Tras el cierre del formato musical de MTV, surgió una plataforma gratuita llamada MTV rewind, que intentó emular una transmisión continua al estilo clásico del canal. Con MTV rewind pasa que uno puede simular un playlist automático, a través de listas de música setentera, ochentera, noventera y hasta dosmilera. Nada que no pueda hacerse ya desde youtube, ciertamente, aunque tiene la ocurrencia de anclar programas míticos como Headbangers Ball, con un jovencísimo Alfredo Lewin, o los mismísimos MTV Unplugged. Nostalgia a concho de la televisión por cable. La partida de MTV se venía venir hace mucho con el aumento de los realitys y con la evolución del streaming, pero ha habido últimamente un fetiche con las glorias del pasado. Yo creo que con eso murió una era, precisamente la era de la programación televisiva, en donde reinaba lo análogo y había que estar pendiente de lo que daban, si no querías perderte el video de tu banda favorita para alcanzar a grabarlo luego en el VHS y apretar rec de manera oportuna, antes de que se cortara la señal.
Se trata, sin duda, de un síntoma de época, algo que ya ha sido diagnosticado por el crítico de rock Simón Reynolds como "retromanía", esa manía de la industria por reciclar sus productos previos a la era digital, esa proliferación de remakes o de revivals que ha trascendido su etiqueta para convertirse en una actitud propia de cierta generación de oyentes y de melómanos -entre los cuales me incluyo-, en constante revisita y rumiación de su propia época adolescente, época que recuerdo con mucho cariño, justamente porque en ese periodo alcancé a grabar muchos videos en VHS desde el cable. Había que estar atentos a los horarios en que pasaban videos de bandas grunge, alternativas o metaleras, y también había que estar pendiente de los capítulos de Beavis and Butthead, South Park o Celebrity Deathmatch, de cuyos episodios siempre rescataré la crudeza y el sarcasmo desenfadado. Esos VHS tenían además grabaciones de otros canales, como ciertos especiales del Séptimo Vicio en Via X, o alguno que otro video del ISAT grabado cerca de la medianoche. En esas grabaciones analógicas hechas con una calidad deficiente había una magia, una magia retrómana que quizá ninguna otra nueva plataforma pueda traernos de vuelta. En esa apropiación de ese material teníamos con nosotros una reliquia, una emoción, una inyección de dopamina que resultaba del hecho de haber logrado la hazaña del registro. Aquellos VHS se sentían como propios, porque uno se apropiaba del contenido grabado en esas cintas y se coleccionaba junto a los cassettes regrabados de la radio, con una operación similar, en ciertos programas musicales de la época, tales como la Concierto, la Rock and Pop o la Futuro.
La retromanía está viva en aquellos que aún recuerdan haber visto, por ejemplo, la repetición del MTV Unplugged de Nirvana por la tele, o el de Los Tres, el "primer desenchufado chileno"; o en aquellos que vieron por primera vez la bizarra genialidad de Ren y Stimpy en televisión, luego de su éxito en Nickelodeon, casi en la misma época en que el anime irrumpía en Latinoamérica y comenzaba su reinado televisivo por estos lares, reinado que dejó muchos súbditos hasta el día de hoy, desterrados, con la eterna añoranza del regreso. El periodo de MTV, acá por este lado del mundo, al menos como yo lo recuerdo, tuvo su auge prácticamente de manera paralela a programas como Extra jóvenes (programa que alcancé a ver ya en su “faceta tecno”); el Club de los Tigritos, transmitiendo gran parte de los animes clásicos que cualquier millenial recuerda; y Maldita sea, un programa totalmente transgresor para esos años, con un Pera Cuadra y un Salfate desbocados, en su salsa, con mucha libertad creativa, hablando de videojuegos, series y películas de cine b, impensables para una tv abierta demasiado conservadora y rudimentaria en su línea editorial. Aunque eran contextos distintos, había una onda parecida entre el MTV noventero y aquellos programas. Se sentía, en ese universo analógico una cosa artesanal, una cuestión hecha a pulso que la dotaba de una inventiva y de una imaginación a toda prueba. El alma, el aura benjaminiana de MTV recaía, definitivamente, en esa música transmitida hasta altas horas, sin interrupción (salvo comerciales) y, por sobre todo, en los videoclips, motor de la mentalidad audiovisual de la década, sumada a la siempre incomprendida “animación para adultos” (cómo olvidar, en ese sentido, la aportación de la legendaria “Adult Swin”).
Podría decirse que todas y cada una de estas cosas contribuyeron a alimentar un cierto imaginario simbólico que emerge de vez en cuando, un imaginario hecho de música under, de cultura freak y de tópicos artísticos impensados, hoy por hoy, bajo la lógica del scroll infinito y la irrupción de otros referentes y de otros personajes, mucho más ligados al universo youtuber o influencer de instagram. No niego que la posterior época internet sirvió de “bisagra”, de umbral entre ambos universos y mucho de lo que hoy sé también se la debo a ella. Con la internet, de pronto, teníamos una vitrina repleta de sitios web, páginas alternativas, canales, transmisiones en vivo, sitios piratas para descargar a destajo, en suma, un menú completo de toda la cultura subterránea y de todo el contenido bizarro que uno siempre quiso ver, al alcance del dedo índice. Pero todo reino acarrea sus ruinas y miserias al próximo. La digitalización de la vida conllevó, irremediablemente, la digitalización del imaginario, y nos dejó nuevamente embotados frente a la pantalla negra, más indecisos que nunca, sin poder elegir algo que nos absorba por completo, de manera genuina, con la misma emoción que con la que se esperaba antes el próximo programa de culto frente a la pantalla chica, para regrabarlo en nuestras mentes como si se tratase de una perdida cinta de video. El retrómano vuelve a esa “retropía”, esa mezcla de utopía romantizada en un tiempo imposible, a esa visión cristalizada en su memoria y espera ponerle play, una vez más, antes de regresar a su presente y empacharse de futuro.
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