jueves, 16 de abril de 2026

Se dice que el abogado de Flaubert, Jules Sénard, le evitó la cárcel al novelista, luego de convencer al juez de que el narrador de Madame Bovary era alguien muy distinto a su autor. Esa misma explicación tan simple que podemos enseñar tranquilamente en una clase de literatura a unos cabros de media, salvó una vida en el pasado, y sentó, a su vez, un precedente canónico. Era una época en que aún existían "juicios literarios", una época en que los casos judiciales, pese a su absurdo, o precisamente por eso, gozaban todavía de cierta "elegancia". Hoy dudo que pueda llegarse a procesar a a ningún escritor por la obscenidad de su obra, dependiendo de la legislación, claro está, no porque no existan obras con carácter subversivo, sino porque lo literario ha perdido su impacto original, porque lo obsceno se ha vuelto un gusto adquirido de masas, y porque el mismo sistema se ha vuelto más enrevesado e impenetrable que cualquier producto de la imaginación.

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