miércoles, 21 de enero de 2026

Encuentro de Artes Oscuras en Baalparaíso

Al Encuentro de Artes oscuras realizado en el Bar Poseidón había que llegar por el subterráneo. Entre cuadros de Lemmy, Ozzy y Cthulhu, toda clase de calaveras y cruces, discos de metal, libros esotéricos, murciélagos de utilería, cartas del tarot, negro abundante en ropa, iluminación tenue y calor condensado, el evento tenía su mística propia. Todavía recuerdo la frase enunciada por Sergio Fritz durante su presentación: “el puerto es una puerta”. No había caído en cuenta de esa similitud en la morfología de ambas palabras. La resignificación de ciertas palabras solo tiene lugar allí donde hay una búsqueda consciente. A esa analogía solo podía haber llegado de esa forma, en ese contexto y en este tiempo, tras un recorrido personal.

Volvamos a lo del puerto es una puerta, ¿pero qué es lo que abre? ¿Hacia dónde conduce? Según lo dicho por Fritz, Valparaíso, como Chile, siempre fue mágico, aunque el puerto, en particular, tiene de suyo una historia vinculada al esoterismo casi desde sus orígenes como República independiente. Basta mencionar algunas logias antiguas que tuvieron su epicentro en estos lares, hace más de un siglo. Eso mismo quedó patente al realizarse una charla demasiado interesante. Esa charla fue dada por un joven magister en literatura, de cuyo nombre no me acuerdo, y tenía por título “Chile, la República de Asmodeo. Una lectura esoterológica de Don Guillermo de José Victorino Lastarria”. Allí se explayó sobre Don Guillermo como la obra fundadora de la novela moderna en Chile, el mundo de Espelunco como alegoría política del partido conservador, el escenario porteño como sinécdoque de la totalidad nacional, la distinción entre la Cueva como antiutopía y el puerto de la época como baluarte moderno y, lo que más me entusiasmó, la intertextualidad de la novela con el infierno de Dante, al incluir a demonios y al mismo personaje en su descenso simbólico. Esto es lo más relevante de todo: la primera novela moderna de Chile fue ambientada en Valparaíso, pero en un Valparaíso mágico y fantástico, a medio camino entre el averno metafórico y el progreso.

Desde los comienzos de la República, Valparaíso fue esa puerta de la que hablaba Fritz, y en Don Guillermo quedó bien representada esa cualidad de umbral entre dos planos completamente distintos, aunque complementarios, si se quiere, un plano alegórico, sutil, de conciencia interior, y uno material, contingente, expresado en su carácter portuario y en su nutrida vida social, cultural y económica. Podría decirse que el propio viaje a Valparaíso constituye, de por sí, una iniciación para los extranjeros. Algo sale transformado una vez que ingresan. No es que no puedan salir como en Espelunco, pero hay allí, en aquellas confabulaciones, en aquellos relatos legendarios, en aquellas narraciones poéticas, una historia secreta del puerto, solo confesada a unos pocos, en la mayoría sus residentes, un pacto íntimo no visible a los profanos, y que mueve de alguna forma, ciertas energías e influencias siempre ocultas.

En la charla, se dijo que Don Guillermo Livingstone, emigrante inglés, hacía las veces de maestro espiritual del narrador, un referente modélico, y Asmodeo, un poderoso demonio de la tradición cristiana, representaba una figura similar a Mefistófeles, aunque un Mefistófeles liberalizado. Vemos que entre ambos hubo incluso un pacto, gracias al cual el protagonista logra salir de aquel submundo, luego de vencer a los monstruos de la Ignorancia, Mentira, Ambición y Fanatismo, en un ataque velado al clero y al poder político conservador de aquellos años. Algo fue vencido en ese tránsito iniciático, de corte dantesco: la visión de mundo del Antiguo Régimen, todavía preponderante en el Chile de entonces, y algo acababa de ser fundado en el “mundo de arriba”: la visión liberal y secular de inspiración protestante. Lo que no alcanzó a ver, quizá, Lastarria, y el propio Don Guillermo en la ficción, era el costo de esa transformación, la posibilidad de que esa nueva visión de mundo también haya traído consigo sus propios demonios. Y en eso radicaba la tesis del compadre que expuso aquella tarde noche en el encuentro.

Se trataba de leer a la novela Don Guillermo como “derrota fundacional”, una derrota que ocurrió como en una suerte de rito. Primero, el protagonista fracasó en el amor, volviéndose otro “Adán” herético. Luego, el fracaso vino con el propio pacto de Asmodeo, a cambio de su huida, porque la confabulación ya estaba ocurriendo, y se manifestó más tarde en el plano político y material del país. De esa forma, la novela Don Guillermo se deja leer como proceso alquímico sacrificial. Lo que fue sacrificado allí adentro, en el interior de esa Cueva, fue una versión antigua de Chile, y un tipo de hombre. En cambio, lo que salió allí era algo completamente distinto, algo que estaba llamado a cambiar por completo el orden, el axis mundi. No hay transformación ni conversión alguna sin un sacrificio. El acto ritual está llamado a ser ese umbral, ese paso entre dos estadios, entre dos posibilidades de la misma materia y la misma conciencia. De nuevo, el escenario porteño fue la sinécdoque de la totalidad nacional, porque, de hecho, durante el siglo XX, Chile se secularizó y liberalizó. Lo ocurrido dentro de la ficción en Don Guillermo podría decirse que fue la representación simbólica de aquella fragua, y su escenario predilecto no fue otro que Valparaíso, o como decía el propio Fritz: Baalparaíso.

Tras el encuentro, los asistentes se disgregaron. Cesó la música ambiental. Se apagaron las luces. Los libros, cual grimorios, volvieron a ser cerrados. Y las palabras dichas y omitidas en esa ceremonia solo serán conocidas por los presentes y nunca reveladas del todo al exterior.

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