sábado, 17 de octubre de 2026

Umbral en la Cueva del Chivato, zona liminal de Valparaíso

Ponencia presentada en el Primer Encuentro de Folclore y Mitología en Valparaíso.


El nublado de Valparaíso, ciudad de mis orígenes, siempre me evocó una especie de oscuridad y de romanticismo perdido. Es cosa de pensar en la famosa “vaguada” costera, luego de un día caluroso, y en el estilo británico de los bancos, de la vida portuaria, de las logias e incluso del mito decimonónico. El otro Valparaíso, el de la postal, siempre me pareció más bien un pastiche de pésimo gusto. Sería el Valparaíso a la usanza, el de la transición que no llegó por completo. Mucho antes de su declaración como patrimonio fue una ciudad de inmigrantes, llena de misterios e intrigas. Ese mismo es el Valparaíso de la Cueva del Chivato, el Valparaíso del Llamado de Cthulhu. Según un amigo, ese es el estilo, ese es el "gris" que podría recuperar.

El amigo siempre hablaba de esos viejos colores, esas atmósferas lovecraftianas, esos paseos y edificios de corte europeo, aquella vida turística y portuaria como si se tratara de un ubi sunt, un espacio tiempo suspendido en el continuo de la historia porteña. Pero entremos de lleno en la famosa Cueva del Chivato. Alguna vez dije que en el punto donde ocurrió el clásico incidente del naufragio de la fragata gringa Arethusa, hace dos siglos, estaba la llamada “Punta Cruz de Reyes” que intersecta lo que hoy corresponde a las calles Prat y Cochrane, y que está próxima a la mítica “Cueva del Chivato”, zona mágica donde se cuenta, incluso desde el siglo XVII, que habitaba un chivato, un “animal del demonio”, al cual se le atribuía la muerte de muchos forasteros que pasaban por esos alrededores.

Según consta en el libro “Valparaíso, el mito y sus leyendas” de Víctor Rojas Farías, los marinos que se adentraban en aquellos terrenos desaparecían o apenas sobrevivían, alimentando la idea de la existencia del animal. Con el tiempo, la Cueva del Chivato adquirió una naturaleza cada vez más oscura, asociada con fuerzas malignas, al punto de no saber si la cueva “llevaba directamente a las llamas del infierno” o “llegaba mucho más allá de la muerte”. Tanto era el miedo en torno a la cueva que llegó a transformarse en el sitio más temido del puerto por todo el relato demoniaco que lo circundaba. Años más tarde, en 1860, José Victorino Lastarria escribiría su novela Don Guillermo, la primera novela de Chile, tomando como escenario un submundo dantesco llamado Espelunco, al cual se accede precisamente a través de la cueva.

A simple vista, la relación del naufragio del Arethusa con la cueva podrá parecer simplemente un asunto de contigüidad, pero resulta que, a partir del episodio, es posible interpretar la fuerza simbólica del romanticismo de la época, la cual arrastró su oleaje mítico y poético hasta nuestras latitudes porteñas. El mar como eterna patria, imponente, fundante y, al mismo tiempo, salvaje; y el secreto de la cueva, que viene a representar la profundidad de la tierra, lo oculto, lo desconocido, cuya dimensión evoca la oscuridad, aunque también el caos primigenio sobre el cual transcurre la vida del hombre. Una vez más, Valparaíso resurgía como ciudad fantasma y se tomaba un breve respiro. La mar la secundó, a lo lejos, como en los tiempos del Chivato mitológico.

Otra cosa de la cual tomé conocimiento, por cortesía de don Eduardo Serey, el “Viejo Pancho”, que en paz descanse, era el antiguo acceso al viejo Almendral. La gente que transitaba por ahí, cuando subía la marea, se adentraba nada más y nada menos que por la legendaria cueva, a la cual se ingresaba por un costado del Ascensor Concepción, muy cerca del reciente edificio del diario El Mercurio de Valparaíso, hoy vuelta una auténtica “animita” gigante. Decía el entrañable Don Serey que "la cueva era larga como la eternidad". La gente entraba en ella y luego salía a la altura de lo que hoy se conoce como calle Cumming, hasta llegar a la antigua Plaza del Orden, llamada Plaza Aníbal Pinto. Es en ese punto neurálgico donde comenzaría verdaderamente el barrio Almendral. Para llegar al centro de la ciudad, entonces, muchos porteños debían aventurarse a través de la mítica cueva, porque el mar aún tenía presencia en esas orillas.

Al hojear algunas páginas del libro "Memorial de Valparaíso" de Alfonso Calderón y Marilis Schlotfeldt, di con algunas referencias sabrosas. En una de ellas, escrita por Daniel de la Vega, le daban la razón al querido "Viejo Pancho", al señalar que efectivamente el Almendral y el Puerto "estaban separados por el asalto de unas olas arrogantes", y la única forma de transitar por ambas dimensiones de la ciudad era cruzando la Cueva del Chivato. Lo que se llamaba el sector Puerto, no era todo Valparaíso, sino que llegaba "hasta el sitio en donde ahora se encuentra El Mercurio". Hay ahí, sin duda, un misterio y una resonancia histórica sobre la cual habrá que profundizar más adelante. A propósito, recordé los dichos de Sergio Fritz en una charla sobre El umbral de la Matriz. Él hablaba de la condición liminal de la ciudad que vela y sigue velando los pasos de los porteños errantes. Encontré una respuesta en esa inquietud. Y tocó la ocasión de que Fritz justo se refirió a la placa de la Cueva del Chivato a un costado del “ex Mercurio”. Había en esos espacios un poder atávico, un mito, una zona inefable “donde se entrecruza la ficción con lo que llamamos real”.

¿Cuánto de real y cuánto de ficción hay en la historia sobre ese sector que separaba el puerto del viejo Almendral de Valpo? ¿Cuánto de real y cuánto de ficción había en esa cueva y en el chivato que la habitaba? ¿Qué de relación hay entre esa leyenda porteña y la propia historia del edificio del Mercurio de Valparaíso? Son preguntas que van surgiendo, a medida que medito sobre el lado oculto de la ciudad, mi ciudad, la única que me sé de memoria. Mientras tanto, seguía escuchando a Fritz y me acordé de su frase enunciada en el contexto del Encuentro de Artes Oscuras: “el puerto es una puerta”. En efecto, Valparaíso tiene esa cualidad liminal, ese umbral, ese portal originario del sector donde se construyó la Iglesia de La Matriz, la más antigua, y desde la cual germinó toda la ciudad como si se tratase de un organismo crepitante, repleto de formas inciertas.

En otra charla que se hizo en el Encuentro de Artes Oscuras, un joven habló de “Chile como la República de Asmodeo”. Para eso, releyó en clave esoterológica la novela “Don Guillermo” de José Victorino Lastarria”. Allí se explayó sobre el mundo de Espelunco como alegoría política del partido conservador, el escenario porteño como sinécdoque de la totalidad nacional, la distinción entre la Cueva como antiutopía y el puerto de la época como baluarte moderno y, lo que más me entusiasmó, la intertextualidad de la novela con el infierno de Dante, al incluir a demonios y al mismo personaje en su descenso simbólico. Esto es lo más relevante de todo: la primera novela moderna de Chile fue ambientada en Valparaíso, pero en un Valparaíso mágico y fantástico, a medio camino entre el averno metafórico y el progreso material.

Desde los comienzos de la República, Valparaíso fue esa puerta de la que hablaba Fritz, y en Don Guillermo quedó bien representada esa cualidad de umbral entre dos planos completamente distintos, aunque complementarios, si se quiere, un plano alegórico, sutil, de conciencia interior, y uno concreto, contingente, expresado en su carácter portuario y en su nutrida vida social, cultural y económica. Podría decirse que el propio viaje a Valparaíso constituye, de por sí, una iniciación para los extranjeros. Algo sale transformado una vez que ingresan y vuelven a sus patrias. Corren el riesgo de “malviajarse” sin la suficiente conciencia. No es que no puedan salir como en Espelunco, pero hay allí, en aquellas confabulaciones, en aquellos relatos legendarios, en aquellas narraciones poéticas, una historia secreta del puerto, solo confesada a unos pocos, en la mayoría sus residentes, un pacto íntimo, una especie de aquelarre porteño no visible a los profanos, y que mueve de alguna forma, ciertas energías e influencias recónditas, al sur extremo del fin del mundo.

A modo de cierre, me permito contar un breve fragmento de una narración fantástica inspirada, precisamente, en la leyenda del Chivato, porque lo liminal es la vida misma, y la ficción es la puerta de entrada a una mayor conciencia sobre la realidad:

“Se adentraron en la Cueva del Chivato, que estaba cubierta de algunas rocas y unos pastizales. En otro tiempo, permanecía cerrada, y era apenas reconocible por los transeúntes mediante una placa histórica.

La cueva era muy oscura y húmeda, y apenas se lograba distinguir el camino hacia el fondo. Miranda y Ángel siguieron caminando a través de ella, tratando de buscar algo, alguna pista que les permita resolver el puzzle existencial en el que estaban metidos, y del cual no podían salir.

Tan pronto como pisaron unos charcos de agua estancada, escucharon el sonido de un chapoteo escandaloso. Asustados, siguieron la ruta del sonido hasta encontrarse con un chivo. Tanto Ángel como Miranda, quedaron estupefactos ante la presencia del animal. Pero este apenas se dio por advertido. Ante su extraña serenidad, caminaron cerca de él.

- ¿Será este el chivo de la leyenda, Ángel? -, se preguntó Miranda.

-No lo sabremos hasta seguirlo-, afirmó Ángel, rotundo.

Cuando ya se estaban acercando demasiado al animal, el chivo se asustó, lanzó un alarido estruendoso y arrancó rumbo al fondo de la cueva.

Ángel sabía que debía seguirlo, así que le avisó a Miranda. Ambos corrieron detrás del chivo a través de un recorrido laberíntico. El animal les estaba ayudando a encontrar la ruta adecuada, o eso era, al menos, lo que Ángel intuía.

Al llegar a una mazmorra más abierta e iluminada, el chivo corrió a toda velocidad y se difuminó junto con las sombras hasta desaparecer. Así, Ángel y Miranda lograron encontrar un lugar que no era muy parecido al de la leyenda, pero en el que seguramente podrían encontrar lo que habían estado buscando.

- Querido, fuiste tú el que me indicó el camino ¿recuerdas? Yo solo fui tu compañera en tu propia búsqueda. La Cueva del Chivato siempre fue parte de nuestra propia historia, una historia que te han permitido creer que escribías por ti mismo-, afirmó Miranda, con un gesto frío.

-Pues supongo que es un adiós-, afirmó Ángel, resignado.

-Supongo que sí-, dijo Miranda.

-Adiós, Ángel-.

Miranda se devolvió rumbo al fondo de la caverna. Su figura se perdió junto con el abismo que estaba formándose”.





martes, 13 de octubre de 2026

Emmanuel Carrère: "la literatura está por encima de todo, incluso de quien la escribe".

domingo, 11 de octubre de 2026

“Batalla cultural”, encasillamiento y otras lacras antifilosóficas, por Lucy Oporto Valencia

"¿Qué harían los activistas de la “batalla cultural” con sus enemigos si tuvieran todo el poder?

La virulencia de estos artilugios podría formularse en los siguientes términos:

“Si no te encasillamos, no podremos controlarte. Si no ganamos la batalla cultural; esto es, si no logramos convencerte de que te sometas a nuestra ideología, nuestros principios, nuestras instituciones, nuestros proyectos, nuestra ideologización del arte y la filosofía, ni por la seducción, ni por la persuasión, ni por la fuerza, entonces te destruiremos”.

La búsqueda de una captación de la verdad exige la misma condición señalada por Leonardo Sciascia en Negro sobre negro (1979): “la independencia, el aislamiento, la falta de todo vínculo con cualquier forma de poder constituido, la indiferencia a todo tipo de chantaje económico, ideológico, cultural, incluso sentimental. (…) Una condición muy difícil de conseguir, pero a la que nos podemos aproximar o, al menos, intentar aproximarnos”.


Anne Carson, la nueva Nobel de Literatura, dijo: «Si la prosa es una casa, la poesía es alguien [o un hombre] en llamas corriendo a través de ella». Me acordé de inmediato de aquella frase de Jean Cocteau: «Mi casa se estaba quemando y sólo podía salvar una cosa. Decidí salvar el fuego. No tengo dónde vivir pero el fuego vive en mí...». Dos frases que guardan una resonancia crepitante, sobre todo cuando mi propia casa se incendió años atrás y el nombre indígena de Valparaíso, ciudad de mis orígenes, era Alimapu, en mapuche "Tierra quemada".

domingo, 4 de octubre de 2026

En una nueva entrevista, Hernán Rivera Letelier dijo que cuando está escribiendo, tiene puestos los cinco sentidos en el universo que está tirando, porque si le falla un sentido, ya no va a estar completo. Es como hacer el amor. Para hacer el amor, si no se tienen puestos los cinco sentidos, se goza a medias. Y tu pareja lo nota. Hay un punto clave en estos dichos: la escritura es un acto fisiológico, por ende, puede ser erótico. Al escribir, hay que estar cableado entero con el acto y compenetrado con la situación. Lo mismo con el sexo. De lo contrario, se pierde la magia. (Si no está mi polola, por ejemplo, pienso en ella y todo fluye). Me temo que la constante despersonalización y la automatización hacia la que nos conducen va terminar matando o, en el mejor del los casos, distorsionando esos movimientos tan elementales. Agradezco a Dios cada polvo bien dado como si fuera el último, y cada texto terminado como si fuera el primero de miles. No hay artificio que pueda reemplazar tanta satisfacción.

jueves, 1 de octubre de 2026

Murió la voz de topo Gigio a los cien años. Una parte de mi infancia ha sufrido una perdida irreparable con su partida. Además, ha partido un "joven aún" Cronos, fundador de Venom, a los sesenta y tres. Una parte importante del sonido metálico de mi adolescencia se ha ido con él. Cielo e infierno. Gigio y Cronos. Tremendo crossover y la parca, como el tiempo, anda brígidamente inmisericorde.
"Tres cuartas partes del universo son oscuridad. Hay mucha más oscuridad que luz”, dijo Mariana Enríquez. Se trata de una afirmación poética y literaria basada en una formulación planteada por la moderna astrofísica. No es cien por ciento precisa en términos científicos, pero su potencia radica en las implicancias de su significado, y en su resonancia con el espíritu de los tiempos, digamos, con el clima humano que se experimenta a nivel global, pandemia y belicismo mediante. En su novela “Nuestra parte de la noche”, Enríquez usa como trasfondo el trauma de la dictadura argentina y la conspiración del poder secreto para articular un relato de suspenso y de misterio en donde el horror cósmico vuelve a cobrar su porción de realidad en la ficción. La Orden –secta de familias ricas- puede representar la crueldad de la elite política argentina e hispanoamericana, pero también puede ser una metáfora de otras sectas más temibles operando en otros terrenos y en otras lides. Se me ocurre Bohemian Grove, Club Bildeberg, Skull and Bones, entre tantas otras. En el fondo, la narrativa de Enríquez es profundamente política y acorde a nuestra época convulsa, atravesada por coordenadas incomprensibles, porque entiende que el mal no es solo un desvío moral: es una estructura completa. Tiene su engranaje en los propios mecanismos de un sistema enrevesado y deshumanizante, y cual egregor perverso, se alimenta de bajas energías y vibraciones operando en cada devenir histórico, como si se tratara de materia oscura abriéndose paso de manera implacable a través de las conciencias. Entiende que esa “parte de la noche” está ahí afuera, con su lógica demoniaca, aunque también está ahí adentro, sirviendo de sombra aún no reconocida ni asimilada por el ego herido.

domingo, 27 de septiembre de 2026

En su texto "Juan Luis Martínez después del silencio", Roberto Careaga contaba la anécdota sobre un encuentro escandaloso entre Juan Luis Martínez y Pablo de Rokha en Valparaíso. La historia detallada fue compartido por la cuenta "Acero de invierno" en instagram:
"Nació el 7 de julio de 1942 en Valparaíso. Juan Luis Martínez Holger era hijo de un farmacéutico de cierto dinero, que pronto se arruinaría. Junto a Eduardo Parra, futuro integrante de Los Jaivas, montaba su vespa BMW por Viña del Mar. Otras noches, jugaban a robar autos y echar carreras hasta Santiago. Juntos pasaron a integrar la bohemia porteña y, aparentemente, su interés no estaba en la literatura. Raúl Zurita cuenta que para los “choros del puerto”, pelearse con Martínez pasó a ser parte de su formación. Con los años, enfermo, el poeta dejaría los puños. Pero a mediados de los 60, ya adentro de la escena literaria porteña, no pudo contenerse ante Pablo de Rokha.
El clan De Rokha celebra una comilona en Valparaíso. En algún momento, el pantagruélico Pablo pone en la mesa una vieja rencilla: “El que no está conmigo, está con el poeta de las conchitas”. Martínez se opone, está con Neruda. El tono de los insultos se eleva, Martínez bota la mesa con la comida y se arma una pelea de proporciones. Una micro de carabineros terminó la disputa. Juan Luis se tomaba en serio su papel: alguna vez llegó armado con una cadena hasta el set de la radio Valparaíso a enfrentarse con un locutor que insistía en hablar mal del “Loco Martínez”. Estaba al aire."
Según se detalla en la cuenta, existen dos versiones distintas del mismo episodio. En una, ocurrió durante una comida del clan De Rokha en Valpo. En la otra, señalada por Roberto Yañez en The Clinic, la cuestión habría sido en el bar Pajarito. En ambas versiones, los poetas terminarían agarrándose a los combos, aunque se dice que Martínez se retiró del lugar antes, junto a su amigo Eduardo Parra. Roberto Yañez dijo, además, que De Rokha, con varios tragos encima, les habría "sacado a la madre" a los que estaban con Neruda, y los habría mandado a la mierda.
De haber sido verdad o, tal vez, una leyenda exacerbada por la propia mirada poética, cuánta aura irradiaban aquellos poetas, incluso en sus momentos más desatados y estruendosos, sobre todo en esos momentos desatados y estruendosos. Y para sumarle más condimento a la sazón, sé de varias lecturas poéticas que se hicieron hace años, precisamente en el bar Pajarito (de cuyos ciclos hasta salió una antología con la huella de un vaso de vino como portada). No sé si hubo peleas, reyertas o algo parecido en esos lares. Sí me consta que hubo algo así como un "conflicto" en un local de Salvador Donoso, un poco más allá del Pajarito, y también en el contexto de otras lecturas poéticas, en otros locales y con otros protagonistas, pero bajo un mismo escenario porteño como telón de fondo. Si se siguiera contando la historia secreta de la poesía chilena y de la porteña más reciente, no me cabe duda que saldrían de allí anécdotas de lo más bizarras.

sábado, 26 de septiembre de 2026

El falso enterrado

El lunes se supo de un hombre llamado Rodrigo Huenchún, quien fue declarado muerto falsamente en pleno periodo de pandemia. Huenchún ingresó al Hospital Carlos Van Buren en Valpo, afectado por una enfermedad. Luego, se comunicó su sensible fallecimiento a toda la familia. Pero no contaban con que, en realidad, Huenchún seguía vivo. Es más, no habría asistido a urgencia en ningún momento. A causa de ese error, sepultaron a otra persona con su mismo nombre en el Cementerio 3 de Playa Ancha. La tumba y la lápida con los datos de Huenchún continúan allí. Para no creerlo.
Por si esto fuera poco, lo más terrible para el hombre "no muerto" ha sido el asunto legal. Producto de aquella declaración de muerte, no ha podido encontrar trabajo, le ha costado realizar trámites, postular a subsidios y prestaciones, porque, según toda la base de datos, él, en efecto, ya "expiró", por ende, ya no existe para el sistema. Automáticamente, perdió todos sus derechos como persona viva, por la sencilla razón de haberse declarado legalmente su muerte. Nuestro hombre no muerto ha confesado que, pese a sentirse más vivo que nunca, no ha podido hacer nada que involucre una relación directa con el aparato estatal, porque este aún reconocía su falso deceso como legítimo.
Hace un par de años, con tal de revertir esta situación, Huenchún llevó su caso a la justicia. Un tribunal decretó la nulidad del certificado de defunción. Aun así, los problemas siguieron. El hombre intentó sacar su Clave Única, pero la página del Registro Civil continuaba encontrándolo fallecido. “Cuando tú estás fallecido, pierdes la posibilidad de tener cualquier tipo de derecho, en todos los sentidos“, señaló la abogada de Huenchún. Una paradoja de proporciones.
Además, surgió otro embrollo. No se ha logrado identificar todavía la verdadera identidad de la persona enterrada en el lugar de nuestro buen hombre no muerto. Ni siquiera se sabe su sexo ni el paradero de su presunta familia. Hasta el día de hoy, nadie ha ido a reclamar el cuerpo enterrado ahí hace más de cinco años. Se trata, sin duda, de una cuestión grave que guarda resonancias con aquel cuento de Edgar Allan Poe, "El entierro prematuro", en donde se explora, de manera espeluznante, el fenómeno de la tafofobia o el miedo a ser enterrado vivo por descuido.
La interrogante recae, esta vez, sobre el muerto verdadero y la tergiversación de su identidad. “A pesar de que esta persona está aquí, no se sabe su nombre, pero aquí abajo hay alguien que vivió, que respiró, que comió en este país”, dijo Huenchún, muy preocupado por el destino del muerto con quien quisieron suplantarlo. Por su parte, la fiscalía continúa investigando la presunta identidad de la persona enterrada, y si es posible, se determinará quién o quiénes fueron los culpables de haberla confundido, resultando en tan calamitosa y macabra inhumación. ¿Cómo declararte vivo, cuando todo el sistema grita tu muerte y te niega la existencia? Nuestro hombre no muerto, Huenchún, mientras tanto, seguirá luchando por su derecho a existir y exigirá una indemnización por todos los años en el que se le declaró extinto, sin otra prueba que un documento burocrático, frío como lápida de puerto frente a la brisa nocturna del mar.

sábado, 19 de septiembre de 2026

"Los mitos de Cthulhu" según José Ossandón.

"Afirmo que varios famosos escritores inmortalizaron el nombre de Valparaíso en obras que hasta hoy se leen y forman parte de los estantes de las más importantes bibliotecas de Europa.

Algunos de ellos: Joseph Conrad, Edgard Allan Poe, Robert Stevenson, Herman Melville y Howard Phillips Lovecraft relataron historias ocurridas en nuestro Puerto, narraciones oscuras, misteriosas, con aroma a madera de barco desvencijado.

(...)

Valparaíso está condenada al mito.

A pertenecer a la memoria del mundo enmarcada en madera noble.

La historia la condecora con cintos de plata y coronas de oro. Lo malo es que precisamente fue esta historia la que se tragó a nuestro Viejo Pancho.

Con cerrito y todo."