jueves, 5 de febrero de 2026

Kubrick y Pasolini ya lo avizoraron en Ojos bien cerrados y Saló. Ritualística perversa de manual en los altos círculos de poder. Hermetismo y oscuridad. Ya sabemos el precio que tuvieron que pagar estos hierofantes de la mirada. Las elites siniestras, cuyo verdadero nombre e identidad nunca se revela, los súbditos de la Logia Negra, mantienen a los profanos, el resto de la población de a pie, con los "ojos bien cerrados", con la conciencia dormida. Nunca se revelará del todo el secreto, porque saben que el conocimiento es poder, y ellos lo ostentan de manera insolente. 
En un mundo de locos, en un sistema de pervertidos desenmascarándose a sí mismos, de hipócritas militantes, apuesto por una escritura que no ofrezca redención ni esperanzas, que más bien apueste por una conciencia amarga, por una lucidez corrosiva, que no se asuma desde la pureza moral, sino que desde el propio abismo, radicalmente abierta y expuesta, sin miedo a contaminarse.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Decía Wittgenstein que el mundo es la totalidad de los hechos y los estados de cosas dados. Witehead, en cambio, afirmó que la realidad es un proceso inacabado. Lo fundamental no son las cosas ni los hechos, sino los acontecimientos, las ocasiones presentes. Siguiendo esa disputa, me inclino mucho más por Whitehead, pese a no haber seguido ni de cerca su perspectiva, como sí lo hice en su momento con Wittgenstein. El planteamiento de Whitehead, de que la realidad no es algo dado, de que la realidad es básicamente un proceso, resuena mucho más con mi manera de articular las cuestiones, que es, a su vez, mi manera de mirar y de narrar lo que (creo que) sucede. La crónica, a mi modo de ver, se constituye como la instancia textual en la que esa mirada y esa narrativa tiene lugar.
¿Cómo se explica el vínculo que tuvo Noam Chomsly con 3pstein, el señor de la isla? Su amigo y colaborador más cercano, el historiador Vijay Prashad, no lo puede creer. Y nosotros tampoco. O quizá sí, porque últimamente se han caído demasiadas caretas. De todos modos, Chomsky no está en condiciones de responder ni defenderse. Habrá que otorgarle el beneficio de la duda. Han llegado a ironizar sobre su antiguo modelo gramatical, llamándolo "gramática degenerativa". Increíblemente, ninguna otra podrá articular un descargo efectivo en esta encrucijada, porque las palabras solo podrán rozar la superficie de lo que hay detrás y que sigue oculto. ¿Qué pensarán mis antiguos profes del ILCL, avezados lingüistas e investigadores de la lengua, sobre la posible vinculación del maestro con semejante personaje? ¿Existirá algún otro modelo gramatical avanzado que permita dilucidar, al menos, desde un punto de vista léxico, sintáctico, semántico o pragmático, los secretos de su intrincada comunicación?

"3pstein, la decadencia de Occidente y el colapso moral de las élites". ZeroHedge

"Lo que está en juego ya no es quién visitó la isla ni quién se subió al avión de 3pstein. Lo que está en juego es que redes de este tipo solo existen cuando cuentan con el respaldo de una sólida protección institucional. No existe la p3d0fili4 ritual, ni la trata de personas a escala transnacional, ni la producción sistemática de material extremo sin cobertura política, policial, judicial y mediática. Esto no es una conspiración: es la lógica del poder.
A partir de ahora, Occidente ya no puede escudarse en la idea de un declive gradual. No se trata simplemente de una degeneración cultural ni de una pérdida de valores.
Es algo más oscuro: una élite que opera al margen de cualquier límite moral reconocible y, sin embargo, sigue gobernando. Personas directa o indirectamente involucradas en este mundo siguen decidiendo elecciones, guerras, políticas económicas y el destino de sociedades enteras.
Si hay algo positivo en este momento, es el fin de la ingenuidad.
Ya no es posible fingir que el sistema está "enfermo pero recuperable". Lo que quedaba del proyecto (anti)civilizatorio occidental se ha corroído desde dentro. Lo que vendrá después es aún incierto y será cuestionado por todos los medios posibles y necesarios.
Pero una cosa está clara: después de 3pstein, nada puede seguir como antes. Quien actúe como si nada hubiera cambiado, o no comprende la gravedad de lo que ha salido a la luz o finge no comprenderlo". 
Lucas Leiroz, ZeroHedge
Llega un punto en que uno ya no se decepciona de nadie, sencillamente porque ya no espera nada. Evito el drama innecesario, me inclino por la paz. Me tomo las cosas como vengan. ¿Ataraxia? ¿Apatía? ¿O mecanismo de defensa? Yo diría cura de espanto.

lunes, 2 de febrero de 2026

Escribí en el 2017, durante esta misma fecha, lo siguiente, tras una lectura sobre Adolfo Couve: "Sin un grado de perturbación no es posible crear nada. La eterna satisfacción a la que aspira el optimista no puede estar más lejana a la aventura de la creación, porque esta para manifestarse requiere de un goce medio doloroso, medio epifánico, siempre". Hay en el texto realizado una satisfacción, por muy jodida que sea la experiencia representada. Hay, por cierto, una representación sin la cual no sería sostenible en el tiempo ese instante de vida vivido.
Hoy no resultó nada de lo que tenía contemplado hacer. Luego de un fin de semana en la pobreza, sin sueldo, bono de vacaciones y término de conflicto, me había propuesto bajar al plan a realizar algunos trámites. Así, fui rumbo al cajero del Banco Estado a sacar algo de plata. Después, caminé hacia la famosa “zona de los bancos”, entre Cochrane, Blanco y Esmeralda, alrededor del reloj Turri. Hace un par de años atrás, casi en la misma fecha, también anduve por esos lados, con la idea de poder sacar un par de tarjetas de crédito en el Banco A y, por si fuera poco, en el Banco B. Aquella vez la operación resultó un éxito, aun sabiendo el costo de tener esas tarjetas y sus elevadas cifras de intereses. “Pan para hoy, hambre para mañana”. “Ten cuidado”, repetía mi polola en aquel tiempo. “Es peligroso”, agregó, muy preocupada. Lo decía por experiencia propia. Y no le hice caso. Claro que no le hice caso. Porque siempre la cago. Por eso vuelvo de nuevo a esa cuadra bancaria como quien husmea en un lugar que creyó oportuno, que creyó milagroso. Salvarse de un pozo para caer en otro.

De todas maneras, volví a recorrer esos bancos, tratando de deslumbrarme con su vieja arquitectura imponente. Fui, eso sí, aquellos en donde todavía no había pedido nada. Consciente del despropósito de mi consulta, en el Banco C le pregunté a un ejecutivo sobre la posibilidad de sacar otro crédito. Ya sabía más o menos la respuesta, pero algo en mí me decía que tenía que insistir. “Tiene una cuenta vencida”, repitió el ejecutivo. Me lo esperaba. Acto seguido, dijo que después de dos años esa deuda podía caducar. Entonces volvió a mí un halo de esperanza. De inmediato, el pecho se descomprimió un poco. Volví a respirar hondo. Era el efecto placebo del asunto. Ciertamente, después de un tiempo indefinido de mora, la deuda podía llegar a un tope y dejar de crecer de manera exponencial. Y el propio hecho de haber pedido antes un crédito constituía una prueba fidedigna.

En efecto, ya había escrito sobre estar en DICOM hace casi siete años, aquel mítico 2019, y gracias a mi solvencia económica y a mi contrato indefinido en el colegio en el que estuve desde la pandemia se me dio la oportunidad de poder pedir aquellas tarjetitas e ingresar, de nuevo, al mundo de la mora por la puerta ancha. Se siente como una recaída. El sistema te borra, después de un tiempo, y luego vuelves a caer en lo mismo. Una droga crediticia para economías escuálidas y para bolsillos endebles. Un verdadero yonqui del crédito. Prácticamente, podría considerarla como un tumor parásito, algo que se te queda pegado ahí a un costado, que de tanto en tanto despierta y te chupa la sangre, y te recuerda su existencia. Me repito a mí mismo, “ten cuidado”, las palabras de mi polola, como si fuesen un mantra, como si la estuviera invocando en la memoria, ahora que ya no estamos juntos, mientras recorro de nuevo ese sector agitado, tan fascinante como agobiante.

En la medida que me acerco a aquellas veredas archi recorridas, mis pensamientos se ordenan un poco. Sé que no servirán de nada mis acciones, pero un impulso necio me lleva a seguir buscando. De esa forma, me dirigí a las cajas de compensación. No recordaba en cuál estaba afiliado desde mi última pega, así que tuve que preguntar allí por la remota posibilidad de algún beneficio. En una de las cajas pregunté y me dijeron que sí figuraba en el sistema, aunque debía ir a otra caja en donde había quedado registrado la última vez. Salí del lugar y fui rápidamente a aquella caja. Lo hice, temiendo que cerrara, faltando quince minutos. Durante el trayecto, pasé por zonas aledañas que me trajeron recuerdos, todo tipo de recuerdos, malos, buenos, pésimos, agridulces. Risas, llantos, gritos, escapaditas de la mano, besos, golpes. Bocinas, murmullos, murmullos. Todo junto a punto de hacer ebullición, volviéndose una mora emocional. Pero debía seguir caminando. No había tiempo para pagar un costo ya vencido en el corazón. El presente era otro. Tenía que llegar a aquella caja, con la inútil idea de algún beneficio, en espera de la improbable promulgación de la ley del reajuste del sector público.

Llegué. Pedí número. Pregunté al ejecutivo de la caja. Dijo que no estaba dentro del sistema y que mi última cotización data de septiembre del año pasado. En resumidas cuentas: mientras no tuviera una pega fija ni un empleador, no podría acceder a ningún beneficio de ninguna caja, por la sencilla razón de que no estoy activo. Una respuesta de lo más lógica, para una inquietud de lo más desatada. ¿En qué momento de desesperación se me pudo haber ocurrido que dichos trámites funcionarían? Pero me di la lata de corroborarlo. Algo como lo que repetía Beckett: “fracasa mejor”. Volví sobre mis pasos, extrañamente calmado, con la certeza de haber agotado oportunidades que, en dichos momentos, solo fueron producto de una obstinación rayana en el delirio. Con las lucas que había sacado del banco tomé locomoción de regreso a casa. Sabía que lo único que quedaba era seguir esperando por los bonos dilatados hasta el hartazgo, por unas cuantas lucas adeudadas que llegarían a mi cuenta pronto y por la remota ocasión de un trabajo a contrata, para no tener que repetir el mismo ciclo flagelante en las próximas vacaciones de verano, vacaciones que nos íbamos a tomar con mi polola, en un soñado viaje a Argentina cuyo destino solo tuvo lugar en una cita donde bebimos de más, y de cuya inspiración solo resta una boleta manchada con vino.

domingo, 1 de febrero de 2026

Sobre "Enfermos de cobardía. Jorge Matute Johns. El falso crimen perfecto" de Andrés Ovalle

“Lo que hay es la desaparición de un joven en la discoteque La cucaracha, en forma total y absolutamente circunstancial, es golpeado por uno de los guardias, en atención a que lamentablemente equivocó la puerta del baño donde se había dirigido después de haber estado afuera de la discoteque, al haber sido expulsado. Él ingresa nuevamente aprovechando un descuido de los guardias por una situación que acontece en los estacionamientos, aprovecha ese instante y baja al baño que estaba en el subterráneo y aparte de eso este joven estaba bajo los efectos del alcohol, equivoca la puerta y se encuentra con una situación de una reunión privada en donde había connotados políticos de la época de connotación pública, consumiendo cocaína, alcohol, y aparte de eso había funcionarios policiales de Carabineros, además del empresario que había organizado este encuentro privado con estos políticos y con estos policías que hacían de cobertura a la entrega precisamente de drogas. Esa es la escena que ve Jorge Matute y esa es la situación que se oculta en el tiempo. Es golpeado fuertemente porque él pide ingresar y participar de esa fiesta privada. (…) Cuando vio todo el tema, la expresión de Jorge Matute fue “todo pasando”. Eso fue lo que dijo”. Andrés Ovalle.

Sobre su libro “Enfermos de cobardía. Jorge Matute Johns. El falso crimen perfecto”. Se llama “Enfermos de cobardía”, según el autor porque “los que debieron asumir un rol protagónico en la investigación, desde el punto de vista de tomar decisiones, no lo hicieron. De haber sido tal como lo describe el mayor Andrés Ovalle, la escena de Matute Johns bajando y entrando hacia ese cuarto secreto por error puede señalarse perfectamente como una “catábasis”, en el sentido del descenso a los infiernos. Ese descenso, según la mitología antigua, implicaba un encuentro con los propios horrores con el fin de enfrentarlos, reconocerlos, hacerlos conscientes para luego ascender y regresar a la realidad, “purificado” con ese nuevo estado de conciencia.

Acá, sin embargo, una hubo salvación posible. Matute Johns habría bajado sin ninguna pretensión ni búsqueda superior. Solo estuvo en el lugar equivocado y en el momento equivocado, volviéndose el testigo involuntario de una realidad abyecta, con envoltorio de conspiración, a espaldas del ojo público. La Anábasis no ocurrió para el joven Matute. No hubo resurrección ni aprendizaje posterior, solo hubo una muerte violenta e injusta, de parte de ciertos sujetos criminales y obscenos con mucho poder. Lo único real, después de todo ese descenso, era el infierno que acababa de ver. Vio demasiado, y por eso fue castigado.

Desde tiempos inmemoriales, la revelación de la verdad ha tenido un costo funesto, fuera de la forma que fuera. La puerta tiene la resonancia del portal. Al abrir la que no debía abrir, Matute Johns estaba configurando una peripecia, un giro del destino que lo llevaría a la develación de aquello que ciertos círculos de poder intentan ocultar, por todos los medios posibles. Lamentablemente, no hay anagnórisis sin un trasfondo de tragedia. Muchos otros también han sido sacrificados por haber visto más de la cuenta o por saber demasiado. Ciertamente, detrás de muchos sitios, siguen y seguirán habiendo reuniones en las sombras, porque la historia de las conspiraciones es el motor oculto de la historia. ¿Cuántos otras puertas seguirán cerradas? ¿Qué otros secretos sórdidos permanecen escondidos detrás de ellas? ¿Cuántos otros seguirán siendo eliminados con tal de mantener cerrado el antro de la corrupción? Lo dije hace tiempo y lo vuelvo a repetir: es tal el secretismo vuelto praxis, es tal lo falsario y lo mistérico, que el que más esconde, más controla, y el que más tergiversa, más figura. A su vez, el poder se debate entre el hermetismo y la revelación.

Por ahí leí que “la verdad es una fuerza de la naturaleza. Siempre hallará la manera de manifestarse”. Y lo hará de manera cruenta, mientras más resistencia presente. La banda de rock que tuvo Matute Johns en su adolescencia se llamaba “Reacción en cadena”. En efecto, eso es lo que está ocurriendo. Poco a poco, se desmantelan los montajes y “nuevos demonios reaparecen”, a medida que se avanza y se descubren cuestiones verdaderamente turbias, porque, “todos los hipócritas seguirán parados en línea/, y ya estarán listos para hacer el jaque/ y jugar con sus vidas miserables”.



Según Mario César Ingénito: "el peor de los totalitarismos es el de la literalidad", y menciona a Maurice Nicoll, quien indica que "el peor pecado es el de la literalidad". En oposición al lenguaje figurativo, propio de la poesía y de la literatura, el lenguaje literal se remite únicamente a las definiciones exactas y precisas, las cuales, precisamente por su exactitud y precisión, clausuran la posibilidad de la polisemia. Hay, por ende, en la irregularidad del lenguaje, en el "extrañamiento" (la ostranenie formalista), en la ambiguedad, una virtud, una apertura, y hay en la literalidad un cerco, una trinchera, un límite.