jueves, 4 de junio de 2026

55 años de Tarkus

55 años de Tarkus de Emerson Lake and Palmer. Mi padre recuerdo que decía al escucharlo que era "música para la cabeza". Interprétese de la manera que sea. Yo lo leo como música para la imaginación. La existencia de este disco representa, de hecho, una oda a la imaginación, su triunfo contra las potencias automatizadoras y literalizantes, potencias que obran contra el poder del mito, el símbolo, la poesía, la imagen, etc. Lo único que me pasa con esta obra es que quizá el resto del disco sea prescindible. No diga que las otras canciones sean malas, solo que terminan opacadas por la impecable y genial pieza homónima, que podría ser perfectamente el disco por sí sola:
"El título del trabajo debía empezar con la T de “Tank”, que también era una pieza del debut donde Palmer se lucía con un rápido solo de batería. El resultado saldría de la mezcla entre “Carcass” (cadaver), «Tank» y “Tartarus”, el pozo más oscuro del Hades. De allí, el nombre al estrellato.
A grandes rasgos, la historia va así: todo comenzaría en una suerte de mundo postapocalíptico, postguerra nuclear, con la erupción de un volcán. De su cráter nace un engendro: el híbrido tanque armadillo que porta cuatro cañones, dos en sus brazos y nariz. Esa combinación de animal prehistórico y tanqueta blindada sintetiza la idea central de la obra: la fusión, casi inevitable, entre naturaleza y máquina cuando la civilización se dirige hacia la guerra. «Tarkus» representa, así, el poder tecnológico convertido en depredador que avanza sin reflexión ética.
En su marcha, el armadillo blindado se enfrenta a una serie de criaturas que funcionan como alegorías de fuerzas sociopolíticas. Iconoclast —un terodáctilo metálico con un pico bombardero— simboliza las doctrinas revolucionarias que derriban todo lo anterior; vuela alto y ataca desde el cielo, pero acaba abatido por un rival que lo supera en potencia de fuego. Mass, mitad mantis religiosa arácnida y mitad cruz procesional, encarna la religión institucionalizada armada con dogmas y rituales: Cuando la fe se alía con la maquinaria bélica, termina devorándose a sí misma. Finalmente, surge Manticore, el león con cara de hombre y cola de escorpión; una criatura clásica que une ferocidad y veneno. Representa la leyenda, lo irracional y lo mítico: aquello que la lógica tecnocrática subestimó y que termina volviéndose contra ella.
A la banda le gustaría tanto esta representación felina, que, años más tarde, llamarían a su sello discográfico «Manticore».
El relato muestra a Tarkus derrotando uno a uno a sus enemigos — triunfa sobre Iconoclast y Mass — pero la batalla contra la manticora se resuelve con ambigüedad: Si bien el concepto narrativo no está del todo pulido, la ilustración del interior del trabajo insinúa que Tarkus es herido y acaba sumergido, navegando tras la derrota (“Aquatarkus”). Esta conclusión sugiere que el progreso armado, por muy invencible que parezca, termina cayendo ante fuerzas que no puede comprender ni asimilar. Luego, todo renace de las cenizas. La rueda de la historia vuelve a girar." 

Centenario de Allen Ginsberg: dos poemas

El peso del mundo es el amor

El peso del mundo
es el amor.
Debajo de la carga
de la soledad,
debajo de la carga
de la insatisfacción

el peso,
el peso que llevamos
es el amor.

¿Quién lo puede negar?
En sueños
toca
el cuerpo,
en los pensamientos
construye
un milagro,
en la imaginación
se angustia
hasta nacer
humano-

mira desde el corazón
ardiendo de pureza-
porque el peso del mundo
es el amor,

pero llevamos la carga
con agotamiento,
y así es que debemos descansar
en los brazos del amor
al fin,
debemos descansar en los brazos
del amor.

No hay descanso
sin amor,
no hay sueño
sin sueños
de amor-
estés loco o tiritando
obsesionado con ángeles
o máquinas,
el último deseo
es amor
-no puede ser amargo,
no puede negarse,
no lo podemos retener
si se niega:

su carga es demasiado pesada

-debe dar
sin recibir
como el pensamiento
se da
en soledad
con toda la excelencia
de su exceso.

Los cuerpos cálidos
brillan juntos
en la oscuridad,
la mano se mueve
al centro
de la carne,
la piel tiembla
de felicidad
y el alma viene
alegre al ojo-

sí, sí,
eso es
lo que quería,
lo que siempre quise,
lo que siempre quise,
regresar
al cuerpo
en donde nací.


...


Blues de la Muerte Padre 

¡Eh, Muerte Padre, vuelo a casa! 
¡Eh, pobre hombre, estás solo! 
¡Eh, viejo papá, sé a dónde voy! 

Muerte Padre, no llores más. 
Mamá está ahí, debajo del suelo. 
Muerte Hermano, 
cuida la tienda. 

Muerte Vieja, no escondas tus huesos. 
Muerte Viejo, oigo tus gemidos. 
¡Oh, Muerte Hermana, 
qué dulces son tus lamentos! 

¡Oh, Muertes Niños, respiren! 
Los pechos que sollozan aliviarán sus muertes. 
El dolor se ha ido, 
las lágrimas se llevan el resto. 

Muerte Genio, tu arte ha terminado. 
Muerte Amante, tu cuerpo se ha ido. 
Muerte Padre, vuelvo a casa. 

Muerte Gurú, tus palabras son ciertas. 
Muerte Maestro, te doy las gracias. 
Por inspirarme a cantar este blues. 

Muerte Buda, despierto contigo. 
Muerte Dharma, tu mente es nueva. 
Muerte Sangha, lo superaremos. 

El sufrimiento es lo que nació. 
La ignorancia me creó. 
Desconsolado 

Verdades que me parten el corazón, 
no puedo despreciarlas 
Padre Aliento, adiós una vez más.

El nacimiento que diste no fue malo 
Mi corazón está en calma, 
como el tiempo dirá.
Mi incursión tardía en la prosa me enseñó que para escribir, a veces, no se necesita un plan tan elaborado ni ambicioso, ni tampoco un tema tan elevado a disposición, tan solo una mirada atenta, una indagación obsesiva en un detalle que hace ruido, una cuestión que desentona con el conjunto, algo pequeño, minúsculo, pero que, en su aparición, desata el milagro de lo imprevisible, como el de un zorzal que, el otro día, se posó justo en el borde que da a la ventana en la parte inferior del dormitorio de mi hermana chica. El ave permaneció durante largos minutos agarrada a ese borde. Miraba para todos lados, con movimientos rápidos, hasta que fijó su cabecita en un punto, hacia el frente, a cinco pisos del suelo de concreto. Era tal su paciencia que parecía abstraída de sí misma o en un estado de suma concentración. La naturaleza se había expresado a través de esa mirada de zorzal. No había allí palabras porque no eran necesarias. La inminente caída o el inminente vuelo, el vértigo, lo pone uno.