jueves, 22 de enero de 2015

Aquellos locos que juegan a trashumantes de la poesía, en las plazas donde venden ropa, frituras y hierba, en las micros donde se movilizan viejos y jóvenes, en un tiempo perdido que siempre se sabe otro, soy como ellos cada vez que vuelvo a pie luego de un cansancio intrabajable, por la misma calle, en la misma esquina del terminal y con la misma vista hacia el Congreso. Solo por transitar las orillas de esa mole me siento un afuerino. En sus alrededores, se ve a los comerciantes como si fuesen la feria del mundo, con todas sus criaturas y exotismo. Los pitos llueven, las frituras y cachureos conspiran. Arrojo la palabra de amanecida contra el muro de los lamentos: aquellos arriba y nosotros abajo, saltimbanquis de la desgracia, más que zoon políticos, bestias de etiqueta. En el fondo, la nada fue nuestro negocio, solo que el trabajo sucio lo hacemos nosotros, y ellos se lavan las manos, ahora, siempre, sin asco. Defiendo mi derecho al fin y que, entretanto, los juglares vaguen por el tiempo como a través de esa plaza en feria y esa micro a toda combustión. Desde luego, yo viajo sin nada y a todo tráfico. Y, de repente, cuando todos adentro parecían decirte "demasiado tarde", intuyendo que dentro no has cedido tu lugar, porque. en realidad. no puedes y no porque con ello pretendas hacer la diferencia; así, en esos instantes inciertos, se revelaba un sonido rock retro, la ráfaga sónica que nos hacía volver a la época en que pagábamos escolar y nos creíamos vanguardistas. Entonces, ese pasado se vuelve puro volumen, la sensación que nuestro sucio trabajo actual solo fue el precio de toda la nada que nos vendieron.

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