Cuando lo supe, tampoco lo podía creer. La noticia me partió el alma, como a muchos porteños. Mal y tarde nos enteramos de que el Sabino, el querido Sabino, había muerto atropellado por una micro, a la altura de Condell con Pudeto. El micrero lo dejó tirado y arrancó cobardemente. Me negaba a ver a Sabino en esas condiciones. No era algo digno de su historia. Prefería recordarlo en uno de los tantos rincones del plan, siempre amable, con unas pocas pero sencillas palabras de aliento. Sabino reunía en sí mismo un crisol de relatos. Él mismo era una leyenda viviente. Mi madre se acordaba de él cuando era todavía una liceana y salía a tomar la micro. Tempranos años ochenta. El Sabino estaba ahí y les decía a las jóvenes que se apuraran, antes de que la micro partiera sin ellas. “Apúrense chiquillas, apúrense”, repetía, con entusiasmo. A algunas chicas les decía: “cabra malula” o “cabra bandía”, apelativo señalado con ternura por muchas porteñas que alcanzaron a conocerlo.
Se dice del Sabino que su presencia era infaltable en los carretes porteños. Yo me acuerdo que una vez nos acompañó en todo el camino, cuando iba a dejar a una chica al paradero, luego de haber tomado en algún local de Subida Ecuador. Era tarde y el Sabino estaba dispuesto a “prestar una manito”, aunque fuese su sola compañía en el trayecto nocturno, porque su sola presencia bastaba. Tenía un carisma que connotaba humildad, ese "ángel” con el que muchos se sintieron a gusto. Lo vi otras tantas veces en los alrededores de Pedro Montt, junto a la Galería Tres Palacios y en la entrada de Ripley, tomando café o leyendo el diario. Muchos otros porteños también confesaron haberlo visto rondar esos lugares, dispuesto a hacer algún favor o sencillamente estar ahí presente, para ofrecer un saludo o tirar la talla y pasar un rato agradable, en medio del ajetreo de la ciudad.
Del Sabino se ha dicho que participaba activamente del Rincón Juvenil de los noventa, que se hacía en la legendaria “Calle de los niños” de Pedro Montt. Incluso animaba el show sobre el escenario en el Parque Italia. Un compadre que lo conocía contó que Sabino lo llamaba “el Niuki” o el “Newki”, porque siempre bailaba al ritmo de los New Kids On The Block. Plena transición entre los ochenta y los noventa en Valpo. Oro puro. Es más. Dicen que Sabino frecuentaba el extinto local La Facultad, a un costado del Cine Hoyts, y ayudaba a la gente de por ahí, colaborando en lo que fuera. Era muy recordado en el bar Lo Devi, donde solía participar del ambiente festivo, cantando, bailando y sacándose fotos con los comensales que allí llegaban a recibirlo con los brazos abiertos. Su memoria está ligada a esos instantes de alegría y de catarsis, volviéndolo una figura que marcó generaciones. Una vez parece que, a la salida de una fiesta, lo asaltaron y unos cobardes osaron golpearlo, pero Sabino volvió a ponerse de pie. Pese a su abandono, nunca recayó en vicio ni adicciones. Siempre se le vio íntegro, deambulando solo, pequeño ante la intemperie y el rigor de la calle, aunque grande en su imagen, la imagen alimentada por el inmenso cariño que le profesaban sus conocidos.
Hoy fue la velatón del Sabino en la Plaza Victoria. Se hizo a un costado del vacunatorio, porque el escenario y la pileta están siendo remodelados. A la convocatoria llegaron fácilmente más de cien personas, entre amigos, familiares y otros tantos porteños que habían hablado con él o que apreciaban su figura sencilla y su simpatía. Me colé entre la gente para poder ver, por última vez, el rostro del Sabino enmarcado en una foto colocado en un asiento que servía de animita, rodeado de velas. Su tenue calor servía de regocijo a los presentes, en medio de la fría noche de invierno. Un caballero cantó algunas baladas . Se alcanzó a escuchar El día más hermoso de Ramón Aguilera. Algunas señoras, emocionadas, corearon cada estribillo. Otro hombre, de pronto, comenzó a hablar y a solicitar atención. Dijo que recordáramos a Sabino como lo que fue, que esa era la mejor manera de honrarlo, y que iban a presionar para que sus restos fueran velados no solo en el Belloto, su nicho de origen, sino que en Valparaíso, la casa de su segunda familia, la familia que él solo consiguió congregar con su paso por estos lares. Ante esto, otra señora, muy apenada, llorosa, alzó la voz con un tono enérgico y exigió justicia, frente a los presentes. “¡Justicia! ¡Justicia!”, replicaron algunos, porque la muerte de Sabino no debía quedar impune. En un ejercicio de catarsis, volvieron a gritar justicia y a exclamar su nombre, fuerte y claro. Mientras tanto, llegó paz ciudadana y un par de carabineros a resguardar el lugar. Sabino los hubiera saludado sin problemas, porque su mirada no distinguía entre santos ni herejes. Demasiado bondadoso en una tierra herida por las traiciones, las tristezas y los desengaños. Tal vez por eso mismo el dolor de su partida resintió los corazones de muchos que vieron reflejados en él la versión más cándida de sí mismos, opacada ante la desazón y la ruina.
Hace casi ocho años alcancé a dedicarle unas pocas palabras al Sabino, en la época en la que aún tenía el entusiasmo de la crónica urbana. Eran unas líneas escuetas en las que veía al Sabino apoyado contra un poste de Condell y mirando fijamente hacia la pileta de la Plaza Victoria, la misma en la que lo velarían de manera masiva, años más tarde. Aquella vez, estuvo fácil más de cinco minutos en esa misma posición, ensimismado con su visión imperturbable. Durante el tiempo que lo había estado observando, recorriendo las calles de Valpo y hablando amistosamente con cuanto transeúnte se cruzara en el camino, nunca lo había visto en esa parada tan contemplativa, tan introspectiva. Nunca habría podido intuir su final. Puede que, en eso, se parezca demasiado a todos nosotros.
Será hasta siempre, Sabino.

