domingo, 25 de octubre de 2026

Treinta años de Aenima (1996) de Tool

Se cumplen treinta años de un disco fundamental del metal alternativo de los noventa: Aenima (1996) de la banda Tool. Hay muchas cuestiones sobre las que me gustaría profundizar: memorias, evocaciones y verdaderos viajes mentales, pero prefiero escribirlas de manera orgánica, sin tanto esquema:
-El primer recuerdo que tengo de Tool fue en el año 2002 app. Vi un video suyo en MTV, creo que era el de Aenima. Aún no estaba acostumbrado a ese sonido tan experimental y alternativo, recién me iniciaba en cosas más digeribles como el grunge o el rock clásico. Un tiempo después, supe que se trataba de una cirugía sonora y psicológica con efecto retardado. Volví sobre ese video y esa soberbia animación hecha por Adam Jones y el concepto era verdaderamente revolucionario para la época.
Mi viejo se volvió fanático acérrimo de la banda, precisamente por el concepto visual detrás de los videos de Tool. "Detrás de ellos había una mente maestra", sostuvo. "Arte puro hecho rock". Con Undertow ya habían incursionado en el uso de stop motion y la música aún seguía una tónica rockera, siendo incluso catalogados dentro de la etiqueta "grunge" de la década, pero con Aenima llevaron las cosas a otro nivel de complejidad y ambición, cuestión que alcanzaría su cumbre creativa, cinco años después, con Lateralus, el año 2001.
Casi en esos mismos años, estamos hablando del 2003 o 2004, pleno apogeo de la televisión por cable, volvía a ver los singles y los videoclips de Tool, esta vez por Vía X. Gonzalo Frías, como buen fan de la banda, le ponía su cuota de pasión al asunto, al transmitir los videos con algunas ediciones especiales, subtítulos y pasajes que no se encontraban en el formato original. Unía a esa mezcla bizarra de arte, alt rock y metal progresivo, una amalgama de cine y subversión gráfica.
-La portada tiene un efecto óptico en tres dimensiones, en el que una luz blanca aparece rodeada de múltiples ojos creando la ilusión del movimiento. Por dentro, se repite el ojo, quizá una reminiscencia orwelliana o más bien hinduista, con el chacra de la clarividencia. También aparecen un par de bebés ángeles siendo perseguidos por una criatura humanoide; y el propio Maynard James Keenan con la banda, en una foto difuminada dentro de un cuarto. Maynard está en el suelo con el cuerpo contorsionado en una posición ritual muy extraña.
-El maestro de la comedia y el stand up norteamericano, Bill Hicks, es homenajeado en el arte del disco, con un dibujo suyo en el que aparece vestido de médico y le pone unas prótesis a un Maynard en estado de éxtasis o de alucinación, mirando hacia arriba como abstraído de sí mismo. Un fragmento de un monólogo de Hicks figura en el último corte del álbum, Third Eye. En las frases sampleadas de algunas de sus rutinas, donde alude al efecto de las drogas psicodélicas, Hicks afirma que "toda la materia es simplemente energía condensada en una vibración lenta" y que "somos una misma conciencia experimentándose a sí misma de forma subjetiva". Remata con su icónica frase: "aquí está Tom con el tiempo", seguida de unas risas del público.
-"Cada vez que un científico, filósofo, artista o atleta empuja nuestros umbrales hacia un nuevo terreno, la raza entera evoluciona", se deja leer en la libreta del arte del disco, en el fragmento de un texto donde se aluden a los "humanos mutantes del futuro" (Futants), idea planteada por Timothy Leary. En ese mismo texto, se mencionan además los efectos de la magia(k) ritual . Se remata con las siguientes líneas: "Las creencias son peligrosas. Las creencias permiten que la mente deje de funcionar. Una mente no pensante está clínicamente muerta. Believe in nothing".
-El concepto detrás del nombre de Aenima es pura alquimia psíquica. Se trata de un neologismo que combina el "anima", concepto junguiano relacionado con el alma, en estrictor rigor, "el arquetipo femenino en el inconciente del hombre"; y el "enema", un procedimiento médico usado para limpiar los órganos por dentro y evacuar los residuos y las impurezas. Se trata de una auténtica purga espiritual. La transformación de uno mismo requiere de una crisis y una confrontación. En términos alquímicos, "solve et coagula". El tema homónimo del album representa de manera sarcástica este concepto, al imaginar un escenario apocalíptico en el que todo Los Ángeles acaba hundido en el océano. Esa misma idea podría extrapolarse a cualquier otro escenario o campo humano. El agua en forma de diluvio, de tsunami o de marea alta tiene ahí una cualidad tanto destructora como redentora. ¿Será que la naturaleza arremete contra nuestra soberbia, o de vez en cuando, hace una limpieza interna para continuar su ciclo de vida? Nosotros también podemos trabajar sobre nuestros propios diluvios y precipitaciones. Tirar la cadena, de vez en cuando, y dejar fluir el desperdicio por el estanque resulta algo sanador.
-Sobre esto mismo, mi viejo siempre repetía aquella frase susurrada y luego vociferada por Maynard: "learn to swim", "aprende a nadar", una ironía y, al mismo tiempo, una invitación, un desafío. Además, recordaba otra frase en el clímax de la canción Aenema: "read between the lines", "lee entre líneas", ve más allá del mensaje literal, descifra el significado oculto de las cosas, la metáfora, el símbolo. Aguza el sentido crítico y tu lectura de la realidad. Hay que estar preparados para lo que viene. El concepto de Aenema era tan demoledor, en su momento, que fue incomprendido y señalado como una rara avis dentro del rock alternativo. Pero, si se analizaba con el suficiente entusiasmo, tenía incluso algunos visos de premonición. Cinco años más tarde, el 2001, mismo año de su siguiente obra magna, Lateralus, ocurría el (¿auto?) atentado de las Torres Gemelas en Estados Unidos, y con ello, una radical ruptura en el orden del mundo. Un cambio brusco que precipitaría los acontecimientos históricos hacia un punto de paroxismo, de ahí en adelante. Las viejas estructuras llegaban a su punto de colapso, las certezas terminaban de difuminarse y la sociedad entera se veía obligada a enfrentarse consigo misma, con su propia ánima, con su propio ser interno, hasta integrarlo, volverlo conciente y prepararlo para el siguiente nivel. ¿Un nuevo orden de cosas? ¿Una nueva concepción de la humanidad? De eso ya están hablando las propias elites transhumanistas y, en otra vereda, muchos pensadores de la Sabiduría perenne. Que cada quien busque su propia idea y aprenda a nadar por sus propios medios para no sumergirse en el caos. Aenima seguirá viva y esperando a abrir ese "tercer ojo".

sábado, 24 de octubre de 2026

Pedro Páramo: ruptura del origen y destino vaciado

29 de abril, 2010


“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.(…)”[1].

Son estas sentencias las que dan inicio a la novela Pedro Páramo. Ya a puertas del relato el motivo inicial del personaje narrador es la búsqueda de su padre. Ante esta motivación queda manifiesto un problema: el hecho de que tal búsqueda involucrara más que nada el cumplimiento de una promesa hacia su madre. Así, su compromiso pareciera no importar tanto por el encuentro con su padre ausente. Se distingue la disposición del hijo hacia la misión, con un cierto dejo de distancia y frialdad hacia la figura de su padre. Sin embargo, la madre será quien solicite a su hijo exigir de Pedro Páramo ciertas cosas: “-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”[2]

Estas exigencias tienen relación con un vínculo afectivo roto por la ausencia. Justamente su ruptura conlleva a la fragmentación familiar y a la desilusión con respecto a su otrora añorada unidad. Ahora, la imposibilidad de reconstruir la unidad familiar tiene como consecuencia el cultivo del rencor, tras la impotencia de no poder resolver los sentimientos de soledad y desamparo. Surge la venganza como opción: “El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”.

Juan Preciado es encomendado en una misión que él no puede siquiera dimensionar. Sin estar auto-convencido de la motivación de su viaje, sin estar siquiera seguro de poder encontrar y conocer a su padre, ese ser que parece existir más bien como una “idea fantasmagórica”, sin embargo, llevará a cabo su cometido, tratando de amenizar la incertidumbre con expectativas ilusorias, bajo un proceso de idealización de su destino: “Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de ese modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre.”. Como señala al respecto Benito Varela Jácome, esto conlleva también: “(…) el retorno al mundo de la infancia lejana, perdida, el reencuentro con un paraíso terrenal, hermoseado por los recuerdos estremecidos de su madre”[3].

Pronto, cuando Juan Preciado se dirija a Comala, el pueblo donde supuestamente se encuentra su padre, se dará cuenta de que dicha idealización choca de lleno con la realidad de un mundo configurado bajo el signo de la desolación y la ausencia permanente. El guía de Juan Preciado, Abundio Martínez, le revelará una certeza terrible: Su padre, Pedro Páramo, había muerto hace muchísimo tiempo. El desvelamiento de la verdad rompe con las vagas esperanzas de la madre de restaurar una suerte de “paraíso familiar”. La motivación misma del viaje y la búsqueda se reduce a un absurdo. Su destino mismo no estuvo presente sino como muerte. El vacío paternal asimilado por la madre (Dolores Preciado) se amplifica, se manifiesta física y materialmente en la sórdida, fatídica y dantesca atmósfera de Comala, siendo Juan Preciado quien en carne propia viva este vacío. Un vacío repleto de muerte. Una “ausencia presente” que por su propia presencia reafirma la desolación. En resumidas cuentas: “Juan Preciado se equivocó de destino. Vino a parar a un pueblo solitario, buscando a alguien que no existe”[4].

El viaje fatídico de Juan Preciado transgrede además la visión clásica del viaje épico. Subvierte su naturaleza: “En el esquema clásico, el héroe viaja al mundo de los muertos para volver de él demostrando su capacidad de renacimiento. En el texto de Rulfo es al revés: el héroe va a los infiernos a buscar a su padre, pues allí está el padre, muerto. Llegar al lugar del padre es llegar al reino de la muerte. Encontrarse con el padre es morir, quedarse a vivir con los muertos”[5]. Dado lo anterior: “(…) el héroe queda constituido por el deseo de la madre (…). Este deseo (…) envía al hijo al encuentro de un muerto. El héroe viaja hacia ese lugar del deseo con el retrato de la madre (el único que tiene) y ello enfatiza la ausencia total de la imagen paterna, que se reduce al nombre del padre, piedra desértica”[6].

El llamar “héroe” a Juan Preciado no deja de ser llamativo. En este caso, sería un héroe trágicamente antitético, casi destinado a su disolución. Un viaje sin rumbo, sin retorno y sin destino. Un viaje y una búsqueda imposibles. Pedro Páramo se levanta entonces como una alegoría de la Muerte: Quien vaya a su encuentro encontrará la Nada, el “no-lugar”. En el mejor de los casos, encontrará sombras y ecos extraviados, pululando sobre el no espacio y el no tiempo.

El origen mismo de Juan Preciado pareciera ser el estigma que determinará, casi de manera absoluta, su existencia. Su condición de huérfano no hace más que alimentar la perplejidad de su dilema. En el transcurso de la novela, el propio Juan Preciado va siendo testigo de los fragmentos de su vida pasada. Los ecos, las voces y las apariciones le revelan de manera fragmentaria hechos en la vida de su no-padre Pedro Páramo. Más aún, pareciera que el narrador muchas veces alterna entre Pedro Páramo y Juan Preciado, como si se tratara de un juego de voces que no logran encontrarse para entrar en contacto, y simplemente se difuminan aisladamente.

Los hechos biográficos con respecto a Pedro Páramo (su condición de latifundista déspota e irresponsable, de mujeriego empedernido, de su nulo compromiso como padre de familia) son como fuerzas que expanden aún más este vacío representado por él mismo y por Comala. Así, a lo largo de la novela se describe la vida de aquellos que tuvieron una relación más o menos directa con el personaje en cuestión, principalmente, sus mujeres (Dolores Preciado, Susana San Juan), y sus hijos (Miguel Páramo y Abundio Martínez). Las relaciones de estos personajes funcionan como una de las causas que permiten explicar la distancia entre Juan Preciado y Pedro Páramo. Así, por ejemplo, el hecho de que éste último sólo se casara con Dolores Preciado por asuntos de conveniencia económica:

“-Yo creo hasta el bendito. Mañana comenzaremos a arreglar nuestros asuntos. Empezaremos por las Preciados ¿Dices que a ellas les debemos más?

-Sí. Y a las que les hemos pagado menos. El padre de usted siempre las pospuso para lo último (…) Y la Lola, quiero decir, doña Dolores, ha quedado como dueña de todo. Usted sabe: el rancho de En medio. Y es ella a la que le tenemos que pagar.

-Mañana vas a pedir la mano de la Lola (…)”[7]

La no existencia del amor entre ambos (Pedro Páramo y Dolores) será un factor nuclear para entender así los motivos expuestos al principio respecto a la búsqueda del padre. También el hecho de que Pedro Páramo tuviera una diversidad de hijos (entre los más reconocibles, Miguel Páramo y Abundio) va a enfatizar la condición de “hijo bastardo” en Juan Preciado, lo que remite al absurdo de la idealización del padre cuando él recién comenzaba a visualizar su “odisea” y su búsqueda encomendada por capricho de Dolores, su madre.

Ahora bien, es oportuno aventurar una posible relación entre la búsqueda de Pedro Páramo, protagonizada por Juan Preciado, y la búsqueda que emprende la sociedad latinoamericana respecto a su propio “padre”: sus orígenes y su identidad. Si tenemos en cuenta todo lo desarrollado anteriormente, podremos de forma inmediata realizar un paralelo entre la empresa de Juan Preciado y la empresa de la sociedad latinoamericana. En la primera empresa todo conlleva a una trágica paradoja: la ausencia del destino (la no existencia de Pedro Páramo y el encuentro con el no-lugar: Comala), la inconsistencia y absurdez de los motivos (caprichos de parte de Dolores Preciado producto de la desilusión afectiva y amorosa, férreos deseos de parte de Dolores por reconstituir el núcleo familiar), la irremediable condición y naturaleza del propio Juan Preciado (lleva consigo el estigma del guacho, del no-hijo, del yo fragmentado por la falta de unidad familiar, además de su casi forzoso y accidental nacimiento, sólo consecuencia de un enfermizo matrimonio producto de la ambición). Asimismo, la segunda empresa (aquella que llevan a cabo “las sociedades latinoamericanas”) comparte muchas de las características de la primera. El destino de la búsqueda emprendida por estas sociedades también se halla, por su parte, ausente, en el sentido de que tanto las raíces como la identidad latinoamericana nunca se presentan de manera diáfana y unívoca.

En suma, no existen de manera íntegra, puesto que Latinoamérica, en su dimensión histórica, social y cultural se configura como una entidad híbrida, hija del mestizaje, sin poderse determinar claramente si las raíces u orígenes de su cultura corresponden a la de aquellas sociedades pre-colombinas autóctonas (cómo saber si sus orígenes como “cultura latinoamericana” provienen directamente, ya sea de la civilización maya, azteca, inca o tantas otras de menor preponderancia, sólo por el hecho de encontrarse vigentes, desde una perspectiva histórica, antes de la llegada de los españoles), o si corresponden, más bien, justamente a la de aquellas sociedades occidentales que, casi como si se tratará de una irrupción simbólica llegaron a esta dimensión americana, todavía incomprensible e inabarcable.

La opacidad de las raíces latinoamericanas se emparenta con la existencia de Pedro Páramo: ambos ya están muertos antes siquiera de ir hacia su encuentro. Desde una visión romántica, las sociedades latinoamericanas, como Juan Preciado, idealizan a su padre, el foco de sus orígenes, hasta que chocan con la cruda realidad de su naturaleza heterogénea, esa falta de “unidad familiar” ya mencionada. Chocan consigo mismos, y su frustración lleva a dicha sociedad a proyectarse de manera espacial y temporal tal como si fuera “Comala” misma: una profunda distopía de sí misma, un lugar sin espacio ni tiempo histórico definidos, sólo un gran cúmulo de ecos, voces y sombras caóticamente diseminadas. Esta inexistencia de ese “padre”, esos valiosos cimientos que permiten organizar su presente y edificar su propio futuro como sociedad latinoamericana, fundamenta apriorísticamente el fracaso de la empresa en la búsqueda de las raíces. Y ni hablar de la identidad. Sin esa “piedra desértica” de su propia estructura, no es posible todavía que pueda configurarse decididamente como una gran Unidad, un gran Yo. Como huérfanos de padres inexistentes, sólo les queda a estas sociedades asumir su realidad: que son hijas bastardas del coito entre las culturas occidentales y las culturas precolombinas. De hecho, ni siquiera se puede saber cuál de las dos es el padre o la madre ¿Quién será entonces Pedro Páramo? ¿El mundo occidental o el mundo americano precolombino? ¿Será acaso este último la madre, y el primero, el padre? Sólo una cosa es segura: toda búsqueda por el padre está destinada al “infierno”, desde el principio.




Bibliografía




Matamoro, Blas. “El nombre del padre”. Edición digital: Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2009. N. sobre edición original: Otra ed.: Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 421-423 (julio-septiembre 1985), pp.411-415, Madrid: Instituto de Cooperación Iberoamericana.


Rulfo, Juan. “Pedro Páramo” (1955). Biblioteca de Clásicos de la Literatura. Editora Nacional Madrid. 1997. 2002.


Varela Jacomé, Benito. “Ensayos sobre Literatura Hispanoamericana (1977-1997)”. Edición de Eva Valcárcel. Publicaciones de la Universidad de Alicante.




[1] Rulfo, Juan. “Pedro Páramo” (1955). Biblioteca de Clásicos de la Literatura. Editora Nacional Madrid. 1997. 2002. Pág 7.




[2] Rulfo, Juan. “Pedro Páramo” (1955). Biblioteca de Clásicos de la Literatura. Editora Nacional Madrid. 1997. 2002. Pág 7.




[3] Varela Jacomé, Benito. “Ensayos sobre Literatura Hispanoamericana (1977-1997)”. Edición de Eva Valcárcel. Publicaciones de la Universidad de Alicante. Pág. 54.




[4] Varela Jacomé, Benito. “Ensayos sobre Literatura Hispanoamericana (1977-1997)”. Edición de Eva Valcárcel. Publicaciones de la Universidad de Alicante. Pág. 55.


[5] Matamoro, Blas. “El nombre del padre”. Edición digital: Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2009. N. sobre edición original: Otra ed.: Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 421-423 (julio-septiembre 1985), pp.411-415, Madrid: Instituto de Cooperación Iberoamericana. Pág. 411.




[6] Matamoro, Blas. “El nombre del padre”. Edición digital: Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2009. N. sobre edición original: Otra ed.: Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 421-423 (julio-septiembre 1985), pp.411-415, Madrid: Instituto de Cooperación Iberoamericana. Pág. 413.


[7] Rulfo, Juan. “Pedro Páramo” (1955). Biblioteca de Clásicos de la Literatura. Editora Nacional Madrid. 1997. 2002. Pág. 55.

Morelli y el límite difuso entre literatura y vida.

 Artículo publicado para el ramo de Literatura chilena e hispanoamericana II, 2010.


Al discutir sobre las ideas y teorías del escritor Morelli en Rayuela de Julio Cortázar, discutimos al mismo tiempo sobre el ideario teórico del propio autor. En efecto, cuando hablamos de Morelli hablamos, más que de un alter-ego, de una verdadera encarnación de la subjetividad “cortazariana” en la diégesis de la novela. Dicha subjetividad habla por sí sola, y adopta la forma del escritor Morelli, quien cumplirá el rol de configurar todo un nuevo aparato crítico sobre la Literatura, el oficio de la escritura y la lectura y el lenguaje mismo. Morelli, en este sentido, es la figura central del discurso meta literario en Rayuela. La propia novela en su conjunto queda configurada como un intento de plasmar concretamente las ideas y pensamientos de Morelli –principalmente en su estricto sentido literario-. En suma: “(…) se convierte así en teoría y praxis de sí misma”[1].

Ahora ¿En qué consisten dichas ideas y teorías? La novela ofrece –sobre todo en la sección “De otros lados”- una amplia gama de capítulos que permiten dar una respuesta satisfactoria. De este modo, en la novela es posible encontrar a Morelli bajo tres facetas: una, como personaje anecdótico, caracterizado como un escritor de admiración entre los que integran el Club de la Serpiente, al cual se alude tanto directamente en sus discusiones intelectuales, como cuando interactúa activamente con los personajes en el desarrollo de la trama novelesca; otra, por medio del narrador, quien refiere ciertas acciones y pensamientos de Morelli; y, finalmente, en las llamadas “morellianas”, reflexiones sobre su propia experiencia vital de la escritura y sobre sus concepciones sobre la Literatura y lo literario en general.

Bajo estas tres facetas, Morelli consigue encarnarse en Rayuela (se entiende por encarnación a esta plasmación de su figura que parte desde la subjetividad cortazariana). La primera faceta posibilita la integración del personaje de Morelli en la diegesis novelesca, su particular inserción en la vida de los integrantes del Club de la Serpiente, desde el incidente de su atropello, hasta que acaba en el Hospital. Muchos episodios retratan la influencia significativa que tiene Morelli para los integrantes del Club, sobre todo para Horacio Oliveira. De hecho, el personaje de Oliveira entra en el conflicto de su obsesión por Morelli y su amor por La Maga. Dichas relaciones son inconciliables por el hecho de que Morelli representa para Horacio su lado intelectual, su dimensión abstracta y contemplativa de la existencia, y La Maga representa para Horacio ese complemento vital, ese “ser”, esa praxis de la cual adolece, y que se traduce en la ingenuidad y espontaneidad. De hecho, dentro de la misma novela, Morelli es representado como un referente ideal por Horacio, al punto de que su representación se analoga con la ilusión del viejo proyecto de la Modernidad, frente al heterogéneo y “plástico” escenario de la pos-modernidad (que de algún modo puede encarnarse en La Maga, en base a la representación que Horacio hace de ella: esa búsqueda por la praxis, el salto cualitativo desde las ideas hacia la vida). Pero esta oposición superficial no debiera desembocar en una simplificación de la figura de Morelli. Cabe señalar que sólo se trata de visualizarla desde la perspectiva de la subjetividad de Horacio. Un pasaje de la novela deja entrever aquella proyección:

“Del amor a la filología, estás lucido, Horacio. La culpa la tiene Morelli que te obsesiona, su insensata tentativa te hace entrever una vuelta al paraíso perdido, pobre preadamita de snack-bar, de edad de oro envuelta en celofán. This is a plastic’s age, man, a plastic’s age. Olvidate de las perras. (…) París es un centro, entendés, un mandala que hay que recorrer sin dialéctica, un laberinto donde las fórmulas pragmáticas no sirven más que para perderse. Entonces un cogito que sea como respirar París, entrar en él dejándolo entrar, neuma y no logos”[2]

Morelli, bajo esta faceta de escritor que demuestra en su interacción con los del Club de la Serpiente, consigue encausarse como personaje enigmático y excéntrico. Consigue además transformarse en el leitmotiv de la intelectualidad de Horacio, al mismo tiempo que representa ese agente, ese “ser” que instaura uno de los motivos más reveladores en la interpretación de la novela: el límite entre Literatura y Vida. En definitiva, Morelli pasa a volverse la razón de ser del Club en su totalidad:

“El Club se reúne esta noche para cumplir un deseo de Morelli. Mientras llega Oliveira, si llega, bebamos porque el viejo vuelva a sentarse aquí uno de estos días. Madre mía, qué espectáculo penoso. Parecemos una pesadilla que a lo mejor Morelli está soñando en el hospital. Horrible. Que conste en acta.

—Pero entre tanto hablemos de él —dijo Ronald que tenía los ojos llenos de lágrimas naturales y luchaba con el corcho del coñac—. Nunca habrá otra sesión como ésta, hace años que yo estaba haciendo el noviciado y no lo sabía. Y vos, Wong, y Perico. Todos. Damn it, I could cry. Uno se debe sentir así cuando llega a la cima de una montaña o bate un récord, ese tipo de cosas. Sorry.

Etienne le puso la mano en el hombro. Se fueron sentando alrededor de la mesa. Wong apagó las lámparas, salvo la que iluminaba la carpeta verde. Era casi una escena para Eusapia Paladino, pensó Etienne que respetaba el espiritismo. Empezaron a hablar de los libros de Morelli y a beber coñac”[3].

Esta suerte de devoción hacia Morelli, con manifestaciones ritualísticas plasmadas en las reuniones bohemias e intelectuales de los del Club de la Serpiente, formula una búsqueda constante por lo “sagrado”, la cual entra en consonancia con una implícita búsqueda por el ser como praxis vital. Sin embargo, veremos que este ingenuo espíritu devoto no se condice con la complejidad de las ideas y pensamientos que envuelven la figura de Morelli como escritor e intelectual. Pareciera, más bien, un agente que potencia la naturaleza escéptica y racional, sobretodo de Horacio.

Al margen de lo anterior, corresponde atender las otras dos facetas de Morelli, gracias a las cuales se podrá profundizar en sus teorías, en su meta-literatura de la novela. Cabe decir que la figura de Morelli se proyecta principalmente en la parte “De otros lados”. Es evidente el hecho de que Morelli se configure más bien como una sombra, al momento de visualizarlo en su primera faceta. Una sombra que ronda ocasionalmente los avatares del mundo diegético de Rayuela. Una sombra que pareciera subyacer a la paradigmática relación Horacio-La Maga. De hecho, se dice que:

“Ese otro escritor estorba en la historia de la Maga, no le aporta nada; distrae a Horacio, le roba la oportunidad de ir por las calles de París y toparse con muchas más Berthes y miles de clochards. Pero Morelli no es una ficha más en el tablero. Es árbitro, es director técnico, es quien despliega el juego desde las consignas literarias que expresa el personaje. Él le habla a los seguidores que no tiene, a si mismo y a quienes en ese preciso instante leen la obra del argentino”[4]

Justamente, es esa la esencia de Morelli. Bajo las tres facetas señaladas, actúa como la sombra de Cortázar, al mismo tiempo que consigue independizarse de todo referente, al punto de convertirse en un ser tanto diegetico como meta diegetico, tanto literario como meta literario. Esto constituye un primer acercamiento hacia la consideración de un límite difuso entre Literatura y Vida, en tanto se desafían y relativizan los conceptos de ficción y realidad. Se trata de transgredir las viejas nociones sobre la Literatura, como la clásica concepción platónica de la mímesis artística (artistas como imitadores de imitaciones), que tiende a potenciar una oposición binaria consistente en lo que es (la idea) y lo que no es (el mundo sensible, y su imitación mimética mediante el arte). En este punto, la ficción entra en juego como un concepto revolucionario, redimido por los románticos durante el siglo XIX, y posteriormente por los surrealistas, y la generación del boom en Latinoamérica. Así, es explotada artística y literariamente en correspondencia con la realidad. Y esta última, exige ser representada como ficción para adquirir mayor riqueza y dimensiones humanas.

El conflicto ficción-realidad no es algo propiamente contemporáneo: ya Cervantes presentó de manera casi inaugural este juego, en la creación de un mundo caballeresco medieval por parte de Don Quijote, producto de su obsesión por las novelas de caballería, y además mediante un proceso de desdoblamiento entre autor y narrador que se plasma en la figura del cronista Cide Hamete Benengeli.

A lo que aspira idealmente Morelli es a superar la diferencia radical entre la Literatura y la Vida, ideal que de alguna manera propone Cortázar de forma subyacente con Rayuela. Este proyecto se configura como un legado en relación con las vanguardias europeas de comienzos del siglo XX, como en el caso del dadaísmo, movimiento que esencialmente buscaba destruir el Arte y todo concepto homogéneo y universal (como el de Belleza, el Bien, la Moral, la Verdad, etc.) valiéndose del propio Arte, o mejor dicho, de los residuos de ese viejo arte, para abrir terreno a un nuevo planteamiento sobre el Arte como Vida, y la Vida como Arte. Este proyecto iniciado por los dadaístas en el ámbito artístico, Cortázar lo emula en el ámbito literario, con Morelli como su protagonista. Este último presenta afinidad con las ideas y pensamientos de otros escritores latinoamericanos, especialmente con las del escritor chileno Roberto Bolaño. En sus obras Los Detectives Salvajes (1999) y su póstuma 2666 (2004), Bolaño también aborda el problema del límite entre Literatura y Vida, mediante un ejercicio de crítica y cuestionamiento meta-literario. En la primera obra, será el alter-ego de Bolaño, Arturo Belano y su relación con Ulises Lima (“reencarnación diegetica de Mario Santiago Papasquiaro, su amigo poeta mexicano) y con el grupo de los real-visceralistas quienes, mediante el desarrollo de la ficción, posibiliten aquel ejercicio. En la segunda obra, será la obsesión de cuatro profesores de literatura alemana por el escritor Archimboldi, la que opere como eje de discusión del problema antes mencionado.

Es indudable la polémica en torno a la relación Literatura-Vida. Morelli en Rayuela será el personaje y la voz que inaugure el conflicto de la ficcionalidad literaria, la pugna y al mismo tiempo la coexistencia entre un escritor ficticio –Morelli- y un escritor real –Cortázar-. Esta doble condición de los escritores, lejos de resolver la disputa, la acentúa. Y en eso justamente consiste la problemática. Sería ingenuo pensar en una conciliación definitiva. De hecho, esto no puede lograrse en la práctica. Algo similar sucedió con el dadaísmo y el surrealismo. A fin de cuentas, sólo pudieron constituirse como grandes tentativas de renovación artística y literaria con respecto a todo lo hecho anteriormente, pero no pudieron concretar realmente sus ideales más profundos –utópicos y puramente referenciales-, como el de abolir las fronteras entre Arte y Vida (en el caso del dadaísmo) y el de la libre expresión del inconciente como expresión artística pura (en el caso del surrealismo). A pesar de esto, dichos movimientos se convirtieron en los referentes obligados para entender todo lo que tenga relación con el arte contemporáneo de los siglos XX y XXI, y han trascendido como grandes empresas vanguardistas consecuentes con sus propias directrices y principios.

Asimismo, Rayuela se levanta como un gran ejemplo de empresa vanguardista. Sólo que en este caso, la obra de Cortázar contendría en si misma caracteres similares a los de un poética –con Morelli como su teórico-, y al mismo tiempo, caracteres que la dotan globalmente como “novela de vanguardia”.

Las dos facetas de Morelli ya mencionadas anteriormente constituyen las instancias a partir de las cuales es posible ahondar en la dimensión meta-literaria de Rayuela.

Uno de los principales motivos críticos en torno a los cuales Morelli ejerce la meta-literatura, dice relación con el Lenguaje y con el oficio de la Escritura. De acuerdo a los pensamientos de Morelli, el proyecto de escribir entra en conflicto con el lenguaje del cual se vale:

“Las reflexiones de Morelli tienen dos ejes pivotales: el acto de escribir como trascendencia del yo alienado, y la imposibilidad de llevar a cabo tal proyecto a causa de las limitaciones que conlleva el uso del material básico de todo escritor: el lenguaje. En Rayuela se percibe lo que es un tema recurrente en la narrativa contemporánea: la conciencia que la sociedad contemporánea experimenta en torno a la pérdida del valor conceptual de los signos”[5].

En efecto, se discute el lenguaje en cuanto al convencional sistema de significantes y significados en base a los cuales hemos creado conceptos estáticos que con el tiempo han ido desgastando y perdiendo su valor: “(…) Morelli condena en el lenguaje el reflejo de una óptica y de un Organum falsos o incompletos, que nos enmascaran la realidad, la humanidad”[6]. Es en este punto que el rol de la escritura cobra un papel fundamental. De hecho, el afianzamiento del ejercicio escritorial planteado por Morelli y concretado en la obra Rayuela, posee un paralelo con el pensamiento de Derridá.

En Rayuela, Morelli ejerce un doble proceso de auto-crítica y afirmación de la escritura. En el primer caso, se trata de reflexionar con aguda lucidez sobre la escritura en cuanto oficio, configurándola así como una constante reescritura necesaria para trascender sus propias limitaciones, que son las del lenguaje mismo (En alguna parte de la novela, Morelli afirma que su prosa comienza a podrirse lentamente hasta acabar en la simplicidad máxima: el proceso de “depuración”). En el segundo caso, se trata de considerar a la escritura como una actividad transgresora de las propias convenciones del lenguaje, que va más allá de la propia concepción de Literatura para así franquear las fronteras que impiden conseguir esa añorada praxis vital (Morelli plantea la concepción de la escritura como purificación y búsqueda del Centro, el “Mandala”, tal cual se aprecia en el capítulo 82). Aquello es posible relacionarlo con los planteamientos de Derridá, en cuanto otorgan relevante importancia a los conceptos del significante como materialidad sobre la cual la escritura puede trabajar, con el fin de relativizar y recrear constantemente los significados, otrora considerados como uniformes y absolutos. En cuanto a la relación entre el significante y la escritura, Derrida plantea:

“La exterioridad del significante es la exterioridad de la escritura en general y, más adelante, trataremos de demostrar que no hay signo lingüístico antes de la escritura. Sin esta exterioridad la idea de signo cae en ruinas. Como todo nuestro mundo y nuestro lenguaje se derrumbarían con ella, como su evidencia y su valor conservan, hasta un cierto punto de derivación, una indestructible solidez, sería poco inteligente concluir de su pertenencia a una época que hace falta “pasar a otra cosa” y desembarazarse del signo, de este término y de esta noción”[7]

Se trata entonces de desconfiar de las palabras y los conceptos, “deconstruirlos”, iniciar un ejercicio lúdico: “El advenimiento de la escritura es el advenimiento del juego: actualmente el juego va hacia sí mismo borrando el límite desde el que se creyó poder ordenar la circulación de los signos”[8]. Rayuela, entonces, se configura como una construcción literaria y lingüística justamente a partir de esa operación. Morelli enfatiza este privilegio de la escritura, gracias al cual el escritor puede aventurar múltiples significaciones para su discurso mediante la paulatina deconstrucción y reconstrucción de las palabras y sus infinitas relaciones. Sin embargo, la reflexión sobre el oficio de escribir entra en pugna cada vez que se trata de encausar un “sentido” para dichas experimentaciones.

En definitiva, no se trata sólo de transgredir mediante la capacidad lúdica del lenguaje las normas que ella misma se impone, al igual que en el caso de la Literatura como arte verbal, sino que de inaugurar una “nueva lógica” que dote de valor a los productos de dicha transgresión. Ante la imposibilidad de inaugurarla, Morelli va madurando una postura escéptica sobre la plasmación, la concretización literaria de sus propias teorías. Tantea una y otra vez en su creación literaria: la construcción de una novela configurada en partes sueltas, como una suerte de collage narrativo, la inclusión de situaciones absurdas (como en el caso del libro que versa sobre el napolitano que se pasó años mirando un tornillo en el suelo) y la apertura de espacios en blanco en lugar de nombrar explícitamente a los personajes. Estos son algunos de los experimentos literarios que Morelli desarrolla, como tentativas de (re)escritura. Cabe reafirmarlas sobretodo como ejercicios transgresores, de “contaminación” lingüística y literaria, de anti lenguaje y anti literatura (Del propio Morelli se dice que odia la Literatura, y busca destruirla valiéndose de ella). Este odio, en realidad, se traduce en una repulsa hacia los viejos conceptos, los antiguos monumentos abstractos del Logos. Por ello, Morelli propone dinamizar el lenguaje, dinamizar a las palabras –esas perras negras-, equipararlos con el flujo y el aliento de los seres en vida, en suma, “devolverles su derecho”, salvarlos, para lo cual antes debe Morelli matarlos o, literalmente: “(…) hacerles la transfusión de sangre que sea como una resurrección”[9].

Dichas estas cosas, Morelli aparece, en primera instancia, como un nihilista –en sentido activo- emulando las acciones de los dadaístas, ese afán por realizar tabula rasa de todo lo hecho en cuanto a arte. Esto se traduciría en su rechazo a la tradición literaria y al viejo concepto de novela. Por ende:

“Morelli lleva hasta sus últimas consecuencias el concepto de negación que veíamos definido por Iser como violación del canon. La suya es una actitud terrorista en relación con el lenguaje y el arte. Sus tesis anarquizantes plantean como primer paso de la creación artística la destrucción de todo aquello que llegue hasta nosotros prefabricado”[10] .

Todo lo anterior puede ser entendido como un necesario “proceso higiénico”. Posteriormente, vendría la segunda parte de la empresa vanguardista: la creación propiamente tal. Sería esta nueva creación aquella que permitiría el levantamiento del Puente hacia la llamada “antropofanía”, epifanía del hombre, a decir de Morelli, que yo interpreto más bien como el ideal de ruptura del límite: un Puente entre Literatura y Vida, conjugando ambos mediante una unión simbólica.

Ahora ¿Cómo es posible ese Puente? Una aproximación quizá se encuentre del otro lado de la hoja, más allá del autor y su obra: se trata del lector. En efecto, todo el sentido de las teorías morellianas respecto de la novela y la Literatura en general radican finalmente en la búsqueda por una comunicación real entre el lector y lo leído. Es más, esto conduce a replantear el mismo concepto de “obra literaria”. Se ha dicho que: “Rayuela no es algo en sí, porque no es el texto sino el encuentro entre el texto y el lector”[11]. Por eso mismo, si no se considerara al lector, toda la empresa vanguardista propuesta por Morelli quedaría coja o a medio camino, y acabaría siendo nada más otro retoque estético-literario, y, como queda explicado en ciertos pasajes de la novela, Morelli buscaba trascender ese mero escribir estético (estático). En base a dicha búsqueda, el escritor Morelli expone las dos condiciones del lector de acuerdo a sus ideas meta-literarias: una, el lector-hembra, o sea, aquel lector que se comporta de manera pasiva ante el texto y la diegesis literaria susceptibles de lectura. Este tipo de lectura corresponde a una visión tradicional, y se enfoca simplemente en la “asimilación textual” de parte del posible lector de una obra literaria. Por ende, no es posible una comunicación con la obra, ni mucho menos una intervención o participación. El lector-hembra se limita a ser el contemplador de una realidad que pasa ante sus ojos y a través de su mente, fomentando así una visión unidireccional del proceso textual y literario. Este proceso de lectura pasiva puede representarse en el siguiente esquema.

Morelli busca superar este proceso mediante una nueva concepción sobre la lectura dentro de una suerte de dinámica literaria tripartita entre autor, obra y lector. Ahora, si entendemos a Rayuela en su totalidad como la puesta en práctica de la propuesta morelliana contenida en la obra, se consigue una novela dispuesta para la interactividad del lector. Su novedosa estructuración, consistente en 56 capítulos iniciales repartidos entre 2 partes: El lado de allá y El lado de acá, en 100 capítulos pertenecientes a la sección “De otros lados” considerados “prescindibles” para la trama y el argumento, y en un tablero de dirección dispuesto por el autor para romper con la clásica lectura lineal o de “rollo chino”, favorece, en definitiva, el desenvolvimiento de una cuota de acción de parte del lector dentro de la dinámica antes mencionada.

Cortázar busca una comunicación directa con el lector mediante la formulación de una prueba. Ésa parece ser su intención: probar el poder de decisión del lector. Ingeniosamente sitúa los capítulos nucleares para la figura de Morelli (los “De otros lados”) dentro de la sección de los “prescindibles”, con el fin de plantearnos el dilema y determinarnos en el acto como lectores. Si seguimos de manera conformista la lectura lineal, esto es, la lectura argumental “imprescindible” (del capítulo 1 al 56) inmediatamente estaríamos actuando como “lectores hembra”. En cambio, si seguimos la lectura del tablero de direcciones, y vamos más allá, experimentando una amplia gama de posibilidades de conexión entre los capítulos, entonces realizaríamos justamente aquello que Morelli busca en el lector: su capacidad para volverse activo, de involucrarse en y con la obra literaria, de volverse un “lector macho”. En efecto, el mismo Morelli y los personajes de la novela (entre ellos Horacio y La Maga) actúan como lectores activos de la misma obra que los contiene –lecturas meta-fictivas en y desde la misma ficción-. De este modo, también las llamadas voces implícitas en la realidad literaria adquieren otra dinámica y se liberan de sus limitantes diegeticas. En este juego entran también los roles del escritor y el lector. Por ejemplo, Morelli es un personaje perteneciente a la ficción novelesca, pero también es un lector de esa ficción, y, al mismo tiempo, un escritor. Igualmente, el lector sufre una transformación: no sólo –como se dijo anteriormente- tantea variadas posibilidades de lectura sino que además es partícipe de la obra en cuestión, tanto a nivel ficticio como meta-ficticio.

De acuerdo al primer nivel, se trata de que el lector se sienta como un “personaje” más de la obra leída, llegando a un verdadero desdoblamiento y también a una reencarnación (como sucede, dentro de la ficción, con el lector en el cuento “Continuidad de los parques” de Cortázar). Este es un punto significativo para el dilema sobre la relación entre Literatura y Vida: en qué medida se relativizan los conceptos de ficción y realidad, y los límites entre ambos se vuelven difusos, todo en un sentido, a todas luces, positivo, todo con el fin de romper esa barrera artificial, esa lógica binaria que acaba por crear opuestos sin oportunidad de conciliación. En la novela, dicha idea se ilustra de la siguiente forma:

“Morelli pensaba que la vivencia de esas fotos, que procura presentar con toda la cuidad posible, debía poner al lector en condiciones de aventurarse, de participar casi en el destino de sus personajes. Lo que él iba sabiendo de ellos por vía imaginativa, se concretaba inmediatamente en acción, sin ningún artificio destinado a integrarlo en lo ya escrito o por escribir. Los puentes entre una y otra instancia de esas vidas tan vagas y poco caracterizadas, debería presumirlos o inventarles el lector (…)”[12].

En el segundo nivel, Morelli busca conseguir la disolución de la distancia entre el proceso escritorial y el proceso de lectura, (con)fundirlos en uno solo, logrando una sinergia que fructifica en el perspectivismo. El lector se sabrá escritor, en la medida que interioriza y hace suyos los conflictos y problemas propios de su oficio. Morelli atestigua en este sentido:

“Posibilidad tercera: la de hacer del lector un cómplice, un camarada de camino. Simultaneizarlo, puesto que la lectura abolirá el tiempo del lector y lo trasladará al del autor. Así el lector podría llegar a ser copartícipe y copadeciente de la experiencia por la que pasa el novelista, en el mismo momento y en la misma forma. Todo ardid estético es inútil para lograrlo: sólo vale la materia en gestación, la inmediatez vivencias”[13].

Siguiendo lo anterior, la lectura es entendida en este caso como otro proceso de escritura, homologable a la del autor de la novela pero diferenciada en cuanto se vuelve individual de cada sujeto lector. En este sentido, la lectura es, al mismo tiempo, un acto figurativo y un acto constructivo, actos que se integran unitariamente. Por lo primero, entendemos esa posibilidad de “moldear” lo leído de acuerdo a ciertos parámetros. Para ello, la obra en cuestión debe estar constituida de tal manera que presente una cierta flexibilidad –que no absoluta-. Tal es el caso de Rayuela. Esta última se presenta ante los lectores como una “materia” de configuración especial, en espera de ser manipulada por sus “manos invisibles”, siempre y cuando esta manipulación no exceda el nivel estructural y narrativo –modificar el texto en sí sería forzar la obra-. Por acto constructivo entendemos construcción de múltiples representaciones textuales de la partir de la obra leída. Las aproximaciones sobre el proceso de lectura literaria formuladas por Wolfgang Iser (1972) otorgan luces al respecto. De acuerdo a Iser, lo esencial de una obra literaria responde a la convergencia entre las concepciones del texto como creación del autor y el texto como actualización del lector, todo lo cual opera siempre a nivel virtual. De este modo, tenemos que:

“(…) el juego del texto como mediación entre alteridad y sujeto descansa en una relación abstracta entre ambas partes: una identidad entre un objeto (el texto) que aporte una serie de orientaciones y limitaciones a la conciencia, y un sujeto cognoscente que a partir de la imaginación llena los espacios vacíos de lo no-escrito”[14]

Si bien estas ideas se aplican más bien de manera general para toda obra literaria, en el caso de Rayuela pueden ejemplificarse de manera particular. El lector-sujeto de Rayuela sería aquel que construye sus posibles lecturas de la obra basándose en un determinado marco de acciones, parámetros o directrices establecidas por el propio texto, correspondientes a la disposición de los capítulos mediante el Tablero de Dirección. Es importante señalar entonces que la lecturas dispuestas o propuestas por el autor de Rayuela presentan una “libertad relativa”, en cuanto siguen condicionadas tanto a las instrucciones preconcebidas de antemano como a la coherencia interna entre capítulos (por más ambiguos que muchos de ellos resulten para el lector). De ese modo, podemos caracterizar al lector-macho proyectado por Morelli como aquel “lector implícito” pensado a priori por el autor, de acuerdo a Iser (1972). Sin embargo, y a pesar de estas limitantes, son justamente todos estos caracteres los que hacen de Rayuela la “obra abierta” que la crítica postula. Su perfección radica justamente en esa apertura: la de ser un “caos aparente” que espera volverse cosmos gracias a la voluntad lúdica de un lector potencial.

Es necesario subrayar esa naturaleza especial de Rayuela, en consonancia con la naturaleza de las ideas vanguardistas de Morelli. Ambas se materializan como ensayos, como tentativas de acción. Tal como afirma Ettiene en el Club: “La lección de Morelli basta como primera etapa. —No podés hablar de etapas sin presuponer una meta. —Llamale hipótesis de trabajo, cualquier cosa así”[15]. Asimismo, consideramos a Rayuela como un “puntapié inicial” en el proceso vanguardista de la literatura latinoamericana contemporánea. Sería absurdo exigir un rigor lógico en las ideas de Morelli, así como descabellado exigir que Rayuela cumpla totalmente con todos sus postulados (como el de un lector que lea libremente la obra, o como el de un puente simbólico entre el autor y el lector). Se les agradece más bien ese valor de gesto que adquieren, tan característico de las vanguardias. De esta forma, Rayuela se reivindica como una “obra inconclusa”, perfecta en su incompletitud. Y Morelli, por su parte, encarna literariamente al sujeto (y escritor) pos-moderno: (con)fundido dentro de su propia obra, ambiguo pero creativo en sus ideas y pensamientos, fragmentado y heterogéneo en su personalidad y cosmovisión.

Morelli, una vez más, actúa como el agente que abre la discusión sobre las fronteras existentes entre la Vida (entendida como aquello que excede al mundo literario) y la Literatura (entendida como aquello que es y está más allá de la Vida). Por eso mismo, Rayuela: “(…) nos mueve a reflexionar sobre la organización de la literatura y su relación con la realidad extratextual”[16]. No es posible zanjar aún esta problemática (eso sería acabar con su sentido). En eso radica la apuesta planteada por Morelli: ceder la palabra al lector, de quien dependerá finalmente sopesar el límite entre la literatura y su vida.

Repensar su concepción de la Vida en la Literatura, o en viceversa, repensar su concepción de la Literatura en la Vida. Estos son los paradigmas de todo lector literario que se sepa como tal.


Bibliografía

[1] Juan-Navarro, Santiago: “Un tal Morelli: Teoría y práctica de la lectura en Rayuela, de Julio Cortázar”. Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, Vol XVI, 2. Invierno, 1992. Pág.236.




[2] Cortázar, J: “Rayuela” (1963). Editorial Sudamericana, S .A. Depósito Legal: B.1001/1995

Impreso en España. Pág. 338.




[3] Cortázar, J: “Rayuela” (1963). Editorial Sudamericana, S .A. Depósito Legal: B.1001/1995

Impreso en España. Pág. 345.




[4] L. Torres, Mariana: “Morelli: un escritor de otros lados”. Buenos Aires, Argentina. OM.




[5] Juan-Navarro, Santiago: “Un tal Morelli: Teoría y práctica de la lectura en Rayuela, de Julio Cortázar”. Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, Vol XVI, 2. Invierno, 1992. Pág. 239.




[6] Cortázar, J: “Rayuela” (1963). Editorial Sudamericana, S .A. Depósito Legal: B.1001/1995

Impreso en España. Pág. 348.


[7] Derrida, Jacques: “De la Gramatología” (1967). Traducción de O. Del Barco y C. Ceretti. Siglo XXI, México, 1998, pp. 11-35. Edición digital de Derrida en castellano.





[8] Derrida, Jacques: “De la Gramatología” (1967). Traducción de O. Del Barco y C. Ceretti. Siglo XXI, México, 1998, pp. 11-35. Edición digital de Derrida en castellano.



[9] Cortázar, J: “Rayuela” (1963). Editorial Sudamericana, S .A. Depósito Legal: B.1001/1995

Impreso en España. Pág. 352.


[10] Juan-Navarro, Santiago: “Un tal Morelli: Teoría y práctica de la lectura en Rayuela, de Julio Cortázar”. Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, Vol XVI, 2. Invierno, 1992. Pág. 243.


[11] Espinosa Uribe, Santiago: “Rayuela: la ilusión del laberinto”. Trabajo de Grado para optar por el título de Profesional en Estudios Literarios. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Sociales. Carrera de Estudios Literarios. Bogotá DC. Enero 29 de 2009. Pág. 71.




[12] Cortázar, J: “Rayuela” (1963). Editorial Sudamericana, S .A. Depósito Legal: B.1001/1995

Impreso en España. Pág. 371.


[13] Cortázar, J: “Rayuela” (1963). Editorial Sudamericana, S .A. Depósito Legal: B.1001/1995

Impreso en España. Pág. 315.


[14] Conde de Boeck, José Agustín: “Lectura fenoménica y verdad: reflexiones sobre lo siniestro textual desde una aproximación fenomenológica”. Facultad de Filosofía y Letras – Universidad Nacional de Tucumán. Pág. 2.


[15] Cortázar, J: “Rayuela” (1963). Editorial Sudamericana, S .A. Depósito Legal: B.1001/1995

Impreso en España. Pág. 351.




[16] Juan-Navarro, Santiago: “Un tal Morelli: Teoría y práctica de la lectura en Rayuela, de Julio Cortázar”. Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, Vol XVI, 2. Invierno, 1992. Pág. 246.

miércoles, 21 de octubre de 2026

Apuntes sobre narrativa brasilera

Escritos en el contexto del curso de Narrativa Brasilera, ramo optativo. Mayo 2012.


El narrador en Machado de Assís desestabiliza, desequilibra, fragmenta, relativiza los supuestos y verdades establecidas por la Modernidad instalada subrepticiamente a partir de 1880 en Latinoamérica a partir de la apertura al mercado capitalista mundial. Este gran proyecto de modernización tuvo importantes efectos en el continente, que en primera instancia padeció sus consecuencias con el riesgo de incorporarse exitosamente o de ceder y sucumbir ante la presión ejercida sobre su entidad. En segunda instancia, el proyecto más bien provoca el fenómeno del Modernismo que involucra respuestas manifestadas, en este caso, mediante corrientes u obras literarias particulares. Resulta que los latinoamericanos se han ido apropiando de los elementos de la modernización provenientes del extranjero para reincorporarlos a sus diversas idiosincrasias, por lo cual es preciso hablar de una “sucesión de modernidades” o de “modernidades sui generis”, que en todo caso, no resultan miméticas, sino que por el contrario, reconstruyen el panorama de la Modernidad, adaptándolo a las particularidades del heterogéneo universo latinoamericano, por lo cual mediante este proceso, el proyecto ideal de Modernidad acaba por ser filtrado, fragmentado, reinterpretado y re-significado, justamente mediante el fenómeno literario, que de acuerdo a lo postulado por Antonio Cándido (1991) proyecta una conciencia crítica con cualidades visionarias respecto a las crisis ocurridas a nivel social en la historia. Por lo tanto, el narrador machadiano deja entrever, mediante una manipulación diegética, ficcional y textual expresada a través de la ironía, la fragmentación de la memoria, la ambigüedad discursiva y la contradicción, aquella terrible conciencia de las crisis verdaderas que son representadas en este “juego de roles y de máscaras” que el narrador formula en sus textos narrativos, siendo él mismo nada más que un juego de máscaras, al igual que los diversos relatos que se sumergen y salen a flote, dialécticamente. Al igual que los relatos del Brasil y de Latinoamérica. Más allá de esas máscaras, quizá solo se vea el transparente rostro de la vergüenza, la vergüenza por una verdad que mata por los ojos.

…

El lenguaje en la narrativa de Guimaraes Rosa se manifiesta de tal forma que sospecha de si mismo y rompe con las concepciones narrativas más tradicionales, como la inaugurada por Edgar Allan Poe y su teoría del cuento y la unidad de efecto, según la cual para el autor todo cuento debiese poseer una estructura esférica, es decir, todo en el cuento debiese apuntar a un sentido unitario que se resuelve de manera definida. En cambio, en Guimaraes Rosa, como quedó señalado, se trata más bien del relato narrativo como infinito, es decir, la propia recursividad que implica una indeterminación, un pasar, un llegar a ser y un dejar de ser perpetuos, siguiendo en cierta medida la veta explorada por autores latinoamericanos contemporáneos que profundizan dicha problemática, como Borges, por ejemplo, en Las ruinas circulares. Quizá para Guimaraes Rosa, no se trate tanto de la imposibilidad de contar algo, de una fatalidad de lo indecible, sino que de la ilusión de contar algo definitivo. Precisamente lo infinito es proliferación de relatos y de lecturas. Son jardines de senderos que se bifurcan, borgianamente hablando. Y es una tentativa de ir más allá de las palabras: las palabras como laberintos que es preciso resolver. Entre sus pasillos y paredes serán posibles las fisuras: otras imágenes, otros mundos.

lunes, 19 de octubre de 2026

Sobre Francia, solo decir: Houellebecq estaba en lo cierto. En sus últimas novelas, casi podría hablarse de literatura de anticipación, profecía cumplida o ficción distópica cobrando realidad en el devenir europeo.

sábado, 17 de octubre de 2026

Umbral en la Cueva del Chivato, zona liminal de Valparaíso

Ponencia presentada en el Primer Encuentro de Folclore y Mitología en Valparaíso.


El nublado de Valparaíso, ciudad de mis orígenes, siempre me evocó una especie de oscuridad y de romanticismo perdido. Es cosa de pensar en la famosa “vaguada” costera, luego de un día caluroso, y en el estilo británico de los bancos, de la vida portuaria, de las logias e incluso del mito decimonónico. El otro Valparaíso, el de la postal, siempre me pareció más bien un pastiche de pésimo gusto. Sería el Valparaíso a la usanza, el de la transición que no llegó por completo. Mucho antes de su declaración como patrimonio fue una ciudad de inmigrantes, llena de misterios e intrigas. Ese mismo es el Valparaíso de la Cueva del Chivato, el Valparaíso del Llamado de Cthulhu. Según un amigo, ese es el estilo, ese es el "gris" que podría recuperar.

El amigo siempre hablaba de esos viejos colores, esas atmósferas lovecraftianas, esos paseos y edificios de corte europeo, aquella vida turística y portuaria como si se tratara de un ubi sunt, un espacio tiempo suspendido en el continuo de la historia porteña. Pero entremos de lleno en la famosa Cueva del Chivato. Alguna vez dije que en el punto donde ocurrió el clásico incidente del naufragio de la fragata gringa Arethusa, hace dos siglos, estaba la llamada “Punta Cruz de Reyes” que intersecta lo que hoy corresponde a las calles Prat y Cochrane, y que está próxima a la mítica “Cueva del Chivato”, zona mágica donde se cuenta, incluso desde el siglo XVII, que habitaba un chivato, un “animal del demonio”, al cual se le atribuía la muerte de muchos forasteros que pasaban por esos alrededores.

Según consta en el libro “Valparaíso, el mito y sus leyendas” de Víctor Rojas Farías, los marinos que se adentraban en aquellos terrenos desaparecían o apenas sobrevivían, alimentando la idea de la existencia del animal. Con el tiempo, la Cueva del Chivato adquirió una naturaleza cada vez más oscura, asociada con fuerzas malignas, al punto de no saber si la cueva “llevaba directamente a las llamas del infierno” o “llegaba mucho más allá de la muerte”. Tanto era el miedo en torno a la cueva que llegó a transformarse en el sitio más temido del puerto por todo el relato demoniaco que lo circundaba. Años más tarde, en 1860, José Victorino Lastarria escribiría su novela Don Guillermo, la primera novela de Chile, tomando como escenario un submundo dantesco llamado Espelunco, al cual se accede precisamente a través de la cueva.

A simple vista, la relación del naufragio del Arethusa con la cueva podrá parecer simplemente un asunto de contigüidad, pero resulta que, a partir del episodio, es posible interpretar la fuerza simbólica del romanticismo de la época, la cual arrastró su oleaje mítico y poético hasta nuestras latitudes porteñas. El mar como eterna patria, imponente, fundante y, al mismo tiempo, salvaje; y el secreto de la cueva, que viene a representar la profundidad de la tierra, lo oculto, lo desconocido, cuya dimensión evoca la oscuridad, aunque también el caos primigenio sobre el cual transcurre la vida del hombre. Una vez más, Valparaíso resurgía como ciudad fantasma y se tomaba un breve respiro. La mar la secundó, a lo lejos, como en los tiempos del Chivato mitológico.

Otra cosa de la cual tomé conocimiento, por cortesía de don Eduardo Serey, el “Viejo Pancho”, que en paz descanse, era el antiguo acceso al viejo Almendral. La gente que transitaba por ahí, cuando subía la marea, se adentraba nada más y nada menos que por la legendaria cueva, a la cual se ingresaba por un costado del Ascensor Concepción, muy cerca del reciente edificio del diario El Mercurio de Valparaíso, hoy vuelta una auténtica “animita” gigante. Decía el entrañable Don Serey que "la cueva era larga como la eternidad". La gente entraba en ella y luego salía a la altura de lo que hoy se conoce como calle Cumming, hasta llegar a la antigua Plaza del Orden, llamada Plaza Aníbal Pinto. Es en ese punto neurálgico donde comenzaría verdaderamente el barrio Almendral. Para llegar al centro de la ciudad, entonces, muchos porteños debían aventurarse a través de la mítica cueva, porque el mar aún tenía presencia en esas orillas.

Al hojear algunas páginas del libro "Memorial de Valparaíso" de Alfonso Calderón y Marilis Schlotfeldt, di con algunas referencias sabrosas. En una de ellas, escrita por Daniel de la Vega, le daban la razón al querido "Viejo Pancho", al señalar que efectivamente el Almendral y el Puerto "estaban separados por el asalto de unas olas arrogantes", y la única forma de transitar por ambas dimensiones de la ciudad era cruzando la Cueva del Chivato. Lo que se llamaba el sector Puerto, no era todo Valparaíso, sino que llegaba "hasta el sitio en donde ahora se encuentra El Mercurio". Hay ahí, sin duda, un misterio y una resonancia histórica sobre la cual habrá que profundizar más adelante. A propósito, recordé los dichos de Sergio Fritz en una charla sobre El umbral de la Matriz. Él hablaba de la condición liminal de la ciudad que vela y sigue velando los pasos de los porteños errantes. Encontré una respuesta en esa inquietud. Y tocó la ocasión de que Fritz justo se refirió a la placa de la Cueva del Chivato a un costado del “ex Mercurio”. Había en esos espacios un poder atávico, un mito, una zona inefable “donde se entrecruza la ficción con lo que llamamos real”.

¿Cuánto de real y cuánto de ficción hay en la historia sobre ese sector que separaba el puerto del viejo Almendral de Valpo? ¿Cuánto de real y cuánto de ficción había en esa cueva y en el chivato que la habitaba? ¿Qué de relación hay entre esa leyenda porteña y la propia historia del edificio del Mercurio de Valparaíso? Son preguntas que van surgiendo, a medida que medito sobre el lado oculto de la ciudad, mi ciudad, la única que me sé de memoria. Mientras tanto, seguía escuchando a Fritz y me acordé de su frase enunciada en el contexto del Encuentro de Artes Oscuras: “el puerto es una puerta”. En efecto, Valparaíso tiene esa cualidad liminal, ese umbral, ese portal originario del sector donde se construyó la Iglesia de La Matriz, la más antigua, y desde la cual germinó toda la ciudad como si se tratase de un organismo crepitante, repleto de formas inciertas.

En otra charla que se hizo en el Encuentro de Artes Oscuras, un joven habló de “Chile como la República de Asmodeo”. Para eso, releyó en clave esoterológica la novela “Don Guillermo” de José Victorino Lastarria”. Allí se explayó sobre el mundo de Espelunco como alegoría política del partido conservador, el escenario porteño como sinécdoque de la totalidad nacional, la distinción entre la Cueva como antiutopía y el puerto de la época como baluarte moderno y, lo que más me entusiasmó, la intertextualidad de la novela con el infierno de Dante, al incluir a demonios y al mismo personaje en su descenso simbólico. Esto es lo más relevante de todo: la primera novela moderna de Chile fue ambientada en Valparaíso, pero en un Valparaíso mágico y fantástico, a medio camino entre el averno metafórico y el progreso material.

Desde los comienzos de la República, Valparaíso fue esa puerta de la que hablaba Fritz, y en Don Guillermo quedó bien representada esa cualidad de umbral entre dos planos completamente distintos, aunque complementarios, si se quiere, un plano alegórico, sutil, de conciencia interior, y uno concreto, contingente, expresado en su carácter portuario y en su nutrida vida social, cultural y económica. Podría decirse que el propio viaje a Valparaíso constituye, de por sí, una iniciación para los extranjeros. Algo sale transformado una vez que ingresan y vuelven a sus patrias. Corren el riesgo de “malviajarse” sin la suficiente conciencia. No es que no puedan salir como en Espelunco, pero hay allí, en aquellas confabulaciones, en aquellos relatos legendarios, en aquellas narraciones poéticas, una historia secreta del puerto, solo confesada a unos pocos, en la mayoría sus residentes, un pacto íntimo, una especie de aquelarre porteño no visible a los profanos, y que mueve de alguna forma, ciertas energías e influencias recónditas, al sur extremo del fin del mundo.

A modo de cierre, me permito contar un breve fragmento de una narración fantástica inspirada, precisamente, en la leyenda del Chivato, porque lo liminal es la vida misma, y la ficción es la puerta de entrada a una mayor conciencia sobre la realidad:

“Se adentraron en la Cueva del Chivato, que estaba cubierta de algunas rocas y unos pastizales. En otro tiempo, permanecía cerrada, y era apenas reconocible por los transeúntes mediante una placa histórica.

La cueva era muy oscura y húmeda, y apenas se lograba distinguir el camino hacia el fondo. Miranda y Ángel siguieron caminando a través de ella, tratando de buscar algo, alguna pista que les permita resolver el puzzle existencial en el que estaban metidos, y del cual no podían salir.

Tan pronto como pisaron unos charcos de agua estancada, escucharon el sonido de un chapoteo escandaloso. Asustados, siguieron la ruta del sonido hasta encontrarse con un chivo. Tanto Ángel como Miranda, quedaron estupefactos ante la presencia del animal. Pero este apenas se dio por advertido. Ante su extraña serenidad, caminaron cerca de él.

- ¿Será este el chivo de la leyenda, Ángel? -, se preguntó Miranda.

-No lo sabremos hasta seguirlo-, afirmó Ángel, rotundo.

Cuando ya se estaban acercando demasiado al animal, el chivo se asustó, lanzó un alarido estruendoso y arrancó rumbo al fondo de la cueva.

Ángel sabía que debía seguirlo, así que le avisó a Miranda. Ambos corrieron detrás del chivo a través de un recorrido laberíntico. El animal les estaba ayudando a encontrar la ruta adecuada, o eso era, al menos, lo que Ángel intuía.

Al llegar a una mazmorra más abierta e iluminada, el chivo corrió a toda velocidad y se difuminó junto con las sombras hasta desaparecer. Así, Ángel y Miranda lograron encontrar un lugar que no era muy parecido al de la leyenda, pero en el que seguramente podrían encontrar lo que habían estado buscando.

- Querido, fuiste tú el que me indicó el camino ¿recuerdas? Yo solo fui tu compañera en tu propia búsqueda. La Cueva del Chivato siempre fue parte de nuestra propia historia, una historia que te han permitido creer que escribías por ti mismo-, afirmó Miranda, con un gesto frío.

-Pues supongo que es un adiós-, afirmó Ángel, resignado.

-Supongo que sí-, dijo Miranda.

-Adiós, Ángel-.

Miranda se devolvió rumbo al fondo de la caverna. Su figura se perdió junto con el abismo que estaba formándose”.





martes, 13 de octubre de 2026

Emmanuel Carrère: "la literatura está por encima de todo, incluso de quien la escribe".

domingo, 11 de octubre de 2026

“Batalla cultural”, encasillamiento y otras lacras antifilosóficas, por Lucy Oporto Valencia

"¿Qué harían los activistas de la “batalla cultural” con sus enemigos si tuvieran todo el poder?

La virulencia de estos artilugios podría formularse en los siguientes términos:

“Si no te encasillamos, no podremos controlarte. Si no ganamos la batalla cultural; esto es, si no logramos convencerte de que te sometas a nuestra ideología, nuestros principios, nuestras instituciones, nuestros proyectos, nuestra ideologización del arte y la filosofía, ni por la seducción, ni por la persuasión, ni por la fuerza, entonces te destruiremos”.

La búsqueda de una captación de la verdad exige la misma condición señalada por Leonardo Sciascia en Negro sobre negro (1979): “la independencia, el aislamiento, la falta de todo vínculo con cualquier forma de poder constituido, la indiferencia a todo tipo de chantaje económico, ideológico, cultural, incluso sentimental. (…) Una condición muy difícil de conseguir, pero a la que nos podemos aproximar o, al menos, intentar aproximarnos”.


Anne Carson, la nueva Nobel de Literatura, dijo: «Si la prosa es una casa, la poesía es alguien [o un hombre] en llamas corriendo a través de ella». Me acordé de inmediato de aquella frase de Jean Cocteau: «Mi casa se estaba quemando y sólo podía salvar una cosa. Decidí salvar el fuego. No tengo dónde vivir pero el fuego vive en mí...». Dos frases que guardan una resonancia crepitante, sobre todo cuando mi propia casa se incendió años atrás y el nombre indígena de Valparaíso, ciudad de mis orígenes, era Alimapu, en mapuche "Tierra quemada".

domingo, 4 de octubre de 2026

En una nueva entrevista, Hernán Rivera Letelier dijo que cuando está escribiendo, tiene puestos los cinco sentidos en el universo que está tirando, porque si le falla un sentido, ya no va a estar completo. Es como hacer el amor. Para hacer el amor, si no se tienen puestos los cinco sentidos, se goza a medias. Y tu pareja lo nota. Hay un punto clave en estos dichos: la escritura es un acto fisiológico, por ende, puede ser erótico. Al escribir, hay que estar cableado entero con el acto y compenetrado con la situación. Lo mismo con el sexo. De lo contrario, se pierde la magia. (Si no está mi polola, por ejemplo, pienso en ella y todo fluye). Me temo que la constante despersonalización y la automatización hacia la que nos conducen va terminar matando o, en el mejor del los casos, distorsionando esos movimientos tan elementales. Agradezco a Dios cada polvo bien dado como si fuera el último, y cada texto terminado como si fuera el primero de miles. No hay artificio que pueda reemplazar tanta satisfacción.