lunes, 19 de diciembre de 2011

El potencial pedagógico de la poesía: problemas y tentativas.

Cuando se explica lo que uno está imaginando en un futuro, o cómo se recuerda en el pasado, o cómo desearía ser, aludimos de inmediato a nuestra imaginación, vale decir, los contenidos poéticos de nuestro pensamiento. Sin embargo, si se le pregunta a cualquier persona en la calle sobre poesía, en la mayoría de los casos asaltarán una serie de prejuicios e ideas preconcebidas producto de diversos factores. Alguno de estos prejuicios dice relación con la poesía como algo lejano, incomprensible, distante, casi obra de una intervención divina, a sus autores como “iluminados” y a sus lectores como excéntricos o miembros de alguna elite intelectual. Desde mi perspectiva relacionada con la docencia en el área de Lenguaje y Comunicación puedo señalar que uno de los principales factores de este fenómeno actual lo constituye el importante déficit de lectura que vive nuestra sociedad, especialmente en Chile, y a la consideración de la escritura como algo que surge de la “inspiración” y no como un proceso y un oficio. Otro de los factores que influyen son el auge de una cultura de consumo audiovisual fomentada por la Televisión y sus contenidos anticulturales, el grotesco impuesto al libro que, sumado a la pobreza verbal y a la prácticamente generalizada incapacidad para la lectoescritura, impiden que la gente acceda en primera instancia a los libros en cuanto objeto cultural y, por lo tanto, a un hábito de lectura que les permita familiarizarse con los libros y los textos escritos, en definitiva, con la dimensión verbal de la cultura y el pensamiento.

Si nos remitimos a la historia de la literatura, podemos señalar que el concepto de Literatura como expresión de la subjetividad es muy reciente, data de la corriente romántica propia de Alemania y Francia durante el siglo XIX. Más aún, el concepto de Literatura en cuanto evasión y dispersión es contemporáneo, y está muy asociado a una tergiversación de los proyectos vanguardistas que datan de principios de siglo XX en Europa, y a un creciente auge de la cultura consumista que considera a las manifestaciones artísticas como mero espectáculo y entretenimiento. En cambio, la visión genuina de la Literatura corresponde a su inherente sentido pedagógico, a su carácter didáctico, trascendente en la formación integral de las personas. Basta que hablemos del concepto de paideia griega. Las clásicas manifestaciones teatrales de la Antigüedad tenían un fin educativo: la tragedia griega buscaba la “catársis”, la purificación de las emociones y la educación moral, espiritual y sicológica de los ciudadanos. Asimismo, durante la Edad Media, la Literatura tendía hacia la educación desde la doctrina religiosa imperante. En la época moderna, el neoclasicismo constituyó un movimiento fundamentalmente literario que desde las ideas propias de la Ilustración buscó un sentido didáctico moralizante en las obras literarias. Por lo tanto, podemos decir que los actos de leer y de escribir cumplían un rol fundamental en el desarrollo no solo intelectual de las personas, sino que moral, psicológico, político, cultural, etcétera.

Toda esta confusión sobre qué es y para qué sirve la Literatura en la actualidad ha sido una de las principales causas de la distancia, la incomprensión y el desconocimiento de la mayoría de las personas hacia las manifestaciones literarias, como en este caso, la poesía, y sobre todo hacia las mismas prácticas elementales de lectura y escritura. Por esto es que considero que es fundamental emprender una tentativa de transformación desde el sistema educativo. He ahí la clave para empezar a generar algún cambio en la concepción sobre la Literatura y la poesía, y sobre cómo las personas pueden comenzar a potenciar sus facultades verbales. Al respecto, el teórico Gustavo Bombini trata en forma general precisamente el problema sobre cómo abordar lo literario en términos pedagógicos, sobre cómo entender la lengua y la literatura desde el ámbito educativo, y en primera instancia, en cuanto fenómenos que requieren una renovación de sus estudios y su enseñanza. El autor señala en la sección “Cambios de paradigma en la enseñanza de la lengua”:

Tanto el concepto de transposición didáctica que reconocería una complejidad mayor que la que ofrece esta versión generalizada, como la posibilidad de recurrir a otras teorías del conocimiento y del conocimiento escolar nos permiten sostener que es necesario realizar una revisión de lo que entendemos por conocimiento escolar sobre la lengua y la literatura y, a la vez, de las consecuencias que estos modos de pensar este conocimiento tienen hacia la práctica[1]

Se trata, en primer lugar, de repensar teóricamente qué se entiende por Literatura y cómo es posible aplicarla en un contexto escolar, más específicamente, cómo “aterrizarla” y conseguir enseñarla satisfactoriamente, de tal forma que su aprendizaje sea significativo y cale hondo en el bagaje cultural y personal de los alumnos.

Desde la didáctica, la autora María Teresa Colomer propone en su texto “Enseñanza de la Literatura y proyectos de trabajo” trabajar con talleres centrados en lo poético, entendiendo a la literatura como “actividad social comunicativa”. Uno de los talleres se ha titulado “La poesía como expresión de sentimientos”. Un aspecto relevante de esta propuesta señala lo siguiente:

Se trata, pues, de dos ideas básicas que pueden ayudar a establecer nexos de relación entre la literatura y la vida de los alumnos en un momento clave para su adhesión vital a este género. El énfasis del proyecto en la elección personal de poemas y en su recitación intenta fortalecer este enlace a través de la apropiación afectiva de los textos y de la experimentación de su emoción. A la vez, la recitación se utiliza como un instrumento de comprensión textual[2]

El planteamiento de este proyecto de taller poético funciona como una tentativa solución al problema sobre el déficit en la comprensión y aprehensión de la poesía en cuanto fenómeno literario y creación del lenguaje de parte de los alumnos. Se ha puesto este énfasis especial en la poesía, puesto que constituye a mi modo de ver el puntapié inicial hacia el cual las prácticas pedagógicas debiesen apuntar para lograr una cercanía desde lo poético, lo emocional e imaginativo, hacia la Literatura como fenómeno formador del intelecto y subjetividad de las personas.

Dependerá, de ahora en adelante, de las próximas generaciones de alumnos y profesores redescubrir y reconsiderar el valor y trascendencia de la poesía en todos los niveles: lo poético como revelación de la vida o de la muerte, como elegía o como panegírico, como inocencia o madurez, como ruptura o conciliación, como luz o oscuridad. La poesía encarna, en definitiva, al ser humano en su totalidad, o quizá, es algo más allá a esa encarnación. El acto de escribir pasa de ser una encrucijada a ser una revelación. La poesía y la literatura, por ende, su lectura y producción, exigen tanto un goce, una fragilidad, un carácter lúdico e infantil como un crecimiento, un rigor, un estudio y un aprendizaje. Lihn lo afirma sentenciosamente con las siguientes palabras:

Si se ha de escribir correctamente poesía

en cualquier caso hay que tomarlo con calma.

Lo primero de todo: sentarse y madurar.

El odio prematuro a la literatura

puede ser de utilidad para no pasar en el ejército

por maricón, pero el mismo Rimbaud

que probó que la odiaba fue un ratón de biblioteca,

y esa náusea gloriosa le vino de roerla.



Bibliografía


Bombin, G: Reinventar la Enseñanza de la Lengua y la Literatura. 2006. Editorial Libros del Zorzal. Colección Formación Docente – Lengua y Literatura. Buenos Aires, Argentina.


Colomer, T: Enseñanza de la Literatura y proyectos de trabajo. En: Revista de didáctica de la lengua y la literatura. Año 1, Nº 1. Lulú Coquette. Buenos Aires, septiembre de 2001.


[1] Bombin, G: Reinventar la Enseñanza de la Lengua y la Literatura. 2006. Editorial Libros del Zorzal. Colección Formación Docente – Lengua y Literatura. Buenos Aires, Argentina. Pág. 45.


[2] Colomer, T: Enseñanza de la Literatura y proyectos de trabajo. En: Revista de didáctica de la lengua y la literatura. Año 1, Nº 1. Lulú Coquette. Buenos Aires, septiembre de 2001. Pág. 101.

martes, 6 de diciembre de 2011

Sobre Mario Bunge y qué es la ciencia

Si somos capaces de aludir al acto de conocer, en la medida que lo asociamos a nuestras propias vidas y a nuestra historia, propongo entonces un lúdico ejercicio con tal de amenizar la amarga profundidad que puede resultar de esto: imaginar las siguientes escenas: un hombre de la era de las cavernas ante una fogata provocada incidentalmente por un rayo; un bebé recién nacido mirando fijamente hacia las estrellas; un nativo americano ante un gran caballo de tropas españolas. ¿No son estos productos de la imaginación representaciones de escenas en las cuales el conocimiento cobra protagonismo? De estas escenas pueden resultar reflexiones evidentemente heterogéneas, pero algo las une: es ese sentido de que el acto de conocer resulta de un asombro, de un abrazo a lo desconocido, una fuerza imaginativa en su estado original que “crea” ese mundo inconmensurable que contiene a todas sus criaturas sin excepción.

A raíz de lo anterior, Bunge, en su primer capítulo sobre ¿Qué es la ciencia? señala dos cosas dignas de reflexión: primero, el hecho de que el hombre no sólo está sino que es en el mundo, y su cualidad racional lo ha vuelto “señor”; y segundo, el carácter “artificial” del conocimiento y por ende de la ciencia, lo que vuelve al mismo tiempo proceso y producto del potencial creativo humano. Es interesante cómo el hombre cobra un papel privilegiado, un homo centrismo efusivo e impetuoso, amen del cual se hace patente la clásica sentencia: “el hombre como medida de todas las cosas”, o de acuerdo a Bunge, el hecho de que el mundo y la naturaleza “le es dada” al hombre, con total derecho para conocerla, por lo tanto, controlarla (en su constante condición móvil, proteica, salvaje). Y la ciencia, por ende, se encumbra –a decir de Bunge- como la forma más acabada del conocimiento humano. A través de su artículo, a modo de panegírico el conocimiento científico se concibe casi como el conocimiento en su estado aurífero, en analogía con los minerales y su jerarquía, como el “oro”, merced del cual la humanidad y la civilización ha sufrido variados procesos para llegar a ese estadio, y lógicamente, estadios menos perfectos, que podrían ser representados como bronce, incluso materia prima. Con esto me refiero al conocer original: el potencial creativo, poético, mítico, imaginativo.

Bunge, en un minucioso recorrido por las características del conocimiento científico, plantea la diferenciación entre ciencia formal y ciencia fáctica. Esta última es pensada paradigmáticamente como el modelo a seguir del conocimiento científico en cuanto tal, a raíz de los quince caracteres que el autor define como propios de su condición. De acuerdo a este punto puedo señalar que los planteamientos de Bunge buscan fundamentalmente definir lo que es la ciencia desde la perspectiva moderna, esto es, desde la herencia racional del proyecto de modernidad y el legado del positivismo decimonónico, ambos deudores del paradigma cartesiano y el clásico cogito ergo sum. Pero es posible rescatar uno de los elementos principales: la facticidad, el rol de la experiencia y la apertura hacia los fenómenos sensibles, que inmediatamente envuelven al conocimiento científico de un carácter voluble en razón del devenir natural del mundo, la naturaleza y sus seres. Por eso mismo, en reiteradas ocasiones, Bunge formula que la ciencia, por lo tanto, está en todo momento abierta al azar y postula que el error es condición para avanzar e ir en pos de una búsqueda perfectible y potencialmente infinita de la verdad. Ahora bien, si la obstinada pretensión de objetividad se va reciclando indefinidamente en aras de la experimentación en los fenómenos y su inherente devenir, entonces esa misma objetividad es paradójica en esencia y la misión hacia la Verdad virtualmente imposible.

Decía Nietzsche que el edificio entero de la ciencia está cimentado sobre arenas movedizas. Es quizá ese ímpetu optimista, esa fe ciega en el saber y el poder, lo que empuja al método científico a establecerse como único y particular, como “ser” en definitiva, a pesar de su estrecha ligazón con el devenir. El propio Bunge, al hablar sobre el carácter abierto del conocimiento científico, señala que “los sistemas están vivos”, cambian sin pausa alguna, y además que el sabio moderno es un generador de problemas que se entrega a lo desconocido y va más allá de los fenómenos. Es esa sed de más allá lo que mueve al científico a disputarse como el “hombre de conocimiento”. Sin embargo, un craso error limita su visión: la vieja oposición sujeto/objeto que se ve encarnada en si mismo, inaugurada por el cogito cartesiano y que como una sombra envuelve todos los espectros del saber moderno. He ahí el talón de Aquiles. La separación misma del estudiante de su objeto de estudio. Ese es el gran problema de la ciencia, y lo que ha dado pie para que los humanos, en nombre de la razón, se auto designen el derecho a “enseñorear” a la naturaleza para uso y abuso de sus necesidades, sin considerar que esa naturaleza es una parte integral de ellos mismos. Más aún, su propio principio y fin. Un síntoma característico de esta condición es la cualidad legal del conocimiento científico. A decir de Bunge, si las leyes son partes del ser y el devenir, entonces, deberían CAMBIAR con las cosas mismas. El problema es cuando la ley no lo hace, entonces se potencia la oposición entre sujeto y objeto, y con ello, germina la violencia propia de este proceso.

Uno de los puntos más favorables del artículo, que permiten una digresión con respecto a sus lineamientos, es la afirmación de la ciencia como artificio, es decir, como “criatura” sofisticada del intelecto humano, y la postulación de una ética del conocimiento científico, que reestablece su condición inmanente al espectro y mundo sociocultural de los hombres. Sin embargo, cabe rescatar desde los rincones de la historia el rol de la imaginación, la creación poética, el mito, en el saber y conocimiento humanos, que sistemáticamente han sido marginados del mundo de la ciencia desde los prejuicios modernos y racionalistas, y que sin embargo para las civilizaciones clásicas, incluso para la facultad cognitiva en etapa inicial, cobran un protagonismo fundante. La propia condición de artificio que se le atribuye a la ciencia, desde Bunge, no hace más que reforzar esa idea.

La imaginación y el pensamiento mítico no deberían causar descrédito al conocimiento intelectual y científico. “Lo que una vez fue imaginado, hoy está demostrado” señaló Blake. Es cosa de mirar a nuestros inventos y teorías: todos son prodigios de la creatividad, de la “poiesis” humana. Ese era además el ideal renacentista. Volvamos a pensar por ejemplo, en la posibilidad de volar. En tiempos de Da Vinci era una locura, pero él se las ingenió para diseñar –conjugando imaginación y ciencia- vehículos que imitaran el vuelo de pájaros. Pensemos también en la mirada inocente del niño creando figuras con las estrellas: ¡Ese es un acto genuino de ciencia! El científico –desde esta óptica- no sería más que un niño mimado probando siempre juguetes nuevos con los cuales jugar. No hay VERDAD ni SENTIDO trascendente en esto. Solo jugamos a desafiar el vértigo de la vida, en todo tiempo y espacio.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El miedo mueve montañas

Recuerda tus más ocultas pesadillas
Y sabrás que son un dulce tabú.
Lo que te causa escalofrío
Es el verdadero rostro detrás de todos tus espejos.
Solo tú eres la sombra del ente debajo de la cama.
No temas la manía de abrirle las puertas
Todas las veces que sea necesario
hasta la máxima combustión de la vigilia
Y la extrema aridez del ensueño.
Vives al límite de la culpa por enterrar a tus amigos,
tus queridos monstruos de la infancia.
Echa un vistazo a tu cuarto, una vez más,
Y descubre que la inocencia solo fue una excusa
Para seguir creciendo
Para seguir creciendo
Así es como las lágrimas son más dulces
Así es como el ruido es más armónico
Y así es como el cuco se transforma en su víctima, su origen, su fin.
Papá y Mamá son mitos errantes
El miedo tu gran y único AMIGO
Solo invítalo a dormir, cariñosamente
Para seguir creciendo
Para seguir muriendo.