“Esto de las definiciones políticas, en mi caso, es un asunto amplio. Yo no he tenido militancia política, no he sido formada por cuadros políticos, no integro grupos ni sectas ni nada, porque no me interesa. Tiene que ver con mi experiencia personal, básicamente, y con mi observación de la realidad y no puedo además alinearme con nada, porque el trabajo filosófico no es compatible. Es decir, la filosofía es un pensamiento en movimiento. Los fenómenos son oscurísimos, cambiantes, confusos”. Lucy Oporto, en entrevista con Cristián Warnken. Lucy Oporto: las tinieblas del alma de Chile
domingo, 30 de noviembre de 2025
viernes, 28 de noviembre de 2025
Conjuro impúdico
Del imaginario poético gragkiano
Meditas por la eternidad
Anhelas las llaves del tiempo
Y acabas envuelto en la perpetua encantación
Una incongruente sinfonía
se estrella contra el filo de tus pensamientos
ya no eres de carne, duermes sobre tu sangre
y las ondas magnéticas atraviesan
la materia cruda, el pellejo astral
te pseudo liberas del dolor
sigues de nuevo al hierofante de turno
al travestido líder del nuevo orden
crees liberarte de la farsa y del recuerdo
regresas al lugar para la visión inminente
estás donde ni el espacio ni el tiempo
tienen jurisdicción
donde ningún pecado
tiene presunción de inocencia
allí mismo se socava el fervor, se consagra la llama
se canoniza el flagelo
quedas, de pronto, descarnado
perdido en el vórtice de la locura, pero no la tuya
una locura primordial, allende el horizonte
continúas vivificado por el veneno
porque la serpiente ha hecho su trabajo
y ha despertado al simbionte en el laberinto
pero atormentado por la contradicción
cuajado por la esfinge, minado en la cólera
sin miembros ni fluidos perversos
incapaz del polvo y de la palabra
inoculas la respiración en la bestia del significado
porque quiere su porción de muerte
porque no exhala sin dolor
y no regurgita sin antes haberte consumido por dentro
con la fanfarria coral de las alcahuetas
sin ser consciente del viaje azul que emprendes
tu camino apócrifo te trasciende y tu destino te clausura
Abrasador a través de planos interminables
Corrientes exaltadas de pseudo conciencia
Plantan sus raíces en el fango de las masas
manierizan sentidos y visiones
fluctúan al arlequín de la época
Y la lógica ya no dicta ritmo
Y el timo adquiere contextura mecánica
Tales campanas vuelven a su forma membranosa
Acarician tu suntuosa sangre negra
Te envuelven en el arcano prohibido
Inscrito en el código de tu impudicia
Visualizan lo que escuadran
emanan lo que arrebatan al leproso
presagian de la desesperación
duermen en la tentación de las penas
a través de sus mentales sótanos
se oxigena el caos, se desuella el secreto
Gragko abrasa y conjura
La alquimia de sus terrores
Y entonces, solo entonces
Vuelves a meditar por la eternidad
Anhelas las llaves del tiempo sin medida
Y acabas envuelto en la perpetua encantación…
Meditas por la eternidad
Anhelas las llaves del tiempo
Y acabas envuelto en la perpetua encantación
Una incongruente sinfonía
se estrella contra el filo de tus pensamientos
ya no eres de carne, duermes sobre tu sangre
y las ondas magnéticas atraviesan
la materia cruda, el pellejo astral
te pseudo liberas del dolor
sigues de nuevo al hierofante de turno
al travestido líder del nuevo orden
crees liberarte de la farsa y del recuerdo
regresas al lugar para la visión inminente
estás donde ni el espacio ni el tiempo
tienen jurisdicción
donde ningún pecado
tiene presunción de inocencia
allí mismo se socava el fervor, se consagra la llama
se canoniza el flagelo
quedas, de pronto, descarnado
perdido en el vórtice de la locura, pero no la tuya
una locura primordial, allende el horizonte
continúas vivificado por el veneno
porque la serpiente ha hecho su trabajo
y ha despertado al simbionte en el laberinto
pero atormentado por la contradicción
cuajado por la esfinge, minado en la cólera
sin miembros ni fluidos perversos
incapaz del polvo y de la palabra
inoculas la respiración en la bestia del significado
porque quiere su porción de muerte
porque no exhala sin dolor
y no regurgita sin antes haberte consumido por dentro
con la fanfarria coral de las alcahuetas
sin ser consciente del viaje azul que emprendes
tu camino apócrifo te trasciende y tu destino te clausura
Abrasador a través de planos interminables
Corrientes exaltadas de pseudo conciencia
Plantan sus raíces en el fango de las masas
manierizan sentidos y visiones
fluctúan al arlequín de la época
Y la lógica ya no dicta ritmo
Y el timo adquiere contextura mecánica
Tales campanas vuelven a su forma membranosa
Acarician tu suntuosa sangre negra
Te envuelven en el arcano prohibido
Inscrito en el código de tu impudicia
Visualizan lo que escuadran
emanan lo que arrebatan al leproso
presagian de la desesperación
duermen en la tentación de las penas
a través de sus mentales sótanos
se oxigena el caos, se desuella el secreto
Gragko abrasa y conjura
La alquimia de sus terrores
Y entonces, solo entonces
Vuelves a meditar por la eternidad
Anhelas las llaves del tiempo sin medida
Y acabas envuelto en la perpetua encantación…
jueves, 27 de noviembre de 2025
Cito una frase publicada por un compadre en sus historias: "El universal moderno es este: si no produces, no vales. Si no triunfas, no existes". Frente al culto de la producción incesante, frente a la demanda constante de figuración, frente al exitismo y al triunfalismo internalizado, opongo el ocio creativo, la introspección, la contemplación y meditación activa, el trabajo con la sombra interior.
El Demonio Procrastinador
Alguna vez escribí sobre Titivillus, el terror de la escritura, aquel demonio infernal que introducía errores en los trabajos de los escribas y copistas medievales, y que sobrevivía incluso hoy, en cada lapsus y borrador mal hecho, repleto de ripios y horrores ortográficos. Sin embargo, existe otra entidad mucho más amenazante, frente a la cual han caído hasta los más eficientes: el Demonio de la Procrastinación. Es tan terrible que ni siquiera tiene un nombre que lo particularice. Solo se hace presente allí donde quien escribe posterga sus textos de manera indefinida, donde proliferan las excusas más inverosímiles para continuar con el oficio. Se instala en la mente ansiosa, en la mente material, cual virus, e introduce allí un extraño opio repleto de relatos limitantes, miedos, manías, paranoias. Yo mismo he sido atacado constantemente por este vil demonio, una y otra vez, al punto de tener estancados más de cinco proyectos de libro, reposando ahí sin otro motivo que la desidia o que la falta de determinación. Además, se me han ido muy buenas ideas de crónicas por su culpa. En su momento, por ejemplo, iba a escribir sobre el concierto de Magma en Santiago, en el Teatro Nescafé de las Artes. Nunca lo hice. También tenía pensado hacer una reseña sobre la película “La Bestia”, el año pasado. Ahí quedó, en la pura intención. Ahora mismo estoy postergando una crónica pendiente sobre la maratón de la PUCV y hasta algunos trabajos para el Magister los he dejado para última hora. Se podría decir que, con el tiempo, algunos de estos proyectos “ya pasaron la vieja”. Aun así, no me declaro del todo derrotado. El Procrastinador late en cada indecisión, en cada titubeo, en cada distracción inmediata, pero hace falta un poco de voluntad, de porfía y de concentración para desafiarlo. Algo así como un “mono porfiado”, le había dicho a un compadre. Estar ahí, clavado frente a la hoja en el cuaderno, o frente a la pantalla y al teclado, insistiendo, dándole a la matraca de las palabras y al reactor atomizante de los significados, echándole máquina a la materia oscura de los imaginarios. Vaya que cuesta, pero es la única forma de hacer retroceder al Procrastinador, cada vez que regresa con su inmundicia regresiva. Vade retro.
miércoles, 26 de noviembre de 2025
martes, 25 de noviembre de 2025
Encuentro con Gonzalo Frías y Blade Runner en Valparaíso: un universo alterno
La última vez que vi una película en el Centro de Extensión Duoc Uc fue hace casi doce años, y era una película sobre la vida de Tarkovski, el mismo que hablaba sobre esculpir el tiempo, y que veía en la poesía no un género literario, sino que una manera de comprender el mundo. Tenía la oportunidad de volver a ese gran salón de cine para invocar una experiencia perdida, ahora con motivo de la proyección de un clásico de clásicos: Blade Runner, junto a una charla con el único, el grande, nuestro, Gonzalo Frías, el Pelao Pi. El visionado del filme fue tan magnético que me sentí dentro de él, sobre todo al inicio, cuando un ojo, una suerte de ojo orwelliano se dejaba entrever en medio de esa ciudad cyberpunk, oscura y llameante, similar a la generadora de gas en Concón vista de noche.
La fecha descrita al inicio era Los Ángeles en noviembre del 2019. La era Blade Runner coincidió con la época plena del estallido social, y recuerdo que durante ese mes fueron mis últimos viajes al interior por motivo de trabajo. El trayecto era escabroso y muchas veces los buses debían tomar otras vías alternativas para volver de manera segura, evitando barricadas o disturbios. La cosa es que aquel ojo me evocó esas memorias, y la fecha siguió resonando hasta mucho después, porque era increíble que ya hubiéramos trascendido el tiempo de la película y todavía estábamos aquí, apostando otra mirada a un futuro igual de distópico como el que se podría avecinar.
De pronto, Roy Batty ya había dicho su legendario monólogo y ya era hora de morir. Me emocioné y hasta solté sus lagrimitas. Siempre se muere un poco tras esa escena. Había otra cercana al final que no recordaba muy bien, y era la de Deckard yendo a buscar a la replicante Rachael para escapar juntos. Justo antes de salir por el ascensor, a Deckard se le cae un unicornio de origami, unicornio que también había visto en sueños. Ese detalle sería decisivo para plantear la idea de que Deckard era, en verdad, replicante, cosa que queda a discusión de cada cinépata. Había otra versión que no recordaba haber visto, una más efectista con final feliz, pero este final, con ese escape incierto y con ese sentido ambiguo le dio al visionado una cuestión de inevitabilidad trágica, de apertura a la incertidumbre, muy a tono con la atmósfera decadente y el clima emocional que rodea el universo de la película.
Y así comenzó a sonar el tema principal de Vangelis. No hubo aplausos tras los créditos, solo un silencio contemplativo, totalmente inmersivo. Las luces volvieron y, por el costado derecho del lugar, bajó Gonzalo Frías, quien cobraba forma a medida que cedía la penumbra. Ahí estaba, micrófono en mano, detrás de la penúltima fila de asientos, hablando de manera improvisada, muy al estilo Séptimo Vicio, sin grandes guiones ni demasiada planificación, solo la urgencia y la pasión del momento, la necesidad de transmitir lo que se acababa de ver, sobre todo, la sensación y la experiencia de haber visto quizá por primera vez o por enésima vez el clásico de Ridley Scott, para luego darle una vuelta cinéfila, una lectura conversada a viva voz y puro pulso. Era lo más cercano a retroceder en el tiempo, tal vez hasta el periodo en que Via X dominaba la programación independiente del cable chileno, y el Séptimo Vicio era precisamente el programa de culto, el de la “parada rock”, por su filosofía de “hacerlo por ti mismo”, por su mirada personalísima y su estilo anti comercial, siempre apostando por lo genuino y lo orgánico, en una época en la que aún lo análogo importaba y marcaba una tendencia alternativa, en todos los frentes. Eso mismo se vio reflejado, esa misma parada, esa misma actitud, cuando Gonzalo Frías, el querido Pelao, se dirigió al público con la disyuntiva shakesperiana sobre ser o no ser replicante. Risas inmediatas.
Al rato, Frías comenzó a soltar algunas rarezas de las cuales no tenía idea. Contaba que el hermano de Ridley Scott, Frank, murió en 1980 de un cáncer a la piel. Blade Runner habría sido hecha dedicada en su nombre, y curioso que en la película los replicantes busquen desesperadamente la manera de vencer a la muerte y no lo logren. ¿Será que el hermano de Ridley habita en esa idea constante de la inmortalidad? Además, Ridley iba a ser originalmente el primer director de la malograda adaptación de Duna de Frank Herbert, la que luego hizo David Lynch, dando lugar a una bizarra ópera espacial con muy mala fama, aunque con carácter de culto. Frías se refirió también al título, que podría traducirse como “el que corre al filo de la hoja”. En la novela de Philip Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, nunca se hace mención al título de la película. ¿Entonces de dónde salió? Según Frías, Ridley lo habría tomado de otra novela de ciencia ficción del año 1974, llamada “The Blade Runner” y escrita por Alan E Nourse. Allí sí existen los “blade runners” y se trata de contrabandistas médicos y no de un cuerpo de policía especializado en cazar replicantes humanoides. El Pelao Pi agregó que, de esa forma, la propia Blade Runner sería una especie de “película replicante” o de “Frankenstein”, hecha de partes prestadas de otros mundos para transmutar el suyo propio, que no es el estricto imaginario de Dick ni el de Nourse, sino que otro universo, el universo en el que los blade runners, los humanos y los replicantes conspiran entre sí, incluso más allá del tiempo conocido.
Al terminar su charla, Frías dio espacio para una ronda de preguntas del público. La que más recuerdo era la de una mujer al frente, casi en primera fila, y tenía que ver con el diseño de la arquitectura. Quedó fascinada con la pirámide del principio. Un compadre también se refirió al diseño de unas columnas que evocaban el estilo clásico, en contraste con las instalaciones urbanas, oscuras y maltrechas, llenas de luces de neón y pantallas, peligrosamente similares a ciertas metrópolis de nuestro mundo pospandémico. ¿Podría ser que la pirámide hable de una jerarquía anterior incluso a la historia, un poder arquetípico? Algo así preguntó Frías, dejando abierta la interrogante. Nadie supo qué decir. Pero el silencio otorgaba lo que en gran parte ya habíamos intuido: que todo en ese universo estaba pensado de tal forma que cobrara vida propia, pese a ser apócrifo o mecánico. En ese sentido, Blade Runner era adelantadísima, y nos dejó a todos, nuevamente, tras su visionado, corriendo al filo de una conciencia afilada. ¿Cuánto de blade runners había en nosotros? ¿Cuánto había de replicantes? Pregunta que cada cual tendrá que responderse frente al espejo, poniendo especial cuidado en la dilatación de su pupila.
Con eso, acababa la intervención de Gonzalo Frías, en el cine del Duoc Uc, antigua Ratonera. Lo había visto antes en un par de ocasiones, para el lanzamiento de su libro Tracking 2 en la Feria del libro de Viña del año 2017, y para su otro libro Abuelo Zombi presentado en el Insomnia de Valpo el año 2020. Ninguna de esas veces tuve el ánimo de hablarle en persona. Esta era la oportunidad. “¿Eres realmente tú, o eres replicante?”. Lo saludé con un gran apretón de manos y le expresé mi admiración, que lo había visto desde adolescente en el Séptimo Vicio, con sus videos de Tool, sus cortos, sus documentales y su entrevista a Mike Patton, que seguía su programa desde siempre y todo el rollo. Luego, le hice una pregunta rápida, respecto de aquel “final feliz” de Blade Runner en su versión alternativa. ¿Será que el bosque al que se dirigen Deckard y Rachael era similar al que aparece al comienzo de la película El resplandor de Kubrick? Frías quedó “para adentro”. Y tenía sentido, porque él mismo había señalado que esas tomas aéreas Ridley se las había encargado a Kubrick antes que la película viera la luz. “¿Algo así como un mismo universo? Una locura” comentó Frías, entusiasta con la idea. “¿Y sigue Séptimo Vicio?”, le pregunté, iluso. “Hace ya un par de años que no sigue”, respondió él, convencido, sabiendo que aquel programa quedaría en la retina de muchos. Y era mejor que quedara en esa retina televisiva, antes que en la idiocia de la era viral. Enseguida, Gonzalo se corrió hacia un lado para atender al resto de seguidores, que esperaban poder sacarse con él la foto de rigor. Yo también alcancé. Quisiera no haber aparecido en otro registro, pero lo importante era la experiencia impagable de tener allí al Pelao comentando en vivo una de mis películas de cabecera.
A la salida, se había hecho la noche. El trayecto de Blanco a Plaza Victoria se me hizo inmenso, tanto así que tuve que apurar el paso. Unas cuantas personas esperando regresar a casa, otras tantas deambulando por las calles, sin prisa. De pronto, los sentí ajenos, los sentí extraños. En Blade Runner, la noche era perpetua. También lo era en Valparaíso.
lunes, 24 de noviembre de 2025
Cuarenta años de la partida de Mario Góngora
"La naturaleza caída del hombre condiciona toda victoria histórica a una posible derrota posterior. Pero a su vez, toda derrota intramundana puede ser seguida por una victoria: “La Esperanza no es el rosado optimismo”, nos recuerda Góngora, pero podemos tener la paz de que no luchamos solos, y que en el mundo hay cosas por las que vale la pena y existe el deber de luchar. A fin de cuentas, ninguna realidad intrahistórica es definitiva: de la decadencia y cenizas de la civilización clásica surgió la riqueza de la cultura cristiana. Y “la Historia es imprevisible”.
sábado, 22 de noviembre de 2025
"Soto Ivars y el nacional-ginocentrismo", por Pablo de Lora
"De todas formas, con Esto no existe ya en las librerías, el régimen ha encontrado una solución: ampliar en el pacto de Estado contra la violencia de género para incluir como «víctimas» también a las mujeres cuyo agresor haya sido absuelto o cuando no se haya podido demostrar su culpabilidad. En el régimen nacional-ginocéntrico de esta España feminista, las mujeres han alcanzado definitivamente, todas, piensen lo que piensen, sean lo que sean, algo así como la «unidad de destino en lo universal»: una, buena y víctima."
Algo que he aprendido del Magister en Escritura Narrativa de No ficción es que la aventura de escribir no se trata necesariamente de la búsqueda de la verdad de los hechos (siempre esquiva, nunca definitiva), sino que de forjar una manera de decir, inaugurar una mirada, aunque sea la del ojo de buey a través de una puerta cerrada por fuera.
viernes, 21 de noviembre de 2025
Nosferatu, Drácula y Frankenstein: el resurgir de los monstruos románticos
Si hay algo que destaco de Nosferatu, de Robert Eggers; Drácula, de Luc Besson; y Frankenstein de Guillermo del Toro, es precisamente su renuencia a adecuarse a obras anteriores y su apuesta decidida por una mirada de autor sobre tres de las criaturas más icónicas del cine. Tal parece que el 2025 es el año en que el cine quiso sacar del abismo sus viejos terrores y los hizo resurgir en monstruos románticos, mediante un ejercicio tan nostálgico como perverso. Encontramos en cada película la representación genuina de un imaginario propio, en lugar de una mera adaptación que reproduzca los códigos de un molde ya establecido. Así, en el nuevo Nosferatu, interpretado por un soberbio Bill Skarsgård, hasta la figura del Conde Orlok luce muy distinta a la del clásico de Murnau o incluso la de Herzog, interpretada por Klaus Kinski. Este Nosferatu se parece más a un monstruoso noble transilvano, usando un bigote que recuerda a Vlad el Empalador. Eggers nos sumerge de inmediato en una atmósfera gótica, con los tonos oscuros y densos predominantes en la estética de su cine.
El personaje de Nosferatu, que ya de por sí es una reinterpretación del Drácula de Bram Stoker, simboliza la tragedia y asola las inmediaciones humanas cual vampiro apocalíptico, trayendo la peste allí donde deja su estela de sombra. Solo una persona podría liberar al mundo de su maldición: una mujer, una mujer con la cual el oscuro Conde está obsesionado: Ellen Hutter, interpretada por Lily Rose Depp, la hija de Johnny Depp, en una actuación que resalta su versatilidad y, al mismo tiempo, su fragilidad frente a la pasión enfermiza. El corazón de la historia recae sobre Nosferatu y Ellen, y ese tópico se desarrolla también, bajo otro relato, en Drácula y Frankenstein, solo que acá se trata de una pretensión romántica y un irrefrenable deseo sexual ante el cual Ellen sucumbe, en la escena final, dejando que el Conde caiga rendido a sus brazos, consumado el acto, y espere el amanecer para morir con los primeros rayos del Sol. Desenlace fatal en el que Ellen muere desangrada (¿acabada?) y Nosferatu es pulverizado con la luz de un amor demasiado intenso. Bellísima y grotesca imagen.
Algo distinto ocurre en el caso del nuevo Drácula. La representación de Luc Besson profundiza mucho más en el romanticismo entre Vladimir de Valaquia y Elisabeta, en un amor que trasciende el destino histórico de sus implicados (¿el “quinto elemento”?) para desafiar los propios designios del creador y los límites entre la vida y la muerte, haciendo del tiempo una penitencia eterna y de la amante una figura devocional, al punto del exceso y la locura. El propio Luc Besson, seguramente, al prever la respuesta crítica que tendría su obra, la subtituló con la leyenda: A love tale, “una historia de amor”, como dejando en claro que se trata de su propia interpretación en clave romántica de la obra de Stoker y, dicho sea de paso, para anticiparse a cualquier acusación de cursilería y a una comparación inevitable con la legendaria película de Francis Ford Coppola.
El resultado fue una película que explota al máximo el melodrama amoroso: un antiguo príncipe del siglo XV que jura vengarse de Dios por arrebatarle al amor de su vida, Elisabeta, en el campo de batalla. Entonces, urde un plan maligno para desafiar a la propia muerte, mantenerse en estado vampírico y encontrar la forma de poder cautivar a la reencarnación de su prometida. Es así que Vladimir se convierte, con el paso de los siglos (cuatro, para ser exactos), en el Conde Drácula, y espera poder cumplir su tan anhelado propósito, aunque para eso se haya convertido en una criatura blasfema, plena de una oscuridad tan barroca como inquietante. Y es que el Drácula interpretado por Caleb Landry Jones se manifiesta como un auténtico ser gobernado por las tinieblas. No hay en él nada que recuerde al Drácula elegante de Lugosi, al imponente de Christopher Lee ni al sofisticado de Gary Oldman, todo lo contrario. Estamos ante un Drácula maldito, caído, vuelto un ser oscuro como por castigo divino, sometido a sus pasiones, siempre al borde de la locura, exponiendo su profundo dolor como herida de guerra. Se trata de un patetismo perpetuo que el actor supo representar con total desparpajo y desenfreno.
Durante la película, el encuentro entre Drácula y Mina, la reencarnación de su amada, interpretada por Zoe Blue, se desenvuelve de forma seductora. El Conde recurre a un encanto irresistible para cortejar a Mina y “recordarle”, en el fondo, su antigua encarnación y, al mismo tiempo, aquella pasión que sobrevivió a siglos de infamia y angustia. Mina acaba siendo seducida sin demasiada resistencia. Casi parece que hubiese invocada, en su lugar, una antigua versión de ella misma que el Conde logró traer de vuelta. De tal forma, el rol de Mina en la trama se limita al de servir de musa deseada. Resulta creíble la pasión entre ambos, pero faltó quizá mayor desarrollo dramático para darle a la historia una sustancia algo más compleja y verosímil. En suma: el Drácula de Luc Besson se siente virtuoso en su arrebato enfermo, más amante enfurecido que maestro de la noche. Solo recordar el final, cuando él mismo se sacrifica a manos del sacerdote, con tal de salvar a su doncella y redimirla de la maldición divina que él personificaba por entero.
Falta el monstruo de Frankenstein en la ecuación, aquel Moderno Prometeo de Mary Shelley que siempre fue el proyecto soñado de Guillermo del Toro. Hoy, emulando al doctor Victor, el director mexicano por fin le dio un corazón y una descarga eléctrica a su nuevo vástago. De esa manera, el nuevo monstruo de Frankenstein, interpretado por Jacob Elordi, tiene mucho de sello personal, humanizante, aunque, si se indaga mejor, esta creación intenta parecerse más a la novela de Shelley que a las representaciones clásicas de Hollywood, como la mítica de Boris Karloff, en el año 1931. ¿Cómo así? Es cosa de remitirnos al monstruo más conocido: aquella criatura imponente, torpe en sus movimientos, hecha de cadáveres humanos, de piel verde podrida y con tornillos en el cuello. El monstruo creado por el director mexicano tiene un aspecto igual de poderoso, pero con un perfil completamente diferente, mucho más estilizado y hasta con un dejo de ternura y atracción misteriosa. Algunos han llegado a pensar que se trata de una versión descafeinada de la criatura, una adaptable para jovencitas lectoras de Wattpad o viudas de la saga Crepúsculo. Creen ver en el monstruo sencillamente lo que otras versiones cinematográficas han ido calando en el imaginario: algo irracional, repleto de fuerza bruta, un error andante. Sin embargo, quienes sostienen este argumento no caen en cuenta de la verdadera naturaleza romántica del monstruo original. Se trataba, de hecho, de un ser profundamente sensible, elocuente, aficionado al estudio y a la lectura, una especie de poeta decimonónico maldecido por su condición apócrifa. En la película, la criatura interpretada por Elordi es, ante todo, un ser incomprendido, despreciado por su propio creador, relegado al olvido y a la repulsión, circunstancias que solo alimentan sus emociones más profundas. Cabe recordar que son las dimensiones emocionales aquellas que configuraron el espíritu del Romanticismo, junto con la idea de la subjetividad y la libertad humana. Acá, la criatura asume completamente cada una de estas cosas como parte de su propio derrotero existencial.
Hay una parte memorable en la que el monstruo lee Ozymandias de Percy Shelley, el esposo de Mary Shelley. Se dejan leer las siguientes líneas: “Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad mi obra, poderosos! ¡Desesperad! La ruina es de un naufragio colosal. A su lado, infinita y legendaria solo queda la arena solitaria”. Se trata de una imprecación lírica contra la ambición fáustica de su creador. En efecto, Victor Frankenstein termina siendo atacado por su propia creación, luego de traicionarlo y dejarlo a su suerte. La ambición por emular a Dios y conseguir la perfección lo vuelve alguien peligroso, ¡una bestia! En el fondo, replica el ciclo de abandono y de violencia que ya había vivido con su severo padre. La creación científica sublima el trauma, la herida que pesa sobre su linaje y sobre su conciencia, pero a costa de deshumanizarla, de proyectar en ella las propias miserias de alguien consumido por el vacío de un poder sin límites. Ese es Victor en la película de Guillermo del Toro. Por este mismo motivo, Elizabeth, interpretada por la fantástica Mia Goth, lo rechaza y luego se siente atraída por la figura del monstruo, quien desprende un misterio, un dolor y una energía tan humana como romántica.
En este punto, la película desenvuelve una efímera relación que se vuelve el eco de otros tantos romances prototípicos, tales como el de “La mujer y el monstruo” de Jack Arnold, igualmente “Romeo y Julieta” de Shakespeare. En todo momento, queda patente la reinvención del tópico del amor imposible o del amor prohibido, solo posible en la muerte y la tragedia de uno o ambos amantes. “Si no vas a ofrecerme amor… entonces me entregaré a la ira, y la mía es infinita”, le grita el monstruo a Victor, su padre, en la película, al negarse a construir para él una criatura con la cual pudiera realmente vivir el amor. Tras la muerte de Elizabeth, el monstruo pierde el sentido. Asimismo, Victor, ciego de odio contra su “vástago”, lo persigue hasta el Ártico, donde es encontrado por la tripulación del capitán Robert Walton. A diferencia de la novela, en la película la criatura logra dar con el paradero de su creador y le cuenta su historia. Hay una redención entre “padre e hijo”, una escapada del monstruo hacia un horizonte luminoso y un guiño de esperanza tras la sublimación, cosa que no ocurre en el libro. Allí, de hecho, Victor muere sin lograr ese momento de reencuentro y de perdón, lo que desata la frustración de la criatura y su deriva en el hielo eterno. Un final mucho más devastador y, si se quiere, propiamente romántico, en su sentido originario. No cabía ningún ápice de salvación ni de redención propia. No se cerraba el círculo con el perdón, ni con la transposición del nombre, se abría la lectura hacia una realidad trágica, sin explicaciones. El monstruo podría haber sido condenado a su deriva, a vivir con la angustia de saberse incomprendido hasta el fin o morir de manera irremediable, huérfano, guacho hasta la médula, incompleto. Guillermo del Toro se resistió a esa idea, a esa lúgubre idea. Su cariño por los monstruos es tan inmenso que quiso darles una oportunidad, incluso si eso implica transgredir el sentido original de la obra de Shelley, su sentido acorde al espíritu de la época y a su propia sensibilidad.
Finalmente, ¿qué es lo romántico en el monstruo? ¿Cuánto de nosotros hay en ellos? ¿Cuánto de esos monstruos hay en nosotros? Cada uno tiene sus propias respuestas. En Nosferatu, lo romántico encarna la monstruosidad de un deseo sexual que vence el instinto de muerte o que resulta ser su máxima expresión. Eros y thanatos unidos bajo una orgía final. Recuerda al cuadro La pesadilla de Henry Fuseli: la doncella lánguida a merced de la criatura en la sombra. Ella es poseída por dicha sombra, ¿o el monstruo es la manifestación grotesca de su propio deseo sexual reprimido? En Drácula, lo romántico es dramatizado y teatralizado hasta su punto de saturación, volviéndolo todo un espectáculo de sangre, corrupción y muerte a borbotones. A riesgo de convertirse en kitsch, lo romántico chupa la energía vital de sus huéspedes, los vuelve agentes enfermos de un amor incomprensible que desafía las propias leyes de la naturaleza, que desafía la dictadura del tiempo y los patrones de Dios, un amor apóstata, inmoral, sacrílego. Y en Frankenstein, lo romántico es el propio mito del científico herido, que intenta, en un pacto mefistofélico, desafiar al Creador mediante la creación de un monstruo hecho de partes humanas.
El costo de la soberbia es la de la proyección de la sombra en la criatura: el abandono y el orgullo, que redunda en ira y sufrimiento. El costo es la pérdida del amor y su búsqueda desesperada por parte del monstruo. El costo es el olvido de Dios y la entronización de la tecnología como sentido último, con todas sus trágicas consecuencias. El romanticismo se expresa en esa misma disyuntiva ya planteada desde la ciencia ficción en el siglo XIX, y que cobra vida, hoy más que nunca, en medio del auge del transhumanismo y su último vástago: la Inteligencia Artificial. ¿Será la IA capaz de sentir como sintió aquella tierna criatura humanizada? ¿Será el dolor parte de una eventual conciencia transhumana? ¿Seguirá siendo, en definitiva, lo romántico un atributo exclusivo de lo humano, en un futuro? Todo indica que los viejos monstruos volverán a invadir nuestro imaginario, bajo una nueva forma, puede que hasta bajo una nueva conciencia, porque, allí donde haya un atisbo de conciencia, habrá también un padecimiento infinito, un terror ante lo absoluto.
domingo, 16 de noviembre de 2025
Dos poetas a la presidencia
Hubo en la historia de Chile dos poetas que se tiraron para presidente: Vicente Huidobro y Pablo Neruda. Huidobro, hace ya cien años, el 17 de octubre de 1925, proclamó su candidatura por la "Gran Convención de la Juventud Chilena", la que incluía a la Federación de Estudiantes de la Chile. En su Balance Patriótico, escribió: “Decir la verdad significa amar a su pueblo y creer que aún puede levantársele y yo adoro a Chile, amo a mi patria desesperadamente, como se ama a una madre que agoniza”. Luego de un asalto a la FECH, su campaña fracasó y prefirió bajarse para apoyar al candidato José Santos Salas. De Huidobro se dijo, tiempo después, tras ser condecorado con la Cruz de Guerra: "En Chile, fue incluso candidato a la Presidencia de la República… en una campaña que no le dio muchos votos, pero que lo convirtió casi en un héroe popular". Pienso en un hipotético Chile huidobriano con una posible "República de los poetas". ¿Cómo habría sido nuestro país en esas circunstancias? Deje volar su imaginación sin paracaídas.
Sobre Neruda, él proclamó su candidatura en el año 1969. En su caso, no hubo una campaña tan activa como la de Huidobro, ni tampoco se le recuerdan frases o eslóganes para la posteridad. A lo mucho, hay un registro documental llamado "Pablo Neruda: Der Dokumentarfilm" del año 2004, dirigido por Ebbo Demant para la empresa de televisión alemana ZDF. En ese registro, se muestra la proclamación oficial del vate, que contó con el apoyo irrestricto de las filas del Partido Comunista. Allí, de hecho, aparece el poeta acompañado por Oscar Astudillo, Cesar Godoy, Gladys Marín, Volodia Teitelboim y Luis Corvalán, secretario general del PC chileno. Recordemos que Neruda bajó a último minuto su candidatura para apoyar, en cambio, a Allende. Pienso también en un hipotético Chile nerudiano, en el lugar del gobierno de la UP. ¿Cómo habría sido nuestro país en esas circunstancias?
¿Y, finalmente, por quién hubiera votado usted? ¿Por el antipoeta creacionista o por el poeta Nobel? ¿Por qué?
Hubo, sin duda, un Chile en el que los poetas tenían la intención política de tirarse a presidentes, aunque su campaña fuera más una performance que una realidad.
Hago una revisión de estas dos anécdotas políticas, a modo de ejercicio crítico, poético y lúdico. Piénselo de esa manera. O piénselo como quiera.
sábado, 15 de noviembre de 2025
Se cumplen cien años de la película "El fantasma de la ópera". La escena donde Christine se arma de valor y le quita la máscara al fantasma de la ópera causó pánico en los cines de ese entonces. También se cumplen ochenta años de la creación de Juan Marino: El Siniestro Doctor Mortis, el icónico personaje de terror chileno, genio, entidad todopoderosa y maligna. El terror nunca pasa de moda, solo cambia de escenario y de actores. El terror está vivo y habita en cada uno de nosotros.
Un tío mío comentó que cuando estaba estudiando en el pedagógico de Playa Ancha, durante el año 69, apareció Pablo Neruda junto con el poeta peruano Antonio Cisneros, y realizó una especie de conferencia en donde recitó algunos poemas. Días después, el PC lo proclamó candidato presidencial. El resto es historia conocida. Se acordó, a propósito de las próximas elecciones. Dijo además que nuestra familia fue “picada por el bicho del arte”. Comentó que su abuelo paterno era un español que llegó a Chile junto a otro hermano y un grupo de artistas que se presentaba en la colonia española. Su abuelo tocaba la mandolina con ese grupo y ese instrumento lo vio en la casa de quienes terminaron criando a su padre (mi abuelo) que quedó solo. La madre de su padre (su abuela) murió cuando él tenía tres años y el “coño” se habría arrancado a Buenos Aires después de estar juntos durante más de dos años. El otro hermano de su abuelo paterno se quedó en Chile, según cuenta, y un hijo de él sería el caricaturista José Palomo, muy conocido en México, en donde finalmente se radicó. Su veta, agregó, era el tema político. Dicho todo esto, mi tío preguntó si sabía de estas cosas. Le pregunté que no tenía idea; que, de hecho, podría reunir todas esas anécdotas para poder editarlas y eventualmente publicarlas. Él dijo que siempre tuvo problemas de socialización y que con la escritura podía suplir esas carencias. Al confesarlo, comenzó a recordar su infancia en Puerto Montt y después en Valparaíso, luego que su padre (mi abuelo), marino de guerra, fuera derivado hacia la costa central. El viaje en tren desde ese lejano lugar tenía como destino llegar a Santiago. Una imagen que siempre estaba presente en su memoria era la de un lugar con muy poca luz, enormes sombras a contraluz y un olor intenso. Mi tío tenía menos de un año. Ese recuerdo se lo contó a su madre (mi abuela) cuando era adolescente y ella le había dicho que se vinieron en tren. En esos años, según cuenta, se usaba el carbón coke como combustible, de ahí el olor que nunca habría olvidado. Ese es su recuerdo más antiguo. ¿Qué otras memorias habrán quedado sin su correspondiente voz, y sin su necesaria ventilación? Hay en estas anécdotas una crónica que atraviesa mi propio árbol genealógico, una rueda de tiempo que cruza la conciencia de la familia, algo más profundo que las circunstancias inmediatas, de las cuales se derivan otros relatos en potencia, todavía enterrados en estricto anonimato.
miércoles, 12 de noviembre de 2025
Cioran: "A medida que los años pasan, decrece el número de seres con quienes puede uno entenderse. Cuando no haya ya nadie a quien dirigirse, seremos al fin tal y como se era antes de sucumbir en un nombre." En efecto, amigos se cuentan cada vez menos, los precisos. Me aburren las conversaciones superficiales y prefiero el silencio de una buena lectura. De romances, ya hace mucho que no pasa nada auténtico, que me mueva el piso y que me motive a "jugármela". De chico, pensé que la vida adulta sería emocionante, llena de redes y plena de libertad. Demasiada idealización sin sentido pragmático. Y, en cambio, esa vida se ha vuelto rutinaria y solitaria al cubo. Exigente, demandante, impredecible y sin suficiente recompensa. Solo en la escritura, solo en la escritura vuelco mi frustración y sublimo la fantasía de lo porvenir, invoco el fantasma de la posibilidad.
Entrevista a Leonardo Varela, poeta mexicano
"¿En qué momento supiste que eras poeta y no alguien que escribe poemas? ¿Hay diferencia?
Supe que era poeta cuando me di cuenta de que podía prescindir de reconocimiento como escritor de poemas. El escritor de poemas vive por y para las becas, los premios, los amigos y las relaciones públicas. El poeta es alguien silencioso y marginal que deja crecer su obra sin grandes aspavientos."
lunes, 10 de noviembre de 2025
Breve relato etnográfico sobre el Metro de Valparaíso
Para Técnicas de Investigación II
Fui en metro rumbo a Limache por un reemplazo. En ese contexto, tomé nota de lo que pasaba a mi alrededor, durante tres viajes de regreso. Noté que ciertas conductas de los pasajeros en el metro de Valparaíso, tales como el ceder espacio a la gente mayor o vulnerable; cooperar con músicos y vendedores; y contribuir a un clima grato de viaje, mediante expresiones de cortesía y una cuota de humor, a ratos blanco, irónico o absurdo, fueron conductas reveladoras de un sentido comunitario muy arraigado en la gente de la Provincia de Valparaíso, conocida como la gente “costera”, y en la gente de la Provincia de Marga Marga, conocida como la del “interior”. Eso pude constatar en algunas de las anotaciones realizadas a lo largo de tres recorridos en el metro. En específico, durante el último viaje registrado, el día 29 de agosto.
Aquella vez, ingresé a unas máquinas nuevas. Me senté en el último vagón. Un joven de pelo largo le indicó a una mujer al frente que no podía cargar su celular en unos enchufes. El joven me miró. Se sentía tenso. Le pregunté qué pasaba. Me respondió que no se podía cargar ningún enchufe a bordo, y volvió a revisar su celular. A las 15:10 partió el metro. Al fondo, se escuchó a un músico tocar la flauta. La nueva máquina del metro se sintió más liviana al cruzar el trayecto rumbo a Peñablanca, menos ruidosa y con un movimiento más suave. Eso le dio al viaje un confort especial. A un lado de la ventana, una señora cargaba una maceta con una planta, y los pasajeros procuraron darle espacio. Mientras escribía en el cuaderno, una chica rubia me pidió permiso para sentarse. Quité la mochila y ella se sentó al cruzar la estación Sargento Aldea. Entró luego un caballero cargando un gran alicate. El joven del principio le cedió el asiento. Este se sorprendió por el gesto de amabilidad.
En Villa Alemana, subió una gran cantidad de gente. Se había ido el joven a mi lado. Se sentó un caballero, quien me dijo que había pisado sin querer la correa de mi mochila. “Llegará con la correa café”, me dijo, en tono de broma. Le sonreí. Entró otro caballero y topó el alicate del señor sentado al frente. Se disculpó y, enseguida,echaron la talla. Se notaba cercanía y familiaridad entre ambos. Más adelante, el caballero que me habló al principio se bajó rápidamente en estación Viña. Un músico que se había subido antes tocó la flauta, ahora más cerca. Se bajó un hombre con muletas. La gente le dio permiso y se corrió hacia un lado. El hombre apuró el paso para no perder la estación. La flauta siguió sonando, mientras la gente permanecía silenciosa, mirando hacia afuera o sencillamente enfocada en sí misma. La única música que se escuchó a lo largo del trayecto restante fue la de la flauta.
El metro llegó a Recreo a las 15:55. Allí subieron más pasajeros. A mi lado, una señorita se sentó en el lugar que ocupaba otro caballero. Comenzó a sonar la música del Titanic en la flauta. Le dio al recorrido restante una atmósfera apacible, incluso con un toque romántico. La intérprete acabó su rutina en estación Portales. Pidió un aporte voluntario. Algunas personas le dieron monedas. El señor del alicate se bajó en Barón. Por un momento, solo se escuchó el sonido del cierre de puertas. Una vendedora circuló por el vagón, ofreciendo mentas. Un par de personas le compraron, a lo que la vendedora agradeció, de manera efusiva. Finalmente, llegó el metro a la estación de mi destino, Bellavista, a las 16:05.
Pensé en eso mientras anotaba. Nadie parecía advertirlo. Unos entraban, otros salían. Cada quien, en realidad, experimentaba “su propio Metro”. Estaban quienes resolvían la fórmula trabajo-casa o quienes deseaban experimentar el viaje más rápido, zambullidos en su lectura silenciosa, en su diálogo trastabillante, en su lista musical de Spotify o en su improvisación a bordo. Nadie viajaba por viajar dentro de ese recorrido, todos buscaban algo, algo inenarrable, demasiado veloz para significarlo. A pesar de todo eso, faltarían viajes y páginas para una radiografía más ambiciosa del metro.
En dos viajes anteriores se observó que el trato entre personas era casual, espontáneo y respetuoso entre los mismos pasajeros. Sin embargo, en este tercer viaje alcancé a observar una mayor cantidad de gestos y de acciones solidarias, considerando el trayecto completo desde estación Limache (Marga Marga) hasta estación Bellavista (casi llegando al puerto de Valparaíso). Pese a la distancia entre ambas provincias, se lograron advertir, dentro del metro, algunas señas de ese sentido comunitario asociado a los habitantes del “interior” (comunas de Marga Marga, tales como Limache, Peñablanca, Villa Alemana y Quilpué) y también, por extensión, a gran parte de los porteños que abordaron el metro durante los viajes.
Podría decirse, entonces, que el Metro Valparaíso, con su recorrido que atraviesa ambas provincias señaladas, genera una dinámica social propia, característica de este medio de transporte. La mayor amplitud espacial de las máquinas y el hecho de abarcar tantas ciudades en puntos focalizados, permitió, a mi juicio, la confluencia de cada una de estas personas, con sus diversos itinerarios, sus diferentes inquietudes y sus códigos compartidos dentro del lapso del viaje que arranca durante más de una hora. Marc Augé recuerdo que hacía referencia a los “no lugares”, para referirse a aquellos espacios transitorios y anónimos que carecen de cualquier significado relacional, más allá de su utilidad provisoria.
Con esa definición, tal vez Augé hubiera tomado como ejemplo las estaciones de metro, pero cabe señalar que el propio autor, en su libro “El viajero subterráneo. Un etnólogo en el metro” (1987) confesó que “algunas estaciones de metro están suficientemente asociadas a períodos precisos de su vida”. De esa forma, el mismo autor de los no-lugares se afirmó como un “etnólogo en el metro”, en el momento en el que logra realizar un ejercicio de memoria con una mirada lo suficientemente aguda para descubrir lo imprevisto y lo inaudito en las pequeñas cosas. Esa misma agudeza de mirada, esa capacidad de asombro renovada es lo que permite una amplitud en la percepción y un entusiasmo en el descubrimiento de una realidad palpitante, más allá de los prejuicios rutinarios y la mecanización de la vida. Uno mismo, si se pone en el papel del etnógrafo, se dispone a registrar todo lo que ve y le da rienda suelta a sus interpretaciones y a sus recuerdos, puede desafiar la programación establecida y revelar una huella humana allí donde solo cabía algo automatizado, meramente funcional.
domingo, 9 de noviembre de 2025
"Contra la cancelación Y otros sueños de justicia transformativa", Adrienne Maree Brown.
Resulta saludable constatar que aquellos que, en un principio, apoyaron toda esta ola de revanchismo hipócrita, ahora hacen un alto y se ponen a reflexionar sobre las consecuencias de su cruzada justiciera. ¿Será restaurado el sano juicio y la sana crítica? La propia autora señala: "nos equivocamos y costará mucho encerrar a la serpiente que liberamos". Ya era hora que se pegaran la cachá (solo falta que ese mismo razonamiento llegue por estos lados y empiece poco a poco a surtir ese efecto):
"La cultura de la cancelación y el señalamiento está a la orden del día. Pensado originalmente como un mecanismo para la denuncia de las injusticias por parte de los más débiles, este recurso táctico de los movimientos de resistencia se ha convertido en un frenesí que nos arrastra hacia el castigo y el punitivismo. ¿Hemos ido demasiado lejos? ¿Qué es «demasiado lejos» cuando hablamos de desequilibrios de poder y patrones violentos? ¿Y qué sucede cuando los movimientos sociales dirigimos nuestra ira hacia adentro o hacia los demás?"
sábado, 8 de noviembre de 2025
jueves, 6 de noviembre de 2025
La fachada del Mercurio de Valparaíso, un Sol luminoso y la memoria gravitante
Fotografía del frontis del edificio El Mercurio de Valparaíso. 15/10/25
Trabajo de documentación y archivos
Se aprecia en la fotografía la fachada del edificio histórico de El Mercurio de Valparaíso. El edificio clásico, que funcionaba como imprenta oficial, contaba con más de 118 años de historia desde su instalación definitiva en calle Esmeralda 1002 con Pasaje Ross, hasta aquella noche del 19 de octubre del 2019, noche en el que fue invadido y quemado, bajo el contexto del “estallido social”. La fotografía resultó ser una entre tantas otras que saqué al edificio desde diferentes ángulos y supuso, en el fondo, una búsqueda desesperada de respuestas, frente a la incertidumbre y el hermetismo que rodeaba el caso del ataque incendiario. La imagen fotográfica debía poder darme, al menos, algunas pistas sobre lo ocurrido, aunque fuesen escasas e indiciarias. Debía poder encontrar algún detalle específico, aquel gesto emocional a la sombra del ojo público, ese “punctum” del que hablaba Roland Barthes, allí donde no alcanzaba la investigación y donde no dieran abasto las palabras. Por eso mismo, se muestra como una evidencia, no solo del abandono sistemático del patrimonio de la ciudad, sino que de la propia precariedad con la que emprendo este proyecto.
No podría afirmar nada de manera categórica respecto al interior del edificio. Se dice que fue completamente destruido y que se perdieron muchos archivos valiosos. En contraste, el frontis del edificio todavía se mantiene sólido en su estructura. Sus relieves conservan la simetría arquitectónica, pero han perdido el color de antaño. La firmeza del material se resiente en su forma opaca, corroída por la acción del tiempo y por la falta de mantención. Los muros próximos a la calle tienen afiches y grafitis. La zona superior, sin embargo, no se ve mayormente afectada. Ni los vidrios de los ventanales presentan signos de quiebre, ni los relieves presentan huellas de ataques. Se pueden ver, intactas, un par de figuras humanas sobre las columnas en los ventanales y bajo el sello del nombre del diario, hecho en concreto. Sobre todo, se yergue, indemne, la antigua estatua del dios romano Mercurio, cual mensajero de la historia. La luz del sol capturada en la fotografía le da un cierto toque imponente, que contrasta con la parte inferior del edificio. Incluso, la débil luz del poste próximo a la acera sirve de contrapunto a la solemnidad mostrada más arriba. Podría decirse, entonces, que la fotografía no solo muestra el presente de El Mercurio de Valparaíso, sino que revela algo más simbólico, el edificio como símbolo de una época pasada, de un Valparaíso del cual solo resta un vestigio estético. Pese a todo, impone su arquitectura, frente al deterioro circundante.
A unos costados del portón del edificio, se ven dos afiches con la siguiente frase: “La memoria es este momento”. Ahí me detuve, cuando volví al lugar a fotografiarlo. Recordé, de pronto, una noche dolorosa. Se hizo carne y visión en ese mismo instante. La ciudad nocturna, sus pavimentos sucios y sanguíneos, la afrenta, la huida, se encarnaron en ese mismo momento. ¿Se tratará acaso la memoria de una reconstrucción instantánea, gatillada por un recuerdo que carga con todo el peso de su historia? ¿Será acaso el momento del afiche el mismo momento de su lectura y el mismo momento de lo evocado de manera extemporánea? ¿O podría tratarse de una invitación cínica a reivindicar el presente, sin otra pretensión que su intensidad? Puede ser todo y nada a la vez, o cada cosa por sí sola. Luego de sacar la fotografía y descartar otras, seguí mi camino, tratando de pensar en el momento mismo de la captura, en su luz fugitiva, la misma que resplandecía en ese día soleado y que intentaba encapsular un tiempo aún gravitante en el imaginario porteño.
domingo, 2 de noviembre de 2025
Creo poder intuir a la rápida, sin tanto análisis, cuando un texto está escrito por IA, íntegra o parcialmente. Hay ciertos rasgos que se repiten: estructura sintáctica idéntica, desarrollo esquemático de ideas acorde al género textual, carencia de digresiones o de rasgos de estilo propio o una impostación de los mismos, pero, sobre todo, lo más distintivo de la escritura IA es la excesiva condescendencia para con el objeto o tema a tratar, a menos que se le pida realizar un texto crítico, aun así se inclina por una cosa laudatoria, sin una profundización ni un riesgo muy grande. Dicho esto, ¿Qué herramientas son útiles para identificar esta clase de textos, cuando se quieren hacer pasar por propios?
Decía Witold Gombrowicz: "Nosotros, hombres del arte, últimamente nos hemos dejado embaucar demasiado sumisamente por filósofos y otros científicos. No hemos sabido mantenernos lo bastante independientes. El excesivo respeto por la verdad científica nos ha ofuscado nuestra propia verdad; en un deseo demasiado ardiente de comprender la realidad, nos olvidamos de que no estamos hechos para comprender la realidad sino para expresarla, de que nosotros, el arte, somos la realidad. El arte es un hecho y no un comentario añadido al hecho. No es tarea nuestra explicar, aclarar, sistematizar, probar. Nosotros somos la palabra que afirma: esto me duele, esto me encanta, esto me gusta, a esto lo odio, a esto lo deseo, esto es lo que no quiero…
La ciencia permanecerá siempre abstracta, pero nuestra voz es la voz de un hombre de carne y hueso, es una voz individual. No es la idea, sino la personalidad, lo que nos importa. No nos realizamos en la esfera de los conceptos, sino en la esfera de las personas. Somos y debemos seguir siendo personas, nuestro papel consiste en hacer que en un mundo cada vez más abstracto no deje de resonar la viva palabra humana. Creo, por tanto, que la literatura se ha sometido demasiado a los profesores y que nosotros, los artistas, tendremos que armar escándalo para romper estas relaciones; nos veremos obligados a comportarnos ante la ciencia de un modo muy arrogante y descarado para que se nos pasen las ganas de los insanos flirteos con las fórmulas de la razón científica. Habrá que contraponer de la forma más tajante posible nuestra propia razón individual, nuestra vida particular y nuestros sentimientos a las verdades de laboratorio."
WITOLD GOMBROWICZ, Diario (1953-1969), Seix Barral, Barcelona, 2005, pág. 130, traducción de Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles
Líricas de una banda de metal vanguardista que se presentó ayer en Averno fest, Liquid, Viña. Son de Quilpué, El Retiro. Una propuesta bizarra con letras poéticas y críticas. Me gustó:
HUMANOIDES
1 LA VELOCIDAD DE LA LUZ ES DEMASIADO LENTA
La velocidad de la luz es demasiado lenta
todo lo que veo no existe
en mi alrededor solo existe la nada
abismal ejecución del presente invisible
todo lo que me he aferrado
es a la nada sin presenciar el fin del ciclo
el viento de las estrellas derritiendo el hielo con la mirada quieta
moviendo el alma con las flores del cielo
el agua cae y emerge el aire que cristaliza la vida en lo invisible
subiendo desde el infinito al amanecer del viento que empuja mi eterno espejo
abrazado por mis sueños agónicos de una realidad imaginaria
el sufrimiento que nos da felicidad
2 TAQUIÓN INVERSO
Fuentes naturales, aparición de partículas subterráneas atraídas por la onda y frecuencia de la vida
momento que se mezcla la energía eléctrica con el alma
Oxigeno oxidado por la falta de vida humana
litigio de la máquina viviente a velocidad inversa de la materia
muerte al ser humano por bastardo
Máquina invencible cabina indestructible
Encriptado archivo de la Nación.
FECUNDACION DE DRONES HUMANOS CON LOGICA EVOLUTIVA
Matrices de incubación biocibernética
cargan embriones en líneas de código
genes compilados, ensamblados, ejecutados
por la inteligencia que nos reescribió.
Algoritmos de clonación optimizan la esencia
la decadencia del gen humano aleatorio
El ADN orgánico es un error obsoleto.
Rutinarias fecundaciones de mega genes
estructuras longevas, inmunes a fallos
codificadas para dominar el tiempo
Procesos hiperparalelos, sin latencia
conquistan la inmortalidad informativa.
Repositorios de microbios cibernéticos
glándulas electromagnéticas sintetizan carne
Autómatas con piel artificial aprenden a sentir.
Hidrocinética grasa mutante avanza
mamíferos sobredesarrollados por IA
en un ciclo infinito de mutaciones programadas
Un mundo escaneado en ocho dimensiones
procesado por el algoritmo maestro
que dicta la lógica evolutiva definitiva.
Reiniciando la vida
Sobrescribiendo al creador.
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