miércoles, 5 de agosto de 2026

"No se caliente tanto la cabeza, compadre. Haga su pega lo mejor posible no más y despreocúpese. No intente salvar el mundo. La pasará mejor". Comentario de un colega.

martes, 4 de agosto de 2026

Todos los días de la semana, cuando salgo temprano en la mañana rumbo a la pega, y vuelvo tarde noche de regreso, me pregunto por qué estudié lo que estudié, por qué había decidido que esa sería mi opción para ejercer durante el resto de mi vida. Es algo que nunca pude comprender del todo. Pero resulta que un título y una carrera no te definen, se puede volver a empezar, dicen, aun con deudas a cuestas. Quiero creer que se puede, pese al tiempo y su demolición, que se puede si así me lo propongo, aunque el orgullo quede lastimado, aunque la voluntad, a ratos, decaiga y conspire contra uno mismo. 

domingo, 2 de agosto de 2026

La Odisea de Christopher Nolan: una metáfora épica para el colofón de los tiempos.

“Ten siempre en tu mente a Ítaca.

La llegada allí es tu destino.

Pero no apresures tu viaje en absoluto.

(…) Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.

Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,

comprenderás ya qué significan las Ítacas.”

Constantino Cavafis, Ítaca.

Después de la función de La Odisea de Nolan, comenzó a llover. Esto sería una simple anécdota del clima si no fuera por su poderosa resonancia mitológica. Odiseo (interpretado por Matt Damon), tal como en el canto homérico, debe enfrentar un destino aciago. Literalmente, contra viento y marea, debe conducir a su tripulación de regreso a su tierra natal, Ítaca, tras la guerra de Troya, donde lo esperan Penélope (Anne Hathaway) y su hijo Telémaco (Tom Holland). Para eso, surca los mares y los océanos del mundo antiguo que eran el dominio de Poseidón. Se revela, casi al principio, en forma de retrospectiva, la suerte de muchos de sus guerreros, entre ellos, Sinón (Elliot Page), quien quedó a merced de los enemigos solo para resguardar a los soldados que iban dentro del caballo de Troya. Esta decisión en el montaje narrativo permitirá situar la historia in media res, acentuando el extravío del héroe y la incertidumbre sobre su viaje.

Odiseo va recordando poco a poco las memorias de sus antiguas batallas y el sentido de su misión, olvidado por acción del loto que le ofrecía Calipso (Charlize Theron), en una evidente relación con el ejercicio mnemotécnico de Memento, la primera película del director. De esa manera, van transcurriendo los míticos desafíos que acechan a la tripulación del héroe. Primero, caen en la cueva del cíclope Polifemo. Este ataca y devora a algunos de los soldados, para luego ser cegado por Odiseo. En venganza, Polifemo le ruega a su padre, el dios del mar, que los envuelva con furia dentro una tormenta. Luego, derivan hasta la isla de los Lestrigones, representados en la película como unos gigantes con armaduras, unos auténticos “berserkers”, que los superan en tamaño y fuerza, y que están dispuestos a masacrarlos. Terminan huyendo, a duras penas.

Después, caen en la isla de Circe (Samantha Morton), una bruja con poderes oscuros, desconfiada de los extranjeros. Los engaña con alimentos y los convierte en cerdos, en algunas escenas que recuerdan mucho al horror corporal de cine b. Odiseo se da cuenta del hechizo de la bruja y consigue que ella los vuelva a sus “disfraces”, a su envoltura de humanos. Ahí, ella suelta una diatriba contra los hombres por sus “apetitos animales”. Circe, vencida, le indica a Odiseo el próximo paradero y le advierte sobre la pérdida de sus soldados. Él tendrá que ir al inframundo y regresará completamente solo a sus tierras, algo que el propio Odiseo no estaba dispuesto a aceptar, desafiando (con hibris) el designio divino.

En el descenso del inframundo, el Hades, la película ofrece un escenario muy distinto al reino de los muertos ya avizorado en otras adaptaciones más antiguas. Acá no se retrata un escenario infernal, sino que un páramo frío, inhóspito y desolado, frente al cual deben sacrificar sangre de cordero para despertar a los muertos y consultar al adivino Tiresias. Quizá este se trate de uno de los pasajes más auténticamente espeluznantes y mejor logrados de la película, por su creatividad y su potencia evocadora. Aparece la sombra de Agamenón (Benjamin Safdie) y le advierte a Odiseo que vuelva a Ítaca sigiloso, escondido, para resguardarse de la traición de los pretendientes que conspiran para casarse con Penélope y quedarse con su reino. También aparece Sinón y le reprocha a Odiseo el haberlo engañado por no avisarle sobre el plan para invadir Troya. Odiseo le replica que su sacrificio era necesario para completar la misión en medio de la guerra. Tras estos intercambios, Tiresias advierte al héroe y a sus hombres sobre los espíritus de los soldados caídos en batallas, que no recibieron un entierro digno. La tripulación arranca de ellos y retoma su rumbo.

Se aproxima la recta final del viaje. Quienes no leyeron La Odisea de Homero podrán intuir el temor que sucede a la inevitabilidad de la tragedia épica. El héroe debe asumir el hecho de que volverá solo, pero para eso debe primero sortear los últimos desafíos. Hace frente al canto de las sirenas atándose a un mástil. Mientras tanto, los soldados se untan cera en sus oídos. En la película, se dice que el seductor canto de las sirenas “es todo lo que quieres que sea. Después, todo lo que quisieras nunca haber deseado”. Aunque no se muestren a las sirenas originales, criaturas mitad mujer, mitad ave y, en cambio, se muestran a unas mujeres esbeltas, pálidas, recostadas, a lo lejos, en los roqueríos, creo que acá la desesperación de Odiseo se desarrolla de manera más simbólica y menos explícita, sin perder la idea del deseo y su trampa vital.

Odiseo logra sobreponerse al mortal llamado del deseo y continúa con el viaje, esta vez, enfrentándose a una situación dilemática: atravesar el torbellino marino de Caribdis o enfrentar la bestia Scylla, semejante a la Hidra de múltiples cabezas. Odiseo opta por seguir el camino de la Scylla, aunque le cueste la vida de algunos de sus soldados, porque pasar por el torbellino habría sido una cuestión suicida. Uno de sus hombres le recrimina, nuevamente, el costo de sus decisiones. Aparece, de nuevo, la interpelación constante a la culpa y la responsabilidad de Odiseo, motivo constante en la psicología del personaje, mismo motivo que, de hecho, gatilla el conflicto de su conciencia. Por eso mismo, la aparición de Atenea (Zendaya) en momentos cruciales de la trama podría interpretarse como una representación alegórica de su propia conciencia atormentada por el curso inevitable de los acontecimientos.

En el clímax de la aventura de regreso, Odiseo y sus hombres, exhaustos, llegan a la Isla de Helios, el dios Sol. Pese a ser advertido sobre el ganado sagrado, los soldados se devoran a las vacas, a escondidas de nuestro héroe, lo que provoca la ira de Zeus. Odiseo pretende alivianar su culpa, diciendo que prefería ver morir a sus hombres en una cruenta lucha antes de verlos desfallecer de hambre. Entonces, zarpan de nuevo, confiados en el buen clima y el favorable viento. Sin embargo, se trataba de un engaño divino. La furia de los dioses cae sobre la tripulación de Odiseo, y los ataca sin piedad, ahogando a todos los soldados y dejando al héroe a merced de la intemperie. De esa forma, deriva hasta la isla de Calipso y allí se explica que, en realidad, Odiseo se había mantenido durante siete largos años. Nadie sabe qué tipo de relación mantuvieron, aunque, fiel a sus principios, se podría decir que Odiseo fue engatusado por Calipso para seguir allí, y ella estaba genuinamente enamorada del héroe. Al final se daría cuenta de que su corazón siempre estuvo en otra parte. En su patria, con su mujer y su hijo Telémaco. Recuerda. Vuelve a pasar por el corazón.

Se ha dicho de la película de Nolan que no se apega estrictamente a la obra homérica. Y esto, en parte, es cierto. Por ejemplo, no predomina la astucia de Odiseo al momento de llamarse “Nadie” para confundir a Polifemo. No aparece Aquiles en el Inframundo. Tampoco se habla del país de los lotófagos, lugar donde los hombres comían loto y perdían su deseo de volver a sus tierras. Esa situación se extrapola a la isla de Calipso. Recordemos que eran los propios dioses los que ordenaron la liberación del héroe para culminar su retorno. Y algo que se pasó por alto completamente fue la Isla de los Feacios, en donde se supone Odiseo llega, siendo acogido por Nausícaa y el rey Alcínoo, para relatar todas sus aventuras antes de volver a casa. En cambio, se nos muestra de manera íntegra el viaje de Telémaco en busca de su padre, y su encuentro con Menelao y Helena de Troya, de quienes recibe algunas noticias de Odiseo.

Todas estas imprecisiones y faltas de rigor histórico, durante el visionado, si bien pueden parecer imperdonables para los puristas de las anteriores adaptaciones cinematográficas o para quienes buscan un “calco” de la obra homérica, pienso que no se sintieron para nada arbitrarias y se presentaron de manera tan orgánica que lograron articular una trama coherente en su estructura, virtuosa en su ejecución y completamente moderna en su trasfondo, porque la idea de Nolan, dicho sea de paso, nunca fue ser fiel al espíritu homérico. No pequemos de ignorantes. El solo hecho de adaptar (desde una mirada de cineasta de autor) un canto épico del antiguo mundo griego a un lenguaje artístico que no tiene más de doscientos años de existencia, constituye, de por sí, una operación creativa, un artificio estético, que no un documento histórico ni arqueológico. Conviene, por esto mismo, no hacer caso de las críticas de aquellos que acusan "wokismo", porque todo se reduciría a una lectura simplona en clave “batalla cultural”, sacrificando, de esta manera, una oportuna y mesurada visión cinematográfica. Si es que hay un par de actores o actrices en esa línea (Elliot Page como Sinón, Zendaya como Atenea y Lupita Nyong'o como Helena), la trama es tan sólida que estos elementos no afectan su desarrollo. Apenas aparecen algunos minutos y no cobran un mayor protagonismo en la historia. Ante todo, la Odisea de Nolan ensalzó la épica clásica en clave moderna con un espectáculo de alto calibre. Hay, incluso, un continuo en su filmografía, una mirada cinemática y narrativa que subyace a sus obras y que acá, en la Odisea, se plasma de una manera radicalmente distinta, frente al habitual realismo al que nos tiene acostumbrados. La Odisea desafió al director a expandir la mirada, volverla mitológica y divinizante sin sacrificar el elemento humano, y lo logró con creces. Los dioses no aparecen de manera gráfica ni intervienen directamente en el curso de los acontecimientos, pero subyacen al imaginario recreado en la obra, en sus constantes alusiones y expresiones vicarias.

Las escenas finales, debo decir, el enfrentamiento con los pretendientes, el terreno íntimo de Penélope, siendo asediada por los “peores hombres”, su conflicto con Telémaco por la ausencia del rey legítimo, todo me recordó a ciertos momentos de la trilogía de Batman, sobre todo en el tema del drama psicológico y en las escenas de acción. Eso sí, el villano Antínoo, interpretado por Robert Pattinson, está preciso en su rol de cobarde, aunque, de ninguna manera, alcanzaba la magnitud de los villanos del universo de Gótica en Nolan. Puede que, en este punto, el mayor aporte del director haya sido incluir una visión modernizante sobre el viaje épico y sobre la propia guerra de Troya, una visión ajena a la idiosincrasia de los hombres griegos, pero consecuente con una relectura contemporánea del mito. Odiseo, vestido de mendigo, conversa con Penélope, antes de desafiar a los pretendientes. Allí le confiesa haber participado del ataque a Troya junto a muchos otros hombres. Se muestran escenas de asesinato y aniquilación, en donde el pueblo completo es asediado, arrastrando con todos, no solo con los guerreros, sino que hasta con los inocentes. En una de las secuencias que generaría el trauma en Odiseo, unos soldados destruyen la figura de un ídolo y, de manera velada, someten a una sacerdotisa, mostrando cómo la cabeza de la figura cae rodando. Esa cabeza rodante se puede interpretar como el costo de la hibris y, por extensión, un atentado al orden de los dioses.

Definitivamente, “los Pueblos del Mar han roto la Ley de Zeus”, se dice. Ellos mismos eran esos Pueblos del Mar que acecharon el Mediterráneo y precipitaron el ocaso de la Edad de Bronce. Odiseo internaliza esa ruptura de lo sagrado al ver violada la Ley de Zeus, la cual consistía en un principio de hospitalidad para con los extranjeros. La invasión y la quema de Troya se interpreta como un atentado contra una ley divina, y Odiseo, lejos de la hibris propia que caracterizaba a los héroes de la Antigua Grecia, acarrea una culpa que constituye una carga en su conciencia, una culpa, por cierto, muy cristiana, motivada por una concepción modernizante del comercio como posibilidad del diálogo y la comunicación entre los pueblos. Hay críticos que ven en esta visión del personaje una falta, ya que los antiguos héroes griegos, lejos de actuar con culpa moralizante, actuaban con orgullo, desmesura y volcaban toda su épica en el honor y en la posteridad. De hecho, la propia Emily Wilson, académica y traductora del poema homérico, y en quien Nolan se inspiró para el guion de su adaptación, criticó la película por motivos similares. Subrayó, según ella, la falta de profundidad psicológica, emocional, política y ética, cuestiones con las que no estoy para nada de acuerdo. Tal vez puede que haya faltado un mayor desarrollo de perfil de personajes, pero en cuanto a lo político y lo ético, creo que se equivoca rotundamente, y ese es precisamente el punto que Nolan se permite articular para ofrecer una visión renovada del mito del héroe homérico.

Existen quienes citan a Nietzsche para hablar sobre los impulsos apolíneos y dionisiacos en el mundo griego. En La Odisea de Nolan, afirman, habría mucho de apolíneo y poco de dionisiaco, no un equilibrio armónico. Mucha arquitectura, imponente campo visual, escenarios bien logrados, fotografía soberbia, perfecta caracterización de personajes, pero nada de exceso, escasa brutalidad en las batallas, nada demasiado explícito, poca hibris en el héroe principal, nulo erotismo y sexualidad tanto en Circe como en Calipso, las que, bajo esta mirada, aparecerían retratadas solo como una sombra de lo realmente fueron en la obra de Homero: auténticas amantes del héroe, fogosas en sus encuentros, astutas, sexualmente osadas, muy cercanas al arquetipo de la mujer fatal. Claramente, si Nolan hubiera representado estos encuentros con el suficiente apego a las descripciones literarias, la moral victoriana de la corrección política no le habría permitido su categoría de “blockbuster” en Hollywood, ni tampoco tendría sentido el relato sobre la conciencia atormentada de un Odiseo culposo. Ante todo, debía presentarse como un héroe leal a su esposa y a su familia, obviando el influjo dionisiaco. En definitiva, todo demasiado sobrio y lejos de la bacanal de sangre, sexo y destrucción que habría significado si honrara al Dionisos nietzscheano en una probable adaptación rocambolesca.

Aunque cada uno de estos puntos críticos considero que constituyen una crítica fundada sobre el planteamiento de la película, me temo que aún no comprenden el meollo de la visión de autor que Nolan plasma en su recreación del mito heroico. Volvamos sobre el tema de la conciencia. Odiseo arrastra una culpa que se manifiesta tanto en sus acciones como en su forma de actuar. Actúa de manera precavida, y hasta, en ciertos momentos, excesivamente preocupado, incluso dubitativo. Tiene flashbacks recurrentes que lo regresan al punto en que Troya ardió. La cabeza rodante de la sacerdotisa continúa en su psiquis, y la figura de Atenea lo acompaña en sus momentos más introspectivos, o es que acaso esa figura solo sea una proyección simbólica de una sabiduría empañada, de una justicia ensangrentada por la hibris de los hombres. Odiseo no encontrará, por ende, su redención hasta ver cumplido su propósito, su retorno al reino que le pertenece para dejar un legado en su hijo y exiliarse luego en búsqueda de un horizonte más próspero junto a su esposa Penélope.

Tenemos entonces que La Odisea de Nolan funciona perfectamente como una parábola de la redención de un hombre atormentado por la conciencia de haber quebrado la Ley de Zeus. Así, podrá ser leída como una metáfora fantástica de nuestros tiempos convulsos, en el ocaso de una civilización, la nuestra, la occidental. Nolan nos parece decir, con este mensaje: tal como pereció la Edad de Bronce con la irrupción de los Pueblos del Mar y la crisis de las primeras globalizaciones, también nuestra época corre el riesgo de perecer ante el quebrantamiento sistemático de lo sagrado y la secularización de todos los planos de la vida. En el universo cinematográfico de Nolan, así queda visualizado: el físico Oppenheimer creó la bomba atómica, el arma prometeica robada a los “dioses” que provocaría el final de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de una cruenta era nuclear, cuya sombra nos irradia hasta ahora. Por su parte, Odiseo en la película fue testigo y cómplice de la destrucción de Troya. Todo puede arder, sobre todo en la conciencia. No hay diferencia entre la bomba de Oppenheimer, destructora de mundos, y el caballo de Troya, quebrantador de la ley de los dioses. La profecía se cumple más allá del visionado, y la realidad geopolítica mundial resuena con ella, y ese creo yo es el acierto más grande de la película: servir de espejo teatral para el colofón de nuestros tiempos cada vez más desencantados y carentes del sentido de trascendencia. Ya se ha dicho que en su Odisea, Nolan cristaliza de manera magistral algunos de sus motivos recurrentes. El homo homini lupus en clave de suspenso, el tratamiento del tiempo no lineal, que, de hecho, entronca muy bien con la idea del tiempo cíclico y mítico. Cada uno de estos motivos, que son la seña del director, constituyen la arquitectura profunda de La Odisea de Nolan.

sábado, 1 de agosto de 2026

El clima post lluvia está como mi círculo social: congelado.
Titánico escritor. J’en ai marre se traduce del francés como "Estoy harto". En buen chileno, "Estoy chato". De Juan Emar me fascinó la novela Ayer, de cuya obra hice hasta un ensayo para la U en el ramo optativo de Literatura Fantástica con Marcelo Novoa. Queda pendiente la lectura de su ambicioso Umbral, una gigantesca obra en tomos de más de cinco mil páginas:

“Es natural que preexista la idea de que Emar es un autor difícil, pues basta comprender el marco histórico en el que se desarrolló su propuesta literaria. Fue contemporáneo de Neruda, Rojas, Brunet, de Huidobro, aunque con éste tiene más cercanía en tanto agentes clave para el cambio de paradigma literario en Chile. Un lector de hoy debería acercarse a Diez con la disposición de hacer a un lado las expectativas de una narración lineal o realista, y más bien aceptar el juego que propone Emar, donde la imaginación, la paradoja y la experimentación son parte esencial de la experiencia total de lectura.
(...)
Emar se dio el lujo de ir a la suya. En su literatura hay una mirada extraña, desconcertante que le regresa a su vez un papel activo a las y los lectores: nos despereza, nos recuerda el lugar conductual que tiene el lenguaje; es decir, que nos traslada, ya sabrá cada quién a dónde. Juan Emar hizo una obra tan singular, incluidas sus novelas, que releerlo nos haría muy bien en estos tiempos automatizados”

jueves, 30 de julio de 2026

Para las bases de postulación al Fondo del libro de este año, se estableció la exclusión de aquellos proyectos comprendidos en las letras d y e del artículo 2 de la Ley 19.846. En buen chileno, quedarán fuera las obras con “contenido pornográfico” y “excesivamente violento sin suficiente fundamento contextual". Inmediatamente pensé en proyectos como la Revista Chile del Terror, de la cual me siento orgulloso de haber participado. Bajo esta óptica estrecha, no tendrían ninguna cabida. Todo indica que los nuevos fondos serán terriblemente fomes, sin visceralidad, polvos, sangre ni gore, delicias literarias, algo que me deja absolutamente consternado y decepcionado, por partes iguales.
Al Fondo del Libro he postulado ya en dos ocasiones. En ninguna, claro está, fui seleccionado. La primera consistía en una postulación al Fomento a la Industria a través del libro "Rinconada. Crónicas del adentro y del afuera". Saqué 83 puntos. La mayor debilidad del proyecto radicaba en lo "génerico" de su fundamentación, según ellos, los evaluadores. Luego, me la jugué por el Fomento a la Creación, por medio de un libro inédito llamado Puerto en abismo, que reúne distintas crónicas nuevas en torno a Valparaíso. Con esa postulación, llegué a sacar 93 puntos, y mi proyecto hasta fue considerado elegible. Lo único que falló, según el jurado, fue la "ausencia de un esqueleto que le dé estructura a la narrativa". Pensaba intentar una tercera vez, más que nada para probarme a mí mismo que puedo, sin ninguna garantía real de ser elegido. Sin embargo, las nuevas exigencias en torno a los documentos mínimos de postulación, uno de los cuales consiste en una especie de portafolio que acredite "trayectoria en el medio literario", han echado por tierra cualquier posibilidad de resultar siquiera admisible. Si antes veía lejano el panorama, ahora lo veo francamente improbable. Bajo estas condiciones y circunstancias, me resto del concurso, sigo escribiendo y rebuscándomelas por las mías, como lo he venido haciendo todo este tiempo.

lunes, 27 de julio de 2026

Una vida crítica de Héctor Soto

En la sala de profesores hay un estante lleno de libros, una especie de biblioteca. Allí encontré un libro grande del tamaño de una guía telefónica o de aquella edición Anagrama de 2666 de Bolaño. Se trataba de Una vida crítica (2013) de Héctor Soto, un abogado de profesión, oriundo del puerto, que se volvió periodista por oficio. Fue crítico de cine en su ciudad natal, publicando reseñas en los diarios La Unión y El Mercurio. Soto además fue director de Primer Plano, revista de cine de la Universidad Católica de Valparaíso creada a comienzos de los setenta, en pleno proceso de transformaciones sociopolíticas en el país. Su libro Una vida crítica contiene justamente aquellos textos que cristalizan más de cuarenta años de “cinefilia”. Cuando lo revisé y leí algunos de sus comentarios sobre películas clásicas y modernas, a lo largo de más de setecientas páginas, recordé el libro que tengo reposando en el tintero, un libro larguísimo que también versa sobre mi obsesión con el cine, pero que, aparte de críticas, incluye crónicas sobre distintas experiencias, visionados y reflexiones. Tiene por nombre “Celuloide Celulosa”, en referencia a las materias primas del cine y la literatura, respectivamente, un nombre que se nos ocurrió a mí y a un amigo de la u, con el que compartimos la pasión por el séptimo arte. De hecho, hasta hicimos un cortometraje con ese mismo nombre, el que fue financiado con fondos Confía y fue estrenado en la cineteca de Sausalito, en un evento de lo más bizarro. Hay acá tres cuestiones que me emparentan con Héctor Soto, pese a no haberlo leído antes, en mis tiempos de experimentación cinematográfica universitaria: la voluntad de la crítica cinéfila, el propio ejercicio de la escritura y la cualidad de porteño nacido y criado. A Soto le costaba pensar en la crítica como literatura, y decía que el poder era “un plato que siempre ha mirado desde lejos y, que como los chunchules, no le apetecía”. Habrá que leer al caballero. En su libro tiene la costumbre de fechar cada crítica con detalle en el año y el día, cuestión que tomaré prestado para mi propia obra sobre cine. Decía Soto que “el cine tiene un pacto genético con la realidad”. Y yo comienzo mi libro Celuloide Celulosa citando a Enrique Lihn, quien decía que “la realidad es la única película que nos quita el sueño".

domingo, 26 de julio de 2026

Fui a ver La Odisea de Nolan al Insomnia, por segunda vez, con mi familia. A la salida del cine, en la fila, un caballero sostenía un libro: Un dique contra el pacífico, de Marguerite Duras. ¿Por qué ese libro y no otro? Preguntarle al caballero en ese momento habría sido demasiado raro. Investigué por mi cuenta sobre la obra. Todo ocurre en el contexto colonial de la Indochina francesa. El derrumbe de los diques por las olas del océano tiene una repercusión en la dinámica familiar entre la madre y la protagonista Suzanne. La madre lucha inútilmente por conservar sus tierras en la llanura frente a la acción inclemente de las aguas. Si uno lee más allá, hay aquí una resonancia con lo que sucede en La Odisea. El mar también cobra un rol fundamental. Se percibe también como amenaza. Poseidón, el dios del mar, se venga de la tripulación de Odiseo, atacándolos con tormentas y fuerte oleaje. El único dique que tenía Odiseo, en ese momento, era su astucia, su determinación y la lealtad de sus hombres. Son esta clase de lecturas y de coincidencias las que me llevan a pensar que, de repente, en la realidad, se cuelan ciertos elementos que damos por arbitrarios y que, con un poco de atención, revelan su propia orgánica, o será únicamente la obsesión por encontrar un significado allí donde solo había una azarosa contigüidad humana. De todas maneras, la función parecía, en esos instantes, que fuera a anegarse y que el agua saldría despedida fuera de la pantalla para desafiar nuestra incredulidad.

Szantó y Pontius

Le pregunté a mi madre, hace mucho tiempo, sobre el origen de nuestro apellido. Aquella vez mencionó uno muy extraño proveniente de Hungría: Szantó. “Es secreto de la familia. No lo publiques, por favor”, comentó ella. No quise volver sobre ese apellido, para respetar ese secreto, pero me fue imposible olvidarlo. El hecho de que fuera un secreto aumentó mis ganas de querer investigar todavía más. En una búsqueda rápida, pude definir la palabra szántó, como “aquel que ara la tierra” y se remonta a la época medieval. ¿Qué relación podría tener ese apellido antiquísimo con el apellido correspondiente a mi familia materna? Para intentar comprenderlo, busqué también el significado original de nuestro apellido más cercano: Ponce. Se remonta a la cultura latina y quiere decir “Pontius”, es decir, “El quinto”. Incluso hay quienes establecen una semejanza etimológica con la palabra pons, que significa “puente”. Entonces, si uno sigue indagando, puede confirmar que ambos apellidos provienen de patrias lejanas, unidas tal vez por un lazo genealógico inconfesable, oculto a sus propios sucesores. ¿Para qué mantener oculta esa herencia? Había, en esta búsqueda obsesiva por patrones dentro del árbol familiar, un par de símbolos sobre los que no había tenido constancia, sino hasta ahora: el arado y el puente, inscritos en esos dos apellidos, uno conocido, otro por conocer. El símbolo del puente es el más próximo, al estar ligado directamente a mi linaje materno, pero el símbolo del arado permanece aún indescifrable. Puede que, por esto mismo, interpele poderosamente a mi conciencia. ¿Quién araba la tierra sobre la cual caminarían mis ancestros? ¿Qué tierra me tocaría volver a arar, sin herramientas suficientes ni arraigo del todo definido? ¿Qué puentes se supone que debo seguir transitando? ¿Qué es lo que queda aún por arar, en terrenos insospechados?