La primera vez que participé con una ponencia académica fue en el 2012, en el año final de mi carrera de pregrado, hace casi catorce años. La expuse en las Terceras Jornadas de Cultura y Literatura Latinoamericanas “Palabra abierta”, organizadas por el Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades en la Universidad de Chile. Se trataba de una versión reducida de mi tesis de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánica, titulada "América es un pandemonio: ruina de un mito y ocaso de un héroe en Los perros del paraíso de Abel Posse". Antes de mandarla a la convocatoria, tenía serias dudas sobre el eje temático. No sabía si mi trabajo podría enmarcarse en algunas de las líneas disponibles.
Quería participar en aquella instancia a como diera lugar, animado por una chica que, en ese entonces, estaba estudiando un Magister y se movía en este mundo del cual siempre me sentí ajeno. Así que le expliqué a la organización que mi ponencia trataría de una reflexión sobre “Latinoamérica”, específicamente, una visión crítica sobre la proyección histórica y ontológica de nuestro continente, a partir de la lectura de una obra enmarcada bajo la categoría de nueva novela histórica que permite problematizar el hecho histórico oficial del Descubrimiento de América, con el fin de repensar precisamente su situación y su "ser" actuales. Quería saber si ese tema propuesto era válido para poder postular a las Jornadas de Palabra Abierta de la Chile. Para mi sorpresa, la respuesta fue afirmativa. Dijeron que, aparentemente, mi trabajo entroncaba con más de un eje, al intersectar la Nueva Novela Histórica y el Pensamiento Latinoamericano. “No hay problema con eso. ¡Al contrario!”, señaló la cuenta de facebook asociada a la organización de las Jornadas. Fue así que debuté en ese estimulante campo de críticas, ensayos y proposiciones.
La idea del programa era debatir en torno a la literatura y el pensamiento crítico sobre y desde América Latina, buscando establecer un diálogo interdisciplinario capaz de abordar “las múltiples manifestaciones de la cultura latinoamericana”. Eso era, al menos, lo que la organización se proponía, de manera elegante, en su visión del evento. Tengo recuerdos vagos sobre la exposición de dicha ponencia con un límite de tiempo considerable. La emoción y el nerviosismo hicieron lo suyo, pero salí airoso. No hubo preguntas ni réplicas. Me sentía regocijado por haberme atrevido a sacar la voz allí donde el resto de ponentes solo buscaban hacer valer su propio discurso. Nada de malo en ello, aunque se extrañó, precisamente, una instancia de conversación orgánica, más allá de lo puramente formal y constreñido al protocolo.
Tiempo después, recibí un diploma de mi participación en las Jornadas de Palabra Abierta. Debía estar agradecido con el premio simbólico, porque la propia experiencia de haber estado en ese lugar de grandes deliberaciones tenía que tener, por sí mismo, un valor más allá de lo tangible. Como era de esperarse, logré licenciarme y cumplir mi etapa en la Universidad. Luego, la tesis sobre la América como un pandemonio volvió a su periodo de hibernación, acumulando residuo en los anaqueles del ILCL, sin otro valor concreto que su carácter de archivo en la biblioteca. Tuvieron que pasar muchos años de incertidumbre en lo vivencial, de desilusión en lo académico y en lo laboral, y de un soterrado proceso de maduración para volver a considerar mi participación en alguno que otro congreso o seminario. Aún no encontraba las ideas necesarias, aún no había forjado lo suficiente mi estilo en la escritura. Tenía que “foguearme” primero, antes de dar ese paso, nuevamente. Y ese aprendizaje lo logré con mi persistencia en la prosa y en la narrativa de crónicas.
Durante casi diez años, me volqué por completo a esta faceta que creía perdida entre exabruptos líricos, pensamientos extravagantes sin demasiado anclaje y procesos existenciales que aún estaba esperando superar, para tener algo realmente genuino que decir. Todo este arrojo, aunque engorroso y agridulce, me permitió afinar la pluma y probar el pulso en la palabra. De esa forma, conseguí escribir una enorme cantidad de textos: narraciones, especialmente crónicas, cuentos, relatos, anécdotas, reseñas, artículos, críticas, reflexiones ensayísticas, que suman, a la fecha, más de dos mil páginas y contando.
Al transitar de manera vertiginosa por esta vereda de la escritura narrativa, viví cuestiones que creía imposibles, hasta antes de mi iniciación en la materia. Publicaciones de libros, lanzamientos, lecturas varias, carretes, jolgorio, amoríos, encuentros con gente afín, un auténtico éxtasis o, al menos, su sombra. También, acorde al espíritu trágico, viví muchísimos desencuentros personales, diferencias políticas, desilusiones amorosas, rencillas de gran calado psicológico que hasta el día de hoy me persiguen. Bailé a la orilla del risco, disfruté la vista, mientras el mundo cambiaba, de manera drástica, a mi alrededor, y la poderosa realidad obligaba a tomar acción o perderse en la marea de los acontecimientos. Fueron estas cosas las que me dieron el motivo necesario, la materia prima, el “nigredo” alquímico para llevar la escritura a un siguiente nivel.
Algo debía romperse dentro de uno para calibrar estas intuiciones. Algo debía ser lo suficientemente espeso como para adquirir una riqueza imprevista. Entonces me apronté a estudiar un Magister en Escritura Narrativa de No ficción. El ejercicio de las crónicas tenía el potencial para capturar el tiempo posible y llevarlo a otro plano, todavía más ambicioso. Además, volví sobre mi antigua tesis de licenciatura, aquella que permanecía en los anaqueles del antiguo ILCL. Como si fuera un grimorio, traté de desentrañar la metáfora profunda del pandemonio en relación con la realidad americana, y volví sobre el mito, su potencial literario, en un afán de reivindicación. Al fin reencontré una tesis que, sin saberlo, contenía muchas resonancias en el presente histórico y en el estado de cosas actual.
De partida, se hacía necesario regresar al mito enarbolado en la novela de Posse, aunque fuera bajo el dispositivo de la desacralización. En un contexto mundial en el que las potencias extranjeras amenazan, cada vez más, las soberanías de nuestras humildes repúblicas, la tesis sobre el pandemonio americano podría adquirir una fuerza mayor, al afirmar la integración de “lo caótico” y de “lo abierto” como partes constitutivas de su ser y de su destino. Es en esta compleja coyuntura que supe sobre una convocatoria al XII Encuentro de la América Románica de la Comunidad Ciudad de los Césares. La organización apuntaba a celebrar treinta años de un “Convivium americano” (1996-2026). Según ellos, estos Encuentros constituían jornadas de estudio y de camaradería que han congregado a hombres y mujeres de la Patria Americana y “a todos los que se sienten animados por visiones superiores de vida, de cultura y de comunidad”. El propio nombre de la Ciudad de los Césares construye “un mito y un símbolo que une a las patrias del Cono Sur americano con la Tradición Universal”. Sin duda, un comienzo muy vivificante.
Tras mi propia noche oscura del alma, tenía que haber, al menos, un viso de claridad, o de aspiración trascendente. De lo contrario, volvería a aquel abismo interior del que estuve a punto de no salir jamás. Esta convocatoria a los Encuentros organizados por Ciudad de los Césares se me presentaba como la oportunidad de volver al ruedo, para probarme a mí mismo que sí se puede, que la escritura tenía que tener su teoría de la oscuridad, pero era la oscuridad necesaria para entrenar una mirada más nítida. Les mandé la misma ponencia de mis años de pregrado, la de “América es un pandemonio”, solo que sustituyendo “Latinoamérica” por “Hispanoamérica”. Sabía que ese cambio sería el adecuado para alinearse con la visión de los señores de la Ciudad de los Césares. Lo hice, como siempre, sin mayores expectativas, acostumbrado, de un tiempo a esta parte, a los rechazos y a las ausencias. Hasta que, finalmente, me envían un correo con la aceptación de mi ponencia en los Encuentros. Estos se realizarían en el Senado de la República de Chile. En ese instante, había logrado que una misma tesis, la del pandemonio americano, fuera aceptada en dos contextos completamente diferentes, y en etapas de mi vida del todo distintas.
El propio mito como generador de historia se había encarnado en mis proyectos. Lo pandemónico, en cuanto integración de lo abierto y de lo caótico, se plasmó más allá de su calidad hipotética: adquirió un relieve vital. El propio Erwin Robertson, director de Ciudad de los Césares, recuerdo que remarcó lo del “pandemónium”, dando a entender que era una idea poderosa y vibrante. Dijo además que el caos primordial era el que permitía el advenimiento de los dioses y de los hombres. El caos primigenio, según la Teogonía de Hesíodo, era la entidad primera que posibilitó la existencia de los dioses, todos surgidos del mismo abismo. Tenía todo el sentido del mundo con respecto a lo caótico. “Así es, y pensé que ya lo sabía”, señaló, luego de la ponencia, a la salida del hemiciclo del Senado. La América chilena nos esperaba fuera, terminada la jornada, y el caos seguiría vigilante, pletórico, en los rincones barrocos y durante la serenidad del día.