domingo, 9 de junio de 2024

Nueva mini crónica urbana en el estilo de antaño, para quienes aún siguen atentamente a este servidor. Retomando el pulso. Lea y juzgue, carísimo lector:

Un carro tirado por un caballo surcó la avenida en la tarde noche, rumbo a la Iglesia Corazón de María. Llovía mucho. En el carro, iba una pareja de jóvenes casados. Le seguían numerosos vehículos que tocaban la bocina de forma estruendosa. El ruido se confundía con el sonido de la lluvia en el asfalto y el techo de las casas. Pasaron rápido, ante la presencia de quienes por ahí caminaban, algunos indiferentes; otros, estupefactos. Sin duda, la ceremonia de un matrimonio siempre será un acontecimiento, sobre todo si a la salida, luego de la consagración eclesiástica, se deja caer una lluvia torrencial, dotando al “matricidio” de características épicas.

Tan pronto la pareja de casados cruzó la avenida, con ayuda del “carro de sangre”, el gentío se dispersó. La calle volvió a su pasividad paradójica bajo el aguacero. Había quienes se quedaban mirando el “carro del amor”, y otros, sencillamente, corrían para resguardarse de la lluvia que no paraba de caer. La gente había visto en la lluvia repentina un milagro anunciado, pese a que, horas más tardes, algunos rincones de la ciudad se anegarían. Así mismo, la gente vio en la pareja a caballo un milagro andante, un sueño lúcido tirado a sangre, pese a que el amor puede, tarde o temprano, desatar una tormenta y anegar el corazón. Esa misma escena bajo la lluvia podía simbolizar, al mismo tiempo, el derroche de un matrimonio otoñal, consagrado a la precipitación, o bien su pronóstico anticipado, uno en el que los implicados corren el riesgo de inundarse, si no sortean los charcos, los socavones y el vendaval.

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