domingo, 31 de mayo de 2026

Dice mi madre que una profesora viajó a Dinamarca y se extrañó cuando vio a unos maestros de la construcción armar la base de un edificio solo con hormigón y otros materiales similares. Ninguna varilla como la de las estructuras de por acá. El maestro le preguntó a la profesora de dónde venía. Dijo que de Chile. "Eso lo explica todo", había respondido el maestro, con toda seguridad, "acá en este país no hace falta". El uso de la varilla de acero corrugado se ha vuelto una normativa técnica obligatoria. Casi toda nuestra ordenanza de urbanismo y construcciones está pensada bajo una norma sísmica. A mayor movimiento, dicen, un edificio puede absorber mejor la energía y evitar derrumbarse completamente, como si se tratase de un junco. Hay una filosofía en todo esto que el chileno ha internalizado quizá de manera inconciente y solo se manifiesta cuando ocurre lo imprevisto.
El temblor me pilló en la pieza. Todo se movía. Su azote brusco te obliga a salir de tu zona segura. Abrí la puerta y me alejé de la ventana. Luego, vino una segunda y una tercera réplica. Lo único que se cayó fue la tapa de un cassette antiguo. Los libros en el librero permanecieron en su sitio, inamovibles, apenas sacudieron un poco el polvo entre sus páginas. Afuera, algunos vecinos salieron al patio del condominio. Ladridos de perros a lo lejos y una bandada de gaviotas en el cielo. Los temblores en Chile se han vuelto prácticamente un patrimonio inmaterial, la fuerza de un dios telúrico que nos recuerda, de vez en cuando, a sacudidas, su presencia ineludible. Son parte de nuestro imaginario, tanto así que algunos hasta los extrañan, y hasta desean que haya uno fuerte para revolver un poco las cosas, a ver si en ese revolver despabilamos y reencontramos lo que creíamos perdido.

Máscara Pub

Veinticuatro años de la disco porteña Máscara

Ayer en el Máscara, sentí realmente una conexión subyacente distinta a las miradas volátiles. En la pista de baile, apliqué la táctica del sátiro y la dosis de bestia, con la batería suficiente de tres piscolas, bajo la noche espléndida de Valparaíso que recreaba una nostalgia efímera. Más que ochentera, la onda tenía el relieve "adrenalínico" de los noventas. Sonaba "Connected" de Stereo MCS. Yo, mientras tanto, poseído por el trago, hice mía la máxima nietzscheana de las máscaras que quedan inscritas en los corazones de la disco, ¿de qué otra forma asimilarla, sino a través del buceo en esa marejada de alientos, miradas y contorsiones? y así fue cómo me lancé al agua, en la clásica pista del fondo, sacando a bailar chicas, naufragando en esa simpática dimensión, conectado con dicha efervescencia.

Todo era la alegría del contacto eléctrico, pero, después de ciertos balbuceos ahogados por la saturación de los decibeles, las tres piscolas, un par de abrazos y otro par de besos, acabé en el centro de la vorágine y no quedó otra que observar el espectáculo desde lejos, nuevamente, como en una primavera infernal. Aquella chica simpática se perdió, el ritmo se hizo arbitrario, la parafernalia social salió a flote y reveló a otros como yo en la frontera. Las chicas fueron rescatadas por otro grupo de amigas y se marcharon al baño. Una de ellas asestó una mirada como anzuelo, arrojada al pozo seco de lo que ya fue, y esa acabó siendo la tónica de la noche, y lo que pudo salir oxigenado de semejante carrete.

Finalmente, salí de aquel laberinto colorido y vacilante, solitario, como ya se había vuelto habitual en mis salidas, como el Asterión de Borges, guardián silencioso, aristócrata venido a menos, contemplador estoico del hilo pasional en que los héroes de la vida se enredan ingenuamente. Nunca volveré a ver a esa chica del baile y esa es precisamente la gracia: redimir el pasado, ahogarlo con la caña, el recuerdo al día siguiente y pensar en la próxima noche y en el próximo baile que vendrá.

...

Una vez que se fueron, América estaba ya demasiado ebria. Recuerdo que salimos del Ele bar, borrachos hasta decir basta, con una botella de Corona en la mano, a medio beber. Fuimos caminando por Pedro Montt a medida que tomábamos el resto de chela que nos quedaba. Nos dirigíamos rumbo al Máscara, el lugar de encuentro de todos los fines de semana. Ya era tarde. Dos de la madrugada, aproximadamente. Pero esa hora en el Máscara era la hora idónea para continuar el vacile. Entramos, y pedimos un par de piscolas. Nos fuimos a sentar a unos puestos cercanos a la pista de baile. Alcanzamos a conversar un rato y de la nada nos acompañó un grupo de amigos de América. Se sentaron a nuestro lado. En medio de la confusión de la noche, América se arrimó a mi lado y junto a una amiga suya. No sé qué estaban conversando, pero todo era en tono jocoso y desenfadado. Un par de amigos de América hacían lo suyo a otro costado del puesto. De repente, la amiga de América la desafío a que nos diésemos un beso. Producto del hueveo y del alcohol en la sangre, alcanzamos a darnos un piquito y América comenzó a reír desaforadamente, junto con la amiga. Yo no entendía nada, hasta que el grupo de amigos del puesto se levantó para ir hacia la pista de baile de al fondo. América seguía al lado de su amiga. Fuimos rumbo hacia la pista de baile, pero ellas tomaron otro camino, al parecer directo al baño. Lo último que alcanzó a decirme América, fue: “ya volvemos”. Desde ese momento, no la vi más. La busqué pero literalmente había desaparecido, o quizá, sencillamente, como suele pasar en esos contextos, el carrete había tomado otras derivas, y había querido que cada uno vacilara lo suyo, sin reclamos.

Me colé entre medio de la pista de baile, totalmente ebrio, y al son de la música ochentera visualizada en la pantalla gigante y los efectos de luces en la oscuridad, alcancé a divisar a un costado de la pista a una extraña y misteriosa mujer. Me vi irresistiblemente atraído.

La oscuridad era una bromista negra.


Nos habíamos perdido en el Máscara con un amigo. Fue cuando vi a una chica al fondo de la pista, con la cual intercambiamos un par de palabras y bailamos un par de temas, para luego ir a beber algo. La chica decía ser abogada. Seguimos conversando durante el especial de Morrisey. Al rato, sin embargo, la perdí de vista, entre la masa de gente. Le había alcanzado a pagar su parte de la cerveza. De repente, llamada perdida del amigo. Ya iba de regreso a casa. Así que salí del local, caminé aún con la euforia de la noche y la pista sonando en un loop eterno. En eso, recordé algo relativo a un robo en un establecimiento. El robo se le adjudicaba a alguien, pero, azarosamente, la culpa psicológica recaía sobre mí. Al caminar, avisé una latente persecución. Nadie me perseguía, pero corría solo. Lo que me perseguía, en verdad, era una sombra, o tal vez, la tiniebla de una conciencia culposa.

A medida que andaba, el camino iba tomando la forma de un callejón escasamente pavimentado, casi de arena, como el de ciertos cerros de Valparaíso. En particular, tenía la forma de una explanada de Playa Ancha. Mientras avanzaba, el aire se iba haciendo más asfixiante y el ambiente se iba tornando más denso, adquiriendo el cielo un tono rojo. La sensación en la trayectoria era la de estar cruzando túneles de tiempo. Un pasaje tomaba la forma de una bajada de la infancia, entre Francia cerca del Trafón, y la salida de ese mismo callejón adquiría, en cambio, la forma de la subida Carampangue.

Avanzando un poco más hacia el mar, inconscientemente, aún sin tener la noción de la costa, el terreno colindante fue tomando luego el relieve del Batán, aquel pasaje eriazo del barrio de mis abuelos, hoy por hoy, vuelto uno de los tantos antros improvisados a merced del espíritu de la calle. No iba hacia ningún lado en particular, pero solo precisaba correr, arrancar. La geografía de los espacios que se iban abriendo no guardaba ninguna relación con sus dimensiones reales, pero tenían, para efectos del viaje, un sentido subjetivo, uno del todo emocional, al punto que la culpa por aquel robo ficticio iba distorsionando todo a su paso, cada vereda, cada esquina, cada recuerdo de cada esquina transitada.

Solo una vez que volví hacia lo que parecía una pequeña plazoleta perdida en una calle central, totalmente deshabitada, el espacio dejaba de adquirir esa mutación amenazante. Era algo parecido a Aníbal pinto, pero solo con unos cuantos sujetos anónimos pululando alrededor de una niebla espesa. El local en donde debía estar el Máscara permanecía cerrado. Tenía la forma de una antigua botica. Solo alcanzaba a salir por ahí una anciana con un bolso. Algo me llamó a acercarme a ella. Entonces, la detuve, sin más. Al voltear el rostro, la anciana me miró fijamente, al punto que me vi inmerso en aquella mirada surcando una profundidad de dimensiones cósmicas. Tanto me hundí en ella que volvía a mi memoria, y abrí una billetera roída guardada en el bolsillo del pantalón, con la cual le pagué a la anciana, por fin, la parte de aquella cerveza legendaria que le debía, luego de haber salido de aquella pista de baile todavía sonando en un loop infinito sin espacio ni tiempo.

Mientas volvía sobre mi soledad los fines de semana, incursioné nuevamente en la dinámica de salir a carretear como antes. La última racha había sido demasiado tóxica, y era preciso mantenerse alejado de su radiación. Entonces me decidí a ir al Máscara. Llamé al siempre fiel piloto H, para ir a vacilar con él a la disco. Entramos temprano para abrir el boliche. Ya se había hecho costumbre frecuentar el Máscara los días viernes para desquitarse del agobio laboral y botar los problemas personales a punta de copete y música retro. Se nos pasó la hora bebiendo y conversando en la zona de entrada. A medida que atardecía, entraba más y más gente. Así llegó la medianoche, y los locatarios abrieron la pista de baile de al fondo. 

Al rato, se fue llenando de manera inusitada. El especial de esa noche era de Depeche Mode. Pero sabíamos que los especiales del Máscara comenzaban alrededor de las tres de la mañana, de modo que nos quedamos con H un rato en un costado de la pista para captar la onda del ambiente. Bailamos con H buscando conectar, pero se hacía cada vez más difícil ya que el lugar no daba abasto. Todos nuestros movimientos tropezaban con los de los demás. De todos modos, era divertido verse envuelto en semejante maraña de gente en la misma que nosotros, tratando de desconectarse de la realidad y vacilando una paralela dentro de la disco. Siempre había dicho que, por eso mismo, el Máscara tenía las características de San Junipero, aquel espacio virtual nostálgico en el episodio homónimo de la serie Black Mirror. El Máscara sería, de esta forma, el San Junipero de Valparaíso.

La noche se hacía más negra, la música pegaba aún más, y las luces se hacían más intermitentes. El ambiente definitivamente estaba encendido. En una de esas, le dije al piloto que iba a buscar más chelas, con la voz en alto, a causa del ruido.

-Oye, H, sabí que está super llena esta huevada, loco. Voy a buscar una chela más por acá cerca.

-Ya, dale, anda, yo te espero por acá, pa no perdernos.

-Sí, la cagó. Lleno como nunca.

-¿Como nunca? Loco, el Máscara siempre se llena. La lleva esta huevada, la lleva.

-¡Sí!

Me apronté a la barra a un costado de la pantalla gigante. Pedí dos cristales más para vacilar la onda en la pista de baile. Pero cuando intenté adentrarme a través del mar de gente, comenzó a darme una jaqueca terrible, de esas que solían darme de repente, por una sobredosis de efusividad. Al llegar con H, le entregué las chelas. No aguantaba más el dolor en la cabeza, a tal punto que cada bajo del parlante al son de la música parecía machacarme las sienes. Le dije entonces a H:

-Loco, voy a tener que virar, me dio dolor de cabeza. No aguanto esta mierda.

-¿Cómo te vas a ir ahora? Van a ser las tres ya, y va a empezar el especial de Depeche. Están llegando caleta de minas. No podí flaquear ahora-.

-Pucha, sí sé, pero así no se puede carretear pos. No pasa nada-.

-Bueno, que quieres que te diga, hermano. Justo ahora. Mala cuea, será no más-.

-Sorry igual, vacila por mí lo que queda de noche-.

Salí del Máscara, aturdido.

...

Quedamos solo Judith y yo. Por un instante, un silencio incómodo. Ella estaba a punto de acabar su cigarrillo. Entonces pensé en seguir vacilando. Era la oportunidad para coronar. A ese punto, ya no sabía qué esperar de ella, luego de su actitud fantasmal en la tocata, pero, de todos modos, estaba tan ebrio y ella se motivó tanto de un momento a otro que solo tocó seguir el hueveo, que era lo único que nos deparaba la jornada.

-¿Te tinca ir al Máscara?- le pregunté -aún no son las tres.

Se quedó muda por un momento. Miró hacia la calle y luego dio vuelta el rostro tranquilamente.

-Sabes que me leíste la mente. Vamos al Máscara. Bajemos.

El lugar estaba repleto. Fuimos a la barra. Pedimos dos Heineken. Nos sentamos en una mesa muy cerca de la ventana. Ahí brindamos, ya no sabíamos por qué.

Tan pronto se relajó y se puso cómoda, sacó de su bolso un pequeño paquete en el cual envolvía unas hojas.

-Mira, Salvador, es la maqueta de mi primer libro. Échale un vistazo.

Judith me mostró su maqueta. Por su reacción y la expresión en su rostro, se veía bastante ilusionada.

Leí algo de su maqueta, a medida que bajaba a tientas la Heineken:

-Oye ¿y realmente sientes que nadie encuentra su puerto? -le pregunté, tratando de entender los versos suyos que me quedaron dando vuelta entre tanto lugar común.

-Nadie, nadie encuentra su puerto. Cuando crees estar en un sitio, en un instante, estás en otro.

-Pero yo lo único que sé ahora… es que nuestro sitio es aquí, los dos juntos.

Al decir estas palabras, le acaricié la mejilla suavemente. Sonreí. Ella también. Nos volvimos a mirar fijo, prologando nuevamente nuestro silencio, en la bulla del local.

-Ya oh, vamos a bailar será mejor-dijo Judith, levantándose decidida.

Me tomó la mano y fuimos directo a la pista de baile del fondo.

-Hace rato que quería venir a bailar ¿sabí? -comentó Judith en el camino. -He tenido una semana de miedo, que ni te cuento. Además, está sonando el especial de Depeche.

-¿La dura? Pulento. Me encanta Depeche.

-Yo soy fanática ¡desde los 15!

-Hace caleta.

-¡Pesado!

Llegamos a la pista del fondo. Colocamos las chelas a un costado para poder vacilar tranquilos.

-Ay ¡Me muero! -exclamó Judith, al escuchar el tema que el dj había colocado.

Judith, ebria, alegre, conectada simbióticamente con la música, alzó su vaso de cerveza y tarareó “Enjoy the silence”.

All i wanted, all i needed, is here in my arms

Words are very unnecessary, they can only do harm.

Tarareamos casi al mismo tiempo con Judith esos dos versos del estribillo del clásico “Enjoy the silence”. Con ese canto ebrio y esas contorsiones, me fui acercando lentamente hacia ella, moviéndome al son de sus vaivenes, tratando de no desentonar y mantener el ritmo. De pronto, Judith me rodeó con sus brazos, tanteando el ritmo del siguiente tema, procurando no perderla de vista. Se aproximó, atrapándome con esos ojos grandes y penetrantes. Cuando estaba dispuesta, le agarré la cara y le di un beso, un beso largo que ella resolvióal son del sonido electrónico. Luego, me apartó con las manos, sonrió yseguimos bailando pegados, bajando lo poco de chela que quedaba, para acabarel especial de la noche. Nos quedamos allí hasta que la música terminó.

En un momento, Judith fue al baño. Estaba realmente lleno. La acompañé para no perderla de vista. La esperé por largos minutos. Sin embargo, no la vi más. Puede ser porque estaba desorientado. Pero no. Comenzó a dolerme la cabeza. Busqué a Judith por todo el local, mientras comenzaba a vaciarse. Ningún rastro. Había desaparecido. La llamé varias veces. Buzón de voz. Luego un audio de whatsapp. Era inútil. No contestaba.

Caminé tambaleante al baño. A medida que me abría paso entre el mar de gente, sonaba de fondo el tema Trash de Suede. Britpop. Generación X. Al llegar al baño, fui a mear. Me lavé las manos y el rostro. Ya no daba más.

Salí del Máscara, cansado. Di otra vuelta por la Plazuela. Nada. Ningún rastro de ella. No quise pensar lo peor, así que me detuve un rato en una esquina. Luego, fui a comprar un bajón donde el compañero Yuri. Un italiano. Lo devoré, aunque, en un lapso de segundo, cayó al suelo un trozo de vienesa. Un perro negro se acercó rápidamente para comérselo. Me quedó mirando unos segundos, cual guardián de la noche, y siguió su camino.

jueves, 28 de mayo de 2026

Decía el poeta Thomas Moore: "Es precisamente porque resistimos la oscuridad en nosotros mismos que perdermos las profundidades del encanto, de la belleza, el brillo, la creatividad y la alegría que se encuentran en nuestro núcleo". En definitiva, nuestra oscuridad es nuestro mayor tesoro.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas, Tolkien y Anthropic: una relación problemática

El papa León XIV soltó en su primera encíclica, Magnifica Humanitas, una severa crítica a la IA. Y, de paso, se dio el lujo de citar un pasaje de El señor de los anillos de Tolkien, en donde Gandalf el Mago señala que "no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos". Para quien está atento a este juego de referencias intertextuales, sabrá que la cita a Tolkien no es un mero capricho, sino que se trata de una alusión directa al Manifiesto Palantir formulado por Alex Karp y lanzado hace poco por los tecnócratas defensores de la IA. Si uno indaga en la cita de El retorno del rey, se dará cuenta que, unos párrafos antes, en la misma página del libro, el mago Gandalf advierte sobre las piedras Palantir y el influjo del señor oscuro. Dice de este que “podría decidir sobre lo que verán las mentes más débiles, o hacer que interpreten mal el significado de lo que ven”. El fragmento fue tan bien elegido que puede referir tanto a las propias piedras en el universo de Tolkien como a los dispositivos de inteligencia artificial que ya están siendo empujados por las megaempresas. Entonces, ¿el papa se ha puesto abiertamente en contra del avance inusitado del transhumanismo? ¿Abogará la Iglesia, de esa forma, por la causa del hombre como hijo de Dios frente a la causa del Homo Deus? ¿Está en una línea similar al John Connor de Terminator, una especie de papa en la Resistencia? Algunos hasta han hablado del papado de León XIV como una especie de Yihad butleriana, en relación con el universo Duna de Frank Herbert, aquel evento fundacional en el que la humanidad se rebela contra el ascenso de las máquinas y jura "no hacer una máquina a semejanza de la mente humana". 

Eso es, al menos, lo que se puede interpretar desde la literatura de ciencia ficción, y esa es la impresión que queda tras la espectacularización del asunto. Ese es el relato que se ha estado instalando. La vieja táctica de la tesis, la antítesis y la síntesis, crear una disidencia aparente encarnada en la Iglesia (institución de poder) para mantener todo bajo control. Pero no nos quedemos en la simple especulación. Ahondemos en los detalles, porque, como dice el viejo adagio: "en los detalles está el diablo". Resulta que durante la exposición de la encíclica, estaba presente un señor llamado Christopher Olah, fundador de Anthropic, quien apoyó al Papa en su encíclica. ¿Qué es Anthropic? Pues, otra empresa de investigación y desarrollo de inteligencia artificial conformada por exingenieros de la Open AI. Durante la ceremonia, Olah dio un discurso en el que, básicamente, hace las veces del "tecnócrata democrático", en oposición a los ya conocidos "tecnofascistas" inspirados malamente por Nick Land. Olah subrayó la problemática en torno al mecanismo elitista de la IA y el urgente "deber hacia los pobres", deber moral que le competería tanto a la Iglesia Católica como a los adalides de la nueva religión del futuro, la religión del hombre que sabe hacer de la tecnología un aliado de la fe, pero claro ¿cómo no lo vimos venir? ¿Cómo no lo habíamos pensado antes? 

De nuevo, tesis, antítesis y síntesis. El gran pero que surge después de esto es el de las buenas intenciones, el de la cosa testimonial, el de la palabra moral que queda solo en su dimensión abstracta. El papa llamaba a "desarmar la IA" cuando, en efecto, uno de sus desarmadores potenciales allí presentes forma parte de los principales arquitectos de esta tecnología en disputa. Todo se trató, más que de una denuncia, de una invitación. Era de esperarse. El Vaticano, sin duda, no condena; convoca. Una acción moralmente correcta, pero operativamente débil, ya que depende, precisamente, del consentimiento de aquellos "que la llevan", de los actores con capacidad operativa, y ya todos sabemos de sobra, usuarios activos de la red, que la historia de la regulación de las nuevas tecnologías no ha sido para nada transparente y, de hecho, ha sido abiertamente invasiva y nociva en muchos aspectos, sobre todo, espirituales. Vaya qué palabra: espíritu, superchería arcaica, santo y seña de una etapa ya superada, ¿tendrá lugar en este Rerum Novarum del nuevo siglo, con miras a la Cuarta Revolución Industrial en curso? La palabra de la Iglesia no impedirá el trato impío entre los hombres de la técnica. No están los tiempos. No están las facultades. El problema sigue siendo quiénes deciden sobre los sistemas, y dudo que una doctrina social decimonónica, readaptada a nuestros tiempos convulsos, pueda influir en dichas decisiones, cada vez más automatizadas, con pura buena voluntad, ya ni digamos divina. Quedémonos, por lo pronto, con el tan manoseado universo de ficción de Tolkien, escritor católico que, sin desearlo, configuró el mapa simbólico de los próximos líderes del mundo. 

lunes, 25 de mayo de 2026

El sueño de Jaime Galté (poema)

Del imaginario gragkiano. Filisteos de la materia.



Padre, ¿estás ahí?


¿Puedes escucharme?


¿Hay un más allá? ¿Hubo siquiera un más acá?


¿Dónde te encuentras?


Solo sé que pesa tu sombrío legado


Y tus títulos recaudados


Se han perdido en algún rincón secreto


Aquella vez tu voz retumbó


El límite entre lo legible y lo inefable


Alzaste fuerte el tono


Para conmover a los deudos


Pediste que fuera al puerto antiguo


Al puerto invadido por chivos y fragatas


Para encarnar las visiones y las premoniciones


Pronto se volvieron leyendas


Que otros temieron en sueños


En aquella ciudad ominosa sin fundación


Se revelaría el tesoro de la familia


Un tesoro cubierto de bruma y oleaje


Pétreo hasta el abismo


Y la visualización se hizo magia


Cuando el vigor de la ley


Chocó con el dogma de la santidad


Ahí la cruz me fue arrebatada


Ahí la logia hizo contacto


Y abrí al fin la puerta hermética


Detrás de los planos escondidos


¿Sigues ahí, padre? ¿Puedes escucharme?


El fantasma de un médico


Se manifestó con un recetario


Para el político enfermo


Chopin alabó el virtuosismo


De las notas espectrales


Creo en la reencarnación porque creo


En tu voz y en tu pathos


sin mundo y sin tiempo


Un Cristo interior ha empujado


La roca al ponerse el Sol


Esa corona sangrienta lleva tu nombre


Su lápida inscrita


Y las visiones siguen alumbrando


el féretro del prójimo


porque hay una hora y un momento


exacto para cada quien


hay un punto crucial para cada alma


y una zozobra para la aquiescencia


tú, padre, lo sabes


sabes aquello que está todavía


vetado al mortal, negado al penitente


déjame saberlo, Gran Corregidor


porque en mi sueño veo un país al fin del mundo


un país por venir, una tierra


una tierra de desapariciones y ausencias poderosas


una emanación onírica con el nombre de Chile


cuya forma adquirió la fiebre


del espíritu atrapado entre dimensiones


¡Haz que encarne ya! ¡Haz que caiga!


Y la Obra se habrá hecho


Las luces volverán a encenderse


Y el gran silencio será consumado


En el horizonte…
"Y llegó un punto en que su sensibilidad de poeta herida, chocó enérgicamente con la justicia de los hombres y la jurisprudencia".

viernes, 22 de mayo de 2026

Leído por ahí, en un curso de Lala Toutonian: "El rock heredó de la literatura una vieja obsesión: convertir el exceso, la locura y la autodestrucción en figura central". Sostiene que: "literatura y rock comparten, al fondo, la misma pregunta: qué hacer con el dolor y la rareza de estar vivo para convertirlo en algo que valga la pena escuchar". O ser leído. Tanto es así que veo siempre en el mejor rock una profundidad literaria, y en la mejor literatura algo que rockea. Precisamente, dos de las pasiones de adolescente que me acompañan hasta el día de hoy, el sendero doble que ha marcado la ruta de mis deseos. Y persiste en esos deseos un ánimo de porfía, de rabia contenida contra mis propias limitaciones. ¿Qué hacer con el ruido interno cuando ya nadie escucha? 
"Existir es combatir aquello que me niega".

jueves, 21 de mayo de 2026

El Sol infectado (poema)

¿Dónde quedaron las últimas palabras que nos dijimos?

¿En qué rincones? ¿Bajo qué llaves?

¿Qué fue del secreto inconfesable de aquella noche?

Cayó en nuestros corazones

La luz con toda su locura estrepitosa

Y las sábanas continuaron rugiendo

Todo este tiempo, clamando por necesidad

Una melancólica desesperación.

¿Dónde quedó el brillo de nuestros ojos?

¿En qué mirada perdida?

La década acabó y nos arrastró consigo, implacable

Nuestro sexo resplandeció agónico

Sofocó las palabras que pudimos habernos dicho

Palabras necias que no alcanzaron

A articular ninguna metáfora

Por miedo a significar demasiado

El cielo se volvió naranja

Algo espeso e incandescente lo cubrió

Un humo y un gas sobre el tiempo

Señales de un último estallido

Antes de la fuga definitiva

Algo espeso inundó los sentidos, lo sé

Pero ya no sabía qué incendio lo provocó

Ni qué hechizo insistía en hundirnos

Cerro abajo, no quise retroceder

No quise darme la vuelta ni mirarte a los ojos

Por última vez

Por miedo a perderme en ellos

Para siempre, de manera irreversible

Y acabar infectado 

Y significar demasiado

¿Dónde quedaron las palabras que nos dijimos?

¿Los versos que prometí escribirte?

¿En qué pavimento roto? ¿Bajo qué acera?

¿Qué fue del secreto inconfesable de aquella noche?

Todo fue oscurecido

La realidad con su energía densa lo consumió

Cual vela durante el encierro

Lo que fue nuestro se inclina ahora

Ante el dolor y la confusión

Quise escribir poesía, traté

Pero, en su lugar, escribí un obituario

Miré fijamente al Sol negro

El Sol al rojo vivo de aquella tarde infinita

Y mi conciencia fue devorada por él

Disolviendo el fuego secreto

Que aún nos mantenía unidos

¿Dónde quedó nuestra piel temblorosa?

¿Dónde nuestros rostros y su máscara ebria?

¿Dónde nuestras lecturas a contraluz?

¿Dónde la posibilidad de la conexión?

¿Dónde la palabra con su materia oscura?

¿Dónde el sentido?

¿Dónde?

¿Dónde?

lunes, 18 de mayo de 2026

Jesús G. Maestro: "Sin literatura, no se puede llevar una vida inteligente. Sin literatura, no hay vida inteligente. No se puede vivir de forma inteligente de espaldas a la literatura. No me hablen de inteligencia si ignoran lo que la literatura es".

domingo, 17 de mayo de 2026

Cincuenta años de la Doncella de Hierro: una ambición ardiente

Año 2002. El primer cassette que tuve de Iron Maiden recuerdo que fue “El Número de la bestia”, y sí, así estaba escrito, tal cual, en español, porque era de aquellas clásicas ediciones del sello EMI Odeón Chilena que venía con las canciones traducidas. El mítico Hallowed by the name se leía “Santificado sea tu nombre” y era heavy escuchar una referencia lírica tan directa cuando vacilábamos todos estos temas metaleros con un amigo de la Media en el colegio católico. Las misas, desde entonces, tenían ese riff potente y esa guitarra de aire de fondo. “Corre a las colinas” se tarareaba como “corre al cerro”, cuando vivía precisamente a unas cuantas cuadras del Cerro Monjas. Todo adquirió esa crudeza sonora, esa fantasía tan disruptiva inspirada por el universo de Eddie The Head y la propuesta artística de la doncella.

De todo eso me acordé antes de ir a ver al cine Insomnia el nuevo documental sobre Maiden, “Burning ambition”, dirigido por Malcolm Venville. Fuimos con otro amigo y una chica que él conocía en alguna tocata del Club Segundo Piso de Avenida Brasil. Las expectativas eran altas, sobre todo y considerando los más de cincuenta años de vida del grupo. Pese a la escasa convocatoria, se sentía, en ese momento, un ambiente de nicho. Había uno que otro fan con polera de Maiden, algunos más acérrimos, otros más aficionados, sin tanta parafernalia, todos por igual esperaban sagradamente el visionado. No era como estar en un concierto real, claramente. No estaba esa energía desatada,, pero sí se percibía una contención, un regocijo íntimo y emotivo. Un acierto del documental iba por ese lado: ver en todos los seguidores de la doncella una auténtica familia. Se alcanzó a percibir esa vibración colándose por los amplificadores. Esa vibración abrigaba la noche helada, mientras repasaban la historia de los inicios de la doncella en Londres, y pronto de cara al estrellato metálico.

Uno cuando indaga en la vida real de sus héroes musicales, no puede evitar sentirse identificado. Londres en los ochenta pasaba por un periodo convulso a nivel sociopolítico, y los punks la estaban rompiendo en la industria. Steve Harris no estaba dispuesto a hacer concesiones en lo musical, y ellos querían sonar pesados, aunque eso implicara rechazar el camino fácil. Las letras de las canciones de Maiden no pretendían reproducir los tópicos de moda; se proponían contar relatos inspirados en la historia y en la literatura, una cuestión impensada incluso dentro de los parámetros de la propia comunidad heavy de aquella época. Algo de Valpo había allí. También el metal corrió por estos lares de manera clandestina, subterránea. También se proponían romper con todo, a su manera, siguiendo el camino pedregoso de la autogestión, aunque nunca con el éxito esperado. La doncella conquistaba poco a poco el mundo, y eso era motivo suficiente para soñar en grande. Estaba ahí para enseñarnos que el metal era un lenguaje eléctrico, una modulación, como diría mi amigo Rumel, lista para ser traducida con furia y con arrojo, contra los molinos de la vida moderna.

Furia y arrojo era lo que nos transmitía la voz de Paul Di Anno, en Prowler, primer tema de su álbum homónimo, uno de los favoritos de Ian Scott, guitarra de Anthrax. Se sentía todavía esa vibra punketa en la actitud del grupo. Potencia y un toque de teatralidad era, por su parte, lo que nos ofrecía un talentoso y versátil Bruce Dickinson en el escenario. Con esa formación, la doncella había forjado la sinergia perfecta. La misma ambición ardiente encendía el espíritu de Dickinson y Harris, sumada al pulso de los icónicos Adrian Smith y Dave Murray en las cuerdas de acero. Los solos en vivo eran de una factura monstruosa. Los pasajes rifferos eran sencillamente de otro planeta. En eso mismo pensé cuando mi amigo, durante el visionado del documental, comentó la interpretación del tema Rime of the Ancient Mariner, tema largo que cierra Powerslave. Se refería al show de la gira Somewhere back in time en Chile, 2009. Otro temón que también comentamos durante el documental fue Alexander The Great que cierra el mítico Somewhere in time, sin duda, uno de los mejores discos de Maiden, junto al Seventh son of a Seventh son. A la salida, de hecho, le pregunté al amigo y a la chica que nos acompañaba cuáles eran sus discos favoritos de la banda, y eran precisamente esos. Por supuesto que en la época noventera, antes de la despedida de Bruce, sacaron otras joyitas inolvidables como Fear of the Dark o No Prayer for the dying, pero los tres coincidíamos en que los álbumes de los ochenta eran parte de la época dorada de la banda, y bueno, del heavy metal en general, sobre todo la primera mitad de la década. Luego, sabrán los bangers, llegó la irrupción del thrash y los géneros más extremos en la segunda mitad, deudores del estilo rápido y audaz de la NWOBHM.

Algo que siempre me sorprendió de Maiden es el nivel compositivo de Harris no solo en el bajo y en la estructura de las canciones, sino que en las líricas. Están llenas de referencias históricas, literarias y cinematográficas: Duna de Frank Herbert, el mismísimo Poe con los Crímenes de la Rue Morgue, Gastón Leroux con El fantasma de la ópera, Samuel Taylor Coleridge, del citado poema “Balada del viejo marinero”, Lord Tennyson , quien habría inspirado The Trooper, Twilight Zone, inspirado en la serie de TV clásica, Flight Of Icarus, tomado del mito griego, The Number Of The Beast, aparentemente basado en la película La Profecía, Stranger In A Strange Land, temón de temones, título tomado de la novela del mismo nombre, The Wicker Man, de la película “El hombre de mimbre” de Robin Hardy, y un largo etcétera. Incluso hay referencias a El señor de los moscas en Lord of the flies del disco Factor X con el vocalista Blaze Bayley, y referencias al mismísimo Huxley en el disco Brave New World (Un mundo feliz), que significó el regreso triunfal de Bruce a la banda, porque, definitivamente, la doncella había marcado a fuego su esencia con la presencia de Dickinson. Él era la voz de Maiden. Todo un líder, un showman. Blaze había hecho lo suyo, y le había impreso su propio estilo a la banda, pero con Bruce había ocurrido una alquimia creativa, una fusión enérgica fuera de serie, una que todos los fanáticos recordarán por ser lejos la etapa más memorable.

Seguimos discutiendo con el amigo y con la chica, tras haber acabado el documental. Nos acordamos de los escupitajos a Blaze en medio de un concierto, y no sabíamos si se trataba de un gesto de cariño incomprendido o de repulsa. Lo más seguro era lo último, porque a Blaze se le veía cabreado, lo mismo que Harris. Al rato, volvimos sobre la figura de Bruce. Nos acordamos de su afición por los aviones. De hecho, él mismo llevaba a la banda de gira en su avión Ed Force One, tras su regreso a los escenarios. Un verdadero business man, un emprendedor, repetía el amigo. Yo diría que un renacentista, de la talla de Brian May de Queen, aunque en clave metal. Si bien, para el amigo, el documental insistía en ciertas anécdotas ya sabidas por los seguidores, cuestiones que podían aparecer perfectamente en cualquier otro reportaje no oficial de youtube, habíamos quedado conformes con el digno homenaje a la Doncella de Hierro. Por eso mismo, fuimos todos a un local próximo a brindar con unas chelas bien heladas, pese al frío. Más de medio siglo de heavy metal tenía que celebrarse en grande, con sonido y furia. Eso mismo haré cuando vaya el 31 de octubre, la noche de Halloween, a verlos en vivo por primera vez en el Estadio nacional. Estoy seguro que habrá Maiden para rato, y que Eddie, la mascota más reconocida del universo del metal, seguirá reencarnando en todos los escenarios posibles de la historia, y adoptando las más bizarras formas, porque es un personaje inmortal. Y yo diría, más que un personaje, un avatar, un egregor tan poderoso como el legado de la banda. ¡UP THE IRONS!

sábado, 16 de mayo de 2026

Conversación con un amigo ex periodista del diario El Mercurio (ejercicio narrativo)

Un dos de octubre, me junté con un amigo periodista que trabajó en El Mercurio de Valparaíso. Prefirió que el punto de reunión fuera en Plaza Aníbal Pinto, a las once de la mañana. A esa hora nos encontramos y caminamos en dirección a calle Esmeralda, rumbo a una cafetería cercana al edificio antiguo del diario El Mercurio. En el momento en que nos decidimos a andar, muchas personas caminaban hacia los cerros y gran parte de los locales permanecían cerrados. Efectivamente, ese día hubo simulacro de tsunami. Ninguno de los dos se había enterado hasta ese momento. De todas formas, fuimos al lugar al que nos habíamos propuesto ir. Seguimos andando hasta dar con la cafetería, pero se encontraba cerrada, por la alerta que ninguno había previsto. Igualmente, seguimos con nuestra caminata, esta vez, en dirección a una cafetería cerca de la plaza de la Intendencia.

Mientras apuramos el paso, el amigo contaba algunas cosas respecto a su paso por El Mercurio y su teoría respecto de qué pudo haber sucedido con el edificio. Decía que trabajó allí en una época en la que el diario todavía era muy cotizado a nivel laboral por el gremio de periodistas. De todos modos, sugirió que los grupos de trabajo y la organización interna ya habían empezado a experimentar cambios drásticos, principalmente desde el auge de internet. Había que adaptarse a los nuevos tiempos y la antigua directiva no iba precisamente en esa línea. Asimismo, la histórica casona de Esmeralda tenía que replantear su organización o corría el riesgo de volverse obsoleta. Y eso terminó pasando. El estallido social y la consecuente quema del edificio habrían sido solo la expresión última de una crisis bastante más antigua. Eso explicaría por qué se mantiene en total desahucio un edificio tan importante.

Llegamos a la cafetería en la Intendencia. Había muy poca gente. Allí el amigo siguió ahondando en sus años como periodista de El Mercurio de Valparaíso, aparte de darme algunas recomendaciones de forma y contenido sobre el proyecto, tales como enfocarme en algunas personas que hayan trabajado en el diario y que puedan y estén dispuestas a hablar sobre el incendio de esa noche y sus consecuencias. Dijo que no perdiera el tiempo buscando hablar con alguien de la directiva del diario, porque me encontraría con una gran muralla. Y así fue. Un hermetismo mediático que se mantiene hasta el día de hoy, contribuyendo a la incertidumbre del asunto.

Terminamos nuestro café y luego lo acompañé a tomar el colectivo hacia Bellavista. El ambiente en la ciudad seguía disperso, aunque se apreciaban menos personas evacuando hacia los cerros. Algunos carabineros permanecían resguardando el tráfico. Volví a pasar por fuera del diario y la cuadra se mantenía con escasa circulación.
En su ensayo Secreto y narración, Ricardo Piglia señala, citando a Henry James, que “el relato es la casa de la ficción”. El narrador pasa por fuera de la casa y ve una escena. Luego, trata de investigar qué pasó, incluso trata de entrar en la casa, aunque no siempre lo consigue. Habría allí un secreto, un secreto que se resiste a ser descubierto, un sentido sustraído por alguien, algo muy distinto a un misterio que no tiene explicación o a un enigma que no se puede descifrar. Si se quiere, habría allí también una sombra policial. Piglia se refiere a la obra Los adioses de Onetti para indagar en ese secreto narrativo o, mejor dicho, en ese secreto que es la posibilidad latente de la narración. El secreto sería ese lugar vacío en donde convergen diversas tramas, atadas por un nudo nunca del todo desatado. Quien narra, ya no quien escribe, quien narra estaría rodeando de manera insistente eso que se quiere decir, pero no acaba de decirlo completamente. Si lo hiciera, el lector se retiraría en el acto, sin nada que lo aliente a seguir. Se produce un vacío, se producen vacíos necesarios que reclaman su materia creativa, su porción de subjetividad o de totalidad, su cosa viva, vibrante. Quien narra necesita ese rodeo, quien lee se regodea en él, porque, como dijera el propio narrador de Los adioses: “los efectos son infinitamente más importantes que las causas”. En los efectos nos jugamos la vida, en los efectos nos regodeamos y somos cómplices del secreto, cómplices de una pulsión narrativa, de una obsesión inconfesable.
Emmanuel Carrère ha dicho que le parece más honesto "contar una historia de la que forma parte o con cuyos personajes ha tenido interacciones, que contarla como si fuera dios o pudiera ver las cosas desde el planeta Marte". Reafirma Carrère que: "la literatura, entonces, no es el lugar para jugar a ser Dios (...) El escritor está en el barro, interactúa con los personajes, modifica la realidad al investigarla y es modificado por ella". Contra todo lo que se ha venido creyendo, defiendo el uso del yo como narrador posible. Quienes me han leído hasta el momento, quienes, en su momento, leyeron y releyeron mis crónicas lo sabrán. 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Catábasis/reacción en cadena (poema)

Del imaginario gragkiano. Filisteos de la materia.



¿Quiénes conspiraban detrás de aquella puerta?

El fin del milenio cobró su vida

Mientras los idiotas

Bailaban al ritmo de la insania

Su ojo vio lo que no se debía ver

Preso del extravío

Bajó hacia la zona secreta

A medida que sus pasos

Se perdían entre voces cómplices

Fueron enfermos de cobardía

Quienes callaron ante el ocaso del tiempo

Y la desaparición del símbolo

Se produjo una reacción en cadena

En el momento en que trituraron sus recuerdos

El globo completo sucumbió a las develaciones

El país precipitó su propia eyección futura

Porque la anábasis nunca ocurrió

Porque no hubo purificación

Tras el gran enfrentamiento

Porque la mordaza coartó las últimas palabras

Y otras cabezas siguieron rodando

Alrededor de sus cruces y olvidos

No hubo salvación, porque

en esa bajada no hubo búsqueda

solo una fatal coincidencia

solo el testigo involuntario

de una realidad abyecta

hasta el punto de la náusea

nunca hubo anábasis, únicamente

la sombra y su impudicia

únicamente la sangre y su imperio

la vergüenza legendaria en lo develado

en lo terriblemente desnudo

su ojo vio allí donde no se debía ver

y esa fue su roca de Sisifo

y esa fue su ave rapaz

devorándole las entrañas

sobre el cadalso de las conciencias

allí donde abrió lo que no debía abrir

se fraguaba un misterio

un misterio con rostro de sátiro

el giro en la tómbola

le llevó al círculo prohibido

y la anagnórisis cobró su vista

su visión prematura

no hubo verdad sin sacrificio

porque otros seguirán tramando

el tráfico, la ruptura, el reseteo

porque la conspiración es el motor oculto de la historia

¿Quiénes conspiraban detrás de aquella puerta?

Los hipócritas, los megalómanos del futuro

Seguirán parados en la misma línea

Al límite perverso de la realidad

Pero pronto estarán listos

Para hacer el jaque y jugar

Con sus vidas miserables

Porque la noche regresará

Con su llamarada suicida

Porque el dedo mayor

Volverá a encender la fiesta

Al extremo del milenio

Y sus mentes y cuerpos harán combustión

Antes que se enciendan las luces

y la verdad detrás del símbolo

vuelva con su potencia arrolladora

entonces será el momento de decir

¡Hasta nunca!

viernes, 8 de mayo de 2026

Volvió a circular una noticia sobre el hallazgo de la supuesta "única novela de Borges", en una biblioteca de Ginebra, cuestión que de por sí constituye una especie de oxímoron o de invención apócrifa, muy borgeana, por lo demás. Se trataría de la obra "Los engaños de Almotásim", manuscrito que habría permanecido durante años oculto en medio de un tomo de una saga islandesa llamada La Saga de los Embusteros de un tal Gisli Surssonar. Qué irónico. Muchos se preguntaron cómo Borges consiguió ocultarle ese manuscrito a María Kodama por tantos años; otros afirmaron que perfectamente pudo haber escrito esa novela en la década del 50, pese a haber aborrecido su forma, porque un ferviente lector y admirador de Conrad, Stevenson y Kipling no podía quedarse sin escribir una obra de largo aliento. Lo cierto es que, detrás de este embrollo, está la existencia del cuento "El acercamiento a Almotásim", el cual fue publicado en 1936 en el libro Historia de la eternidad y luego en el clásico Ficciones. Allí, en ese cuento, el narrador describe precisamente un libro que no existe y sigue en la búsqueda de una figura divina. La referencia imposible de sus tantísimas lecturas vuelve a mostrarnos por qué Borges sigue siendo el maestro de los laberintos, y nosotros mismos, solo otros nombres en su enciclopedia inacabada.

jueves, 7 de mayo de 2026

Se lanzó el nuevo single de la banda Mar de Grises: Surrender to fall. Recuerdo haberlos visto en vivo el 2007 en la Universidad Santa María, en el contexto de la semana mechona. Fuimos con un amigo de la Media. El compadre insistía en que esa vez no tocó Mar de Grises, sino que Poema Arcanus, pero yo estoy seguro que tocaron los Mar de Grises aquella vez. ¿Cómo convencerlo? No hay evidencia concreta. He rebuscado en internet algún flyer o afiche antiguo. Nada. Solo queda la memoria difusa de algunos pasajes musicales, un torrente sonoro que habita en el recuerdo enterrado.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Satán Trujamán (poema)

Poema del imaginario gragkiano. Escrito en 2006 aproximadamente. De la colección "El show de la Kronikodelia":



Madre, estamos sudando

Y yacemos en la cuna del sudor

Y el pez gordo cae en Oriente por el sudor

Y fuimos todos hechos para sudar.



Cuando la concupiscencia encarna al mundo

Él nos mira agitados

Y nos mira divididos.



WWW, tres signos

Tres letras

Tres números

Tres…



WWW, tres exudaciones

Tres símbolos de vida

Tres símbolos de muerte

Tres

Tres

Prepárate a elegir.
De regreso a la escritura y al dibujo a mano y en papel, recupero el pulso orgánico de aquellos años adolescentes, la íntima relación de la mano nerviosa con la hoja de cuaderno iluminada escasamente y mediada por el encierro. Lo que se escribía y lo que se imaginaba ahí tenía un arranque más desbordado. He procurado siempre seguir creando a mano para luego editarlo en procesador de textos, recuperar la energía de aquel tiempo para incorporarle la mayor experiencia y conocimiento del presente. De esa manera, lo allí expuesto se siente más vivo, irreductible, sin perder el estilo.

lunes, 4 de mayo de 2026

Megadeth en Chile en su gira de despedida This Was Our Life. Escucho In My Darkest hour en la soledad de la pieza, de nuevo, como en aquellos tiempos adolescentes. Ya de grande, la letra adquiere otra dimensión: mi hora más oscura aún no acaba.
Leo sobre la necesidad de la búsqueda esotérica y asocio esa necesidad a mis propias inquietudes. ¿Por qué, por ejemplo, indagar en el esclarecimiento de la verdad detrás del incendio de El Mercurio de Valparaíso? ¿Qué hay allí que resuena en mi interior y me empuja a seguir buscando causas, testigos, responsabilidades? ¿Algo que yo mismo he perdido y que insisto en recuperar? ¿Un fuego aún consumiéndose por dentro? ¿Una cosa irrecuperable de aquella época? En la pregunta por el porqué radica la conciencia sobre mis próximos pasos. ¿Qué intención reverbera en el fondo? ¿Por qué insistir en lo oculto?

domingo, 3 de mayo de 2026

Antes de la palabra (Florentín Smarandache)

En las cuerdas del lenguaje de fuego

Nos derretimos como una guitarra, sonoros

Las letras en los breviarios florecen

Y nos desvanecemos vivos entre páginas altas

Las quimeras vienen a nosotros, como ejércitos

Como heridas domésticas en el fluido del alma

El sueño se estrella en dulce olvido

como la madera sobre brasas

En símbolos expandimos el poema

Y lo encogemos, y la metáfora

abre una ventana que el Sol invade

La carta deposita su vida en el papel

Ideas que parecen inspiradas por nuestra madre

Imágenes verticales, iluminadas en su parte superior

Como los nombres eléctricos de las empresas

Versos azules como la hora

atacados por el silencio

y derrotados por los gritos

Con blancos murmullos de primaveras

O brotes vespertinos

¿Cómo puedo curar mi comienzo

De muchas grandes cosas

Cuando todo lo que digo me parece

Que otros ya lo han dicho antes?

Vivo en muchos lugares, y más a la vez

Al mismo tiempo, y cada verso que dejo

Una vida mía solamente, una sola vida

Las tumbas serán, para mí, la distancia

¡Ataúdes: lo infinito!

Como el pájaro en su vuelo

¡Extendamos el arco de la tierna poesía!

¡Y su arco, inclinémoslo hacia

El blanco móvil de la eternidad!


Círculos de luz, 1992

Blogs not dead

Pablo Makovsky: ¿Por qué seguir sosteniendo un blog en tiempos de redes sociales?
Porque los blogs están derrotados y las redes sociales son una pandemia mucho más letal que la del Covid. Es como en el film Invasión, de Hugo Santiago, cuando el héroe que interpreta Lautaro Murúa pregunta al líder si vale la pena pelear una guerra contra una ciudad que no quiere defenderse y el patriarca le responde: “Una ciudad es más que la gente”. Sólo que acá hay que reemplazar “ciudad” por “web”: la web, aunque sus antiguos usuarios estén esclavizados scrolleando, es más que la gente.