lunes, 4 de mayo de 2015
¡Hie! por Arthur Cravan
A propósito de luchas del siglo, les dejo a Arthur Cravan, el poeta boxeador, referente del dadaísmo y maestro del ring:
¿Qué alma disputará mi cuerpo?
Oigo la música:
¿me arrastrará?
Me gusta tanto el baile
y las locuras físicas
que siento con evidencia
que, de haber sido jovencita,
habría acabado mal.
Pero desde que estoy sumergido
en la lectura de esta revista ilustrada
juraría no haber visto en mi vida
fotografías tan maravillosas:
el océano perezoso meneando las chimeneas,
veo en el puerto, sobre el puente de los vapores,
entre mercancías imprecisas,
mezclarse los chóferes con los marineros;
cuerpos lisos como máquinas,
mil objetos de la China,
las modas y los inventos;
luego, dispuestos a atravesar la ciudad,
en la suavidad de los automóviles,
los poetas y los boxeadores.
¿Cuál es esta noche mi error?
¿Qué entre tanta tristeza
todo me parece bello?
El dinero que es real,
la paz, las vastas empresas,
los autobuses y las tumbas;
los campos, el deporte, las queridas,
hasta la vida inimitable de los hoteles.
Quisiera estar en Viena y en Calcuta.
Tomar todos los trenes y todos lo navíos,
fornicar con todas las mujeres y engullir todos los platos.
Mundano, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor;
viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista; millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo;
cobarde, héroe, negro, mono, Don Juan, rufián, lord, campesino, cazador, industrial,
fauna y flora:
¡soy todas las cosas, todos lo hombres y todos los animales!
¿Qué hacer?
Probaré con el aire libre,
¡quizás ahí podría prescindir
de mi funesta pluralidad!
Y mientras la luna
más allá de los castaños,
unce sus lebreles,
e, igual que un caleidoscopio
mis abstracciones
elaboran las variaciones
de los acordes
de mi cuerpo,
que mis dedos pegados
a la delicia de mis llaves
absorben frescos síncopes,
bajo mociones inmortales
mis tirantes vibran;
y, peatón ideal
del Palacio Real,
me embriago de candor
incluso con los malos olores.
Repleto de una mezcla
de elefante y de ángel,
lector mío, paseo bajo la luna
tu futura no fortuna,
armada con tanta álgebra
que, sin deseos sensuales,
entreveo, fumadero del beso
coño, mamada, agua, África y descanso fúnebre,
detrás de los estores ya tranquilos,
la calma de los burdeles.
Bálsamo, ¡oh mi razón!
Todo París es atroz y yo odio mi casa.
Los cafés ya están oscuros.
Sólo queda, ¡oh mis histerias!
Los claros establos
de los urinarios.
Ya no puedo seguir quedándome fuera.
Esta es tu cama; sé tonto y duerme.
Pero, último inquilino
que se rasca tristemente los pies,
y, aunque cayendo a medias,
si yo oyese sobre la tierra
retumbar las locomotoras,
¡cuán atentas podrían volverse mis almas!
viernes, 1 de mayo de 2015
Elogio de la inutilidad poética
En un ensayo sobre "la pobreza y la poesía", un escritor colombiano sostenía que una de las principales razones para considerar a la poesía como oficio en el sentido de su necesidad para sobrevivir consiste en una idea más o menos generalizada del poeta como personaje de escasos recursos materiales y de vida más o menos ligada a la realidad proletaria. Sin embargo, esa idea solo puede aplicarse en ciertos contextos, como lo es el caso contemporáneo, en el que se cree todavía en la división del trabajo, que ha dejado al arte en un limbo del que sencillamente no se quiere salir desde hacía mucho tiempo. Un espacio en que la única exigencia al artista es que produzca objetos tanto más bellos como inútiles. Y puesto que del trabajo con la palabra no se puede saber exactamente qué es lo que se va a producir, y si eso que aún no se ha llegado a decir efectivamente generará alguna divisa, la palabra es pues, rememorando a Holderlin, el más peligroso de los bienes, y también una especie de bien (si es que así puede llamárselo en una nomenclatura funcional) que no remite a otra cosa que a su propia vorágine de significaciones, a ratos tan inútiles como intensas.
No es extraña la asociación del poeta como trabajador: es algo que durante el siglo XX vino de la mano de las reivindicaciones sociales y el incipiente socialismo. Sin ir más lejos, Neruda elogiaba en su poética tanto al pescador como al militante obrero. Maiakovski en su poema "el poeta es un obrero" señala lo siguiente: "¿Quién es más aquí? ¿El poeta o el técnico que procura a los hombres tantas ventajas prácticas? Los dos. Los corazones son también motores". Y es quizá esta verdad como imagen la que hoy por hoy yace como trasfondo a lo que de verdad implica la poesía: su universalidad (a través del abismante trabajo con la palabra) independiente del oficio material del que la suscribe. Se puede aludir a lo señalado por Octavio Paz, para quien la poesía es algo más allá del poema, este último, creación netamente literaria, producto por así decirlo, del sudor y de la tinta, de la fuerza del oficio del cuerpo y del espíritu (y también de la ausencia y del silencio, características más que actuales de nuestro tiempo hiper conectado). Pero ¿Quién en nuestros tiempos está todavía dispuesto a reconocer como un oficio, una actividad en la cual no se sabe cómo van a ser los resultados de su trabajo, si es que así se le puede considerar? La radical extrañeza de la poesía, sobrepasa la lógica productiva, e inclusive la razón de ser del trabajo asociado al capital humano. La poesía solo se vale de la mente y del espíritu para ser materializada y multiplicar el sentido y su ausencia.
Yeats se refería a Newton para hablar de la imagen poética del arcoiris que había sido destruida al intentar ser explicada. Si lo que se busca es explicar la realidad, el terreno baldío, el límite, la circunferencia en que vive el hombre agobiado por la maquinaria se destruye efectivamente su poder de evocar algo más allá que él mismo. El editor, el librero, el impresor, el difusor, todos trabajadores de algo que no pueden explicar a ciencia cierta. Lo que se vende es el objeto, las páginas, el precio de hacer palpable lo inmaterial: la poesía siempre intangible, está siempre en otra parte, a la vez que se intenta traducirla en algún límite oscuro del corazón. Para comerciantes y "gestores" de la cultura, no hay dinero suficiente ni restante para hablar de poesía porque precisamente no se vende. Y no se vende porque esté asociada a una rencilla social, sino que simplemente porque esta en el fondo no tiene nada que vender, a excepción de su propio silencio y multiplicidad en las hojas arrancadas que buscan pesarla como el pan o como el hierro de nuestras instituciones. El poeta Auden decía, enfático: "Poetry makes nothing happen", mejor dicho, la poesía consigue que "la nada suceda". Porque escribir, como la meditación, es en el fondo algo completamente inútil. Pero de esa inutilidad está también hecha la madera de la vida. La miseria de la poesía es nuestra propia miseria, en tiempos de tecnificación extrema. Comer el pan que de ella se desprende significará callar indefinidamente, para siempre.
miércoles, 29 de abril de 2015
Poema imagen: Arbolada
En el centro de la arbolada, un hermetismo se expresa bajo las sombras, que parecen custodiar o secuestrar la imagen de un hogar, frescamente acogedor, de fachada pudorosa, con un efímero potencial hospitalario, de todos modos, vegetal en su misterio. Subyace la idea de un estar no presente, vacío de habitat, o de una reclusión geométrica opuesta a la vida de los árboles, que parecen cómplices de algún destino extranjero.
Diferente a la meditación de las plantas, sin embargo, se divorcian de cualquier solidez neutra, condenadas a ser vigas y máscaras de la naturaleza, inútil para el vicio de lo permanente, el perfecto espejismo de lo que pudo estar y no hace sino persistir, introvertido como piedra, con vergüenza de algún espacio-tiempo verde y animado, irónicamente ausente, tras los árboles que articulan un meta-cautiverio: La morada que se exilia hacia adentro, vaciándose de aire, de vida y de memoria.
martes, 28 de abril de 2015
Salvo el crepúsculo
"Este camino/ya nadie lo recorre/salvo el crepúsculo" Matsuo Basho, traducido por Octavio Paz... inspirador haiku, para seguir por la misma senda laboriosa que se cree recorrer día a día, más por obligación que por fascinación, y en este preciso instante a destiempo.... como una forma elegante de decir que comenzaré a caminar el mismo camino a donde siempre pero con algo de desfase respecto al día de ayer... en que solo el ocaso me acompañará de vuelta... quizá a eso le llamen madurez, realidad, deber... yo lo llamo crepúsculo....
Ausencia indispensable
De repente en un pestañeo fugaz sobre la micro de venida, leer "su ausencia es indispensable" en lugar de "su asistencia". Parece que cuando se deja atrás la obligación, la lógica se va al carajo pero el error sale bien parado, dándole una salida poética al desatino. Ojala existiesen más de esas ausencias indispensables. Un trabajo construido en base a esas ausencias....
jueves, 23 de abril de 2015
Sobre leer en libro o en digital (o de la sobrevivencia del texto)
Una discusión bizantina sobre el acto de leer entre unos compañeros, diletantes, conscientes pero desenfadados sobre las implicancias pedagógicas o moralistas de la lectura y aun del libro. Uno de ellos era de la tesis que defendía el libro objeto, en un ánimo fetichista, coleccionar libros como una obsesión, desglosar el orden de ellos en su cuarto de acuerdo a temáticas, editoriales, autores, valor sentimental, hasta olores. De esa su obsesión por el formato material antiquísimo, derivaba la defensa de la lectura precisamente a partir de la materialidad, la relación entre vista y página, entre las manos sobre la solapa y la actividad de inmersión no solo en las hojas sino que en la interpretación misma de los textos que la mente desprende del imaginario impreso como si fuese una erupción de sentido.
El otro, en una postura que pretendía ser posmoderna, defendía la inmaterialidad, el formato virtual, no en desmedro del objeto, sino que en la validez de la eventual sustitución del objeto libro por formas más “económicas”, “ecológicas” y cómodas. Un tecnócrata de la lectura. Daba lo mismo para él leer frente a la computadora que hojear un libro antiguo no importando su edición o su antecedente. De hecho, defendía su tesis argumentando la existencia de libros electrónicos.
Ante las razones cada vez más cibernéticas de su interlocutor, el primero, defensor del formato “natural” sostenía que leer en pdf era como follar con condón: un acto envasado que obvia el factor sensible, de sostener el libro en la mano como si se tratase de una amante o una puta como diría Walter Benjamin en sus analogías (sobre todo estas noches sucesivas, en que lo único que conseguía abrir por debajo de las sábanas era alguno que otro libro de Alianza). Para él leer debiese doler en los ojos y pesar en las manos: leer como una sesión de gimnasia mental, como correr, como retroceder, los textos como otra musculatura, como otra forma de respiración, intrincada pero material.
El compañero que abogaba por la tecnología, planteaba que ese romanticismo en el futuro solo será exclusividad de excéntricos, puesto que cada vez será más imperativa la existencia de formatos digitales, virtuales, que prescinden del antiguo envase material del texto. Guardando las proporciones, sería como sucede en el caso del dinero: cada vez se hace menos material, conservando su sentido solamente en el dígito, en la información. Para este compañero, el libro como tal morirá, si no es que ya está agonizando. Importará cada vez más el texto traducido en información, mucho más accesible, gratuito, “higiénico”, y, lo que sería mejor, completamente íntegro con respecto a su transcripción original.
Abocarse a una de aquellas dos opciones resultaba difícil, aunque estuviese de acuerdo con ellos dos por igual en algunos puntos. Sin embargo la neutralidad era el norte que me avisaba lo siguiente: el olvido de lo que no se dice. El silencio como memoria. El primero olvidaba que el formato libro de por sí ya es una “tecnología”, un engendro que se vio impulsado a raíz de la revolución de la imprenta de Gutenberg, incluso con respecto, por ejemplo a las inscripciones rupestres anteriores a toda civilización o, sin ir más lejos, la propia escritura como una excentricidad frente a la pura oralidad de la que Platón hacía gala, abominando del texto escrito como de algo infrahumano.
El segundo, por su parte, olvidaba que la supuesta ecología del formato virtual también depende de la fuerza eléctrica, y esta a su vez depende de la fuerza natural supeditada al aparataje tecnocrático. ¿Qué haría entonces en una eventual escasez de energía eléctrica? ¿El fin de la electricidad implicaría necesariamente el fin de la literatura? Como sea, tanto el panegírico como el anatema de los libros resultaban demasiado parciales.
Hay algo en el formato virtual que lo hace efímero: su excesiva confianza en la energía eléctrica. La paradoja de la información que se proyecta virtualmente para siempre pero que está hecha solo de acuerdo a un tiempo delimitado. Cito como ejemplo la traducción al formato Word, la cual se pierde definitivamente si no se guarda tras una eventual falla en el sistema, a pesar de que este archivo virtual pueda durar indefinidamente.
Por otro lado, hay algo en el papel que lo hacía igualmente perecedero, precisamente su romanticismo, haciendo caso omiso de que es producto de un reciclaje natural, quizá por eso mismo la lectura no sea más que un reciclaje del olvido, una suerte de fantasmas textuales que atraviesan generaciones en busca de cuerpos para condensar mejor la energía de cada época, que sin ese acto de leer sería puro caos.
Quizá ya sea la hora de volver a la propuesta visionaria de Bradbury en Farenheit 451, que pensaba en una sociedad distópica exenta de libros (y, por supuesto, de pdfs y words) sobreviviendo solo a base de la memoria sobre la literatura del mundo. Un neoplatonismo extremo, futurista, en que el olvido sea una señal de esa historia libresca antigua hecha cenizas y la memoria la forma clandestina en que los textos más frágiles que el aire sobreviven boca a boca, con la lengua como su único principio y su único sino.
Para qué
Alfredo Bryce Echeñique decía que escribía "para que me quieran"; otro que hacía lo que hacía porque estaba herido; otro porque simplemente "tenía deseos". Se lee mucha poética, mucha palabra rimbombante, mucho auto engaño ante el simple hecho de manifestar alguna inquietud, alguna perturbación. La náusea ante la pregunta sobre a qué te dedicas. El escozor ante la pregunta familiar sobre cuándo sentarás cabeza. La tensión entre dedicarse a algo a fondo o que sencillamente cualquier cosa pueda llegar a ser la próxima tentativa. Y no es que se carezca de ambiciones... Es solo que definirse por algo no sería demasiado estimulante. "No hago nada, sin embargo, me creo capaz de todo".
martes, 21 de abril de 2015
Carrera docente
El proyecto de Carrera Docente: Los profesores como los nuevos pícaros, los parias, las ratas de un laboratorio social, en que sus sueldos aumentarán en la medida que superan ciertos niveles (de acuerdo a criterios arbitrarios como si se tratase de un juego), promoviendo así la competencia a mansalva, en el que serán castigados si no logran sortear el laberinto de la calidad, en el que la calidad parece el estigma que deben llevar impreso por las horas absurdas de planificación y de evaluación que puramente contemplan el producto. Se obvia precisamente la palabra "pedagogía" que originalmente significaba conducir, porque esta clase de maquinaciones no conducen a nada, excepto a un círculo vicioso. En enseñar no debiera subastarse la supervivencia. De hecho, en un escenario ideal, nadie debería ganarse la vida enseñando. Hoy por hoy enseñar: la menos inocente de las ocupaciones. Por todo eso, y por más, suscribo la frase del poeta Moltedo: "Prótegeme, Dios mío, del sentido pedagógico y deja que cada día me sorprenda viendo pasar -sin estilo- el viento por la esquina”.
domingo, 19 de abril de 2015
1.- Para refutar el egoísmo supuesto de nuestra sociedad: la existencia de la moda. Desde que existe, ya no hay yo (el yo no importa), sólo otros. Con la salvedad de que son otros solos, en medio de la feria de los otros.
2.- Especulación sobre la palabra yoyó: una metáfora del ego, que siempre gira sobre sí mismo y regresa contra quien lo lanzó, a ratos con vértigo y con intención de desconocerlo.
Anacrónicos de corazón
¿Por qué la música del pasado es la que nos arrebata más directamente el corazón? Es la interrogante que me asalta luego de leer un ensayo sobre el fenómeno post rock. Una intuición que ya creía mía en los años 2000, una vez que se toma conciencia de la banda sonora de tu vida. Aquello que advertía como una nostalgia por el sonido del pasado, como una especie de catalizador del romanticismo de cada uno. Aquello que despierta de alguna forma una armonía con una época, independiente de si se vivió o no. Aquel fenómeno de la anacronía musical, sin embargo, pese a mi intuición, ya había sido escrito por Simón Reynolds el crítico inglés en su tesis sobre la "retromanía". El espíritu de la música como el espíritu de una época, tal como lo pensaban los románticos decimonónicos. Eso era más o menos lo que ocurría con la música popular del siglo XXI, pero en sentido inverso: la nostalgia musical por una época que no precisamente se vivió. La generación del anacronismo melómano. Describo este pensamiento para hablar sobre algo similar que también le ocurrió a mi padre. Su tesis sobre los dos genios artísticos del siglo XX: Duchamp y Picasso, su intuición sobre el hecho de que Duchamp se cagara en el concepto de " arte" establecido hasta entonces con su célebre Fuente, y que Picasso, por supuesto, hiciese de ese concepto de "arte" su sello de genio narcisista que luego explotaría para su seguridad económica, sello que Dalí seguiría igualmente a su manera. La intuición de mi padre sobre esas dos fuerzas dialécticas, que podrían replicarse también al arte latinoamericano (Por ejemplo en Claudio Bravo como Picasso; Matta como Duchamp) ya había sido escrita y publicada por Enrique Vila Matas en uno de sus tantos artículos sobre arte contemporáneo. De tal palo, tal astilla. La anacronía sin querer invadía nuestras cabezas. Como padre e hijo, presos de una asociación que acosaba nuestro pensamiento, como las notas discordantes de una partitura secreta, quizá ya escrita por alguien que no sabíamos que existía, y que resultó ser más familiar de lo que esperábamos. Retromaniacos de sangre. Anacrónicos de corazón.
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