sábado, 4 de abril de 2026

Muchos se quedan en la superficie, por estas fechas. Cuestionan la existencia histórica de Jesús o se quedan con el relato sobre su muerte física, su posterior resurrección y ascenso al cielo. Cosa que está bien. Cada quien es libre de creer y de pensar a su manera el sentido de la Semana Santa. Pero yo propongo ir un poco más allá. Las antiguas escuelas de misterio insistían en algo inquietante: que Cristo es el "ungido por el espíritu", la conciencia de lo divino en lo humano; que la "crucifixión" y el milagro del resucitado son parte de una obra magna de carácter alquímico; que el despertar de Cristo es el despertar de la conciencia dormida y sometida a lo material; que su muerte fue, en realidad, la muerte simbólica de la ilusión, y todo ese proceso se repite de manera cíclica, porque es proyectado en el interior de cada uno. En definitiva, cada quien debe cargar con sus propias cruces, reconocer su propio dolor, identificar sus propias miserias, estar dispuesto a morir las veces que sea necesario para transformar su plomo en materia luminosa. Cuando el compadrito humilde de la calle te dice: "lo dejo a su conciencia" y repite "porque solo el pulento sabe" no está siendo un ignorante ni un supersticioso. Intuye algo que su interlocutor desconoce: que en el interior está la madre del cordero. No hay que buscar afuera.

Si se mira el antiguo relato cristiano desde una perspectiva distinta, se logra conciliar su potente cualidad de mito, entendiendo mito como lo entendía Mircea Eliade, es decir, como una "realidad sagrada". A propósito, recuerdo que leí a Morris Berman y su libro "El reencantamiento del mundo". Me marcó profundamente y creo que desde ahí empezó mi sospecha respecto a las limitaciones de la visión materialista de la vida. Berman proponía "recuperar la percepción del mundo en términos herméticos", algo más que una mera argucia intelectual o una pose filosófica, sino que una renovada forma de ser y de estar en el mundo mismo. Desde esa vereda, el mito recobra todo su potencial integrador, atemporal y humano. Desde esa vereda, toda la historia de Jesucristo y todo lo asociado a sus ritos, el severo asunto de la cruz, el flagelo de su carne, el dolor de los feligreses y la esperanza por su llegada (venida en términos de conciencia, no tanto venida literal), aparecen transformados en algo más que una mera tradición arcaica de nuestros ancestros, sin resonancia con la realidad concreta, o en algo más que mera manipulación religiosa, como rezara el documental anti sistema Zeitgeist, aludiendo, más bien, a la crítica eclesiástica institucional. La verdad es que todo eso refleja algo profundo: el orden interior del hombre, el orden del espíritu, que es el orden de lo inasible. De nuevo, la misma figura que ascenderá un día domingo -de acuerdo al relato antiguo- puede ascender en cada uno, en forma de conciencia que se eleva. Pero para eso se requiere un gran sacrificio. Revolverse en el carbón denso y opaco del conflicto, donde la carne zozobra y la voluntad se templa; luego, transitar una especie de limbo existencial, guardarse en el silencio tras la muerte de todo lo que creías verdadero, para, finalmente, abrir los ojos y celebrar en ti mismo, en tu propio templo, la unión del cielo con la tierra, la reconexión con lo que estaba perdido, el reino que se creía enterrado para siempre.

No hay comentarios.: