Chuck Norris no murió, la muerte lo invitó a codearse con los dioses.
sábado, 21 de marzo de 2026
jueves, 19 de marzo de 2026
Acaba de llegarme un mensaje por el día del hombre. No es el mismo que se celebra el 19 de noviembre, es otro día que coincide con la fiesta de San José, padre de Jesús. El mensaje lo envió mi polola. Se trata de un reel tierno, con un osito que dice: "siéntete orgulloso de ti mismo, eres un gran hombre, mereces todo lo bonito de la vida, luchar y trabajas por esos sueños que pronto vas a cumplir". Un mensaje amoroso, claro, sin dobles lecturas ni resentimiento alguno. Cuando lo vi y lo revisé, lo sentí como una verdadera victoria para coronar una jornada extenuante.
miércoles, 18 de marzo de 2026
La misma chica que leía Crimen y Castigo en clases, y que me regaló un dibujo de Rodión Raskólnikov, hoy estaba dibujando a otro personaje, pero uno real, uno legendario. Se trataba de Ian Curtis. Retrataba aquella foto en que aparece el rostro de Ian en penumbras, sosteniendo un micrófono. –Joy división es de mis bandas favoritas-, aclaró la alumna. –E Ian, uno de mis poetas preferidos-. ¿Qué misterioso lazo une a Rodión con el cantante, según nuestra joven lectora? Ambos experimentan el dolor. Uno se redime; el otro sucumbe. Uno trascendió su dimensión literaria y su reputación; otro trascendió su propia vida atormentada. ¿Qué canon es el que establece ella en secreto, mediante un vínculo velado entre el personaje novelesco y el poeta maldito del postpunk?
martes, 17 de marzo de 2026
Una alumna en clase parecía absorta en la lectura de un libro. No anotaba ni escribía nada, únicamente leía y leía ese libro con mucha atención. Para ella, era más importante que la materia que estaba dictando. Me acerqué, no con ánimo de reclamarle, sino que con ánimo curioso, y me mostró la obra en cuestión: se trataba de Crimen y Castigo de Dostoievski. Me miró con un rostro algo tímido, porque pensaba que no sería comprendida. Pero nada de eso. Al contrario, la animé a seguir con la lectura hasta el final. -De hecho, me falta poco-, señaló, más abierta, confiada en que existía un interés común. Ciertamente, una chica de Segundo Ciclo que tenga entre su plan lector a Dostoievski no es algo que se ve todos los días. Había que aprovechar esa motivación y esa posibilidad. Le propuse que siguiera leyendo y que luego escribiera, con sus palabras, los puntos más importantes de la obra, de acuerdo a su propia interpretación. Fue, de hecho, una tarea para la casa, cosa que no suelo dar, excepto para los casos excepcionales. A la clase siguiente, la alumna llegó con la propuesta realizada. -Profe, se va a llevar una sorpresa-, indicó ella, sumándole misterio al asunto. Pidió que me acercara al puesto. Sacó entre medio del ejemplar del libro una gran hoja. La abrió y se trataba de un dibujo hecho a mano de la figura de Rodión Romanóvich Raskólnikov. –Tome, se la regalo-, señaló la alumna. –Esta es mi respuesta-. No había escrito absolutamente nada. Solo el nombre del protagonista y sus formas sobre el papel. Quedé sorprendido con la habilidad del trazo. Guardé el dibujo y le pregunté si acaso tenía textos suyos escritos. –Tengo, pero creo no estar a la altura-, indicó, sincera, honestidad y humildad que ya se la quisieran muchos escritores. Rodión, el “cismático”, tenía esa voluntad propia del que se deja seducir por ciertas ideas, más allá de sus consecuencias. Esa disputa el personaje la vive en su interior y lo lleva a matar, para luego montar una remota visión respecto al superhombre como aquel que puede permitirse actuar en el mundo, más allá de las limitaciones morales. Si la alumna logró ver en Rodión una figura digna de representación, es porque está comenzando a intuir el sentido de lo literario, aunque muchas veces sea sombrío, sobre todo cuando se vuelve sombrío, porque es en ese momento en que se revela la verdad humana, la libertad, la expiación o la culpa. Dostoievski nos quería decir: hay ideas que matan y, de hecho, ideas para las cuales no hacen falta palabras, a lo sumo, una imagen, un rostro mortal, Dios expresado en el hombre, y la inocencia de un trazo que se abre a la conciencia.
-Los therians pasaron de moda parece-, dijo un alumno. –Pero los animales no-, repitió un compañero. –Tampoco los humanos-, agregó -aunque tengo mis dudas-. ¿Ser o percibirse humano será acaso motivo de irrisión, cuando solo existan modelos híbridos? ¿Ser o percibirse? En esa pura pregunta y en esa pura duda cabe el conflicto del mañana, el conflicto antropológico.
lunes, 16 de marzo de 2026
domingo, 15 de marzo de 2026
De las películas nominadas al Oscar de este año solo vi Bugonia, Hamnet, Sinners, Frankenstein y Una batalla tras otra. En deuda con Sentimental Value y Marty Supreme, otras favoritas de la crítica. Pese a no ver todas las nominadas, pienso que Hamnet debería ganar a mejor película, por méritos propios, y Jessie Buckley debería ganar a mejor actriz, por su actuación como la madre del niño Hamnet. Hubo momentos en esa película sumamente dramáticos y shakesperianos en su justa regla. Lo fui a ver con mi polola al Insomnia, y ambos sacamos sus lagrimones. Ella lloró con la muerte (no mencionaré de quién, pero se intuye), y yo me emocioné con la escena solitaria del propio Shakespeare frente a su sentimiento de culpa. Por otro lado, Bugonia me pareció una verdadera locura, muy en el sello Lanthimos aunque en clave conspirativa. La actuación de Emma Stone sobresalió y sirvió de contrapunto perfecto a las elucubraciones de los protagonistas, elucubraciones que resultaron ser ciertas. El trasfondo de la película creo que resuena con la coyuntura política vigente, donde el poder corporativo sigue intacto y deja entrever influencias que desafían nuestro esquema de comprensión de la realidad. Veremos si gana algún premio. Sería un hito extrañísimo. Por último, Sinners. La vi ayer a la noche con mi madre, mi hermana y su pareja. Una auténtica obra bizarra que recuerda al western y al cine de acción de vampiros, y que trabaja de manera inteligente el tema del racismo en Mississipi, Estados Unidos, durante la época Jim Crow, además del choque cultural entre el gospel y el naciente blues, considerado "diabólico". Cobra suma relevancia la música en Sinners, y eso me pareció magistral. Casi podría afirmar que la música es la verdadera protagonista, la música blues como un portal hacia otros planos y otros tiempos, como médium del espíritu, como agente de libertad. Si no gana a mejor película, yo digo que debería ganar alguna estatuilla en categoría a mejor banda sonora o alguna otra por el estilo.
sábado, 14 de marzo de 2026
Frase de Jürgen Habermas (1929-2026) que envejeció demasiado mal, y que parece un comentario sarcástico sobre la contingencia geopolítica, a raíz de su partida: “Tras la caída del Imperio Soviético y el fin de una polarización del mundo concebida en términos sociopolíticos, los conflictos se definen cada vez más en términos culturales, es decir: como el choque frontal entre pueblos y culturas, marcados en su identidad por la oposición tradicional de las religiones universales. En esta situación, los europeos nos encontramos ante la tarea de lograr un entendimiento intercultural entre el mundo del Islam y el Occidente marcado por la tradición judeocristiana”. (Habermas, J. “Sobre la lucha de las creencias” en De la impresión sensible a la expresión simbólica. Ensayos filosóficos).
"¿Cómo sería una guerra entre todos los personajes de la ficción?", se preguntaba un alumno, mientras inventaba un relato de un superhéroe. Se trata de una pregunta que yo mismo me hice hace años, en mis periodos más ñoños. Y con todos los personajes, se refería absolutamente a todos, en todos los universos imaginables de la fantasía, comics, novelas gráficas, libros, música, plástica, pinturas, series, películas, videojuegos... ¿Cuál sería el nombre de ese conflicto: la guerra definitiva de la ficción? ¿Bajo qué argumento o trama cabría semejante exceso? ¿Sería una guerra infinita? ¿Las dimensiones de su devastación alcanzarían el tejido de la propia realidad? ¿Sería capaz de rivalizar con una nueva inminente guerra de proporciones nucleares? Visualizo todo eso, a una escala imaginaria, luego vuelvo a los análisis geopolíticos sobre Estados Unidos, Israel e Irán, con las otras potencias en órbita.
viernes, 13 de marzo de 2026
En el nuevo colegio, encontré a otra alumna que escribe. La de mi anterior pega, aquella chica de gran talento, ya egresó, pero me recordó a ella, inevitablemente. Cuando me acerqué a ayudarla con una actividad, estaba leyendo “Alas de sangre” de Rebecca Yarros, una saga de fantasía juvenil de la cual no tenía idea. La alumna leía de manera atenta, profunda, incluso manifestó sentirse enojada, por la sencilla razón de que moría uno de los personajes más queridos. En ese momento, me importaba más la afición literaria de la alumna que el libro que leía en medio de la clase. Le pregunté si acaso, aparte de leer novelas de fantasía, le gustaba escribir. Dijo que sí, que de hecho había traído consigo unos cuantos textos. Me los mostró casi de inmediato. Los había escrito en una libreta de Banco Estado, convertida en diario de vida. En la portada, aparece en grande la palabra Poeta, pegada con scotch sobre un pequeño pedazo de cartulina y de hoja de bloc. Abajo, la palabra diary y la siguiente leyenda, recortada y sacada de otra parte: “¡Escriban! No queremos ser un monólogo, sino que un diálogo”. Más abajo, escrita con lápiz pasta, la frase: “welcome to my lyteraturi world”. Y en la parte superior, un extracto de versículos bíblicos que francamente me sorprendieron: “Dios Le Ama, Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16. Unos versículos que reflejan una temprana devoción, comparable a la literaria, o quizá un simple experimento de collage dadaísta. Antes de terminar la clase, la alumna escritora me prestó el diario con la condición de que lo leyera y pudiera darle mi opinión. “Su opinión de verdad, no como profe, sino que como lector”, repitió ella, muy incisiva en ese sentido. Parecía tomárselo en serio. Y yo así también lo hice. Me puse a leer algunos pasajes de su diario, obra en borrador en la que predomina el sentimentalismo y la añoranza del amor en clave romántica, algo muy propio de su edad, aunque también incluye algunos pasajes con mayor capacidad de reflexión, como cuando señala que: “el secreto está en crear historias hasta que el mundo se llene de color (…) pero no sé si eso pueda pasar todavía porque hay mucha gente con mucha maldad y perversidad”. Esas puras líneas me hablan de una lucidez precoz, la lucidez de quien intuye que algo está pasando, la sensibilidad de una chica que tantea unas cuantas palabras sobre el papel y se da cuenta que, frente al caos vigente, sus deseos más íntimos y sus anhelos de un mundo “sin crueldad ni anti-valores” siguen siendo demasiado frágiles. Procuraré conservar la belleza espontánea y orgánica de sus confesiones, porque la conciencia es una presencia inexorable, y la candidez de esta alumna escritora, su tesoro único, solo puede permanecer sellado en ese diario hecho a mano, antes que la vida haga lo suyo y comience su faena de crecimiento y desilusión.
jueves, 12 de marzo de 2026
Mandé mi manuscrito de libro de poesía, “En la mazmorra interior”, a una tal Editorial ITA. De acuerdo a su informe, y tras una revisión exhaustiva, señalaron que la obra se ubicó, entre más de 900 obras evaluadas, en el top 25. Enviaron además un desglose con las calificaciones en diferentes criterios. Un 10 en originalidad y propuesta temática: la novedad del tema, el enfoque narrativo y el valor diferencial de la obra dentro de su género; un 8 en coherencia estructural: la organización del manuscrito, la lógica interna de los capítulos y la consistencia narrativa o argumentativa; un 7 en ritmo y fluidez narrativa: la capacidad del texto para mantener el interés del lector, la claridad en la progresión narrativa y la dinámica de lectura; un 9 en credibilidad del argumento o testimonio: la solidez del contenido, la coherencia de la experiencia narrada o de los argumentos expuestos; un 10 en la voz, estilo y adecuación al público: el tono, la identidad literaria del autor y la conexión potencial con el público lector; un 10 en calidad del lenguaje y redacción: aspectos como ortografía, claridad sintáctica, consistencia lingüística y necesidad de corrección editorial; y un 7 en potencial editorial y comercial: la posibilidad de posicionamiento del libro dentro del mercado editorial y su afinidad con lectores del género. Ciertamente, se trata de una evaluación previa. El siguiente paso sería pagar una suma importante y confiarle la obra al equipo editorial. ¿Suena esto a cuento repetido? ¿Negocios son negocios? Me quedo, mientras tanto, con el máximo en voz, estilo, originalidad y propuesta. El ámbito comercial y sus vericuetos nunca han sido lo mío. Francamente, no sé hacerme propaganda.
martes, 10 de marzo de 2026
Cita y escrito de hace un poco más de diez años, sobre Alfredo Bryce Echeñique, fallecido recientemente.
"Es cierto: “Hay que escribir como si uno fuera amado, como si uno fuera comprendido, y como si uno estuviera muerto” (Montherlant)."
Alfredo Bryce Echeñique, A trancas y barrancas.
...
Alfredo Bryce Echeñique decía que escribía "para que me quieran"; otro que hacía lo que hacía porque estaba herido; otro porque simplemente "tenía deseos". Se lee mucha poética, mucha palabra rimbombante, mucho auto engaño ante el simple hecho de manifestar alguna inquietud, alguna perturbación. La náusea ante la pregunta sobre a qué te dedicas. El escozor ante la pregunta familiar sobre cuándo sentarás cabeza. La tensión entre dedicarse a algo a fondo o que sencillamente cualquier cosa pueda llegar a ser la próxima tentativa. Y no es que se carezca de ambiciones... Es solo que definirse por algo no sería demasiado estimulante. "No hago nada, sin embargo, me creo capaz de todo".
lunes, 9 de marzo de 2026
Epílogo de "Sergio Gómez y la literatura de masas chilena".
A estas alturas, solamente es posible hablar de Literatura Chilena en un sentido de ubicación geográfica y espacial, y claro está, de origen y permanencia, pero no de raigambre identitaria. A pesar de esta aparente fragmentación, esta condición híbrida, carente de raíces y unidad, existe, de modo subterráneo, un “algo” (¿un aura?) que caracteriza lo latinoamericano, que consiste precisamente en su indeterminación, en su calidad de boceto, de proyecto, de tránsito, atributos gravitantes del ser americano. De eso mismo trata la literatura chilena y latinoamericana en la actualidad: de su constante situación de fantasma, deambulando día a día entre las masas del globo entero, y al mismo tiempo, provocando, suspiro a suspiro, su desaparición.
Sergio Gómez (1962-2026) y la literatura de masas chilena: una aproximación analítica y reflexiva
Ensayo académico escrito en la U para Seminario de Especialidad II. Segundo semestre 2010. No me gustó mucho el resultado en el estilo de escritura, pero creo que aborda puntos nucleares sobre la obra del fallecido escritor Sergio Gómez. Me quedo con el contenido, más que con la forma.
El presente ensayo se propone comprobar la hipótesis relacionada con el auge de una Literatura Chilena a partir de la década del año 2000 mediante la articulación entre una latente Literatura de Masas gestándose en el territorio latinoamericano desde mucho antes, (principalmente desde los años 90) y un mercado editorial operando a niveles internacionales, y con gran injerencia cultural y económica dentro del panorama literario latinoamericano de las postrimerías del siglo XX. Se tomará como punto de análisis la novela de Sergio Gómez, “La mujer del policía”, y se pondrá en relación a la novela y su autor junto con su contexto de producción y sus circunstancias en el medio cultural, para profundizar sobre las condiciones de una Literatura Chilena contemporánea del nuevo siglo, la relación entre los mercados editoriales y la Literatura como fenómeno cultural de masas, el o los modos en que esa literatura se realiza, primero, a nivel estético, luego, a nivel comercial, y la problematización del “cánon escolar” vigente, de acuerdo con la posible implementación de novelas chilenas contemporáneas pertenecientes al circuito masivo, para renovar dicho cánon y actualizar los referentes literarios en pos de una mejor formulación de la enseñanza de la Literatura en el medio educativo vigente.
Se precisa contextualizar el génesis de una posible Literatura de Masas a nivel chileno. Por eso, hay que recurrir a las circunstancias y avatares socio-políticos del país como una forma de entender el entramado de procesos históricos que influyeron en la consecuente gesta de dicha Literatura en los años posteriores. Respecto a la hipótesis de la articulación entre el auge de un mercado editorial y el desarrollo de una Literatura de Masas latinoamericana, conviene remarcar un factor importante, que dice relación con el rol de la política (en su sentido actual) dentro de los fenómenos culturales. En el caso de Chile, sobre el factor anteriormente señalado, podemos aludir, en primera instancia, a la época de la Dictadura como responsable de una serie de circunstancias que posibilitaron el desencadenamiento de sucesos que involucran a la cultura y a la sociedad en su conjunto. Lo anterior tiene que ver, en este sentido, con el modelo económico implantado precisamente durante dicho periodo. Aquella implantación resultó ser una suerte de experimento social, político y cultural que funcionó a la perfección, y gracias al cual las políticas mercantiles poco a poco fueron cobrando fuerza en el interior del sistema, ejerciendo una suerte de adaptación estructural con el paso del tiempo, sobre todo durante los años 90, año de consolidación (ya se explicará al respecto). Es oportuno citar a Rojas, quien afirma que: “(…) el Neoliberalismo instala como base a toda su funcionalidad ideológica la noción de catalaxia, es decir, aquel orden espontáneo del mercado que transforma al Estado en un ente que no ejerce casi ninguna regulación. En definitiva, es lo que vemos en el Chile del Golpe del 73 hasta hoy. Un Estado que totaliza la economía de mercado (…)”. (Rojas, 169-170).
Dado lo anterior, podemos decir que la implantación del neoliberalismo en Chile constituye uno de los agentes pioneros que generaron el escenario desde donde se construyen y desenvuelven prácticamente todos los fenómenos culturales en la actualidad, (al menos los pertenecientes a éste circuito del mercado) producidos, a su vez, gracias a las diversas prácticas y gestiones mercantiles controladas por ciertos grupos de poder. Por eso mismo, funcionan más bien como factores gatillantes del proceso posterior, asociado justamente a esta “explosión del mercado editorial” acaecida durante los años 90 a nivel latinoamericano, y que coincide con el período de transición a la democracia en Chile y, al mismo tiempo, con la consolidación definitiva del proyecto neoliberal. Lo anterior nos lleva entonces a la consideración del panorama reciente. El territorio que abarca desde comienzos de los años 90 hasta la primera década de los años 2000 puede ser concebido perfectamente como un continuo, en este sentido. Conforma a grandes rasgos un espacio-tiempo en el cual las políticas de mercado han calado hondo en el modo de concebir lo relacionado con la cultura, al mismo tiempo que se va consolidando la apertura total del país hacia la globalización, fenómeno que, de acuerdo a lo señalado por Rojas:
“(…) en un sentido general es la forma más avanzada que podríamos ver del Capitalismo como ideología que desde sus inicios siempre ha mostrado el carácter de extensión de su hegemonía: veámoslo desde el mercantilismo, la modernización tecnológica hasta Internet y las multinacionales han generado modelos culturales que responden a “superestructuras” del mercado. Podemos ver la igualdad temática y retórica de la “generación X” en España con la del “Mini-boom narrativo” acá en Chile” (Rojas, 170).
Es necesario agregar que las implicancias de la globalización inevitablemente tienen un efecto en el modo de valorar y concebir, en este caso particular, las obras literarias, y más aún, en el modo en que éstas finalmente se configuran (a nivel estético y, luego, a nivel material) y son puestas en circulación para su futuro consumo. Es en este punto que es posible relacionar el apogeo de las editoriales internacionales con el nacimiento de una Literatura de Masas dentro del territorio chileno. Acá la articulación se expresa de manera heterogénea, considerando el continuo generacional de escritores nacionales que abarca desde principios de los noventa hasta comienzos del nuevo siglo. Dentro de este continuo podemos encontrar a los autores de la llamada “Nueva Narrativa Chilena”, tales como Arturo Fontaine, Gonzalo Contreras, Roberto Bolaño, además se encuentran narradores como Hernán Rivera Letelier, Roberto Ampuero, Pablo Simonetti, Mauricio Electorat, Sergio Gómez, etc. La mayoría de estos escritores, al estar situados dentro del paradigma globalizante, asume de diversos modos sus relaciones (y compromisos) con el gran mercado editorial aunque con resoluciones comunes, siempre transando en calidad de profesionales con las editoriales del mundo.
Dicho todo esto, profundizaré de manera específica en la editorial Alfaguara como una de las editoriales de mayor influencia dentro del contexto antes mencionado. El foco en dicha editorial tiene su fundamento en el análisis propuesto en un principio sobre la novela “La mujer del policía”, publicada el año 2000 por Sergio Gómez, precisamente en Alfaguara, junto con otras novelas escritas por el autor años atrás durante la década de los 90.
Alfaguara constituye una de las editoriales comprendidas dentro del grupo Santillana, que a su vez se desenvuelve bajo la diversidad de medios relacionados con la cultura y el entretenimiento que el llamado Grupo PRISA (formado en España a principios de los 70) maneja. Sin embargo, el grupo Santillana presenta un génesis anterior durante la década de los 60, en España y en Chile, por lo cual goza de cierta trayectoria y prestigio que le han permitido potenciarse durante los años posteriores, sobre todo con la ya mencionada culminación del mercado de las editoriales favorecidas. Por eso mismo, la relación entre Alfaguara y la literatura latinoamericana tiene que ver además con su potencial y capacidad de difusión, sobre todo a nivel de países en lengua hispana, entre ellos Chile.
Dentro del catálogo de libros editados y publicados por la editorial Alfaguara podemos encontrar una variedad de obras pertenecientes a autores latinoamericanos y españoles actuales, aunque es posible encontrar ciertas excepciones, como es el caso de autores extranjeros clásicos y autores latinoamericanos más antiguos: Joseph Conrad, Stendhal, Anthony Burgess, Scott Fitzgerald, Gunter Grass, Paul Bowles, José Saramago, etc. (incluso existe una edición de El Quijote) y Cortázar, Rosa Montero, José Donoso, García Márquez, Vargas Llosa, Alberto Fuguet, Juan Carlos Onetti, Francisco Coloane, Carlos Fuentes, Fernando Vallejo, Marcelo Simonetti, Hernán Rivera Letelier, y un largo etcétera. Es preciso subrayar la inclusión de autores chilenos contemporáneos que publicaron durante la década de los 90 y la década del 2000, como Carlos Cerda, Roberto Fuentes, Patricio Jara, Andrea Jeftanovic, Camilo Marks, Cristián Barros, Pablo Illañés. (Todo lo anterior da cuenta de una estrategia intencionada de parte de Alfaguara, de configurar un catálogo más o menos heterogéneo y diverso, siempre de acuerdo a sus principios y objetivos, que apuntan principalmente hacia una proyección educativa, gracias a la cual se está formando –de manera involuntaria- un “cánon”). Dentro de esta misma lista encontramos a Sergio Gómez. Antes de publicar su novela “La mujer del policía”, el autor había publicado otras novelas durante los años noventa, en editoriales como Planeta, Colección Biblioteca del Sur y Seix Barral. Es con la novela en cuestión que ingresa al circuito editorial Alfaguara, si bien en la serie infantil y juvenil ya había publicado su serie de novelas sobre el personaje detective “Quique Hache”.
Sergio Gómez, un escritor perteneciente a la generación de narradores de los noventa, fue desarrollando una literatura particular con evidentes rasgos provenientes de la novela policíaca. Así puede reflejarse en su primera obra “Adiós Carlos Marx, nos vemos en el cielo”, y en su serie literaria relacionada con Quique Hache, joven detective. Desde aquí viene al caso realizar un alcance sobre el trasfondo conceptual que encierra la referencia a la novela policíaca, sobretodo en su dimensión latinoamericana. La noción de “antropofagia cultural” constituye, en este sentido, un concepto clave para entender la dinámica interna de muchos de los escritores contemporáneos a Gómez, quienes, de modo más o menos similar a éste último, pueden integrar a su sistema elementos o claves propias del género, o bien asumir de forma definitiva su pertenencia a éste. Así, y de modo teórico, Tania Franco Carvalhal señala que:
“(…) la propia noción de antropofagia es útil para el reconocimiento de los procesos creativos en la constitución de los fenómenos literarios o culturales en general. En el caso de las literaturas emergentes, en continua relación con aquellas de las cuales se originaron, se torna aún más eficiente el concepto como ilustrativo de los procedimientos de construcción literaria (…)” (Carvalhal, 162).
En la narrativa de Sergio Gómez se puede apreciar más bien una apropiación y reformulación de claves que una integración absoluta a cierto género. Así por ejemplo, Gómez, en su novela “Vidas Ejemplares”: “(…) alude al periodo de represión militar en Chile, de tal manera que se indican fechas alusivas y explicaciones acerca de las tendencias políticas de los personajes”. (Daza). Dado lo anterior, Paulina Daza afirma que: “El realismo que encontramos en la narrativa chilena actual no es en ningún caso la mimesis de la realidad sino que la interpretación de los nuevos esquemas sociales e individuales que rigen nuestra vida cotidiana” (Daza). En la obra de Gómez hallamos una “exploración” que puede, como vimos anteriormente, integrar elementos como el realismo, la novela histórica, pero que de todos modos apuntan hacia la configuración de un estilo narrativo con referente en la novela policial entendida como literatura o uno de los “lenguajes típicos de los medios de masa”, junto con la ciencia-ficción, a decir de Umberto Eco. Con “La mujer del policía”, Gómez retoma de modo decisivo el formato novelesco policial, pero sin por ello acabar en una mera reproducción mecánica del género. El autor, en un gesto literario, ejerce más bien una reconfiguración del molde policíaco, además de instalar como eje temático el célebre crimen pasional, la reconstitución de la escena del crimen y la búsqueda de la verdad de parte del detective, que en este caso sería un periodista obsesionado con la muerte de Silvia Chibuis. Por otro lado, Gómez se encarga, en su novela, de construir un espacio de ficción (propiamente novelado) enmarcado dentro del territorio chileno, específicamente Santiago y el sur de Chile. En el escenario del sur construye “Vertiente Baquedano”, espacio paradigmático donde transcurren los principales hechos relacionados con Silvia y su asesinato. Vertiente Baquedano no es exclusivo de esta novela. Gómez también instala este espacio en otras de sus obras, como en “El labio inferior”. De este modo, recrea un espacio ficticio particular, “su propio Macondo, Comala o Canciones Tristes”, según Bizama. Cabe citar a Ramón Díaz Eterovic, en este punto, respecto a la reinstalación del género policial. El autor señala que:
“La reinstalación del género policial en la escena literaria chilena responde, en primer lugar, a la inevitable revaloración literaria que el género experimenta y que gracias a la proyección de sus autores clásicos ya no puede seguir mirándose como un género marginal o subliteratura. Este reconocimiento que es recogido por editores y también por la crítica literaria, es evidente también en los autores que, no sólo reconocen sus apasionadas lecturas de novelas negras, sino que además, vislumbran en el género una serie de claves y códigos a través de los cuales expresarse. Desde luego, y como ha ocurrido con muchas otras tendencias artísticas, en Chile este reconocimiento es tardío, y en él es innegable la influencia que ejerce la revalorización del género que se experimenta en otros países latinoamericanos, y en especial en España”. (Díaz Eterovic).
De acuerdo a lo anterior, la narrativa de Gómez, si bien es evidente su reconocimiento de parte de la crítica literaria, los medios de comunicación y las propias editoriales, no está dialogando directamente con la llamada “literatura académica”. Por eso mismo es difícil encontrar en los medios referencias teóricas y críticas sobre el autor y su literatura. De hecho, el propio Gómez, citado por Eterovic, deja entrever su distancia con respecto a cierta literatura “esteticista”, y de paso, critica indirectamente a la academia, al mismo tiempo que sitúa su pensamiento en una dirección distinta a las generaciones anteriores de literatos:
“Se puede hablar de una narrativa policial latinoamericana con toda propiedad, como parte activa e integrada a la literatura latinoamericana. Existen sobrados autores y novelas que lo prueban. La pregunta a esta altura debería, a la inversa, preguntar que aporta hacia el futuro la literatura latinoamericana a la narrativa policial. El aporte más importante de la narrativa policial a Latinoamericana, por si sola, es ser la literatura de punta actualmente, la que tematiza sus grandes problemas, desde los existenciales hasta los más concretos” (Díaz Eterovic).
Gómez deja en evidencia su pensamiento sobre la Literatura. Claramente el concepto de Literatura Latinoamericana entra en crisis, como se señala en el artículo de Jorge Volpi, puesto que la prioridad ya no está en construir una identidad latinoamericana a través de la Literatura, sino que está en utilizar la Literatura como un modo y un espacio de exploración de diversas voces y discursos provenientes de otras partes del mundo (gracias a la apertura de la globalización). En este caso, el género policial está siendo valorado como un referente prioritario a partir del cual interpretar y reconstruir un imaginario propio.
Por otro lado, la constante reticencia de la academia a integrar dentro de sus estudios a obras literarias actuales, que cargan con el peso de la tradición, y más aún obras catalogadas a menudo como meramente comerciales por ser publicadas en editoriales transnacionales y por estar ceñidas o presentar un formato o notorios rasgos o elementos provenientes de la Cultura de Masas, juega en contra de la posibilidad para que discursos como los de Gómez ingresen al terreno literario por su propia valía. Claramente existe un prejuicio de parte de la academia contra aquellas obras, que al ser englobadas bajo tres factores: pertenencia a una gran editorial, pertenencia a una generación de autores contemporáneos y en cierta medida emergentes, y adscripción (o mejor dicho alusión) a un determinado género literario “de masas”, como es el policial, son inmediatamente descartadas para formar parte del corpus crítico y de las discusiones teóricas. Vemos que en el caso de autores como Ramón Díaz Eterovic (vigente desde los años ochenta) y Poli Délano (vigente desde los años sesenta), con su novela “Muerte de una ninfómana”, este prejuicio no opera, ya que, en cierto modo, son dueños de una trayectoria en el oficio escritural, además de ser partícipes de generaciones anteriores, en las cuales puede decirse que aún no se concebían de forma resuelta fenómenos de comercio editorial masivo, lo que da cuenta de que todavía no se planteaban resueltamente estas dicotomías entre literatura académica y literatura comercial o de masas.
Sergio Gómez, por otro lado, está constantemente integrando en su narrativa temas pertenecientes a una matriz distinta de la propiamente literaria, en el sentido de que, además de incorporar el imaginario y la estructuración narrativa de la novela policial a su bagaje como escritor, rescata elementos provenientes del periodismo, como la anécdota noticiosa y la entrevista, y provenientes de la televisión, como los mismos reportajes noticiosos que refieren a hechos contingentes o de “interés público”, más bien, hechos mediáticos. De este modo, Sergio Gómez conjuga ambas matrices, la literaria y la extra-literaria y las integra de una forma particular a su sistema. El asesinato de Silvia Chibuis perfectamente puede pasar por un hecho verídico, así como la investigación realizada por el periodista Plinio Jáuregui. El pueblo de Vertiente Baquedano puede conformar una localidad tangible en el territorio del sur de Chile. Gómez interpela al lector a establecer este pacto de verosimilitud, respaldado por aquellas dos matrices actuando en conjunto, al mismo tiempo que interpela al fenómeno de la Literatura entendido como tal en su contexto y durante su época. Gómez, junto a escritores como Mauricio Electorat y el argentino Luis Alberto Lozano (protagonista de mi anterior ensayo) crearían una narrativa policial que “moldea” a su modo las convenciones propias del género, replanteándolo y ejerciendo un proceso antropofágico que regurgita novelas híbridas y sui generis. Leonardo Escobar Boehmwald (a propósito de una novela de Electorat y otras englobadas dentro de la misma clase) señala que: “Si en las novelas anteriores se buscaba ordenar el pasado de una comunidad y el propio, ahora el pasado que hay que reintegrar y articular es sólo el propio. La lucha que se tiene por la verdad resulta ser propia o, como máximo, de la familia nuclear, pero la comunidad ya nada tiene que ver”. (Boehmwald). Esto dice relación con una ruptura del paradigma establecido por los escritores del boom latinoamericano. El modo en que éstos concebían la Literatura y el medio en que circulaban sus obras eran completamente distintos. De hecho, factores como los ya mencionados al principio, influyeron determinantemente en este drástico cambio de horizontes y perspectivas. De acuerdo a Jorge Volpi:
Hasta los años setenta, el flujo de información y obras entre los distintos países de América Latina permitía que la literatura latinoamericana fuese una realidad cierta. Los escritores del Boom se identificaban entre sí y al mismo tiempo defendían una tradición. A partir de ese momento, en cambio, se volvió cada vez más difícil que los escritores de cada país mantuviesen contacto con sus pares. En los ochenta y noventa esta tendencia se agudizó, sobre todo cuando la mayor parte de la industria editorial latinoamericana quedó en manos de grandes grupos trasnacionales, en especial españoles. De pronto los vínculos entre cada país se volvieron raquíticos o de plano inexistentes. Por paradójico que parezca, en el momento en que la tecnología permite un intercambio cada vez más fluido de información, los lazos entre los escritores y lectores latinoamericanos son cada vez más precarios. (Volpi, 92).
Todo este escenario encarna la transición hacia el fenómeno de la posmodernidad así sentido por la sensibilidad latinoamericana de fines de siglo. En este sentido, la fragmentariedad en el discurso de los nuevos narradores chilenos, su antropofagia cultural voraz, su hibridez narrativa, su entrega a los avatares de la globalización, su renuncia a la identidad, su renuncia a la verdad, constituyen síntomas de aquel pathos. Sin embargo, ya no es sensato recurrir al viejo y retórico discurso consistente en la “satanización” del mercado, así como a una estéril nostalgia sobre “boomes” o “edades de oro literarias”. El enfoque posmoderno sobre las nuevas narrativas, en este caso chilenas, puede perfectamente funcionar como un plus para su legitimación como discursos emergentes y producciones que, a pesar de su masividad a ratos excesiva, contienen un valor cultural. Dice Volpi: “Lo mejor de la literatura latinoamericana continúa allí: miles de escritores empeñados en hallar sus propios caminos, ajenos por completo a las clasificaciones académicas, y millones de lectores que habrán de valorarlos no por su proveniencia geográfica o su identidad latinoamericana, sino por su capacidad de narrar, reflexionar o conmover” (Volpi, 92).
La postura aristocrática de la academia tiende a caer en una deliberada ceguera debido a su hermetismo frente al fenómeno literario de masas. En efecto, la crítica sobre la cultura de masas y sobre el mercado que la propicia tiende a juicios sesgados y generalizaciones poco afortunadas. Al respecto, Umberto Eco ha señalado de forma decisiva, en su libro “Apocalípticos e Integrados” que tanto los juicios condenatorios como las apologías sobre la cultura masiva y el mercado están equivocadas. Afirmó, en cambio, que: “El problema, por el contrario, es: Desde el momento en que la presente situación de una sociedad industrial convierte en ineliminable aquel tipo de relación comunicativa conocida como conjunto de los medios de masas. ¿Qué acción cultural es posible para hacer que estos medios de masa puedan ser vehículos de valores culturales? (Eco, 66). El problema entonces no es la condición ni la naturaleza de la cultura de masa y el mercado en la sociedad, sino el cómo estos pueden contribuir al desarrollo de productos propiamente culturales, y no solamente destinados al consumo efímero. En el caso de la Literatura entonces, tenemos que la categorización “Literatura de Masas” corresponde al cómo determinadas obras literarias adquieren forma y códigos que encajan con modelos establecidos de producción y consumo masivo. En este sentido, la así llamada Literatura de Masas adquiere una connotación negativa, puesto que no se prioriza el proceso de creación artística de la obra, sino que su accesibilidad y productibilidad. Sin embargo, y como el propio Eco señala: “El problema de la cultura de masas es en realidad el siguiente: en la actualidad es maniobrada por grupos económicos, que persiguen finalidades de lucro, y realizada por ejecutores especializados en suministrar lo que se estime de mejor salida, sin que tenga lugar una intervención masiva de los hombres de cultura en la producción” (Eco, 67). La Literatura de Masas, entonces, será validada como Literatura y no como mercancía en la medida que sea maniobrada por agentes de cultura ad-hoc, y tenga la ocasión de ser engendrada con la mayor libertad creativa posible, sin la interferencia excesiva de agentes externos al proceso escritural de los autores. Ciertamente, personas como los editores, los promotores culturales y los encargados de la industria editorial cumplirán el rol de “mediadores”, o en su defecto, de filtro constructivo, pero nunca de “co-autores” que contribuyan a la tergiversación de las obras, en pos de una pretendida calidad comercial del producto.
El dilema que ahora se presenta se relaciona con la legitimación de una nueva Literatura de Masas chilena. A nivel latinoamericano puede concebirse un paisaje similar, ya que la problemática hoy en día consiste en la aplicación del discernimiento suficiente para discriminar entre lo que es bueno o malo (en términos estético-artísticos) dentro del amplio catálogo de obras publicadas por las editoriales transnacionales. Al respecto, Gustavo Guerrero, afirma:
“De ahí que, en la América Latina actual, como en otros lugares del planeta, no sólo luzca más y más difícil defender valores alternativos a los que secreta el mercado de masas, sino aun discernir, entre los demasiados libros, lo que en verdad merece incorporarse a un panorama o no. Bien se lo preguntaba hace algunos años el escritor costarricense Carlos Cortés: “¿Cómo ubicar a los autores de megaventas, como Paulo Coelho, Isabel Allende, Marcela Serrano o Luis Sepúlveda en el ámbito iberoamericano? ¿Cómo inscribir la actualidad en la tradición?” Y él mismo se contestaba y nos contestaba: “No lo sé; lo que es un hecho es que ya no hay estado de gracia ni unanimidad posible. Para algunos, estos son los grandes autores del presente. Para otros, son los grandes autores de un hoy efímero…” (Guerrero, 25).
Ante dichas limitantes, un agente decisivo entra en el juego. Se trata de los lectores. Ciertamente, es la dialéctica autor-obra-lector la cual, en definitiva, determina, en este caso, la validez y legitimación de las obras dentro del medio colectivo, sobretodo cuando se trata de las ya mencionadas novelas pertenecientes a la Literatura de Masas. El problema surge cuando se halla presente la abrupta dicotomía entre un grupo de escritores y críticos académicos, que se autoproclaman como representantes de la “alta cultura” como si se tratara de un título nobiliario, y un grupo de escritores y lectores que integran la cultura de masas, mal conocida como la “baja cultura”. Esta distinción se corresponde, desde una perspectiva socio-política, con la eterna pugna entre la clase burguesa con aires aristócratas y la clase popular. En relación con la Literatura de Masas, este conflicto se materializa concretamente en los roles que ocupan los distintos agentes involucrados con el fenómeno literario actual. De acuerdo a Cristine Wischmann, tenemos, por ejemplo, que:
“Por causa del editor el producto literario se convirtió en mercancía, cuyo valor está determinado por su venta en el mercado libre. Y la relación ya no directa entre autor y lector se vio alterada además por causa del nuevo oficio del crítico, quien comenzaba a influir sobre el lector con sus juicios sobre la calidad o no calidad de la obra literaria. Estos fenómenos alienantes invitaron al escritor a intentar restablecer la comunicación perdida exhibiendo su personalidad como genial y su obra como creación.
Y fue precisamente este culto a sí mismo lo que le aisló completamente de la sociedad y de los acontecimientos sociales. El escritor y especialmente el escritor latinoamericano (salvo contadas excepciones) escribe no más que para un muy reducido público, un público que en una era de masas todavía cree poder permitirse una actitud individualista” (Wischmann, 2-3).
Es este escritor egoísta, reaccionario, simpatizante de la academia, que se da ínfulas de genio e ilustración privilegiada frente al apogeo de la literatura masiva, “inculta”, “plebeya”, aquel que no puede seguir vigente dentro del medio cultural y literario de los últimos años, si no supera sus prejuicios y ejerce una apertura en todos los sentidos. No obstante, no se trata de defender en forma unánime al gran mercado editorial que propicia una literatura de masas en Chile, ni tampoco apologizar a favor de todas las obras pertenecientes o atribuidas a esta literatura. Se trata, en cambio, como ya se dijo anteriormente, de adquirir el discernimiento suficiente para “abrirse al sistema” (lo cual no quiere decir “venderse al sistema”) y desde ahí ejercer un proceso crítico sobre la variedad de autores y obras emergentes que han ido surgiendo dentro del continuo temporal y generacional comprendido desde los años 90 hasta la década del 2000.
Entonces, para el caso de la nueva novela policial chilena, que tiene como uno de sus representantes contemporáneos a Sergio Gómez, en específico con su obra “La mujer del policía” (2000), se puede operar críticamente para rescatar su espesor. Como ya se dijo, el hecho de que el escritor opte por la vía del circuito comercial no quiere decir que su obra necesariamente gane productividad a nivel de mercado en desmedro de sus atributos artísticos. Al transar con el sistema editorial, como señala, Wischmann: “(…) no significa que el escritor deba renunciar a toda pretensión artística. No se actúa en favor del pueblo atribuyendo a las costumbres de éste un poder dictatorial. "El pueblo entiende formas innovadoras de expresión, aprueba puntos nuevos de vista, supera las dificultades formales cuando estos reflejan sus propios intereses." (Wischmann, 8).
“La mujer del policía”, tal como se explicó en apartados anteriores, guarda rasgos y elementos que dejan entrever un contenido literario estimable, como es el caso de la “antropofagia” manifestada en la obra, con la inclusión de temas provenientes de matrices distintas: por un lado, literarias (con la tradición del neopolicial latinoamericano y el policial clásico extranjero) y no-literarias (con la inclusión de referentes como el periodismo, la prensa, la televisión). Esta tentativa de renovación estética y estilística (tentativa de vanguardia) promovida por Gómez, habla de su capacidad para reinterpretar y dialogar con la Literatura de su tiempo y de su espacio, y al mismo tiempo, con la tradición literaria que todo escritor carga angustiosamente (a decir de Harold Bloom). Sin embargo, esta angustia no debería fomentar el inmovilismo ni la sequía creativa, sino que, al contrario, debiera transformarse en el resorte que impulsa la experimentación e innovación de las nuevas voces narrativas. Después de todo, la tradición y el sistema literarios sólo pueden sobrevivir en base a esas pequeñas fisuras y cambios.
Sergio Gómez está conciente de que la Literatura sólo puede desarrollarse en la medida que entra en contacto con aquellos que, a fin de cuentas, la hacen posible: los lectores. Por ello, el mercado de la literatura de masas es reivindicado en la medida que posibilita una mayor democratización de las obras literarias, un amplio acceso hacia la audiencia que permita una retroalimentación del proceso dialéctico escritor-lector. Esta preocupación por el lector no sólo opera de acuerdo a las lógicas del mercado, sino que lo hace a nivel de la estética y el estilo, el “sello” del autor. Gómez se refiere a su “poética narrativa” señalando que: “la narrativa policial permite para mí un contacto claro, inmediato, con el afán básico de la literatura que es desarrollar una historia. No hay otro género que se preste tan bien para el acto de contar. La literatura exageradamente elíptica y esteticista obedece a un refinado conceptual, lejano al acto simple que exige el lector de ser fascinado por el descubrimiento de un mundo nuevo, independiente y sorprendente que es toda historia". (Díaz Eterovic).
A través de su reflexión meta-literaria, Gómez da cuenta de un “ideario”, es decir, revela sus ideas sobre la función que la literatura (o su literatura) debiera cumplir en relación con sus lectores potenciales, además de reinterpretar el género en torno a una concepción particular sobre la literatura. Si bien su pensamiento evidencia la conformación de un límite con respecto a la densidad intelectual propia de escritores como Bolaño, o a la búsqueda de un discurso rupturista e independiente como Diamela Eltit y, en cambio, simpatiza directamente con los esquemas masivo-literarios, deja entrever después de todo una responsabilidad del escritor para con su oficio, la plena conciencia sobre su labor escritorial y el cómo ésta influye dentro del medio social al trascender mediante sus creaciones. Es por esto, y por todas las explicaciones hasta aquí expuestas, que la narrativa de Sergio Gómez consta de una forma y un fondo, y un derrotero artístico bien delimitado, características ambas exigidas para todo escritor que se precie como tal. Por otra parte, el propio Gómez se encarga de invalidar el mito sobre la “literatura de masas como experimento bastardo de una pseudo literatura comercial”. Conciente de su integración al panorama de escritores coterráneos y contemporáneos, que más o menos apuntan hacia direcciones similares o aspiran a ideales comunes, Gómez argumenta:
“(…) es estéril desconocer el fenómeno de publicaciones de autores chilenos en los últimos años. Y me parece de escasa agudeza e injusticia, explicarlo o juzgarlo bajo la supuesta concertada campaña del marketing de un Leviatán internacional, que serían las editoriales para las cuales los escritores trabajamos. Las novelas de esos años, lo digo muy sinceramente, nacieron por necesidad. Creer erradamente que los escritores son una especie de zombies conducidos por una mano negra llamada mercado, carece de imaginación o explicación. Alimentar el manoseado mito que las editoriales sólo publican títulos o autores taquillas, apitutados, o comerciales, es un error que se puede comprobar en los libros, pero de contabilidad de las editoriales. (…) Acepto por lo tanto el nombre de Nueva Narrativa, no como un club de Toby y rincón gremialista, sino porque los libros existen”. (Gómez, 137-138).
Sobre la mencionada trascendencia señalada algunas líneas atrás, cabe desarrollar entonces la coyuntura de la narrativa de Sergio Gómez con el currículo escolar existente en el medio educativo chileno. Ciertamente, la implementación de autores y obras narrativas chilenas de actualidad ha resultado un conflicto para los profesionales de la educación entendidos o involucrados con la materia. Esto se debe a que, mayoritariamente, se ha optado por configurar catálogos de obras literarias que corresponden a un cánon reiterativo y pobremente actualizado. Así, por ejemplo, tenemos que para la Enseñanza Media se persiste en la aplicación de contenidos referentes a los “grandes autores y libros clásicos”, como por ejemplo, los narradores del naturalismo, del criollismo, del boom latinoamericano, incluso escritores de los años 80 que, independiente de su riqueza indiscutida, resultan algo desfasados respecto de las problemáticas contingentes que aquejan a la juventud reciente. Por eso, el problema de fondo que subyace a esta deficiencia de referentes para la enseñanza de la Literatura lo constituye de alguna forma todas las perspectivas esbozadas anteriormente, que se resumen en este recelo categórico frente al fenómeno literario de masas en Chile durante el nuevo siglo. Si los docentes del área de Lenguaje y Literatura persisten en esta actitud (me incluyo dentro de la apelación, puesto que me compete como futuro profesional) cerrada, academicista, anti pedagógica, entonces se continuará perpetuando un estancamiento fomentado por un dejo de superioridad que conserva los mismos parámetros (como el representado por la defensa de los autores y obras del “cánon clásico”) y no da pie para que las nuevas obras circulando en el medio masivo tengan la posibilidad de ser integradas al catálogo literario del currículo escolar. Es en este punto que los docentes deben ser lo suficientemente agudos para discriminar entre las novelas actuales aquello que pueda ser satisfactorio para la tarea pedagógica. Es decir, aquello que realmente genere un lazo entre la literatura actual y el trasfondo subjetivo de los alumnos (vehículo de valores culturales, parafraseando a Eco). En el caso de “La mujer del policía” de Sergio Gómez, tenemos que la novela presenta un formato policial bien delimitado y con matices de realismo y representación histórica, de acuerdo al estilo de Gómez (como ya se explicó anteriormente). Además, presenta una verosimilitud efectiva al estar ambientada en un pueblo ficticio del sur de Chile, así como en la capital. Los dispositivos textuales se conjugan con una narración descriptiva enfocada en la búsqueda por la verdad del homicidio de Silvia Chibuis, todo lo cual desemboca en la utilización de un lenguaje directo y una concatenación lógica de acontecimientos, sin por ello restarle drama y misterio. El propio Gómez defiende esta configuración de su narrativa policial por su accesibilidad hacia el lector, restándole dificultades para que este último se asocie con el mundo representado, y con la propia novela como crisol de realidades. Por todo esto me atrevo a afirmar que Sergio Gómez podría perfectamente encajar dentro de un catálogo de autores chilenos contemporáneos para el currículo escolar. Su novela “La mujer del policía” constituiría un ejemplo de obra literaria pensada para una audiencia contingente en la cultura de masas. Desde su lectura, existiría la posibilidad de que los alumnos pudieran identificarse con las historias de detectives, hechos de sangre, crímenes sin resolver, gracias, en primera instancia, a esta disposición y formato amenos, “didácticos”, relacionados con una “prosa del lector”. En próximas instancias, entonces, conseguida la identificación, la catársis resuelta en el lazo estético afectivo, los alumnos podrían acceder a toda la tradición novelística policíaca, partiendo desde Díaz Eterovic, hasta pasar al ámbito extranjero clásico, como Raymond Chandler, Agatha Christie, Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe. Todo este proceso, eso sí, opera idealmente a nivel individual para cada lector. Debiera haber una iniciativa, una curiosidad e inquietud naturales en los lectores por estas figuras, una vez concretada la filiación primaria con el referente más próximo. Justamente, los profesores –gracias a su mediación y transposición didáctica- darán cabida para que aquello suceda en la subjetividad de su alumnado. Las consecuencias que esto pudiera ocasionar –en un futuro- a los lectores, escapan a su radio de influencias.
Dado lo anterior queda, después de todo, la comprobación de la hipótesis inicial. El concepto “Literatura de Masas chilena” perfectamente se aplica para el caso del autor estudiado, en el sentido de que logra concretarse en esa articulación con una Literatura de Masas a nivel latinoamericano surgida desde el continuo que abarca los años 90 y la década del 2000 y un mercado editorial funcionando a escalas transnacionales, materializado en la relación establecida entre editoriales españolas (como Alfaguara) con autores chilenos contemporáneos (como Sergio Gómez). Sin embargo, la hipótesis no consigue comprobarse del todo, puesto que la noción de “Literatura de Masas chilena” es demasiado ambigua conceptualmente. La referencia a la nacionalidad o gentilicio chileno puede asociarse, en primera instancia, con un sentido identitario de aquellos que escriben desde esta zona del mundo, un sentido de pertenencia a una cultura genuinamente chilena, una “identidad”, casi un “Yo chileno”. No obstante, ya se ha explicado que el concepto de identidad es puesto en entredicho desde el auge de la literatura masiva durante los años 90, junto con la crisis del concepto “Literatura Latinoamericana” anunciada por Volpi. Por eso mismo, a estas alturas solamente es posible hablar de Literatura Chilena en un sentido de ubicación geográfica y espacial, y claro está, de origen y permanencia, pero no de raigambre identitaria. A pesar de esta aparente fragmentación, esta condición híbrida, carente de raíces y unidad, existe, de modo subterráneo, un “algo” (¿un aura?) que caracteriza lo latinoamericano, que consiste precisamente en su indeterminación, en su calidad de boceto, de proyecto, de tránsito, atributos gravitantes del ser americano. De eso mismo trata la literatura chilena y latinoamericana en la actualidad: de su constante situación de fantasma, deambulando día a día entre las masas del globo entero, y al mismo tiempo, provocando, suspiro a suspiro, su desaparición.
Referencias bibliográficas
Boehmwald, Leonardo Escobar: “Novela policial chilena post 2000 o el policial de la memoria”. (sin año). En: http://www.letras.s5.com/le151106.htm
Carvalhal, Tania Franco. “La noción de Antropofagia y sus alcances para la crítica latinoamericana”. En: Naciones literarias. Dolores Romero López, edición y Grupo de Investigación LEETHI. España. Anthropos Editorial, 2006.
Daza, Paulina: “Realismo ciber-pop y banda sonora en la narrativa chilena actual”. (sin año). En: http://www2.udec.cl/~litterae/daza.html
Díaz Eterovic, Ramón: “La narrativa policial chilena de los años 80 en adelante”. (sin año). En: http://gangsterera.free.fr/RepNPchilena.htm
Eco, Umberto. Apocalípticos e integrados. Barcelona: Lumen. 1965.
Gómez, Sergio: “Encuentro de una nueva narrativa”. En: Arcos Leví, René y Olivárez, Carlos, Nueva Narrativa Chilena. LOM Ediciones, 1997. Santiago de Chile.
Guerrero, Gustavo. La desbandada O por qué ya no existe la literatura latinoamericana. Letras Libres, Junio 2009.
Rojas Canouet, Gonzalo: “El paradigma estético masivo en la literatura chilena de finales de siglo XX: novela y poesía”. Tesis para optar al grado de doctor en filosofía con mención en estética y teoría del arte. Profesor patrocinante: Leonidas Morales Toro. Universidad de Chile, Facultad de artes, Escuela de posgrado. Santiago de chile, octubre de 2007.
Volpi, Jorge: “La literatura latinoamericana ya no existe”. (sin año). Revista de la Universidad de México.
Wischmann, Christine: “¿La literatura de masas reemplaza al escritor?”. Nueva Sociedad. Nro. 6 Mayo-Junio 1973, pp.15-20.
sábado, 7 de marzo de 2026
Hay un libro que salió como el más leído en las cárceles de Chile, durante el 2025: “Las once mil vergas” de Guillaume Apollinaire. Para el año 2020, se hizo un ranking similar y lo más curioso es que la obra del italiano también quedó en el mismo puesto. Un clásico predilecto entre los reclusos. Algo libidinoso para tiempos duros. Otro libro que se repitió fue “El jardín de secreto” de Chesterton. Habría que indagar en la psicología profunda de esas elecciones literarias. ¿Cuál es el canon de los encerrados?
Según la IA, un ejemplo del “arte del chamullo”, bajo la anatomía de la sala de clases, sería algo como la siguiente respuesta a una pregunta de desarrollo: “la existencia se teje entre las sombras del desconocimiento como un pájaro que huye del invierno en busca de un sol imaginario… la retórica es el último refugio del náufrago. El caperío criónigo”.
"Historias desequilibradas por la altura y otros desalientos", indicó mi tío que podría ser un buen título para un próximo hipotético libro. Desequilibrio. Desaliento. "Sobre todo y considerando que tu prosa es energía en colisión, genera partículas de antimateria literaria. Estoy de acuerdo con Zavala en aquello de que un buen ajedrecista se reconoce por sus finales".
“La literatura no es algo soluble en religiones, en filosofías y en ideologías políticas. Siempre han tratado naturalmente de encapsular a la literatura en nombre de una religión, de una filosofía y de una ideología política. Ahí tenemos a Platón, a Calderón de la Barca, a Bertol Brecht, la llamada “literatura feminista”, etc. Siempre se trata de etiquetar a la literatura para llevarla a un determinado corral, a un determinado corralito filosófico, ideológico, religioso, pero la literatura se escapa, huye de las celdas y de las cárceles. La literatura siempre ha huido de los conventos, de las universidades y de los parlamentos políticos. Siempre ha huido de todos esos sectores, sin embargo, todos quieren meterla en su cama. La literatura no es la puta de las ideologías, en absoluto”. Jesús G. Maestro.
viernes, 6 de marzo de 2026
“La gran literatura es literatura sin causas. Shakespeare no dice a la gente: estos son los buenos y estos son los malos. Es capaz de que hasta nos caiga bien el canalla mayor de la historia de la literatura, que es Ricardo Tercero. La literatura, los escritores no somos jueces, nos dedicamos a entender. Entender no significa justificar, significa darte los instrumentos para no volver a cometer los mismos errores, y por eso la literatura es útil si es valiente y no hace pedagogía ni propaganda. Eso es letal, absolutamente mortal. Y estamos en un momento en que la pedagogía y la propaganda se están apoderando de la literatura, y eso es letal. El novelista o el escritor que le dice a la gente lo que tiene que pensar es un mal novelista o un mal escritor”. Javier Cercas. Corta.
"Lo he dicho muchas veces: la literatura es ante todo un placer, como el sexo; pero también es una forma de conocimiento, como el sexo. Por eso, cuando alguien me dice que no le gusta leer, lo único que se me ocurre es darle el pésame, acompañarle en el sentimiento: es como si me dijera que no le gusta el sexo. Yo escribo para saber: porque no sé. Yo escribo para entender: porque no entiendo." Javier Cercas. Hay también buena literatura casta, muy abundante, pero no hay como el placer del "delicioso" (sobre todo si es con la persona amada) y el del éxtasis que sigue al término de una obra. Se miente a sí mismo quien no aprecia esos pequeños deleites, frente a un mundo que precipita su propio ocaso.
jueves, 5 de marzo de 2026
Antonio Lobo Antunes: «Y eso da entender que escribir es una cosa muy difícil. Es una cosa imposible. Nunca vas a conseguir lo que quieres. Puedes ir de derrota en derrota, pueden ser gloriosas derrotas o malas derrotas. No hay ningún secreto: es solamente trabajo (...) La vida es una cosa tan rica, tan variada, con tantos materiales, tantas cosas. Escribir es escuchar con más fuerza. Y las voces empiezan a hablar y solamente hay que traducirlas y organizarlas. La escritura, si lo ves mejor, es un delirio organizado».
miércoles, 4 de marzo de 2026
No he tenido mucho tiempo para nada más, aparte de trabajar en el nuevo colegio. Debería estar contento, sí, por haber encontrado pega estable, aunque se me ha hecho difícil volver a agarrar el ritmo. El colegio queda lejos, muy lejos. Quizá se trata del colegio más apartado en el que he trabajado, a tal punto que tuve que mudarme durante la semana, porque el viaje demora mucho. A mi alrededor, donde alojo, está la carretera, junto a un grupo de casas humildes. Recién a la semana y media pude captar algunos lugares estratégicos donde servirme alguna colación o comprar mercadería. Se siente extraño en esta tierra. Acá solo soy conocido como el profesor de Valpo que viene de paso a ganarse sus lucas. Me abrigo en ese perfil y en él encuentro una paz insospechada. Acá nadie sabe de mi veta creativa ni de mis andanzas del pasado y mejor que sea de esa manera. Un verdadero reseteo siempre conviene, cuando las cosas alcanzan un punto de no retorno y la saturación asfixia cualquier otra salida. No hay mucho que hacer, en realidad. Hay una calma paradójica en estos días de marzo. Aprovecho los pocos momentos que tengo de ocio para teclear algunas palabras, pese a su tono y a su precariedad. Al salir, me espera un terreno como de campo, sin pavimentar todavía, y mucho más allá, a dos cuadras, una angosta y larga calle que va a dar a un lugar semiárido, casi desértico. Todos los días paso por ahí y es el camino más corto y expedito de ida y de vuelta. Por lo pronto, ese será el atajo que tome.
martes, 3 de marzo de 2026
Cuarenta años de Master of puppets
Cuarenta años de un discazo. De esas obras iniciáticas. Con el aniversario de Master of Puppets de Metallica me acuerdo que una vez en el colegio, durante algún recreo, alguien se tomó la radio escolar y colocó a toda pala damage inc (o al parecer otro tema del disco, no recuerdo bien). Hasta el día de hoy nunca se supo quién fue aquel o aquellos que lo hicieron. Seguramente, eran los cabros que tocaban en alguna banda y que vacilaban también la volada del metal. Repito que el cassette de este álbum lo compré en la extinta Blackbox de la Galería Tres Palacios. Qué recuerdos me trae Metallica y, en particular, este álbum. Conste que primero escuché el "Justicia para todos" en cassette EMI edición chilena, traducido al estricto español en los títulos de las canciones...
domingo, 1 de marzo de 2026
Mañana Super Lunes lejos de la ciudad, haciendo patria a la cresta del mundo, en colegio nuevo. "Te va a ir excelente", dice mi polola. "Aunque quede lejos", agrega ella. "Es como si fuera a la guerra, al batallón", le digo. "No le pongai color tampoco", comenta, con un emoticón me divierte. Como si los alumnos fueran soldados; y los profes, sus gendarmes. En todo caso, el pique se parece más a un viaje de negocios, los típicos en que la distancia le agrega dramatismo al asunto.
martes, 24 de febrero de 2026
"Hoy va a ser el último día de que te quejes que te falta economía, que no alcanza", decía el reel que me mandó mi polola por interno. En él se agregaba la frase "effata" para manifiestar, repetida tres veces: "effata, effata, effata". Salía además una carta con un As de Pentáculos. Busqué el significado de Effata y en arameo se traduce como "ábrete", usada incluso por Jesús según en el Evangelio de Marcos 7:34. Una de las cosas por las cuales las parejas se separaban -recuerdo que decía ella- era por temas económicos. La palabra de poder viene con intención de augurio, aunque también con un subtexto tardío. No basta con encontrar trabajo y ganar sus lucas, hay que, además, saber declararlo, tener capacidad adquisitiva, gestión financiera, madurez emocional, ser un buen amante y, por si fuera poco, tener conciencia mística.
domingo, 22 de febrero de 2026
Francois Evens Paul: "Occidente es cristiano-grecolatino, no judeocristiano".
"Occidente es cristiano-grecolatino, no judeocristiano. El término "judeocristianismo" no nació de una verdad histórica o espiritual, sino como una construcción política: una supuesta alianza moral entre cristianos y judíos frente al islam y al comunismo. Pero esa alianza es más geopolítica que espiritual, más estratégica que cultural. Últimamente, se usa para engañar y manipular a las sociedades occidentales, presentando a Israel como un supuesto “faro de valores” en Oriente, una especie de aliado moral artificial, diseñado para generar simpatía y justificar todo. Te han repetido hasta el cansancio que Occidente es “judeocristiano”, como si fuera una verdad incuestionable. Lo dicen líderes religiosos, intelectuales, escritores y políticos —algunos por ignorancia, otros por conveniencia o cobardía intelectual. Pero no. Occidente no nació de la Torá, ni del Talmud, ni del mito del “pueblo elegido”. Nació del logos griego, del derecho romano, del pensamiento filosófico, de la cosmovisión cristiana y del espíritu europeo que se forjó en la Edad Media, el Renacimiento y la Reforma. Nada de eso necesita al judaísmo talmúdico como base. El cristianismo rompió con el judaísmo desde el inicio, porque son doctrinalmente, espiritualmente y filosóficamente incompatibles."
sábado, 21 de febrero de 2026
Decía Miguel Serrano, durante el año 1996, en Imitación de la verdad. La ciberpolítica, internet, realiad virtual y telepresencia, respuesta a José Joaquín Brunner: "¿Existe una alternativa a la locura de la "Revolución Tecnológica", de la Información y de las Comunicaciones, que destruirá al hombre, transformándolo en un esclavo de un Gobierno Secreto, Totalitario, de criminales ocultos, y de un Robot Todopoderoso?". A treinta años de esos comentarios, parecen haber pronosticado con exactitud el panorama actual en términos de control tecnológico y psicotrónico, pese a tratarse de temas que ya se venían gestando durante el siglo XX (todo el rollo transhumanista, la distopía en clave Huxley, la ciencia ficción "neuromante" de William Gibson, la anticipación sobre la red global). Otro pasaje contundente de Serrano señalaba: "un paso más, ya definitivo y muy posiblemente el último, por ser la realidad virtual la más poderosa de las drogas, la Droga Absoluta, que las reemplazará a todas, se ha dado al final del actual milenio y comienzos del próximo". Aquí ya parece estar hablando derechamente de la IA o de los modelos de inteligencia artificial y las ideas megalómanas de realidad virtual y de "mejoramiento" cibernético de lo humano, eufemismo para su desintegración y doma absoluta. Al respecto, Fernando Villegas comentaba, en La Tercera de los noventa: «La previsión de Serrano es uno de esos futuribles y no necesariamente el con menos probabilidad».
miércoles, 18 de febrero de 2026
Antes de que se hicieran de moda los "therians", ya teníamos en nuestro acervo chileno una verdadera zoología del insulto: perro, zorra, insecto, cerdo, vaca, oveja, víbora, pajarraco, hiena, gallina, sapo, pavo, tortuga, burro, rata, gusano, sabandija, arpía, ganso, simio, etc, etc. ¿Quién no ha recibido alguna vez en su vida uno de estos apelativos, de manera injustificada, y quién no lo ha proferido alguna vez en contra de alguien, creyéndolo portador de todas esas cualidades tan virtuosas? Para unos puedes ser perfectamente un perro o un cerdo, para tu pareja puedes ser hasta un osito tierno o un toro, según sea la situación, o bien puedes llegar a ser un híbrido entre humano o bestia. Una cosa es la auto percepción, y otra muy distinta, la percepción que los otros tienen de uno.
martes, 17 de febrero de 2026
Una polilla entró rauda a la pieza, sin alcanzar a notarla. La observé durante varios segundos. Revoloteaba por la pieza en busca de alguna salida. Chocaba con las paredes y con el librero a un costado. Lo triste es que ella entró por la luz artificial, a un cuarto chico como el mío y huyó de la inmensidad de la noche. Intenté empujarla hacia la ventana, pero la polilla, desesperada, no entendía lo que estaba pasando, solo huía de mi presencia como si se tratase de un troll recién despierto. Ya agotada, la polilla caía varias veces, y yo la volvía a levantar, de puro susto, hasta que llegó a una esquina próxima al librero, donde cayó definitivamente, o eso es al menos lo que yo creí que pasó, porque la polilla no volvió a remontar su vuelo y desapareció entre el montón de cachivaches. No quise seguir insistiendo, así que la dejé ahí tranquila, viva o muerta. Apagué la luz de la pieza y encendí, en cambio, la luz del velador, una luz mucho más tenue, la luz de los que se van a quedar dormidos, pronto.
Similitud fecal (poema)
Del imaginario gragkiano
Hay un hedor que lo envuelve todo
Incluso el espacio más recóndito
Una materia informe que desafía cualquier patrón
Un golem sin voluntad propia
Una criatura orgánica
Carente de ánimo y rebosante de peste
Que, sin embargo, recorre todos los sistemas civilizatorios
Y esconde los más íntimos secretos de la tierra
En nuestra digestión, encuentra su ley milenaria
Su rito iniciático, su ruedo mercenario
Solo aparece cuando pugna por su escapatoria
Lo intentamos ocultar con artificios y discursos rimbombantes
Pero revela nuestra desnudez radical
Con desesperación, sentimos la urgencia
La frustración, la tensión de aquello
Que solo se expresa al ser expulsado
Suficientemente fuerte y repulsivo
Como para no mirarlo de frente
En la boca del excusado, porque esa cosa viscosa
Reclama su trono, capaz de transgredir los límites
Aberración evolutiva
milagro de la biología
o excreción de lo divino
síntesis de lo humano y lo bestial
esa cosa obliga al asco, pero no deja de presionarnos
conoce nuestras entrañas mejor que nosotros mismos
nos conoce mejor que cualquier entramado filosófico
es el espejo sucio en el que tememos reconocernos
nuestra más vergonzosa y dolorosa herencia
hay mucho de nosotros en la cosa
algo palpitante, horrendo y vital
tiramos de la cadena y de la llave cuando ya no queda de otra
observamos su descenso a los infiernos, su catábasis
como en un simulacro de nuestro destino
porque, muy en el fondo, sabemos lo que nos espera:
la asfixia, el torrente, la mugre y luego la oscuridad
una oscuridad escandalosa, y la materia se revuelve
y vuelve a caer, y con suerte llegará al océano
donde se mezclará con sus hermanas
nacidas de la misma víscera y de los mismos fluidos
para formar una gran obra, una gran mancha negra
producto de una infinita red de evacuaciones
corremos a evacuarla cuando conspira por dentro
en el momento menos oportuno
porque, como Dios, no da tregua
obliga al movimiento absurdo y vergonzoso de la vida
y ya germinada desde nuestro recto
como un tubérculo maldito
la despreciamos y la desterramos de la memoria
pero vuelve insistente, cual pesadilla eterna
y volverá hasta el fin de los días
cuando ya no queden ganas ni almas
en el terruño prohibido
porque su flujo resignifica el ciclo
porque el ciclo acarrea vicios y humillaciones
y la cosa, vástago y testigo del organismo humano
no cesará de ser creada a costa de nuestra naturaleza
y en eso consistirá el futuro, alcantarilla del tiempo
nos sobrevivirá la mierda, tubería del espíritu
nos sobrevivirá el excremento infinito de la historia
y lo absoluto habrá encontrado su lugar
allí donde todo es expulsado
en el soberano reino del desecho.
Incluso el espacio más recóndito
Una materia informe que desafía cualquier patrón
Un golem sin voluntad propia
Una criatura orgánica
Carente de ánimo y rebosante de peste
Que, sin embargo, recorre todos los sistemas civilizatorios
Y esconde los más íntimos secretos de la tierra
En nuestra digestión, encuentra su ley milenaria
Su rito iniciático, su ruedo mercenario
Solo aparece cuando pugna por su escapatoria
Lo intentamos ocultar con artificios y discursos rimbombantes
Pero revela nuestra desnudez radical
Con desesperación, sentimos la urgencia
La frustración, la tensión de aquello
Que solo se expresa al ser expulsado
Suficientemente fuerte y repulsivo
Como para no mirarlo de frente
En la boca del excusado, porque esa cosa viscosa
Reclama su trono, capaz de transgredir los límites
Aberración evolutiva
milagro de la biología
o excreción de lo divino
síntesis de lo humano y lo bestial
esa cosa obliga al asco, pero no deja de presionarnos
conoce nuestras entrañas mejor que nosotros mismos
nos conoce mejor que cualquier entramado filosófico
es el espejo sucio en el que tememos reconocernos
nuestra más vergonzosa y dolorosa herencia
hay mucho de nosotros en la cosa
algo palpitante, horrendo y vital
tiramos de la cadena y de la llave cuando ya no queda de otra
observamos su descenso a los infiernos, su catábasis
como en un simulacro de nuestro destino
porque, muy en el fondo, sabemos lo que nos espera:
la asfixia, el torrente, la mugre y luego la oscuridad
una oscuridad escandalosa, y la materia se revuelve
y vuelve a caer, y con suerte llegará al océano
donde se mezclará con sus hermanas
nacidas de la misma víscera y de los mismos fluidos
para formar una gran obra, una gran mancha negra
producto de una infinita red de evacuaciones
corremos a evacuarla cuando conspira por dentro
en el momento menos oportuno
porque, como Dios, no da tregua
obliga al movimiento absurdo y vergonzoso de la vida
y ya germinada desde nuestro recto
como un tubérculo maldito
la despreciamos y la desterramos de la memoria
pero vuelve insistente, cual pesadilla eterna
y volverá hasta el fin de los días
cuando ya no queden ganas ni almas
en el terruño prohibido
porque su flujo resignifica el ciclo
porque el ciclo acarrea vicios y humillaciones
y la cosa, vástago y testigo del organismo humano
no cesará de ser creada a costa de nuestra naturaleza
y en eso consistirá el futuro, alcantarilla del tiempo
nos sobrevivirá la mierda, tubería del espíritu
nos sobrevivirá el excremento infinito de la historia
y lo absoluto habrá encontrado su lugar
allí donde todo es expulsado
en el soberano reino del desecho.
domingo, 15 de febrero de 2026
Hay quien dice que el rock dejó de ser corriente principal y por eso ha vuelto a ganar espacio en lo subterráneo. Lo dijo un tal Nuno Bettencourt. Pensé que lo mismo podría pasarle a la poesía, aunque entiendo que la poesía nunca fue música de estadios. Tengo entendido que siempre privilegió el antro, el bar con demasiado sonido ambiente, el auditorio vecinal, la cafetería turística, la casa antigua, maltrecha, de patrimonio, la galería alternativa, ojalá llena de pinturas, el centro cultural de municipio, ojala financiado, la casona a la punta del cerro, el microfonazo en la esquina o en la plaza, la sede de la junta, la biblioteca local, la librería del centro, el club histórico, la casa de algún amigo/a poeta, de preferencia, el patio, el jardín, la terraza o el living, eso, la terraza con vista a la noche, sin demasiada luz, pero la suficiente amplificación como para escucharlo todo de corrido, porque, a falta de un público multitudinario, siempre era buena la camaradería, el sentido de pertenencia al grupo, la patota que te acompañaba de vuelta, al no tener un mejor panorama.
En un video grabado con celular por mi ex, aparezco martillando un par de clavos para colocar unas guirnaldas de Navidad en el techo de su casa. Nunca lo había hecho antes, por ninguna otra. No se ve mi rostro, solo el martillo sostenido por mi mano derecha y el par de clavos sostenidos con la izquierda. Son alrededor de diez segundos de duración, en las que solo aparece el martilleo insistente, sin otro sonido ni voces. A ella le nació grabarme haciendo ese trabajo, porque lo encontraba un acontecimiento único. Y tal vez sea lo que más recuerde, después de todo. Incluso más que la conversación coqueta que tuvimos en aquel bar la primera vez. Por supuesto, mucho más que cualquiera de los escritos que guardo en un archivo ultra respaldado, como si se tratara de un tesoro de un valor incalculable, invisible para el resto del mundo literario, textos que ella nunca pudo descifrar ni comprender del todo, cuestiones apenas cuantificables. Ella siempre esperaba un plus, un poco más de sentido pragmático que le diera una dirección a nuestra relación. Ese martilleo simple, elemental, era lo más cercano a un rito de convivencia adulta. Un gesto de amor, sin demasiada forma ni estética, el sencillo rigor de la vida madura a la que me he negado a pertenecer, aunque fuera bajo el manto de un entusiasmo romántico.
jueves, 12 de febrero de 2026
¿Quién mató a Kurt Cobain? Hiede a espíritu conspirativo (columna)
"El mejor día de mi vida fue cuando el mañana no llegaba nunca".
Frase que iba a ser incluida en Smells like teen spirit y que fue luego eliminada.
¿Quién mató a Kurt Cobain?, esa fue la pregunta que se hicieron en 1998 los periodistas Ian Halperin y Max Wallace, al publicar el libro en el que discutieron la tesis oficial sobre el suicidio, y apuntaron directamente al asesinato. Una versión que creció con el tiempo, sobre todo entre los más fanáticos, y que dejó a la ex esposa de Cobain, la viuda Courtney Love, como principal sospechosa, la "villana de la historia".
Todo habría comenzado con la investigación realizada por el ex sheriff californiano, Tom Grant, quien habría sido requerido por la propio Love para averiguar el uso fraudulento de las tarjetas de crédito de Kurt. Entre las conclusiones de Grant estaban algunas muy similares a las presentadas hace poco por un nuevo informe forense: que Cobain nunca pudo haber jalado él mismo el arma con la cantidad de heroína que tenía en el cuerpo; que los exámenes necrológicos indicaron una posible muerte por hipoxia, desencadenada por una eventual sobredosis; que la escena del crimen parecía más un montaje que una escena real, todo muy limpio y cuidadosamente organizado; que las últimas líneas en la carta suicida no coincidían con la caligrafía del resto de la carta. De esta forma, sería factible la idea del asesinato por encargo.
Se ha dicho que Courtney Love, sindicada como "la viuda negra", pudo haber tenido motivos de fuerza para liquidar a Cobain. Existía un rumor sobre planes de divorcio iniciados por él mismo, e incluso la posibilidad de eliminar a Love de su testamento. Años más tarde, fue Nick Broomfield el que realizó un documental intentando darle una deriva cinematográfica a estas cuestiones. Pese a los indicios y a la documentación, la justicia se ha negado a reabrir el caso de la muerte de Kurt Cobain. Hasta el día de hoy, según la justicia y la versión oficial, cometió suicidio. La estrella rockera de la Generación X se habría unido al Club de los 27, como un "mártir de la industria musical", como un genio incomprendido, agobiado por su depresión y por la hipocresía del medio circundante.
Pero el manto de duda persiste, sobre todo a raíz de los archivos Epstein. Resulta que, en un video que circuló por las redes, Kurt habría señalado una isla lejana en la que se cometían toda clase de vejaciones. De ahí la vinculación que tendría esto con la idea de las elites abusadoras encubriéndose con total impunidad. La muerte de Cobain cobraría, de esta forma, un matiz conspirativo. Sin embargo, la isla a la que se refería Kurt en el video era otra isla, la Bainbridge Island, una isla de Seattle en la que habrían torturado hasta la muerte a la actriz Frances Farmer, la misma a la cual dedicó la canción del album In utero: "Frances Farmer tendrá su revancha en Seattle".
Hay otro detalle que agregar a este puzzle macabro. En la lista de contactos de Epstein, también habría figurado la Love. ¿Cuáles habrán sido los vínculos entre ellos? recordar que en la libreta del perverso figuraban números y correos de muchas personalidades del espectáculo, que, en su momento, se codearon con las elites, al menos, las elites más visibles, más mediáticas, las que mantienen el circo andando y la maquinaria aceitándose y funcionando a concho. Hay que señalar, eso sí, que el hecho de aparecer en dicha lista no implica participación ni prueba fehaciente de haber cometido algún delito. Conviene respetar el debido proceso ante lo delicado del asunto. De todos modos, le queda a los comunes mortales, sobre todo a quienes nos criamos con la música de Nirvana, hacer la pega crítica.
El secreto se manifiesta inquietante, tras las sombras. Cobain repetía en una de sus canciones: "me odio a mí mismo y quiero morir", ese iba a ser el título de su último album, de hecho. En otra, señalaba que: "es mejor quemarse que apagarse lentamente". Pero, ¿realmente "no habrá tenido arma" (dont have a gun) como rezaba en Come as you are? Vuelta a la pregunta: ¿Suicidio o asesinato? No hay nada definitivo. Cada quien debería responder con su conciencia y seguir en la búsqueda. La pregunta permanece abierta, y en ella ardemos todos.
miércoles, 11 de febrero de 2026
Encuentros con la amiga Kafkita
Dedicado a una gran amiga
Nuestra primera salida fue en un local conocido como La Piedra Feliz. Se trataba de la tercera temporada de lecturas poéticas. La esperé a un costado del Salón Blanco. Llegó de improviso. Cuando entramos al salón para esperar la lectura, Kafkita preguntó ansiosa si quedaba algún lugar vacío. Sin decir nada, miré hacia alrededor y le señalé una mesa con un par de puestos desocupados. Nos sentamos allí, tranquilamente, mientras sonaba, de fondo, una tenue pieza de jazz:
-¿Habías venido antes?-, preguntó Kafkita.
-Antes sí, pero últimamente no-, le respondí, aclarando que había perdido la costumbre de participar de lecturas poéticas, hace mucho tiempo.
Pedimos dos cervezas. A medida que nos fuimos soltando, comenzamos a hablar con Kafkita sobre temas un poco más íntimos, relativos a cuestiones sentimentales. La excusa para romper el hielo o sencillamente era la ocasión apropiada. Kafkita escuchaba atentamente, aportando su punto de vista. Ella también relató algunas cosas que estaba viviendo con su pareja de ese entonces. Así se nos pasó el rato hasta antes del comienzo de la lectura.
Un silencio inquietante lo invadió todo. ¿Quiénes serían los poetas que leerían esa noche, y todas las siguientes?
…
Días después, fuimos de compras al Líder con Kafkita. Ella dio con un puestito al costado de las cajas. Grande fue nuestra sorpresa cuando allí en ese puestito había bolsas ecológicas con motivos de Van Gogh, Gustav Klimt, Kandinsky, incluso hasta una de Dadá. Kafkita sugería comprar algunas dada la excentricidad. Por supuesto que mi elección fue la bolsa de Dadá, ya que el hecho de que se vendiese una bolsa así en un supermercado ya resultaba lo suficientemente paradójico Y, más encima, a precio de huevo. Recordé el ready made dadaísta. Ahora el ready made sería a la inversa. Desde el mundo del arte del cual Dadá era anatema, hacia la cultura masiva del mercado. Lo mismo que el arte pop de Warhol. ¿Por qué no había una bolsa con la sopa Campbell? Tal vez porque ya estaba fuera de serie o simplemente porque ya había sido rematada. La bolsa de Dadá podría servir perfectamente, de ahora en adelante, para comprar la mercadería del mes, o para desechar la basura de la casa. Dadá había muerto, pero el mercado, omnipresente, increíblemente había tomado su cadáver sarcástico y lo había revivido. Tal vez nunca estuvo muerto. Simplemente se transformó. Mutando en la forma del sistema. En aquella bolsa ecológica reza con letras rojas la consigna: breaking the rules.
…
Hacía tiempo no entraba a la Iglesia de los Sagrados Corazones. La última ida de la que tengo recuerdo era para conmemorar la trágica muerte de mi bisabuela. La fastuosidad sombría del interior evocaba, más que una fe irrestricta, un cierto espíritu contemplativo que no había advertido, de estupor ante las artísticas formas espirituales, todo eso sumado a la presentación del concertista Ítalo Olivares Cañete, quien ayer mostró un concierto de órgano interpretando la obra de J Brahmns, a raíz de su aniversario número 200, y también algunas piezas de Bach, la Fuga y los Preludios, junto con algo de Verdi y su Postludio.
El concierto se dio de una forma invertida. No era el típico concierto de música popular en donde la experiencia musical se vive manera frontal y en cierta medida horizontal frente a frente al artista y la ejecución de su pieza, sino que Olivares se hallaba en la tarima de un segundo piso, justo sobre la entrada, lugar en que estaba ubicado ese majestuoso órgano venido de otra época, una época mucho más orgánicamente barroca. A medida que la sesión se desarrollaba, la gente debía visualizar en un proyector la ejecución del maestro. El proyector ocupaba el sitio en donde los curas habitualmente introducían las misas. Y ese era el motivo por el cual la experiencia se hacía profana a pesar de su fondo.
Con Kafkita nos fijábamos en el detalle audiovisual. Cuando Olivares desplegaba sus preludios, la imagen se iba diluyendo de manera abrupta hasta cortarse automáticamente con la vibración del sonido, la acústica musical retumbando en toda la iglesia volviéndola un puro gran eco sublime. ¿No habrá sido que la imagen cedía ante la inmensidad de ese sonido de órgano, para que la vista cediese a su vez a la ensoñación auditiva? ¿No era esa una suerte de rezo e introspección en clave secular? Esas eran las preguntas que brotaban de todo ese mantra. Aquel exterior en el que se podía distinguir todavía el ruido de la reparación de la iglesia, y el tráfico consuetudinario de sus alrededores, se hacía mudo de un instante a otro, para dar lugar a la atmósfera de las notas bailando su propio ritmo grandilocuente.
El hecho de que el maestro desapareciese por un momento, no dejándose ver en aquel video proyector, le imprimía además el anonimato necesario para el protagonismo de la música. Se volvía nada más que el médium para su "experiencia religiosa". Era descolocar la idea de la divinidad. Dejar de lado su presencia metafísica para invocarla esta vez en la forma y la sustancia de aquel órgano parlante. Por un solo momento, dentro de la iglesia, la audiencia pasó de ser feligrés del rito cristiano a ser adepta al sonido sagrado del órgano, allá arriba en las gradas, como emulando la altura de lo que se elevaba por sobre sus límites.
El aplauso al final de nuestro show era unánime. Y la figura de Olivares asomándose en aquel balcón como una suerte de santo del órgano, daba cuenta de la catársis colectiva. Olivares sabía que su programa era para honrar en el fondo la memoria de la Santa Patrona de los músicos, pero su público sabía que ese recogimiento melómano respondía a otro orden de la devoción. Ya no la genuflexia dogmática del rito eclesiástico, sino que la solemnidad hasta cierto punto apolínea de cada una de las piezas. La gente misma no lo declaraba, pero así lo hacía sentir. La música había devenido una especie de Dios. Olivares su enviado. Y nosotros sus profesos testigos y espectadores. Como hubiese dicho Cioran, respecto a Bach: "Sin la música, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria. Sin la música yo sería un perfecto nihilista".
…
Durante el verano, fuimos con Kafkita a la sala de cine del Internado. Su sala era como entrar y salir de una caverna platónica. De hecho, gracias al ciclo de culto de hoy pude dar con detalles de Cabeza borradora que no había sacado a la luz, como el cuadro de la bomba atómica y el piso de líneas negras que guardan relación directa con Twin Peaks. Por lo demás, la propia sala y el visionado una experiencia subterránea, en estricto rigor, underground.
…
A fines de Junio, me volví a juntar con Kafkita para ir al lanzamiento de un libro del autor José Jara, en el Centex del Consejo de la Cultura y las Artes. El libro tenía por nombre Nietzsche, pensador póstumo. Kafkita recordó una frase pronunciada por el mismísimo Pancho Sazo durante la presentación: "Algo que te recorre el sistema nervioso. Algo diferente del asombro". También algunos apuntes sobre lo intempestivo en Nietzsche planteados por Martín Hopenhayn. Se suponía que lo intempestivo se manifestase allí, en los asistentes, durante el íntimo show de la hija de Pepe Jara, pero ni el martillo filosófico ni el espíritu de lo dionisíaco supieron inspirar un mínimo de desenfado en ese séquito formal. "Pero si Nietzsche hablaba de bailar, de la música y esas cosas. Y estos ni se mueven", repetíamos. El meta discurso vitalista, presente allí como fuerza latente, no consiguió remecer a nadie, en la práctica.
A modo de remate, la hija de Pepe Jara había dado un emotivo discurso sobre la vida y la muerte. Su voz denotaba afectación. Luego, interpretó una pieza de teclado seguido de un arreglo musical con pie de cueca. En la parte que se suponía el público levantara las palmas, y se viera embargado con el ritmo, nadie atinó a nada, estupefactos, o tal vez, demasiado compuestos para la ocasión. "Es que son la mayoría eruditos" decía Kafkita, cuando se decidía a sacar dos tiempos con las palmas de las manos. Le seguía la corriente, esperando que el sonido de esos dos pares de palmas contagiara al resto en un efecto dominó (como suele suceder cuando alguien irrumpe con un aplauso y el resto le sigue aplicando la teoría de la imitación social). No hubo caso. El público permanecía sentado, únicamente escuchando la fiesta sonora en total pasividad. Solo terminando el show, y con las palabras de Warnken al cierre, eruditos y neófitos comenzaron a aplaudir de manera unánime en una especie de reacción en cadena.
Pese a aquel alcance desafortunado, compré un ejemplar del libro en homenaje al difunto Pepe Jara. Estábamos satisfechos, aunque Kafkita decidió que no era buen momento para invertir en un libro, y prefirió pedírmelo una vez que lo leyera. Salimos entonces del Centex, rumbo a una cafetería. Allí conversamos sobre la muerte de Dios y sobre nuestras andanzas amorosas. Seguimos pues con nuestra amistosa conversación, hasta que llegaba la hora de marcharse. Era tarde noche.
Caminamos con Kafkita rumbo a la Subida Ecuador aunque no con el ánimo de carretear, sino que con la intención de comer algo, algo similar a una “once”. Pedimos un par de capuccinos y unos empolvados en una panadería. Mientras bebíamos y comíamos, comenzamos a cavilar sobre la metafísica, a raíz del libro de Pepe Jara. Como consecuencia, salió a colación un famoso cuadro.
-¿Te acuerdas de aquel cuadro en donde salía Platón señalando hacia arriba y Aristóteles hacia abajo?-, preguntó Kafkita, intrigada.
-Sí, pero para serte franco no recuerdo su nombre ni tampoco quién lo pintó-, le respondí.
Aquella vez ninguno lograba dar con el nombre ni de la pintura ni del autor. Pero fue gracias a la oportuna ocurrencia de Kafkita que alcanzamos a dar poco a poco con la referencia.
-Parece que el pintor tenía nombre de Tortuga Ninja-, mencionó Kafkita, terminando su capuccino.
-¿Miguel Ángel? ¿Donatello? ¿Rafael?-, le pregunté de vuelta a la amiga, tratando de barajar algunos nombres.
-Puede ser...-, dijo ella, aprontándose para salir de la panadería, y encaminarse rumbo al paradero de Errázuriz a tomar la micro para Viña.
En todo el trayecto de vuelta, Kafkita se refirió a un tipo que hablaba de manera desaforada fuera de la panadería. -¿Te acuerdas de aquel sujeto que conversaba como loco por celular? Pues eso simbolizaba la mano de Aristóteles en el cuadro: puro mundo-. La asociación que había hecho Kafkita era muy creativa, considerando que no todos los días un episodio de lo más cotidiano puede adquirir caracteres filosóficos. Ante este alcance, volvía, sin embargo, a la inquietud que nos pillaba desprevenidos: -Pero el nombre del cuadro sigue siendo un misterio-, le mencioné a Kafkita. Ella, siguiendo la corriente, asintió mi afirmación. De ese modo, y llegando al paradero, nos despedimos sin saber en ese momento el nombre del cuadro ni tampoco el por qué habíamos llegado a ese punto.
Al rato, en mi dormitorio, me llegó un mensaje de whatsapp. Era Kafkita, indicándome oportunamente el nombre del cuadro y el nombre del pintor. Rafael Sanzio, “La escuela de Atenas”.
-Ahora ya sabemos quién era quién jajaja-, comentó Kafkita por interno.
-Y recuerda que tenían como guarida una alcantarilla, en el bajo mundo-, agregó. -simbolizado en la palma descendente de Aristóteles-.
…
De paseo por el parque Quebrada verde, tanto Kafkita como A estaban maravillados. Les hice saber que no había venido al parque desde hace muchísimos años. Kafkita me preguntó si algo había cambiado en el sitio desde aquel entonces. Sin ninguna otra cosa que responderle, y durante una breve pausa, acabé diciéndole que solo yo era el que había cambiado. Su extrañeza fue inmediata. Ya dentro del parque, lo primero era encontrar el mirador que daba hacia la espectacular vista de la laguna. En el sitio había una especie de quincho improvisado en donde el humo de las parrillas y el griterío de los niños conformaban el humor dominical. A través de ese ambiente de familia nosotros éramos los patiperros sin otra pretensión que la caminata. Al llegar al mirador, la estructura de una proa hundida en la tierra, y atrás una popa de forma rectangular que se alzaba también de entre el suelo dando la forma de una encalladura surrealista, allende los cerros y mirando frente a frente al océano. Kafkita decía que la popa no podía tener esa forma, que la forma que le correspondía por defecto era la de curvatura. Si acaso esa popa disímil era un error de arquitectura o estaba dispuesta allí intencionalmente para dar la impresión de un enclave fuera de lo común. Primera discusión de la caminata. Entre tanto cada quien apreciaba la panorámica del sector. El mirador tenía dos niveles. En el superior estaban Kafkita y K, juntas divisando el horizonte sobre el que se cernía la costa de Valparaíso. Mientras abajo, A, luego de un registro audiovisual de la panorámica, pretendía crear una performance, un choque de visionados en el que cada cámara apuntase hacia el otro. Así Kafkita y K nos apuntaban desde el mirador superior, a la vez que nosotros las enfocábamos a ellas en un juego de contraluces. Parecía una simple volada fotográfica del momento, pero era el paisaje y su eminencia la que propiciaba la improvisación, figurando invocada en cada plano y secuencia como punto de fuga.
La próxima ruta era rumbo al segundo mirador. Tomamos el camino de regreso a través de la zona del quincho familiar, para luego derivar hacia los humedales en donde estaba el punto de derivación señalizado con unos letreros viejos. Como indicaba una leyenda, pasamos a través de un camino de tierra que nos decía que el mirador del barco pirata quedaba en sentido contrario al gimnasio al aire libre. K empezó a insinuar, junto con Kafkita, que el único camino posible era ese “camino de tierra”, connotando el doble sentido de la expresión, a lo cual no pudimos evitar una carcajada nerviosa, sabiendo que, broma aparte, no era tan descabellado pensar que ese camino era el único deseable y transitable.
A medida que andábamos, aludía a la ya clásica frase de Machado reinterpretada por Serrat, tarareando un sonoro y agitado “caminante no hay camino”. Kafkita y K repetían, “se hace camino al andar”, ante lo cual K, entusiasta, sugirió que como grupo de excursión había que llamarnos “caministas”. Pioneros del llamado caminismo, merced a la aventura y la ilusión. En tanto pasábamos los humedales, llenos de una superficie opaca, muy parecida a las aguas servidas, con esa misma idea caminista en mente tomamos un desvío contrario al del letrero viejo, hasta que el sendero nos llevaba a una inaudita vuelta en U. El sendero abrigaba una cantidad inusitada de matorrales, cada vez más altos, y zarzas espinosas que nos daban la bienvenida invitándonos a pasar entre medio de ellas mediando un dolor energizante. Caminábamos raudamente a través de los matorrales, pese a que todo indicaba el desliz al cual habíamos accedido de manera voluntaria. K reía de tanto en tanto por el absurdo de nuestra respiración y sentido de la orientación. En tanto más perdidos, nuestro humor se hacía más negro. Kafkita y K recordaron los escenarios de La bruja de Blair. A discutía si acaso, pese a su paupérrima calidad, podría ser concebida desde su categoría de docureality o seudo documental. Yo estaba seguro que La bruja de Blair cabía dentro de otra categoría de la que no recordaba a ciencia cierta el nombre.
Ya que no cabían tampoco categorías para el momento y para la experiencia a través de los matorrales, seguimos andando porfiadamente en esa miríada vegetal. A medida que lo verde se hacía más denso y abundante, intuíamos que del otro lado encontraríamos el destino del mirador, el supuesto segundo mirador pirata. A mitad de camino, iban apareciendo una suerte de pequeños canaletes. Le comentaba a Kafkita que el parque se iba convirtiendo poco a poco en aquella Zona de Stalker, pero sin vigía ni guardián, dentro de la cual nunca existía un camino exactamente idéntico tanto de ida como de vuelta. Y efectivamente así era, cuando errábamos siquiera guiados por una cuestión eminentemente geográfica, mejor dicho, accidental. Cuando con los comensales comenzamos a internarnos a través de los canaletes, entreviendo que en ellos podía estar la clave a nuestras señales, ¡Eureka! Se aparece entre las malezas una especie de mirador natural, no señalizado por la administración del parque. Una vista espectacular de la bahía pero desviada y a la sombra del primer mirador transitado. A había concluido, luego de registrar el momento, que en realidad el camino que habíamos tomado, el camino del desvío, nos había llevado a un derrotero más emocionante y contingente que el establecido por la administración, pero nunca comprendido del todo por estos patiperros de provincia. “El camino de la perdición. Ese es nuestro camino”, le había dicho a A, más en broma que otra cosa, cuando íbamos caminando a tientas a un costado de los humedales, pero ahora esta declaración cobraba un significado inusual, uno que nos permitiría seguir una tónica parecida para continuar con el recorrido sin temor a perdernos.
La vía de regreso, nuevamente enrielados conforme a lo que establecían las señaléticas, nos transportaba más allá de los humedales, hacia la llamada “granja educativa”. Pero antes de derivar hacia ese otro norte, seguíamos insistiendo en buscar por nuestra cuenta aquel ya mítico segundo mirador. La recurrencia del sitio al que estábamos accediendo había llevado a T a asociarlo con alguna suerte de deja vu cinematográfico. K llegó a aseverar que estábamos comenzando a visualizar la “matrix” en esos vericuetos circulares. Pero no se sabía en qué momento había ocurrido esa psicodélica iniciación: si acaso al momento del desvío del camino señalizado; si al tocar la zona similar a la de la peli de Tarkovski o al encontrar aquel diminuto pero magnífico mirador natural. Por mi parte, expresaba que, de hecho, nuestra percepción podía estar equivocada y que podía existir la posibilidad de que hubiésemos viajado en el tiempo bosque adentro, y que ese sitio y, por extensión, la realidad completa (en sentido opuesto a como había expresado al entrar al parque) era la que había cambiado por completo, y no nosotros. Kafkita, agitada por la caminata y confundida por tan rebuscada idea, comenzó a decir que le daba miedo, agregándole dramatismo a un asunto de por sí tan irrespirable. No había una causa espacial para nuestra sensación, excepto la de nuestro delirio nómade, la de nuestra geografía mental palpitando paso a paso, codo a codo con lo desconocido abriéndose de tajo.
A sugería, al llegar a una ruta divida en izquierda y derecha, que camináramos hacia la izquierda, sendero que luego nos llevó hacia otro pasadizo de arboledas, hasta llegar a un portal custodiado por dos estatuas de serpientes. Kafkita nos preguntaba si recordábamos qué simbolizaban las serpientes en la cultura hebrea. La serpiente era el animal que tentó a Eva a comerse la manzana del árbol del conocimiento. Era el animal cómplice de Satán, culpable del destierro del paraíso. En cierta medida, internarnos en ese barranco custodiado por dos serpientes implicaba adentrarnos en el terreno del destierro, hacia una cierta zona prohibida por su pecaminoso misterio. La ansiedad del camino, la delicia de lo desconocido nos traía sin cuidado. A planteó que si ya habíamos decidido cursar el camino del desvío, no veía inconveniente en seguir cerro abajo a través de ese portal bífido. La cosa era ver qué nos deparaba la naturaleza y sus relieves, como buenos caministas que juramos ser. Solo tuvimos que bajar unos cuantos metros a través del camino de tierra descendente para encontrarnos con un Moai solitario puesto entre medio de unas ramas, piedras y columnas pintadas que simulaban las reminiscencias de alguna clase de ritual. Advertía a los demás sobre la particular disposición de las ramas en el suelo que simulaban unas trampas. La paranoia detonaba nuestra imaginación a raudales, recordando que todo iba asociado a los instrumentos de cacería de ciertos pueblos nativos, enemigos del huinca.
Cuando rodeábamos unos árboles pintados con manchas azules, temía que salieran algunos aborígenes de la nada arrojando cerbatanas y tumbándonos a nuestra suerte. Kafkita y K reían, impulsadas por el humor adrenalínico, pero no sin cierta expectación por el camino que se abría a nuestras anchas. A se preguntaba sobre la razón de ser de aquel Moai solitario. No hubo otra explicación, ficción aparte, que la dispuesta por la logística de la administración, su enrevesada logística cultural. Miramos sendero abajo y el campo se encontraba llano hacia el horizonte marino. Sin embargo, ese no era nuestro mirador. Lo atestiguaba una oscura y amenazante arboleda al fondo, que servía de gran muro natural hacia nuestra, a esas alturas, terca ilusión. No tuvimos otra que devolvernos, y salir de aquel portal custodiado por serpientes. Salíamos del territorio del destierro, de aquel imaginario biblíco aprendido a la rápida merced a la agitación del instante, y volvíamos por la ruta dilemática, todavía en pos del segundo mirador, pero ya asumiendo que ninguno de nuestros pasos, cuál de todos más errático, nos dirigía hacia el destino que nos habíamos propuesto y que vacilaba ante nuestros ojos embargados de ensoñación y de persistencia en el andar. Tomamos así el camino más cercano hacia la ya nombrada granja educativa. Un nuevo destino más amigable que nos impelía a descansar de la ya laberíntica inventiva de nuestra itinerancia. A esperaba que en aquella senda sí que no sacáramos la vuelta como habíamos estado haciendo hasta ese momento de manera tan vehemente. Estábamos todos de acuerdo en que ya no era hora de seguir sacando la vuelta.
Descansábamos bajo la sombra, al alero de un viejo árbol, antes de adentrarnos en la granja. Los animales allí miraban a sus visitas humanas con un gesto perdido, con una naturalidad sospechosa, signo de cautiverio absoluto. La ternura que rebosaba el ternero se reflejaba en el lente de la cámara. La belleza de un cervatillo blanco se lucía como queriendo acaparar la atención de los humanos. Cuando dimos con una hembra de Llama, esta se acercó sigilosamente, hasta que salió de atrás el macho en un ademán un tanto intimidante, como buscando rayarnos la cancha. A decía que el macho nos había “echado la choriada”, y, fuera de hueveo, era algo que realmente el animal estaba sintiendo en ese instante. K imitaba la voz de la Llama, ante la mirada impávida de la hembra. “Malditos humanos”, repetía, “malditos humanos”. Mientras K y A seguían fotografiando a los animales, y recorriendo la granja cual paparazis de la fauna, con Kafkita nos internamos hacia donde estaba un macho cabrío. Misterioso, imponente, apenas se dejaba ver encima de un promontorio, demasiado acostumbrado quizá a las visitas impertinentes de los humanos. Recordé la figura del macho cabrío en la película La bruja, asociada por el culto cristiano a la figura de Satanás. Kafkita se acordó luego de un estado que había posteado Sergio Fritz Roa respecto al semidios Pan. En este se hablaba de Pan como un semidios asociado al pastoreo y a los rebaños, que además guardaba una estrecha relación con el culto a la fertilidad y a la virilidad, manifestada en las dionisíacas, personaje que luego, durante la Edad Media, fue relegado a su papel satánico, dotándolo de una oscuridad que no le pertenecía, a excepción de su potencia avasalladora solo comparable al carácter salvaje propio de la naturaleza. Kafkita hablaba de que el macho cabrío era antiguamente el animal del sátiro, del fauno del bosque. Lo decía en ese tono conciliador en tanto el macho asomaba su mirada distante por entre las rejas, contemplando con agudeza nuestra conversación a expensas suyas. De ese modo, dejábamos a Pan en su soledad cautiva, su porción de todo enigmática mientras seguíamos nuestro camino para volver con K y A, aun fascinados con el secuestro de la fauna a través del ojo artificial.
Con A nos internamos luego hacia otras jaulas. Las chiquillas iban por su lado, terminando de merodear a los animales que faltaban. Dimos con una jaula repleta de pájaros. El bullicio de las aves encerradas denotaba un evidente estrés y nerviosismo. Su canto era tan disonante e inarmónico que por el ruido generado nos impulsaba a querer abrir, de una vez por todas, esa jaula. Pero no. La jaula estaba ahí por algo. Era, a todas luces, injusto, y anti estético, pero los pájaros, sin razón aparente, tenían que permanecer ahí, cautivos, pero perfectamente reducidos, por orden de la administración, para recreo de los visitantes que buscan otra oportunidad para perderse en el parque y, de suyo, perderse a sí mismos. A se acordó de la clásica película de Hitchcock. Imaginaba que los pájaros pudiesen salir volando y atacar en una represalia a los humanos, o tal vez simplemente emigrar hacia otros cielos, en busca de otras mentes que surcar. Esas aves encerradas eran la proyección de sus propios visitantes, pero esa aproximación cinéfila solo servía para amortiguar el suspenso de la incongruencia.
Así, con A volvíamos a buscar al resto de las caministas con tal de regresar hacia el punto de entrada de la travesía. El segundo mirador aún anidaba en nosotros como destino latente, pero dada las circunstancias, lo mejor era darse un momento de quiebre y abortar misión hasta poder retomar energías y recuperar nuevos aires. Hasta K se alcanzó a rajar con una chicha enchampañada que tenía reservada precisamente para brindar por la ocasión. No había ya misterio que nos detuviese, puesto que el guardador había acabado de entregarnos un mapa que nos llevaría a la dirección exacta de nuestra meta inicial. Kafkita había caído en la cuenta que todo en el Parque se hallaba tan milimétricamente dispuesto que cualquier inminente pérdida estaba incluso prevista dentro del diseño general. Era inevitable volver y dar esa vuelta en 360 grados hacia el mirador, la granja y después hacia la entrada al Parque. Sin embargo, nada de lo que habíamos experimentado en el proceso cabía en la mente de ninguno de los administradores. La experiencia del desvío, del portal y del falso mirador se había vuelto carne, nervio y ya era parte de nuestra palpitación tanto como nuestros pasos en falso. La única forma de llegar a buen puerto era errando. Lo supimos tarde.
…
Y llegó el momento de su viaje a los Estados Unidos. No nos despedimos en persona como hubiera querido hacerlo, pero, de todos modos, alcanzamos a decirnos algunas palabras de aliento y admiración, antes siquiera de intuir que esas serían las últimas que nos diríamos a la cara, después de quizá cuánto tiempo.
Y, pasados los años, demostró estar ahí, pese a la distancia. Supo estar ahí, lo que me habla de algo genuino. Me contó sobre su vida nueva, parajes llenos de nieve, paseos en vehículo, trabajos en otros oficios de corte industrial. Kafkita se propuso rehacer su vida y lo consiguió con creces. Su satisfacción me llena de orgullo y me sirve de aliciente en los periodos oscuros, aquellos en donde me acompañó sin titubeos, con plena confianza. Se lo merece todo, porque Kafkita es legal, porque su amistad trasciende circunstancias, espacios y contextos. Bendiciones para una gran amiga y un salud por el mejor sobrenombre.
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