En un libro de psicología que está leyendo mi polola, llamado “Estética del cambio” de Bradford P Keeney, di con una frase de Joyce Carol Oates que dice: “todos escriben ficciones en alguna medida, pero la mayoría las escriben, sin tener la menor idea de que lo hacen”. El autor sostiene la tesis de que todos participamos en la construcción de nuestro propio mundo de experiencia. Citó el caso de Carlos Castaneda, quien habría admitido que sus vivencias psicodélicas con un brujo indígena fueron un invento y, que de hecho, había tomado en préstamo las visiones psilocibínicas del botánico Robert Gordon Wasson.
De aquel primer capítulo y ese cuestionamiento sobre la naturaleza del conocer, surgen algunas preguntas estimulantes. ¿Qué criterios se presentan en cada contexto, para distinguir hechos reales de la ficción? ¿Hasta qué punto es real lo real? Keeney sugiere que, en este sentido, tanto el solipsismo como el realismo pecan de ingenuos. En tal caso, ambas visiones son atisbos parciales de un cuadro total. Lo real es que la verdad puede hacernos caer en el lazo, pero jamás podemos hacer caer en el lazo a la verdad en sí misma. Por lo tanto, no creo que nadie conozca totalmente o pueda jamás conocer totalmente los procesos del cambio personal y social, mucho menos de la realidad en su conjunto.
En el apartado de epistemologías alternativas, Keeney cita “Estrofas de la Gran Cartuja” de Mattew Arnold: “Deambulando entre dos mundos/uno de muerto, el otro impotente para nacer”. Si bien el autor explica que somos nosotros los que establecemos los límites de nuestro marco de entendimiento, jamás podremos escapar del todo a lo que él llama las “paradojas de la existencia” derivadas de la autorreferencia inherente a nuestro sistema de observación. Siempre, al momento de decidir, reforzamos el paradigma establecido y dejamos en el camino otra posibilidad latente, una apuesta estadística, una variable entre tantas. Tras cada decisión, metafóricamente, “damos vida y matamos en el acto”.
¿Cómo es que después de tantas decisiones tomadas, aún contemplemos un universo de posibilidades, sin sabernos rebasados, superados por nuestras limitaciones, congénitas o autoimpuestas? La consciencia sería la clave, la consciencia cuyo origen y cuya dimensión aún sería un enigma para la ciencia y para el propio saber esotérico. Por eso mismo, Keeney se propuso un cambio epistemológico que transformara la propia forma de vivenciar el mundo, porque es precisa una “comprensión estética” del cambio, y lo imperioso, según el autor, es comprender nuestra propia naturaleza. Rezaba el poeta T.S.Eliot, citado por el propio Keeney, al final: “Una condición de simplicidad completa/(Costando no menos que todo lo otro)/Y todo estará bien y/Toda clase de asunto estará bien”.