jueves, 4 de junio de 2026

55 años de Tarkus

55 años de Tarkus de Emerson Lake and Palmer. Mi padre recuerdo que decía al escucharlo que era "música para la cabeza". Interprétese de la manera que sea. Yo lo leo como música para la imaginación. La existencia de este disco representa, de hecho, una oda a la imaginación, su triunfo contra las potencias automatizadoras y literalizantes, potencias que obran contra el poder del mito, el símbolo, la poesía, la imagen, etc. Lo único que me pasa con esta obra es que quizá el resto del disco sea prescindible. No diga que las otras canciones sean malas, solo que terminan opacadas por la impecable y genial pieza homónima, que podría ser perfectamente el disco por sí sola:
"El título del trabajo debía empezar con la T de “Tank”, que también era una pieza del debut donde Palmer se lucía con un rápido solo de batería. El resultado saldría de la mezcla entre “Carcass” (cadaver), «Tank» y “Tartarus”, el pozo más oscuro del Hades. De allí, el nombre al estrellato.
A grandes rasgos, la historia va así: todo comenzaría en una suerte de mundo postapocalíptico, postguerra nuclear, con la erupción de un volcán. De su cráter nace un engendro: el híbrido tanque armadillo que porta cuatro cañones, dos en sus brazos y nariz. Esa combinación de animal prehistórico y tanqueta blindada sintetiza la idea central de la obra: la fusión, casi inevitable, entre naturaleza y máquina cuando la civilización se dirige hacia la guerra. «Tarkus» representa, así, el poder tecnológico convertido en depredador que avanza sin reflexión ética.
En su marcha, el armadillo blindado se enfrenta a una serie de criaturas que funcionan como alegorías de fuerzas sociopolíticas. Iconoclast —un terodáctilo metálico con un pico bombardero— simboliza las doctrinas revolucionarias que derriban todo lo anterior; vuela alto y ataca desde el cielo, pero acaba abatido por un rival que lo supera en potencia de fuego. Mass, mitad mantis religiosa arácnida y mitad cruz procesional, encarna la religión institucionalizada armada con dogmas y rituales: Cuando la fe se alía con la maquinaria bélica, termina devorándose a sí misma. Finalmente, surge Manticore, el león con cara de hombre y cola de escorpión; una criatura clásica que une ferocidad y veneno. Representa la leyenda, lo irracional y lo mítico: aquello que la lógica tecnocrática subestimó y que termina volviéndose contra ella.
A la banda le gustaría tanto esta representación felina, que, años más tarde, llamarían a su sello discográfico «Manticore».
El relato muestra a Tarkus derrotando uno a uno a sus enemigos — triunfa sobre Iconoclast y Mass — pero la batalla contra la manticora se resuelve con ambigüedad: Si bien el concepto narrativo no está del todo pulido, la ilustración del interior del trabajo insinúa que Tarkus es herido y acaba sumergido, navegando tras la derrota (“Aquatarkus”). Esta conclusión sugiere que el progreso armado, por muy invencible que parezca, termina cayendo ante fuerzas que no puede comprender ni asimilar. Luego, todo renace de las cenizas. La rueda de la historia vuelve a girar." 

Centenario de Allen Ginsberg: dos poemas

El peso del mundo es el amor

El peso del mundo
es el amor.
Debajo de la carga
de la soledad,
debajo de la carga
de la insatisfacción

el peso,
el peso que llevamos
es el amor.

¿Quién lo puede negar?
En sueños
toca
el cuerpo,
en los pensamientos
construye
un milagro,
en la imaginación
se angustia
hasta nacer
humano-

mira desde el corazón
ardiendo de pureza-
porque el peso del mundo
es el amor,

pero llevamos la carga
con agotamiento,
y así es que debemos descansar
en los brazos del amor
al fin,
debemos descansar en los brazos
del amor.

No hay descanso
sin amor,
no hay sueño
sin sueños
de amor-
estés loco o tiritando
obsesionado con ángeles
o máquinas,
el último deseo
es amor
-no puede ser amargo,
no puede negarse,
no lo podemos retener
si se niega:

su carga es demasiado pesada

-debe dar
sin recibir
como el pensamiento
se da
en soledad
con toda la excelencia
de su exceso.

Los cuerpos cálidos
brillan juntos
en la oscuridad,
la mano se mueve
al centro
de la carne,
la piel tiembla
de felicidad
y el alma viene
alegre al ojo-

sí, sí,
eso es
lo que quería,
lo que siempre quise,
lo que siempre quise,
regresar
al cuerpo
en donde nací.


...


Blues de la Muerte Padre 

¡Eh, Muerte Padre, vuelo a casa! 
¡Eh, pobre hombre, estás solo! 
¡Eh, viejo papá, sé a dónde voy! 

Muerte Padre, no llores más. 
Mamá está ahí, debajo del suelo. 
Muerte Hermano, 
cuida la tienda. 

Muerte Vieja, no escondas tus huesos. 
Muerte Viejo, oigo tus gemidos. 
¡Oh, Muerte Hermana, 
qué dulces son tus lamentos! 

¡Oh, Muertes Niños, respiren! 
Los pechos que sollozan aliviarán sus muertes. 
El dolor se ha ido, 
las lágrimas se llevan el resto. 

Muerte Genio, tu arte ha terminado. 
Muerte Amante, tu cuerpo se ha ido. 
Muerte Padre, vuelvo a casa. 

Muerte Gurú, tus palabras son ciertas. 
Muerte Maestro, te doy las gracias. 
Por inspirarme a cantar este blues. 

Muerte Buda, despierto contigo. 
Muerte Dharma, tu mente es nueva. 
Muerte Sangha, lo superaremos. 

El sufrimiento es lo que nació. 
La ignorancia me creó. 
Desconsolado 

Verdades que me parten el corazón, 
no puedo despreciarlas 
Padre Aliento, adiós una vez más.

El nacimiento que diste no fue malo 
Mi corazón está en calma, 
como el tiempo dirá.
Mi incursión tardía en la prosa me enseñó que para escribir, a veces, no se necesita un plan tan elaborado ni ambicioso, ni tampoco un tema tan elevado a disposición, tan solo una mirada atenta, una indagación obsesiva en un detalle que hace ruido, una cuestión que desentona con el conjunto, algo pequeño, minúsculo, pero que, en su aparición, desata el milagro de lo imprevisible, como el de un zorzal que, el otro día, se posó justo en el borde que da a la ventana en la parte inferior del dormitorio de mi hermana chica. El ave permaneció durante largos minutos agarrada a ese borde. Miraba para todos lados, con movimientos rápidos, hasta que fijó su cabecita en un punto, hacia el frente, a cinco pisos del suelo de concreto. Era tal su paciencia que parecía abstraída de sí misma o en un estado de suma concentración. La naturaleza se había expresado a través de esa mirada de zorzal. No había allí palabras porque no eran necesarias. La inminente caída o el inminente vuelo, el vértigo, lo pone uno.

miércoles, 3 de junio de 2026

Margaret Atwood: ¿Soy una mala feminista? (extracto)

"Una digresión: la retórica de las brujas. Otra de las acusaciones que se han dirigido contra mí es la de haber comparado la investigación de la UCB con los juicios por brujería de Salem, en los que cualquier acusación era sinónimo de culpabilidad, ya que las pruebas estaban sometidas a unas reglas que impedían demostrar la propia inocencia. Las Buenas Feministas recusan semejante comparación. Creen que las estaba comparando con los cazadores de brujas de Salem y llamándolas «niñas histéricas». No obstante, a lo que yo me refería es a la estructura que regía los juicios en sí.

Lo de la retórica de las brujas puede referirse a tres cosas:

(1) a los insultos consistentes en llamar a alguien «bruja», como hicieron muchos con Hillary Clinton durante las recientes elecciones; (2) a las «cazas de brujas», dando a entender que alguien está buscando algo que no existe; (3) a la estructura de los juicios por brujería de Salem, en los que toda acusación implicaba culpabilidad. Yo me refería a este tercer uso.

Esta estructura —la que equipara acusación con culpa— se ha aplicado en muchos episodios de la historia de la humanidad, no sólo en Salem. Tiende a activarse durante la fase de «terror y virtud» de las revoluciones: algo ha salido mal y hay que hacer una purga, como ocurrió en la Revolución francesa, en las purgas de Stalin durante la URSS, en el período de los Guardias Rojos en China, en la Junta Militar argentina o en los primeros días de la Revolución iraní. La lista es larga y afecta tanto a la izquierda como a la derecha. Para cuando termina la fase de «terror y virtud», muchos se han quedado por el camino. Nótese que no estoy diciendo que no pueda haber traidores o lo que sea dentro de un determinado grupo; lo único que digo es que, en momentos así, se obvian las garantías habituales de la justicia.

Esto se hace siempre en nombre de la creación de un mundo mejor. A veces, en efecto, es así, al menos durante un tiempo. Otras se utiliza como excusa para introducir nuevas formas de opresión. En cuanto a las justicias paralelas —que permiten condenar a la gente sin necesidad de juicio—, nacen como respuesta a la falta de justicia —ya sea porque el sistema es corrupto, como en la Francia prerrevolucionaria, o porque no hay sistema, como en el salvaje Oeste— y se basan en que la gente se tome la justicia por su mano. La justicia paralela puede ser comprensible durante un tiempo, pero corre el peligro de consolidar culturalmente el hábito del linchamiento, con lo que el sistema de justicia salta por los aires y las estructuras de poder extralegales se afianzan...

Si el sistema jurídico se obvia porque se considera ineficaz, ¿qué ocupará su lugar? ¿Quiénes serán los nuevos agentes del poder? Las Malas Feministas como yo, desde luego, no. No somos aceptables ni para la derecha ni para la izquierda. En épocas de extremos ganan los extremistas. Su ideología se convierte en religión y a quienes no se adhieren a sus puntos de vista se los tilda de «apóstatas», «herejes» o «traidores»; a los moderados que ocupan posiciones intermedias se los aniquila. Los escritores de ficción resultan especialmente sospechosos porque escriben sobre seres humanos, y las personas son ambiguas en lo moral. El objetivo de la ideología es eliminar la ambigüedad."

martes, 2 de junio de 2026

"Escribe, siente y fracasa mejor". Un Poeta, de Simón Mesa Soto

Vi Un Poeta, de Simón Mesa Soto. En general, me mantuvo atento a la singularidad del protagonista y a la precariedad del entorno colombiano. Me conmovió en las escenas íntimas, muy avanzada la historia. Había, eso sí, algunas escenas hilarantes, seguidas de una alta carga de patetismo (de pathos) encarnada por el actor Ubeimar Ríos en el papel de Oscar Restrepo, un profesor y poeta fracasado que siempre vuelve a sus únicos dos libros premiados de juventud y ve en José Asunción Silva una especie de santo patrono que lo acompañará en sus momentos más solitarios.

Creíble y verosímil la actuación del poeta vulnerable, demasiado ingenuo en su ensoñación e incapaz de tomar las riendas de su vida. Eso lo lleva a proyectar sus ilusiones frustradas en una estudiante con talento para escribir poemas. En la relación entre el poeta y esa estudiante se desarrolla el punto más fuerte de la trama. Y, de paso, la crítica a los talleres y festivales de poesía no se hace esperar, y se expone continuamente su hipocresía, aunque con algo de caricatura, a ratos. De todas maneras, el drama de lo que allí ocurre queda luego sublimado con un golpe de realidad (como debía ser), porque el poeta está continuamente dándose de bruces con ella, hasta el punto de perder el control y verse sobrepasado.

Desde otro ángulo, ¿quién no ha sentido alguna vez que su sensibilidad es directamente proporcional a su torpeza para la vida cotidiana, con toda su crudeza prosaica? Y, sin embargo, no basta esa intuición para escribir poemas, ni para conjurar la poesía allí donde sobra la pasión, pero falta mucho oficio, todavía. Si usted se dice poeta, o lector de poetas, y se siente identificado/a, tiene que ver esta comedia drama, o drama poético, o como le parezca que sea denominada esta joyita cinematográfica.

Una crítica mala leche a la película citó un extracto de un poema del poeta Helí Ramírez, fragmento que me parece que rima muy bien con el tono de la película y que suelta una buena metáfora sobre el tan afanado deseo de reconocimiento:

Cuando siento como poeta

me pellizca un sentimiento

y el alma no me arde.

Los poetas

qué piñata

ombligos se creen del mundo

con gorrito de vino trasnochado.

En este país de brazos enardecidos y alma encabritada

son «héroes» de una angustia de hostería

y el de la chaqueta se considera la estrella

y el de corbata el número uno

Ignorando que cada poeta si lo es

solo aporta un pedazo de su alma al gran

poema de la humanidad.

Los poetas

qué piñata

como un electrodoméstico mendigan una vitrina.

Los poetas

qué piñata

estatuas de sal que a nadie paralizan

Ahora mismo, mientras releo este poema, investigué sobre el gran poeta nadaísta colombiano, Gonzalo Arango, y se me ocurrió citar unos versos que resonaron y que, creo, capturan poderosamente el sentir del malogrado poeta Restrepo en la ficción:

“Todo aquello que amé y viví hasta el delirio me ocultaba en su esplendor mi verdadera vocación: ésta de no poder vivir sino forjando mis sueños en el yunque de la soledad”.

El proyecto Panamá de Anthropic invirtió una suma millonaria de dinero para adquirir libros físicos usados que luego digitalizó y destruyó con el fin de alimentar a la IA. Se habló de "escanear destructivamente todos los libros del mundo", en una suerte de Fahrenheit bradburiano pero en clave cibernético. Estos sistemas, después de haber absorbido suficiente datos en la red, fagocitan lo analógico, se alimentan de las páginas de libros que han sido desechados y permanecido demasiado tiempo a la sombra. Cuando se habla de "devorar libros", literalmente este modelo de IA lo está haciendo para asegurar su supervivencia. Hay mucho de pantagruélico en su perverso crecimiento a costa del esfuerzo humano y de la tinta viva. Me imagino que, de seguir así, ese será el futuro de mucha de la literatura que circula por pequeñas y grandes editoriales, ya no el basurero, ya no el vacío, ya no el olvido. Algo peor: ser parte de un ente parasitario.

lunes, 1 de junio de 2026

El amigo de la Media con el que fuimos a Slayer hace veinte años, me comentó por interno sobre un video de más de una hora que se viralizó por todo internet a propósito de la reunión del grupo. Se trata de una grabación de la banda que data del año 86, en la que aparecen ensayando en una especie de garage desordenado en California, para luego dirigirse a un cementerio llamado Calvary Cemetery, lugar donde fueron entrevistados durante 45 minutos. Al amigo le dio risa el video porque los chicos de Slayer aparecían jóvenes "en una casa qla", y parecía que era "la casa de los Araya en Viña, casa con palos qlos y un auto tapado en el patio al igual que una casa en Chile, típico de un patio donde acumulan weas". Sin duda, para el compadre, y esto es algo que reafirmo: los wnes eran como unos wnes cualquiera. Yo le agregué que, por eso mismo, tenían "toda la esencia under". Y el video viralizado se muestra como una evidencia de eso.

Otra cosa que le dio risa al amigo es que, según él, si uno se detuviera en el año 2005 y viera ese video antiguo se nota que es ochentero, pero si en vez de un video de esa época, uno viera ahora mismo un video del 2005, notaría que esa diferencia de dos décadas ya no se percibe tan distante en el tiempo. Este es un fenómeno más común de lo que se cree, e incluso ha sido estudiado desde la neurociencia y la psicología. Existe una amplia percepción colectiva de que el paso del tiempo, desde los años dos mil en adelante, se ha ido acelerando de manera progresiva. Unos lo asocian a la llamada teoría proporcional; otros, a la sobreestimulación digital y a la consecuente aceleración del ritmo de la vida de la mano de un mundo cada vez más hiperconectado y vertiginoso en su sobrecarga. La cuestión es que la intuición del amigo ya ha sido estudiada ampliamente, y confirma algo que yo también comparto, por eso mismo le comenté que de los noventa para abajo, la cosa era así, el tiempo, o su percepción, parecía tener otra sustancia, digamos, más orgánica, relacionada además con la familiaridad de un mundo y una vida más analógica. "Pareciera que fuera ayer cuando estábamos todavía en el colegio y nos pasábamos los cds pirateados en mp3", le dije al amigo, sumándole nostalgia al asunto. "Sí, cuando empezaron los dos mil como que quedó todo estancado, ya no se distingue cómo pasa el tiempo", agregó el compa, con un dejo reflexivo.

Vuelvo sobre el video de ensayo de Slayer como quien vuelve a sus años más inexpertos, aunque más expectantes y entusiastas. En dicho video, ninguno en la banda sabía lo que estarían a punto de lograr con su "Reino de Sangre". Y nosotros mismos, cuando fuimos a verlos en aquel concierto legendario hace veinte años, no teníamos ni idea que estaríamos ahora, más viejos y distantes, hablando sobre aquel registro inédito ni cuestionándonos el tiempo mismo al ritmo del thrash metal. A todo esto, el amigo dijo que se restaría del próximo concierto de diciembre, porque su estilo de vida como padre de familia hogareño ya era incompatible con esas lides. A él, la nostalgia le pegó de otra forma. Aun así, seguimos rumiando ciertas glorias del pasado, cual retrómanos, y persistimos en rebobinar el tiempo para volver a escuchar aquella adolescencia análoga, como si se tratara de un cassette regrabado encima en algún programa de radio, pero allí ya no hay equipo de música stereo con sistema de grabación, solo una aplicación aséptica e invisible susurrándonos una próxima recomendación algorítmica.

domingo, 31 de mayo de 2026

Dice mi madre que una profesora viajó a Dinamarca y se extrañó cuando vio a unos maestros de la construcción armar la base de un edificio solo con hormigón y otros materiales similares. Ninguna varilla como la de las estructuras de por acá. El maestro le preguntó a la profesora de dónde venía. Dijo que de Chile. "Eso lo explica todo", había respondido el maestro, con toda seguridad, "acá en este país no hace falta". El uso de la varilla de acero corrugado se ha vuelto una normativa técnica obligatoria. Casi toda nuestra ordenanza de urbanismo y construcciones está pensada bajo una norma sísmica. A mayor movimiento, dicen, un edificio puede absorber mejor la energía y evitar derrumbarse completamente, como si se tratase de un junco. Hay una filosofía en todo esto que el chileno ha internalizado quizá de manera inconciente y solo se manifiesta cuando ocurre lo imprevisto.
El temblor me pilló en la pieza. Todo se movía. Su azote brusco te obliga a salir de tu zona segura. Abrí la puerta y me alejé de la ventana. Luego, vino una segunda y una tercera réplica. Lo único que se cayó fue la tapa de un cassette antiguo. Los libros en el librero permanecieron en su sitio, inamovibles, apenas sacudieron un poco el polvo entre sus páginas. Afuera, algunos vecinos salieron al patio del condominio. Ladridos de perros a lo lejos y una bandada de gaviotas en el cielo. Los temblores en Chile se han vuelto prácticamente un patrimonio inmaterial, la fuerza de un dios telúrico que nos recuerda, de vez en cuando, a sacudidas, su presencia ineludible. Son parte de nuestro imaginario, tanto así que algunos hasta los extrañan, y hasta desean que haya uno fuerte para revolver un poco las cosas, a ver si en ese revolver despabilamos y reencontramos lo que creíamos perdido.

Máscara Pub

Veinticuatro años de la disco porteña Máscara

Ayer en el Máscara, sentí realmente una conexión subyacente distinta a las miradas volátiles. En la pista de baile, apliqué la táctica del sátiro y la dosis de bestia, con la batería suficiente de tres piscolas, bajo la noche espléndida de Valparaíso que recreaba una nostalgia efímera. Más que ochentera, la onda tenía el relieve "adrenalínico" de los noventas. Sonaba "Connected" de Stereo MCS. Yo, mientras tanto, poseído por el trago, hice mía la máxima nietzscheana de las máscaras que quedan inscritas en los corazones de la disco, ¿de qué otra forma asimilarla, sino a través del buceo en esa marejada de alientos, miradas y contorsiones? y así fue cómo me lancé al agua, en la clásica pista del fondo, sacando a bailar chicas, naufragando en esa simpática dimensión, conectado con dicha efervescencia.

Todo era la alegría del contacto eléctrico, pero, después de ciertos balbuceos ahogados por la saturación de los decibeles, las tres piscolas, un par de abrazos y otro par de besos, acabé en el centro de la vorágine y no quedó otra que observar el espectáculo desde lejos, nuevamente, como en una primavera infernal. Aquella chica simpática se perdió, el ritmo se hizo arbitrario, la parafernalia social salió a flote y reveló a otros como yo en la frontera. Las chicas fueron rescatadas por otro grupo de amigas y se marcharon al baño. Una de ellas asestó una mirada como anzuelo, arrojada al pozo seco de lo que ya fue, y esa acabó siendo la tónica de la noche, y lo que pudo salir oxigenado de semejante carrete.

Finalmente, salí de aquel laberinto colorido y vacilante, solitario, como ya se había vuelto habitual en mis salidas, como el Asterión de Borges, guardián silencioso, aristócrata venido a menos, contemplador estoico del hilo pasional en que los héroes de la vida se enredan ingenuamente. Nunca volveré a ver a esa chica del baile y esa es precisamente la gracia: redimir el pasado, ahogarlo con la caña, el recuerdo al día siguiente y pensar en la próxima noche y en el próximo baile que vendrá.

...

Una vez que se fueron, América estaba ya demasiado ebria. Recuerdo que salimos del Ele bar, borrachos hasta decir basta, con una botella de Corona en la mano, a medio beber. Fuimos caminando por Pedro Montt a medida que tomábamos el resto de chela que nos quedaba. Nos dirigíamos rumbo al Máscara, el lugar de encuentro de todos los fines de semana. Ya era tarde. Dos de la madrugada, aproximadamente. Pero esa hora en el Máscara era la hora idónea para continuar el vacile. Entramos, y pedimos un par de piscolas. Nos fuimos a sentar a unos puestos cercanos a la pista de baile. Alcanzamos a conversar un rato y de la nada nos acompañó un grupo de amigos de América. Se sentaron a nuestro lado. En medio de la confusión de la noche, América se arrimó a mi lado y junto a una amiga suya. No sé qué estaban conversando, pero todo era en tono jocoso y desenfadado. Un par de amigos de América hacían lo suyo a otro costado del puesto. De repente, la amiga de América la desafío a que nos diésemos un beso. Producto del hueveo y del alcohol en la sangre, alcanzamos a darnos un piquito y América comenzó a reír desaforadamente, junto con la amiga. Yo no entendía nada, hasta que el grupo de amigos del puesto se levantó para ir hacia la pista de baile de al fondo. América seguía al lado de su amiga. Fuimos rumbo hacia la pista de baile, pero ellas tomaron otro camino, al parecer directo al baño. Lo último que alcanzó a decirme América, fue: “ya volvemos”. Desde ese momento, no la vi más. La busqué pero literalmente había desaparecido, o quizá, sencillamente, como suele pasar en esos contextos, el carrete había tomado otras derivas, y había querido que cada uno vacilara lo suyo, sin reclamos.

Me colé entre medio de la pista de baile, totalmente ebrio, y al son de la música ochentera visualizada en la pantalla gigante y los efectos de luces en la oscuridad, alcancé a divisar a un costado de la pista a una extraña y misteriosa mujer. Me vi irresistiblemente atraído.

La oscuridad era una bromista negra.


Nos habíamos perdido en el Máscara con un amigo. Fue cuando vi a una chica al fondo de la pista, con la cual intercambiamos un par de palabras y bailamos un par de temas, para luego ir a beber algo. La chica decía ser abogada. Seguimos conversando durante el especial de Morrisey. Al rato, sin embargo, la perdí de vista, entre la masa de gente. Le había alcanzado a pagar su parte de la cerveza. De repente, llamada perdida del amigo. Ya iba de regreso a casa. Así que salí del local, caminé aún con la euforia de la noche y la pista sonando en un loop eterno. En eso, recordé algo relativo a un robo en un establecimiento. El robo se le adjudicaba a alguien, pero, azarosamente, la culpa psicológica recaía sobre mí. Al caminar, avisé una latente persecución. Nadie me perseguía, pero corría solo. Lo que me perseguía, en verdad, era una sombra, o tal vez, la tiniebla de una conciencia culposa.

A medida que andaba, el camino iba tomando la forma de un callejón escasamente pavimentado, casi de arena, como el de ciertos cerros de Valparaíso. En particular, tenía la forma de una explanada de Playa Ancha. Mientras avanzaba, el aire se iba haciendo más asfixiante y el ambiente se iba tornando más denso, adquiriendo el cielo un tono rojo. La sensación en la trayectoria era la de estar cruzando túneles de tiempo. Un pasaje tomaba la forma de una bajada de la infancia, entre Francia cerca del Trafón, y la salida de ese mismo callejón adquiría, en cambio, la forma de la subida Carampangue.

Avanzando un poco más hacia el mar, inconscientemente, aún sin tener la noción de la costa, el terreno colindante fue tomando luego el relieve del Batán, aquel pasaje eriazo del barrio de mis abuelos, hoy por hoy, vuelto uno de los tantos antros improvisados a merced del espíritu de la calle. No iba hacia ningún lado en particular, pero solo precisaba correr, arrancar. La geografía de los espacios que se iban abriendo no guardaba ninguna relación con sus dimensiones reales, pero tenían, para efectos del viaje, un sentido subjetivo, uno del todo emocional, al punto que la culpa por aquel robo ficticio iba distorsionando todo a su paso, cada vereda, cada esquina, cada recuerdo de cada esquina transitada.

Solo una vez que volví hacia lo que parecía una pequeña plazoleta perdida en una calle central, totalmente deshabitada, el espacio dejaba de adquirir esa mutación amenazante. Era algo parecido a Aníbal pinto, pero solo con unos cuantos sujetos anónimos pululando alrededor de una niebla espesa. El local en donde debía estar el Máscara permanecía cerrado. Tenía la forma de una antigua botica. Solo alcanzaba a salir por ahí una anciana con un bolso. Algo me llamó a acercarme a ella. Entonces, la detuve, sin más. Al voltear el rostro, la anciana me miró fijamente, al punto que me vi inmerso en aquella mirada surcando una profundidad de dimensiones cósmicas. Tanto me hundí en ella que volvía a mi memoria, y abrí una billetera roída guardada en el bolsillo del pantalón, con la cual le pagué a la anciana, por fin, la parte de aquella cerveza legendaria que le debía, luego de haber salido de aquella pista de baile todavía sonando en un loop infinito sin espacio ni tiempo.

Mientas volvía sobre mi soledad los fines de semana, incursioné nuevamente en la dinámica de salir a carretear como antes. La última racha había sido demasiado tóxica, y era preciso mantenerse alejado de su radiación. Entonces me decidí a ir al Máscara. Llamé al siempre fiel piloto H, para ir a vacilar con él a la disco. Entramos temprano para abrir el boliche. Ya se había hecho costumbre frecuentar el Máscara los días viernes para desquitarse del agobio laboral y botar los problemas personales a punta de copete y música retro. Se nos pasó la hora bebiendo y conversando en la zona de entrada. A medida que atardecía, entraba más y más gente. Así llegó la medianoche, y los locatarios abrieron la pista de baile de al fondo. 

Al rato, se fue llenando de manera inusitada. El especial de esa noche era de Depeche Mode. Pero sabíamos que los especiales del Máscara comenzaban alrededor de las tres de la mañana, de modo que nos quedamos con H un rato en un costado de la pista para captar la onda del ambiente. Bailamos con H buscando conectar, pero se hacía cada vez más difícil ya que el lugar no daba abasto. Todos nuestros movimientos tropezaban con los de los demás. De todos modos, era divertido verse envuelto en semejante maraña de gente en la misma que nosotros, tratando de desconectarse de la realidad y vacilando una paralela dentro de la disco. Siempre había dicho que, por eso mismo, el Máscara tenía las características de San Junipero, aquel espacio virtual nostálgico en el episodio homónimo de la serie Black Mirror. El Máscara sería, de esta forma, el San Junipero de Valparaíso.

La noche se hacía más negra, la música pegaba aún más, y las luces se hacían más intermitentes. El ambiente definitivamente estaba encendido. En una de esas, le dije al piloto que iba a buscar más chelas, con la voz en alto, a causa del ruido.

-Oye, H, sabí que está super llena esta huevada, loco. Voy a buscar una chela más por acá cerca.

-Ya, dale, anda, yo te espero por acá, pa no perdernos.

-Sí, la cagó. Lleno como nunca.

-¿Como nunca? Loco, el Máscara siempre se llena. La lleva esta huevada, la lleva.

-¡Sí!

Me apronté a la barra a un costado de la pantalla gigante. Pedí dos cristales más para vacilar la onda en la pista de baile. Pero cuando intenté adentrarme a través del mar de gente, comenzó a darme una jaqueca terrible, de esas que solían darme de repente, por una sobredosis de efusividad. Al llegar con H, le entregué las chelas. No aguantaba más el dolor en la cabeza, a tal punto que cada bajo del parlante al son de la música parecía machacarme las sienes. Le dije entonces a H:

-Loco, voy a tener que virar, me dio dolor de cabeza. No aguanto esta mierda.

-¿Cómo te vas a ir ahora? Van a ser las tres ya, y va a empezar el especial de Depeche. Están llegando caleta de minas. No podí flaquear ahora-.

-Pucha, sí sé, pero así no se puede carretear pos. No pasa nada-.

-Bueno, que quieres que te diga, hermano. Justo ahora. Mala cuea, será no más-.

-Sorry igual, vacila por mí lo que queda de noche-.

Salí del Máscara, aturdido.

...

Quedamos solo Judith y yo. Por un instante, un silencio incómodo. Ella estaba a punto de acabar su cigarrillo. Entonces pensé en seguir vacilando. Era la oportunidad para coronar. A ese punto, ya no sabía qué esperar de ella, luego de su actitud fantasmal en la tocata, pero, de todos modos, estaba tan ebrio y ella se motivó tanto de un momento a otro que solo tocó seguir el hueveo, que era lo único que nos deparaba la jornada.

-¿Te tinca ir al Máscara?- le pregunté -aún no son las tres.

Se quedó muda por un momento. Miró hacia la calle y luego dio vuelta el rostro tranquilamente.

-Sabes que me leíste la mente. Vamos al Máscara. Bajemos.

El lugar estaba repleto. Fuimos a la barra. Pedimos dos Heineken. Nos sentamos en una mesa muy cerca de la ventana. Ahí brindamos, ya no sabíamos por qué.

Tan pronto se relajó y se puso cómoda, sacó de su bolso un pequeño paquete en el cual envolvía unas hojas.

-Mira, Salvador, es la maqueta de mi primer libro. Échale un vistazo.

Judith me mostró su maqueta. Por su reacción y la expresión en su rostro, se veía bastante ilusionada.

Leí algo de su maqueta, a medida que bajaba a tientas la Heineken:

-Oye ¿y realmente sientes que nadie encuentra su puerto? -le pregunté, tratando de entender los versos suyos que me quedaron dando vuelta entre tanto lugar común.

-Nadie, nadie encuentra su puerto. Cuando crees estar en un sitio, en un instante, estás en otro.

-Pero yo lo único que sé ahora… es que nuestro sitio es aquí, los dos juntos.

Al decir estas palabras, le acaricié la mejilla suavemente. Sonreí. Ella también. Nos volvimos a mirar fijo, prologando nuevamente nuestro silencio, en la bulla del local.

-Ya oh, vamos a bailar será mejor-dijo Judith, levantándose decidida.

Me tomó la mano y fuimos directo a la pista de baile del fondo.

-Hace rato que quería venir a bailar ¿sabí? -comentó Judith en el camino. -He tenido una semana de miedo, que ni te cuento. Además, está sonando el especial de Depeche.

-¿La dura? Pulento. Me encanta Depeche.

-Yo soy fanática ¡desde los 15!

-Hace caleta.

-¡Pesado!

Llegamos a la pista del fondo. Colocamos las chelas a un costado para poder vacilar tranquilos.

-Ay ¡Me muero! -exclamó Judith, al escuchar el tema que el dj había colocado.

Judith, ebria, alegre, conectada simbióticamente con la música, alzó su vaso de cerveza y tarareó “Enjoy the silence”.

All i wanted, all i needed, is here in my arms

Words are very unnecessary, they can only do harm.

Tarareamos casi al mismo tiempo con Judith esos dos versos del estribillo del clásico “Enjoy the silence”. Con ese canto ebrio y esas contorsiones, me fui acercando lentamente hacia ella, moviéndome al son de sus vaivenes, tratando de no desentonar y mantener el ritmo. De pronto, Judith me rodeó con sus brazos, tanteando el ritmo del siguiente tema, procurando no perderla de vista. Se aproximó, atrapándome con esos ojos grandes y penetrantes. Cuando estaba dispuesta, le agarré la cara y le di un beso, un beso largo que ella resolvióal son del sonido electrónico. Luego, me apartó con las manos, sonrió yseguimos bailando pegados, bajando lo poco de chela que quedaba, para acabarel especial de la noche. Nos quedamos allí hasta que la música terminó.

En un momento, Judith fue al baño. Estaba realmente lleno. La acompañé para no perderla de vista. La esperé por largos minutos. Sin embargo, no la vi más. Puede ser porque estaba desorientado. Pero no. Comenzó a dolerme la cabeza. Busqué a Judith por todo el local, mientras comenzaba a vaciarse. Ningún rastro. Había desaparecido. La llamé varias veces. Buzón de voz. Luego un audio de whatsapp. Era inútil. No contestaba.

Caminé tambaleante al baño. A medida que me abría paso entre el mar de gente, sonaba de fondo el tema Trash de Suede. Britpop. Generación X. Al llegar al baño, fui a mear. Me lavé las manos y el rostro. Ya no daba más.

Salí del Máscara, cansado. Di otra vuelta por la Plazuela. Nada. Ningún rastro de ella. No quise pensar lo peor, así que me detuve un rato en una esquina. Luego, fui a comprar un bajón donde el compañero Yuri. Un italiano. Lo devoré, aunque, en un lapso de segundo, cayó al suelo un trozo de vienesa. Un perro negro se acercó rápidamente para comérselo. Me quedó mirando unos segundos, cual guardián de la noche, y siguió su camino.