sábado, 19 de septiembre de 2026

"Los mitos de Cthulhu" según José Ossandón.

"Afirmo que varios famosos escritores inmortalizaron el nombre de Valparaíso en obras que hasta hoy se leen y forman parte de los estantes de las más importantes bibliotecas de Europa.

Algunos de ellos: Joseph Conrad, Edgard Allan Poe, Robert Stevenson, Herman Melville y Howard Phillips Lovecraft relataron historias ocurridas en nuestro Puerto, narraciones oscuras, misteriosas, con aroma a madera de barco desvencijado.

(...)

Valparaíso está condenada al mito.

A pertenecer a la memoria del mundo enmarcada en madera noble.

La historia la condecora con cintos de plata y coronas de oro. Lo malo es que precisamente fue esta historia la que se tragó a nuestro Viejo Pancho.

Con cerrito y todo."

¿Valparaíso vive entre las sombras?

En La llamada de Cthulhu, un carguero Vigilant de la compañía Morrison, zarpó desde el puerto de Valparaíso hasta el puesto de amarre en la Bahía de Darling. En otro punto, el narrador ubicó la ciudad de R'lyeh, donde yace Cthulhu, en algún punto del Pacífico Sur. ¿Cómo es que el maestro pensó en estas coordenadas lejanas del Cono Sur, hacia el fin del mundo, "donde el diablo perdió el poncho", para configurar el territorio geográfico de algunas de sus visiones de pesadilla? ¿Podemos decir entonces que Valpo tuvo un pasado lovecraftiano que aún merodea sus rincones y sus orillas? Hay un autor, José Ossandón, que publicó en El Mercurio un artículo llamado "Valparaíso vive entre las sombras" (2002). En ese artículo reflexiona sobre estas extrañas referencias lovecraftianas en Chile. De hecho, ofrece antecedentes sobre un posible Vigilant real, no exclusivo de la imaginación del genio de Providence. Rafael Llopis, citado por Ossandón en su artículo, llegó a sostener que ese Vigilant real sirvió como referencia directa para el carguero legendario. No se ha comprobado la veracidad de su existencia, pero lo que es indudable es la mención del puerto y del océano Pacífico como territorios liminales de un universo narrativo ominoso, quizá uno de los más espeluznantes de la literatura en escala cósmica. 

En Chile y, en particular, en Valparaíso, he vivido hartas pellejerías, cuestiones que me harían renunciar ahora mismo, pero también he pasado momentos increíbles, rozando el éxtasis. Son esas pocas cosas satisfactorias y luminosas las que me tienen acá todavía, pese a todo. No puedo renegar de su historia, la historia de Chile, la propia historia de Valpo, sin antes morderme la lengua.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Una charla orwelliana

Fui a una charla en el Museo Histórico de Placilla, llamada “Historia, memoria y ficción. Una aproximación a propósito de la novela 1984 de George Orwell” por el historiador Salvador Rubio. Me llamó muchísimo la atención el diseño del afiche del evento. En él, aparecía el ojo del Gran Hermano, reflejando en grande el número 1984 sobre un fondo negro y un piso rojizo, con la pequeña silueta de un hombre que caminaba en dirección al ojo. Se podría decir que ese hombre representaba a cualquier asistente, andando a paso lento y firme, seducido por la intriga de la novela o por la idea distópica que le subyace. La propia publicidad de la charla tenía, por ende, ese efecto magnético. Al llegar al museo, les pregunté a los caballeros en la entrada sobre el “evento de Orwell”. Uno de ellos, el organizador, respondió que pasara no más, adelante, con confianza. “Aquí todos somos orwellianos”, dijo, mientras seguía caminando rumbo al interior del salón.

Salvador Rubio comenzó la charla diciendo que nos íbamos a decepcionar: que, en realidad, no se trataba sobre 1984 de Orwell, sino que sobre la historia en la ficción. La obra orwelliana sería una excusa para hablar sobre estas dos cuestiones, en apariencia, tan distintas entre sí, pero conectadas mediante el dispositivo artístico. En efecto, el punto de Rubio era ese: explayarse respecto de cómo el cine, la literatura y la música moldean nuestro pasado y, por extensión, nuestra propia concepción de nuestra historia. Aprovechó de mencionar un libro suyo, hecho en coordinación con otros autores, llamado “Ficción, performance, comic y videojuegos”. Algunas aproximaciones a fuentes no convencionales para la investigación histórica”. Rubio señaló que la obra se gestó en pleno periodo de pandemia, y tenía todo el sentido, puesto que, durante ese tiempo, hubo un cierre masivo de lugares públicos, entre ellos, las bibliotecas, lo que impedía, por cierto, acceder a los libros y poder seguir estudiando. Así que el historiador empezó a considerar otras posibilidades, dentro de un contexto cada vez más digitalizado. El videojuego en línea y la historieta visual resurgían como una opción viable al documento físico, dado el contexto de emergencia. Por supuesto que el libro nunca podrá ser reemplazado, pero esos formatos digitales se volvían preponderantes en función de la distancia social y el encierro absoluto. Lo recuerdo perfectamente: uno podía tomar los libros de su propia colección y ponerse a estudiar cabeza gacha, aunque todo te empujara a la conectividad constante. Parecía que la historia (su estudio, su transcurso) hubiera quedado suspendida en esa maraña paranoica, virológica y política. De alguna forma, los relatos tenían que encontrar su punto de respiración, la salida a la intemperie para su hermenéutica.

Al rato después, el historiador habló sobre la disciplina de la historiografía y la memoria, en sus tres formas de relacionarse. Citó a Pierre Nora para desromantizar la memoria, para “despojarla de ese ropaje heroico y mostrar los hechos con crudeza”. Citó también a Henry Rousso para referirse a la historia del tiempo presente. Ahí propuso el trabajo con testimonios de “personas que siguen vivas y vivieron los hechos”. Finalmente, citó a Michel-Rolph Trouillot y su tesis sobre el “pasado silenciado”. En definitiva, se trataba de ahondar en los archivos olvidados a propósito por el poder, con tal de reivindicar la lectura crítica de la propia historia en su conjunto. Fue en ese momento de la charla que la cosa se puso menos teórica y Rubio se aprontó a hablar de literatura, al fin. Puso en la diapositiva la portada de “Los orígenes del totalitarismo” de Hannah Arendt y, precisamente, la portada de “1984” de George Orwell. “¿Quién representa mejor el pasado?”, se preguntó Rubio. La pregunta iba también dirigida a nosotros. Nadie respondió. Así que el historiador lo hizo solo. Se inclinó por 1984, por el hecho de ser una obra narrativa. Había en la construcción novelesca una cuestión que la hacía mucho más accesible al público y, al mismo tiempo, un aparato de ficción que le permitía pensar la propia historia referida desde otros ángulos, digamos, mucho más heterodoxos, más allá de la estricta rigurosidad historiográfica o del apego excesivo a las fuentes y al principio de realidad. Recordar que el año de publicación de la novela fue en 1949, por lo que parecía estar hablando del futuro, aunque, leída como representación histórica, en realidad, es un espejo de su propio presente. Así lo afirmó Rubio al citar, esta vez, a Hobsbawn y su libro “La era de las catástrofes”. En realidad, la novela 1984 reflejaba el caos y la crisis de la primera mitad del siglo XX en Europa. Recorría, por su nervio narrativo y argumental, el desastre de la Primera Guerra Mundial, seguido del ascenso de estalinismo en la URSS, pasando luego por el “crac” del año 29, hasta llegar a la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, con una bomba atómica como el clímax definitivo del conflicto y como la expresión calamitosa de una civilización autodestructiva.

La novela orwelliana, en ese sentido, el del impulso destructivo y bélico del siglo pasado, contenía la posibilidad de un discurso a contracorriente, además de una resonancia con otros contextos históricos muy distintos en la forma, pero similares en el fondo. Otras obras literarias del siglo XX contaban también con ese poder representativo. Las llamadas distopías. Rubio se dio el tiempo de señalar a Kafka con El proceso y El Castillo; a Aldous Huxley con Un mundo feliz; y a Ray Bradbury con Fahrenheit 451 como ejemplos inequívocos de obras que convirtieron su presente en una ficción distópica con la capacidad suficiente de resonar con el futuro: nuestra propia época. ¿Cuánto de Kafka queda aún en los anaqueles rígidos de la memoria histórica? ¿Cuánto de Huxley en el hedonismo de la inmediatez y en el placebo de la infoxicación? ¿Y cuánto de Bradbury en ese afán soterrado por alimentar a la IA con libros físicos, demostrando una voluntad de exterminio pantagruélica? Son preguntas que me surgen al volver sobre las distopías reseñadas por Rubio. No me dio el tiempo para preguntarle sobre estas inquietudes. Me tuve que retirar antes de la charla, por motivos urgentes. De todas formas, habría sido interesante saber qué cosa hubiera respondido. Qué nexo secreto encontraría entre estas obras, más allá del formulado en estas disquisiciones. Qué lectura histórica podría llegar a concluirse de un presente y de un futuro tan aciago.

Minutos antes de irme, recuerdo que Rubio había declarado lo siguiente: “representar el pasado no es un privilegio de los historiadores. Se trata de un ejercicio mental que hacemos todos, todo el tiempo”. La ficción misma, la narrativa, la novelesca, en este caso, era la adecuada para retrotraer cuestiones que, hoy por hoy, todavía resultan peligrosamente próximas. El gran ojo del afiche, proyectado en el salón, seguía sobrevolando nuestras conciencias. Al rato, puede resultar algo vertiginoso y agobiante. Salí de allí, entumido, quizá por la ventilación del recinto, con una sensación de intranquilidad, por la urgencia que me apuraba, pero convencido de que nada de lo que pasara, de ahí en adelante, podría evitar el descalabro de las acciones y sus efectos en el mundo. Solo tocaba mirar al tiempo con ese mismo ojo agudo, algo irritado, supurando una visión oculta.

“En España la actividad literaria es incesante, en Chile nadie te pesca”, dijo el poeta Andrés Morales. Muy de acuerdo con la segunda afirmación planteada por el señor Morales. Si lo dice él, poeta de cierta trayectoria, imagínese el resto y aquellos que no tienen los suficientes contactos ni lobby. Habrá que salir un rato de chilito para poner las cosas en perspectiva (y, de paso, desintoxicarse). Buen jueves.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Fui a una charla en el Museo Histórico de Placilla, llamada “Historia, memoria y ficción. Una aproximación a propósito de la novela 1984 de George Orwell” por el historiador Salvador Rubio. Me llamó muchísimo la atención el diseño del afiche del evento. En él, aparecía el ojo del Gran Hermano, reflejando en grande el número 1984 sobre un fondo negro y un piso rojizo, con la pequeña silueta de un hombre que caminaba en dirección al ojo. Se podría decir que ese hombre representaba a cualquier asistente, andando a paso lento y firme, seducido por la intriga de la novela o por la idea distópica que le subyace. La propia publicidad de la charla tenía, por ende, ese efecto magnético. Al llegar al museo, les pregunté a los caballeros en la entrada sobre el “evento de Orwell”. Uno de ellos, el organizador, respondió que pasara no más, adelante, con confianza. “Aquí todos somos orwellianos”, dijo, mientras seguía caminando rumbo al interior del salón.

(Continúa…)
Dicho por una amiga escritora: “quizás no tenemos ideas políticas similares, sin embargo, tu mente es muy profunda y posee misterios... eso te hace dominar la escritura, expresando ideas inteligentes y atingentes”.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Mario Montalbetti: “La inteligencia artificial no produce lenguaje, produce otra cosa mediocre”

Mario Montalbetti, poeta peruano, reciente premio José Donoso, paseándose a la IA:

-¿Qué capacidad de resistencia conserva la poesía frente al lenguaje político, publicitario y propagandístico?

-Mínima, porque los lenguajes políticos, publicitarios, futbolísticos, religiosos, etc. son lenguajes cerrados en sí mismos con reglas y formas particulares. Lo que no es obvio es que frente a esos lenguajes exista un “lenguaje poético”, en particular porque tendría que ser un lenguaje que no se encierre y que se abra a todo lenguaje y lo critique.

-En otro plano, ¿Qué desafío representa para la poesía la inteligencia artificial y su capacidad para producir lenguaje?

-La inteligencia artificial no produce lenguaje. Produce otra cosa, en general mediocre y predecible, que pasa por lenguaje.

-¿Le teme a la Inteligencia artificial?


domingo, 6 de septiembre de 2026

El diplomático lemuriano

El martes pasado, un hombre llamado Martín Carlos Adrián Lemurión se hizo conocido por presentarse como “ciudadano de la República de Lemuria”, tras ser detenido por circular en vehículo con patentes “falsas”. Ante la presencia de carabineros, el hombre explicó que era un diplomático lemuriano y que estaba ejerciendo su derecho soberano a la autodeterminación. Por supuesto, los carabineros hicieron caso omiso de sus declaraciones y lo detuvieron igual, siendo liberado después con motivo de la investigación en su contra. Los medios lo ridiculizaron al instante, por la extravagancia de sus dichos, asumiendo que no podía declarar su soberanía independiente, por el solo hecho de moverse dentro de la jurisdicción chilena. Otros tantos, en redes alternativas, apoyaron el fundamento del diplomático, el cual abogaba por el derecho consagrado en el artículo 5, apartado 2 de la Constitución. “El Estado debe respetar los derechos naturales de las personas y los tratados internacionales ratificados por Chile. (…) el artículo número 1 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Nueva York dice que el Estado debe respetar la autodeterminación de las personas”, agregó el lemuriano, al ser consultado por sus argumentos. Siguiendo ese mismo razonamiento, Lemurión sostuvo que él puede declararse independiente, por lo que todos sus documentos no son falsos, solo pertenecen a esa otra nacionalidad, aquella en la que se declara soberano y oriundo de Lemuria.

Conviene señalar que Lemuria sería un continente perdido ubicado en el Océano Índico. Sus habitantes eran miembros de una civilización sumamente avanzada y, de acuerdo al mito, vivían en armonía con la naturaleza, siguiendo un orden espiritual. Se dice que, después de la caída de Lemuria, muchos de sus sobrevivientes se asentaron en diversos lugares de Asia, África y América, lo que explicaría por qué este hombre se reclama heredero natural de aquella civilización, en pleno suelo chileno. “El derecho a la autodeterminación implica que tú puedes declarar tu propio país, hacer tus reglas. Y entenderte con tratados internacionales y diplomáticos con los otros países. Es lo que yo estaba haciendo”, volvía a afirmar Lemurión, muy seguro de sí mismo. Ninguno de los medios oficiales lo tomó en serio.

En la patente y en el documento de Lemurión figuraba, además, la “República Errante de Menda Lerenda”. Según consta, en la propia página web, “es una micronación proclamada oficialmente en 1999 que define al individuo como una República independiente en sí mismo. Acoge como territorio nacional la superficie que ocupa su soberano en cada momento, sin transgredir otro espacio o territorio. La documentación legitimada por Estado miembro de la Comunidad Europea acredita que toda persona pueda ser soberano de su propia República Independiente”. La proclamación sostenida en la página me remite, de inmediato, al pensamiento de autores como Antonio Escohotado, quien, de hecho, es citado junto a una frase de un tal Moisés Naím. “De la piel para adentro, mando yo. Ahí empieza mi exclusiva jurisdicción, y elijo si debo o no cruzar esa frontera.
Soy un estado soberano”, reza la frase de Escohotado, en consonancia con los fundamentos mendalerendianos. También recordé el pensamiento filosófico y político de Max Stirner. Su defensa radical del individuo autónomo, frente a las abstracciones que lo limitan, sintoniza perfectamente con la idea de la República Errante. "Lo único sagrado en el mundo es el yo en su singularidad", afirmaba Stirner, en un abierto rechazo a las ideas de Estado, de nación e incluso de sociedad en cuanto colectivo. Visto de esta manera, tanto Escohotado como Stirner podrían ser perfectamente padres espirituales de Menda Lerenda, algo así como “padres de la patria”, pero de esa patria en la que cada uno, como individuo soberano, puede declarar su propia independencia, su propio camino y su propio destino.

Ahora bien, ¿qué relación podría tener Lemuria con la República de Menda Lerenda? No es tanto su vinculación genuina como su trasfondo para explicar algo mucho más simple: el derecho natural. Como se sabe, este derecho se opone al derecho positivo, al plantearse como algo anterior al Estado mismo y consustancial a todos los seres humanos por el solo hecho de haber nacido como tales. De acuerdo a esto, Lemurión simplemente habría reclamado, con argumentos jurídicos y referencias extrañas, su derecho natural como ciudadano libre e independiente. No es tanto la forma, sino que el fondo. Quienes lo ridiculizaron, sin saberlo, atendieron su forma conspiranoica o delirante, sin preocuparse por la idea matriz, la idea de que somos, en estricto rigor, individuos soberanos, más allá de las convenciones reinantes. Puedes declararte como un perteneciente al reino o a la república que se te ocurra, aunque sea una perdida en el tiempo o fantasmática, sin que ello signifique perjuicio alguno sobre tu persona. El punto está en que, frente al aparato de los distintos Estados, las corporaciones, los grupos secretos y las transnacionales no podemos hacer nada más que declarar, de manera simbólica, nuestra autonomía, aun sabiendo que nos pueden pasar a llevar como quieren, siendo etiquetados bajo un rótulo numérico, un Rol Único Tributario o Nacional, que no dice nada sobre nosotros mismos (una pura máscara), circunscribiendo nuestra capacidad de acción a las normativas vigentes y reconocidas por el ordenamiento legal.

El ejercicio de Lemurión, por su perfil “fuera de la caja”, no tuvo otro efecto que una victoria moral o una acción artística, sumada a una agresiva viralización. Sin embargo, dejó volando una inquietud para debate: ¿qué tan libres y soberanos podemos ser, en un sistema que constantemente sabotea nuestros límites y usufructúa de nuestra energía? ¿Quién es el verdadero usurpador de identidad? ¿El ciudadano ficticio de una nación ficticia, o la propia farsa legal de un sistema corrupto y corruptor?

sábado, 5 de septiembre de 2026

“América es un pandemonio”. Un recorrido vital desde Jornadas de Palabra Abierta a Encuentros de la América Románica.

La primera vez que participé con una ponencia académica fue en el 2012, en el año final de mi carrera de pregrado, hace casi catorce años. La expuse en las Terceras Jornadas de Cultura y Literatura Latinoamericanas “Palabra abierta”, organizadas por el Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades en la Universidad de Chile. Se trataba de una versión reducida de mi tesis de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánica, titulada "América es un pandemonio: ruina de un mito y ocaso de un héroe en Los perros del paraíso de Abel Posse". Antes de mandarla a la convocatoria, tenía serias dudas sobre el eje temático. No sabía si mi trabajo podría enmarcarse en algunas de las líneas disponibles.

Quería participar en aquella instancia a como diera lugar, animado por una chica que, en ese entonces, estaba estudiando un Magister y se movía en este mundo del cual siempre me sentí ajeno. Así que le expliqué a la organización que mi ponencia trataría de una reflexión sobre “Latinoamérica”, específicamente, una visión crítica sobre la proyección histórica y ontológica de nuestro continente, a partir de la lectura de una obra enmarcada bajo la categoría de nueva novela histórica que permite problematizar el hecho histórico oficial del Descubrimiento de América, con el fin de repensar precisamente su situación y su "ser" actuales. Quería saber si ese tema propuesto era válido para poder postular a las Jornadas de Palabra Abierta de la Chile. Para mi sorpresa, la respuesta fue afirmativa. Dijeron que, aparentemente, mi trabajo entroncaba con más de un eje, al intersectar la Nueva Novela Histórica y el Pensamiento Latinoamericano. “No hay problema con eso. ¡Al contrario!”, señaló la cuenta de facebook asociada a la organización de las Jornadas. Fue así que debuté en ese estimulante campo de críticas, ensayos y proposiciones.

La idea del programa era debatir en torno a la literatura y el pensamiento crítico sobre y desde América Latina, buscando establecer un diálogo interdisciplinario capaz de abordar “las múltiples manifestaciones de la cultura latinoamericana”. Eso era, al menos, lo que la organización se proponía, de manera elegante, en su visión del evento. Tengo recuerdos vagos sobre la exposición de dicha ponencia con un límite de tiempo considerable. La emoción y el nerviosismo hicieron lo suyo, pero salí airoso. No hubo preguntas ni réplicas. Me sentía regocijado por haberme atrevido a sacar la voz allí donde el resto de ponentes solo buscaban hacer valer su propio discurso. Nada de malo en ello, aunque se extrañó, precisamente, una instancia de conversación orgánica, más allá de lo puramente formal y constreñido al protocolo.

Tiempo después, recibí un diploma de mi participación en las Jornadas de Palabra Abierta. Debía estar agradecido con el premio simbólico, porque la propia experiencia de haber estado en ese lugar de grandes deliberaciones tenía que tener, por sí mismo, un valor más allá de lo tangible. Como era de esperarse, logré licenciarme y cumplir mi etapa en la Universidad. Luego, la tesis sobre la América como un pandemonio volvió a su periodo de hibernación, acumulando residuo en los anaqueles del ILCL, sin otro valor concreto que su carácter de archivo en la biblioteca. Tuvieron que pasar muchos años de incertidumbre en lo vivencial, de desilusión en lo académico y en lo laboral, y de un soterrado proceso de maduración para volver a considerar mi participación en alguno que otro congreso o seminario. Aún no encontraba las ideas necesarias, aún no había forjado lo suficiente mi estilo en la escritura. Tenía que “foguearme” primero, antes de dar ese paso, nuevamente. Y ese aprendizaje lo logré con mi persistencia en la prosa y en la narrativa de crónicas.

Durante casi diez años, me volqué por completo a esta faceta que creía perdida entre exabruptos líricos, pensamientos extravagantes sin demasiado anclaje y procesos existenciales que aún estaba esperando superar, para tener algo realmente genuino que decir. Todo este arrojo, aunque engorroso y agridulce, me permitió afinar la pluma y probar el pulso en la palabra. De esa forma, conseguí escribir una enorme cantidad de textos: narraciones, especialmente crónicas, cuentos, relatos, anécdotas, reseñas, artículos, críticas, reflexiones ensayísticas, que suman, a la fecha, más de dos mil páginas y contando.

Al transitar de manera vertiginosa por esta vereda de la escritura narrativa, viví cuestiones que creía imposibles, hasta antes de mi iniciación en la materia. Publicaciones de libros, lanzamientos, lecturas varias, carretes, jolgorio, amoríos, encuentros con gente afín, un auténtico éxtasis o, al menos, su sombra. También, acorde al espíritu trágico, viví muchísimos desencuentros personales, diferencias políticas, desilusiones amorosas, rencillas de gran calado psicológico que hasta el día de hoy me persiguen. Bailé a la orilla del risco, disfruté la vista, mientras el mundo cambiaba, de manera drástica, a mi alrededor, y la poderosa realidad obligaba a tomar acción o perderse en la marea de los acontecimientos. Fueron estas cosas las que me dieron el motivo necesario, la materia prima, el “nigredo” alquímico para llevar la escritura a un siguiente nivel.

Algo debía romperse dentro de uno para calibrar estas intuiciones. Algo debía ser lo suficientemente espeso como para adquirir una riqueza imprevista. Entonces me apronté a estudiar un Magister en Escritura Narrativa de No ficción. El ejercicio de las crónicas tenía el potencial para capturar el tiempo posible y llevarlo a otro plano, todavía más ambicioso. Además, volví sobre mi antigua tesis de licenciatura, aquella que permanecía en los anaqueles del antiguo ILCL. Como si fuera un grimorio, traté de desentrañar la metáfora profunda del pandemonio en relación con la realidad americana, y volví sobre el mito, su potencial literario, en un afán de reivindicación. Al fin reencontré una tesis que, sin saberlo, contenía muchas resonancias en el presente histórico y en el estado de cosas actual.

De partida, se hacía necesario regresar al mito enarbolado en la novela de Posse, aunque fuera bajo el dispositivo de la desacralización. En un contexto mundial en el que las potencias extranjeras amenazan, cada vez más, las soberanías de nuestras humildes repúblicas, la tesis sobre el pandemonio americano podría adquirir una fuerza mayor, al afirmar la integración de “lo caótico” y de “lo abierto” como partes constitutivas de su ser y de su destino. Es en esta compleja coyuntura que supe sobre una convocatoria al XII Encuentro de la América Románica de la Comunidad Ciudad de los Césares. La organización apuntaba a celebrar treinta años de un “Convivium americano” (1996-2026). Según ellos, estos Encuentros constituían jornadas de estudio y de camaradería que han congregado a hombres y mujeres de la Patria Americana y “a todos los que se sienten animados por visiones superiores de vida, de cultura y de comunidad”. El propio nombre de la Ciudad de los Césares construye “un mito y un símbolo que une a las patrias del Cono Sur americano con la Tradición Universal”. Sin duda, un comienzo muy vivificante.

Tras mi propia noche oscura del alma, tenía que haber, al menos, un viso de claridad, o de aspiración trascendente. De lo contrario, volvería a aquel abismo interior del que estuve a punto de no salir jamás. Esta convocatoria a los Encuentros organizados por Ciudad de los Césares se me presentaba como la oportunidad de volver al ruedo, para probarme a mí mismo que sí se puede, que la escritura tenía que tener su teoría de la oscuridad, pero era la oscuridad necesaria para entrenar una mirada más nítida. Les mandé la misma ponencia de mis años de pregrado, la de “América es un pandemonio”, solo que sustituyendo “Latinoamérica” por “Hispanoamérica”. Sabía que ese cambio sería el adecuado para alinearse con la visión de los señores de la Ciudad de los Césares. Lo hice, como siempre, sin mayores expectativas, acostumbrado, de un tiempo a esta parte, a los rechazos y a las ausencias. Hasta que, finalmente, me envían un correo con la aceptación de mi ponencia en los Encuentros. Estos se realizarían en el Senado de la República de Chile. En ese instante, había logrado que una misma tesis, la del pandemonio americano, fuera aceptada en dos contextos completamente diferentes, y en etapas de mi vida del todo distintas.

El propio mito como generador de historia se había encarnado en mis proyectos. Lo pandemónico, en cuanto integración de lo abierto y de lo caótico, se plasmó más allá de su calidad hipotética: adquirió un relieve vital. El propio Erwin Robertson, director de Ciudad de los Césares, recuerdo que remarcó lo del “pandemónium”, dando a entender que era una idea poderosa y vibrante. Dijo además que el caos primordial era el que permitía el advenimiento de los dioses y de los hombres. El caos primigenio, según la Teogonía de Hesíodo, era la entidad primera que posibilitó la existencia de los dioses, todos surgidos del mismo abismo. Tenía todo el sentido del mundo con respecto a lo caótico. “Así es, y pensé que ya lo sabía”, señaló, luego de la ponencia, a la salida del hemiciclo del Senado. La América chilena nos esperaba fuera, terminada la jornada, y el caos seguiría vigilante, pletórico, en los rincones barrocos y durante la serenidad del día.