Durante la semana, la alumna escritora me regaló otros dos dibujos hechos a mano por ella. El primero era del doctor Rieux, el narrador de la novela La peste de Albert Camus. Retrató al personaje tendido boca arriba y con un par de pequeñas ratas observándole. ¿Será que estas ratitas son un indicio del estado de cosas, o de su mirada sobre una figura sufriente? El segundo dibujo fue el que más me sorprendió, y se trataba de un retrato de perfil del mismísimo Fiodor Dostoievski. Arriba suyo, se deja leer con letra manuscrita: “es el mejor profe”. Una seña de admiración, acompañado del maestro ruso. Nunca hubiera imaginado ese nexo. Todo eso ocurrió justo después de terminada la agobiante jornada laboral. Lo mejor es que la alumna ha demostrado un interés genuino en aquellos escritores, al punto de leerlos en clase sin tapujos y dedicarlos a su recién llegado profesor. Un existencialismo temprano es el que brota de estos gestos. La afición por la literatura puede regalarte momentos únicos, en medio de la maraña que implica el trabajo docente, con todos sus conflictos, miserias, sinsabores. Frente al cruel escenario que se vive al ejercer una pega de estas características, siempre al borde del colapso y de la renuncia, hay pequeños destellos como el de la chica fan de Dostoievski que, contra toda regla, te devuelven la moral, aunque sea una moral absurda, mínima, en un contexto cada vez más desregulado.