso y enigmático “Asesino del Zodiaco” enviado al periódico The San Francisco Chronicle en 1969. Dice más o menos así: 

“Espero que lo estéis pasando muy bien tratando de atraparme. Ese que salió en televisión no era yo. No me asusta la cámara de gas porque me enviará al paraíso lo antes posible. Ahora tengo los suficientes esclavos que trabajen para mí mientras que el resto del mundo no tiene nada. Así que les asusta la muerte. A mí no me asusta porque sé que mi nueva vida será fácil en la muerte paradisíaca”. 

¿Sea quien o quienes sean el o los responsables, se trata de dejar un mensaje de terror para la sociedad, o solo disfrutar de una broma cruel y un juego macabro?

sábado, 12 de diciembre de 2020

Friedrich Nietzsche. El nihilismo: escritos póstumos (extracto)

Ponemos la palabra allí donde comienza nuestra ignorancia, donde no podemos ver más allá, por ejemplo: la palabra «yo», la palabra «hacer», la palabra «sufrir», éstas son quizás las líneas del horizonte de nuestro conocimiento, pero no «verdades».

viernes, 11 de diciembre de 2020

La soledad sonora, de Antonio Gala (fragmento)

“¿Desdeña el solitario a aquellos de quienes se separa? ¿Busca aquí sólo su propia explicación, su paz propia, el retorcido placer del que no arriesga nada y nada pierde? Exactamente para lo contrario ha subido hasta aquí. Para olvidarse de la parte de sí mismo que lo distrajo a menudo entre los otros”.

El cuidador de autos bajo el sol de la calle

Bebiendo una Austral en el patio afuera de la casa, del otro lado de la reja en la calle estaba el cuidador de autos que se suele poner ahí en toda la cuadra a trabajar. En un puestito que pone debajo de un árbol para protegerse del sol, estaba tomando una lata de Heineken y fumando un pucho, relajándose un poco durante una jornada calurosa. -Salud, maestro-, decía a lo lejos, empinando la lata. -Salud-, le contesté de vuelta, empinando la botella de Austral. Comenzó a hablar: -Está re caluroso. Más rato, tipo cinco, voy a la playa. No había ido hace caleta, y eso que la tengo cerca-. -Sí, hay que aprovechar, mire que se viene el verano-. -Así es-. -Harta visita, harto turista-. -Sí, y ya hay caleta de gente por estos lados-. -Demasiado-. -En Santiago sí que están cagaos. Tienen atao pa salir-. -Sí, retrocedieron parece-. -Aquí todavía no. Esperemos que no, mire que si no viene nadie, la pega baja-. -No, no creo. Va a venir más gente pal verano, yo cacho-. Así dialogábamos con el cuidador de autos. De pronto, se acercó un caballero con su familia para subirse a un vehículo estacionado. Este le dio unos billetes al cuidador. -Buen billete recibe-, le dije al cuidador de autos. -Sí, de vez en cuando se rajan-. -Qué buena-. Siguió conversando: -Yo creo que iré más tarde a la playa, maestro. Si voy ahora la arena culiá está más caliente que la conchetumadre. Hay que estar a cada rato tirándose al agua pa no quemarse las patas-. Mostró los brazos quemados, dejando la lata de cerveza a un lado. Negros por el calor. Miré por un instante los míos, también descuidados por la exposición al sol, formando un color asimétrico marcado por la ropa. -Hay que cuidarse del caregallo, está brígido-, dijo el cuidador. -Así es, está cada vez más fuerte-, le repliqué. El cuidador se levantó ante la aparición de un nuevo vehículo en un puesto reservado. Volvió a beber otro sorbo de la lata dejada en el puestito, se puso un sombrero y fue a trabajar. Al paso, saludó al caballero de los helados que iba en bicicleta. Ya se conocían. También lo llamó “maestro”. Así discurría el tiempo para el amigo cuidador de autos, entre la playa, el sol, la acera y la calle. Yo, mientras tanto, volví a entrar a la casa, con la Austral en la mano, refugiándome del calor.Tal vez sería una buena idea virar a la playa. Salir un poco del encierro. Tal vez no.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Friedrich Nietzsche. El nihilismo: escritos póstumos (extracto)

Un alma llena y poderosa no sólo se ejercita mediante dolorosas e, incluso, terribles privaciones, carencias, expolios, desprecios; sale de tales infiernos con mayor plenitud y poder; y para decir lo más esencial, con un nuevo crecimiento en la dicha del amor. Creo que quien haya adivinado algo de las más subterráneas condiciones de todo crecimiento en el amor, comprenderá a Dante cuando escribía sobre la puerta de su infierno: «también a mí me creó el eterno amor».

martes, 8 de diciembre de 2020

El ex Markoa

Tras la ida al cementerio, fuimos con la familia a almorzar al restorán de Caleta El Membrillo. Mi madre recordó, mientras subía las escaleras, que ese lugar antiguamente era una discoteca, llamada Markoa. Y en realidad el espacio del restorán evocaba una perfecta disco ochentera. Sin embargo, ya no eran tiempos para pensar en bailar ni carretear como antes. Nos fuimos a sentar junto a mi hermana chica y la pareja de mi madre, a un asiento cercano al baño. Pedimos entonces el menú, para poder degustar la carta del lugar.

Al minuto se acercó a nosotros una mesera de grandes ojos claros color celeste. Estos traslucían mucho más producto del uso de la mascarilla. Ella nos preguntó qué era lo que queríamos. Le pedimos reineta con agregado. El aperitivo en el ex Markoa corría por cuenta de la casa, y consistía en un pisco sour. De ese modo, bebimos esa delicia antes de consumir la entrada del menú. Fue en ese momento que la pareja de mi madre, observando a la mesera a sus espaldas, y luego mirándome a mí con una sonrisa, comenzó a imitar las crónicas que recopilé en mi primer libro. Se refería precisamente a la mesera de ojos claros que había mirado mientras nos atendía.

Lógicamente, la mesera permanecía absorta en su trabajo, y yo en lo particular no guardaba mayor interés por ella ni por nadie, pero, de pronto, la pareja de mi madre comenzó a imaginar una posible crónica, en la cual yo escribía algo sobre esta mesera de mirada atractiva, pasándose rollo respecto a una romantización del encuentro, una idealización de su figura y, por supuesto, la posible concreción de una cita.

En suma, me estaba tomando el pelo, inventando al paso una crónica con el estilo de escritura de antaño, haciendo referencia a antiguos ligues o coqueteos con señoritas. Yo, entendiendo lo gracioso de la situación, únicamente le seguía el juego para tratar de pasar un buen momento. Mi madre y mi hermana chica, también lectoras del libro, cacharon la onda y también rieron. Habían comprendido el meta texto que la pareja de mi madre había construido al paso para parecer chistoso a costa de mis crónicas con fijación femenina.

Lo cierto es que nada de esto, ni el meta texto ni el libro publicado hace un año, tenían ya nada que ver con lo que actualmente escribo, ni mucho menos con la mesera aludida en este nostálgico lugar, pero algo de eso había aún, un resabio tal vez. El lector, la pareja de mi madre, había hecho suyo el significado de mis textos y les había vuelto a dar forma en una situación que yo francamente pasé por alto. Sin querer, había “escrito” una crónica potencial, simulando mi estilo, sin serlo verdaderamente.

Quedé con esa idea en la cabeza volando, a medida que bajaba el exquisito pisco sour y degustaba las exquisitas entradas. Las degustaba lentamente, al igual que mi lector, la pareja de mi madre, todavía persistente en su elucubración. Luego de una larga conversa, y habiendo terminado de comer el plato de fondo y de beber el bajativo, pedimos la cuenta de inmediato. De modo que le pedí el favor precisamente a la chica de ojos claros que nos atendió en un principio. Me levanté y la seguí para cancelar en caja. Mi madre, su pareja y mi hermana también hicieron lo suyo. En la caja, la chica me pasó rápidamente la cuenta. La cancelé con tarjeta débito al joven de la entrada, y fue así que nos despedimos del ex Markoa, satisfechos.

Al bajar las escaleras de salida, la pareja de mi madre insistía nuevamente con el final de su meta texto, señalando que yo no había intentado nada con la mesera, ni saber su nombre ni pedirle el número. En un afán de ponerle punto final a la broma, le dije que ya pasó la vieja y que el libro publicado había cerrado esa etapa para siempre. Mi madre y mi hermana chica sonrieron. Entendían que era la culminación de la talla, pero también que esas palabras repercutían en todos y cada uno de nosotros.

Efectivamente, algo en este año se había cerrado con respecto al año anterior, y por eso lo simbólico de haber almorzado en el ex Markoa para reflexionar todo ese asunto allí, y justo después de haber visitado a mi primo al cementerio. El espíritu de los tiempos recurría allí donde abandonamos algo y lo recreamos para invocarlo en el presente, en forma de texto, o de memoria rota.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Juegos de poder



Viendo Juegos de poder, impecable serie chilena del año pasado, no puedo evitar pensar en el candidato a presidente Mariano Beltrán (interpretado por Alvaro Rudolphy) como una cruza entre Carlos Larraín y Sebastián Piñera, aunque más tirado para este último. La premisa de la serie toma de la realidad, teniendo como referencia el accidente vehicular con resultado de muerte protagonizado por el hijo de Larraín, del cual salió prácticamente impune, con una pena irrisoria comparada con la gravedad del hecho, dando cuenta del clima de impunidad que se vive en un país donde la justicia realmente parece dividida entre la que pueden comprar los ricos y la que padecen los pobres. 

En la serie, si bien la premisa parte inspirada en el caso Larraín, toma una deriva desde la trama que puede emparentarse mucho más con la figura de la corrupción política, en este caso, de la mano del candidato a presidente, moviendo influencias y haciendo todo lo posible por ocultar el crimen para no empañar su carrera presidencial. “Cuando esconder la verdad es la única elección”. El slogan de la serie sintetiza el modus operandi no solo de Beltrán, sino que de toda la clase política cuando ve amenazado su nicho o su interés. 

Un personaje de la serie, la madre de uno de los jóvenes fallecidos en el accidente, recuerdo que habló con el personaje de Beltrán y le dijo: “hay que ser realmente suicida para querer ser presidente, hoy por hoy, con todo lo que eso conlleva”. Por no decir, hay que ser realmente idiota o estúpido, o ciego de poder, lo que es lo mismo. Efectivamente, Beltrán lo arriesga todo, incluida su honra, la seguridad de su familia, su imagen para con los otros, con tal de mantenerse en las encuestas y persistir en el poder, aunque eso le signifique pasar por encima de las leyes y de los límites morales. Pero no hay verdad que pueda permanecer escondida demasiado tiempo, por mucho que se pretenda jugar a Dios. 

A medida que Beltrán trata de esconder aquel crimen a toda costa y trabaja paralelamente para llevar a buen puerto su candidatura, salen a flote los secretos de la familia y de todo su entorno, las verdades ocultas que van minando poco a poco su trayectoria asfaltada de mentiras. Inevitable ver en Beltrán la representación de Piñera. Todos saben de sobra la fragilidad con que ha visto expuesta su reputación política en un escenario particularmente convulso. Su fama todos la conocen, sobre todo los de su círculo. Sin embargo, solo él puede sopesar los límites de su conciencia. Hasta dónde ha podido llegar y hasta dónde puede seguir llegando para poder mantenerse a flote en el gobierno, contra todo pronóstico, antes de que se fagocite a sí mismo. 

Cabe recordar los dichos de Platón en Gorgias, en relación a la condena de su maestro, Sócrates: “Es preferible sufrir una injusticia que cometerla”. El día que Beltrán antepuso su interés a la justicia, cayó presa de su propio juego perverso. Esta misma premisa puede ser aplicada a nuestros líderes políticos, tratando de salvaguardar la poca dignidad que les resta mediante la calibración de las demandas ciudadanas. “¿Cómo calibrar el propio interés sin que eso devenga en una injusticia para el interés del prójimo?”, esa es la pregunta que posiblemente deban hacerse, con la almohada como consejera. Pese a todo, nunca habrá una respuesta definitiva, porque la vieja política, en el fondo, siempre estará secuestrada por el poder. Y el poder por sí solo no puede prometer otra cosa que su perpetuación infinita.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Primer cuadro: con 15 años escuchando Megadeth, Motley Crue, Slayer, Metallica a toda pala, tarde noche en la casa, antes de que llegara mi madre del trabajo y me pidiera por favor bajar la música. En ese tiempo uno jugaba con la adrenalina de escuchar metal a todo lo que da arriesgando ser penqueado por los vecinos. Precisamente parte del placer de la escucha recaía en el riesgo de ser penqueado por ellos y por tu madre. 

Segundo cuadro: con 32 años escuchando Megadeth, Motley Crue, Slayer, Metallica a toda pala, pasada la madrugada, esta vez en una casa que arriendo yo solo. Sueño de adolescencia desbloqueado. Continúo jugando con la adrenalina de escuchar metal a todo lo que da arriesgando ser penqueado por los vecinos, pero algo me dice que ya no es hora ni es edad para eso y pongo la música a un volumen moderado, aunque el placer de la escucha con el riesgo de ser penqueado permanece, solo que reprimido. Vacilo para mi solo, finalmente. En eso consistía madurar: reservarse un placer privado sin interferir con el mundo.

sábado, 5 de diciembre de 2020

El Calita

En el cementerio, luego de visitar a un primo, nos habló un caballero cuidador de autos llamado “El Calita", mientras buscábamos espacio para estacionar. Le buscó conversa al chofer. Básicamente pedía poder custodiar el auto a cambio de unos cuantos pesos. La regateaba señalando que él trabajaba desde hace casi cincuenta años afuera del cementerio, en diversas labores, entre ellas la de cuidar los vehículos de los visitantes y la de lavarlos cuando se diera la oportunidad. Según decía, vivía prácticamente de la caridad y no tenía, por ende, un sueldo fijo.

El Calita no dio mayores detalles sobre su pasado, pero profundizó en los aspectos de su vida que pudieran inspirar compasión para obtener la ganancia del día. El chofer le asentía a ratos, a medida que El Calita continuaba regateando, inspirado en la naturaleza de su propia historia.

De repente, y no recuerdo en qué instante, sale a colación una frase respecto al temor. El Calita repitió, en ese momento, enfático, que más valía temerle a los vivos que a los muertos, porque los muertos no podían defenderse. Esa frase al parecer la dijo cuando señaló que también rondaba de noche el cementerio, cuando ya no quedaba nadie y la atmósfera silenciosa y lúgubre lo inundaba todo.

A esas alturas, a pesar de lo incomprensible de sus dichos, El Calita ya se había ganado los pesos que esperaba. Entonces el chofer le dio unas monedas para poder almorzar. Luego se dirigió a mí, en el asiento trasero, y volvió a repetir la historia del temor. No tenía el suficiente sencillo, así que tuve que negarle la propina. De todas formas, El Calita se fue agradecido, aprontándose a comprar algo para comer y continuar con la laboriosa jornada bajo el sol.

Los visitantes comenzaban a poblar poco a poco el cementerio, cerrado e imperturbable durante toda la cuarentena. Al entrar, de cierto modo, estábamos perturbando la calma de los muertos descansando para siempre, aunque fuese con la mejor de las intenciones. Había que tenernos miedo a los vivos, sencillamente porque nuestros muertos no pueden defenderse de nada. Una paz incorregible, sin embargo, los protegía de la inclemencia de la vida. Eso, según se dice, El Calita ya lo sabía de sobra. Él, como un vivo más, igual que nosotros, podía dar fe respecto al temor infundado hacia los muertos. Definitivamente, los vivos, por la sencilla razón de serlo, podíamos ser capaces de todo o de nada. Teníamos todo el camino por delante, y a lo sumo, el final, esperándonos paciente.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Friedrich Nietzsche. El nihilismo: escritos póstumos (extracto)

Profunda repugnancia a reposar de una vez por todas en cualquier visión general del mundo; hechizo de la manera de pensar contrapuesta; no dejarse robar el aliciente de lo que tiene carácter enigmático.