lunes, 2 de febrero de 2026

Hoy no resultó nada de lo que tenía contemplado hacer. Luego de un fin de semana en la pobreza, sin sueldo, bono de vacaciones y término de conflicto, me había propuesto bajar al plan a realizar algunos trámites. Así, fui rumbo al cajero del Banco Estado a sacar algo de plata. Después, caminé hacia la famosa “zona de los bancos”, entre Cochrane, Blanco y Esmeralda, alrededor del reloj Turri. Hace un par de años atrás, casi en la misma fecha, también anduve por esos lados, con la idea de poder sacar un par de tarjetas de crédito en el Banco A y, por si fuera poco, en el Banco B. Aquella vez la operación resultó un éxito, aun sabiendo el costo de tener esas tarjetas y sus elevadas cifras de intereses. “Pan para hoy, hambre para mañana”. “Ten cuidado”, repetía mi polola en aquel tiempo. “Es peligroso”, agregó, muy preocupada. Lo decía por experiencia propia. Y no le hice caso. Claro que no le hice caso. Porque siempre la cago. Por eso vuelvo de nuevo a esa cuadra bancaria como quien husmea en un lugar que creyó oportuno, que creyó milagroso. Salvarse de un pozo para caer en otro.

De todas maneras, volví a recorrer esos bancos, tratando de deslumbrarme con su vieja arquitectura imponente. Fui, eso sí, aquellos en donde todavía no había pedido nada. Consciente del despropósito de mi consulta, en el Banco C le pregunté a un ejecutivo sobre la posibilidad de sacar otro crédito. Ya sabía más o menos la respuesta, pero algo en mí me decía que tenía que insistir. “Tiene una cuenta vencida”, repitió el ejecutivo. Me lo esperaba. Acto seguido, dijo que después de dos años esa deuda podía caducar. Entonces volvió a mí un halo de esperanza. De inmediato, el pecho se descomprimió un poco. Volví a respirar hondo. Era el efecto placebo del asunto. Ciertamente, después de un tiempo indefinido de mora, la deuda podía llegar a un tope y dejar de crecer de manera exponencial. Y el propio hecho de haber pedido antes un crédito constituía una prueba fidedigna.

En efecto, ya había escrito sobre estar en DICOM hace casi siete años, aquel mítico 2019, y gracias a mi solvencia económica y a mi contrato indefinido en el colegio en el que estuve desde la pandemia se me dio la oportunidad de poder pedir aquellas tarjetitas e ingresar, de nuevo, al mundo de la mora por la puerta ancha. Se siente como una recaída. El sistema te borra, después de un tiempo, y luego vuelves a caer en lo mismo. Una droga crediticia para economías escuálidas y para bolsillos endebles. Un verdadero yonqui del crédito. Prácticamente, podría considerarla como un tumor parásito, algo que se te queda pegado ahí a un costado, que de tanto en tanto despierta y te chupa la sangre, y te recuerda su existencia. Me repito a mí mismo, “ten cuidado”, las palabras de mi polola, como si fuesen un mantra, como si la estuviera invocando en la memoria, ahora que ya no estamos juntos, mientras recorro de nuevo ese sector agitado, tan fascinante como agobiante.

En la medida que me acerco a aquellas veredas archi recorridas, mis pensamientos se ordenan un poco. Sé que no servirán de nada mis acciones, pero un impulso necio me lleva a seguir buscando. De esa forma, me dirigí a las cajas de compensación. No recordaba en cuál estaba afiliado desde mi última pega, así que tuve que preguntar allí por la remota posibilidad de algún beneficio. En una de las cajas pregunté y me dijeron que sí figuraba en el sistema, aunque debía ir a otra caja en donde había quedado registrado la última vez. Salí del lugar y fui rápidamente a aquella caja. Lo hice, temiendo que cerrara, faltando quince minutos. Durante el trayecto, pasé por zonas aledañas que me trajeron recuerdos, todo tipo de recuerdos, malos, buenos, pésimos, agridulces. Risas, llantos, gritos, escapaditas de la mano, besos, golpes. Bocinas, murmullos, murmullos. Todo junto a punto de hacer ebullición, volviéndose una mora emocional. Pero debía seguir caminando. No había tiempo para pagar un costo ya vencido en el corazón. El presente era otro. Tenía que llegar a aquella caja, con la inútil idea de algún beneficio, en espera de la improbable promulgación de la ley del reajuste del sector público.

Llegué. Pedí número. Pregunté al ejecutivo de la caja. Dijo que no estaba dentro del sistema y que mi última cotización data de septiembre del año pasado. En resumidas cuentas: mientras no tuviera una pega fija ni un empleador, no podría acceder a ningún beneficio de ninguna caja, por la sencilla razón de que no estoy activo. Una respuesta de lo más lógica, para una inquietud de lo más desatada. ¿En qué momento de desesperación se me pudo haber ocurrido que dichos trámites funcionarían? Pero me di la lata de corroborarlo. Algo como lo que repetía Beckett: “fracasa mejor”. Volví sobre mis pasos, extrañamente calmado, con la certeza de haber agotado oportunidades que, en dichos momentos, solo fueron producto de una obstinación rayana en el delirio. Con las lucas que había sacado del banco tomé locomoción de regreso a casa. Sabía que lo único que quedaba era seguir esperando por los bonos dilatados hasta el hartazgo, por unas cuantas lucas adeudadas que llegarían a mi cuenta pronto y por la remota ocasión de un trabajo a contrata, para no tener que repetir el mismo ciclo flagelante en las próximas vacaciones de verano, vacaciones que nos íbamos a tomar con mi polola, en un soñado viaje a Argentina cuyo destino solo tuvo lugar en una cita donde bebimos de más, y de cuya inspiración solo resta una boleta manchada con vino.

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