lunes, 27 de julio de 2026

Una vida crítica de Héctor Soto

En la sala de profesores hay un estante lleno de libros, una especie de biblioteca. Allí encontré un libro grande del tamaño de una guía telefónica o de aquella edición Anagrama de 2666 de Bolaño. Se trataba de Una vida crítica (2013) de Héctor Soto, un abogado de profesión, oriundo del puerto, que se volvió periodista por oficio. Fue crítico de cine en su ciudad natal, publicando reseñas en los diarios La Unión y El Mercurio. Soto además fue director de Primer Plano, revista de cine de la Universidad Católica de Valparaíso creada a comienzos de los setenta, en pleno proceso de transformaciones sociopolíticas en el país. Su libro Una vida crítica contiene justamente aquellos textos que cristalizan más de cuarenta años de “cinefilia”. Cuando lo revisé y leí algunos de sus comentarios sobre películas clásicas y modernas, a lo largo de más de setecientas páginas, recordé el libro que tengo reposando en el tintero, un libro larguísimo que también versa sobre mi obsesión con el cine, pero que, aparte de críticas, incluye crónicas sobre distintas experiencias, visionados y reflexiones. Tiene por nombre “Celuloide Celulosa”, en referencia a las materias primas del cine y la literatura, respectivamente, un nombre que se nos ocurrió a mí y a un amigo de la u, con el que compartimos la pasión por el séptimo arte. De hecho, hasta hicimos un cortometraje con ese mismo nombre, el que fue financiado con fondos Confía y fue estrenado en la cineteca de Sausalito, en un evento de lo más bizarro. Hay acá tres cuestiones que me emparentan con Héctor Soto, pese a no haberlo leído antes, en mis tiempos de experimentación cinematográfica universitaria: la voluntad de la crítica cinéfila, el propio ejercicio de la escritura y la cualidad de porteño nacido y criado. A Soto le costaba pensar en la crítica como literatura, y decía que el poder era “un plato que siempre ha mirado desde lejos y, que como los chunchules, no le apetecía”. Habrá que leer al caballero. En su libro tiene la costumbre de fechar cada crítica con detalle en el año y el día, cuestión que tomaré prestado para mi propia obra sobre cine. Decía Soto que “el cine tiene un pacto genético con la realidad”. Y yo comienzo mi libro Celuloide Celulosa citando a Enrique Lihn, quien decía que “la realidad es la única película que nos quita el sueño".

domingo, 26 de julio de 2026

Fui a ver La Odisea de Nolan al Insomnia, por segunda vez, con mi familia. A la salida del cine, en la fila, un caballero sostenía un libro: Un dique contra el pacífico, de Marguerite Duras. ¿Por qué ese libro y no otro? Preguntarle al caballero en ese momento habría sido demasiado raro. Investigué por mi cuenta sobre la obra. Todo ocurre en el contexto colonial de la Indochina francesa. El derrumbe de los diques por las olas del océano tiene una repercusión en la dinámica familiar entre la madre y la protagonista Suzanne. La madre lucha inútilmente por conservar sus tierras en la llanura frente a la acción inclemente de las aguas. Si uno lee más allá, hay aquí una resonancia con lo que sucede en La Odisea. El mar también cobra un rol fundamental. Se percibe también como amenaza. Poseidón, el dios del mar, se venga de la tripulación de Odiseo, atacándolos con tormentas y fuerte oleaje. El único dique que tenía Odiseo, en ese momento, era su astucia, su determinación y la lealtad de sus hombres. Son esta clase de lecturas y de coincidencias las que me llevan a pensar que, de repente, en la realidad, se cuelan ciertos elementos que damos por arbitrarios y que, con un poco de atención, revelan su propia orgánica, o será únicamente la obsesión por encontrar un significado allí donde solo había una azarosa contigüidad humana. De todas maneras, la función parecía, en esos instantes, que fuera a anegarse y que el agua saldría despedida fuera de la pantalla para desafiar nuestra incredulidad.

Szantó y Pontius

Le pregunté a mi madre, hace mucho tiempo, sobre el origen de nuestro apellido. Aquella vez mencionó uno muy extraño proveniente de Hungría: Szantó. “Es secreto de la familia. No lo publiques, por favor”, comentó ella. No quise volver sobre ese apellido, para respetar ese secreto, pero me fue imposible olvidarlo. El hecho de que fuera un secreto aumentó mis ganas de querer investigar todavía más. En una búsqueda rápida, pude definir la palabra szántó, como “aquel que ara la tierra” y se remonta a la época medieval. ¿Qué relación podría tener ese apellido antiquísimo con el apellido correspondiente a mi familia materna? Para intentar comprenderlo, busqué también el significado original de nuestro apellido más cercano: Ponce. Se remonta a la cultura latina y quiere decir “Pontius”, es decir, “El quinto”. Incluso hay quienes establecen una semejanza etimológica con la palabra pons, que significa “puente”. Entonces, si uno sigue indagando, puede confirmar que ambos apellidos provienen de patrias lejanas, unidas tal vez por un lazo genealógico inconfesable, oculto a sus propios sucesores. ¿Para qué mantener oculta esa herencia? Había, en esta búsqueda obsesiva por patrones dentro del árbol familiar, un par de símbolos sobre los que no había tenido constancia, sino hasta ahora: el arado y el puente, inscritos en esos dos apellidos, uno conocido, otro por conocer. El símbolo del puente es el más próximo, al estar ligado directamente a mi linaje materno, pero el símbolo del arado permanece aún indescifrable. Puede que, por esto mismo, interpele poderosamente a mi conciencia. ¿Quién araba la tierra sobre la cual caminarían mis ancestros? ¿Qué tierra me tocaría volver a arar, sin herramientas suficientes ni arraigo del todo definido? ¿Qué puentes se supone que debo seguir transitando? ¿Qué es lo que queda aún por arar, en terrenos insospechados?

domingo, 19 de julio de 2026

Pillé el libro "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar" de Luis Sepúlveda, en la feria de Plaza O Higgins y lo compré de inmediato. Recordé haberlo leído hace casi tres décadas, cuando era escolar e iba al mismo colegio frente a la plaza. Año 96. Cada tanto se me aparecía en librerías y entre vendedores de la calle. Volví sobre aquella portada icónica de Miles Hyman, y sobre las enseñanzas del gato Zorbas a la gaviota Afortunada, entonces me propuse volver a leer la novela. ¿El gato se llamaba así por Zorba, el griego? ¿El puerto de Hamburgo no tendría algo de Valpo? La novela estaba pensada para jóvenes de 8 a 88 años. En el momento en que la leí por primera vez tenía ocho. ¿Volverá a mí de nuevo, cuando llegue a esa edad, si es que llego? Puede que este libro se trate de mis primeras aproximaciones serias a la lectura y a la literatura. "Solo vuela, el que se atreve a hacerlo", repetía el gato Zorbas, en esta fábula, pero hay quienes remontan el vuelo tarde y vuelven a tierra, olvidando algo. Hay también quienes nunca vuelven. No hay un único cielo.

viernes, 17 de julio de 2026

La fuerza portentosa de El Niño (crónica)

Anoche, un rayo seguido de una fugaz y estruendosa luz verde se vio en el cielo. Se vino “el Niño” con fuerza en toda la Quinta Región, Santiago y gran parte del centro sur de Chile. No para de llover en el plan y en los cerros de Valparaíso, y se han viralizado registros de distintas inundaciones y anegamientos. El viento arrecia el temporal. Hay un registro de la Avenida Altamirano inundada casi por completo, en donde las olas llegaron a las inmediaciones de la Armada. Playa San Mateo cubierta por la última marea. Otro registro muestra una pasarela de Avenida España a punto de ceder y caer. El metro de Valpo se detuvo a la altura de Chorrillos. Las olas coparon las vías férreas en casi toda la costa. Un poste cayó a la altura de San Roque, dejando sin luz a los vecinos. Verdaderos ríos caían por distintas calles de subida en los cerros. Me acordé que hace un par de años había escrito una crónica sobre la histórica inundación de Valparaíso en el año 1914, y la comparaba con los tiempos actuales, en donde apenas asomaban garúas, lloviznas, chaparrones y chubascos. Todo indica que este nuevo frente de “mal tiempo”, pronosticado para durar hasta la próxima semana, nos cerrará la boca y, de paso, nos dejará con el agua hasta el cogote (aunque suene a hipérbole).

A dos años de aquel invierno, persiste la preocupación por aquellos que no tienen donde capear la lluvia. Así, los perros callejeros, arrojados a su suerte, se volvieron víctimas del abandono municipal. Algunos vecinos fueron rápidamente en su ayuda para resguardarlos de la intemperie. En Quilpué, un vecino llamó pidiendo auxilio por riesgo del derrumbe de su casa, y le contestaron que “llamara cuando se cayera la casa, no antes”. Un sarcasmo burocrático. Las críticas a la falta de gestión y de planificación de las autoridades se viralizaron con rapidez. Llueve sobremojado sobre las cabezas expuestas. En otro punto de la región, se podía observar a un hombre solitario practicando boxeo en las dunas de Con Con, acompañado de sus mascotas: dos perros blancos que aguantaban el vendaval. Una especie de “boxeo en las sombras”, contra todo pronóstico, próximo a los edificios que están a punto de ceder terreno a los socavones. Una imagen que nos habla de la resiliencia y, al mismo tiempo, de una indolencia absurda.

La lluvia milenaria, cual Dios imparcial, habla fuerte, y el Estado, sus operadores, parecen no escuchar, o practicar una sordera deliberada. Increíble que el agua purifica y también arrastra consigo las miserias y las fallas de un sistema agrietado por dentro. Más allá del desastre y del “diluvio”, el Niño, con toda su potencia fenoménica, nos va dejando algunas escenas memorables. Arriba en Placilla, a la altura del Salto del Agua, se alcanzaba a ver una cascada imponente: “Despertó el demonio. Te extrañamos. Miren quién despertó. Es libre y está dejando la z… allá abajo. Qué maravilla. Como tiene que ser. Libre. Agua libre”, exclamaba un hombre que grabó el momento en que la cascada se precipitaba, fluyendo poderosa a través del bosque. “Ha despertado. Ha despertado”, repetía, como si fuera el testigo de un titán antiguo, cobrando lo que le pertenece.

Siempre me he preguntado por qué se le llama así a esa fuerza de la naturaleza. Según cuentan, algunos pescadores peruanos, durante el siglo XIX, relacionaron esta seguidilla de lluvias, fuertes vientos y tormentas con la cercanía de la Navidad, fecha en la que nacería el niño Jesús. De ahí surgiría la asociación entre la gente. Desde los albores de las repúblicas, este fenómeno tendría un nombre santo. Una voluntad crística arrastra las aguas. Y, mientras continúa el temporal, me acuerdo del poeta Pablo de Rokha, en su Canto del Macho Anciano, cuando declamaba, con su voz portentosa: “Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo, ¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo siempre y el vendaval desenfrenado que yo soy íntegro, se asocie a la personalidad popular del huracán!”.

miércoles, 15 de julio de 2026

Gragko es el eterno humorista negro detrás del guion sarcástico de lo absoluto... Y esta definición no pasa de ser un artilugio más dentro de su ardid inabarcable. 

¿La final será entonces entre Soda Stereo y Héroes del silencio? ¿Entre Charly García y Joaquín Sabina? ¿Entre Borges y Unamuno? ¿Entre César Aira y Enrique Vila-Matas? Si me dan a elegir entre estas opciones, me decanto por los argentinos.
Decía Bolaño: "Esto es lo que aprendí de la literatura chilena. Nada pidas que nada se te dará. No te enfermes que nadie te ayudará. No pidas entrar en ninguna antología que tu nombre siempre se ocultará. No luches que siempre serás vencido. No le des espalda al poder porque el poder lo es todo. No escatimes halagos a los imbéciles, a los dogmáticos, a los mediocres, si no quieres vivir una temporada en el infierno. La vida sigue, aquí, más o menos igual". Bolaño la tenía clara. Cuando las cosas se ponen feas, nadie te respaldará. Cada quien se las arregla como puede. Si no tienes lobby y nadie te auspicia, te salvas solo, con los medios que tengas.

lunes, 13 de julio de 2026

Sam Neill, el doble oscuro en Possession, Event Horizon y En la boca de la locura

La mayoría de los cinéfilos recordará el rol de Sam Neill como el paleontólogo Alan Grant en Jurassic Park (1993) de Steven Spielberg, pero creo que pocos recordarán sus actuaciones más bizarras en películas de culto. La que más me impactó en su momento, y lo sigue haciendo, fue su papel de Mark en la película Possession (1981) de Andrzej Zulawski. Puro terror psicológico y corporal. Una verdadera locura bizarra, inclasificable. La química desplegada con Isabelle Adjani, en el rol de Anna, su esposa, es tan descomunal que llega al punto de la náusea y la destrucción. Obsesión con esteroides. En una escena del clímax, cerca del final, Mark se encuentra cara a cara con su doble idéntico, su doppelganger, una versión fría de sí mismo, y Anna le dice que “ya está terminado”. Luego, él y Anna mueren acribillados por la policía y el doble de Mark sobrevive y huye, con una presencia misteriosa.

Otra película en la que Neill se lució de manera magistral fue en la película “En la boca del miedo” (1994) de John Carpenter, inspirada libremente en la novela de Lovecraft, “En las montañas de la locura”. Con esta obra quiso rendir un homenaje al genio del terror cósmico. En la película, Neill interpreta a John Trent, un investigador de seguros que es contratado para encontrar a un escritor de novelas de terror, un tal Sutter Cane, desaparecido en extrañas circunstancias. Conforme avanza, Trent se adentra en un mundo cada vez más alterado, donde el límite entre la realidad estable, lo fantástico y el caos absoluto se difumina. Al final, asistimos a un ejercicio de locura metaliteraria y metacinematográfica. Trent, en medio del desastre, entra a un cine para ver precisamente la adaptación de “En la boca del miedo”, y se da cuenta que la película que está viendo es la misma que vimos nosotros como espectadores, cuestión que lo vuelve loco y termina riendo de una forma maniática.

Una tercera película, esta vez con Neill como villano, se trata de “Event Horizon” (1997) de Paul Anderson, película de horror y ciencia ficción, en la que Neill interpreta al Dr William Weir, el diseñador de una nave en la que todos los personajes viajan a través del espacio. El motor provoca un agujero negro que acaba llevando a todos a una dimensión desconocida, en donde reina el caos y la confusión. Weir se expone al núcleo de la nave y queda expuesto al ataque psicológico de una especie de entidad o emanación maligna que explota los miedos y traumas de los seres humanos. Al estar vulnerable por la muerte de su esposa, Weir es poseído y transformado en una perversión de sí mismo, atacando al resto de los tripulantes sin piedad. En una escena tétrica, el otro Weir, completamente enajenado, suelta la legendaria frase:"A donde vamos, no necesitamos ojos para ver".

Si se aprecia con detenimiento, hay una continuidad en estas tres películas, las tres igualmente espeluznantes, a su manera. Hay una secreta narrativa del doble oscuro, que Neill supo interpretar de manera formidable. En Possession, el doble podría interpretarse como una proyección idéntica de él mismo, que funciona como una sombra encarnada. En la película “En la boca del miedo”, se trata más bien de un descenso a la locura del protagonista y a una versión apócrifa de su personaje. En la última, Event Horizon, el doble es el propio Dr. Weir fuera de sí, convertido en otro distinto de sí mismo, una versión de puro caos y maldad. A lo largo de estas tres películas, Neill nos transmitió esa sensación recóndita, esa “insoportable desesperación que resulta de perder la propia identidad”, como escribió Lovecraft en el relato “A través de las puertas de la llave de plata”. Me atrevería a decir que Neill era el actor propicio para representar a ese personaje corrompido por fuerzas que lo rebasan y que carecen de toda comprensión racional.

sábado, 11 de julio de 2026

Esta lectura de Junger pareciera hablar sobre Valparaíso: "A él le interesaban menos los monumentos y palacios, testigos de un pasado histórico, que la vida anónima que, poco a poco, como se forma una rama de coral, había ido construyendo la morada -su substancia anímica. Por ello, prefería los barrios que habían crecido ajenos a las reglas de la arquitectura, aglomerándose en el curso de los años. Innumerables seres desconocidos habían vivido, sufrido y gozado allí. Innumerables vivían aún. Los muros se habían impregnado de su esencia. Era una fuerza poderosa, sí, como un hechizo". Ernst Jünger, "Un encuentro peligroso".