domingo, 6 de septiembre de 2026

El diplomático lemuriano

El martes pasado, un hombre llamado Martín Carlos Adrián Lemurión se hizo conocido por presentarse como “ciudadano de la República de Lemuria”, tras ser detenido por circular en vehículo con patentes “falsas”. Ante la presencia de carabineros, el hombre explicó que era un diplomático lemuriano y que estaba ejerciendo su derecho soberano a la autodeterminación. Por supuesto, los carabineros hicieron caso omiso de sus declaraciones y lo detuvieron igual, siendo liberado después con motivo de la investigación en su contra. Los medios lo ridiculizaron al instante, por la extravagancia de sus dichos, asumiendo que no podía declarar su soberanía independiente, por el solo hecho de moverse dentro de la jurisdicción chilena. Otros tantos, en redes alternativas, apoyaron el fundamento del diplomático, el cual abogaba por el derecho consagrado en el artículo 5, apartado 2 de la Constitución. “El Estado debe respetar los derechos naturales de las personas y los tratados internacionales ratificados por Chile. (…) el artículo número 1 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Nueva York dice que el Estado debe respetar la autodeterminación de las personas”, agregó el lemuriano, al ser consultado por sus argumentos. Siguiendo ese mismo razonamiento, Lemurión sostuvo que él puede declararse independiente, por lo que todos sus documentos no son falsos, solo pertenecen a esa otra nacionalidad, aquella en la que se declara soberano y oriundo de Lemuria.

Conviene señalar que Lemuria sería un continente perdido ubicado en el Océano Índico. Sus habitantes eran miembros de una civilización sumamente avanzada y, de acuerdo al mito, vivían en armonía con la naturaleza, siguiendo un orden espiritual. Se dice que, después de la caída de Lemuria, muchos de sus sobrevivientes se asentaron en diversos lugares de Asia, África y América, lo que explicaría por qué este hombre se reclama heredero natural de aquella civilización, en pleno suelo chileno. “El derecho a la autodeterminación implica que tú puedes declarar tu propio país, hacer tus reglas. Y entenderte con tratados internacionales y diplomáticos con los otros países. Es lo que yo estaba haciendo”, volvía a afirmar Lemurión, muy seguro de sí mismo. Ninguno de los medios oficiales lo tomó en serio.

En la patente y en el documento de Lemurión figuraba, además, la “República Errante de Menda Lerenda”. Según consta, en la propia página web, “es una micronación proclamada oficialmente en 1999 que define al individuo como una República independiente en sí mismo. Acoge como territorio nacional la superficie que ocupa su soberano en cada momento, sin transgredir otro espacio o territorio. La documentación legitimada por Estado miembro de la Comunidad Europea acredita que toda persona pueda ser soberano de su propia República Independiente”. La proclamación sostenida en la página me remite, de inmediato, al pensamiento de autores como Antonio Escohotado, quien, de hecho, es citado junto a una frase de un tal Moisés Naím. “De la piel para adentro, mando yo. Ahí empieza mi exclusiva jurisdicción, y elijo si debo o no cruzar esa frontera.
Soy un estado soberano”, reza la frase de Escohotado, en consonancia con los fundamentos mendalerendianos. También recordé el pensamiento filosófico y político de Max Stirner. Su defensa radical del individuo autónomo, frente a las abstracciones que lo limitan, sintoniza perfectamente con la idea de la República Errante. "Lo único sagrado en el mundo es el yo en su singularidad", afirmaba Stirner, en un abierto rechazo a las ideas de Estado, de nación e incluso de sociedad en cuanto colectivo. Visto de esta manera, tanto Escohotado como Stirner podrían ser perfectamente padres espirituales de Menda Lerenda, algo así como “padres de la patria”, pero de esa patria en la que cada uno, como individuo soberano, puede declarar su propia independencia, su propio camino y su propio destino.

Ahora bien, ¿qué relación podría tener Lemuria con la República de Menda Lerenda? No es tanto su vinculación genuina como su trasfondo para explicar algo mucho más simple: el derecho natural. Como se sabe, este derecho se opone al derecho positivo, al plantearse como algo anterior al Estado mismo y consustancial a todos los seres humanos por el solo hecho de haber nacido como tales. De acuerdo a esto, Lemurión simplemente habría reclamado, con argumentos jurídicos y referencias extrañas, su derecho natural como ciudadano libre e independiente. No es tanto la forma, sino que el fondo. Quienes lo ridiculizaron, sin saberlo, atendieron su forma conspiranoica o delirante, sin preocuparse por la idea matriz, la idea de que somos, en estricto rigor, individuos soberanos, más allá de las convenciones reinantes. Puedes declararte como un perteneciente al reino o a la república que se te ocurra, aunque sea una perdida en el tiempo o fantasmática, sin que ello signifique perjuicio alguno sobre tu persona. El punto está en que, frente al aparato de los distintos Estados, las corporaciones, los grupos secretos y las transnacionales no podemos hacer nada más que declarar, de manera simbólica, nuestra autonomía, aun sabiendo que nos pueden pasar a llevar como quieren, siendo etiquetados bajo un rótulo numérico, un Rol Único Tributario o Nacional, que no dice nada sobre nosotros mismos (una pura máscara), circunscribiendo nuestra capacidad de acción a las normativas vigentes y reconocidas por el ordenamiento legal.

El ejercicio de Lemurión, por su perfil “fuera de la caja”, no tuvo otro efecto que una victoria moral o una acción artística, sumada a una agresiva viralización. Sin embargo, dejó volando una inquietud para debate: ¿qué tan libres y soberanos podemos ser, en un sistema que constantemente sabotea nuestros límites y usufructúa de nuestra energía? ¿Quién es el verdadero usurpador de identidad? ¿El ciudadano ficticio de una nación ficticia, o la propia farsa legal de un sistema corrupto y corruptor?

sábado, 5 de septiembre de 2026

“América es un pandemonio”. Un recorrido vital desde Jornadas de Palabra Abierta a Encuentros de la América Románica.

La primera vez que participé con una ponencia académica fue en el 2012, en el año final de mi carrera de pregrado, hace casi catorce años. La expuse en las Terceras Jornadas de Cultura y Literatura Latinoamericanas “Palabra abierta”, organizadas por el Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades en la Universidad de Chile. Se trataba de una versión reducida de mi tesis de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánica, titulada "América es un pandemonio: ruina de un mito y ocaso de un héroe en Los perros del paraíso de Abel Posse". Antes de mandarla a la convocatoria, tenía serias dudas sobre el eje temático. No sabía si mi trabajo podría enmarcarse en algunas de las líneas disponibles.

Quería participar en aquella instancia a como diera lugar, animado por una chica que, en ese entonces, estaba estudiando un Magister y se movía en este mundo del cual siempre me sentí ajeno. Así que le expliqué a la organización que mi ponencia trataría de una reflexión sobre “Latinoamérica”, específicamente, una visión crítica sobre la proyección histórica y ontológica de nuestro continente, a partir de la lectura de una obra enmarcada bajo la categoría de nueva novela histórica que permite problematizar el hecho histórico oficial del Descubrimiento de América, con el fin de repensar precisamente su situación y su "ser" actuales. Quería saber si ese tema propuesto era válido para poder postular a las Jornadas de Palabra Abierta de la Chile. Para mi sorpresa, la respuesta fue afirmativa. Dijeron que, aparentemente, mi trabajo entroncaba con más de un eje, al intersectar la Nueva Novela Histórica y el Pensamiento Latinoamericano. “No hay problema con eso. ¡Al contrario!”, señaló la cuenta de facebook asociada a la organización de las Jornadas. Fue así que debuté en ese estimulante campo de críticas, ensayos y proposiciones.

La idea del programa era debatir en torno a la literatura y el pensamiento crítico sobre y desde América Latina, buscando establecer un diálogo interdisciplinario capaz de abordar “las múltiples manifestaciones de la cultura latinoamericana”. Eso era, al menos, lo que la organización se proponía, de manera elegante, en su visión del evento. Tengo recuerdos vagos sobre la exposición de dicha ponencia con un límite de tiempo considerable. La emoción y el nerviosismo hicieron lo suyo, pero salí airoso. No hubo preguntas ni réplicas. Me sentía regocijado por haberme atrevido a sacar la voz allí donde el resto de ponentes solo buscaban hacer valer su propio discurso. Nada de malo en ello, aunque se extrañó, precisamente, una instancia de conversación orgánica, más allá de lo puramente formal y constreñido al protocolo.

Tiempo después, recibí un diploma de mi participación en las Jornadas de Palabra Abierta. Debía estar agradecido con el premio simbólico, porque la propia experiencia de haber estado en ese lugar de grandes deliberaciones tenía que tener, por sí mismo, un valor más allá de lo tangible. Como era de esperarse, logré licenciarme y cumplir mi etapa en la Universidad. Luego, la tesis sobre la América como un pandemonio volvió a su periodo de hibernación, acumulando residuo en los anaqueles del ILCL, sin otro valor concreto que su carácter de archivo en la biblioteca. Tuvieron que pasar muchos años de incertidumbre en lo vivencial, de desilusión en lo académico y en lo laboral, y de un soterrado proceso de maduración para volver a considerar mi participación en alguno que otro congreso o seminario. Aún no encontraba las ideas necesarias, aún no había forjado lo suficiente mi estilo en la escritura. Tenía que “foguearme” primero, antes de dar ese paso, nuevamente. Y ese aprendizaje lo logré con mi persistencia en la prosa y en la narrativa de crónicas.

Durante casi diez años, me volqué por completo a esta faceta que creía perdida entre exabruptos líricos, pensamientos extravagantes sin demasiado anclaje y procesos existenciales que aún estaba esperando superar, para tener algo realmente genuino que decir. Todo este arrojo, aunque engorroso y agridulce, me permitió afinar la pluma y probar el pulso en la palabra. De esa forma, conseguí escribir una enorme cantidad de textos: narraciones, especialmente crónicas, cuentos, relatos, anécdotas, reseñas, artículos, críticas, reflexiones ensayísticas, que suman, a la fecha, más de dos mil páginas y contando.

Al transitar de manera vertiginosa por esta vereda de la escritura narrativa, viví cuestiones que creía imposibles, hasta antes de mi iniciación en la materia. Publicaciones de libros, lanzamientos, lecturas varias, carretes, jolgorio, amoríos, encuentros con gente afín, un auténtico éxtasis o, al menos, su sombra. También, acorde al espíritu trágico, viví muchísimos desencuentros personales, diferencias políticas, desilusiones amorosas, rencillas de gran calado psicológico que hasta el día de hoy me persiguen. Bailé a la orilla del risco, disfruté la vista, mientras el mundo cambiaba, de manera drástica, a mi alrededor, y la poderosa realidad obligaba a tomar acción o perderse en la marea de los acontecimientos. Fueron estas cosas las que me dieron el motivo necesario, la materia prima, el “nigredo” alquímico para llevar la escritura a un siguiente nivel.

Algo debía romperse dentro de uno para calibrar estas intuiciones. Algo debía ser lo suficientemente espeso como para adquirir una riqueza imprevista. Entonces me apronté a estudiar un Magister en Escritura Narrativa de No ficción. El ejercicio de las crónicas tenía el potencial para capturar el tiempo posible y llevarlo a otro plano, todavía más ambicioso. Además, volví sobre mi antigua tesis de licenciatura, aquella que permanecía en los anaqueles del antiguo ILCL. Como si fuera un grimorio, traté de desentrañar la metáfora profunda del pandemonio en relación con la realidad americana, y volví sobre el mito, su potencial literario, en un afán de reivindicación. Al fin reencontré una tesis que, sin saberlo, contenía muchas resonancias en el presente histórico y en el estado de cosas actual.

De partida, se hacía necesario regresar al mito enarbolado en la novela de Posse, aunque fuera bajo el dispositivo de la desacralización. En un contexto mundial en el que las potencias extranjeras amenazan, cada vez más, las soberanías de nuestras humildes repúblicas, la tesis sobre el pandemonio americano podría adquirir una fuerza mayor, al afirmar la integración de “lo caótico” y de “lo abierto” como partes constitutivas de su ser y de su destino. Es en esta compleja coyuntura que supe sobre una convocatoria al XII Encuentro de la América Románica de la Comunidad Ciudad de los Césares. La organización apuntaba a celebrar treinta años de un “Convivium americano” (1996-2026). Según ellos, estos Encuentros constituían jornadas de estudio y de camaradería que han congregado a hombres y mujeres de la Patria Americana y “a todos los que se sienten animados por visiones superiores de vida, de cultura y de comunidad”. El propio nombre de la Ciudad de los Césares construye “un mito y un símbolo que une a las patrias del Cono Sur americano con la Tradición Universal”. Sin duda, un comienzo muy vivificante.

Tras mi propia noche oscura del alma, tenía que haber, al menos, un viso de claridad, o de aspiración trascendente. De lo contrario, volvería a aquel abismo interior del que estuve a punto de no salir jamás. Esta convocatoria a los Encuentros organizados por Ciudad de los Césares se me presentaba como la oportunidad de volver al ruedo, para probarme a mí mismo que sí se puede, que la escritura tenía que tener su teoría de la oscuridad, pero era la oscuridad necesaria para entrenar una mirada más nítida. Les mandé la misma ponencia de mis años de pregrado, la de “América es un pandemonio”, solo que sustituyendo “Latinoamérica” por “Hispanoamérica”. Sabía que ese cambio sería el adecuado para alinearse con la visión de los señores de la Ciudad de los Césares. Lo hice, como siempre, sin mayores expectativas, acostumbrado, de un tiempo a esta parte, a los rechazos y a las ausencias. Hasta que, finalmente, me envían un correo con la aceptación de mi ponencia en los Encuentros. Estos se realizarían en el Senado de la República de Chile. En ese instante, había logrado que una misma tesis, la del pandemonio americano, fuera aceptada en dos contextos completamente diferentes, y en etapas de mi vida del todo distintas.

El propio mito como generador de historia se había encarnado en mis proyectos. Lo pandemónico, en cuanto integración de lo abierto y de lo caótico, se plasmó más allá de su calidad hipotética: adquirió un relieve vital. El propio Erwin Robertson, director de Ciudad de los Césares, recuerdo que remarcó lo del “pandemónium”, dando a entender que era una idea poderosa y vibrante. Dijo además que el caos primordial era el que permitía el advenimiento de los dioses y de los hombres. El caos primigenio, según la Teogonía de Hesíodo, era la entidad primera que posibilitó la existencia de los dioses, todos surgidos del mismo abismo. Tenía todo el sentido del mundo con respecto a lo caótico. “Así es, y pensé que ya lo sabía”, señaló, luego de la ponencia, a la salida del hemiciclo del Senado. La América chilena nos esperaba fuera, terminada la jornada, y el caos seguiría vigilante, pletórico, en los rincones barrocos y durante la serenidad del día.
El primer documento oficial de Valparaíso, el auto de posesión que tomó Pedro de Valdivia, comienza así:
"En el puerto de Valparayso, que es en este valle de Quintil, término y jurisdicción de la ciudad de Santiago del Nuevo Estremo, a tres días del mes de setiembre de 1544 años, el muy magnifico señor Pedro de Valdivia, electo gobernador y capitán general, en nombre de S.M., dió poder ante Antonio de Valderama, escribano de S.M., a Juan Bautista de Pastene, su teniente capitán general en la mar y piloto de su navío llamado San Pedro, y a Geronimo de Alderete, tesorero de S.M., e a rodrigo de Quiroga, e a mi Juan de Cárdenas, escribano mayor del juzgado en estos reinos de la Nueva Estremadura, para efectuar lo que en el se contiene, el tenor del cual es este que se sigue: (...)".

viernes, 4 de septiembre de 2026

Ponencia "América es un pandemonio" en XII Encuentro de la América Románica.

Ponencia "América es un pandemonio. Ruina de un mito y ocaso de un héroe en Los perros del paraíso de Abel Posse", expuesta en el contexto del XII Encuentro de la América Románica. Senado de la República de Chile.


"Creo que el mito es el gran motor, mito y motor tienen que cambiar una letra… Sin la creación de grandes utopías basadas en los mitos no se puede vivir. Desde la antigüedad el pensamiento occidental nos enseña eso… Todas las historias de las grandes religiones ordenadoras del mundo nos enseñan eso. Así que yo creo que en esta etapa de desmitificación, de chatura pragmatista, estamos viviendo la crisis filosófica y poética más grande que agrede a nuestro continente. Nos están robando la última riqueza que nos queda que es la de generar mitos, de creer en utopías y la de nacer y avanzar". (Posse en Rita Corticelli, «Entrevista a Abel Posse. Revitalizador de mitos»).

El mito como última verdad de la historia, rezaba Borges. La concepción del mito en la obra de Posse implica su proyección sobre el ser y la historia de América. Posse apuesta decisivamente por una revitalización del mito para repensar la historia hispanoamericana. En este sentido, el mito se entiende desde su carácter primigenio. Así es posible apreciarlo en su novela Los perros del paraíso de 1983. En dicha novela desentraña la problemática respecto a la historia de Hispanoamérica, a partir de la elaboración de otra mirada al hecho histórico del Descubrimiento presidido por la España de los Reyes Católicos durante el siglo XVI. Todorov enfatiza el carácter paradigmático de este hecho: “Cierto es que la historia del globo está hecha de conquistas y de derrotas, de colonizaciones y de descubrimientos de los otros; pero, como trataré de mostrarlo, el descubrimiento de América es lo que anuncia y funda nuestra identidad presente”. (Todorov, 14).

Cabe plantear que la narrativa de Posse se construye a partir de un cuestionamiento que implica debatir el origen y el ser americano, principalmente a través del factor histórico. De acuerdo a Jorge Osorio Vargas (2011): “esta reescritura incorpora una explícita desconfianza hacia el discurso historiográfico en sus versiones oficiales, permitiéndose reflexionar la posibilidad de conocer y reconstruir el pasado histórico oficialmente documentado y conocido desde una perspectiva diferente”. (Osorio Vargas, 2011: 2).

En Los perros del paraíso, dada su condición particular de “nueva novela histórica”, se desarrolla de manera decisiva una apropiación y manipulación del gran relato del Descubrimiento de América a través de recursos narrativos que, por su carácter transgresor, tensionan los límites entre la ficción y la verdad. De este modo, en la novela se construyen tres relatos desde la ficción: la vida de Colón y su búsqueda del Paraíso Terrenal; la consolidación de los Reyes Católicos y el Imperio de la Reina Isabel; y las reuniones entre incas y aztecas.

Ahora bien ¿Cuál de los relatos mencionados resulta ser más significativo y medular para la novela, en relación con sus características de “nueva novela histórica” que reescribe los relatos históricos oficiales para aportar otra perspectiva diferenciada? ¿Y qué implicancias tiene dicho relato para la conformación de una respuesta al cuestionamiento contemporáneo sobre la historia y el ser de Hispanoamérica?

En base a las preguntas formuladas, cabe desarrollar lo siguiente: en la novela Los perros del paraíso la búsqueda por el Paraíso Terrenal culmina con la llegada al continente, derivando en la ruina del mito y en el ocaso de la figura heroica de Colón, conceptos que permiten conformar un relato sobre América como un “pandemonio”, siendo ésta una metáfora sobre la historia y la identidad hispanoamericana para la posteridad.

Sobre el pandemonio: “el poeta londinense John Milton acuñó la palabra “pandemonium” en su poema épico “El paraíso perdido” (“Paradise Lost”) en 1667. Milton buscaba una palabra que representara un desorden tumultuoso”. (César Gotta, Alfredo E. Buzzi y María Victoria Suárez, 2008: 150). Un referente más actual se refiere al término como a todo: “(…) lo que la sociedad y la organización moderna pretenden ocultar: la lujuria, el dolor, la enfermedad, la muerte y el asco; es el mundo de las pasiones, de los excesos y de los dolores (…) Pandemonium es el reino de la dominación y del poder”. Friedmann, 2012.

De acuerdo a estos antecedentes, entonces este “pandemonio” aplicado al universo americano en la ficción será usado metafóricamente para aludir, en primera instancia, desde su etimología, al “espacio de todos los demonios”: universo que se gesta a raíz de todo aquello que implica sometimiento y degradación de los otros, el rostro abyecto de la otredad, y la expresión de la “maldad”; aquello que provoca y constituye alteración sobre otros; el caos que se manifiesta de forma particularizada mediante el dispositivo de la violencia. La violencia, en este sentido, es una de las manifestaciones articuladoras de este pandemonio como metáfora que se refiere a la realidad y entidad del universo americano.

En segunda instancia, se entenderá pandemonio no exclusivamente desde un sentido de la violencia y la alteración del otro, sino que, en relación con lo anterior, desde una concepción relacionada con la “vacilación” histórica de Hispanoamérica, su confusión respecto a su tiempo y espacio, y su indeterminación ontológica, el caos que ella misma ha engendrada en sí misma como un mundo huérfano de raigambres identitarias sólidas, sumiéndolo en una “puesta en abismo” de su existencia.

Al comienzo de la novela Los perros del paraíso se ilustra todo un panorama desalentador sobre el Occidente renacentista, operación que precisamente retrata su decadencia, que se manifiesta de manera particular en la España del siglo XV. Se justifica, por ende, la necesidad de un “cambio”, una renovación, un hombre y un mundo nuevos, los cuales solo son posibles de concebir y de realizar bajo una concepción mítica de la historia:

Occidente, jadeaba, ansiaba su sol muerto, su perdido nervio de vida, la fiesta soterrada. Tanteaba en la oscuridad del sótano conventual la estatua de la diosa griega (que en realidad alguien había arrojado al mar). Los hombres vacíos, casi sin sombra, buscaban su estatua.

Occidente, vieja Ave Fénix, juntaba leña de cinamomo para la hoguera de su último renacimiento.

Necesitaba ángeles y superhombres. Nacía, con fuerza irreparable, la secta de los buscadores del Paraíso. (Posse, 1983: 13)

Este es el espíritu de la época. Sin embargo, también es posible identificarlo con el espíritu de nuestra época contemporánea, desde nuestro ser y estar históricos como hispanoamericanos. Colón en la novela es entonces representado como el héroe que posibilitará el advenimiento de un Paraíso posible. Una especie de figura mesiánica que, sin embargo, se presenta más bien secular, aunque con caracteres de semidios y espíritu idealista, incluso quijotesco.

René Ceballos en Los perros del paraíso, la otra mirada al Descubrimiento, afirma: “Don Quijote, Colón y Nietzsche –al aparecer simultáneamente– no fungen como simple referencia literaria, histórica o filosófica, más bien estas figuras incorporan en sí mismas el cambio radical en el pensamiento (contemporáneo) y son formas metonímicas de insinuar el rompimiento de un tiempo y el paso hacia una nueva forma de concebir el mundo. (Ceballos, 2007: 103).

Concebir América como paraíso perdido implica pensar primeramente en aquellos españoles que experimentan y protagonizan dicha perdida. La búsqueda por reencontrar ese paraíso perdido, entonces, cobra diferentes intereses, desde Colón en su búsqueda mítica, y en los Reyes Católicos, quienes establecen un contrato económico con el almirante, determinando materialmente su misión.

De tal manera, América queda representada con toda propiedad como esa construcción imaginaria, ese crisol de deseos y anhelos provenientes desde otras latitudes. El crítico Arturo Andres Roig señala al respecto: “Y por lo mismo que el porvenir de América está dado en el futuro de Europa, es un “país de sueño”, pero no para los americanos que en su impotencia no se sueñan a si mismos, sino para todos aquellos que se sienten cansados de la vieja Europa convertida en un arsenal. Una pura futuridad, basada en una carencia de pasado histórico”. (Roig, 3). Al ser puro futuro, América queda representada como un universo históricamente indeterminado, tanto desde los propios hispanoamericanos (o sea, desde la búsqueda mítica de una “raíz” o de una “unidad” americana común) como desde los españoles.

Pensar la historia de América resulta, para el narrador posseano, una puesta en abismo. Pero entonces, si el hecho de hacer: “[…] una novela trashistórica, metahistórica -una metáfora- utilizando la historia como clave para interpretar el absurdo de nuestra América” (Posse en Pites, «Entrevista a Abel Posse», op. cit., p. 123) implica, de partida, la renuncia a buscar una América perdida que se apropia del dispositivo utópico usado por los españoles (y el propio Colón en Posse) para soñar sus propias historias o escapar de ellas, entonces se están asumiendo la historia de América y su supuesta identidad uniforme como “entelequias”, las cuales en la novela se traducen en la mitificación del Paraíso Terrenal, lo cual es posible extrapolar a la propia América en cuanto universo que en su diversidad está constantemente mitificando su historia: encarnando un eterno retorno de sí mismo, de sus propias (des)ilusiones.

Abel Posse, pese a la historia cíclica de sangre y derrotas, demuestra un optimismo respecto de nuestra América, en una revaloración de España como “padres”: “Creo haber respondido: sin España y sus errores y grandezas, América sería insignificante. Al vestirnos con el sayo de España y con su idioma, nos enriquecemos de una espiritualidad y una cultura superior. Esto se ve claro en los poetas, en Neruda o Vallejo” (Aracil Varón, 2005: 217). Posse ha hecho patente, de manera narrativa, el problema de la idealización de ambos mundos: el español y el hispanoamericano. Esto ha llevado a las tan conocidas y relamidas leyendas negra y rosa, y retrotrae precisamente, cara a cara, la puesta en abismo del ser y la historia de Hispanoamérica. La constante pulsión paradójica, discordante, de su vórtice existencial e histórico.

Posse afirma, desde luego, el “absurdo de nuestra América”. Cabe señalar que el absurdo debiese ser, en ese sentido, el punto de partida más que el punto de llegada de la historia hispanoamericana. Concebir la condición “pandemónica” de Hispanoamérica debiese apuntar, en este sentido, a la integración de lo caótico y lo “abierto” como formas de estructurarla proteicamente. No se trata ya de la edénica América perdida, fruto del espejismo de la conciencia de los “ángeles caídos” de España; sino que de la América que se sumerge en su propia vorágine, en su propia indefinición histórica, material y ontológica, y que, al mismo tiempo, pugna por trascender su histórico ostracismo en relación con el mundo para fundirse en él e instaurar las “máculas”, las señas de opacidad y alteración (alteridad) propias de la cultura hispanoamericana.

Ante este panorama proyectado desde la ficción en Los perros del paraíso, la literatura hispanoamericana contemporánea configura respuestas: otros mitos u otras figuraciones que, partiendo de la perturbadora verdad de un abismo de identidad y de una espiral mítica histórica, resultan en generación de visiones y universos complejos, abiertos a toda próxima y futura lectura. Carlos Fuentes, en El espejo enterrado (1992) plantea el viaje de iniciación a las raíces mexicanas. Fuentes señala: “En las tumbas de sus sitios religiosos se han encontrado espejos enterrados cuyo propósito, ostensiblemente, era guiar a los muertos en su viaje al inframundo […] Un espejo: un espejo que mira de las Américas al Mediterráneo, y del Mediterráneo a las Américas”. (Fuentes, alfaguara, 2010, 11). Esta visión sobre los espejos enterrados resulta en una figuración que permite comprender poéticamente el ser y la historia hispanoamericana, como reflejo difuso de dos mundos encontrados y que nunca acaban de reconocerse entre sí.

Otro exponente de la respuesta al abismo existencial y vorágine mítica histórica americana lo configura Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo. Comala como el infierno, el espacio tiempo de los muertos, donde todo se presenta indeterminado: los personajes son muertos que pululan errantes, meras voces extraviadas, huérfanas, faltas de arraigo. Juan Preciado va en busca de su padre Pedro Páramo. Su ingreso a Comala se relaciona con su viaje al infierno. Su padre está muerto desde el principio, por lo que podemos decir que la búsqueda por las raíces hispanoamericanas también lo está, y de paso, quien emprende tal misión está precisamente ingresando en el terreno de la muerte. En relación con el “pandemonio” americano de Los perros del paraíso, entonces, la recreación del mundo hispanoamericano en su historia mítica, cíclica, y hasta cierto punto, fatídica, y en su gran fosa existencial y ontológica, se transmuta desde lo inconmensurable que resulta en última instancia: desde una certeza de saberse muerta cada vez que se profundiza en su universo.

América como un pueblo y, al mismo tiempo, una gran entidad “orgánica”, compuesta de voces, ecos, sombras, que los americanos encarnan en sí mismos histórica y ontológicamente, (muertos que no saben que lo están), pululando, tanteando espacios y tiempos fragmentarios, completamente otros en su levedad. Se “demonizan” en su determinante devenir, en su círculo vicioso, el siempre volver sobre sí de su historia, su muerte itinerante. Las Américas, las distintas Hispanoaméricas existentes se materializan y se evaporan en su secreta penitencia.




Bibliografía


Aracil Varón, Mº Beatriz (2005) Abel Posse: de la crónica al mito de América. Cuadernos de América sin nombre. Universidad de Alicante.


Ceballos, René: “Los perros del paraíso, la otra mirada al Descubrimiento”. Comunicación Nº 5, 2007 (pp. 93 -113). Alemania: Universität Leipzig.


Friedmann, Reinhard. “Demonología organizacional y saberes vampiros. El lado oscuro de las organizaciones. Un viaje guiado al inframundo organizacional”. Marzo 2012. http://www.wordpress.com. 30/05/2012. <http://etcuniacc.files.wordpress.com/2012/03/reinhard-friedmann-ensayo.pdf >.



· Osorio Vargas, Jorge. “Novela Histórica y Extrañamiento: tensiones y pleitos entre la meta ficción y la historiografía”. 10/02/2011. Critica.cl. 28/05/2012. <http://critica.cl/literatura/novela-historica-y-extranamiento-tensiones-y-pleitos-entre-la-meta-ficcion-y-la-historiografia>.
Posse, A (1983): Los perros del paraíso. Barcelona: Editorial Argos Vergara, S.A.


Roig, Arturo Andrés (2004) Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano. [Primera edición. México: Fondo de Cultura Económica, 1981] En: http://es.scribd.com/doc/6148989/Teoria-y-Critica-Del-to-no


Todorov, Tzvetan (1987) La Conquista de América. La cuestión del otro. México: Siglo XXI.



Pandemonium, John Martin, 1841

lunes, 31 de agosto de 2026

Cuando caminaba ayer por calle Salvador Donoso, a la altura de Plaza Victoria, me topé con una amiga ex colega. Iba con su esposo y su pequeño hijo. Me saludó y me presentó ante ellos: "Él es el que escribe", dijo. Enseguida hablamos sobre cuestiones relativas a la pega, para luego despedirnos y continuar nuestro camino en la Calle de la Niñez. "El que escribe", esa fue mi carta de presentación. Así se me reconoce todavía, pese a todo. No creía que en Valpo eso fuese posible aún, pero ahí llegó la amiga a confirmarlo, por mera coincidencia. Seguí andando por la Calle de la Niñez, recorriendo esas anchas veredas repletas de parejas con sus cabros chicos, mientras el epíteto del que escribe era lo único tangible que me acompañaba en ese paseo de domingo por la tarde, rodeado de toda clase de juguetes, de colores chillones y de pompa.

domingo, 30 de agosto de 2026

"Eso" (1990): El ominoso "payaso maldito" de Tim Curry (RIP)

Tim Curry siempre será el “IT original” para nuestro imaginario de horror, el que vino a invadir y a contaminar, con su presencia cósmica, nuestras mentes todavía imberbes, y hay quien dice que la nueva versión del payaso, interpretada por Bill Skarsgard, se ajusta más al diseño concebido por King en su novela, porque se muestra realmente como un ser venido de otro mundo. Sin embargo, el IT de Curry es el más memorable de nuestra generación, pese a no ser exactamente fiel al libro, por algunas cuestiones que conviene profundizar.

En el año 1981, antes de la publicación de la novela, King escribió un ensayo llamado “Danse Macabre”. Ahí aborda el tema de los “puntos de presión de fobia” que consisten en la develación de miedos atávicos arrastrados desde la época de las cavernas, si hablamos en términos de humanidad, o desde la tierna infancia, si nos referimos a la historia individual de cada persona. En el Pennywise de Curry, se aplicaba perfectamente ese mecanismo perverso de la explotación de miedos intrínsecos, como se pudo ver en algunas escenas en donde el payaso maldito jugaba con la mente de los personajes. Además, el aspecto del payaso y su comportamiento se asocia mucho a “lo siniestro”, desde la mirada de Freud, aquello que simula familiaridad, pero que se presenta como algo extraño y retorcido.

Hay un fenómeno en la red, conocido como el “Valle inquietante”, en donde se describe una sensación perturbadora en las personas al reconocer una asimetría, un defecto o un exceso en ciertos rasgos humanoides que no alcanzan a definirse completamente. Quién dudaría que el Pennywise de Curry aplicaba en nosotros esa misma sensación, antes de que se hiciera viral. Y se vuelve todavía más terrorífico, por el simple hecho de que muchos de nosotros lo vimos precisamente cuando éramos unos niños. ¿Habrá sido tal la fuerza interpretativa de Curry, en el papel de Eso, que, por su culpa, cualquier payaso extravagante ya no resulta lo suficientemente espeluznante? ¿O fue su papel en aquella miniserie el que justamente le aplicó un “aura caótica”, sarcástica y ominosa?

Recuerdo mi primer encuentro, como niño en los noventa, con el payaso maldito. Fue en el extinto videoclub Magia de Avenida Pedro Montt. Época prime de los vhs. Había que caminar un pasillo largo, como si se tratara de una especie de portal interdimensional. Al final del pasillo encontrabas la tienda y estaba llenísima de películas en vhs alineadas en muebles y en estructuras que facilitaban su vitrina. En una de ellas, se encontraba la sección de terror. Junto a clásicos como Cuentos de la Cripta o las Caras de la Muerte, la mirada del Pennywise de Curry capturó por completo mi atención. El asombro y la perturbación que sentí en esos momentos fueron genuinos. Mi padre era socio del videoclub, y entre las tantas películas que arrendaba los días sábado, ya no me acuerdo cómo, pero terminamos viendo la miniserie completa en el reproductor vhs de la casa.

Tengo entendido que la miniserie de “Eso”, dirigida por Tommy Lee Wallace, se estrenó en televisión abierta en Chile, por canal 13, en noviembre de 1992, casi en la misma época en que daban Twin Peaks. Yo la vi un tiempo después, y luego se repitió por cable en varias ocasiones. El Pennywise de Curry realmente parecía estar en todas partes y encarnarse allí donde olía el miedo de los niños, su alimento predilecto. Fueron todas estas cosas, sin mayor explicación, desplegadas con unos efectos irreales, las que crearon una atmósfera de pesadilla y las que dotaron de esa aura siniestra al payaso. Había una cierta opacidad en la definición de la imagen de la miniserie y un manejo en la tensión narrativa que le daban a Eso el espacio idóneo para su protagonismo absoluto. Ninguno de nosotros llegó a intuirlo, en ese momento, pero fue nuestro visionado, nuestra perturbación y nuestra inquietud de entonces el que alimentó al monstruo y lo hizo enorme. Bienvenida sea la monstruosidad de Eso, cortesía de Tim Curry, que en “poder” descanse.

sábado, 29 de agosto de 2026

En calle Chacabuco en Valpo está ubicada la empresa Ducasse, una de las pocas especializadas en el área industrial con más de medio siglo de existencia en el país. El apellido Ducasse es también el apellido original del legendario Conde de Lautreamont, poeta "maldito" y decadentista uruguayo del siglo XIX. ¿Simple coincidencia o un simbolismo soterrado, demasiado hermético para su comprensión?

miércoles, 26 de agosto de 2026

El oscuro umbral en Valp-horror

“¿Qué es lo real? ¿Quién me asegura que lo que estamos viviendo, en este momento, es concreto, material?”, sostuvo Sergio Fritz durante la presentación de su libro "El umbral de la Matriz. Relatos porteños de horror cósmico”, en el primer encuentro de “Valp-horror" en el Barrio Puerto, organizado por el Colectivo Chivato. De inmediato, asocié sus palabras a la condición liminal de la ciudad que vela y sigue velando mis pasos errantes. Encontré una respuesta en esa inquietud. Y tocó la ocasión de que Fritz justo se refirió a la placa de la Cueva del Chivato a un costado del “ex Mercurio” quemado y abandonado desde la asonada de octubre. Elegí el incendio del edificio de El Mercurio como el tema para mi proyecto de narrativa de no ficción, tal vez movido por cuestiones que aún no logró dimensionar del todo, y que tienen ese carácter ominoso irreductible al mero razonamiento o al sentido común. Había en esos espacios, como señalaba el “Señor de los Hielos”, un poder atávico, un mito, una zona inefable “donde se entrecruza la ficción con lo que llamamos real”.

¿Cuánto de real y cuánto de ficción hay en la historia sobre ese sector que separaba el puerto del viejo Almendral de Valpo? ¿Cuánto de real y cuánto de ficción había en esa cueva y en el chivato que la habitaba? ¿Qué de relación hay entre esa leyenda porteña y la propia historia del edificio del Mercurio de Valparaíso? Son preguntas que me van surgiendo, a medida que medito sobre el lado oculto de la ciudad, mi ciudad, la única que me sé de memoria. Mientras tanto, seguía escuchando a Fritz y me acordé de su frase enunciada en el contexto del Encuentro de Artes Oscuras: “el puerto es una puerta”. En efecto, Valparaíso tiene esa cualidad liminal, ese umbral, ese portal originario del sector donde se construyó la Iglesia de La Matriz, la más antigua, y desde la cual germinó toda la ciudad como si se tratase de un organismo crepitante, repleto de formas inciertas.

Fritz citó a Thomas Ligotti para hablar de la realidad ortodoxa y la realidad heterodoxa. Esta última, oculta al racionalista, sería aquel plano pesadillesco y de extrañamiento que conspira detrás de lo cotidiano. En Valparaíso, convivirían ambas realidades, pero con un constante arranque de lo heterodoxo que se resiste a su encasillamiento y desafía a todo aquel que pretende fijar una pura mirada, las más de las veces, aséptica y ajena al propio relato profundo de la ciudad, porque cómo era posible que justo afuera algunos pastabaseros de Plaza Echaurren se pusieran a robar, angustiados, en el mismo momento en que Lovecraft velaba nuestro imaginario en esa casona antigua, e incluso durante la misma noche en que se realizaba un festival de Jazz multitudinario en plena calle, a la altura de subida Cumming. El caos orgánico de la ciudad brotaba alegre, ebrio, drogado, en esas disquisiciones, y solo los porteños comprendían el código del umbral maldito sin sucumbir a su exuberancia.

Al rato, después de Fritz, se presentaría otro libro: "Horror en Valparaíso", de Jorge Latrille. Me llamó la atención que la editorial le haya cambiado el nombre original a la obra, que se iba a llamar “Valparaíso, mi horror”, en alusión a la clásica película de Aldo Francia. Hubiera sido genial. De todas formas, el autor proyectó en la sala algunas preguntas que siguen resonando en mi conciencia. “¿Qué lugar de Valparaíso les daría miedo recorrer solos a las tres de la mañana?”. Las respuestas fueron todas muy distintas, porque en la ciudad el miedo se disemina de manera orgánica, sin una jerarquía clara. Algunos señalaron el Barrio Puerto. Otros, la Echaurren. Hubo uno que se refirió a Montedónico o a otros sectores altos de los cerros de Valpo. El propio autor se refirió a lugares como los viejos ascensores, la claustrofobia que encarnaban; las inmensas escaleras que dan a lugares sin salida aparente; las casonas del siglo antepasado que aún se mantienen pese a los continuos desastres y sobre las cuales “penan” ciertas energías densas; las poblaciones numerosas en la zona más alta de los cerros, muchas de ellas con códigos indescifrables incluso para el transeúnte del plan; los recorridos de muchos buses, entre ellos, la mítica “O”, cuyas maniobras eran el terror de cualquier pasajero extranjero o cualquier conductor aficionado. Suma y sigue. Y podría agregar además a ciertos personajes que pululan el sector de Bellavista de noche y que, de un momento a otro, presos de un impulso tanático, de un arranque emocional, se abalanzan contra otros, sus ex parejas o adversarios, a traición. Puro Valp-horror. Lo heterodoxo expresado en un despliegue de violencia emocional. Absurdo conflicto, gritos y sangre dibujando el relieve nocturno del asfalto.

En el miedo, en ese miedo recóndito del puerto, también había un itinerario, una ruta de misterio que tocaba descifrar y recorrer en forma temeraria, con tal de conocer los secretos de esta gran “Tierra Quemada” sin otra fundación que la orfandad. Lo supe varias veces. Había que ser atravesado por el miedo en el puerto para propiciar el sacrificio y reencarnar una nueva visión. Por cierto, Valpo debe ser una de las pocas ciudades en el mundo en la que los Cementerios se construyeron en una parte elevada, a medio camino del Cerro Panteón. Metafóricamente, en Valparaíso los muertos ascienden y son enterrados mirando al cielo. Me extrañó, eso sí, que nadie en la sala haya recordado el famoso sector de la “Calahuala” o “Puertas Negras”, sectores repetidos, en su tiempo, por mi bisuabuela, como sumamente peligrosos. Puede que tengan su cosa heterodoxa, esa cuestión oscura exacerbada por el relato legendario que se ha hecho de ellos. Volveré sobre esos sitios, alguna vez, como quien vuelve a recuperar la sombra de su audacia, porque, se preguntaba Ligotti: “¿Quién no ha detectado la cualidad espectral de las cosas, incluyéndonos a nosotros mismos?”. Valparaíso es eso: una ciudad espectral, y nosotros, los porteños, nos reconocemos en ella.

Es pulento cuando uno de los cabros más chorizos de Cuarto te reconoce como "jefe" y le pone bueno al desarrollo de la prueba. Hay una jerga particular en estos cabros, un código que hay que saber leer. Uno se reencanta, a ratos, con el ejercicio de la profesión, cuando se siente respetado, y cuando sabe que lo que se está haciendo tiene algún sentido más allá del meramente curricular.

lunes, 24 de agosto de 2026

En clases en la mañana, me tocó explicarle al curso el concepto de argumentación dialéctica. Para eso, esbocé en la pizarra dos figuras señaladas por flechas recíprocas. Como a mí me gusta usar el lenguaje no verbal para enseñarles, no me limité a exponer los contenidos por escrito, también les hice algunos gestos con las manos. Levanté la mano izquierda, seguida de la derecha, en un movimiento que imitó, sin quererlo, la performance que muchos de los chiquillos han estado repitiendo últimamente. “¿Está farmeando aura, profe?”, preguntó un cabro de adelante. “¿Por qué?”, le contesté. “por cómo hace”, dijo el mismo cabro, entonces hizo ese típico movimiento de manos con las palmas hacia arriba. Algunos de sus amigos rieron al unísono, y comenzaron a imitarlo. Pronto, lo que era una sencilla representación quinésica del ejercicio dialéctico de un debate, se transformó en un masivo “farmeo de aura” en plena clase de lenguaje. No hacían faltan las palabras ni los silogismos, solo bastó ese juego en que se disputan, de manera desenfadada, ciertos gestos y apariencias, con tal de proyectar confianza o estilo. Lo asocié de inmediato a la famosa aura benjaminiana, al referirse a la presencia única y auténtica de una obra de arte, en la época de su reproductibilidad técnica. Lo que tiene de irrepetible: eso sería el aura de la obra. Incluso hay una cita de un tal Alois M. Haas, filósofo alemán, que habla de lo “áurico” para señalar esa presencia inefable relacionada con la experiencia mística en el arte y en la cultura. No sé hasta qué punto este “farmeo de aura” tenga que ver con el concepto de aura de Walter Benjamin o con el aura contemplativa de Haas. De hecho, pienso que no tienen nada que ver, en estricto rigor, pero ha sido este desafío absurdo el que, al menos, le ha permitido a los cabros abrirse a la posibilidad de la existencia de ese no sé qué, ese algo intangible, muy similar a la idea de “tener ángel” para reflejar carisma y encanto natural, aunque sea esta, en el fondo, una metáfora de la acumulación y del prestigio exógeno. “Buen farmeo de aura, profe”, repitió, al final de la clase, el alumno que comenzó la talla, pese a no entender nada de lo que lo le enseñé con respecto a la capacidad argumentativa. Desde ese momento, supe que el aura podría determinar incluso el éxito de una clase y hasta la acogida con el grupo curso. Quien aprendió a “farmear el aura” podría proyectarla con soltura, porque el aura se manifiesta en el estilo, y el estilo mismo puede volverse un destino.