Dedicado a una gran amiga
Nuestra primera salida fue en un local conocido como La Piedra Feliz. Se trataba de la tercera temporada de lecturas poéticas. La esperé a un costado del Salón Blanco. Llegó de improviso. Cuando entramos al salón para esperar la lectura, Kafkita preguntó ansiosa si quedaba algún lugar vacío. Sin decir nada, miré hacia alrededor y le señalé una mesa con un par de puestos desocupados. Nos sentamos allí, tranquilamente, mientras sonaba, de fondo, una tenue pieza de jazz:
-¿Habías venido antes?-, preguntó Kafkita.
-Antes sí, pero últimamente no-, le respondí, aclarando que había perdido la costumbre de participar de lecturas poéticas, hace mucho tiempo.
Pedimos dos cervezas. A medida que nos fuimos soltando, comenzamos a hablar con Kafkita sobre temas un poco más íntimos, relativos a cuestiones sentimentales. La excusa para romper el hielo o sencillamente era la ocasión apropiada. Kafkita escuchaba atentamente, aportando su punto de vista. Ella también relató algunas cosas que estaba viviendo con su pareja de ese entonces. Así se nos pasó el rato hasta antes del comienzo de la lectura.
Un silencio inquietante lo invadió todo. ¿Quiénes serían los poetas que leerían esa noche, y todas las siguientes?
…
Días después, fuimos de compras al Líder con Kafkita. Ella dio con un puestito al costado de las cajas. Grande fue nuestra sorpresa cuando allí en ese puestito había bolsas ecológicas con motivos de Van Gogh, Gustav Klimt, Kandinsky, incluso hasta una de Dadá. Kafkita sugería comprar algunas dada la excentricidad. Por supuesto que mi elección fue la bolsa de Dadá, ya que el hecho de que se vendiese una bolsa así en un supermercado ya resultaba lo suficientemente paradójico Y, más encima, a precio de huevo. Recordé el ready made dadaísta. Ahora el ready made sería a la inversa. Desde el mundo del arte del cual Dadá era anatema, hacia la cultura masiva del mercado. Lo mismo que el arte pop de Warhol. ¿Por qué no había una bolsa con la sopa Campbell? Tal vez porque ya estaba fuera de serie o simplemente porque ya había sido rematada. La bolsa de Dadá podría servir perfectamente, de ahora en adelante, para comprar la mercadería del mes, o para desechar la basura de la casa. Dadá había muerto, pero el mercado, omnipresente, increíblemente había tomado su cadáver sarcástico y lo había revivido. Tal vez nunca estuvo muerto. Simplemente se transformó. Mutando en la forma del sistema. En aquella bolsa ecológica reza con letras rojas la consigna: breaking the rules.
…
Hacía tiempo no entraba a la Iglesia de los Sagrados Corazones. La última ida de la que tengo recuerdo era para conmemorar la trágica muerte de mi bisabuela. La fastuosidad sombría del interior evocaba, más que una fe irrestricta, un cierto espíritu contemplativo que no había advertido, de estupor ante las artísticas formas espirituales, todo eso sumado a la presentación del concertista Ítalo Olivares Cañete, quien ayer mostró un concierto de órgano interpretando la obra de J Brahmns, a raíz de su aniversario número 200, y también algunas piezas de Bach, la Fuga y los Preludios, junto con algo de Verdi y su Postludio.
El concierto se dio de una forma invertida. No era el típico concierto de música popular en donde la experiencia musical se vive manera frontal y en cierta medida horizontal frente a frente al artista y la ejecución de su pieza, sino que Olivares se hallaba en la tarima de un segundo piso, justo sobre la entrada, lugar en que estaba ubicado ese majestuoso órgano venido de otra época, una época mucho más orgánicamente barroca. A medida que la sesión se desarrollaba, la gente debía visualizar en un proyector la ejecución del maestro. El proyector ocupaba el sitio en donde los curas habitualmente introducían las misas. Y ese era el motivo por el cual la experiencia se hacía profana a pesar de su fondo.
Con Kafkita nos fijábamos en el detalle audiovisual. Cuando Olivares desplegaba sus preludios, la imagen se iba diluyendo de manera abrupta hasta cortarse automáticamente con la vibración del sonido, la acústica musical retumbando en toda la iglesia volviéndola un puro gran eco sublime. ¿No habrá sido que la imagen cedía ante la inmensidad de ese sonido de órgano, para que la vista cediese a su vez a la ensoñación auditiva? ¿No era esa una suerte de rezo e introspección en clave secular? Esas eran las preguntas que brotaban de todo ese mantra. Aquel exterior en el que se podía distinguir todavía el ruido de la reparación de la iglesia, y el tráfico consuetudinario de sus alrededores, se hacía mudo de un instante a otro, para dar lugar a la atmósfera de las notas bailando su propio ritmo grandilocuente.
El hecho de que el maestro desapareciese por un momento, no dejándose ver en aquel video proyector, le imprimía además el anonimato necesario para el protagonismo de la música. Se volvía nada más que el médium para su "experiencia religiosa". Era descolocar la idea de la divinidad. Dejar de lado su presencia metafísica para invocarla esta vez en la forma y la sustancia de aquel órgano parlante. Por un solo momento, dentro de la iglesia, la audiencia pasó de ser feligrés del rito cristiano a ser adepta al sonido sagrado del órgano, allá arriba en las gradas, como emulando la altura de lo que se elevaba por sobre sus límites.
El aplauso al final de nuestro show era unánime. Y la figura de Olivares asomándose en aquel balcón como una suerte de santo del órgano, daba cuenta de la catársis colectiva. Olivares sabía que su programa era para honrar en el fondo la memoria de la Santa Patrona de los músicos, pero su público sabía que ese recogimiento melómano respondía a otro orden de la devoción. Ya no la genuflexia dogmática del rito eclesiástico, sino que la solemnidad hasta cierto punto apolínea de cada una de las piezas. La gente misma no lo declaraba, pero así lo hacía sentir. La música había devenido una especie de Dios. Olivares su enviado. Y nosotros sus profesos testigos y espectadores. Como hubiese dicho Cioran, respecto a Bach: "Sin la música, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria. Sin la música yo sería un perfecto nihilista".
…
Durante el verano, fuimos con Kafkita a la sala de cine del Internado. Su sala era como entrar y salir de una caverna platónica. De hecho, gracias al ciclo de culto de hoy pude dar con detalles de Cabeza borradora que no había sacado a la luz, como el cuadro de la bomba atómica y el piso de líneas negras que guardan relación directa con Twin Peaks. Por lo demás, la propia sala y el visionado una experiencia subterránea, en estricto rigor, underground.
…
A fines de Junio, me volví a juntar con Kafkita para ir al lanzamiento de un libro del autor José Jara, en el Centex del Consejo de la Cultura y las Artes. El libro tenía por nombre Nietzsche, pensador póstumo. Kafkita recordó una frase pronunciada por el mismísimo Pancho Sazo durante la presentación: "Algo que te recorre el sistema nervioso. Algo diferente del asombro". También algunos apuntes sobre lo intempestivo en Nietzsche planteados por Martín Hopenhayn. Se suponía que lo intempestivo se manifestase allí, en los asistentes, durante el íntimo show de la hija de Pepe Jara, pero ni el martillo filosófico ni el espíritu de lo dionisíaco supieron inspirar un mínimo de desenfado en ese séquito formal. "Pero si Nietzsche hablaba de bailar, de la música y esas cosas. Y estos ni se mueven", repetíamos. El meta discurso vitalista, presente allí como fuerza latente, no consiguió remecer a nadie, en la práctica.
A modo de remate, la hija de Pepe Jara había dado un emotivo discurso sobre la vida y la muerte. Su voz denotaba afectación. Luego, interpretó una pieza de teclado seguido de un arreglo musical con pie de cueca. En la parte que se suponía el público levantara las palmas, y se viera embargado con el ritmo, nadie atinó a nada, estupefactos, o tal vez, demasiado compuestos para la ocasión. "Es que son la mayoría eruditos" decía Kafkita, cuando se decidía a sacar dos tiempos con las palmas de las manos. Le seguía la corriente, esperando que el sonido de esos dos pares de palmas contagiara al resto en un efecto dominó (como suele suceder cuando alguien irrumpe con un aplauso y el resto le sigue aplicando la teoría de la imitación social). No hubo caso. El público permanecía sentado, únicamente escuchando la fiesta sonora en total pasividad. Solo terminando el show, y con las palabras de Warnken al cierre, eruditos y neófitos comenzaron a aplaudir de manera unánime en una especie de reacción en cadena.
Pese a aquel alcance desafortunado, compré un ejemplar del libro en homenaje al difunto Pepe Jara. Estábamos satisfechos, aunque Kafkita decidió que no era buen momento para invertir en un libro, y prefirió pedírmelo una vez que lo leyera. Salimos entonces del Centex, rumbo a una cafetería. Allí conversamos sobre la muerte de Dios y sobre nuestras andanzas amorosas. Seguimos pues con nuestra amistosa conversación, hasta que llegaba la hora de marcharse. Era tarde noche.
Caminamos con Kafkita rumbo a la Subida Ecuador aunque no con el ánimo de carretear, sino que con la intención de comer algo, algo similar a una “once”. Pedimos un par de capuccinos y unos empolvados en una panadería. Mientras bebíamos y comíamos, comenzamos a cavilar sobre la metafísica, a raíz del libro de Pepe Jara. Como consecuencia, salió a colación un famoso cuadro.
-¿Te acuerdas de aquel cuadro en donde salía Platón señalando hacia arriba y Aristóteles hacia abajo?-, preguntó Kafkita, intrigada.
-Sí, pero para serte franco no recuerdo su nombre ni tampoco quién lo pintó-, le respondí.
Aquella vez ninguno lograba dar con el nombre ni de la pintura ni del autor. Pero fue gracias a la oportuna ocurrencia de Kafkita que alcanzamos a dar poco a poco con la referencia.
-Parece que el pintor tenía nombre de Tortuga Ninja-, mencionó Kafkita, terminando su capuccino.
-¿Miguel Ángel? ¿Donatello? ¿Rafael?-, le pregunté de vuelta a la amiga, tratando de barajar algunos nombres.
-Puede ser...-, dijo ella, aprontándose para salir de la panadería, y encaminarse rumbo al paradero de Errázuriz a tomar la micro para Viña.
En todo el trayecto de vuelta, Kafkita se refirió a un tipo que hablaba de manera desaforada fuera de la panadería. -¿Te acuerdas de aquel sujeto que conversaba como loco por celular? Pues eso simbolizaba la mano de Aristóteles en el cuadro: puro mundo-. La asociación que había hecho Kafkita era muy creativa, considerando que no todos los días un episodio de lo más cotidiano puede adquirir caracteres filosóficos. Ante este alcance, volvía, sin embargo, a la inquietud que nos pillaba desprevenidos: -Pero el nombre del cuadro sigue siendo un misterio-, le mencioné a Kafkita. Ella, siguiendo la corriente, asintió mi afirmación. De ese modo, y llegando al paradero, nos despedimos sin saber en ese momento el nombre del cuadro ni tampoco el por qué habíamos llegado a ese punto.
Al rato, en mi dormitorio, me llegó un mensaje de whatsapp. Era Kafkita, indicándome oportunamente el nombre del cuadro y el nombre del pintor. Rafael Sanzio, “La escuela de Atenas”.
-Ahora ya sabemos quién era quién jajaja-, comentó Kafkita por interno.
-Y recuerda que tenían como guarida una alcantarilla, en el bajo mundo-, agregó. -simbolizado en la palma descendente de Aristóteles-.
…
De paseo por el parque Quebrada verde, tanto Kafkita como A estaban maravillados. Les hice saber que no había venido al parque desde hace muchísimos años. Kafkita me preguntó si algo había cambiado en el sitio desde aquel entonces. Sin ninguna otra cosa que responderle, y durante una breve pausa, acabé diciéndole que solo yo era el que había cambiado. Su extrañeza fue inmediata. Ya dentro del parque, lo primero era encontrar el mirador que daba hacia la espectacular vista de la laguna. En el sitio había una especie de quincho improvisado en donde el humo de las parrillas y el griterío de los niños conformaban el humor dominical. A través de ese ambiente de familia nosotros éramos los patiperros sin otra pretensión que la caminata. Al llegar al mirador, la estructura de una proa hundida en la tierra, y atrás una popa de forma rectangular que se alzaba también de entre el suelo dando la forma de una encalladura surrealista, allende los cerros y mirando frente a frente al océano. Kafkita decía que la popa no podía tener esa forma, que la forma que le correspondía por defecto era la de curvatura. Si acaso esa popa disímil era un error de arquitectura o estaba dispuesta allí intencionalmente para dar la impresión de un enclave fuera de lo común. Primera discusión de la caminata. Entre tanto cada quien apreciaba la panorámica del sector. El mirador tenía dos niveles. En el superior estaban Kafkita y K, juntas divisando el horizonte sobre el que se cernía la costa de Valparaíso. Mientras abajo, A, luego de un registro audiovisual de la panorámica, pretendía crear una performance, un choque de visionados en el que cada cámara apuntase hacia el otro. Así Kafkita y K nos apuntaban desde el mirador superior, a la vez que nosotros las enfocábamos a ellas en un juego de contraluces. Parecía una simple volada fotográfica del momento, pero era el paisaje y su eminencia la que propiciaba la improvisación, figurando invocada en cada plano y secuencia como punto de fuga.
La próxima ruta era rumbo al segundo mirador. Tomamos el camino de regreso a través de la zona del quincho familiar, para luego derivar hacia los humedales en donde estaba el punto de derivación señalizado con unos letreros viejos. Como indicaba una leyenda, pasamos a través de un camino de tierra que nos decía que el mirador del barco pirata quedaba en sentido contrario al gimnasio al aire libre. K empezó a insinuar, junto con Kafkita, que el único camino posible era ese “camino de tierra”, connotando el doble sentido de la expresión, a lo cual no pudimos evitar una carcajada nerviosa, sabiendo que, broma aparte, no era tan descabellado pensar que ese camino era el único deseable y transitable.
A medida que andábamos, aludía a la ya clásica frase de Machado reinterpretada por Serrat, tarareando un sonoro y agitado “caminante no hay camino”. Kafkita y K repetían, “se hace camino al andar”, ante lo cual K, entusiasta, sugirió que como grupo de excursión había que llamarnos “caministas”. Pioneros del llamado caminismo, merced a la aventura y la ilusión. En tanto pasábamos los humedales, llenos de una superficie opaca, muy parecida a las aguas servidas, con esa misma idea caminista en mente tomamos un desvío contrario al del letrero viejo, hasta que el sendero nos llevaba a una inaudita vuelta en U. El sendero abrigaba una cantidad inusitada de matorrales, cada vez más altos, y zarzas espinosas que nos daban la bienvenida invitándonos a pasar entre medio de ellas mediando un dolor energizante. Caminábamos raudamente a través de los matorrales, pese a que todo indicaba el desliz al cual habíamos accedido de manera voluntaria. K reía de tanto en tanto por el absurdo de nuestra respiración y sentido de la orientación. En tanto más perdidos, nuestro humor se hacía más negro. Kafkita y K recordaron los escenarios de La bruja de Blair. A discutía si acaso, pese a su paupérrima calidad, podría ser concebida desde su categoría de docureality o seudo documental. Yo estaba seguro que La bruja de Blair cabía dentro de otra categoría de la que no recordaba a ciencia cierta el nombre.
Ya que no cabían tampoco categorías para el momento y para la experiencia a través de los matorrales, seguimos andando porfiadamente en esa miríada vegetal. A medida que lo verde se hacía más denso y abundante, intuíamos que del otro lado encontraríamos el destino del mirador, el supuesto segundo mirador pirata. A mitad de camino, iban apareciendo una suerte de pequeños canaletes. Le comentaba a Kafkita que el parque se iba convirtiendo poco a poco en aquella Zona de Stalker, pero sin vigía ni guardián, dentro de la cual nunca existía un camino exactamente idéntico tanto de ida como de vuelta. Y efectivamente así era, cuando errábamos siquiera guiados por una cuestión eminentemente geográfica, mejor dicho, accidental. Cuando con los comensales comenzamos a internarnos a través de los canaletes, entreviendo que en ellos podía estar la clave a nuestras señales, ¡Eureka! Se aparece entre las malezas una especie de mirador natural, no señalizado por la administración del parque. Una vista espectacular de la bahía pero desviada y a la sombra del primer mirador transitado. A había concluido, luego de registrar el momento, que en realidad el camino que habíamos tomado, el camino del desvío, nos había llevado a un derrotero más emocionante y contingente que el establecido por la administración, pero nunca comprendido del todo por estos patiperros de provincia. “El camino de la perdición. Ese es nuestro camino”, le había dicho a A, más en broma que otra cosa, cuando íbamos caminando a tientas a un costado de los humedales, pero ahora esta declaración cobraba un significado inusual, uno que nos permitiría seguir una tónica parecida para continuar con el recorrido sin temor a perdernos.
La vía de regreso, nuevamente enrielados conforme a lo que establecían las señaléticas, nos transportaba más allá de los humedales, hacia la llamada “granja educativa”. Pero antes de derivar hacia ese otro norte, seguíamos insistiendo en buscar por nuestra cuenta aquel ya mítico segundo mirador. La recurrencia del sitio al que estábamos accediendo había llevado a T a asociarlo con alguna suerte de deja vu cinematográfico. K llegó a aseverar que estábamos comenzando a visualizar la “matrix” en esos vericuetos circulares. Pero no se sabía en qué momento había ocurrido esa psicodélica iniciación: si acaso al momento del desvío del camino señalizado; si al tocar la zona similar a la de la peli de Tarkovski o al encontrar aquel diminuto pero magnífico mirador natural. Por mi parte, expresaba que, de hecho, nuestra percepción podía estar equivocada y que podía existir la posibilidad de que hubiésemos viajado en el tiempo bosque adentro, y que ese sitio y, por extensión, la realidad completa (en sentido opuesto a como había expresado al entrar al parque) era la que había cambiado por completo, y no nosotros. Kafkita, agitada por la caminata y confundida por tan rebuscada idea, comenzó a decir que le daba miedo, agregándole dramatismo a un asunto de por sí tan irrespirable. No había una causa espacial para nuestra sensación, excepto la de nuestro delirio nómade, la de nuestra geografía mental palpitando paso a paso, codo a codo con lo desconocido abriéndose de tajo.
A sugería, al llegar a una ruta divida en izquierda y derecha, que camináramos hacia la izquierda, sendero que luego nos llevó hacia otro pasadizo de arboledas, hasta llegar a un portal custodiado por dos estatuas de serpientes. Kafkita nos preguntaba si recordábamos qué simbolizaban las serpientes en la cultura hebrea. La serpiente era el animal que tentó a Eva a comerse la manzana del árbol del conocimiento. Era el animal cómplice de Satán, culpable del destierro del paraíso. En cierta medida, internarnos en ese barranco custodiado por dos serpientes implicaba adentrarnos en el terreno del destierro, hacia una cierta zona prohibida por su pecaminoso misterio. La ansiedad del camino, la delicia de lo desconocido nos traía sin cuidado. A planteó que si ya habíamos decidido cursar el camino del desvío, no veía inconveniente en seguir cerro abajo a través de ese portal bífido. La cosa era ver qué nos deparaba la naturaleza y sus relieves, como buenos caministas que juramos ser. Solo tuvimos que bajar unos cuantos metros a través del camino de tierra descendente para encontrarnos con un Moai solitario puesto entre medio de unas ramas, piedras y columnas pintadas que simulaban las reminiscencias de alguna clase de ritual. Advertía a los demás sobre la particular disposición de las ramas en el suelo que simulaban unas trampas. La paranoia detonaba nuestra imaginación a raudales, recordando que todo iba asociado a los instrumentos de cacería de ciertos pueblos nativos, enemigos del huinca.
Cuando rodeábamos unos árboles pintados con manchas azules, temía que salieran algunos aborígenes de la nada arrojando cerbatanas y tumbándonos a nuestra suerte. Kafkita y K reían, impulsadas por el humor adrenalínico, pero no sin cierta expectación por el camino que se abría a nuestras anchas. A se preguntaba sobre la razón de ser de aquel Moai solitario. No hubo otra explicación, ficción aparte, que la dispuesta por la logística de la administración, su enrevesada logística cultural. Miramos sendero abajo y el campo se encontraba llano hacia el horizonte marino. Sin embargo, ese no era nuestro mirador. Lo atestiguaba una oscura y amenazante arboleda al fondo, que servía de gran muro natural hacia nuestra, a esas alturas, terca ilusión. No tuvimos otra que devolvernos, y salir de aquel portal custodiado por serpientes. Salíamos del territorio del destierro, de aquel imaginario biblíco aprendido a la rápida merced a la agitación del instante, y volvíamos por la ruta dilemática, todavía en pos del segundo mirador, pero ya asumiendo que ninguno de nuestros pasos, cuál de todos más errático, nos dirigía hacia el destino que nos habíamos propuesto y que vacilaba ante nuestros ojos embargados de ensoñación y de persistencia en el andar. Tomamos así el camino más cercano hacia la ya nombrada granja educativa. Un nuevo destino más amigable que nos impelía a descansar de la ya laberíntica inventiva de nuestra itinerancia. A esperaba que en aquella senda sí que no sacáramos la vuelta como habíamos estado haciendo hasta ese momento de manera tan vehemente. Estábamos todos de acuerdo en que ya no era hora de seguir sacando la vuelta.
Descansábamos bajo la sombra, al alero de un viejo árbol, antes de adentrarnos en la granja. Los animales allí miraban a sus visitas humanas con un gesto perdido, con una naturalidad sospechosa, signo de cautiverio absoluto. La ternura que rebosaba el ternero se reflejaba en el lente de la cámara. La belleza de un cervatillo blanco se lucía como queriendo acaparar la atención de los humanos. Cuando dimos con una hembra de Llama, esta se acercó sigilosamente, hasta que salió de atrás el macho en un ademán un tanto intimidante, como buscando rayarnos la cancha. A decía que el macho nos había “echado la choriada”, y, fuera de hueveo, era algo que realmente el animal estaba sintiendo en ese instante. K imitaba la voz de la Llama, ante la mirada impávida de la hembra. “Malditos humanos”, repetía, “malditos humanos”. Mientras K y A seguían fotografiando a los animales, y recorriendo la granja cual paparazis de la fauna, con Kafkita nos internamos hacia donde estaba un macho cabrío. Misterioso, imponente, apenas se dejaba ver encima de un promontorio, demasiado acostumbrado quizá a las visitas impertinentes de los humanos. Recordé la figura del macho cabrío en la película La bruja, asociada por el culto cristiano a la figura de Satanás. Kafkita se acordó luego de un estado que había posteado Sergio Fritz Roa respecto al semidios Pan. En este se hablaba de Pan como un semidios asociado al pastoreo y a los rebaños, que además guardaba una estrecha relación con el culto a la fertilidad y a la virilidad, manifestada en las dionisíacas, personaje que luego, durante la Edad Media, fue relegado a su papel satánico, dotándolo de una oscuridad que no le pertenecía, a excepción de su potencia avasalladora solo comparable al carácter salvaje propio de la naturaleza. Kafkita hablaba de que el macho cabrío era antiguamente el animal del sátiro, del fauno del bosque. Lo decía en ese tono conciliador en tanto el macho asomaba su mirada distante por entre las rejas, contemplando con agudeza nuestra conversación a expensas suyas. De ese modo, dejábamos a Pan en su soledad cautiva, su porción de todo enigmática mientras seguíamos nuestro camino para volver con K y A, aun fascinados con el secuestro de la fauna a través del ojo artificial.
Con A nos internamos luego hacia otras jaulas. Las chiquillas iban por su lado, terminando de merodear a los animales que faltaban. Dimos con una jaula repleta de pájaros. El bullicio de las aves encerradas denotaba un evidente estrés y nerviosismo. Su canto era tan disonante e inarmónico que por el ruido generado nos impulsaba a querer abrir, de una vez por todas, esa jaula. Pero no. La jaula estaba ahí por algo. Era, a todas luces, injusto, y anti estético, pero los pájaros, sin razón aparente, tenían que permanecer ahí, cautivos, pero perfectamente reducidos, por orden de la administración, para recreo de los visitantes que buscan otra oportunidad para perderse en el parque y, de suyo, perderse a sí mismos. A se acordó de la clásica película de Hitchcock. Imaginaba que los pájaros pudiesen salir volando y atacar en una represalia a los humanos, o tal vez simplemente emigrar hacia otros cielos, en busca de otras mentes que surcar. Esas aves encerradas eran la proyección de sus propios visitantes, pero esa aproximación cinéfila solo servía para amortiguar el suspenso de la incongruencia.
Así, con A volvíamos a buscar al resto de las caministas con tal de regresar hacia el punto de entrada de la travesía. El segundo mirador aún anidaba en nosotros como destino latente, pero dada las circunstancias, lo mejor era darse un momento de quiebre y abortar misión hasta poder retomar energías y recuperar nuevos aires. Hasta K se alcanzó a rajar con una chicha enchampañada que tenía reservada precisamente para brindar por la ocasión. No había ya misterio que nos detuviese, puesto que el guardador había acabado de entregarnos un mapa que nos llevaría a la dirección exacta de nuestra meta inicial. Kafkita había caído en la cuenta que todo en el Parque se hallaba tan milimétricamente dispuesto que cualquier inminente pérdida estaba incluso prevista dentro del diseño general. Era inevitable volver y dar esa vuelta en 360 grados hacia el mirador, la granja y después hacia la entrada al Parque. Sin embargo, nada de lo que habíamos experimentado en el proceso cabía en la mente de ninguno de los administradores. La experiencia del desvío, del portal y del falso mirador se había vuelto carne, nervio y ya era parte de nuestra palpitación tanto como nuestros pasos en falso. La única forma de llegar a buen puerto era errando. Lo supimos tarde.
…
Y llegó el momento de su viaje a los Estados Unidos. No nos despedimos en persona como hubiera querido hacerlo, pero, de todos modos, alcanzamos a decirnos algunas palabras de aliento y admiración, antes siquiera de intuir que esas serían las últimas que nos diríamos a la cara, después de quizá cuánto tiempo.
Y, pasados los años, demostró estar ahí, pese a la distancia. Supo estar ahí, lo que me habla de algo genuino. Me contó sobre su vida nueva, parajes llenos de nieve, paseos en vehículo, trabajos en otros oficios de corte industrial. Kafkita se propuso rehacer su vida y lo consiguió con creces. Su satisfacción me llena de orgullo y me sirve de aliciente en los periodos oscuros, aquellos en donde me acompañó sin titubeos, con plena confianza. Se lo merece todo, porque Kafkita es legal, porque su amistad trasciende circunstancias, espacios y contextos. Bendiciones para una gran amiga y un salud por el mejor sobrenombre.