Anoche, un rayo seguido de una fugaz y estruendosa luz verde se vio en el cielo. Se vino “el Niño” con fuerza en toda la Quinta Región, Santiago y gran parte del centro sur de Chile. No para de llover en el plan y en los cerros de Valparaíso, y se han viralizado registros de distintas inundaciones y anegamientos. El viento arrecia el temporal. Hay un registro de la Avenida Altamirano inundada casi por completo, en donde el agua llegó hasta las inmediaciones de la Armada. Playa San Mateo cubierta hasta la última marea. Otro registro muestra una pasarela de Avenida España a punto de ceder y caer. El metro de Valpo se detuvo a la altura de Chorrillos. Las olas avanzaron hasta copar las vías férreas en casi toda la costa. Un poste cayó a la altura de San Roque, dejando sin luz a los vecinos. Verdaderos ríos caían por distintas calles de subida en los cerros. Fin de semana del terror. Me acordé que hace un par de años había escrito una crónica sobre la histórica inundación de Valparaíso en el año 1914, y la comparaba con los tiempos actuales, en donde apenas asomaban garúas, lloviznas, chaparrones y chubascos intermitentes. Todo indica que este nuevo frente de “mal tiempo”, pronosticado para durar hasta la próxima semana, nos cerrará la boca y, de paso, la dejará ahogada hasta el cogote.
A dos años de aquel invierno, persiste la preocupación por aquellos que no tienen donde capear el agua. Así, los perros callejeros, arrojados a su suerte, se volvieron víctimas del abandono municipal. Algunos vecinos fueron rápidamente en su ayuda para resguardarlos de la intemperie. En Quilpué, un vecino llamó pidiendo auxilio por riesgo del derrumbe de su casa, y le contestaron que “llamara cuando se cayera la casa, no antes”. Un sarcasmo burocrático. Las críticas a la falta de gestión y de planificación de las autoridades se viralizaron con rapidez. Llueve sobremojado sobre las cabezas expuestas. En otro punto de la región, se podía observar a un hombre solitario practicando boxeo en las dunas de Con Con, acompañado de sus mascotas: dos perros blancos que aguantaban el vendaval. Una especie de “boxeo en las sombras”, contra todo pronóstico, próximo a los edificios que están a punto de ceder terreno a los socavones. Una imagen que nos habla de la resiliencia y, al mismo tiempo, de una indolencia absurda.
La lluvia milenaria, cual Dios imparcial, habla fuerte, y el Estado, sus operadores, parecen no escuchar, o practicar una sordera deliberada. Increíble que el agua purifica y también arrastra consigo las miserias y las fallas de un sistema agrietado por dentro. Más allá del desastre y del aguacero “diluvio”, el Niño, con toda su potencia fenoménica, nos va dejando algunas escenas para el recuerdo. Arriba en Placilla, a la altura del Salto del Agua, se alcanzaba a ver una cascada imponente: “Despertó el demonio. Te extrañamos. Miren quién despertó. Es libre y está dejando la z… allá abajo. Qué maravilla. Como tiene que ser. Libre. Agua libre”, exclamaba un hombre que grabó el momento en que la cascada se precipitaba, fluyendo poderosa a través del bosque. “Ha despertado. Ha despertado”, repetía, como si fuera el testigo de un titán antiguo, cobrando lo que le pertenece.
Siempre me he preguntado por qué se le llama así a esa fuerza de la naturaleza Según cuentan, algunos pescadores peruanos, durante el siglo XIX, relacionaron esta seguidilla de lluvias, fuertes vientos y tormentas con la cercanía de la Navidad, fecha en la que nacería el niño Jesús. De ahí surgiría la asociación entre la gente. Desde los albores de las repúblicas, este fenómeno tendría un nombre santo. Una voluntad crística arrastra las aguas, sin duda. Y, mientras continúa el temporal, me acuerdo del poeta Pablo de Rokha, en su Canto del Macho Anciano, cuando declamaba, con su voz portentosa: “Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo, ¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo siempre y el vendaval desenfrenado que yo soy íntegro, se asocie a la personalidad popular del huracán!”.