Volví a comprar el libro poemario El incendio de Valparaíso de Eduardo Correa, reeditado por Ediciones Altazor. Estaba en la librería que queda al lado de sala Insomnia. El ejemplar que ya tenía lo vendí, como tantos otros libros (cosa de la cual me arrepiento). Se trataba de la edición realizada por Ediciones La Cáfila. En esa versión, la portada tenía una especie de código de barras tachado con una línea roja, en un ejercicio muy martiniano. En esta otra, más actualizada, aparece una escalera ascendente en el interior de algún inmueble porteño. Desconozco cuál, pero podría ser cualquiera.
El libro de Correa tiene, a estas alturas, un carácter de culto. Para mí, al menos, tiene un significado muy particular. Creo que se lo compré a C. Faúndez o me lo regaló. No lo sé, a ciencia cierta. Lo único que sé es que lo adquirí en el contexto de aquellas lecturas de poesía en la Universidad Santa María del año 2008. En ese mismo año, dicho sea de paso, sufrí el incendio de mi antigua casa en el Cerro La Cruz. Un presagio sarcástico podía leerse en esos versos, una meditación crítica sobre ese presente, aquel presente calamitoso que rodeaba mi barrio y que caló hondo en la memoria de la familia. Dos muertes trágicas le sucedieron, un terreno devastado y una zona cero en la conciencia. De pronto, en las páginas de Correa se proyectaba esa "porción de infinito", ese infinito invertido, chamuscado en aquel cerro de mi infancia. C. Faúndez recuerdo que notó mi obsesión por las lámparas, a través de un ejercicio poético. La fijación en esa luz saturada de una revista de Mecánica popular abrigaba una incertidumbre a la vez que una angustia. En la mirada quizá podía advertir una luz que no fuera opaca, que no fuera impura, que, al menos, iluminara lo que restaba en el camino, aunque fuese una luz de utilería, meramente funcional.
Años después, ocurrió el incendio del 2014 y una segunda casa en la que solía vivir también se quemó. Otro barrio distinto al de mi infancia. Un barrio de mi temprana juventud. Hice una crónica sobre lo que le pasó a ese vecindario y a ese cerro, a partir de la conversación entre un voluntario y un vecino de la cuadra, trabajando sobre su terreno perdido. Las palabras urgían cuando se necesitaban manos, y entonces, me pregunté si acaso la escritura surgiría inflamada en su propia combustión interna o producto de una necesidad vicaria de reconocimiento en medio del desastre. Después del incendio, ¿qué escribir? Había que hacerse las preguntas correctas, sin miedo a arder en sus respuestas o en su improbabilidad.
Tiempo al tiempo, y los incendios continuaron en distintos puntos de la ciudad, en diferentes magnitudes. Alcancé a sacar las respectivas crónicas de algunos siniestros que me marcaron, como el del sector de Bellavista el 2018, el de un sector cercano al Vergel un 18 de noviembre del 2019 (señal fatídica de lo que ocurriría en unos cuantos días), el de la fábrica de cecinas Sethmacher, el del antiguo Teatro Pacífico en calle Errázuriz con San Martín, y el de la mítica Librería Crisis, cambiada desde su ubicación clásica frente al Congreso, hasta la calle Prat, cerca del Restorán Capri, junto al Espacio Prat, mismo espacio en el que alcancé a bailar un par de temas con mi polola, en una noche memorable que no alcanzaría siquiera a intuir las futuras y nefastas llamas.
Vuelvo sobre El incendio de Valparaíso de Eduardo Correa. Vuelvo como se vuelve sobre un sitio que alguna vez se habitó y que ahora perdura como vestigio de lo irrecuperable. ¿Quién debía contar los incendios vividos? ¿Quién debía quemarse al momento de confesar lo inconfesable, al margen del fuego? Decía el hablante lírico -que no necesariamente Correa- en el libro: "Las mismas visiones del incendio. Las mismas visiones del incendio. No había nadie para contarlo. No había nadie". Y luego: "Queríamos creerle al infierno para tener alguna fe. (...) Pero sabíamos también que Valparaíso era una metáfora y que toda metáfora era una suprema traición".

