Capítulo uno
“Antes que estallase, el árbol estaba junto al árbol, la casa junto a la casa, cada uno separado del otro, independientes. Sin embargo, lo que estaba aislado es unido por el fuego en un tiempo mínimo. Los objetos aislados y diferenciables se funden en las mismas llamas. Se igualan hasta tal punto que desaparecen del todo”. Eduardo Correa, El incendio de Valparaíso.
“La memoria es este momento” decía un afiche pegado en un muro del edificio del diario El Mercurio de Valparaíso. Ahí me detuve, cuando volví al lugar. Vino a mi mente el incendio, las manifestaciones, octubre del 2019. Sillas quemadas, la calle Esmeralda tomada, vuelta una barricada en medio de la noche. No fui testigo directo, aunque sí estuve en la ciudad, relativamente cerca, cuando todo ocurrió y pude ver por la tele cómo era quemada la entrada y la fachada del edificio. Mientras brotaban las llamas, advertí las imágenes y los estados en redes sociales, muchos de ellos, entusiastas; otros tantos, más escépticos, guardando cierta distancia crítica. La reacción inmediata siempre es visceral. Así se vivió, en el momento en el que las llamas del histórico diario se propagaban por toda la cuadra y se sumaban al descontento generalizado.
A casi seis años de aquel ataque, los recuerdos permanecen calcinados. Un hermetismo y un silencio perturbador siguen rodeando los restos de la histórica instalación. ¿Quiénes? ¿Cómo? ¿Por qué? Son las preguntas que han permanecido a la sombra, creando un manto de incertidumbre, preguntas que no he dejado de rumiar en todo este tiempo, cada vez que camino por fuera del edificio abandonado o lo que quedó de su estructura. A la imagen incendiaria se sumó luego la polarización política a nivel del país y, en lo personal, una serie de circunstancias muy íntimas que me golpearon y me marcaron profundamente. En efecto, la quema de El Mercurio vino en forma de conspiración, como si se tratara de una conciencia abrasiva. Escuché durante mucho tiempo los lamentos y también los gritos eufóricos. Volví una y otra vez sobre aquel fuego persistente en la memoria. Es esta la inquietud que, después de todo lo ocurrido, me impulsó a volver sobre mis pasos y regresar a Valparaíso para investigar qué pasó realmente aquella vez.
Con ese propósito en mente, saqué algunas fotografías a la fachada del histórico edificio del diario El Mercurio de Valparaíso, en estado de abandono. El edificio clásico, que funcionaba como imprenta oficial, contaba con más de 118 años de historia desde su instalación definitiva en calle Esmeralda 1002 con Pasaje Ross, hasta aquella noche del 19 de octubre del 2019, noche en el que fue invadido y quemado, durante el “estallido social”. La fotografía que elegí resultó ser una entre tantas otras que saqué al edificio desde diferentes ángulos y supuso, en el fondo, una búsqueda desesperada de respuestas, frente a la incertidumbre y el hermetismo que rodeaba el caso del ataque incendiario. La imagen fotográfica debía poder darme, al menos, algunas pistas sobre lo ocurrido, aunque fuesen escasas e indiciarias. Debía poder encontrar algún detalle específico, aquel gesto emocional a la sombra del ojo público, ese “punctum” del que hablaba Roland Barthes, allí donde no alcanzaba la investigación y donde no dieran abasto las palabras. Por eso mismo, se mostró como una evidencia del abandono sistemático del patrimonio de la ciudad.
No podría afirmar nada de manera categórica respecto al interior del edificio. Se dice que fue completamente destruido y que se perdieron muchos archivos valiosos. En contraste, el frontis todavía se mantiene sólido en su estructura. Sus relieves conservan la simetría arquitectónica, pero han perdido el color de antaño. La firmeza del material se resiente en su forma opaca, corroída por la acción del tiempo y por la falta de mantención. Los muros próximos a la calle tienen afiches y grafitis. La zona superior, sin embargo, no se ve mayormente afectada. Ni los vidrios de los ventanales presentan signos de quiebre, ni los relieves presentan huellas de ataques. Se pueden ver, intactas, un par de figuras humanas hechas de yeso, sobre las columnas en los ventanales y bajo el sello del nombre del diario, hecho en concreto. Sobre todo, se yergue, indemne, la antigua estatua del dios romano Mercurio, cual mensajero de la historia. La luz del sol capturada en la fotografía le da un cierto toque imponente, que contrasta con la parte inferior del edificio. Incluso, la débil luz del poste próximo a la acera sirve de contrapunto a la solemnidad mostrada más arriba. Podría decirse, entonces, que la fotografía no solo muestra el presente de El Mercurio de Valparaíso, sino que revela algo más simbólico, el edificio como símbolo de una época pasada, de un Valparaíso del cual solo resta un vestigio estético. Pese a todo, impone su arquitectura, frente al deterioro circundante.
Lo primero que hice, luego de aquella sesión fotográfica, fue visitar la hemeroteca de la Biblioteca Severín y consulté, en específico, la nueva dirección del diario El Mercurio. Me dieron la ubicación de la sucursal, ubicada en calle Yungay 2350. Allí fui atendido por una recepcionista y le pregunté respecto a la posibilidad de obtener más información sobre el incendio del edificio histórico y sus repercusiones actuales. Me dio el número de un tal Miguel Tapia, encargado del sistema informático del diario, con más de veinte años en el cargo, quien me podría ayudar con mi solicitud. Le mandé un mensaje por interno. Tapia respondió el mensaje ese mismo día:
[1/7 17:24] Miguel Tapia: Estimado es un tema delicado. Estoy solicitando autorización. Le informaré cuando tenga novedades. Saludos Miguel.
Al día siguiente, Tapia volvió a escribir:
[2/7 15:38] Miguel Tapia: Estimado lamentablemente no podemos ayudar con su solicitud, como le mencioné ayer, es un tema delicado y no nos autorizan a comentar del tema. Lo lamento. Saludos Miguel.
Ante la negativa, seguí en la búsqueda. Sabía que estaba indagando en algo oscuro, aunque no era mi intención llegar a ninguna verdad revelada, a lo sumo, reconstruir algunas voces acalladas y confundidas.
Continué con el plan que tenía previsto. Le escribí un mensaje al director del diario, don Carlos Vergara Ehrenberg. Le pedí encarecidamente alguna información valiosa o, al menos, su propia versión de lo ocurrido. Por supuesto, no tuve ninguna respuesta de su parte, y era poco probable que la tuviera, así que le escribí a don Fernando Rivas Inostroza. Se trata del único autor que ha escrito algo serio respecto del tema. Le mandé un mensaje a su correo electrónico, uno titulado “Consulta sobre el incendio del diario El Mercurio de Valparaíso para un proyecto de Escritura narrativa de no ficción”, muy similar en forma y fondo al enviado a Miguel Tapia y a Carlos Vergara. Para mi sorpresa, respondió casi enseguida y fue bastante receptivo:
-Holaa Gabriel: yo tengo un poco más de tiempo el lunes y en general después de las 18 el resto de los días. El lugar no lo se. Debiera ser un lugar para conversar tranquilamente. Saludos!”
-Hola Don Fernando. Entonces dejémoslo para este lunes que viene a las 18 horas, en Valparaíso, punto de reunión Café del Poeta, ¿Qué le parece? Me avisa para confirmar.
-Hola Gabriel: sí confirmo: proximo lunes 18 horaa, en Café del Poeta.
De esa manera, quedamos de juntarnos pronto, en el histórico café. De seguro, con su perspectiva, podré contemplar otro ángulo del incendio, dar con otros posibles nombres y alumbrar un poco más el panorama tan ensombrecido.
Pero aún faltaba algún personaje clave, un personaje que hubiera estado ahí presente. No podía dar con ninguno. El hermetismo parecía insuperable, hasta que llegó, de pronto, un atisbo de luz. Se trataba de un compadre que, luego de comentarle sobre el proyecto, confesó haber estado ahí esa noche. Dijo que podía aportar con su visión en calidad de testigo, con una sola condición: que no fuera revelada su identidad. De inmediato, asentí. No podía desperdiciar la oportunidad de contar con un testigo de los hechos. El misterio sobre él y sobre su relato abre una puerta que creía cerrada para siempre. Tal vez, todavía no sea demasiado tarde para contar la crónica del desastre.
Volví sobre el afiche pegado a unos costados del edificio. Recordé, de pronto, aquella noche dolorosa. Se hizo carne y visión en ese mismo instante. La ciudad nocturna, sus pavimentos sucios y sanguíneos, la afrenta, la huida, se encarnaron en ese mismo momento. ¿Se tratará acaso la memoria de una reconstrucción instantánea, gatillada por un recuerdo que carga con todo el peso de su historia? ¿Será acaso el momento del afiche el mismo momento de su lectura y el mismo momento de lo evocado de manera extemporánea? ¿O podría tratarse de una invitación cínica a reivindicar el presente, sin otra pretensión que su intensidad? Puede ser todo y nada a la vez, o cada cosa por sí sola. Seguí mi camino, tratando de pensar en el momento mismo de mi caminata, en su pura pulsión motriz, enterrando, muy al fondo, las resonancias de un tiempo que aún no acaba de terminar.
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