sábado, 17 de enero de 2026

El otro día, en el Trotamundos, volví a ver a aquel ex amigo, compañero de U, del cual no tenía idea desde esa fiesta de profesores hecha en el Huevo hace un par de años. Aquella vez, al menos, tranzamos un par de palabras. Esta vez, apenas nos miramos al paso, a lo lejos. Eliminado de su red, y también de su círculo. El sentimiento es mutuo, en todo caso. Lo que provocó una simple diferencia de opiniones políticas, ni el tiempo ni la distancia lo pudo restaurar. De hecho, está demostrado que, con el paso de los años, las diferencias pueden agudizarse y las distancias hacerse insalvables. Si no hay un esfuerzo sincero de ninguna de las partes en restablecer el contacto, lógico que así sea. La cosa es que concurrimos casualmente al mismo evento de rock progresivo, y me senté en un puesto muy distante al suyo. Pasó hasta por el lado y tampoco hubo seña de acercamiento. Disimulé, desvié la mirada y seguí disfrutando el recital. Algo parecido ocurrió la semana pasada con una chica que conocí en el pasado, y con la que hasta salimos. Llegó de improviso al mismo local en el que estaba con un amigo disfrutando de un concierto. Se dio cuenta de mi presencia, pero rápidamente pasó de largo. Ella iba con su acompañante. Se sentó muy próxima a nuestro puesto. Cada quien simplemente vaciló en la suya, haciendo caso omiso de la existencia del otro. Unos perfectos desconocidos. En el caso del ex amigo, se fue antes con una mujer y otro compadre. Me embargó un alivio increíble. En el caso de la chica, me fui de inmediato, una vez que acabó el show. Me sentí aliviado, aunque con una nostalgia contradictoria, una añoranza estúpida a la vez que una molestia. Así era como debía ser, a pesar de los momentos compartidos, a pesar de los estrechones de manos y muestras de afecto, a pesar de las palabras, las necias palabras que pretenden cambiar el cauce de los hechos y la evidencia. Ciertas presencias se han hecho cada vez más ausentes, de un tiempo a esta parte, y esos lazos extintos ya van cobrando la forma de fantasmas que, de tanto en tanto, con silencio incómodo, nos recuerdan lo que fue y lo que no pudo ser, la imposibilidad concreta de la comunicación, cuando el motivo de su ruptura se vuelve irreversible.

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