sábado, 11 de julio de 2026

Esta lectura de Junger pareciera hablar sobre Valparaíso: "A él le interesaban menos los monumentos y palacios, testigos de un pasado histórico, que la vida anónima que, poco a poco, como se forma una rama de coral, había ido construyendo la morada -su substancia anímica. Por ello, prefería los barrios que habían crecido ajenos a las reglas de la arquitectura, aglomerándose en el curso de los años. Innumerables seres desconocidos habían vivido, sufrido y gozado allí. Innumerables vivían aún. Los muros se habían impregnado de su esencia. Era una fuerza poderosa, sí, como un hechizo". Ernst Jünger, "Un encuentro peligroso".
Me permito reproducir los siguientes comentarios sobre mi proyecto de escritura, hechos por la profesora del Seminario de Graduación del Magister y mezclados con apreciaciones de algunos compañeros: "Buena pluma, se siente muy fluida y dinámica, pero aún no sabemos bien qué es lo que quieres contar y hacia dónde va el proyecto. ¿Se trata sobre la memoria? ¿Sobre el fuego? ¿Sobre el diario y/o Valparaíso? Está la carcasa, pero falta la carne. Al final, te acompañamos como lectores en una búsqueda infructuosa. Una especie de laberinto sin salida. Si deseas saber qué pasó ahí, quiénes lo hicieron, puede que te demores años. Lo mismo de quiénes quemaron el metro, dónde están. Este país echa al olvido y tiende a levantar el simbolismo de esa duda. Los mitos crecen. Vivir en el fin del mundo es llenarnos de mitología. Te planteo preguntas ¿Qué hay adentro? ¿Qué había adentro? Tal vez, habría que agregar un anclaje en tu vida, un motivo más emocional, además de saber sobre la historia de El Mercurio. Tiene el potencial para ser una gran crónica, sobre todo y considerando la incertidumbre y hermetismo que mencionas. El diario El Mercurio de Valparaíso debe ser el símbolo de lo que realmente quieres contar."

viernes, 10 de julio de 2026

Las mujeres de negro sobre las ruinas de una iglesia porteña

Se cumplen 120 años del terremoto más devastador que impactó a Valparaíso. Existen cientos de registros fotográficos de aquella época: edificios caídos, fachadas destrozadas, calles agrietadas, gente en las afueras, a la intemperie, con gestos de pesadumbre y consternación. Pero hay una fotografía que siempre me ha perturbado más que las otras, una en la que aparecen unas mujeres vestidas de riguroso negro posando en primer plano sobre una iglesia en ruinas. Según las fuentes, el fotógrafo firmaba como Manuel Domínguez Cerda. Se trata de una foto que fue publicada en redes y de la cual no se tienen muchos antecedentes, excepto los créditos al autor. Dicen algunos que la iglesia derrumbada era la de la Merced de calle Victoria. Otros agregan que la vestimenta negra era el vestuario habitual de las matronas chilenas de comienzos del siglo XX.

Hay cuestiones de la foto que constituyen un verdadero misterio: el propósito de posar con esas vestimentas encima de los restos de la iglesia, y el hecho de que el símbolo del Cristo crucificado haya permanecido incólume, pese al desastre. Se entiende que las mujeres están guardando luto por lo sucedido, aunque algunos insisten en interpretar la persistencia de la cruz como un verdadero milagro. Cuentan que durante el terremoto de 1647, le pasó algo similar al “Cristo de Mayo”, y lo asociaron incluso a algo “más oscuro”, desafiando el correlato religioso. ¿Qué será eso tan oscuro que sigue rondando las calamidades históricas de la ciudad? ¿Los desastres naturales? ¿O alguna especie de maldición? La fotografía de 1906 sugiere aquella atmósfera opaca, esa cuestión oculta, más allá de lo evidente, tanto así que hasta podría connotar un simbolismo o un imaginario profético más allá de sí misma.

Las mujeres, con todo el respeto a su imagen, se parecen demasiado a una especie de hechiceras, o quizá sencillamente guarden para sí el color de la muerte como fieles devotas temerosas de Dios. No deja de ser potente, por cierto, la figura del Cristo crucificado de fondo, prácticamente sin ninguna rotura visible, rodeado por la destrucción descomunal del puerto. ¿Una anticipación a lo que sería, mucho tiempo después, su propia procesión interna? ¿Una visión sobre una futura desacralización sostenida?

Luego de haber visto la foto, fue inevitable pensar en aquella estética gótica propia de los decadentistas, o incluso en el arte de ciertos álbumes de doom metal o de black metal. El disco debut de la banda brasilera Sarcófago: INRI, tiene una portada muy parecida a la fotografía de las mujeres de negro sobre las ruinas de la iglesia en Valpo, después del terremoto. Por lo bajo, se trata de una idea similar. Si uno las compara, hasta pareciera que Sarcófago se hubiera inspirado en esa foto para crear el concepto de la portada. ¿Podría decirse que la citada fotografía evoca algo “proto black”? Esto, por supuesto, es solo una especulación mía. Se podría volver sobre esta inquietante imagen, para escribir alguna crónica de más largo aliento o alguna evocación poética. Mientras tanto, esas mujeres oscuras nos siguen mirando a los ojos, espectrales, más de un siglo después, sumiéndonos en su mirada desconcertante, como en una visión premonitoria de lo que podría volver a pasar.

miércoles, 8 de julio de 2026

En el Café del Poeta en Valpo, sabrán los porteños asiduos del local, hay un pasillo largo con un muestrario de libros de poesía. Me detuve en algunos. Había uno llamado “Crónicas cínicas”. Debajo de este, un libro titulado “Materia Prima. Poemas sin dueño” de un tal Patricio Portales Coya. De portada tenía la imagen de una galaxia. Justo a su lado, el libro “Confesiones de un suicidio” de Marcelo Beltrand Opazo. Un poco más hacia la salida, la misma operación. Me fije en el libro “Pasaje al Nuevo Mundo” de Leonidas Emilfork. A un costado de este, otro ejemplar de “Materia Prima”, y a su costado derecho, un libro titulado “Huidas”, cuya portada consiste en la fotografía de una puerta abierta, apuntando hacia el umbral en el piso. En la siguiente vitrina, el libro “Sinfonía…” de Carlos Castro…, se escondía entre un par de libros, trasluciendo solo su mitad y ocultando su nombre completo. Bajo esa fila, el primer libro a la izquierda era “Arquitectura invisible” de Alonso Lillo. Tenía por subtítulo “Invocación” y lucía la imagen de un ojo. En esa misma fila, tres ejemplares hacia la derecha, estaba “Relatos ingenuos" de Luz Luderitz y, a su lado, “Caminando con la Historia. Destrucción, amor e intriga” del Dr. Carlos Fariña. El último libro en el que me fijé era uno llamado “El esplendor de la ceniza” de Juan Serrano. Saqué un par de fotos y salí por el pasillo hasta volver a la mesa. Solo en la contigüidad y en la disposición de cada uno de esos ejemplares ocurría una resonancia extraña, una rima secreta, palpitando misteriosamente detrás de los vidrios.
Durante la clase del sábado, la profesora de Edición y Publicaciones pidió que comentáramos brevemente nuestros proyectos de escritura de no ficción. Le conté el mío sobre el incendio de El Mercurio de Valparaíso. A grandes rasgos, recalqué el silencio y el hermetismo institucional en torno al caso y la incertidumbre respecto del destino del edificio. Luego de escuchar mi explicación, la profesora insistió en que mi crónica consistía justamente en mostrar ese silencio. Sobre eso trataría mi texto. Debía, para eso, atreverme a “mostrar los vértices del hermetismo”, dicho tal cual por ella. La pregunta que debía responder o en la cual debía aventurarme, sin ánimo de conclusión, mejor dicho, consistía en aquel silencio, en aquel hermetismo, asumiendo, de plano, que no podría llegar a la verdad sobre los hechos, porque ese no era mi norte, mi norte era dicha interrogante. En esa investigación inconclusa, en esa inquietud no resuelta recaería la fuerza de mi proyecto. E incluso lo podría extrapolar a mi propia “poética de la crónica”: ahondar en los vértices del hermetismo, alumbrar un poco un panorama ensombrecido, sin garantía ni certezas definitivas. “Listo, ya tengo mi libro”, le dije, entusiasta, a la profe, al escuchar sus comentarios. “De hecho, ya lo tenemos”, alcanzó a decir un compañero, en tono broma. Risas en la clase. “Hay un capítulo completo de puro vacío”, me dije a mí mismo, tratando de seguir la onda. Un capítulo dedicado al silencio por parte del propio Mercurio sobre su histórica instalación en Valpo. Dentro de la talla, los compañeros ya tenían en su poder mi libro, sin haberlo escrito todavía.

martes, 7 de julio de 2026

En el ramo de Edición y Publicaciones, la profesora repartió unos libros como ejemplos en la variedad de diseños y de portadas. Había uno llamado "Incierto y sinuoso", que consistía en una autobiografía de Daniel Melero. Su epígrafe era una cita de Thomas Bernard en Trastorno y decía: "la realidad se me aparece siempre en la horrible representación de todos los conceptos".
Un usuario en la página Peliplat comenta un relato de mi autoría: "Vaya, estaba tan metido en el romance y la música que el final me dejó confundido. ¡Yo quería que las cosas funcionaran entre ellos dos!". El efecto narrativo, la capacidad para narrativizar va surtiendo sus efectos en los lectores, aunque estos efectos no sean los esperados, y precisamente por eso es que se crea una brecha, una disonancia.

lunes, 6 de julio de 2026

Tras la caravana que llevaba al Sabino por calle Condell, se juntaron varias personas para despedirlo, sus conocidos y más fervientes seguidores, amistades de toda la vida. No solo despedían su figura, sino que una forma de habitar la ciudad, ese paso ligero, abnegado y liviano de sangre, carente de la lógica del interés, con generosidad auténtica. Y lo terrible es que ninguno de nosotros está libre de caer por descuido ante la violencia del primer energúmeno que se te cruce en el camino. Conviene tener ojo. Lo que le fue arrebatado con su cruel partida, las esquinas y vericuetos del puerto ya lo resienten. Un vacío que sucede al luto, al recogimiento por el abandono. Luego, la ciudad lo recordará y buscará justicia, pero seguirá andando, a pesar suyo, como tantos otros. Valparaíso está lleno de esos pesares, de esas búsquedas injustas y de esos olvidos que se recuerdan cada tanto. Pareciera ser la tónica de sus días. De esa forma, se cumple el ciclo y otro rostro más quedará impreso en el código de la pérdida, código que ya hemos internalizado lo suficiente por estos rincones.
Una regla de oro para narrar, aprendida en un taller de narrativa Artes Libres, y ahora, repasada en los ramos del Magister en Escritura Narrativa de No Ficción: no lo digas, muéstralo.

domingo, 5 de julio de 2026

Hasta siempre, Sabino

Cuando lo supe, tampoco lo podía creer. La noticia me partió el alma, como a muchos porteños. Mal y tarde nos enteramos de que el Sabino, el querido Sabino, había muerto atropellado por una micro, a la altura de Condell con Pudeto. El micrero lo dejó tirado y arrancó cobardemente. Me negaba a ver a Sabino en esas condiciones. No era algo digno de su historia. Prefería recordarlo en uno de los tantos rincones del plan, siempre amable, con unas pocas pero sencillas palabras de aliento. Sabino reunía en sí mismo un crisol de relatos. Él mismo era una leyenda viviente. Mi madre se acordaba de él cuando era todavía una liceana y salía a tomar la micro. Tempranos años ochenta. El Sabino estaba ahí y les decía a las jóvenes que se apuraran, antes de que la micro partiera sin ellas. “Apúrense chiquillas, apúrense”, repetía, con entusiasmo. A algunas chicas les decía: “cabra malula” o “cabra bandía”, apelativo señalado con ternura por muchas porteñas que alcanzaron a conocerlo.

Se dice del Sabino que su presencia era infaltable en los carretes porteños. Yo me acuerdo que una vez nos acompañó en todo el camino, cuando iba a dejar a una chica al paradero, luego de haber tomado en algún local de Subida Ecuador. Era tarde y el Sabino estaba dispuesto a “prestar una manito”, aunque fuese su sola compañía en el trayecto nocturno, porque su sola presencia bastaba. Tenía un carisma que connotaba humildad, ese "ángel” con el que muchos se sintieron a gusto. Lo vi otras tantas veces en los alrededores de Pedro Montt, junto a la Galería Tres Palacios y en la entrada de Ripley, tomando café o leyendo el diario. Muchos otros porteños también confesaron haberlo visto rondar esos lugares, dispuesto a hacer algún favor o sencillamente estar ahí presente, para ofrecer un saludo o tirar la talla y pasar un rato agradable, en medio del ajetreo de la ciudad. 

Del Sabino se ha dicho que participaba activamente del Rincón Juvenil de los noventa, que se hacía en la legendaria “Calle de los niños” de Pedro Montt. Incluso animaba el show sobre el escenario en el Parque Italia. Un compadre que lo conocía contó que Sabino lo llamaba “el Niuki” o el “Newki”, porque siempre bailaba al ritmo de los New Kids On The Block. Plena transición entre los ochenta y los noventa en Valpo. Oro puro. Es más. Dicen que Sabino frecuentaba el extinto local La Facultad, a un costado del Cine Hoyts, y ayudaba a la gente de por ahí, colaborando en lo que fuera. Era muy recordado en el bar Lo Devi, donde solía participar del ambiente festivo, cantando, bailando y sacándose fotos con los comensales que allí llegaban a recibirlo con los brazos abiertos. Su memoria está ligada a esos instantes de alegría y de catarsis, volviéndolo una figura que marcó generaciones. Una vez parece que, a la salida de una fiesta, lo asaltaron y unos cobardes osaron golpearlo, pero Sabino volvió a ponerse de pie. Pese a su abandono, nunca recayó en vicio ni adicciones. Siempre se le vio íntegro, deambulando solo, pequeño ante la intemperie y el rigor de la calle, aunque grande en su imagen, la imagen alimentada por el inmenso cariño que le profesaban sus conocidos. 

Hoy fue la velatón del Sabino en la Plaza Victoria. Se hizo a un costado del vacunatorio, porque el escenario y la pileta están siendo remodelados. A la convocatoria llegaron fácilmente más de cien personas, entre amigos, familiares y otros tantos porteños que habían hablado con él o que apreciaban su figura sencilla y su simpatía. Me colé entre la gente para poder ver, por última vez, el rostro del Sabino enmarcado en una foto colocado en un asiento que servía de animita, rodeado de velas. Su tenue calor servía de regocijo a los presentes, en medio de la fría noche de invierno. Un caballero cantó algunas baladas . Se alcanzó a escuchar El día más hermoso de Ramón Aguilera. Algunas señoras, emocionadas, corearon cada estribillo. Otro hombre, de pronto, comenzó a hablar y a solicitar atención. Dijo que recordáramos a Sabino como lo que fue, que esa era la mejor manera de honrarlo, y que iban a presionar para que sus restos fueran velados no solo en el Belloto, su nicho de origen, sino que en Valparaíso, la casa de su segunda familia, la familia que él solo consiguió congregar con su paso por estos lares. Ante esto, otra señora, muy apenada, llorosa, alzó la voz con un tono enérgico y exigió justicia, frente a los presentes. “¡Justicia! ¡Justicia!”, replicaron algunos, porque la muerte de Sabino no debía quedar impune. En un ejercicio de catarsis, volvieron a gritar justicia y a exclamar su nombre, fuerte y claro. Mientras tanto, llegó paz ciudadana y un par de carabineros a resguardar el lugar. Sabino los hubiera saludado sin problemas, porque su mirada no distinguía entre santos ni herejes. Demasiado bondadoso en una tierra herida por las traiciones, las tristezas y los desengaños. Tal vez por eso mismo el dolor de su partida resintió los corazones de muchos que vieron reflejados en él la versión más cándida de sí mismos, opacada ante la desazón y la ruina.

Hace casi ocho años alcancé a dedicarle unas pocas palabras al Sabino, en la época en la que aún tenía el entusiasmo de la crónica urbana. Eran unas líneas escuetas en las que veía al Sabino apoyado contra un poste de Condell y mirando fijamente hacia la pileta de la Plaza Victoria, la misma en la que lo velarían de manera masiva, años más tarde. Aquella vez, estuvo fácil más de cinco minutos en esa misma posición, ensimismado con su visión imperturbable. Durante el tiempo que lo había estado observando, recorriendo las calles de Valpo y hablando amistosamente con cuanto transeúnte se cruzara en el camino, nunca lo había visto en esa parada tan contemplativa, tan introspectiva. Nunca habría podido intuir su final. Puede que, en eso, se parezca demasiado a todos nosotros. 

Será hasta siempre, Sabino.