Mandé mi manuscrito de libro de poesía, “En la mazmorra interior”, a una tal Editorial ITA. De acuerdo a su informe, y tras una revisión exhaustiva, señalaron que la obra se ubicó, entre más de 900 obras evaluadas, en el top 25. Enviaron además un desglose con las calificaciones en diferentes criterios. Un 10 en originalidad y propuesta temática: la novedad del tema, el enfoque narrativo y el valor diferencial de la obra dentro de su género; un 8 en coherencia estructural: la organización del manuscrito, la lógica interna de los capítulos y la consistencia narrativa o argumentativa; un 7 en ritmo y fluidez narrativa: la capacidad del texto para mantener el interés del lector, la claridad en la progresión narrativa y la dinámica de lectura; un 9 en credibilidad del argumento o testimonio: la solidez del contenido, la coherencia de la experiencia narrada o de los argumentos expuestos; un 10 en la voz, estilo y adecuación al público: el tono, la identidad literaria del autor y la conexión potencial con el público lector; un 10 en calidad del lenguaje y redacción: aspectos como ortografía, claridad sintáctica, consistencia lingüística y necesidad de corrección editorial; y un 7 en potencial editorial y comercial: la posibilidad de posicionamiento del libro dentro del mercado editorial y su afinidad con lectores del género. Ciertamente, se trata de una evaluación previa. El siguiente paso sería pagar una suma importante y confiarle la obra al equipo editorial. ¿Suena esto a cuento repetido? ¿Negocios son negocios? Me quedó, mientras tanto, con el máximo en voz, estilo, originalidad y propuesta. El ámbito comercial y sus vericuetos nunca han sido lo mío. Francamente, no sé hacerme propaganda.