miércoles, 4 de marzo de 2026

No he tenido mucho tiempo para nada más, aparte de trabajar en el nuevo colegio. Debería estar contento, sí, por haber encontrado pega estable, aunque se me ha hecho difícil volver a agarrar el ritmo. El colegio queda lejos, muy lejos. Quizá se trata del colegio más apartado en el que he trabajado, a tal punto que tuve que mudarme durante la semana, porque el viaje demora mucho. A mi alrededor, donde alojo, está la carretera, junto a un grupo de casas humildes. Recién a la semana y media pude captar algunos lugares estratégicos donde servirme alguna colación o comprar mercadería. Se siente extraño en esta tierra. Acá solo soy conocido como el profesor de Valpo que viene de paso a ganarse sus lucas. Me abrigo en ese perfil y en él encuentro una paz insospechada. Acá nadie sabe de mi veta creativa ni de mis andanzas del pasado y mejor que sea de esa manera. Un verdadero reseteo siempre conviene, cuando las cosas alcanzan un punto de no retorno y la saturación asfixia cualquier otra salida. No hay mucho que hacer, en realidad. Hay una calma paradójica en estos días de marzo. Aprovecho los pocos momentos que tengo de ocio para teclear algunas palabras, pese a su tono y a su precariedad. Al salir, me espera un terreno como de campo, sin pavimentar todavía, y mucho más allá, a dos cuadras, una angosta y larga calle que va a dar a un lugar semiárido, casi desértico. Todos los días paso por ahí y es el camino más corto y expedito de ida y de vuelta. Por lo pronto, ese será el atajo que tome.

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