Anoche se realizó una junta poética donde un amigo, al calor de una fogata en su casa. Hubo tres presentaciones: la mía, la del amigo y la de otro amigo más. Hacía mucho que no se manifestaba, de manera abierta, el hablante lírico "Gragko" con su respectivo imaginario. Se declamaron cuatro poemas que fueron celebrados entre los presentes por su tono y su forma: Ocaso de metal, Conjuro impúdico, Necrofilia y Egregor. La energía en ese patio a oscuras, iluminado por el puro fuego y la mirada expectante de los invitados, se sintió como una especie de ritual. La idea era meterse de lleno en el personaje. Al principio temí, pero pronto su expresión impactó de manera radicalmente distinta a como hubiera sido con una simple lectura a distancia, sin su correspondiente interpretación en directo. Luego, siguieron las intervenciones de los otros compadres, cada una con su sello y su parada única. La noche seguía invicta, continuaron los intermedios musicales con guitarreo y los presentes muy involucrados en el acto. Ya había olvidado esa faceta, después de tanto tiempo detenida. Había olvidado por completo el poder y la satisfacción de una lectura íntima y correspondida, la magia, la sinergia que de ahí se desprende. Me recuerda que el hecho de escribir no tiene por qué seguir siendo un mero onanismo, que la escritura de esos poemas se dejaba leer más como un grimorio que como un mero ejercicio hermético cerrado al mundo. Cuando la palabra se actúa, en tiempo real y en presencia de otros, se traspasa el límite de lo enunciado, entonces inicia el abismo y con él, la apertura, el coraje de salir de uno mismo y remover algo allí afuera, aunque no tenga nombre, sobre todo cuando no tiene nombre.
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