sábado, 26 de septiembre de 2026

El falso enterrado

El lunes se supo de un hombre llamado Rodrigo Huenchún, quien fue declarado muerto falsamente en pleno periodo de pandemia. Huenchún ingresó al Hospital Carlos Van Buren en Valpo, afectado por una enfermedad. Luego, se comunicó su sensible fallecimiento a toda la familia. Pero no contaban con que, en realidad, Huenchún seguía vivo. Es más, no habría asistido a urgencia en ningún momento. A causa de ese error, sepultaron a otra persona con su mismo nombre en el Cementerio 3 de Playa Ancha. La tumba y la lápida con los datos de Huenchún continúan allí. Para no creerlo.
Por si esto fuera poco, lo más terrible para el hombre "no muerto" ha sido el asunto legal. Producto de aquella declaración de muerte, no ha podido encontrar trabajo, le ha costado realizar trámites, postular a subsidios y prestaciones, porque, según toda la base de datos, él, en efecto, ya "expiró", por ende, ya no existe para el sistema. Automáticamente, perdió todos sus derechos como persona viva, por la sencilla razón de haberse declarado legalmente su muerte. Nuestro hombre no muerto ha confesado que, pese a sentirse más vivo que nunca, no ha podido hacer nada que involucre una relación directa con el aparato estatal, porque este aún reconocía su falso deceso como legítimo.
Hace un par de años, con tal de revertir esta situación, Huenchún llevó su caso a la justicia. Un tribunal decretó la nulidad del certificado de defunción. Aun así, los problemas siguieron. El hombre intentó sacar su Clave Única, pero la página del Registro Civil continuaba encontrándolo fallecido. “Cuando tú estás fallecido, pierdes la posibilidad de tener cualquier tipo de derecho, en todos los sentidos“, señaló la abogada de Huenchún. Una paradoja de proporciones.
Además, surgió otro embrollo. No se ha logrado identificar todavía la verdadera identidad de la persona enterrada en el lugar de nuestro buen hombre no muerto. Ni siquiera se sabe su sexo ni el paradero de su presunta familia. Hasta el día de hoy, nadie ha ido a reclamar el cuerpo enterrado ahí hace más de cinco años. Se trata, sin duda, de una cuestión grave que guarda resonancias con aquel cuento de Edgar Allan Poe, "El entierro prematuro", en donde se explora, de manera espeluznante, el fenómeno de la tafofobia o el miedo a ser enterrado vivo por descuido.
La interrogante recae, esta vez, sobre el muerto verdadero y la tergiversación de su identidad. “A pesar de que esta persona está aquí, no se sabe su nombre, pero aquí abajo hay alguien que vivió, que respiró, que comió en este país”, dijo Huenchún, muy preocupado por el destino del muerto con quien quisieron suplantarlo. Por su parte, la fiscalía continúa investigando la presunta identidad de la persona enterrada, y si es posible, se determinará quién o quiénes fueron los culpables de haberla confundido, resultando en tan calamitosa y macabra inhumación. ¿Cómo declararte vivo, cuando todo el sistema grita tu muerte y te niega la existencia? Nuestro hombre no muerto, Huenchún, mientras tanto, seguirá luchando por su derecho a existir y exigirá una indemnización por todos los años en el que se le declaró muerto, sin otra prueba que un documento burocrático, frío como lápida de puerto frente a la brisa nocturna del mar.

sábado, 19 de septiembre de 2026

"Los mitos de Cthulhu" según José Ossandón.

"Afirmo que varios famosos escritores inmortalizaron el nombre de Valparaíso en obras que hasta hoy se leen y forman parte de los estantes de las más importantes bibliotecas de Europa.

Algunos de ellos: Joseph Conrad, Edgard Allan Poe, Robert Stevenson, Herman Melville y Howard Phillips Lovecraft relataron historias ocurridas en nuestro Puerto, narraciones oscuras, misteriosas, con aroma a madera de barco desvencijado.

(...)

Valparaíso está condenada al mito.

A pertenecer a la memoria del mundo enmarcada en madera noble.

La historia la condecora con cintos de plata y coronas de oro. Lo malo es que precisamente fue esta historia la que se tragó a nuestro Viejo Pancho.

Con cerrito y todo."

¿Valparaíso vive entre las sombras?

En La llamada de Cthulhu, un carguero Vigilant de la compañía Morrison, zarpó desde el puerto de Valparaíso hasta el puesto de amarre en la Bahía de Darling. En otro punto, el narrador ubicó la ciudad de R'lyeh, donde yace Cthulhu, en algún punto del Pacífico Sur. ¿Cómo es que el maestro pensó en estas coordenadas lejanas del Cono Sur, hacia el fin del mundo, "donde el diablo perdió el poncho", para configurar el territorio geográfico de algunas de sus visiones de pesadilla? ¿Podemos decir entonces que Valpo tuvo un pasado lovecraftiano que aún merodea sus rincones y sus orillas? Hay un autor, José Ossandón, que publicó en El Mercurio un artículo llamado "Valparaíso vive entre las sombras" (2002). En ese artículo reflexiona sobre estas extrañas referencias lovecraftianas en Chile. De hecho, ofrece antecedentes sobre un posible Vigilant real, no exclusivo de la imaginación del genio de Providence. Rafael Llopis, citado por Ossandón en su artículo, llegó a sostener que ese Vigilant real sirvió como referencia directa para el carguero legendario. No se ha comprobado la veracidad de su existencia, pero lo que es indudable es la mención del puerto y del océano Pacífico como territorios liminales de un universo narrativo ominoso, quizá uno de los más espeluznantes de la literatura en escala cósmica. 

En Chile y, en particular, en Valparaíso, he vivido hartas pellejerías, cuestiones que me harían renunciar ahora mismo, pero también he pasado momentos increíbles, rozando el éxtasis. Son esas pocas cosas satisfactorias y luminosas las que me tienen acá todavía, pese a todo. No puedo renegar de su historia, la historia de Chile, la propia historia de Valpo, sin antes morderme la lengua.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Una charla orwelliana

Fui a una charla en el Museo Histórico de Placilla, llamada “Historia, memoria y ficción. Una aproximación a propósito de la novela 1984 de George Orwell” por el historiador Salvador Rubio. Me llamó muchísimo la atención el diseño del afiche del evento. En él, aparecía el ojo del Gran Hermano, reflejando en grande el número 1984 sobre un fondo negro y un piso rojizo, con la pequeña silueta de un hombre que caminaba en dirección al ojo. Se podría decir que ese hombre representaba a cualquier asistente, andando a paso lento y firme, seducido por la intriga de la novela o por la idea distópica que le subyace. La propia publicidad de la charla tenía, por ende, ese efecto magnético. Al llegar al museo, les pregunté a los caballeros en la entrada sobre el “evento de Orwell”. Uno de ellos, el organizador, respondió que pasara no más, adelante, con confianza. “Aquí todos somos orwellianos”, dijo, mientras seguía caminando rumbo al interior del salón.

Salvador Rubio comenzó la charla diciendo que nos íbamos a decepcionar: que, en realidad, no se trataba sobre 1984 de Orwell, sino que sobre la historia en la ficción. La obra orwelliana sería una excusa para hablar sobre estas dos cuestiones, en apariencia, tan distintas entre sí, pero conectadas mediante el dispositivo artístico. En efecto, el punto de Rubio era ese: explayarse respecto de cómo el cine, la literatura y la música moldean nuestro pasado y, por extensión, nuestra propia concepción de nuestra historia. Aprovechó de mencionar un libro suyo, hecho en coordinación con otros autores, llamado “Ficción, performance, comic y videojuegos”. Algunas aproximaciones a fuentes no convencionales para la investigación histórica”. Rubio señaló que la obra se gestó en pleno periodo de pandemia, y tenía todo el sentido, puesto que, durante ese tiempo, hubo un cierre masivo de lugares públicos, entre ellos, las bibliotecas, lo que impedía, por cierto, acceder a los libros y poder seguir estudiando. Así que el historiador empezó a considerar otras posibilidades, dentro de un contexto cada vez más digitalizado. El videojuego en línea y la historieta visual resurgían como una opción viable al documento físico, dado el contexto de emergencia. Por supuesto que el libro nunca podrá ser reemplazado, pero esos formatos digitales se volvían preponderantes en función de la distancia social y el encierro absoluto. Lo recuerdo perfectamente: uno podía tomar los libros de su propia colección y ponerse a estudiar cabeza gacha, aunque todo te empujara a la conectividad constante. Parecía que la historia (su estudio, su transcurso) hubiera quedado suspendida en esa maraña paranoica, virológica y política. De alguna forma, los relatos tenían que encontrar su punto de respiración, la salida a la intemperie para su hermenéutica.

Al rato después, el historiador habló sobre la disciplina de la historiografía y la memoria, en sus tres formas de relacionarse. Citó a Pierre Nora para desromantizar la memoria, para “despojarla de ese ropaje heroico y mostrar los hechos con crudeza”. Citó también a Henry Rousso para referirse a la historia del tiempo presente. Ahí propuso el trabajo con testimonios de “personas que siguen vivas y vivieron los hechos”. Finalmente, citó a Michel-Rolph Trouillot y su tesis sobre el “pasado silenciado”. En definitiva, se trataba de ahondar en los archivos olvidados a propósito por el poder, con tal de reivindicar la lectura crítica de la propia historia en su conjunto. Fue en ese momento de la charla que la cosa se puso menos teórica y Rubio se aprontó a hablar de literatura, al fin. Puso en la diapositiva la portada de “Los orígenes del totalitarismo” de Hannah Arendt y, precisamente, la portada de “1984” de George Orwell. “¿Quién representa mejor el pasado?”, se preguntó Rubio. La pregunta iba también dirigida a nosotros. Nadie respondió. Así que el historiador lo hizo solo. Se inclinó por 1984, por el hecho de ser una obra narrativa. Había en la construcción novelesca una cuestión que la hacía mucho más accesible al público y, al mismo tiempo, un aparato de ficción que le permitía pensar la propia historia referida desde otros ángulos, digamos, mucho más heterodoxos, más allá de la estricta rigurosidad historiográfica o del apego excesivo a las fuentes y al principio de realidad. Recordar que el año de publicación de la novela fue en 1949, por lo que parecía estar hablando del futuro, aunque, leída como representación histórica, en realidad, es un espejo de su propio presente. Así lo afirmó Rubio al citar, esta vez, a Hobsbawn y su libro “La era de las catástrofes”. En realidad, la novela 1984 reflejaba el caos y la crisis de la primera mitad del siglo XX en Europa. Recorría, por su nervio narrativo y argumental, el desastre de la Primera Guerra Mundial, seguido del ascenso de estalinismo en la URSS, pasando luego por el “crac” del año 29, hasta llegar a la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, con una bomba atómica como el clímax definitivo del conflicto y como la expresión calamitosa de una civilización autodestructiva.

La novela orwelliana, en ese sentido, el del impulso destructivo y bélico del siglo pasado, contenía la posibilidad de un discurso a contracorriente, además de una resonancia con otros contextos históricos muy distintos en la forma, pero similares en el fondo. Otras obras literarias del siglo XX contaban también con ese poder representativo. Las llamadas distopías. Rubio se dio el tiempo de señalar a Kafka con El proceso y El Castillo; a Aldous Huxley con Un mundo feliz; y a Ray Bradbury con Fahrenheit 451 como ejemplos inequívocos de obras que convirtieron su presente en una ficción distópica con la capacidad suficiente de resonar con el futuro: nuestra propia época. ¿Cuánto de Kafka queda aún en los anaqueles rígidos de la memoria histórica? ¿Cuánto de Huxley en el hedonismo de la inmediatez y en el placebo de la infoxicación? ¿Y cuánto de Bradbury en ese afán soterrado por alimentar a la IA con libros físicos, demostrando una voluntad de exterminio pantagruélica? Son preguntas que me surgen al volver sobre las distopías reseñadas por Rubio. No me dio el tiempo para preguntarle sobre estas inquietudes. Me tuve que retirar antes de la charla, por motivos urgentes. De todas formas, habría sido interesante saber qué cosa hubiera respondido. Qué nexo secreto encontraría entre estas obras, más allá del formulado en estas disquisiciones. Qué lectura histórica podría llegar a concluirse de un presente y de un futuro tan aciago.

Minutos antes de irme, recuerdo que Rubio había declarado lo siguiente: “representar el pasado no es un privilegio de los historiadores. Se trata de un ejercicio mental que hacemos todos, todo el tiempo”. La ficción misma, la narrativa, la novelesca, en este caso, era la adecuada para retrotraer cuestiones que, hoy por hoy, todavía resultan peligrosamente próximas. El gran ojo del afiche, proyectado en el salón, seguía sobrevolando nuestras conciencias. Al rato, puede resultar algo vertiginoso y agobiante. Salí de allí, entumido, quizá por la ventilación del recinto, con una sensación de intranquilidad, por la urgencia que me apuraba, pero convencido de que nada de lo que pasara, de ahí en adelante, podría evitar el descalabro de las acciones y sus efectos en el mundo. Solo tocaba mirar al tiempo con ese mismo ojo agudo, algo irritado, supurando una visión oculta.

“En España la actividad literaria es incesante, en Chile nadie te pesca”, dijo el poeta Andrés Morales. Muy de acuerdo con la segunda afirmación planteada por el señor Morales. Si lo dice él, poeta de cierta trayectoria, imagínese el resto y aquellos que no tienen los suficientes contactos ni lobby. Habrá que salir un rato de chilito para poner las cosas en perspectiva (y, de paso, desintoxicarse). Buen jueves.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Fui a una charla en el Museo Histórico de Placilla, llamada “Historia, memoria y ficción. Una aproximación a propósito de la novela 1984 de George Orwell” por el historiador Salvador Rubio. Me llamó muchísimo la atención el diseño del afiche del evento. En él, aparecía el ojo del Gran Hermano, reflejando en grande el número 1984 sobre un fondo negro y un piso rojizo, con la pequeña silueta de un hombre que caminaba en dirección al ojo. Se podría decir que ese hombre representaba a cualquier asistente, andando a paso lento y firme, seducido por la intriga de la novela o por la idea distópica que le subyace. La propia publicidad de la charla tenía, por ende, ese efecto magnético. Al llegar al museo, les pregunté a los caballeros en la entrada sobre el “evento de Orwell”. Uno de ellos, el organizador, respondió que pasara no más, adelante, con confianza. “Aquí todos somos orwellianos”, dijo, mientras seguía caminando rumbo al interior del salón.

(Continúa…)
Dicho por una amiga escritora: “quizás no tenemos ideas políticas similares, sin embargo, tu mente es muy profunda y posee misterios... eso te hace dominar la escritura, expresando ideas inteligentes y atingentes”.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Mario Montalbetti: “La inteligencia artificial no produce lenguaje, produce otra cosa mediocre”

Mario Montalbetti, poeta peruano, reciente premio José Donoso, paseándose a la IA:

-¿Qué capacidad de resistencia conserva la poesía frente al lenguaje político, publicitario y propagandístico?

-Mínima, porque los lenguajes políticos, publicitarios, futbolísticos, religiosos, etc. son lenguajes cerrados en sí mismos con reglas y formas particulares. Lo que no es obvio es que frente a esos lenguajes exista un “lenguaje poético”, en particular porque tendría que ser un lenguaje que no se encierre y que se abra a todo lenguaje y lo critique.

-En otro plano, ¿Qué desafío representa para la poesía la inteligencia artificial y su capacidad para producir lenguaje?

-La inteligencia artificial no produce lenguaje. Produce otra cosa, en general mediocre y predecible, que pasa por lenguaje.

-¿Le teme a la Inteligencia artificial?


domingo, 6 de septiembre de 2026

El diplomático lemuriano

El martes pasado, un hombre llamado Martín Carlos Adrián Lemurión se hizo conocido por presentarse como “ciudadano de la República de Lemuria”, tras ser detenido por circular en vehículo con patentes “falsas”. Ante la presencia de carabineros, el hombre explicó que era un diplomático lemuriano y que estaba ejerciendo su derecho soberano a la autodeterminación. Por supuesto, los carabineros hicieron caso omiso de sus declaraciones y lo detuvieron igual, siendo liberado después con motivo de la investigación en su contra. Los medios lo ridiculizaron al instante, por la extravagancia de sus dichos, asumiendo que no podía declarar su soberanía independiente, por el solo hecho de moverse dentro de la jurisdicción chilena. Otros tantos, en redes alternativas, apoyaron el fundamento del diplomático, el cual abogaba por el derecho consagrado en el artículo 5, apartado 2 de la Constitución. “El Estado debe respetar los derechos naturales de las personas y los tratados internacionales ratificados por Chile. (…) el artículo número 1 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Nueva York dice que el Estado debe respetar la autodeterminación de las personas”, agregó el lemuriano, al ser consultado por sus argumentos. Siguiendo ese mismo razonamiento, Lemurión sostuvo que él puede declararse independiente, por lo que todos sus documentos no son falsos, solo pertenecen a esa otra nacionalidad, aquella en la que se declara soberano y oriundo de Lemuria.

Conviene señalar que Lemuria sería un continente perdido ubicado en el Océano Índico. Sus habitantes eran miembros de una civilización sumamente avanzada y, de acuerdo al mito, vivían en armonía con la naturaleza, siguiendo un orden espiritual. Se dice que, después de la caída de Lemuria, muchos de sus sobrevivientes se asentaron en diversos lugares de Asia, África y América, lo que explicaría por qué este hombre se reclama heredero natural de aquella civilización, en pleno suelo chileno. “El derecho a la autodeterminación implica que tú puedes declarar tu propio país, hacer tus reglas. Y entenderte con tratados internacionales y diplomáticos con los otros países. Es lo que yo estaba haciendo”, volvía a afirmar Lemurión, muy seguro de sí mismo. Ninguno de los medios oficiales lo tomó en serio.

En la patente y en el documento de Lemurión figuraba, además, la “República Errante de Menda Lerenda”. Según consta, en la propia página web, “es una micronación proclamada oficialmente en 1999 que define al individuo como una República independiente en sí mismo. Acoge como territorio nacional la superficie que ocupa su soberano en cada momento, sin transgredir otro espacio o territorio. La documentación legitimada por Estado miembro de la Comunidad Europea acredita que toda persona pueda ser soberano de su propia República Independiente”. La proclamación sostenida en la página me remite, de inmediato, al pensamiento de autores como Antonio Escohotado, quien, de hecho, es citado junto a una frase de un tal Moisés Naím. “De la piel para adentro, mando yo. Ahí empieza mi exclusiva jurisdicción, y elijo si debo o no cruzar esa frontera.
Soy un estado soberano”, reza la frase de Escohotado, en consonancia con los fundamentos mendalerendianos. También recordé el pensamiento filosófico y político de Max Stirner. Su defensa radical del individuo autónomo, frente a las abstracciones que lo limitan, sintoniza perfectamente con la idea de la República Errante. "Lo único sagrado en el mundo es el yo en su singularidad", afirmaba Stirner, en un abierto rechazo a las ideas de Estado, de nación e incluso de sociedad en cuanto colectivo. Visto de esta manera, tanto Escohotado como Stirner podrían ser perfectamente padres espirituales de Menda Lerenda, algo así como “padres de la patria”, pero de esa patria en la que cada uno, como individuo soberano, puede declarar su propia independencia, su propio camino y su propio destino.

Ahora bien, ¿qué relación podría tener Lemuria con la República de Menda Lerenda? No es tanto su vinculación genuina como su trasfondo para explicar algo mucho más simple: el derecho natural. Como se sabe, este derecho se opone al derecho positivo, al plantearse como algo anterior al Estado mismo y consustancial a todos los seres humanos por el solo hecho de haber nacido como tales. De acuerdo a esto, Lemurión simplemente habría reclamado, con argumentos jurídicos y referencias extrañas, su derecho natural como ciudadano libre e independiente. No es tanto la forma, sino que el fondo. Quienes lo ridiculizaron, sin saberlo, atendieron su forma conspiranoica o delirante, sin preocuparse por la idea matriz, la idea de que somos, en estricto rigor, individuos soberanos, más allá de las convenciones reinantes. Puedes declararte como un perteneciente al reino o a la república que se te ocurra, aunque sea una perdida en el tiempo o fantasmática, sin que ello signifique perjuicio alguno sobre tu persona. El punto está en que, frente al aparato de los distintos Estados, las corporaciones, los grupos secretos y las transnacionales no podemos hacer nada más que declarar, de manera simbólica, nuestra autonomía, aun sabiendo que nos pueden pasar a llevar como quieren, siendo etiquetados bajo un rótulo numérico, un Rol Único Tributario o Nacional, que no dice nada sobre nosotros mismos (una pura máscara), circunscribiendo nuestra capacidad de acción a las normativas vigentes y reconocidas por el ordenamiento legal.

El ejercicio de Lemurión, por su perfil “fuera de la caja”, no tuvo otro efecto que una victoria moral o una acción artística, sumada a una agresiva viralización. Sin embargo, dejó volando una inquietud para debate: ¿qué tan libres y soberanos podemos ser, en un sistema que constantemente sabotea nuestros límites y usufructúa de nuestra energía? ¿Quién es el verdadero usurpador de identidad? ¿El ciudadano ficticio de una nación ficticia, o la propia farsa legal de un sistema corrupto y corruptor?