“Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
(…) Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.”
Constantino Cavafis, Ítaca.
Después de la función de La Odisea de Nolan, comenzó a llover. Esto sería una simple anécdota del clima si no fuera por su poderosa resonancia mitológica. Odiseo (interpretado por Matt Damon), tal como en el canto homérico, debe enfrentar un destino aciago. Literalmente, contra viento y marea, debe conducir a su tripulación de regreso a su tierra natal, Ítaca, tras la guerra de Troya, donde lo esperan Penélope (Anne Hathaway) y su hijo Telémaco (Tom Holland). Para eso, surca los mares y los océanos del mundo antiguo que eran el dominio de Poseidón. Se revela, casi al principio, en forma de retrospectiva, la suerte de muchos de sus guerreros, entre ellos, Sinón (Elliot Page), quien quedó a merced de los enemigos solo para resguardar a los soldados que iban dentro del caballo de Troya. Esta decisión en el montaje narrativo permitirá situar la historia in media res, acentuando el extravío del héroe y la incertidumbre sobre su viaje.
Odiseo va recordando poco a poco las memorias de sus antiguas batallas y el sentido de su misión, olvidado por acción del loto que le ofrecía Calipso (Charlize Theron), en una evidente relación con el ejercicio mnemotécnico de Memento, la primera película del director. De esa manera, van transcurriendo los míticos desafíos que acechan a la tripulación del héroe. Primero, caen en la cueva del cíclope Polifemo. Este ataca y devora a algunos de los soldados, para luego ser cegado por Odiseo. En venganza, Polifemo le ruega a su padre, el dios del mar, que los envuelva con furia dentro una tormenta. Luego, derivan hasta la isla de los Lestrigones, representados en la película como unos gigantes con armaduras, unos auténticos “berserkers”, que los superan en tamaño y fuerza, y que están dispuestos a masacrarlos. Terminan huyendo, a duras penas.
Después, caen en la isla de Circe (Samantha Morton), una bruja con poderes oscuros, desconfiada de los extranjeros. Los engaña con alimentos y los convierte en cerdos, en algunas escenas que recuerdan mucho al horror corporal de cine b. Odiseo se da cuenta del hechizo de la bruja y consigue que ella los vuelva a sus “disfraces”, a su envoltura de humanos. Ahí, ella suelta una diatriba contra los hombres por sus “apetitos animales”. Circe, vencida, le indica a Odiseo el próximo paradero y le advierte sobre la pérdida de sus soldados. Él tendrá que ir al inframundo y regresará completamente solo a sus tierras, algo que el propio Odiseo no estaba dispuesto a aceptar, desafiando (con hibris) el designio divino.
En el descenso del inframundo, el Hades, la película ofrece un escenario muy distinto al reino de los muertos ya avizorado en otras adaptaciones más antiguas. Acá no se retrata un escenario infernal, sino que un páramo frío, inhóspito y desolado, frente al cual deben sacrificar sangre de cordero para despertar a los muertos y consultar al adivino Tiresias. Quizá este se trate de uno de los pasajes más auténticamente espeluznantes y mejor logrados de la película, por su creatividad y su potencia evocadora. Aparece la sombra de Agamenón (Benjamin Safdie) y le advierte a Odiseo que vuelva a Ítaca sigiloso, escondido, para resguardarse de la traición de los pretendientes que conspiran para casarse con Penélope y quedarse con su reino. También aparece Sinón y le reprocha a Odiseo el haberlo engañado por no avisarle sobre el plan para invadir Troya. Odiseo le replica que su sacrificio era necesario para completar la misión en medio de la guerra. Tras estos intercambios, Tiresias advierte al héroe y a sus hombres sobre los espíritus de los soldados caídos en batallas, que no recibieron un entierro digno. La tripulación arranca de ellos y retoma su rumbo.
Se aproxima la recta final del viaje. Quienes no leyeron La Odisea de Homero podrán intuir el temor que sucede a la inevitabilidad de la tragedia épica. El héroe debe asumir el hecho de que volverá solo, pero para eso debe primero sortear los últimos desafíos. Hace frente al canto de las sirenas atándose a un mástil. Mientras tanto, los soldados se untan cera en sus oídos. En la película, se dice que el seductor canto de las sirenas “es todo lo que quieres que sea. Después, todo lo que quisieras nunca haber deseado”. Aunque no se muestren a las sirenas originales, criaturas mitad mujer, mitad ave y, en cambio, se muestran a unas mujeres esbeltas, pálidas, recostadas, a lo lejos, en los roqueríos, creo que acá la desesperación de Odiseo se desarrolla de manera más simbólica y menos explícita, sin perder la idea del deseo y su trampa vital.
Odiseo logra sobreponerse al mortal llamado del deseo y continúa con el viaje, esta vez, enfrentándose a una situación dilemática: atravesar el torbellino marino de Caribdis o enfrentar la bestia Scylla, semejante a la Hidra de múltiples cabezas. Odiseo opta por seguir el camino de la Scylla, aunque le cueste la vida de algunos de sus soldados, porque pasar por el torbellino habría sido una cuestión suicida. Uno de sus hombres le recrimina, nuevamente, el costo de sus decisiones. Aparece, de nuevo, la interpelación constante a la culpa y la responsabilidad de Odiseo, motivo constante en la psicología del personaje, mismo motivo que, de hecho, gatilla el conflicto de su conciencia. Por eso mismo, la aparición de Atenea (Zendaya) en momentos cruciales de la trama podría interpretarse como una representación alegórica de su propia conciencia atormentada por el curso inevitable de los acontecimientos.
En el clímax de la aventura de regreso, Odiseo y sus hombres, exhaustos, llegan a la Isla de Helios, el dios Sol. Pese a ser advertido sobre el ganado sagrado, los soldados se devoran a las vacas, a escondidas de nuestro héroe, lo que provoca la ira de Zeus. Odiseo pretende alivianar su culpa, diciendo que prefería ver morir a sus hombres en una cruenta lucha antes de verlos desfallecer de hambre. Entonces, zarpan de nuevo, confiados en el buen clima y el favorable viento. Sin embargo, se trataba de un engaño divino. La furia de los dioses cae sobre la tripulación de Odiseo, y los ataca sin piedad, ahogando a todos los soldados y dejando al héroe a merced de la intemperie. De esa forma, deriva hasta la isla de Calipso y allí se explica que, en realidad, Odiseo se había mantenido durante siete largos años. Nadie sabe qué tipo de relación mantuvieron, aunque, fiel a sus principios, se podría decir que Odiseo fue engatusado por Calipso para seguir allí, y ella estaba genuinamente enamorada del héroe. Al final se daría cuenta de que su corazón siempre estuvo en otra parte. En su patria, con su mujer y su hijo Telémaco. Recuerda. Vuelve a pasar por el corazón.
Se ha dicho de la película de Nolan que no se apega estrictamente a la obra homérica. Y esto, en parte, es cierto. Por ejemplo, no predomina la astucia de Odiseo al momento de llamarse “Nadie” para confundir a Polifemo. No aparece Aquiles en el Inframundo. Tampoco se habla del país de los lotófagos, lugar donde los hombres comían loto y perdían su deseo de volver a sus tierras. Esa situación se extrapola a la isla de Calipso. Recordemos que eran los propios dioses los que ordenaron la liberación del héroe para culminar su retorno. Y algo que se pasó por alto completamente fue la Isla de los Feacios, en donde se supone Odiseo llega, siendo acogido por Nausícaa y el rey Alcínoo, para relatar todas sus aventuras antes de volver a casa. En cambio, se nos muestra de manera íntegra el viaje de Telémaco en busca de su padre, y su encuentro con Menelao y Helena de Troya, de quienes recibe algunas noticias de Odiseo.
Todas estas imprecisiones y faltas de rigor histórico, durante el visionado, si bien pueden parecer imperdonables para los puristas de las anteriores adaptaciones cinematográficas o para quienes buscan un “calco” de la obra homérica, pienso que no se sintieron para nada arbitrarias y se presentaron de manera tan orgánica que lograron articular una trama coherente en su estructura, virtuosa en su ejecución y completamente moderna en su trasfondo, porque la idea de Nolan, dicho sea de paso, nunca fue ser fiel al espíritu homérico. No pequemos de ignorantes. El solo hecho de adaptar (desde una mirada de cineasta de autor) un canto épico del antiguo mundo griego a un lenguaje artístico que no tiene más de doscientos años de existencia, constituye, de por sí, una operación creativa, un artificio estético, que no un documento histórico ni arqueológico. Conviene, por esto mismo, no hacer caso de las críticas de aquellos que acusan "wokismo", porque todo se reduciría a una lectura simplona en clave “batalla cultural”, sacrificando, de esta manera, una oportuna y mesurada visión cinematográfica. Si es que hay un par de actores o actrices en esa línea (Elliot Page como Sinón, Zendaya como Atenea y Lupita Nyong'o como Helena), la trama es tan sólida que estos elementos no afectan su desarrollo. Apenas aparecen algunos minutos y no cobran un mayor protagonismo en la historia. Ante todo, la Odisea de Nolan ensalzó la épica clásica en clave moderna con un espectáculo de alto calibre. Hay, incluso, un continuo en su filmografía, una mirada cinemática y narrativa que subyace a sus obras y que acá, en la Odisea, se plasma de una manera radicalmente distinta, frente al habitual realismo al que nos tiene acostumbrados. La Odisea desafió al director a expandir la mirada, volverla mitológica y divinizante sin sacrificar el elemento humano, y lo logró con creces. Los dioses no aparecen de manera gráfica ni intervienen directamente en el curso de los acontecimientos, pero subyacen al imaginario recreado en la obra, en sus constantes alusiones y expresiones vicarias.
Las escenas finales, debo decir, el enfrentamiento con los pretendientes, el terreno íntimo de Penélope, siendo asediada por los “peores hombres”, su conflicto con Telémaco por la ausencia del rey legítimo, todo me recordó a ciertos momentos de la trilogía de Batman, sobre todo en el tema del drama psicológico y en las escenas de acción. Eso sí, el villano Antínoo, interpretado por Robert Pattinson, está preciso en su rol de cobarde, aunque, de ninguna manera, alcanzaba la magnitud de los villanos del universo de Gótica en Nolan. Puede que, en este punto, el mayor aporte del director haya sido incluir una visión modernizante sobre el viaje épico y sobre la propia guerra de Troya, una visión ajena a la idiosincrasia de los hombres griegos, pero consecuente con una relectura contemporánea del mito. Odiseo, vestido de mendigo, conversa con Penélope, antes de desafiar a los pretendientes. Allí le confiesa haber participado del ataque a Troya junto a muchos otros hombres. Se muestran escenas de asesinato y aniquilación, en donde el pueblo completo es asediado, arrastrando con todos, no solo con los guerreros, sino que hasta con los inocentes. En una de las secuencias que generaría el trauma en Odiseo, unos soldados destruyen la figura de un ídolo y, de manera velada, someten a una sacerdotisa, mostrando cómo la cabeza de la figura cae rodando. Esa cabeza rodante se puede interpretar como el costo de la hibris y, por extensión, un atentado al orden de los dioses.
Definitivamente, “los Pueblos del Mar han roto la Ley de Zeus”, se dice. Ellos mismos eran esos Pueblos del Mar que acecharon el Mediterráneo y precipitaron el ocaso de la Edad de Bronce. Odiseo internaliza esa ruptura de lo sagrado al ver violada la Ley de Zeus, la cual consistía en un principio de hospitalidad para con los extranjeros. La invasión y la quema de Troya se interpreta como un atentado contra una ley divina, y Odiseo, lejos de la hibris propia que caracterizaba a los héroes de la Antigua Grecia, acarrea una culpa que constituye una carga en su conciencia, una culpa, por cierto, muy cristiana, motivada por una concepción modernizante del comercio como posibilidad del diálogo y la comunicación entre los pueblos. Hay críticos que ven en esta visión del personaje una falta, ya que los antiguos héroes griegos, lejos de actuar con culpa moralizante, actuaban con orgullo, desmesura y volcaban toda su épica en el honor y en la posteridad. De hecho, la propia Emily Wilson, académica y traductora del poema homérico, y en quien Nolan se inspiró para el guion de su adaptación, criticó la película por motivos similares. Subrayó, según ella, la falta de profundidad psicológica, emocional, política y ética, cuestiones con las que no estoy para nada de acuerdo. Tal vez puede que haya faltado un mayor desarrollo de perfil de personajes, pero en cuanto a lo político y lo ético, creo que se equivoca rotundamente, y ese es precisamente el punto que Nolan se permite articular para ofrecer una visión renovada del mito del héroe homérico.
Existen quienes citan a Nietzsche para hablar sobre los impulsos apolíneos y dionisiacos en el mundo griego. En La Odisea de Nolan, afirman, habría mucho de apolíneo y poco de dionisiaco, no un equilibrio armónico. Mucha arquitectura, imponente campo visual, escenarios bien logrados, fotografía soberbia, perfecta caracterización de personajes, pero nada de exceso, escasa brutalidad en las batallas, nada demasiado explícito, poca hibris en el héroe principal, nulo erotismo y sexualidad tanto en Circe como en Calipso, las que, bajo esta mirada, aparecerían retratadas solo como una sombra de lo realmente fueron en la obra de Homero: auténticas amantes del héroe, fogosas en sus encuentros, astutas, sexualmente osadas, muy cercanas al arquetipo de la mujer fatal. Claramente, si Nolan hubiera representado estos encuentros con el suficiente apego a las descripciones literarias, la moral victoriana de la corrección política no le habría permitido su categoría de “blockbuster” en Hollywood, ni tampoco tendría sentido el relato sobre la conciencia atormentada de un Odiseo culposo. Ante todo, debía presentarse como un héroe leal a su esposa y a su familia, obviando el influjo dionisiaco. En definitiva, todo demasiado sobrio y lejos de la bacanal de sangre, sexo y destrucción que habría significado si honrara al Dionisos nietzscheano en una probable adaptación rocambolesca.
Aunque cada uno de estos puntos críticos considero que constituyen una crítica fundada sobre el planteamiento de la película, me temo que aún no comprenden el meollo de la visión de autor que Nolan plasma en su recreación del mito heroico. Volvamos sobre el tema de la conciencia. Odiseo arrastra una culpa que se manifiesta tanto en sus acciones como en su forma de actuar. Actúa de manera precavida, y hasta, en ciertos momentos, excesivamente preocupado, incluso dubitativo. Tiene flashbacks recurrentes que lo regresan al punto en que Troya ardió. La cabeza rodante de la sacerdotisa continúa en su psiquis, y la figura de Atenea lo acompaña en sus momentos más introspectivos, o es que acaso esa figura solo sea una proyección simbólica de una sabiduría empañada, de una justicia ensangrentada por la hibris de los hombres. Odiseo no encontrará, por ende, su redención hasta ver cumplido su propósito, su retorno al reino que le pertenece para dejar un legado en su hijo y exiliarse luego en búsqueda de un horizonte más próspero junto a su esposa Penélope.
Tenemos entonces que La Odisea de Nolan funciona perfectamente como una parábola de la redención de un hombre atormentado por la conciencia de haber quebrado la Ley de Zeus. Así, podrá ser leída como una metáfora fantástica de nuestros tiempos convulsos, en el ocaso de una civilización, la nuestra, la occidental. Nolan nos parece decir, con este mensaje: tal como pereció la Edad de Bronce con la irrupción de los Pueblos del Mar y la crisis de las primeras globalizaciones, también nuestra época corre el riesgo de perecer ante el quebrantamiento sistemático de lo sagrado y la secularización de todos los planos de la vida. En el universo cinematográfico de Nolan, así queda visualizado: el físico Oppenheimer creó la bomba atómica, el arma prometeica robada a los “dioses” que provocaría el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de una cruenta era nuclear, cuya sombra nos irradia hasta ahora. Por su parte, Odiseo en la película fue testigo y cómplice de la destrucción de Troya. Todo puede arder, sobre todo en la conciencia. No hay diferencia entre la bomba de Oppenheimer, destructora de mundos, y el caballo de Troya, quebrantador de la ley de los dioses. La profecía se cumple más allá del visionado, y la realidad geopolítica mundial resuena con ella, y ese creo yo es el acierto más grande de la película: servir de espejo teatral para el colofón de nuestros tiempos cada vez más desencantados y carentes del sentido de trascendencia. Ya se ha dicho que en su Odisea, Nolan cristaliza de manera magistral algunos de sus motivos recurrentes. El homo homini lupus en clave de suspenso, el tratamiento del tiempo no lineal, que, de hecho, entronca muy bien con la idea del tiempo cíclico y mítico. Cada uno de estos motivos, que son la seña del director, constituyen la arquitectura profunda de La Odisea de Nolan.
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