Fui a una charla en el Museo Histórico de Placilla, llamada “Historia, memoria y ficción. Una aproximación a propósito de la novela 1984 de George Orwell” por el historiador Salvador Rubio. Me llamó muchísimo la atención el diseño del afiche del evento. En él, aparecía el ojo del Gran Hermano, reflejando en grande el número 1984 sobre un fondo negro y un piso rojizo, con la pequeña silueta de un hombre que caminaba en dirección al ojo. Se podría decir que ese hombre representaba a cualquier asistente, andando a paso lento y firme, seducido por la intriga de la novela o por la idea distópica que le subyace. La propia publicidad de la charla tenía, por ende, ese efecto magnético. Al llegar al museo, les pregunté a los caballeros en la entrada sobre el “evento de Orwell”. Uno de ellos, el organizador, respondió que pasara no más, adelante, con confianza. “Aquí todos somos orwellianos”, dijo, mientras seguía caminando rumbo al interior del salón.
Salvador Rubio comenzó la charla diciendo que nos íbamos a decepcionar: que, en realidad, no se trataba sobre 1984 de Orwell, sino que sobre la historia en la ficción. La obra orwelliana sería una excusa para hablar sobre estas dos cuestiones, en apariencia, tan distintas entre sí, pero conectadas mediante el dispositivo artístico. En efecto, el punto de Rubio era ese: explayarse respecto de cómo el cine, la literatura y la música moldean nuestro pasado y, por extensión, nuestra propia concepción de nuestra historia. Aprovechó de mencionar un libro suyo, hecho en coordinación con otros autores, llamado “Ficción, performance, comic y videojuegos”. Algunas aproximaciones a fuentes no convencionales para la investigación histórica”. Rubio señaló que la obra se gestó en pleno periodo de pandemia, y tenía todo el sentido, puesto que, durante ese tiempo, hubo un cierre masivo de lugares públicos, entre ellos, las bibliotecas, lo que impedía, por cierto, acceder a los libros y poder seguir estudiando. Así que el historiador empezó a considerar otras posibilidades, dentro de un contexto cada vez más digitalizado. El videojuego en línea y la historieta visual resurgían como una opción viable al documento físico, dado el contexto de emergencia. Por supuesto que el libro nunca podrá ser reemplazado, pero esos formatos digitales se volvían preponderantes en función de la distancia social y el encierro absoluto. Lo recuerdo perfectamente: uno podía tomar los libros de su propia colección y ponerse a estudiar cabeza gacha, aunque todo te empujara a la conectividad constante. Parecía que la historia (su estudio, su transcurso) hubiera quedado suspendida en esa maraña paranoica, virológica y política. De alguna forma, los relatos tenían que encontrar su punto de respiración, la salida a la intemperie para su hermenéutica.
Al rato después, el historiador habló sobre la disciplina de la historiografía y la memoria, en sus tres formas de relacionarse. Citó a Pierre Nora para desromantizar la memoria para “despojarla de ese ropaje heroico y mostrar los hechos con crudeza”. Citó también a Henry Rousso para referirse a la historia del tiempo presente. Ahí propuso el trabajo con testimonios de “personas que siguen vivas y vivieron los hechos”. Finalmente, citó a Michel-Rolph Trouillot y su tesis sobre el “pasado silenciado”. En definitiva, se trataba de ahondar en los archivos olvidados a propósito por el poder, con tal de reivindicar la lectura crítica de la propia historia en su conjunto. Fue en ese momento de la charla que la cosa se puso menos teórica y Rubio se aprontó a hablar de literatura, al fin. Puso en la diapositiva la portada de “Los orígenes del totalitarismo” de Hannah Arendt y, precisamente, la portada de “1984” de George Orwell. “¿Quién representa mejor el pasado?”, se preguntó Rubio. La pregunta iba también dirigida a nosotros. Nadie respondió. Así que el historiador lo hizo solo. Se inclinó por 1984, por el hecho de ser una obra narrativa. Había en la construcción novelesca, decía Rubio, una cuestión que la hacía mucho más accesible al público y, al mismo tiempo, un aparato de ficción que le permitía pensar la propia historia referida desde otros ángulos, digamos, mucho más heterodoxos, más allá de la estricta rigurosidad historiográfica o del apego excesivo a las fuentes y al principio de realidad. Recordar que el año de publicación de la novela fue en 1949, por lo que parecía estar hablando del futuro, aunque, leída como representación histórica, en realidad, es un espejo de su propio presente. Así lo afirmó Rubio al citar, esta vez, a Hobsbawn y su libro “La era de las catástrofes”. En realidad, la novela 1984 reflejaba el caos y la crisis de la primera mitad del siglo XX en Europa. Recorría, por su nervio narrativo y argumental, el desastre de la Primera Guerra Mundial, seguido del ascenso de estalinismo en la URSS, pasando luego por el “crac” del año 29, hasta llegar a la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, con una bomba atómica como el clímax definitivo del conflicto y como la expresión calamitosa de una civilización autodestructiva.
La novela orwelliana, en ese sentido, el del impulso destructivo y bélico del siglo pasado, contenía la posibilidad de un discurso a contracorriente, además de una resonancia con otros contextos históricos muy distintos en la forma, pero similares en el fondo. Otras obras literarias del siglo XX contaban también con ese poder representativo. Las llamadas distopías. Rubio se dio el tiempo de señalar a Kafka con El proceso y El Castillo; a Aldous Huxley con Un mundo feliz; y a Ray Bradbury con Fahrenheit 451 como ejemplos inequívocos de obras que convirtieron su presente en una ficción distópica con la capacidad suficiente de resonar con el futuro: nuestra propia época. ¿Cuánto de Kafka queda aún en los anaqueles rígidos de la memoria histórica? ¿Cuánto de Huxley en el hedonismo de la inmediatez y en el placebo de la infoxicación? ¿Y cuánto de Bradbury en ese afán soterrado por alimentar a la IA con libros físicos, demostrando una voluntad de exterminio pantagruélica? Son preguntas que me surgen al volver sobre las distopías reseñadas por Rubio. No me dio el tiempo para preguntarle sobre estas inquietudes. Me tuve que retirar antes de la charla, por motivos urgentes. De todas formas, habría sido interesante saber qué cosa hubiera respondido. Qué nexo secreto encontraría entre estas obras, más allá del formulado en estas disquisiciones. Qué lectura histórica podría llegar a concluirse de un presente y de un futuro tan aciago.
Minutos antes de irme, recuerdo que Rubio había declarado lo siguiente: “representar el pasado no es un privilegio de los historiadores. Se trata de un ejercicio mental que hacemos todos, todo el tiempo”. La ficción misma, la narrativa, la novelesca, en este caso, era la adecuada para retrotraer cuestiones que, hoy por hoy, todavía resultan peligrosamente próximas. El gran ojo del afiche, proyectado en el salón, seguía sobrevolando nuestras conciencias. Al rato, puede resultar algo vertiginoso y agobiante. Salí de allí, entumido, quizá por la ventilación del recinto, con una sensación de intranquilidad, por la urgencia que me apuraba, pero convencido de que nada de lo que pasara, de ahí en adelante, podría evitar el descalabro de las acciones y sus efectos en el mundo. Solo tocaba mirar al tiempo con ese mismo ojo agudo, algo irritado, supurando una visión oculta.
